«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: el enredo y las industrias de los personajes (1)

Muchos son los hilos de enredo que forman el ovillo argumental de La celosa de sí misma[1]. En efecto, son varias las industrias que maquina el ingenio de los personajes (el ingenio de Tirso, en definitiva) en esta pieza esencialmente cómica. Palabras como ardid, engaño, ingenio, confusión, quimera, locura, burla, traza, picardía, sutilezas, fingir, burlar, hechizos, chanzas, desvelos, transformación, laberintos, pandilla ‘trampa, fullería’, expresiones del tipo «mentirosa jornada», «juego de manos» o alusiones a los engaños y hechizos de Circe, puestas en boca de distintos personajes, subrayan ese carácter industrioso de la acción. La propia palabra enredo —o su plural, enredos— se repite con cierta frecuencia y, de hecho, son varios los que se fraguan y desarrollan en el transcurso de la comedia. Tanto es así que, mediado el acto tercero, en un momento en que la acción está ya completamente embrollada, los propios personajes de la comedia comentan en alusión metateatral:

MELCHOR.- ¿Será posible que haya
historia como la mía,
en cuantas dan alabanza
a poéticas ficciones?

VENTURA.- ¡Oh, qué comedia tan brava
hiciera, a ser yo poeta,
si escribiera aquesta traza! (p. 1149).

El acto primero, además de proporcionarnos el planteamiento, en torno a esa misteriosa tapada de la que don Melchor tan solo alcanza a ver una mano, tiene la función de retratar la corte madrileña como un lugar especialmente adecuado para todo tipo de engaños.

Esos engaños los vamos a ver ejemplificados en los dos actos siguientes en la historia particular de los amores de don Melchor, doña Magdalena y doña Ángela. En efecto, en la primera jornada[2] Madrid queda descrito como una bella ciudad donde todo es «agradable confusión» y donde las cosas con frecuencia no son lo que parecen; como advierte el agudo Ventura a su amo, la corte es una especie de Jordán rejuvenecedor donde las casas más antiguas amanecen al día siguiente remozadas, los pícaros se convierten con facilidad en condes (no condes, pero sí dos falsas condesas vamos a encontrar luego) y las damas más añosas se transforman en gráciles doncellas por obra y gracia del «solimán albañil» y otros afeites. Para don Melchor, Madrid es un «hermoso abismo / de hermosura y de valor» (p. 1062); don Sebastián indica que es una «Babilonia», «nuestro Babel» (pp. 1063 y 1064) donde se prodigan con facilidad «amores y engaños» (p. 1065); y más adelante afirma taxativamente don Alonso: «Esta corte / es toda engaños y hechizos» (p. 1122)[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005.

[2] La acción de la comedia transcurre en tres días sucesivos, y la concentración temporal (con la acumulación de numerosas peripecias en corto espacio de tiempo) contribuye también a la comicidad.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

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