«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: alusiones satíricas

CalleMayorMadridEl panorama de la comicidad verbal de La celosa de sí misma[1] se completa con una serie de alusiones satíricas diversas. En primer lugar, todas las del primer acto al Madrid de la época: la iglesia de la Victoria[2], la calle de la Ropería y la calle Mayor, lugar «donde se vende el amor / a varas, medida y peso» (p. 1060). Este era uno de los peligros de Madrid descritos por Remiro de Navarra en su libro del mismo título; y, en efecto, hay toda una alegoría de la corte como proceloso mar en el que los galanes están expuestos a los abordajes de las damas, más peligrosos que un ataque de corsarios ingleses u holandeses. «Cada manto es un escollo. / Dios te libre de que encalle / la bolsa por esta calle», previene Ventura a su incauto señor (p. 1060). Los doscientos escudos de don Melchor correrán desbocados si no les tira de las riendas ‘los cordones del bolsillo’ (p. 1061), porque las damas huelen a los forasteros a una legua de distancia para sacarles los dineros (pp. 1103-1104). En fin, la corte es una tienda donde todas las mercaderías se compran; como resume don Sebastián, «Tiene en sus calles / todos los vicios Madrid» (p. 1114).

Otras alusiones contemporáneas hacen referencia a la suciedad de las calles, a los famosos lodos de Madrid. Así, se comenta en distintas ocasiones la costumbre de vaciar los orinales y arrojar las inmundicias desde las ventanas a unas horas fijas (pp. 1075, 1149, 1153, 1154[3] y 1156). Esta práctica tan poco salubre da lugar a un chiste cuando se afirma que una calle no hará información de limpieza (p. 1153), jugando con otro significado de la expresión, ‘el requisito legal para obtener un hábito’.

Aparte de todo lo dicho en entradas anteriores sobre la rapacidad femenil y la sátira de las viejas-niñas, al fondo satírico y folclórico pertenecen también las quejas contra determinados oficios o estados: Ventura viene «enfadado de venteros» (p. 1084); el alguacil de corte (p. 1116), el gato tabernero (p. 1132) y los robos de los mulatos (p. 1132); hay alusiones tópicas a la curiosidad femenina (p. 1099), a los secretos que guardan los coches (p. 1115), a la mala calidad de las mulas de los buleros (p. 1128) y de las mulas de alquiler (p. 1157), a la necedad de los montañeses, que no saben apreciar el valor de los diamantes (pp. 1128-1129), a la misa corta que oye el cazador (pp. 1062 y 1066-1067); tampoco falta la consabida mención negativa de las dueñas, comparadas con el pecado (p. 1164). También cabría recordar en este apartado la anécdota que refiere Sebastián (que busca a su amigo Juan de Bastida y nadie lo conoce, pp. 1063-1064); y las de don Melchor (la forma en que Apeles pintó a Alcides) y Ventura (el hombre que se enamoró de una mujer por sus bellas espaldas y que, al mirarla de frente, resultó ser una negra de fea catadura, pp. 1072-1073)[4].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005.

[2] Se dice que la iglesia de la Victoria es cursada ‘recorrida, frecuentada’ por «toda dama / de silla, coche y estrado» (p. 1061), y allí los galanes son «espolines, gorgoranes / y mazas de aquestas monas» (p. 1061), es decir, acompañantes perpetuos; más tarde se añade que la Vitoria es «la parroquia de las damas» por excelencia (p. 1066).

[3] Ahí leemos: «y ya empiezan / perfumeras mantellinas / a arrojar quintas esencias».

[4] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

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