La construcción dramática del personaje de doña Mencía de los Nidos en «La belígera española», de Ricardo de Turia (3)

Siguiendo con la acción de la comedia[1], se produce en ese momento la llegada de Alvarado —Juan de Alvarado—, quien refiere la derrota sufrida por los españoles en la sierra de Marihueñu —actual cerro de Villagrán—, al sur del río Chivilingo. La noticia corre ya por la ciudad de Concepción y sus habitantes comienzan a huir despavoridos, pero doña Mencía hace callar al punto a tan «triste pregonero»:

DOÑA MENCÍA.- Calla, triste pregonero,
que no es bien que en este día
digan de doña Mencía:
«Todo lo miraba Nero,
y él de nada se dolía».
Vamos con veloz subida
a esta gente, que hoy verás
que aunque el temor la convida
a dar algún paso atrás,
es por dar mayor corrida.
Al más fuerte corazón
el temor pone en aprieto;
mas la consideración
de su fama y opinión
por fuerza ha de ser su efeto.
Salgámosles al encuentro,
que si Dios me da favor
hoy restaurarán su honor (vv. 1818-1835[2]).

Cubierta del libro Mencía de los Nidos. Una heroína extremeña olvidada, de José Juan del Solar Ordóñez

Cuando llegan junto a los que huyen, la dama les dirige un largo parlamento compuesto en octavas reales (es decir, conservando la forma estrófica del modelo de Ercilla[3]):

DOÑA MENCÍA.- Famosos domadores del Poniente
contra el rigor de los opuestos hados,
que dilatáis la fe gloriosamente
del mundo en los confines dilatados:
¿qué enemigo feroz, bravo, impaciente,
os asalta los muros levantados?
Y cuando os asalte, ¿en vuestros muros,
más que en campo, no estaréis seguros?
Que del neblí la garza se recele
cuando en juntas y en tornos se le abate;
que a la cobarde liebre la desvele
el galgo que la va dando combate;
que el caimán que destruílle suele
el diestro pececillo se rescate,
hacen bien, si el contrario es tan impío;
mas que huyamos sin velle, es desvarío.
Mirad lo que perdéis, gente perdida,
de honor, de hacienda, de regalo y gusto,
pues dejar vuestra patria conocida
por hospedaje extraño, es casi injusto.
¿No veis que hasta el que os llama y os convida
os mira al tercer día con disgusto,
y aun el pariente, si de huésped tiene
el enfadoso nombre, a cansar viene?
Volved a vuestra patria, volved luego,
que en retorno de haberos sustentado
no es bien que la entreguéis al hierro y fuego
que el bárbaro cruel la ha condenado.
Que os acordéis de vuestra madre os ruego
y de aquellas entrañas que os han dado
vida y salud por milagroso modo,
pues quien el oro da, nos lo da todo.
La Virgen, de quien toma el apellido
esta ciudad, que mi palabra ofrece
ampararla del bárbaro atrevido,
pues de su Concepción nombre merece;
que si al que su pureza ha defendido,
como a Illefonso, tanto le engrandece,
no querrá permitir que nadie asombre
a quien de su pureza tiene el nombre.
Y porque echéis de ver la fe que tengo
en la Virgen, de culpa preservada,
con ser flaca mujer, ya me prevengo
a gobernar la cortadora espada;
mirad si éste es milagro, pues yo vengo
a dar ánimo a gente tan osada;
y pues el un milagro llama al otro,
y os guía una mujer, espera ese otro (vv. 1863-1910).

Como vemos, doña Mencía invoca el auxilio de la Virgen María, argumentando que no podrá dejar desamparados a los moradores de una ciudad que ensalza, en su propio nombre, su Purísima Concepción. Al mismo tiempo, en la parte final de su arenga, se ofrece para ser el adalid de las tropas. A esto responde un viejo lo siguiente:

VIEJO.- En fe del gran valor que en ti miramos
y del alto socorro prometido,
aunque con gran vergüenza, vuelta damos
al dulce despoblado patrio nido (vv. 1911-1914)[4].

Y, en efecto, todos la eligen por su caudillo y dan vivas a doña Mencía. Este bloque de acción se remata con la sentencia de don Pedro, quien manifiesta su deseo de que «Hazaña tal en mármoles se escriba» (v. 1918)[5].


[1] Citaré, con bastantes retoques en la puntuación, por la edición de Patricio Lerzundi, Valencia, Albatros Hispanófila, 1996. Hay otras ediciones modernas de José Toribio Medina (Santiago / Valparaíso, Soc. Imprenta-Litografía Barcelona, 1917), Eduardo Juliá Martínez (en Poetas dramáticos valencianos, tomo primero, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, 1929) y Teresa Ferrer Valls (en Teatro clásico en Valencia, I. Andrés Rey de Artieda. Cristóbal de Virués. Ricardo de Turia, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1997). El título de la obra se reproduce a veces con la grafía bellígera de la princeps.

[2] Se alude en los primeros versos al famoso romance «Mira Nero de Tarpeya / a Roma cómo se ardía…».

[3] Detalle ya notado por Lerzundi, introducción a La belígera española, p. XVI.

[4] No parece gratuita la mención aquí de la palabra nido, habida cuenta del apellido de la dama: doña Mencía de los Nidos consigue con su exhortación que los pobladores de la ciudad regresen a los nidos de sus casas.

[5]  Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «“No nací para sujeta, / para sujetar nací”: doña Mencía de los Nidos como mujer varonil en La belígera española de Ricardo de Turia»Hispanófila, 175, diciembre 2015, pp. 141-155.

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