La fama de Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) como novelista ha oscurecido otras facetas de su producción, entre ellas la de dramaturgo: «Cuando se habla de Navarro Villoslada —dice José María Corella— enseguida se nos aparece su vertiente de novelista. Y con frecuencia pasamos por alto el que, además de la novela, el ilustre vianés cultivó la sátira política, la poesía y el teatro»[1]. Sin embargo, en los manuales de historia del teatro español del siglo XIX no se recuerda el nombre de Navarro Villoslada, salvo alguna excepción[2].
Por supuesto, no es que el de Viana diera muchas o muy importantes obras a la escena, pero interesa cuando menos dejar constancia de su actividad en este terreno. Quizá convenga recordar que, por aquellos años, el dramático era el género literario en el que solían hacer sus primeras armas los escritores noveles, en tanto en cuanto era el que más rápido podía conducir al éxito (si se tenía habilidad) y el mejor pagado. La vocación de Navarro Villoslada por el teatro es bastante temprana; entre los documentos conservados por sus descendientes se encuentran los borradores de varias piezas dramáticas de los años 30 y 40. Se ha señalado también que algunos pasajes de sus novelas están concebidos casi teatralmente, no solo por la abundancia y vivacidad de los diálogos, sino también porque existen algunas indicaciones del narrador que semejan acotaciones escénicas; esto se acentúa especialmente en Doña Blanca de Navarra, que, en efecto, fue concebida primero como obra dramática. Sin embargo, José María Corella, que ha dedicado un breve artículo a la producción dramática de Navarro Villoslada, explica que el tipo de teatro que escribió no se acomodaba al gusto de la época:
Las corrientes liberales, la influencia francesa en el teatro (desaparece en Francia el romanticismo para pasar al realismo, y de éste al simbolismo), que cala en las élites rectoras del teatro español, no tienen espacio para este vianés que, tradicionalista y católico a ultranza, concibe unas tramas argumentales que nada tienen que ver con la «comedia rosa», importada de Francia (recordemos La Parisienne de Henri Becque), el naturalismo contrarromántico o el mismo romanticismo borrascoso y truculento que impera por la escena española.
Navarro Villoslada produce un teatro basado en sólidas ideas religiosas, con ciertos ribetes de psicológicos heroísmos y al margen de toda construcción revolucionaria. Echarse en brazos de Dios, Los encantos de la voz, El Mariscal, son comedias escritas en correcto estilo y cierto discursismo que pasaron sin pena ni gloria a pesar de la solidez de su temática, desarrollo y desenlace[3].
El padre Goy, que dispuso de material de primera mano del autor, señala que en los años cuarenta Navarro Villoslada tenía escritas «no pocas piezas escénicas, que si no tuvieron los honores de las tablas, no fue por escasez de interés, sino por sobra de depravación moral que se iba ya adueñando de circos y escenarios»[4]. Y continúa explicando el redentorista:
En época posterior aún compuso Villoslada alguna que otra pieza dramática, pero no tardó en abandonar por completo esta clase de literatura, dando para ello la siguiente hermosísima razón con que queremos poner remate a este artículo.
No le gustaban los procedimientos que había que seguir con las actrices entre bastidores para el buen éxito de las obras. No se dice si otra de las causas fue el gusto de los espectadores, que como en su casi totalidad no van al teatro con muy santos anhelos, se imponen muchas veces a la misma conciencia de los autores. Navarro Villoslada no vendía su conciencia ni siquiera por este amor, que era uno de sus más puros y santos amores, el amor al arte[5].
Corella, corroborando la opinión del padre Goy, apostilla: «Navarro Villoslada prefirió abandonar el teatro antes que abandonar sus principios. Fue una decisión que dice mucho en pro del hombre, pero que dejó casi inédito a un autor que bien hubiera podido pasar a la historia de la escena española». Ignacio Elizalde, en cambio, señala que abandonó este terreno consciente de sus propias limitaciones: «El gran novelista histórico intentó hacer teatro, pero fracasó por no saber manejar bien, como lo hacía en la novela, los hilos de la farándula»[6]. En el mismo sentido se manifiesta Ignacio Baleztena Azcárate (Premín de Iruña):
El inmortal Francisco Navarro Villoslada, que como autor de Amaya, Doña Blanca y Doña Urraca de Castilla mereció ser en justicia llamado el Walter Scott español, como dramaturgo le ocurrió lo que a tantos novelistas que se dejan ofuscar por la luz de las candilejas; acuden ciegas a ellas para al fin fracasar[7].
Estas dos distintas razones pudieron influir para que Navarro Villoslada decidiese abandonar el mundo del teatro. Ahora bien, convendría recordar igualmente que desde 1849, fecha de Doña Urraca de Castilla, hasta 1877, cuando empieza a salir Amaya en el folletín de la revista La Ciencia Cristiana, desatendió casi por completo su producción literaria, ocupado como estaba en tareas periodísticas y políticas: no es únicamente que deje de producir obras para el teatro, sino que en el espacio de treinta años no publica ninguna novela, que constituye su terreno natural. En próximas entradas comentaré las obras dramáticas de Navarro Villoslada que se estrenaron y fueron publicadas, que apenas han merecido atención alguna por parte de la crítica[8].
[1] José María Corella, «Navarro Villoslada, autor dramático», Pregón, año XXVI, núm. 97, otoño de 1968.
[2] Únicamente Ermanno Caldera y Antonietta Calderone, «El teatro en el siglo XIX (I): 1808-1844», en José María Díez Borque (dir.), Historia del teatro en España, II, Madrid, Taurus, 1988, p. 524, al hablar de «Los comediógrafos rutinarios», señalan: «En fin, podríamos también recordar, entre las obras algo comprometidas, La prensa libre, de Francisco Navarro Villoslada, estrenada el 25 de febrero de 1844, que termina con una exaltación de la libertad de imprenta como fuente del resurgimiento nacional».
[3] José María Corella, «Navarro Villoslada, autor dramático». Hay que notar que El Mariscal no llegó a estrenarse.
[4] Juan Nepomuceno Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», La Avalancha, 1914, p. 246.
[5] Goy, «Flores del cielo. Don Francisco Navarro Villoslada», p. 115; sigue casi al pie de la letra una nota de doña Petra Navarro Villoslada, la hija del escritor: «Le oí decir muchas veces a mi Padre que no quiso continuar escribiendo para el teatro porque no le gustaban los procedimientos que había que seguir entre bastidores para el buen éxito de las obras». En una de las novelas de Navarro Villoslada, el protagonista Pepe le comenta a su amigo Benito, a propósito de uno de sus escritos dramáticos: «Supongo que lo destinarás a determinado teatro; que habrás consultado el plan con la primera dama o la graciosa; que escribirás para que ellas o el primer galán se luzcan, no para lucirte tú. / Es el único medio de que te lo representen. Así se estila en el extranjero y supongo que por acá…» (Historia de muchos Pepes, en Obras completas, I, Pamplona, Mintzoa, 1990, p. 199).
[6] Ignacio Elizalde, Navarra en las literaturas románicas, III, Pamplona, Diputación Foral de Navarra / CSIC, 1977, p. 435. Es interesante esta noticia aparecida en El Español, 26 de octubre de 1845: «El señor Neira de Mosquera ha hecho, en un libro titulado Las ferias de Madrid, las semblanzas de varios literatos. Dice de Navarro Villoslada: es un autor que conoce el teatro, pero que su acción no corresponde a veces a los estudios que hizo. No aplica sobre el tablado lo que puede aconsejar sobre el pupitre» (apud Veinticuatro diarios…, III, entrada núm. 7646).
[7] Premín de Iruña, «Un “al alimón” de Arrieta y Navarro Villoslada», Pregón, año VI, núm. 22, diciembre de 1949.
[8] Para más detalles remito a mi monografía: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995.
