«San Manuel Bueno, mártir», de Unamuno: la identificación entre don Manuel y Cristo agonizante

Según las ideas expuestas por Unamuno en su ensayo del año 1931[1], el cristianismo es agonía. Para él, el cristianismo es la religión del Hijo[2], de Cristo, y sobre todo la religión del Cristo que lucha con la muerte y agoniza en la Cruz. En La agonía del cristianismo, p. 30, leemos este párrafo:

Terriblemente trágicos son nuestros crucifijos, nuestros Cristos españoles. Es el culto a Cristo agonizante, no muerto. […] El Cristo al que se adora en la cruz es el Cristo agonizante, el que clama consumatum est! Y a este Cristo, al de “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo, XXVII, 46), es al que rinden culto los creyentes agónicos. Entre los que se cuentan muchos que creen no dudar, que creen que creen.

Unamuno, en efecto, se interesa sobre todo por ese Cristo agónico y agonizante: «Y todo es luchar contra la muerte, o sea agonizar» (La agonía del cristianismo, p. 101). Pues bien, en la novela un aspecto importante es la identificación de don Manuel con ese Cristo sufriente —luchador, agonista— en la Cruz: la lucha interior del cura, a la que asistimos a lo largo de la novela, es la misma que la de Jesús en el Huerto de los Olivos al pedir a su Padre pase sin necesidad de apurarlo el amargo cáliz de sufrimiento que le espera; es la lucha del Cristo que, clavado en el infamante madero, se lamenta del supuesto abandono de su Padre. De hecho, las palabras de JesúsCristo agonizante: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», mencionadas en el ensayo, se repiten en varias ocasiones, como un insistente leitmotiv, en San Manuel Bueno, mártir. La primera vez (p. 16) es durante un sermón de Viernes Santo, cuando la voz de don Manuel suena tan parecida a la del Cristo «como si la brotara de aquel viejo crucifijo a cuyos pies tantas generaciones de madres habían depositado sus congojas»; tan desgarrada es que su madre le responde con un angustiado grito, «¡Hijo, mío!», identificándose a su vez con la Virgen como Mater Dolorosa[3]. Luego la encontramos mencionada en el recuerdo de Ángela (p. 30), en los ecos del bobo Blasillo (este repite la frase que ha escuchado al sacerdote en dos ocasiones, pp. 31 y 45) y en el último sermón de Semana Santa que pudo pronunciar el sacerdote (p. 61)[4].

Pero hay además otros pasajes en los que se opera esa identificación: don Manuel cura a varios endemoniados y poseídos que acuden la noche de San Juan al lago, convirtiéndose él mismo en lago y piscina probática, con tal éxito que las gentes le piden milagros (pp. 14-15); igual que el Buen Pastor, presta más atención «a los desgraciados y a los que aparecían como más díscolos» (p. 15); en cierta boda, manifiesta su deseo de poder convertir el agua del lago en un vino que «alegrara siempre, sin emborrachar nunca», en clara reminiscencia del primer milagro de Jesús, el de las bodas de Caná (p. 23); ya enfermo, don Manuel pide a sus cuidadores que permitan se le acerque Blasillo (p. 67), de la misma forma que Cristo indicó a sus discípulos: «Dejad que los niños se acerquen a mí». Y, en fin, por si quedara algún tipo de duda, la identificación se hace explícita en las propias palabras de Ángela, cuando habla de «nuestros dos Cristos, el de esta Tierra y el de esta aldea» (p. 61)[5].


[1] Utilizo para mis citas estas dos ediciones: La agonía del cristianismo, presentación de Agustín García Calvo, Madrid, Alianza Editorial, 1986; y San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, presentación de Paulino Garagorri, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

[2] «El cristianismo es la religión del Hijo, no la del Padre, del Hijo virgen» (La agonía del cristianismo, p. 101).

[3] Si don Manuel se identifica con el Cristo agónico, también a Angelina, en tanto en cuanto «madre» de su padre espiritual, le conviene la comparación con la Mater Dolorosa, madre y virgen a la vez.

[4] Comp. con el final de la conclusión de La agonía del cristianismo: «¡Cristo nuestro, Cristo nuestro!, ¿por qué nos has abandonado?»

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Unamuno, del ensayo a la novela filosófica: La agonía del cristianismo y San Manuel Bueno, mártir», Hispanica Polonorum, 3, 2001, pp. 121-130.

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