Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: don Ataúlfo de Moscoso

Don Ataúlfo de Moscoso el Terrible, el principal partidario de la reina doña Urraca y enemigo acérrimo del obispo Diego Gelmírez, es el «villano» de la novela de Francisco Navarro Villoslada[1]. Su amor por la bastarda Elvira de Trava explica su malvado comportamiento: segundón de la casa de Altamira, vio como su hermano primogénito, Bermudo, ganaba no solo los estados de su padre, sino también el amor de Elvira. La envidia le llevó a encerrar a don Bermudo en las mazmorras del castillo, haciendo correr el rumor de su muerte, para usurpar sus posesiones.

Altamira

Su único objetivo es casar con doña Elvira; sin embargo, cuando está a punto de conseguirlo, los remordimientos por el crimen cometido no le dejan vivir en paz. Terriblemente orgulloso, su derrota en el juicio de Dios a la vista de todo el pueblo supone para él una profunda humillación. Don Ataúlfo es uno de esos personajes que se distingue por una muletilla lingüística, su afición a los votos y por vidas, mostrando una singular preferencia a jurar «por el alma de mi abuela, que murió en olor de santidad».

A lo largo de la novela se muestra colérico, iracundo y cruel; el amor que siente por Elvira podría haber sido su tabla de salvación: delante de ella, el lobo de Altamira se convierte en manso cordero. Pero pronto el amago de arrepentimiento pasa: vencido por la desesperación y la impotencia al ver sus escasas posibilidades de defensa, ordena inundar los calabozos para ahogar a sus prisioneros y prende fuego al castillo. Finalmente, muere a manos de Ramiro, aunque este ha intentado salvarle la vida. En el último capítulo, en el breve diálogo entre Ramiro y doña Urraca, se nos dirá que don Ataúlfo murió «castigado, no por la mano del hombre, sino por la mano de Dios», como corresponde a la intención moralizante de Navarro Villoslada: igual que en el caso de la reina Leonor en Doña Blanca de Navarra, el malvado criminal muere providencialmente, recibiendo así el justo castigo que le corresponde por sus malas acciones[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

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