La reconstrucción arqueológica en «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (y 2)

Lo arqueológico cobra también importancia, en Amaya[1] de Francisco Navarro Villoslada[2], en la descripción del mobiliario y del vestido. Amaya maneja un «salterio con trípode de vaqueta» que pulsa con «dediles de oro con púas de marfil»; el rey don Rodrigo se sienta sobre «cojines festoneados de oro, perlas y piedras preciosas» y hace quemar ámbar gris en un pebetero (p. 302); hay otras referencias eruditas al lujo de los godos, que acostumbran a beber en «copas y garrafas de oro» (ver pp. 26-27, 64, 235, 246). El narrador matiza que unos candelabros son de plata y un vaso de asta de buey; los caballos llevan frenos de plata y oro; las gualdrapas están recamadas de perlas; un personaje calza botines adornados con oro, perlas y rubíes; las guecias de los vascos tienen el asta de fresno; la silla de manos de Amaya lleva unas «cortinas de labrado cuero»; un armario es «de ébano con embutidos de marfil y bronce»… y así sucesivamente[3]. En cuanto a los vestidos, se describen los de Rodrigo, Amaya, los bucelarios, García y sus hombres, Amagoya, Pelayo, los médicos judíos, los musulmanes y Teodosio (cfr. pp. 19, 114, 144, 210, 229, 284, 347, 354-355 y 629). El detallismo de Navarro Villoslada llega hasta el punto de indicar la forma en que se abrochaban el manto los nobles, distinta de como lo hacían los plebeyos (p. 365). Solo citaré como ejemplo de esta minuciosidad la descripción de los arreos militares y del peinado de Ranimiro:

Llevaba el prócer casco circular de hierro con fajas de oro que remataba en punta, y en vez de coselete romano de correcto dibujo, coraza de escamas con vuelos de tosca malla, género de armadura que estaba entonces como en ensayo. De la cintura al pie, las famosas bragas o pantalones germánicos, con fajas cruzadas que descendían hasta la planta. / Pendíale de los hombros capa de púrpura que, sujeta al pecho con broches de oro, más que el manto consular de la República, semejaba el caracala que empezó a usarse en tiempo del emperador a quien dio nombre. Brillaba también el oro en los brazaletes con que terminaban las mangas del sayo de lino, y en las groseras figuras y tachones del peto y escudo. Las armas ofensivas eran espada pendiente del cinturón de cuero, la cateya teutónica, lanza corta que servía también de dardo arrojadizo, y en contrapeso del redondo escudo, colgado de la silla, iba al opuesto lado el hacha terrible de dos filos llamada francisca, por haberla usado los francos. / […] Largo el cabello, le colgaba en doradas guedejas sobre los hombros, formando los granos, pequeños rizos, entonces a la moda; pero traía la barba esmeradamente afeitada a navaja, según estilo de los ricos, pues los siervos y gente pobre se la cortaba a tijera (pp. 26-27).

Hay dos pasajes concretos que destacan por lo que tienen de arqueológico. Uno es el relativo a la decalvación de Ranimiro: seguramente se inspiró Villoslada en el conocido episodio con el que terminó el reinado de Wamba el año 680: el monarca quedó privado de sentido y sus magnates, creyéndole gravemente enfermo, procedieron al rito de la penitencia pública (le tonsuraron y le colocaron el cilicio), tal como era costumbre entre los godos a la hora de la muerte; después de esta ceremonia, el decalvado quedaba velut mortuus huic mundo y se consideraba que no podía volver a la vida activa; en efecto, Wamba volvió en sí y recuperó todas las facultades, pero se encontró con que estaba incapacitado para ocuparse de los asuntos públicos; se sospecha que todo fue un manejo de su sucesor, Ervigio, quien proporcionó al rey alguna sustancia narcótica para que, creyéndole en peligro de muerte, se procediera a la decalvación.

Wamba_Decalvacion

En la novela ocurre algo similar, pues Amaya llega a sospechar que los médicos judíos mandados por Munio han agravado la enfermedad de su padre, hasta el punto de hacerse necesaria la decalvación. El otro es la ceremonia por la que el legendario García Jiménez se convierte en el primer rey de los navarros: es alzado sobre el pavés, a los gritos de «Real, real, real»; desde ese momento queda como costumbre y también que el rey se ciña él mismo la corona, jurando al mismo tiempo sobre los Evangelios (p. 673; es la misma ceremonia que describía en Doña Blanca de Navarra).

Quizá no todos los detalles que menciona Navarro Villoslada en su reconstrucción sean exactos, pero en cualquier caso, tras la lectura de la novela queda la impresión de que el autor ha hecho un impresionante esfuerzo de documentación para conseguir el denominado «color local» incluso en lo relativo a estos aspectos mínimos de la vida cotidiana de aquella lejana época. Es característica que ya destacó Arturo Campión:

En Amaya tenemos, pues, en primer lugar, una pintura de la sociedad gótica, hecha escrupulosamente en vista de cuantas publicaciones de la ciencia histórica contemporánea pueden ilustrar el asunto. Armas, trajes, viviendas, mobiliario, iglesias, fortificaciones, organización militar y política, usos, costumbres y preocupaciones, es decir, lo que caracteriza al hombre moral y físico, figura en las páginas de Amaya sin pedantería, sin digresiones molestas, sin tono docente que delate la presencia de la ciencia, de una manera natural, adecuada a las situaciones, íntimamente ligada a ellas con carácter perpetuo de accesoria, reemplazando y sustituyendo las descripciones vagas y meramente imaginativas de otras obras del mismo género[4].


[1] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[2] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ocurre igual con los tipos de vivienda y las edificaciones; véanse, entre otras descripciones, la casa de Miguel de Goñi (p. 58) con su mobiliario (p. 245), Gasteluzar (p. 103), la cocina de Jaureguía (p. 109), la de Echeverría (p. 124), el burgo de Pamplona, con sus tres barrios, su dominio o castro, la judería y el Sanedrín (p. 368), la casa de Ranimiro (pp. 374-375 y 381), la basílica de Pamplona (pp. 437-438) y la habitación del Obispo Marciano (pp. 445-446).

[4] Arturo Campión, «Amaya. Estudio crítico», La Avalancha, 1902, p. 101. Señala Antonio Regalado García, Benito Pérez Galdós y la novela histórica española (1868-1912), Madrid, Ínsula, 1966, p. 184, que «hace Villoslada enormes esfuerzos para la reconstrucción arqueológica de un pasado tan remoto, pero ante la falta de documentación fidedigna deja volar su fantasía». Y añade en nota: «Hay que reconocer, no obstante, que dentro de las limitaciones de la ciencia española de la época, el autor lleva a su novela un andamiaje documental que resalta por su erudición y por el sentido histórico con que sabe usarlo, cuando no se lanza por la vertiente de la fantasía».

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.