Cervantes poeta: sonetos de Lenio y Damón

Seguimos con el comentario de poemas incluidos en La Galatea. También el de Lenio es un soneto artificioso, basado en la definición, no tanto del amor, sino de las raíces de donde nace el sentimiento amoroso (en la serie enumerativa de los dos cuartetos), caracterizado aquí como quimera (v. 10). En el segundo terceto se añade la idea de la desazón en que vive perpetuamente el alma enamorada, ya que no merece (‘no puede’) morar (‘encontrar descanso’) ni en la tierra ni en el cielo.

Un vano, descuidado pensamiento,
una loca, altanera fantasía,
un no sé qué, que la memoria cría,
sin ser, sin calidad, sin fundamento;

una esperanza que se lleva el viento,
un dolor con renombre de alegría,
una noche confusa do no hay día,
un ciego error de nuestro entendimiento,

son las raíces proprias de do nasce
esta quimera antigua celebrada
que amor tiene por nombre en todo el suelo.

Y el alma qu’en amor tal se complace,
meresce ser del suelo desterrada,
y que no la recojan en el cielo.

(La Galatea, Libro I, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 31a)

En el segundo soneto que comento hoy, el yo lírico, el pastor Damón, canta la crueldad de la desdeñosa Amarili. En el primer cuarteto encontramos el tópico neoplatónico del retrato de la amada impreso en el alma del amante, con la contraposición de semas que connotan ‘blandura’ / ‘dureza’ (blanda cera / duro mármol). El primer terceto apela a la imagen emblemática de la vid y el olmo enlazados para simbolizar la unión del amor y la esperanza[1], mientras que en el segundo —rematado con un bello verso trimembre— aparece el motivo clásico del llanto sin fin del amante.

 Emblema de la vid y el olmo enlazados

Más blando fui que no la blanda cera,
cuando imprimí en mi alma la figura
de la bella Amarili, esquiva y dura
cual duro mármol o silvestre fiera.

Amor me puso entonces en la esfera
más alta de su bien y su ventura;
y agora temo que la sepultura
ha de acabar mi presumpción primera.

Arrimóse el amor a la esperanza
cual vid al olmo y fue subiendo apriesa;
mas faltóle el humor, y cesó el vuelo:

no el de mis ojos, que por larga usanza,
Fortuna sabe bien que jamás cesa
de dar tributo al rostro, al pecho, al suelo.

(La Galatea, Libro II, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 41b)


[1] Véase para este motivo Aurora Egido, «Variaciones sobre la vid y el olmo en la poesía de Quevedo: “Amor constante más allá de la muerte”», en Víctor García de la Concha (ed.), Homenaje a Quevedo, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1982, pp. 213-232; y también Ignacio Arellano, «Visiones y símbolos emblemáticos en la poesía de Cervantes», Anales cervantinos, 34, 1998, pp. 169-212.

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