«Amaya o los vascos en el siglo VIII» (1879), de Navarro Villoslada: génesis (2)

¿Cuál es la razón de ese paréntesis de tres décadas en la producción narrativa del escritor de Viana[1]? En primer lugar, la propia gestación literaria de Amaya[2] fue lenta, y estuvo complicada por diversas circunstancias, que obedecen tanto a los avatares de la vida de Francisco Navarro Villoslada como a su peculiar manera de componer sus obras. De hecho, la idea de escribir una novela con el tema de Amaya es muy temprana y seguramente surgió en Vitoria, donde el autor residió, en distintas temporadas, entre 1846 y 1853[3]. Allí tuvo ocasión de tratar con Joseph Augustin Chaho, el escritor vasco-francés que inventó la leyenda de Aitor, el mítico patriarca éuskaro (figura inexistente en la anterior mitología vasca, y que después popularizó Navarro Villoslada al incorporarla a su novela).

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Además, en septiembre de 1849 realiza un viaje a caballo, desde Viana hasta el valle de Goñi, para conocer in situ el que será luego uno de los escenarios principales de Amaya; y, en efecto, las impresiones del paisaje fueron apuntadas en unas notas que más tarde utilizaría para la ambientación novelesca[4]. Era esta una práctica ya utilizada anteriormente por el novelista: durante sus años de estudio en Santiago de Compostela visitó las ruinas del castillo de Altamira (cerca de Brión, La Coruña), que luego le sirvieron para las descripciones incluidas en Doña Urraca de Castilla. Y es que el novelista navarro gustaba de la exactitud topográfica y toponímica, de la misma forma que cuidaba también la documentación histórica en sus relatos.

Pero volvamos al proceso de creación de Amaya. En el número de La Época de 25 de abril de 1854 se puede leer una noticia sumamente interesante:

El señor don Francisco Navarro Villoslada está concluyendo de escribir una novela titulada El Ermitaño, y su acción pasa en el siglo VIII. Su objeto es pintarnos las costumbres de una época muy poco conocida y presentarnos la lucha que sostuvieron entre sí la raza originaria española y la raza goda[5].

Este breve apunte nos confirma que ya en los años cincuenta Navarro Villoslada tenía en mente una parte de la acción de Amaya, en concreto la referente a la leyenda de Teodosio de Goñi, de honda raigambre en las versiones tradicionales, que el autor situaría en torno al año de 711 para hacerla coincidir con la invasión musulmana. Esa narración original versaría, pues, sobre el parricidio cometido por el celoso caballero de Goñi, incitado por el diablo, y su posterior penitencia en el monte Aralar. Por otra parte, la información recogida en La Época nos permite saber que desde un comienzo era propósito del autor dotar al relato novelesco de un fondo ideológico, una especie de «tesis» que formulase una interpretación mítica de los orígenes de la nación española, la misma que acabará figurando en Amaya, y que puede resumirse en pocas palabras: vascos y godos, enemigos seculares pero que tienen en común la religión cristiana, se unen para hacer frente al Islam; esa unión de pueblos y razas es la base de la nacionalidad española, cuyo principal pilar es la unidad católica[6]. En ese momento, la novela sirve ya de soporte o vehículo transmisor de las inquietudes, del ideario tradicionalista de Navarro Villoslada, que pronto comenzará a distinguirse dentro de los denominados neocatólicos, junto a Nocedal, Tejado o Aparisi y Guijarro.

La breve narración de El Ermitaño fue, pues, el núcleo original de acción sobre el que el autor fue acumulando toda una serie de elementos heterogéneos (leyendas, cantares, historias secundarias…), que complicaron notablemente el argumento de la novela, haciendo que su extensión final duplicase la de sus dos novelas anteriores. Tanto es así que la historia de Teodosio de Goñi penitente se diluye en el conjunto y pasa a ocupar, en la versión definitiva de Amaya, solo los capítulos de los libros tercero y cuarto de la Segunda Parte (siendo además el último libro muy breve). De nuevo conviene destacar que esta forma de composición en distintas etapas era práctica habitual en Navarro Villoslada: Doña Blanca de Navarra había conocido primero una versión reducida titulada La Princesa de Viana (luego convertida, con modificaciones, en parte primera de la novela, a la que se sumó Quince días de reinado para obtener el texto definitivo); y lo mismo sucedió con Doña Urraca de Castilla, que antes fue El caballero sin nombre. Un caso similar, si no idéntico, es el de su proyecto narrativo sobre la conquista del reino de Navarra, englobado bajo el título general de Pedro Ramírez, que conoció diversas redacciones (Doña Toda de Larrea, La madre de la Excelenta, El hijo del Fuerte, Los bandos de Navarra…), y que finalmente no llegó a terminar, quedando inédito en varios borradores[7].


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Utilizaré esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[3] En 1846 contrajo matrimonio con Teresa de Luna, dama vitoriana. En principio, residieron en Madrid, pero el delicado estado de salud de su esposa le llevó a buscar un empleo en Vitoria, y así en 1850 ocupó el cargo de secretario del Gobierno Civil. Al año siguiente murió su esposa y Navarro Villoslada regresó en 1853 a Madrid, para dedicarse de nuevo al periodismo.

[4] Esas notas fueron reproducidas por Beatrice Quijada Cornish, «A Contribution to the Study of the Historical Novels of Francisco Navarro Villoslada», en Homenaje a don Carmelo de Echegaray, San Sebastián, Imprenta de la Diputación de Guipúzcoa, 1928, pp. 203-204, 221 y 225-230, con algunos ligeros errores de transcripción o erratas: clopos por chopos, Borres por Torres [del Río], piertecillo por puertecillo, Vgar por Ugar, Iruja por Irujo o Vidaurra por Vidaurre.

[5] Tomo la cita de Veinticuatro diarios (Madrid, 1830-1900), Madrid, CSIC, 1973, vol. III, núm. 7.656. Por unas notas manuscritas de la hija del escritor, doña Petra Navarro Villoslada, sabemos que El Ermitaño se publicó en un periódico francés: «[Años] 53 y 54. Escribía para un periódico de París y le pagaban a 114 reales por artículo. Se publicó en dicho periódico en abril de 1854 el primer capítulo de una novela titulada El Ermitaño»; «Para el periódico de París escribió una novelita en tres capítulos que tituló El Ermitaño. No la conocemos». Hasta la fecha, no he podido localizarla, pero presumo que su acción será la misma que la de la leyenda épica Don Teodosio de Goñi, cuyo resumen se conserva en el archivo del escritor. El título de El Ermitaño puede responder tanto a la penitencia de Teodosio como al hecho de que el demonio se le aparece en figura de anacoreta para despertar sus celos.

[6] Para el contenido ideológico de la novela, véase sobre todo María C. Mina, «Navarro Villoslada: Amaya o los vascos salvan a España», Historia Contemporánea (Revista del Dpto. de Historia Contemporánea de la Universidad del País Vasco), 1, 1988, pp. 143-162.

[7] Cfr. Carlos Mata Induráin, «Dos novelas históricas inéditas de Navarro Villoslada: Doña Toda de Larrea y El hijo del Fuerte», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 241-257.

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