El fondo histórico de «Amaya o los vascos en el siglo VIII» de Navarro Villoslada (1)

La última novela de Francisco Navarro Villoslada[1] ofrece una peculiaridad en cuanto a la presentación de elementos históricos[2]; aquí, a diferencia de las dos novelas anteriores, junto a lo histórico entra en buena medida lo legendario. Pero hay una explicación: la acción se remonta a un pasado muy lejano, el siglo VIII, del que no existen tantas noticias fidedignas como para la Edad Media; la historiografía romántica no estaba muy avanzada y, menos para una época tan remota como la de Amaya[3], la de la conquista de España por los musulmanes y la caída del imperio visigodo[4]. Hemos de recordar también lo dicho en entradas anteriores al hablar de la literatura fuerista: diversas novelas y leyendas pseudohistóricas románticas vinieron a suplir la carencia de una historiografía del pueblo vasco[5]; en este sentido, Amaya se convirtió en la «historia», hasta entonces no escrita, de los primitivos vascos[6]. Los huecos dejados por la historia son suplidos con leyendas y tradiciones, cuando no con la fantasía del autor. El propio Navarro Villoslada lo explica en las palabras finales de la «Introducción»:

Al transportarnos en alas de la fantasía a tan remotas edades, sentimos en el alma la grata frescura de la virtud sencilla, del heroísmo espontáneo y modesto, del vigoroso amor patrio. […] ¡Gloria a Dios, y lancémonos a las tinieblas de lo pasado por entre selvas seculares y monumentos megalíticos, sin más guía que frases de la historia, fragmentos de cantares, leyendas y tradiciones, a sorprender a dos grandes pueblos en el supremo momento de su implacable lucha, para ver cómo acaban unas edades y cómo empiezan otras (p. 12; las cursivas son mías).

Más adelante, en nota en página 278, alude a la «oscuridad histórica del siglo VIII» y en la página 572 habla de «los tiempos de nuestra historia, dentro de cuya oscuridad solo confusamente vislumbramos algunos personajes legendarios». Ahora bien, esto no quiere decir que los datos históricos estén por completo ausentes en esta narración; los hay, solo que en menor cantidad y, como ya dije, entremezclados con elementos legendarios y tradicionales. Podría decirse que lo histórico de la novela, más que en detalles y noticias concretas, está en la reconstrucción general de aquella época: el secular enfrentamiento de dos pueblos, godos y vascos, la descomposición interna del imperio visigótico, las asechanzas de los judíos peninsulares y, finalmente, la invasión agarena del año 711.

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Como ya señaló Arturo Campión, la historia y la leyenda se dan la mano en Amaya:

No es Amaya […] libro que deba la existencia a la imaginación pura. Al contrario, la leyenda y la historia son sus fuentes principales: una y otra han proporcionado los elementos primordiales que después sirvieron al autor para levantar el gallardo edificio que actualmente embelesa nuestros ojos: la erudición y la fantasía marchan juntas en la obra, venciendo la primera la torpeza natural de su paso, gracias a las brillantes alas que la segunda le presta. De esta manera, cuando acabamos de leer la obra, en nuestra memoria quedan, hábilmente grabados por el estilo magistral del autor, los rasgos fundamentales de dos pueblos diversos[7].


[1] Para el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. Y para su contexto literario, mi trabajo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Utilizo los siguientes trabajos para comprobar los aspectos histórico-arqueológicos de la novela: Ángeles Alonso Ávila (et alii), Hispania visigoda. Bibliografía sistemática y síntesis histórica, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1985; Julio Caro Baroja, Los vascos, Madrid, Istmo, 1971; Luis A. García Moreno, Historia de España visigoda, Madrid, Cátedra, 1989; José Orlandis, Historia del reino visigodo español, Madrid, Rialp, 1988; E. A. Thompson, Los godos en España, Madrid, Alianza Editorial, 1971.

[3] Cito por esta edición: Amaya o los vascos en el siglo VIII, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991. Otra más reciente es: Amaya o los vascos en el siglo VIII, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 1 y 2), 2 vols.

[4] Todavía en nuestros días no se conoce bien esa época; un estudioso de la misma escribe: «Nuestra información sobre la España visigótica se empobrece notoriamente desde que falta una fuente tan valiosa como las actas conciliares. Este vacío, imposible de suplir por otros cauces, determina que tan sólo dispongamos de noticias muy fragmentarias sobre los tres últimos lustros del Reino de Toledo» (José Orlandis, Historia de España. La España visigótica, Madrid, Gredos, 1977, p. 287). Si esto ocurre hoy, es lógico que en la época de Villoslada la carencia fuese todavía mayor. De hecho, hay muy pocas novelas históricas románticas ambientadas en ese momento, no sólo porque los románticos prefirieron la idealizada Edad Media, sino también por esa dificultad para encontrar noticias fiables.

[5] Recuérdese la célebre frase de Cánovas del Castillo: «Si los pueblos sin historia son felices, felicísimos han sido los vascongados durante siglos».

[6] «El propio autor define Amaya como “un centón de tradiciones éuskaras”. Y, efectivamente, eso es, al menos en parte, Amaya: un compendio de tradiciones apócrifas, un híbrido de leyenda y novela histórica» (Jon Juaristi, El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca, Madrid, Taurus, 1987, p. 124).

[7] Arturo Campión, «Amaya. Estudio crítico», La Avalancha, 1902, p. 101. En la página siguiente añade: «En la pintura de la sociedad gótica predomina, como es natural, el elemento histórico; en cambio, en la pintura de la sociedad éuskara y a causa de la penuria de documentos, el elemento legendario. Los mitos y las consejas, las tradiciones y los cantos, los recuerdos y las supersticiones que de aquellos oscuros tiempos y pueblo, poco menos que ignorado hasta nuestros días, se conservan, más o menos confusos y alterados, están reunidos en Amaya por Villoslada, con la solicitud del anticuario y la piedad filial de un buen hijo».

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