«El manco de Lepanto» de Manuel Fernández y González: técnicas narrativas

En fin, aparte de la escasa profundidad psicológica de los personajes, otras características propias de la novela histórica romántica española son: la voluntaria limitación de la omnisciencia del narrador en algunos detalles, las apelaciones continuas al lector, las marcas de la narración (con expresiones del tipo «como se dijo antes…», «ya lo vimos en el capítulo anterior…», «como se verá más adelante…»), las indicaciones que ponen de relieve la distancia temporal entre aquellos tiempos en que sucede la acción de la novela y estos tiempos modernos, los contemporáneos del escritor y sus lectores inmediatos. También las afirmaciones generalizadoras del narrador, del tipo: «Gente pobre era, que los pobres son los que más madrugan» (p. 104)[1]. Todos esos recursos y marcas los encontramos en el presente relato de Manuel Fernández y González.

En cuanto al estilo, y dejando de lado los abundantes casos de laísmos, leísmos y loísmos, interesa destacar que predomina la frase larga, la cual de alguna manera trata de recrear los amplios periodos sintácticos de la literatura áurea. Consideremos a modo de ejemplo este pasaje, elegido al azar entre los muchos posibles:

Entreclara era la noche, y por lo bien cuidado del jardín, por las estatuas que acá y allá se encontraban para su adorno, y por sus bancos y asientos de labradas, aunque en apariencia rústicas, maderas los unos, y de blandos céspedes, como formados por la naturaleza, los otros, que al descanso y al regalo por todas partes convidaban; y por la hermosa fuente de alabastro que en el centro se veía, con su taza que a una gran concha se asemejaba, sostenida por delfines, en los que cabalgaban amorcillos, y de la cual caía en claras cintas el agua, causando un dulce ruido, que al sueño convidaba, no pudo menos de apercibirse de que en el jardín de una casa principalísima había entrado… (pp. 90-91).

FuenteCupidos

El autor se deja llevar por su gran verbosidad, y va estirando la frase (lo cual no debe de extrañarnos si tenemos en cuenta que estos autores de la novela por entregas cobraban por líneas…). En el capítulo VIII, el narrador, refiriéndose a los pasos de Cervantes por Sevilla, podría limitarse a decir: «Yendo así por las desiertas calles, de repente le sorprendieron…». Pero en realidad escribe lo siguiente:

Yendo así por las desiertas calles, desiertas a causa de lo temprano de la hora, en que los rondadores han dejado ya la reja o la esquina donde su amor han libado, o donde el rigor de su mala ventura han sufrido; cuando aún el perezoso sueño en el lecho retiene sabrosamente a todo el mundo antes de la tarea cotidiana, de repente le sorprendieron… (p. 98).

Esto, lo reitero, se explica perfectamente por las circunstancias de composición de la novela: «A más líneas, más ganancia», podríamos decir parafraseando el conocido refrán[2]. El resultado es que, en el conjunto de la obra, no hay una ilación lógica clara de personajes, tramas, descripciones, etc.: el relato se va construyendo a saltos, a lo que buenamente surge[3]… Si viene bien intercalar la descripción de un entierro, pues se describe un entierro con todo su cortejo fúnebre —leal perro incluido—, aunque eso suponga desviar la atención narrativa de la historia principal:

El acompasado andar de los cofrades, el gesto de la dolorosa agonía que aún en el rostro de la muerta se mostraba, vislumbres de belleza que, a pesar de los años y de la muerte, aún en ella aparecían, el desconsuelo de la mujer que tras la difunta iba, su mísera apariencia, y el perro que lentamente y con el hocico pegado al suelo en pos e inmediatamente iba, todo esto, cayendo como un chubasco de dolores sobre el alma compasiva de Miguel de Cervantes, hicieron que el paso tuviese, y que al pasar el lúgubre cortejo, con la una mano derribase el chapeo y con la otra se persignase; y aún no había acabado el padre nuestro, ni llegado a la mitad, cuando volviendo a calarse el sombrero, dejó el camino que llevaba y tras el pobre entierro fuese, acabando de rezar su oración y el alma entristecida por un doloroso presentimiento; que no era para él buen augurio, cuando iba pensando en sus amores y en los medios de librar a su doña Guiomar de sus congojas, con una desgracia tal haberse encontrado (p. 10)[4].


[1] Todas las citas de El manco de Lepanto son por esta edición de 1874: Manuel Fernández y González, El manco de Lepanto. Episodio de la vida del Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra, por don…, Madrid, Establecimiento Tipográfico de Muñoz y Reig, 1874.

[2] No encuentro, en cambio, en esta novela ese recurso habitual en el género consistente en el abuso del punto y aparte.

[3] Ver para más detalles Ignacio Arellano, «Amores y estocadas, de Manuel Fernández y González, o la novela histórica grotesca», introducción a Manuel Fernández y González, Amores y estocadas. Vida turbulenta de don Francisco de Quevedo, Pamplona, Eurograf Navarra, 2002, pp. 5-11.

[4] Para el análisis completo de la novela remito a Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874) de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, pp. 167-193.

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