Los autos marianos de Calderón de la Barca (4)

El padre Bernardo Monsegú estudió «La Inmaculada en la dramaturgia clásica española»[1], y su opinión puede resumirse en estos puntos: los seis autos[2] citados por Aicardo son plenamente concepcionistas; tratan parcialmente de la Inmaculada El primer refugio del hombre y probática piscina y A María el corazón; y hay personajes inmaculistas en El gran príncipe de Fez y El príncipe constante.

Monsegú, tras señalar que «María suena a cada paso en el escenario sacro del pueblo español»[3], añade que los misterios cristianos de Encarnación, de Redención, de Eucaristía y de Iglesia, que son manifestaciones de una misma revelación divina, fueron proyectados por Calderón y por los demás dramaturgos sobre el plano de una interferencia mariana. Y esto fue posible porque la Virgen María se sitúa en los confines donde se junta lo divino y lo humano, «siendo, por decirlo así, lugar de cita de las grandes manifestaciones del poder, del saber y del amor de Dios»[4]. Con otras palabras:

Para sus autores [los de autos], lo eucarístico y lo mariano formaban un admirable concepto y eran, a la par, dos maravillas de un mismo portento. Portento de amor y de poder divino que la fe les ofrecía, colocando al cristiano, en la festividad del Corpus, en una misma efusción [sic] admirativa y adherente frente al cuerpo de Cristo y a la Madre, de cuyo seno nació[5].

Inmaculada Concepción de Giovanni Battista Tiepolo
Inmaculada Concepción de Giovanni Battista Tiepolo

Como podemos apreciar, existen algunas discrepancias significativas entre estos tres autores respecto a los autos seleccionados. Ello se debe, en parte, a que Aicardo y Monsegú utilizan el término autos concepcionistas y González, en cambio, el más amplio de autos marianos. Ninguno de ellos duda, por supuesto, sobre la inclusión de La Hidalga del valle, que es mariano y concepcionista, más aún, el auto mariano y concepcionista por excelencia. En cambio, un auto mariano desde el título como A María el corazón (y que suele editarse conjuntamente con el anterior) puede ser excluido de entre los concepcionistas porque en él no se trata de verdades dogmáticas, del misterio de la Inmaculada Concepción, sino que su carácter es más bien piadoso: se limita a defender la conveniencia de la devoción filial a María[6].


[1] Artículo aparecido en Estudios Marianos, año XIV, vol. XVI, 1955, pp. 329-358.

[2] Citaré por Pedro Calderón de la Barca, Obras completas, tomo III, Autos sacramentales, ed. de Ángel Valbuena Prat, 2.ª reimp. de la 2.ª ed., Madrid, Aguilar, 1991.

[3] Monsegú, «La Inmaculada en la dramaturgia clásica española», p. 335.

[4] Monsegú, «La Inmaculada en la dramaturgia clásica española», p. 335.

[5] Monsegú, «La Inmaculada en la dramaturgia clásica española», p. 357.

[6] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Imaginería barroca en los autos marianos de Calderón», en Ignacio Arellano, Juan Manuel Escudero, Blanca Oteiza y M. Carmen Pinillos (eds.), Divinas y humanas letras. Doctrina y poesía en los autos sacramentales de Calderón, Kassel, Edition Reichenberger, 1997, pp. 253-287.

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