El fondo histórico de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

Abundan en la novela de Francisco Navarro Villoslada[1] los datos históricos que, en su conjunto, nos proporcionan una idea muy completa y acertada de la época en que sucede la acción. El autor no especifica el año concreto en que esta ocurre, pero por distintas indicaciones que va dando podemos deducir que se trata del año 1115 o 1116. Doña Urraca describe con notable exactitud la situación histórica del reino de Galicia —dividido en bandos enfrentados— tras la muerte del rey Alfonso VI; y, dentro de ese contexto general, la formación de una hermandad por parte de los burgueses de Santiago contra su obispo, don Diego Gelmírez[2].

Alfonso I de Aragón, el BatalladorAcierta el novelista al situar la acción durante el borrascoso reinado de doña Urraca (1109-1126), el cual, a juicio de los historiadores, constituye una de las épocas más turbulentas de toda la historia del reino de Castilla y León. Refleja acertadamente la división de Galicia en tres bandos: los partidarios de la reina; los de su esposo, el rey de Aragón y Navarra, Alfonso el Batallador; y los del príncipe Alfonso Raimúndez, hijo de doña Urraca y su primer marido, el conde Raimundo de Borgoña. Las primeras alusiones a los bandos aparecen ya en la conversación mantenida en el primer capítulo entre don Arias y el paje Ramiro. De esta forma nos enteramos de que el joven príncipe Alfonso Raimúndez es apoyado por el obispo de Santiago, Gelmírez, y por el conde don Pedro de Trava (así fue en realidad: ambos deseaban su entronización porque, tratándose de un rey niño, ellos disfrutarían de la regencia durante su minoría de edad). El Batallador, por su parte, contó con el apoyo de la ciudad de Lugo, que veía con recelo el rápido ascenso de su rival, Santiago. Los valedores de la reina fueron, en fin, el conde don Pedro de Lara y don Gutierre Fernández de Castro (y además, en el plano novelesco, don Ataúlfo de Moscoso); sin embargo, aunque tres coronas ceñían su frente (las de Castilla, León y Galicia), doña Urraca tuvo muy poco poder efectivo.

El príncipe don Alfonso, alejado por su madre de Galicia para que no entrase en contacto con sus partidarios, envió desde Extremadura una carta a Gelmírez en la que recordaba al prelado que a él le correspondía el reino, según una cláusula testamentaria de su abuelo Alfonso VI, y le pedía que lo coronase. En efecto, esa disposición obligaba a su hija doña Urraca a entregar el reino de Galicia a su hijo en el momento en que contrajese segundas nupcias; como la reina se había casado con el Batallador, el reino pertenecía de iure a Alfonso Raimúndez. La novela da rendida cuenta de toda esta situación. Es en el libro primero donde se produce una concentración de todos los datos históricos necesarios para ayudar al lector a entender el trasfondo de la acción; una vez logrado este objetivo, los otros tres libros desarrollarán la trama novelesca, eso sí, siempre sobre el fondo histórico ya esbozado con detalle anteriormente.

Por lo que toca a la formación de la hermandad contra el obispo Gelmírez, conviene recordar antes de nada que Compostela era una ciudad única en la España medieval, gracias al auge que conoció por el Camino de Santiago; en palabras de Sánchez Albornoz, se trataba de «la única ciudad del reino leonés puramente mercantil y clerical»[3]; pero estaba enclavada en el riñón de una Galicia señorial. En este sentido, el obispo de Santiago no solo era el máximo representante eclesiástico, sino también un poderoso señor «feudal»: tenía vasallos, ejercía autoridad sobre media Galicia, podía batir moneda propia, estaba exento del servicio de guerra y corte que se debía al rey y poseía riquezas sin cuento (se acuñó entonces la frase «Episcopus Sancti Jacobi, baculus et ballista», para expresar la unión del poder temporal y espiritual en su persona). Por todo ello, los intereses de don Diego Gelmírez colisionaban con las pretensiones de los burgueses de la ciudad, que querían autogobernarse (deseaban un régimen de autonomía municipal basado en los gremios y el concejo).

Por tanto, Gelmírez fue considerado por los compostelanos como un enemigo de sus libertades burguesas, y en los años 1116 y 1117 se produjeron dos rebeliones urbanas; los conjurados formaron una hermandad contra el obispo, de la que nombraron «abadesa» o cabeza a la reina doña Urraca, enfrentada con Gelmírez por ser este uno de los principales apoyos de su hijo Alfonso. El pueblo la eligió pensando que con su ayuda podría sacudirse a su vez el poder señorial del prelado; pero más tarde, al ver que la reina contemporizaba y pactaba con Gelmírez, se volvió contra ella: en la primavera de 1117 los habitantes de Santiago prenden fuego a la catedral y Gelmírez y doña Urraca tienen que refugiarse en la torre de las Campanas o de las Señales, que es incendiada también. El obispo pudo escapar encubierto con la capa de un pobre, pero la reina fue alcanzada por una pedrada y quedó tumbada, con los vestidos revueltos, en medio de un lodazal. Una vez fuera de la ciudad, doña Urraca no perdonó tan grave ofensa, y sus tropas aplastaron con dureza la rebelión. Estos últimos sucesos de 1117 no se refieren en la novela.

Navarro Villoslada presenta en primer plano a algunos personajes históricos importantes: la reina doña Urraca, Diego Gelmírez, el Conde de Lara, Gutierre Fernández de Castro; hay otros personajes históricos aludidos, que no intervienen directamente en la acción novelesca, como el príncipe don Alfonso o el rey Alfonso el Batallador. Se modifica un tanto el carácter de Diego Gelmírez, al que presenta únicamente como pacífico prelado (es decir, sin su faceta histórica de señor «feudal»). En cuanto a doña Urraca, el autor mantiene su fama de liviana que se le atribuye tradicionalmente (por sus amoríos con los condes de Candespina y de Lara)[4].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver José Barreiro Somoza, «La violencia antiseñorial de los burgueses compostelanos: reacción frente a la política de Gelmírez de control de las instituciones urbanas», en El señorío de la iglesia de Santiago de Compostela (siglos ix- xiii), La Coruña, Ed. de la Diputación Provincial, 1987, pp. 273-301; y María Carmen Pallares Méndez y Ermelindo Portela Silva, «Las revueltas compostelanas del siglo xii: un episodio en el nacimiento de la sociedad feudal», en Ramón Villares Paz (ed.), La ciudad y el mundo urbano en la historia de Galicia, Santiago, Facultad de Xeografía e Historia / Tórculo Edicións, 1988, pp. 89-99.

[3] Claudio Sánchez Albornoz, «Compostela», en Estudios sobre Galicia en la temprana Edad Media, La Coruña, Fundación Barrié de la Maza, 1981, p. 417.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

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