«La ilustre fregona» de Cervantes: argumento, temas y valoración

Al clasificar las Novelas ejemplares de Cervantes, La ilustre fregona se incluye en el grupo de los relatos idealistas, aquellos en los que se pone mayor énfasis en la imaginación y hay más casualidades y elementos inverosímiles (como sucede también en El amante liberal, La española inglesa, La fuerza de la sangre, Las dos doncellas y La señora Cornelia). Novela de ambientación toledana como La fuerza de la sangre, aquí la dualidad fantasía / realidad queda ya sugerida desde el propio título: ilustre vs. fregona. A los cuadros de costumbres “realistas” se sumarán elementos idealizantes propios de la novella italiana, a saber, la anagnórisis y el casamiento final. Por un lado, la idealización (y el final ennoblecedor del personaje femenino) nos recuerda a lo que sucedía en La gitanilla. Por otra parte, el hecho de que los jóvenes Tomás de Avendaño y Diego de Carriazo salgan de sus casas en busca de aventuras conecta, de algún modo, el relato con Rinconete y Cortadillo. Aquí Avendaño, enamorado de la fregona Constancica, servirá en el mesón del Sevillano (igual que don Juan de Cárcamo, en La gitanilla, vive como gitano, bajo el nombre de Andrés Caballero, como prueba de amor a Preciosa).

LaIlustreFregona_Greuze Jean-Baptiste_Lavandera

Para la crítica en general (con excepción de Joaquín Casalduero, quien valora positivamente sobre todo los amores platónicos de Avendaño), lo más valioso de La ilustre fregona son las descripciones de costumbres toledanas y de la vida del mesón del Sevillano. Consideremos, por ejemplo, estas palabras de Juan Luis Alborg:

He aquí otra novela “toledana”, en la que Cervantes se deja llevar de nuevo de su veta optimista, idealizadora y romántica, tan genuina en su carácter […] como su intensa propensión satírica y realista. En cierta manera guarda esta novela algunas semejanzas con La Gitanilla. Dos jóvenes castellanos, Tomás de Avendaño y Diego de Carriazo, dejan sus hogares por el deseo de correr aventuras, y después de diversos sucesos, enamorado Tomás de una moza de servicio del famoso «mesón del Sevillano» de Toledo, se queda allí de servidor en el mesón. Descúbrese al final la calidad de la muchacha, que es de noble familia, y la novela acaba en matrimonio. El realismo cervantino se alía una vez más con la fantasía novelesca para trazar bellas descripciones, como la pesca de atún en las almadrabas y, sobre todo, de la animada vida del mesón y del ambiente de Toledo, con su buena porción de notas pintorescas, cantos, bailes y diversiones populares. Según la más admitida opinión, es esta vertiente de La ilustre fregona la más excelente, humana y regocijada, y comparable en su conjunto a los mejores cuadros de costumbres trazados por Cervantes. «No es el amor de Avendaño —dice Savj-López, sino esta escena agitada, varia, intensa lo que da vida a la novela». Y Schevill y Bonilla escriben: «El desgarro de los mozos, su viaje con el ayo, la llegada a Toledo, los sucesos en el mesón del Sevillano, las descripciones de amos y criados, así como de los demás personajes que pasan por la posada, la vida y costumbres de los aguadores, todo ello tiene hoy la misma frescura, la misma espontaneidad y viveza que si hubiera sido escrita en nuestros días». A Casalduero le escandaliza, sin embargo, que La ilustre fregona sea estimada a causa de los arrieros y no de los nobles amores que hay en ella[1].

Ignacio Arellano, por su parte, escribe:

La ilustre fregona muestra un tono optimista, de alegría juvenil: dos jóvenes, Avendaño y Carriazo, dejan su hogar para seguir aventuras y ver mundo. Avendaño se enamora de la fregona de un mesón, Constanza, que resulta al fin (como la Gitanilla) ser de noble familia. Carriazo sigue una vida levemente picaresca: «en Carriazo vio el mundo un pícaro virtuoso, limpio, bien criado y más que medianamente discreto». El realismo cervantino se une a la idealización y a las convenciones literarias y traza atractivos cuadros de costumbres, ambientes coloridos y dinámicos de la vida del mesón del Sevillano y de Toledo[2].

En otro lugar[3], este mismo crítico ha destacado la importancia del «tejido múltiple de los niveles y modalidades literarios de la idealización (lo que afecta a la historia de Constanza y sus amores con Avendaño) y de la comicidad cercano a lo ridículo grotesco (en el mundo de Carriazo y los amores que despierta en la Argüello, figura de mujer horrible, opuesta a Constanza)». Como señala Arellano, basta con recordar los retratos de las dos mujeres, «una como modelo de belleza y la otra como mascarón repulsivo». Así, Constanza «tiene una cara de pascua y un rostro de buen año; en una mejilla tiene el sol y en la otra la luna; la una es hecha de rosas y la otra de claveles, y en entrambas hay también azucenas y jazmines…», en tanto que a la Argüello «le huele el aliento a rasuras desde una legua; todos los dientes de arriba son postizos y tengo para mí que los cabellos son cabellera, y para adobar y suplir estas faltas, después que me descubrió su mal pensamiento, ha dado en afeitarse con albayalde, y así se jalbega el rostro, que no parece sino mascarón de yeso puro».

Juan Bautista Avalle-Arce destacó las conexiones de La ilustre fregona con la novela picaresca, en particular con el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. Pero ya sabemos que Cervantes nunca escribió una novela picaresca canónica: conocía perfectamente el modelo y sus recursos, pero el ingenio complutense siempre nos da una versión personal y muy original en sus acercamientos a lo picaresco[4] (aquí, en otras novelas ejemplares como Rinconete y Cortadillo o El coloquio de los perros, a través del personaje de Ginés de Pasamonte en el Quijote, etc.). Tenemos en este relato que Carriazo es un pícaro sui generis, un «pícaro virtuoso», que va acompañado de una especie de alter ego, Tomás de Avendaño, con el que mantiene una amistad casi divina, al decir de Avalle-Arce. Los dos jóvenes amigos no son personajes de baja condición social, sino estudiantes de buenas familias. Recordemos que en el insolidario universo de la novela picaresca la amistad estaba totalmente excluida. Y lo mismo sucede con el amor, sentimiento que tampoco tiene cabida en un pícaro tradicional. En este sentido, destaca Avalle-Arce que el servicio de Carriazo como mozo de mesón es voluntario y por amor: algo totalmente antipicaresco. Y es que —siguiendo lo expuesto por este crítico—la peculiar y personal formulación cervantina de la picaresca no incluye la forma autobiográfica, permite el desarrollo del amor y además, en ella, la fortuna sustituye al determinismo (y de aquí se desprenden otros subtemas: vagabundeos mínimos, servicio al amor simbólico, motu proprio, no por necesidad, etc.). En definitiva, el concepto de la vida expresado por Cervantes es diametralmente opuesto al que manifiesta Mateo Alemán.

Jorge García López, editor moderno de la obra en Crítica, nos ofrece la siguiente valoración de la calidad del relato:

Se trata, sin duda, de otro producto acabado de la madurez cervantina. El contrapunto de elementos realistas e idealistas alcanza ponderación admirable, compendiada por el autor, como en un emblema, en una titulación equívoca y contradictoria que resuena en cada escena del relato[5].

Este mismo crítico ha puesto de relieve el componente de idealismo, analizándolo en relación con La gitanilla, poniendo en paralelo los personajes de Preciosa y Constanza:

Junto a su equívoca definición picaresca o a su cercana imbricación dramática, con posterioridad la crítica ha incidido más en la vertiente “idealista” de la historia, centrada en el personaje de Constanza. La fregona constituye elemento nuclear de la narración, sol central que organiza y anima su universo imaginario. En ella ensaya Cervantes la creación de un personaje antitético de Preciosa, la protagonista de La gitanilla, que no sin motivo acabará llamándose igual que nuestra heroína. Al desparpajo gracioso de Preciosa enfrenta Cervantes la dignidad y cautela de Constanza. Si Preciosa charla a destajo, Constanza apenas pronuncia palabra ociosa. Hasta bien avanzada la historia, solo sabemos lo que nos cuentan de ella, y el relato obedece a una lenta y gradual manifestación de la recóndita “fregona”. Ahí tendrán importancia básica sus apariciones, muy dosificadas, y lo que de ella nos cuenta su atuendo singular: cordón de San Francisco y calzado cubierto (es decir, religiosidad y honestidad). El lector será protagonista principal de la peripecia, viéndose precisado a reunir las declaraciones de los restantes personajes y confrontarlas con las apariciones de la “fregona”. Sin embargo, Cervantes concluye echando mano de manidas recetas folclóricas, aspecto que siempre ha sido motivo de crítica, y que acaba subrayando las motivaciones idealistas el relato y su emparejamiento con el cuento maravilloso, la novela bizantina y aun la pastoril. Pero es también desenlace certero desde el título, porque “fregona” e “ilustre” no puede ser[6].

En fin, el mismo García López ha explicado la relación de La ilustre fregona con algunas piezas teatrales áureas y, por tanto, con Lope de Vega:

Su naturaleza dramática fue motivo de consideración al notarse la relación cercana del relato con dos comedias: El mesón de la corte, citada por Lope de Vega en El peregrino en su patria, y La ilustre fregona y amante al uso. Entre El mesón de la corte y nuestro relato no parecen existir relaciones de dependencia mutua, sino de un texto escrito anterior y común a ambos. Por el contrario, La ilustre fregona y amante al uso ha conocido diferentes atribuciones y datas de representación, y no parece ser sino una contrafacción de la novela. Pero la esencia dramática de nuestro relato posee otra vertiente, por cuanto la “fregona” es personaje usual en las tablas a principios del siglo XVII y se folcloriza rápidamente. El mismo Cervantes cita una “fregona” junto a otros personajes dramáticos (ninfa, diosa, pastora) en El licenciado Vidriera, y una fregona muy similar a la cervantina aparece en La noche toledana de Lope de Vega, fechable en 1605. En fin, el cervantismo decimonónico vio en Lope Asturiano el trasunto burlesco del mismísimo Lope de Vega, idea que en la actualidad ha merecido alguna consideración[7].


[1] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, pp. 114-115.

[2] Ignacio Arellano, Historia de la literatura española, vol. II, Renacimiento y Barroco, León, Everest, 1993, p. 693.

[3] Ver su libro Cervantes, breve introducción a su obra, Delhi, 2005.

[4] Remito, entre otros trabajos de Juan Bautista Avalle-Arce, al titulado «Cervantes entre pícaros», Nueva Revista de Filología Hispánica, 38.2, 1990, pp. 591-604.

[5] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2001, p. 373, nota.

[6] García López, en su edición de las Novelas ejemplares, pp. 372-373, nota.

[7] García López, en su edición de las Novelas ejemplares, p. 372, nota. También ha puesto de relieve la relación del relato con el entremés: «Ese mundo bullicioso que puebla las calles toledanas alcanza su cenit en las escenas y los poemas bailados, donde se vislumbran por un momento ribetes de entremés. La contraposición entre los bailes y los poemas dedicados a Constanza patentizan el tema que recorre la novela» (p. 373, nota).

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