El retrato moral de la ciudad en «Don Amor volvió a Toledo» (1936), de Félix Urabayen

Desde el principio Félix Urabayen retrata a Toledo como una «ciudad clerical», anclada por su mal en el pasado, intransigente e hipócrita: «En Toledo la Iglesia lo engulle todo: la vida y la muerte. Cuanto más inmoral una ciudad, más católica aparece; a mayor número de pecados, mayor número de confesores que absuelvan» (p. 107)[1]. Es una ciudad tradicional, dominada por las fuerzas vivas, de carácter neo-católico, a las que califica de «hordas prehistóricas», «dólmenes» y «fósiles»: «Toledo es la ciudad de las momias», añade. Abunda en leyendas y habladurías, y ni la más mínima intimidad resulta posible, porque «en Toledo se sabe la vida y milagros de todo el mundo» (p. 158). «Nada hay más inmoral que la moral toledana», se afirma, y también que sus gentes gustan del morbo y de la murmuración:

En Toledo hay siempre ambiente propicio para acoger todas las monstruosidades por inverosímiles que parezcan, como si el incesto, el estupro y otras aberraciones inventadas por cerebros enfermos o degenerados fuesen cosas naturales, descubiertas para apicarar el comadreo en las tediosas horas tardecinas (p. 116).

Vista de Toledo con el cielo nublado

También la presenta como ciudad adormecida a fuerza de oraciones (p. 174); la paloma Tolaitola es una ciudad levítica, inamovible, que Santafé compara con la Jerusalén judaica (la Catedral sería el Templo de Salomón). Otro de los asistentes a la tertulia opina: «Esas dos fortalezas, Catedral y Alcázar, son un asilo de forasteros. Toledo es un peñón, una prisión atenuada, donde vivimos parasitariamente curas, militares y ciudadanos sin graduación» (pp. 190-191).

Una de las grandes preocupaciones de Urabayen es el despojo artístico de la ciudad, que sufre las continuas rapiñas de los chamarileros sin escrúpulos, aquí representados por Sebastián Meneses: este dice sentir un amor proverbial a Toledo, y sin embargo se vale de su condición de arquitecto de la Diputación y del Ayuntamiento para sacar pingües beneficios en sus negocios de más que dudosa licitud. Él es el más señero representante de toda una banda de «caballeros intachables» que venden como si fueran bagatelas los tesoros de la ciudad, convirtiéndola en «Toledo la despojada» (p. 40)[2].


[1] Cito por Félix Urabayen, Don Amor volvió a Toledo, Madrid, Espasa-Calpe, 1936.

[2] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

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