En entradas anteriores he transcrito los sonetos «Obrero andaluz» y «A Miguel Hernández, pastor de Orihuela» de Jesús Mauleón (1936-2024), pertenecientes a La luna del emigrante y a Pie en la cima de sombra, respectivamente, y el poema «Sed de Dios (Salmo 63)», de su poemario Salmos de ayer y hoy. La composición que traigo hoy introduce otra temática cara alsacerdote-poeta de Arróniz (Navarra), la de la madre. Este poema (un soneto, forma poética tradicional, también muy cultivada por Mauleón), titulado precisamente así, «Madre», se integra en la sección III, «Profundo hogar y pozo de la vida», de De aquí y de allá, conjunto de poemas no publicado como volumen exento, sino que se incorpora como tal poemario en la edición del año 2005 de su Obra poética (1954-2005).
El 29 de abril de 2011 el autor lo reproducía en una entrada en Libertad Digital, «Versos en el Día de la Madre», con este comentario: «Me cupo la suerte de tener una madre normal. Es decir, maravillosa. Seguro que muchos lectores, con la misma suerte que yo, podrán hacer suyo el soneto siguiente». Y dice así:
Profundo hogar y pozo de la vida, abierto amanecer, copiosa puerta, casa para tus hijos siempre abierta, nido con sol, estrella detenida.
Fuego para vivir, casa encendida, eres en tus ventanas luz alerta; si es de noche y de frío, hoguera cierta, y ternura de pan, de amanecida.
Sin ti muere sin flor la primavera, se muere sin calor de ti el verano, arde contigo el sol en el invierno.
A florecer y a amar vas tan certera, que en los jardines de tu cielo humano crecen la vida y el amor eterno[1].
[1] Cito por Jesús Mauleón, Obra poética (1954-2005), introducción de Tomás Yerro, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo / Institución Príncipe de Viana), 2005, p. 410.
En entradas anteriores he transcrito los sonetos «Obrero andaluz» y «A Miguel Hernández, pastor de Orihuela» de Jesús Mauleón (1936-2024), pertenecientes a La luna del emigrante y a Pie en la cima de sombra, respectivamente. Copio hoy otra composición, esta perteneciente al tercer poemario del sacerdote-poeta de Arróniz (Navarra), Salmos de ayer y hoy (Estella, Verbo Divino, 1997).
El poema, titulado «Sed de Dios», parafrasea el Salmo 63 y es buena muestra de la temática trascendente (el deseo de Dios, la presencia de la divinidad…) que tanta importancia alcanza en la producción poética (el texto lleva una dedicatoria «A José Luis Blanco Vega»):
Madrugamos por ti, Señor del día, pues tú eres nuestro Dios, pura mañana Desde una tierra de mortal sequía por ti suspira nuestra sed temprana.
Ansia de ti tenemos, agua pura, inmenso amor, torrente deseado, donde sanar la urgente quemadura que marcaste de ti en nuestro costado.
Desde el amanecer nada anhelamos como gozar la sombra de tu casa. Arrebatados a tu encuentro vamos desde una tierra que por ti se abrasa.
¡Oh, Dios, cómo resuena tu latido en la entraña del mundo, en su corteza! ¡Y cómo en el paisaje florecido que vistes de verdad y de belleza!
Te alabaremos, Dios, toda la vida, aquí o allí, velando o en el lecho, desde el dolor de la amorosa herida que tú clavaste a fuego en nuestro pecho.
Siempre eres nuestro auxilio. Nos sostienes en la zozobra de las horas malas. Seguros y colmados de tus bienes cantamos a la sombra de tus alas[1].
[1] Cito por Jesús Mauleón, Obra poética (1954-2005), introducción de Tomás Yerro, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Cultura y Turismo / Institución Príncipe de Viana), 2005, p. 291.
Ayer transcribí aquí el soneto «Obrero andaluz» de Jesús Mauleón (1936-2024), perteneciente a La luna del emigrante, buen reflejo de la temática social presente en ese primer poemario del sacerdote-poeta de Arróniz (Navarra). Traigo hoy otro soneto, este perteneciente a su segundo libro de poemas, Pie en la cima de sombra, que es un lírico homenaje «A Miguel Hernández, pastor de Orihuela».
Dice así:
Por una senda van los hortelanos[1], por otra va el pastor que sufre y vela cantando por los campos de Orihuela y apacentando lutos soberanos.
Las palabras —dos hondas en sus manos— hace zumbar en furia paralela, hiriendo el corazón y la entretela con pedradas de cantos sobrehumanos.
Coge el libro, Miguel, deja el cayado, pues se te arde la sangre con un bando de mastines aullándote en la entraña.
En pie de llanto pones el ganado. Canta poeta, que por ti balando van todos los rebaños por España[2].
[1] Este primer verso, destacado en cursiva en el original (aquí en redonda), retoma el inicial del Soneto 26 de El rayo que no cesa (Madrid, Héroe, 1936), de Miguel Hernández, que fue musicado por Amancio Prada (Vida e morte, 1974): «Por una senda van los hortelanos, / que es la sagrada hora del regreso, / con la sangre injuriada por el peso / de inviernos, primaveras y veranos. // Vienen de los esfuerzos sobrehumanos / y van a la canción, y van al beso, / y van dejando por el aire impreso / un olor de herramientas y de manos. // Por otra senda yo, por otra senda / que no conduce al beso aunque es la hora, / sino que merodea sin destino. // Bajo su frente trágica y tremenda, / un toro solo en la ribera llora / olvidando que es toro y masculino».
[2] Jesús Mauleón, Pie en la cima de sombra, Pamplona, Garrasi, 1986, prol. de Tomás Yerro Villanueva, p. 110.
Vaya para hoy este poema de Jesús Mauleón, «Obrero andaluz», perteneciente a La luna del emigrante (Palencia, Artes Gráficas Colón, 1968), número 65 de la colección «Rocamador», al cuidado de José María Fernández Nieto. Este libro nació de los años de estudios de Mauleón en Alemania. Es la última composición de la primera sección del poemario, titulada «La luna del emigrante (Tus desterrados hijos)» y va fechado «(Duisburgo, 2 En. 1962)». En una entrada de Libertad Digital, del 4 de mayo de 2007, el propio poeta escribía este comentario para acompañar al texto del poema:
Toda emigración es desarraigo. No se pueden transplantar las raíces, y el árbol, el emigrante, se desangra en la nueva plantación. Hombres de color atraviesan el mar y se aventuran hacia las islas. El sur hacia el norte, más próspero. España hacia Alemania antes, africanos hacia la península hoy… Con las manos, los pies y la garganta se puede cantar y bailar un cántico antiguo en tierra extraña (salmo 136), sevillanas o blues. «En la orilla del Rin y de los ríos / colgamos las guitarras…».
Obreros españoles en la fábrica de Volkswagen en Kassel (Alemania). Foto del Centro de Interpretación de Emigrantes y Retornados de Andalucía (CIERA).
El soneto —de gran perfección formal, como es usual en el poeta-sacerdote navarro— dice así:
Dejaste las raíces en lo hondo de un olivar de gracia y señorío y hoy en suelo alemán sueñas sombrío, árbol truncado y sin rumor de fondo.
Te dieron nieblas por el sol redondo, y ahora a tu tronco se le duerme el brío. Tiembla tu oliva y hace tanto frío que a lo lejos se hiela el cante jondo.
Ay, faraón, tan lejos de la corte, rondan tu corazón con su mareo la cerveza y la bruma gris del Norte;
ya no acude a tus palmas el jaleo, y se te viene a tierra sin soporte el rito señorial del taconeo[1].
[1] Jesús Mauleón, La luna del emigrante, Palencia, Artes Gráficas Colón, 1968, p. 25.
Ayer, domingo 20 de octubre, fallecía en Pamplona Jesús Mauleón Heredia, sacerdote, poeta y amigo. Mejor dicho: buen sacerdote, buen poeta y buen amigo, compañero durante muchos años en el Consejo de Redacción de Río Arga, revista de poesía de la que fue director durante cuatro años. Jesús nació en Arróniz (Navarra) el 21 de diciembre de 1936. En el año 1948 ingresó en el Seminario de Comillas, para realizar los estudios que le prepararían para ordenarse sacerdote. Después de estudiar en Comillas (1948-1959), se trasladó primero a Innsbruck (Austria), donde concluyó los estudios de Teología; y después a Múnich (Alemania), donde cursó dos años de Germanística. De esa etapa de estudios en el extranjero queda su libro de poemas La luna del emigrante, de notable calado social, del que se hicieron tres ediciones (1968, 1970 y 1971).
Tras su ordenación sacerdotal (1963), regresó a Navarra y se licenció en Filosofía y Letras, mientras continuaba con su labor pastoral, que se centró en el ámbito rural (tras su paso por Peralta, desde septiembre de 1966 fue párroco de Navaz, Unzu, Ollacarizqueta y Garciriáin, pueblos navarros donde ha dejado excelente memoria). Hombre de profunda cultura, un verdadero humanista de sereno gesto y de sabia palabra, dotado asimismo de buen humor, Mauleón fue profesor de literatura española y universal durante muchos años en el Seminario y en el Centro Superior de Estudios Teológicos (CSET) «San Miguel Arcángel» de Pamplona, y estuvo al frente de la Oficina de Prensa del Arzobispado de Pamplona durante doce años, de 1982 a 1994. Asiduo colaborador radiofónico y de prensa (y también en el blog Religión Digital), fue cofundador y director (entre 1983 y 1987) de Río Arga. Revista navarra de poesía y cofundador y vicepresidente del Ateneo Navarro / Nafar Ateneoa. En 1984 obtuvo el Premio de Periodismo San Fermín, otorgado por el Ayuntamiento de Pamplona.
Jesús Mauleón en 2022. Foto: Eduardo Buxens (Diario de Navarra).
En su faceta literaria, Mauleón es autor de libros de narrativa, poesía y espiritualidad. Como ha destacado la crítica, los principales temas que se hacen presentes en sus escritos son Dios, la madre, la infancia, el amor, el tiempo, la amistad, la vejez, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte.
Su producción narrativa está formada por El tío de Jaimerena (Pamplona, Caja de Ahorros Municipal de Pamplona, 1980), que obtuvo ese año el Premio Navarra de novela corta; Osasuna se traduce la salud (Pamplona, Industrias Gráficas Castuera, 1985), con la que fue semifinalista del Premio Nadal 1984 (llegó a la cuarta votación con el ganador y el finalista); Kiu y Liu y otros cuentos para niños (Pamplona, Mintzoa, 1990) y El senador Villanueva (Madrid, PPC, 2000).
Como poeta, Mauleón formó parte de lo que Florencio Martínez Ruiz —en un libro de 1978— denominó «nuevo mester de clerecía», marbete aplicado por el crítico a varios sacerdotes del siglo XX que, al mismo tiempo, fueron poetas comprometidos con cuestiones sociales. Sus títulos poéticos —poemarios y recopilaciones poéticas— son: La luna del emigrante (Palencia, Rocamador, 1968; Madrid, Zero, 1970 y 1972), Pie en la cima de sombra (Pamplona, Garrasi, 1986; es edición del autor), Salmos de ayer y hoy (Estella, Verbo Divino, 1997), Obra poética (1954-2005) (Pamplona, Gobierno de Navarra, 2005), Escribe por tu herida (inédito hasta su publicación en 2005 en Obra poética), Este debido llanto (Madrid, Ediciones Vitruvio, 2010), Apasionado adiós (Madrid, Vitruvio, 2013), Pero estás en mi aliento (Senectutis Carmina) (Madrid, Ediciones Vitruvio, 2019), Confinada voz (poemas en pandemia) (Madrid, Ediciones Vitruvio, 2022), Antología poética (1968-2024) (Pamplona, Ediciones Papeles del Duende, 2024) y La fama pregonera y otros poemas (Madrid, Ediciones Vitruvio, 2024).
Otros títulos suyos son Palabras al amanecer: saludos en Radio Nacional (Estella, Verbo Divino, 1994), Cien oraciones para respirar (Madrid, San Pablo, 1994), Cien oraciones de la familia (Madrid, San Pablo, 1995), La felicidad no es cosa de tontos (Estella, Verbo Divino, 1997, trabajos de radio, en colaboración con otros autores), Feliz cumpleaños: la fiesta de la vida (Madrid, San Pablo, 2001), El día de la madre, Amor de todos los días (Madrid, San Pablo, 2003) y Elogio de la ingenuidad: notas de un mirador apasionado (Madrid, Nueva Utopía, 2007).
Ayer nos dejaba Jesús, dejaba su existencia terrena, pero sigue —y seguirá— vivo en nuestro recuerdo. Por decirlo con sus propias palabras, tomadas de su composición titulada «Poeta» (fechada en octubre de 2017, incluida en Pero estás en mi aliento, que quiero copiar a continuación), ya ha muerto en las palabras, sí, pero se ha marchado «con ellas / a leerle mis versos a Dios y a las estrellas». Sin duda que es así. D. E. P. Jesús, el buen sacerdote, el buen poeta, el buen y querido amigo.
No espero en mi tarea gloria ni beneficio. Trabajo con palabras, que es de pobres oficio, es respuesta imprevista a un fuego que me asalta, pero la hoguera nace tan de dentro y tan alta que los torpes sonidos de mi pobre instrumento jamás fueron palabras que se llevara el viento.
Trabajo con palabras, que es de ricos oficio, apoyado en auroras y solar ejercicio. Mi pobre voz alzada desconoce el dinero, mi sueldo está en el lujo de cantar lo que quiero. De tantos años guardo mi apilado tesoro más vivo, libre, puro que los chorros del oro. Con mi caudal humilde soy rey en la pobreza y reparto monedas de mi pobre riqueza. No me forjo ilusiones, tengo mi casa abierta, pero no hay multitudes aguardando a mi puerta. Me basta con que si alguien se acerca a mi palabra un vuelo libre de alas en el pecho se le abra.
No espero una disputa de editores ardidos aguardando a mi puerta para ser recibidos, ni un lío de lectores, de sufridos romeros madrugando en mi calle para ser los primeros.
¿Alimento de pocos y pan de minorías? Este es el don que tengo y alimenta mis días.
Trabajo con palabras, oficio casi vano, pobre y, según se mire, oficio soberano.
Moriré en las palabras, me marcharé con ellas a leerle mis versos a Dios y a las estrellas.
Nerea es un personaje importante en esta novela[1]. La curandera Nerea, que fue la preceptora de Ezan[2], lleva cuarenta años sola en el bosque, convertida en mito por su pueblo, que la cree la Sorgiñe —bruja, hechicera—. Vieja, enferma y cansada, el pueblo la respeta y hasta los orgullosos señores vascos hacen caso de sus palabras. La Sorgiñepide a los vascos que olviden las viejas reyertas, porque deben mantenerse unidos para vencer a los francos. Esta es la descripción de la Sorgiñe que leemos en el capítulo XVI, cuando mantiene una entrevista con Joanes:
Examinó el rostro que se mostraba ante sus ojos. Cada uno de sus rasgos le resultó tan familiar como si cada noche que había pasado en la arboleda hubiera permanecido contemplándolo impasible. La larga y plateada melena que protegía sus bien formados senos guardaba aún en sus extremos el recuerdo del contacto con la frente de Joanes […]. Los finos labios no hubieran arrastrado la atención del hombre adepto a la lujuria, ni siquiera la del admirador de la proporción y la belleza y, sin embargo, no era posible mirarlos sin que brotara el deseo de tocarlos, porque albergaban la promesa del beso eterno, del beso que sacaba a su destinatario de la posada de los muertos, el beso que sirve de jumento a la esperanza en sus caprichosos paseos por el valle de la tristeza. Sobre ellos pendía la pronunciada nariz que delata el carácter de hierro envuelto en el manto de gamuza de una sonrisa tierna (p. 127).
Nerea huyó al bosque porque el pueblo la mitificó, la hizo casi una diosa; sabe curar, pero en realidad no tiene poderes sobrenaturales. Y su arte fue su peor condena, porque hicieron de ella una leyenda viviente. En sus ojos, en los que hay armonía, se ven el cambio y la tradición mezclados: «El reflejo de todo lo que en la vida hay de hermoso parecía morar en la mirada de la dulce hechicera» (p. 127).
Freda es la madre del narrador, una bella noble goda, rubia con ojos azules (véase su descripción en la p. 29). Ezan la salvó de un saqueo en el sur. Interesa destacar el duro alegato contra la guerra que dirige a su esposo, al que explica que las mujeres saben sentir la vida, los hombres destruirla:
He visto muchas veces a los hombres que me rodeaban dejarme para ir a la guerra y nunca, nunca me han dado un motivo que me convenciera. Vosotros, los hombres, necesitáis la pelea. Los jóvenes necesitan luchar para demostrarse que ya son hombres y los hombres la necesitan para demostrarse que aún no son viejos. El deseo de gloria os pertenece por completo a vosotros, los malditos hombres. Si sintierais la vida como la sentimos nosotras, si supierais lo que es sentir una vida dentro, sentir cómo de la nada surge y cómo se alimenta de nuestro propio cuerpo, si fuerais vosotros quienes arriesgarais vuestra propia vida en cada parto, entonces sabríais lo mucho que nos cuesta crear una vida comparado con lo poco que tardáis vosotros en destruirla. Las mujeres nos lo jugamos todo para que surja de nuevo una vida; los hombres os jugáis la vuestra únicamente para destruir lo que nosotras creamos (p. 188).
Freda es mujer celosa y desconfiada: «Era parte del carácter de mi madre mirar con desconfianza todo lo que pudiera alterar su vida» (p. 204). Lo que no impide que se establezca una corriente de natural simpatía, de sana confianza, entre ella y Nerea.
Amaiaes la esposa de Enneco. Esta es su idealizada descripción:
Amaia siempre había sido una mujer muy codiciada. Su frágil apariencia instigaba inevitablemente el instinto protector que con gran presteza demuestran los hombres. Su desenfadada risa siempre había conseguido el resultado de animar la vida de todos cuantos le rodeaban sin que siquiera notaran lo imprescindible que se hacía su presencia. Las hermosas facciones de su rostro fulgurantes pasiones despertaban entre los más románticamente enamorados de un pueblo de poetas errantes. Sus largas trenzas rubias conformaban el aspecto aniñado, que antes que resultarle una carga mucho le había ayudado a provocar la ternura en las almas de las personas que la contemplaban, sirviendo a un tiempo de escudo y alabarda de una voluntad siempre presta para la lucha. Y en el centro de la luz que se filtraba sobre el claro, su sincera sonrisa semejaba ser el reflejo esquivo de la felicidad verdadera, tan esperada siempre, tan escurridiza a veces (pp. 57-58).
Arnoldo es el villano de la novela, visto como una verdadera alimaña. Es arcipreste en la Corte del emperador Carlos, su siervo en Iruña. Es Arnoldo el Bastardo, la persona más odiada en las tierras del norte, un artista del engaño y la traición, taimado, avieso y despiadado. Es godo en zona de francos, nunca se sabe si espía o parlamentario. Dice que quiere convertir a los vascos y unirlos a los francos, para formar un frente cristiano contra el sur musulmán. En realidad, para él los vascos son una estirpe de felones, una raza de ladinos (ellos avisaron a los moros, la no entrega de Zaragoza también fue una celada suya…) y únicamente desea exterminarlos, por eso pide a los francos que acaben con Iruña.
En fin, Juan Miguel es el obispo de Iruña, personaje menos importante, antecesor en el cargo de Pedro[3].
[1] Íñigo de Miguel Beriáin, De la vida y el mar, Vitoria, Ecopublic Ediciones, 1999.
[2] Nerea es casi su madre (p. 34). El padre de Ezan la acogió al morir la madre de Nerea, y ella sintió siempre amor al niño Ezan, es obra de sus manos, y lo quiere como hijo, como al hijo que no pudo tener. Del mismo modo, para Ezan su preceptora es una mujer irrepetible (p. 147).
Los personajes más destacados de la novela[1] son los de Ezan y sus dos hijos, Enneco y Joanes. A su alrededor se mueven otros personajes secundarios. Veamos:
Ezan es un montañés mezcla de poeta y soldado, un hombre independiente y un gran pensador[2], según lo define su amigo Juan Miguel, que llegó a cursar estudios en Toledo. Ezan se siente joven, pese a ser viejo, y para él no hay imposibles: «nada que no se intente se puede lograr» (p. 40), opina. Sin embargo, es un hombre triste, sombrío, lleno de pesar: hay algo en su interior que le atenaza el corazón. De joven creía que la felicidad podía retenerse eternamente, pero la vida le ha descubierto que no es así. Tras el asesinato de su esposa, Ezan decide unir su soledad con la de Freda, aunque ese matrimonio está mal visto entre su gente y por su propio hijo Joanes.
Enneco es el mayor de los hijos de Ezan y se caracteriza por la prudencia. Es una promesa para su pueblo: el sucesor natural de su padre como guía de los vascos. Enneco se casa con Amaia, hija del señor del valle de Aritza, aunque su experiencia vital le impide amarla: más bien se ha desposado para dar un descendiente que pueda sucederle como caudillo de su pueblo. Morirá en la batalla de Roncesvalles, siendo la víctima propiciatoria de la catarsis liberadora para su padre y su hermano pequeño.
Joanes es el hermano menor de Enneco y, sin duda, el personaje central y más interesante de esta historia. A diferencia de Enneco, Joanes —crucificado por los francos— sí vio los cadáveres de su madre y de su hermana. Desde entonces, el odio y el deseo de venganza cegaron su corazón, vaciaron su ser y lo imposibilitaron para el amor: «Su dolor era tan intenso que no deseaba mirarme a mí, ni a Enneco, ni a nadie que hubiera amado anteriormente sólo por el temor de que sentir amor hacia alguien menguara su odio» (p. 193), señala Ezan. Joanes se refugió solo en su hermano, porque necesitaba el olvido para tratar de borrar el pasado, explica Freda (p. 193). El joven se convirtió en un ser oscuro y taciturno, separado del mundo por un abismo de tristeza. Se entrena para la lucha, como una forma de canalizar su furia, y va al norte, con los francos, llegando a convertirse en el líder de los exploradores del emperador Carlos. Joanes es un volcán de sentimientos en erupción que tiene la fuerza de la locura. Como explica Nerea, «Sólo Joanes puede salvar a Joanes» (p. 207). Ahora que se acerca una gran batalla entre vascones y francos, el muchacho tiene la oportunidad de completar su venganza (consistente en matar a todos los que participaron en el ataque a su casa). Nerea teme que Joanes culmine esa venganza: desea que alcance la paz, pero no cree que el asesinato de todos los culpables se la pueda devolver: al contrario, solo servirá para acentuar su locura. Por eso desea llevarlo al bosque, único lugar donde podría volver a ser feliz: Nerea quiere aprovechar su locura (Joanes oye en el bosque las voces de su madre y de su hermana) para hacerle creer que es un elegido de Dios y que ya no puede vivir entre los hombres.
Joanes ha regresado a la tierra de sus padres, después de unos años de ausencia, precisamente para prevenir a su gente del grave peligro que se cierne sobre el país de los vascos. Endurecido por la vida, Joanes tiene un brillo de odio en los ojos, es una letal máquina de combate. En la entrevista con los ancianos se muestra violento, los insulta, los llama ofuscados y cobardes, así que Miguel, el más poderoso de los señores vascos, lo expulsa del Consejo. Joanes les avisa de lo que se les viene encima: en primavera verán cumplidas sus predicciones. El narrador comenta:
Creo que con ese último gesto Joanes sembró la semilla de lo que le sobrevendría en el futuro. Si en el momento en que montó su caballo para salir pesaroso de los dominios de Ezan hubiera sabido lo que iba a suceder, probablemente nunca lo hubiera hecho. Habría huido lejos de allí y nada de lo que sucedió después hubiera llegado a producirse. Pero todos los que conocieron a Joanes dicen que no podía evitarlo; la mala fortuna se posaba de continuo en la rama en la que anidaba Joanes del Lindux y a él nunca le tocaba pero acababa destrozando a los que le rodeaban. Por eso todos los que vivieron aquellos tiempos dicen que lo que ocurrió después estaba predestinado a suceder (p. 96).
Solitario y testarudo, Joanes sigue su búsqueda sin término. Inconsciente, en sueños, escucha una cálida voz de mujer que le pide que olvide las viejas heridas. Cuando despierta del sopor, una anciana mujer —Nerea, la Sorgiñe— le explica que su búsqueda ha concluido: él está enfermo, no del cuerpo, sino de la mente, y ella sola no puede curarlo: «Es demasiado tarde» (p. 149). Solo puede curarlo su padre, a quien Joanes no odia, en realidad, aunque siga aislado de él por una barrera de resentimiento. En cualquier caso, le advierte Nerea, está cerca el día en que deseará recuperar a su padre. Cuando consulta a la Sorgiñe, ella le responde: «¿Qué interés puede tener para ti saber tu futuro si ni siquiera has podido asimilar tu pasado?» (p. 158). La réplica de Joanes es: «Necesito saber si mi futuro me librará de mi pasado» (p. 158). Pero solo depende de él poder convivir con su pasado, y así le dice la anciana:
¿Cómo quieres que adivine lo que ni siquiera existe? No hay destino, Joanes, el futuro lo hacemos nosotros. Por eso somos libres. Si yo puedo anticipar algunas cosas que más tarde suceden es únicamente porque utilizo el menos común de los sentidos, no porque una suerte de revelación divina me lo aclare (p. 159).
Él puede elegir: durante años, ha convivido con el odio, y ese odio acabará con él. Busca justicia, dice el joven, y teme no poder acabar lo que un día empezó: su único objetivo, insiste, es castigar a los asesinos de las personas que más amaba. Pero Nerea le hace ver que quizá, al culminar su venganza, el vacío inunde su vida; y que tal vez su justicia arrastrará a la perdición a otros[3].
[1] Íñigo de Miguel Beriáin, De la vida y el mar, Vitoria, Ecopublic Ediciones, 1999.
[2] Para la caracterización de Ezan, remito a las pp. 52-53.
En una apretada síntesis de la historia literaria de Navarra, José María Romera comentaba hace unos años que el siglo XVII no es demasiado abundante en escritores, por lo menos si se compara con la exuberancia que conoce en este momento la literatura española. Sin embargo, la nómina de literatos no es tan escasa, y él mismo puso de relieve que las muestras del Barroco literario en Navarra «alcanzan una muy estimable calidad, de modo particular en la poesía»[1], terreno en el que brillan con luz propia figuras como las de José de Sarabia o Miguel de Dicastillo.
En efecto, el padre Miguel de Dicastillo (Tafalla, 1599-Cartuja de El Paular, 1649) es un buen representante de la poesía religiosa. Este religioso cartujo es autor de Aula Dei (Zaragoza, 1637), poema con forma didáctico-descriptiva, en silvas, del que ya hablara elogiosamente Ticknor. Pertenece, en efecto, Aula de Dios al género barroco del poema descriptivo, y cabe destacar que con él Dicastillo se anticipa en algunos años a la obra más característica del corpus, el Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos (1652) de Soto de Rojas. En los versos de Dicastillo se aprecia cierta influencia gongorina, aunque limitada[2].
Autor de varias composiciones poéticas de tema religioso es igualmente fray José de Sierra y Vélez, corellano, lector que fue de Teología en el Colegio de la Merced de Huesca hacia 1650. En Navarra contamos también con ejemplos de poesía mística con nombre femenino: esta corriente estaría representada por sor Jerónima de la Ascensión (nacida en Tudela en 1605), autora de unos Ejercicios espirituales (Zaragoza, 1665), que es obra póstuma, y por sor Ana de San Joaquín (Villafranca, 1668). También evocaré brevemente las figuras del jesuita padre Jerónimo Dutari, nacido en Pamplona en 1671, poeta, autor de un libro titulado Vida cristiana, que conoció numerosas reediciones; doña María Peralta, poetisa corellana de la segunda mitad del siglo; el también poeta Francisco Vicente Montesa y Tornamira (Tudela, 1600-1665); y el pamplonés Juan Pérez de Glascot, quien compuso, hacia 1700, una silva en consonantes titulada «Llanto y regocijo, epicedio y aclamación en el fallecimiento de Carlos II de Castilla».
Entre la ascética y la mística se mueve buena parte de la obra del venerable Juan de Palafox y Mendoza, hombre de Iglesia (obispo de Puebla y luego de Burgo de Osma), hombre de Estado (virrey de Nueva España) y prolífico literato (verdadero polígrafo). Entre sus títulos de obras en prosa cabe destacar Varón de deseos, El Pastor de Nochebuena, Peregrinación de Filotea al santo templo y monte de la Cruz, el Diario del viaje a Alemania y la Vida interior. Por lo que respecta a su producción lírica, quedó recogida bajo el epígrafe de Varias poesías espirituales.
Merece la pena dedicar también unas líneas a Juan Andosilla y Larramendi, escritor de ascendencia navarra, a quien debemos la obra Cristo Nuestro Señor en la Cruz, hallado en los versos del príncipe de nuestros poetas, Garcilaso de la Vega, sacados de diferentes partes y unidos con ley de centones (Madrid, por la Viuda de Luis Sánchez, 1628). Francisco Alberto de Undiano compuso y publicó su Oración panegírica en la canonización de san Francisco de Borja (Zaragoza, Agustín Vergés, 1672). Otro Undiano, Juan de Undiano (Córdoba, 1620-Pamplona, 1671), es autor de Ejemplo de solitarios, y vida ejemplar del hermano Martín, solitario en el bosque del Albayda, compuesto por don Juan de Undiano, presbítero y capellán en la ermita de Nuestra Señora de Arnautegui, cuyas primeras ediciones son de Pamplona, 1620 y 1673. En fin, el presbítero Diego Felipe Suárez, beneficiado de la villa de Falces, publicó Triunfo de Navarra y victoria de Fuenterrabía, dedicada a la Virgen Santísima, Madre de Dios y Señora Nuestra. Romance en verso, que termina con seis décimas de diversos autores (Pamplona, por Martín de Labayen, 1638).
Sin embargo, la cima poética del siglo XVII está representada por José de Sarabia (Pamplona, 1594-Martorell, 1641), conocido con el seudónimo académico de «el Trevijano», autor que constituye un buen ejemplo de soldado-poeta. Es famoso por una sola composición, la «Canción real a una mudanza», incluida en el Cancionero de 1628, que durante cierto tiempo fue atribuida a Mira de Amescua. En sus siete estancias desarrolla el tema barroco de la volubilidad de la Fortuna (desengaño, vanitas vanitatum, fugacidad de la belleza[3]).
En cuanto a la prosa de ficción, además de a Antonio de Eslava, autor de Noches de invierno (1609), debemos mencionar a Baptista Remiro de Navarra, quien nos dejó, en Los peligros de Madrid (1646), una serie de descripciones costumbristas de aquellos lugares donde corría riesgo el desprevenido forastero que acudía a la Villa y Corte. Antonio Juárez de Ezpeleta, natural de Estella, que llegó a ser gobernador de Zacatecas (México), escribió, al parecer, una novela en prosa y verso titulada Tálamo fausto de Celesia, pero se trata de un texto raro del que no se conoce ejemplar.
En el territorio de la historiografía, resulta obligado hacer alusión al padre José de Moret (Pamplona, 1617-1687), primer cronista del Reino de Navarra, autor de los Annales del Reyno de Navarra (1684, primer tomo), continuados por el también jesuita Francisco Alesón (1695 y 1704, tomos segundo y tercero); a Juan de Amiax, que publicó un Ramillete de Nuestra Señora de Codés (Pamplona, por Carlos de Labayen, 1608); y a Pedro de Agramont y Zaldívar (nacido en Tudela en 1567), autor de una Historia de Navarra (1632).
Enumero ahora tan solo los nombres de varios predicadores y otros autores que produjeron obras de erudición más que estrictamente literarias: Diego Castillo y Artiga (nacido en Tudela en 1601), canónigo, que cuenta con varias obras latinas; Martín Esparza y Ureta, autor también de obras latinas; Bernardo Sartolo (Tudela, 1654-Tudela, 1700), que dedicó su vida a enseñar, predicar y escribir; Carlos Bayona, dominico natural de Artajona, nacido en 1625; fray Manuel de la Concepción, trinitario descalzo nacido en 1625 en Azagra; Jaime de Corella, capuchino natural de esa ciudad ribera, nacido en 1657; Francisco Javier Garro, jesuita sangüesino; Francisco Gamboa, agustino de Orrio; Diego Arotza, de Garde, autor de una obra de moral médica; y Pedro de los Ángeles, carmelita descalzo de Valtierra. Aunque puedan presentar algunos valores literarios, sus obras pertenecen más bien al campo de la oratoria sagrada y la erudición. Algo más de interés ofrecen las figuras de Raimundo Lumbier y Ángel[4], Jacinto de Aranaz[5], Luis de Mur y Navarro, Agustín López de Reta y Martín Burges y Elizondo. Interesa destacar asimismo la aportación de Pedro de Aguerre y Azpilicueta (Urdax, 1556-1644), más conocido como Axular. Se trata del primer autor en prosa de la lengua vasca con Guero (Burdeos, 1643), obra de tema ascético escrita en dialecto labortano.
Respecto al teatro en los siglos XVI y XVII, apenas nos consta la existencia de autores navarros que lo cultiven, con la excepción de Francisco Eguía y Beaumont (nacido en Estella en 1602), historiador que a su vez es autor de algunas comedias como La fe en Pamplona y su primer obispo, en dos partes, El peregrino de Acaya y El bosque sagrado, representadas, según él mismo afirma, en Pamplona y Estella. En cualquier caso, se trata de piezas que no se han conservado. Quizá fuese de ascendencia navarra Fernán González de Eslava, dramaturgo y poeta nacido en 1534 y afincado en la Nueva España desde 1558, autor de dieciséis comedias simbólicas o coloquios espirituales y ciento cincuenta y siete poemas. De todas formas, dejando aparte el cultivo de obras dramáticas por autores navarros y pasando al hecho de las representaciones, sí podemos afirmar que Navarra conoció una intensa vida teatral. La propia calle de las Comedias de la ciudad de Pamplona nos está indicando que esa actividad existía y el lugar donde tenían lugar las representaciones. El fenómeno teatral en Navarra ha sido bien estudiado por Maite Pascual.
[1] José María Romera Gutiérrez, «Literatura», en AA. VV., Navarra, Madrid, Mediterráneo, 1993, p. 179b.
[2] Véanse mis trabajos «El “culteranismo cartujo” de Aula de Dios (1637), de Miguel de Dicastillo», Río Arga. Revista de poesía, 103, tercer trimestre de 2002, pp. 20-26; y «“De flores intrincado laberinto”: el jardín poético de Aula de Dios (Zaragoza, 1637) de Miguel de Dicastillo», en María Luisa Lobato y Francisco Domínguez Matito (eds.), Memoria de la palabra.Actas del VI Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro, Burgos-La Rioja, 15-19 de julio de 2002, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, vol. II, pp. 1303-1315.
[3] Véase ahora, para todos estos autores, el libro Poetas navarros del Siglo de Oro, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 43).
[4] Véase Carlos Mata Induráin, «Aproximación a la obra del carmelita sangüesino Raimundo Lumbier y Ángel (1616-1691)», Zangotzarra, año IV, núm. 4, diciembre de 2000, pp. 141-177.
[5] Véase Carlos Mata Induráin, «Vida y obras de Jacinto de Aranaz (1650-1724), escritor y predicador sangüesino», Zangotzarra, año III, núm. 3, diciembre de 1999, pp. 171-230.
La desgracia familiar de la que arrancan todos los males del trío de protagonistas (cuyos detalles no se nos cuentan hasta bien avanzada la novela[1]: desde los primeros capítulos, el lector adivina la existencia de una historia trágica ocurrida en el pasado, pero esta no se revela en su totalidad hasta más adelante[2]) se puede resumir así: un clérigo y cuatro soldados francos, en una incursión en tierra de los vascones, violan y matan a Claudia, la esposa de Ezan, y a su hija Alai, al tiempo que crucifican al pequeño Joanes; este, que desde entonces solo vive para la venganza, hace responsable de la desgracia a su padre por no haber estado en la casa para defenderlos (en el momento del ataque, Ezan estaba en el sur, junto con su hijo Enneco); además, Joanes tampoco le perdona la traición de haberse vuelto a casar después (con Freda, una noble goda). Ese hecho luctuoso del pasado condiciona por completo la vida de los protagonistas y motiva todas sus palabras y acciones.
Unas líneas preliminares nos indican que el narrador de la novela es Pedro, obispo de Iruña (hijo de Ezan y Freda), que escribe a posteriori lo que sucedió en torno al año 777, según las noticias que ha podido recabar de unos y otros:
Algunas veces, creo que cada cierto periodo de años, surgen de entre los rincones de la Historia personas que por su carisma se transportan más allá de su propia época y por los acontecimientos que les toca vivir se convierten en leyendas que nunca mueren realmente. Yo tuve la suerte de conocer a algunas de estas personas. Por eso, antes de que Dios me lleve a su lado, he decidido narrar en este escrito los extraordinarios sucesos que tuvieron lugar en el país de los vascos, en torno al año 777 de Nuestro Señor Jesucristo, tal y como me fueron narrados por mi madre, Freda, Miguel de Aritza, mi antecesor en el cargo de obispo de Iruña, y muchas más gentes que asistieron a dichos sucesos. Pedro, obispo de Iruña[3].
La acción de la novela comienza en el año 711, con la derrota de los godos en el Guadalete (con un capítulo primero que tiene carácter preliminar, explicativo de la situación histórica que va a servir de fondo); pero ya en el capítulo II se da un salto cronológico que nos lleva hasta el año 777. El orden de la narración es lineal, aunque con frecuentes saltos atrás para recuperar fragmentos del pasado, sobre todo a través de diálogos entre los distintos personajes[4].
[1] Íñigo de Miguel Beriáin, De la vida y el mar, Vitoria, Ecopublic Ediciones, 1999.
[2] Ezan refiere a Freda la historia de su desgracia familiar, que juró no contar, en las pp. 191 y ss.
[3] Esa primera persona narradora —Pedro, confiado al cuidado de Juan Miguel— irrumpe continuamente en el relato, con expresiones del tipo: «Yo aún recuerdo…» (p. 19), «… por lo que yo sé de él» (p. 40), etc.
Publicado en 1965 (Pamplona, Ediciones Morea), Sonetos para no morir[1] es el segundo poemario en el conjunto de la producción lírica del poeta navarro Ángel Urrutia Iturbe (Lekunberri, 1933-Pamplona, 1994), escritor que hasta la fecha cuenta con escasa bibliografía crítica si exceptuamos un puñado de trabajos[2]. Se trata, sin embargo, de un autor muy interesante en el panorama de la poesía navarra —y española, en general— de posguerra que merece ser revisitado y al que conviene prestarle mayor atención.
En sucesivas entradas pretendo un acercamiento —fundamentalmente temático— a sus Sonetos para no morir, volumen en el que se advierte una continua mezcla de existencialismo (la vida concebida como dolor, angustia, amargura…) y trascendencia religiosa (esperanza en una vida eterna y encuentro con la divinidad), que es lo que prevalece en la parte final. En efecto, ese existencialismo vital, esa “agonía de la vida” que expresa el yo lírico, se ven trascendidos por las creencias cristianas del autor, por su esperanza en otra vida, lo que trae aparejada la presencia de Dios y el diálogo con Él. Como tendremos ocasión de comprobar, las dos temáticas se hacen presentes de forma continua y entreverada a lo largo de todo el poemario, que presenta una marcada unidad, si bien en el tramo final de este libro poético de Urrutia se advierte una creciente presencia de la divinidad, de forma que la visión trascendente se impone sobre la angustia vital.
Tras comentar someramente la estructura y el contenido del poemario, me centraré en el análisis de los temas (con sus símbolos y motivos poéticos asociados), añadiendo al final unas breves notas relativas al estilo[3].
[1] Todas las citas serán por la edición original de Pamplona, Ediciones Morea, 1965, cuyo colofón reza: «Esta primera edición de / SONETOS PARA NO MORIR // de Ángel Urrutia Iturbe, / se acabó de imprimir el día 8 de diciembre de 1965, / festividad de la Inmaculada Concepción, / en los talleres de Gráficas Iruña, / en Pamplona. // LAVS DEO». Adapto las citas a las normas académicas actuales. En la edición más reciente de Consuelo Allué Villanueva (Poemarios completos. Otros poemas, Pamplona, Cénlit Ediciones, 2005) el libro ocupa las pp. 137-165.
[2] Destacan, entre ellos, de forma muy notable los debidos a Consuelo Allué Villanueva, en particular la edición de sus Poemarios completos. Otros poemas, del 2005 (las pp. 39-42 de la introducción son para Sonetos para no morir, donde dedica breves apartados a comentar «Estructura», «Estructuración temática», «Métrica» y «Lenguaje poético») y su tesis doctoral del 2007 (ver las pp. 312-338 para el poemario que nos ocupa, que amplifican lo expuesto en el trabajo anterior). Remito también a lo que de Urrutia dice Ángel Raimundo Fernández González, en dos trabajos: «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2002 e Historia literaria de Navarra: el siglo XX. Poesía y teatro, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2003. Han elaborado antologías de sus versos Fredo Arias de la Canal (Antología cósmica, México, D. F., Frente de Afirmación Hispanista, 1995) y Patricio Hernández (Antología poética, Pamplona, Gobierno de Navarra-Departamento de Educación y Cultura,1999).