Tirso de Molina es uno de los seguidores más importantes de la fórmula de Lope, y uno de sus grandes admiradores[1]. En distintas ocasiones defiende con entusiasmo la comedia nueva, y a su principal inventor. No viene a cuento recoger aquí la teoría dramática de Tirso, donde se evidencia su cercanía al teatro del maestro, pero merece la pena citar algún pasaje de La villana de Vallecas, donde alaba como primera en su género la comedia de Lope El asombro de la limpia Concepción (o La limpieza no manchada): «De Lope; que no están bien / tales musas sin tal Vega», y sobre todo el extenso pasaje de La fingida Arcadia, inspirada en La Arcadia de Lope, y que incluye una serie de juicios sobre distintas obras lopianas, a cual más elogioso:
ÁNGELA.- Pluma de Lope de Vega
la fama se deja atrás.LUCRECIA.- ¡Prodigioso hombre! ¡No sé
qué diera por conocelle!
A España fuera por velle,
si a ver a Salomón fue
la celebrada etiopisa.ÁNGELA.- Compara con proporción
que no es Lope Salomón.LUCRECIA.- Lo que su fama me avisa,
lo que en sus escritos leo,
lo que enriquece su tierra,
lo que su espíritu encierra
y lo que velle deseo,
mi comparación excusa;
y a él le da más alabanza
lo que por su ingenio alcanza
que a esotro su ciencia infusa.
[…]LUCRECIA.- Yo, después acá que estoy
en el español idioma
ejercitada, si a Roma
a Tulio por padre doy
de la latina elocuencia,
y al Boccaccio en la toscana,
a Lope en la castellana
no le hallo competencia.
Más de un desapasionado
me ha dicho de su nación
que en la prosa a Cicerón
estilo y gracia ha imitado,
y a Ovidio en la suavidad
y lisura de sus versos
sonoros, limpios y tersos,
confirmando esta verdad
con lo que en sus libros hallo.ÁNGELA.- Si él ese favor oyera,
¡qué bien le correspondiera!,
¡qué bien supiera estimallo!LUCRECIA.- ¿Agradece?
ÁNGELA.- Aunque hay alguno
que apasionado lo niega,
es tan fértil esta vega
que paga ciento por uno.
Pero ¿qué piensas hacer
con tantos libros aquí?LUCRECIA.- Todos son suyos y ansí,
ya que no le puedo ver,
mientras gasto bien los ratos
que recreo en su lección,
si los libros suyos son,
veré a Lope en sus retratos.ÁNGELA.- Con tanto libro parece
estudio éste, y no jardín.(Están todas las obras de Lope en un estante.)
LUCRECIA.- Mejor dirás camarín
que al alma deleite ofrece.ÁNGELA.- Aquéste es el Labrador
de Madrid, primero fruto
de Lope.LUCRECIA.- Hermoso tributo
que a un tiempo da fruto y flor.ÁNGELA.- Es divino.
LUCRECIA.- De justicia,
lo primero a Dios se debe;
por eso quiere que lleve
Lope el cielo su primicia.ÁNGELA.- No ha escrito él otro mejor.
LUCRECIA.- Imitó, discreto, en él
a la ofrenda que hizo Abel,
si Caín dio lo peor.ÁNGELA.- Ésta es la Angélica bella.
LUCRECIA.- ¿Que Ariosto se le compara?
¡Valientes octavas!ÁNGELA.- Rara
habilidad, y con ella
la Dragontea compite
del rayo de Ingalaterra.LUCRECIA.- Escribe en la paz la guerra
lo que la pluma permite.ÁNGELA.- Mira en un cuerpo pequeño
mil almas.LUCRECIA.- Bien le sublimas.
ÁNGELA.- Éste se llama Las rimas
de Lope.LUCRECIA.- Son como el dueño.
¡Qué canciones, qué sonetos,
qué églogas, qué elegías!
Las noches gasto y los días
en meditar sus concetos.
¡Si viviera Gracilazo,
celebrárale más bien!ÁNGELA.- Ésta es la Jerusalén.
LUCRECIA.- No la iguala la del Taso.
Mira sus octavas llenas
de sentencias y dotrinas.
Sabio en las letras divinas,
pues no escribe verso apenas
sin allegar un autor,
y hallarás en cualquier parte,
entre las veras de Marte,
mezcladas burlas de Amor.ÁNGELA.- Aquéste es el Peregrino.
LUCRECIA.- Más lo es quien lo escribió.
ÁNGELA.- ¡Qué bien faltas enmendó,
siguiendo el mismo camino
de aquel Luzmán y Arborea,
cuyas Selvas de aventuras
por Lope quedan escuras!LUCRECIA.- ¡Qué bien los autos emplea
que mezclados en él van!
¡Qué elegantes, qué limados!ÁNGELA.- Y más bien acomodados
que los que mezcló Luzmán.
Los pastores de Belén
son éstos.LUCRECIA.- Si labrador
fue con Isidro, pastor
sabe Lope ser también.ÁNGELA.- Resucitó villancicos
en su mocedad cantados,
y agora en Belén honrados
entre amorosos pellicos.
Todas éstas son comedias.LUCRECIA.- Décima séptima parte
ha impreso.ÁNGELA.- No hay que espantarte,
que no son aun las medias
que tiene escritas.LUCRECIA.- Pues ¿cuántas
ha compuesto?ÁNGELA.- Novecientas.
LUCRECIA.- Si los años no le aumentas,
¿dónde hay vida para tantas?ÁNGELA.- Ésta es verdad conocida
en España.LUCRECIA.- Yo le diera
por cada una, si pudiera,
Ángela, un año de vida.ÁNGELA.- A novecientos llegara,
siendo otro Matusalén.LUCRECIA.- En él se lograran bien.
ÁNGELA.- En este último repara,
que es La Filomena.LUCRECIA.- Canta
Lope aquí por Filomena,
de suerte que ya es sirena,
si ave fue, pues nos encanta.
Pero, para echar el resto
al nombre que le hace claro,
y afrentar al Sanazaro
en La Arcadia que ha compuesto,
metafóricos amores
en la otra Arcadia mira,
sus sutilezas admira,
ten envidia a sus pastores;
que yo, creyendo que piso
márgenes de su Erimanto,
si con Belisarda canto,
lloro celos con Anfriso.
No sé divertir los ojos
de sus versos y sus prosas,
de sus quejas sentenciosas,
de sus discretos enojos.
De día ocupa mi mano,
de noche mi cabecera…
Es difícil hallar en otra obra literaria de la época una loa tan ferviente de cualquier escritor. Sin embargo, aunque por boca de Ángela se asegure que Lope agradece la admiración que se le tributa, con Tirso no parece haber sido muy generoso. En su aprobación a la Cuarta parte de comedias tirsianas escribe lo menos que puede con términos bastante convencionales y poco efusivos:
La Cuarta parte de las comedias del maestro Tirso de Molina, que por mandado y comisión de V. A. he visto, no tiene cosa en que ofenda ni a nuestra fe ni a las buenas costumbres. Muestra en ellas su autor vivo y sutil ingenio en los conceptos y pensamientos, y en la parte sentencia grave sus estudios en todo género de letras con honestos términos tan bien considerados de su buen juicio. Puede seguramente V. A. siendo servido concederle la merced que pide para que salga a luz y le gocen todos. Este es mi parecer. En Madrid, 10 de marzo de 1635 años.
Y en una carta de julio de 1615 apunta directamente contra la comedia de Don Gil de las calzas verdes:
Perdía el tal hombre el juicio de celos, porque había averiguado que se echaba con San Martín, y prometía no ir con ella a Lisboa, con tantos desaires, voces y desatinos, que se llegaba más auditorio que ahora tienen con Don Gil de las calzas verdes, desatinada comedia del mercedario.
[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.
