Juan de Mairena / Antonio Machado y el Barroco literario español (1)

La primera cuestión que debo recordar es que las ideas que Antonio Machado expone sobre Lope, Cervantes, Góngora, Calderón y otros autores, es decir, sobre el Barroco literario español, se encuentran dispersas en varios lugares de su obra: no solo en «El Arte poética de Juan de Mairena», incluida en su Cancionero apócrifo, o en el libro recopilatorio Juan de Mairena (1936), sino también en los prólogos de sus obras, en especial en las palabras resumen de su «Poética» para la famosa Antología de Gerardo Diego de 1931; en algunos pasajes de los artículos recogidos en La guerra, etc.

La segunda idea, idea esencial, es que, como no podía ser menos, a Machado/Mairena le gustan los autores populares, cercanos al pueblo, o mejor dicho, que son voz del pueblo: especialmente Cervantes y Lope de Vega; para él, Cervantes en el Quijote hace uso de la lengua del pueblo y condensa en sus páginas todo el saber popular, al tiempo que da entrada a multitud de elementos del folclore como refranes, cuentecillos… En cambio, no son de su agrado los escritores que tienen una concepción aristocráticamente culta de la literatura (Góngora) o aquellos que son excesivamente lógicos y racionales (Calderón). Su principal crítica del Barroco literario se centrará precisamente en su retoricismo alambicado, en su hueca palabrería. Esto lo apreciamos de una forma muy clara en el capítulo V de Juan de Mairena[1], epígrafe «(Sobre el barroco literario)»:

El cielo estaba más negro
que un portugués embozado,

dice Lope, en su Viuda valenciana, de una noche sin luna y anubarrada.

Tantos papeles azules
que adornan letras doradas,

dice Calderón de la Barca, aludiendo al cielo estrellado.

Reparad en lo pronto que se amojama un estilo, y en la insuperable gracia de Lope (p. 75).

LopeyCalderon

A Lope lo llama «aquel monstruo de la naturaleza, prodigio de improvisadores, que se llamó Lope Félix de Vega Carpio» (p. 88). Y más adelante, en el capítulo XXXIV, introduce una consideración sobre los estilos de Lope y Calderón (situada entre una reflexión política y otra dedicada al folclore andaluz):

Si definiéramos a Lope y a Calderón, no por lo que tienen, sino por lo que tienen de sobra, diríamos que Lope es el poeta de las ramas verdes; Calderón, el de las virutas. Yo os aconsejo que leáis a Lope antes que a Calderón. Porque Calderón es un final, un final magnífico, la catedral de estilo jesuita del barroco literario español. Lope es una puerta abierta al campo, a un campo donde todavía hay mucho que espigar, muchas flores que recoger. Cuando hayáis leído unas cien comedias de estos dos portentos de nuestra dramática, comprenderéis cómo una gran literatura tiene derecho a descansar, y os explicaréis el gran barranco poético del siglo XVIII, lo específicamente español de este barranco. Comprenderéis, además, lo mucho que hay en Lope de Calderón anticipado, y cuánto en Calderón de Lope rezagado y aun vivo, sin reparar en los argumentos de las comedias. Y otras cosas más que no saben los eruditos (pp. 215-216)[2].

Y, tras una separación marcada tipográficamente con un asterisco, se añade:

Respóndate, retórico, el silencio.

Este verso es de Calderón. No os propongo ningún acertijo. Lo encontraréis en La vida es sueño. Pero yo os pregunto: ¿por qué este verso es de Calderón, hasta el punto que sería de Calderón aunque Calderón no lo hubiera escrito? Si pensáis que esta pregunta carece de sentido, poco tenéis que hacer en una clase de Literatura. Y no podemos pasar a otras preguntas más difíciles. Por ejemplo: ¿por qué estos versos:

Entre unos álamos verdes,
una mujer de buen aire,

que recuerdan a Lope, son, sin embargo, de Calderón? A nosotros sólo nos interesa el hecho literario, que suele escapar a los investigadores de nuestra literatura (p. 216)[3].


[1] Todas mis citas del Juan de Mairena son por la edición de Pablo del Barco, Madrid, Alianza Editorial, 2004.

[2] Ver Juan Matas Caballero, «El pensamiento crítico de Antonio Machado sobre el barroco literario», en Antonio Machado hoy. Actas del Congreso Internacional conmemorativo del cincuentenario de la muerte de Antonio Machado, Sevilla, Ediciones Alfar, 1990, vol. 4, pp. 109-124; Manuel José Ramos Ortega, «Las ideas literarias en el Juan de Mairena periodístico (1934-1936)», en Antonio Machado hoy. Actas del Congreso Internacional conmemorativo del cincuentenario de la muerte de Antonio Machado, Sevilla, Ediciones Alfar, 1990, vol. 1, pp. 317-328; y Enrique Jesús Rodríguez Baltanás, «Las ramas verdes y las virutas: sentido y funcionamiento de la antinomia Lope/Calderón en el pensamiento literario de “Juan de Mairena”», en Antonio Machado hoy. Actas del Congreso Internacional conmemorativo del cincuentenario de la muerte de Antonio Machado, Sevilla, Ediciones Alfar, 1990, vol. 1, pp. 329-338. En otra copla machadiana leemos: «El pensamiento barroco / pinta virutas de fuego, / hincha y complica el decoro», citada por Manuel Alvar, estudio preliminar a Antonio Machado, Los complementarios, Madrid, Cátedra, 1980, p. 31.

[3] Nótese de paso en el final de esta cita, y también en el de la anterior, la ironía maireniana contra los investigadores y eruditos… Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lope de Vega, entre Antonio Machado y Juan de Mairena, con el Arte nuevo al fondo», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 27.1, 2011, pp. 119-143 (número monográfico dedicado a El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, coordinado por J. Enrique Duarte y Carlos Mata).

Juan de Mairena, heterónimo apócrifo de Antonio Machado (y 4)

Otro punto de contacto que se aprecia entre Mairena/Machado y Lope es que, al menos en apariencia, ambos se expresan siempre con una actitud irónica y escéptica; y si bien el problema del alcance de la ironía en el Arte nuevo se ha discutido ampliamente[1], podemos dar por bueno que el poema lopesco tiene una dosis considerable de ironía, de la misma forma que la ironía recorre y vertebra también todo o buena parte del discurso de Mairena.

Insistamos un poco más en esta cuestión de la ironía. Sabemos que en sus clases Mairena se vale del diálogo a la manera de la mayéutica socrática: el maestro hace la preguntas, muestra a los alumnos lo equivocado de las enseñanzas previas recibidas y aceptadas acríticamente y, en suma, con su ironía les enseña a desconfiar de todo y de todos (incluido él mismo y sus enseñanzas; podríamos recordar también otro proverbio famoso, el «Doy consejo a fuer de viejo, / nunca sigas mi consejo»). Como escribe Muñoz Millanes, en Juan de Mairena[2] «la ironía es inseparable del diálogo»[3].

Tenemos, pues, que  y quiere restaurar la Escuela Popular de Sabiduría Superior de su maestro Abel MMairena enseña Retórica de modo apócrifoartín, que solo tendría dos cátedras, la de Sofística y la de Metafísica. En sus clases plantea una «nueva retórica» que se opone a la vieja retórica y a la vieja filosofía, un pensamiento poiético, que debe ser vivo y fecundo como la lengua del pueblo[4]: para Mairena, la claridad debe darse en el lenguaje, porque si no se da en el lenguaje, no se ha dado previamente en el pensamiento. Claridad es sinónimo, para él, de brevedad y elegancia. Ese arte del lenguaje debe ser algo popular, debe estar radicado en la entraña misma del pueblo (y aquí de nuevo podríamos ver un paralelismo claro con Lope). La lengua viva rehúye la escritura y las conceptualizaciones racionalistas. La retórica es pensamiento hablado: «La escritura es la cárcel del lenguaje, como el cuerpo es la cárcel del alma»[5]. Otra idea clave de su pensamiento es la distinción entre la filosofía (que trabaja con abstracciones, con conceptualizaciones) y la poesía (que trabaja con imágenes).

Marchena_Machado

Valga lo dicho, en apretado resumen, para una somera presentación del heterónimo Mairena y de los temas principales que plantea su poética. En próximas entradas pasaremos a la consideración de las ideas de Mairena y Machado —negativas, en general, aunque con matices— acerca del Barroco literario español[6].


[1] Para una interpretación general del Arte nuevo, todavía vigente, ver Juan Manuel Rozas, Significado y doctrina del «Arte nuevo» de Lope de Vega, Madrid, SGEL, 1976. Desde el 2009, año de su centenario, la bibliografía sobre el Arte nuevo ha aumentado considerablemente. Remito únicamente a este trabajo: Lope de Vega, Arte nuevo de hacer comedias. Edición crítica. Fuentes y ecos latinos, edición crítica y anotada de Felipe B. Pedraza Jiménez, Fuentes y ecos latinos: Pedro Conde Parrado, Ciudad Real, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2016.

[2] Todas mis citas del Juan de Mairena serán por la edición de Pablo del Barco, Madrid, Alianza Editorial, 2004.

[3] José Muñoz Millanes, «En torno a Juan de Mairena», en Silva. Studia philologica in honorem Isaías Lerner, coord. Isabel Lozano-Renieblas y Juan Carlos Mercado, Madrid, Castalia, 2001, p. 491.

[4] Ver Víctor García de la Concha, «La nueva retórica de Antonio Machado», en Antonio Machado hoy. Actas del Congreso Internacional conmemorativo del cincuentenario de la muerte de Antonio Machado, Sevilla, Ediciones Alfar, 1990, vol. I, pp. 13-32; y Ricardo Piñero Moral, «Estética y nueva retórica en Juan de Mairena», El Basilisco. Revista de filosofía, ciencias humanas, teoría de la ciencia y de la cultura, 21, 1996, pp. 66-67; para otras cuestiones relacionadas con la prosa y el pensamiento machadiano remito a Rafael Antonio González, La prosa de Antonio Machado en la metafísica poética, Puerto Rico, Universidad de Puerto Rico, 1955; Rafael Gutiérrez-Girardot, Poesía y prosa de Antonio Machado, Madrid, Guadarrama, 1969; Pablo de A. Cobos, El pensamiento de Antonio Machado en «Juan de Mairena», Madrid, Ediciones Ínsula, 1971; y Antonio Sánchez Barbudo, El pensamiento de Antonio Machado, Madrid, Guadarrama, 1974.

[5] Resumo en todo este párrafo las ideas de Ricardo Piñero Moral, «Estética y nueva retórica en Juan de Mairena», El Basilisco. Revista de filosofía, ciencias humanas, teoría de la ciencia y de la cultura, 21, 1996, pp. 66-67.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lope de Vega, entre Antonio Machado y Juan de Mairena, con el Arte nuevo al fondo», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 27.1, 2011, pp. 119-143 (número monográfico dedicado a El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, coordinado por J. Enrique Duarte y Carlos Mata).

Juan de Mairena, heterónimo apócrifo de Antonio Machado (3)

Discípulo y biógrafo de otro de los más famosos heterónimos (o complementarios) machadianos, Abel Martín, Juan de Mairena[1] es un profesor de Gimnasia que de forma gratuita dicta clases que son más de Retórica y Sofística que de Metafísica; y es, sobre todo, un profesor que enseña a sus alumnos a desconfiar de todas las enseñanzas recibidas (incluidas las suyas propias):

Vosotros sabéis que yo no pretendo enseñaros nada, y que sólo me aplico a sacudir la inercia de vuestras almas, a arar el barbecho empedernido de vuestro pensamiento, a sembrar inquietudes, como se ha dicho muy razonablemente, y yo diría, mejor, a sembrar preocupaciones y prejuicios; quiero decir juicios y ocupaciones previos y antepuestos a toda ocupación zapatera y a todo juicio de pan llevar (p. 248).

Machado lo dota de su correspondiente ficha bio-bibliografía:

Juan de Mairena. Poeta, filósofo, retórico e inventor de una Máquina de Trovar. Nació en Sevilla en 1865. Murió en Casariego de Tapia en 1909. Es autor de una Vida de Abel Martín, de un Arte poética, de una colección de poesías: Coplas mecánicas, y de un tratado de metafísica: Los siete reversos[2].

JuandeMairena

Como ha destacado la crítica, las enseñanzas de Mairena representan el esfuerzo por superar el solipsismo y el intento de acceder al otro absoluto[3]. En realidad, Mairena es un alter ego a través del cual Antonio Machado establece un diálogo con sus lectores, es decir, un mero vehículo para expresar sus ideas sobre los más variados asuntos: política, religión, crítica, lógica y filosofía, el humor, la literatura, la cultura, el folclore, etc., en definitiva, para disertar, prácticamente, acerca de todo lo divino y lo humano. El apócrifo, heterónimo o complementario es una máscara, y empleo con toda la intención la palabra máscara, pues tal como sostiene Muñoz Millanes, «En una especie de gesto auto-reflexivo, las prosas del Juan de Mairena desarrollan una teoría del personaje apócrifo que tiene mucho que ver con el teatro»[4]. De hecho, llama la atención el interés grande de Mairena por el monólogo dramático, el soliloquio, el desdoblamiento del yo en un , que es interlocutor de sí mismo: es entonces cuando el yo se descubre otro. Y aquí podríamos recordar también un verso de su célebre «Retrato»: «Converso con el hombre que siempre va conmigo…».

Los principales núcleos temáticos de la reflexión de Mairena son el interés por la cultura popular, la preocupación por el tiempo, la sustancia de la poesía (concebida como poesía temporal; recordemos la definición machadiana de poesía como «palabra esencial en el tiempo» o como «el diálogo del hombre, de un hombre, con su tiempo»), las relaciones entre la poesía y la filosofía, entre la alteridad y la unidad (la palabra se encuentra escindida en dos modalidades, filosofía y poesía, «divorcio en el cual a la filosofía le toca el dominio de lo inteligible y a la poesía el de lo sensible»[5]); también reflexiona acerca de la naturaleza aporética de la razón humana, el concepto de tradición española, la necesidad de que el arte sea popular, la esencial heterogeneidad del ser[6] e, insisto, un larguísimo etcétera. En todos esos frentes, Mairena reacciona siempre frente a la dogmática heredada; es decir, como él mismo afirma, cuestiona la realidad tal cual es para plantearla «como debiera haber sido»; pero, al hacerlo así, también Mairena/Machado está ofreciendo un nuevo dogmatismo. Es algo parecido, salvadas las distancias (y con todos los mutatis mutandis que se quieran poner), de lo que pasa con Lope, quien al arremeter contra los preceptos del arte antiguo está ofreciendo otros preceptos nuevos, los suyos propios, que son fruto de su exitosa experiencia teatral[7].


[1] Todas mis citas del Juan de Mairena serán por la edición de Pablo del Barco, Madrid, Alianza Editorial, 2004.

[2] Antonio Machado, Poesía y prosa, ed. crítica de Oreste Macrí, Madrid Espasa Calpe / Fundación Antonio Machado, 1989, p. 695.

[3] Ver José Antonio Bravo, «Sentido de la prosa en Juan de Mairena, de Antonio Machado», en Estudios de literatura española de los siglos XIX y XX. Homenaje a Juan María Díez Taboada, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1998, p. 451.

[4] José Muñoz Millanes, «En torno a Juan de Mairena», en Silva. Studia philologica in honorem Isaías Lerner, coord. Isabel Lozano-Renieblas y Juan Carlos Mercado, Madrid, Castalia, 2001, p. 489.

[5] Muñoz Millanes, «En torno a Juan de Mairena», p. 494.

[6] Es lo que sugiere también uno de los célebres proverbios machadianos: «El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve».

[7] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lope de Vega, entre Antonio Machado y Juan de Mairena, con el Arte nuevo al fondo», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 27.1, 2011, pp. 119-143 (número monográfico dedicado a El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, coordinado por J. Enrique Duarte y Carlos Mata).

Juan de Mairena, heterónimo apócrifo de Antonio Machado (2)

Adriana Gutiérrez explica certeramente las razones que llevaron a Antonio Machado a recuperar durante la guerra al profesor apócrifo[1]: lo hace no solo

porque la pedagogía de Mairena es inherentemente política y subversiva en su planteamiento original de cuestionar la jerarquía y la autoridad de un conocimiento ya constituido, sino también porque la estética de Mairena se encuentra muy vinculada a la defensa del programa ideológico del gobierno republicano[2].

Por su parte, Ian Gibson ha señalado que Machado

Saca buen provecho y no poco juego irónico de su «Mairena póstumo», como titula repetidas veces los artículos de estos meses protagonizados por el pensador apócrifo. El maestro, muerto en 1909, no podía opinar ahora sobre la brutalidad de Hitler y Mussolini, la claudicación de Chamberlain o la traición del Frente Popular francés. Pero la fórmula de «así hablaría hoy Juan de Mairena a sus alumnos» permitía al poeta comentar la actualidad a través suyo, además de expresar o de proyectar sobre el apócrifo sus preocupaciones personales[3].

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En una entrevista concedida en septiembre de 1938 a un redactor de Voz de Madrid el propio poeta explicaba con estas palabras la génesis y algunas características de su heterónimo:

¿Juan de Mairena? Sí… es mi «yo» filosófico, que nació en épocas de mi juventud. A Juan de Mairena, modesto y sencillo, le placía dialogar conmigo a solas, en la recogida intimidad de mi gabinete de trabajo y comunicarme sus impresiones sobre todos los hechos. Aquellas impresiones, que yo iba resumiendo día a día, constituían un breviario íntimo, no destinado en modo alguno a la publicidad, hasta que un día… un día saltaron desde mi despacho a las columnas de un periódico. Y desde entonces, Juan de Mairena —que algunas veces guarda sus fervorosos recuerdos para su viejo profesor Abel Martín— se ha ido acostumbrando a comunicar al público sus impresiones sobre todos los temas[4].

Y más adelante añadía Machado nuevos detalles acerca de su heterónimo:

Juan de Mairena es un filósofo amable, un poco poeta y un poco escéptico, que tiene para todas las debilidades humanas una benévola sonrisa de comprensión y de indulgencia. Le gusta combatir el «snob» de las modas en todas las materias. Mira las cosas con su criterio de librepensador, un poco influenciado por su época de fines del siglo pasado, lo cual no obsta para que ese juicio de hace veinte o treinta años pueda seguir siendo completamente actual dentro de otros tantos años[5].


[1] Todas mis citas del Juan de Mairena serán por la edición de Pablo del Barco, Madrid, Alianza Editorial, 2004.

[2] Adriana Gutiérrez, «Continuidad y ruptura en los heterónimos apócrifos de Antonio Machado: Juan de Mairena antes y durante la guerra», en Actas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas. Madrid, 6-11 de Julio de 1998, vol. II, Siglo XVIII. Siglo XIX. Siglo XX, ed. Florencio Sevilla y Carlos Alvar, Madrid, Asociación Internacional de Hispanistas / Editorial Castalia / Fundación Duques de Soria, 2000, p. 637.

[3] Ian Gibson, Cuatro poetas en guerra, Barcelona, Planeta, 2007, p. 96.

[4] Voz de Madrid, París, 8 de octubre de 1938, citado por Manuel Tuñón de Lara, Antonio Machado, poeta del pueblo, Madrid, Taurus, 1997, p. 201.

[5] Voz de Madrid, París, 8 de octubre de 1938, citado por Tuñón de Lara, Antonio Machado, poeta del pueblo, p. 201. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lope de Vega, entre Antonio Machado y Juan de Mairena, con el Arte nuevo al fondo», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 27.1, 2011, pp. 119-143 (número monográfico dedicado a El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, coordinado por J. Enrique Duarte y Carlos Mata).

Juan de Mairena, heterónimo apócrifo de Antonio Machado (1)

Juan de Mairena es uno de los muchos heterónimos apócrifos utilizados por Antonio Machado, quien en uno de sus proverbios de Nuevas canciones aconsejaba: «Busca a tu complementario, / que marcha siempre contigo, / y suele ser tu contrario». El otro frente al yo, el apócrifo, el complementario, son conceptos claves en buena parte de la obra de Machado. Como bien explica Muñoz Millanes, esta noción de «lo apócrifo» es central en Juan de Mairena, y añade que se trata de un concepto «bastante complejo y elusivo»[1]:

Según Machado lo apócrifo vendría a ser, no una falsedad, sino una verdad alternativa o complementaria: una verdad insólita que, al haber sido ocultada por la verdad oficial que nos ofrece la razón, tiene que ser descubierta por la imaginación[2].

En este sentido, no deja de ser curioso que el poeta Machado adopte la figura apócrifa de un filósofo, su contrario[3], pues precisamente la distinción entre poesía y filosofía, y la determinación de las características que definen a ambas disciplinas, son también parte esencial de las reflexiones mairenianas.

JuandeMairena1936Hay que recordar que los pasajes que componen el libro Juan de Mairena, publicado en 1936, habían ido saliendo previamente, entre 1934 y ese año, en dos periódicos madrileños: en el Diario de Madrid, un total de 33 artículos, entre el 4 de noviembre de 1934 y el 24 de octubre de 1935; y en El Sol, otros 14 artículos, entre el 17 de noviembre de 1935 y el 28 de junio de 1936 (bajo el epígrafe «Miscelánea apócrifa. Habla Juan de Mairena a sus alumnos»). Machado había indicado en una entrevista que, una vez aparecido el libro que coleccionaba todas esas colaboraciones, Mairena ya no saldría más en los periódicos[4]; pero el estallido de la Guerra Civil le lleva a retomar el personaje, en enero de 1937, en el número 1 de Hora de España, con la sección titulada «Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín». En esa revista republicana seguiría saliendo durante ese año y el siguiente, y también en Madrid, unos cuadernos de la Casa de la Cultura de los que aparecieron tres números en Valencia durante el año 1937[5].


[1] José Muñoz Millanes, «En torno a Juan de Mairena», en Silva. Studia philologica in honorem Isaías Lerner, coord. Isabel Lozano-Renieblas y Juan Carlos Mercado, Madrid, Castalia, 2001, p. 487.

[2] José Muñoz Millanes, «En torno a Juan de Mairena», p. 488. Sobre los apócrifos machadianos ver Pablo de A. Cobos, Humorismo de Antonio Machado en sus apócrifos, Madrid, Arcos, 1970; Eustaquio Barjau, Antonio Machado. Teoría y práctica del apócrifo: tres ensayos de lectura, Barcelona, Ariel, 1975; Amelia Marta Royo y Martina Guzmán, «La prosa polifónica: ¿Machado, Abel Martín, Juan de Mairena?», en Antonio Machado hoy: Actas del Congreso Internacional conmemorativo del cincuentenario de la muerte de Antonio Machado, Sevilla, Ediciones Alfar, 1990, vol. 1, pp. 299-304; António Apolinário Lourenço, Identidad y alteridad en Fernando Pessoa y Antonio Machado (Álvaro de Campos y Juan de Mairena), Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1997; y Adriana Gutiérrez, «Continuidad y ruptura en los heterónimos apócrifos de Antonio Machado: Juan de Mairena antes y durante la guerra», en Actas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas. Madrid, 6-11 de Julio de 1998, vol. II, Siglo XVIII. Siglo XIX. Siglo XX, ed. Florencio Sevilla y Carlos Alvar, Madrid, Asociación Internacional de Hispanistas / Editorial Castalia / Fundación Duques de Soria, 2000, pp. 637-642.

[3] Ver José Muñoz Millanes, «En torno a Juan de Mairena», p. 490.

[4] «Cuando publique el libro dejaré ya de escribir de Juan de Mairena en los periódicos», entrevista sin firmar en Heraldo de Madrid, 19 de marzo de 1936, p. 13; cito por Escritos dispersos, p. 404. Machado había firmado un contrato con Espasa-Calpe para un libro provisionalmente titulado Conversaciones de Mairena con sus discípulos. «Poco después —no se ha podido comprobar la fecha, pero parece que empezada ya la guerra— Espasa-Calpe publica los artículos de Diario de Madrid y El Sol, con apenas variantes, en el libro definitivamente titulado Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo. Sólo es inédito el último de los cincuenta apartados, que versa sobre las coplas populares. En la cubierta los nombres de autor y editor se destacan en letras azul marino y, en rojas, el título Juan de Mairena. El frontispicio es un hermoso retrato del maestro apócrifo realizado por José Machado, con la indicación de que muestra su aspecto en 1898 (es decir, a los 33 años). Tiene, como incumbe en fecha tan señalada, un ademán dolorido, con los ojos mirando hacia abajo» (Ian Gibson, Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado, Madrid, Punto de Lectura, 2007, p. 590). Todas mis citas del Juan de Mairena serán por la edición de Pablo del Barco, Madrid, Alianza Editorial, 2004.

[5] Por su parte, Manuel Tuñón de Lara añade: «Hay también algunos escritos, de los que Machado publicó en La Vanguardia de Barcelona, en que utiliza la figura del profesor apócrifo, pero que hasta ahora se han considerado como textos aparte». Y valora el conjunto así: «Andando el tiempo, las páginas de Juan de Mairena cuyo impacto primero quedó, tal vez, algo difuso, por el cruel estallido de la guerra, han quedado como uno de los más fecundos breviarios del pensamiento español. Es, sin duda alguna, como una verdadera enciclopedia de radical (de raíz) sabiduría humana, limpia y sencillamente popular, despojada de la hojarasca del “saber” erudito» (Antonio Machado, poeta del pueblo, Madrid, Taurus, 1997, p. 206). Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lope de Vega, entre Antonio Machado y Juan de Mairena, con el Arte nuevo al fondo», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 27.1, 2011, pp. 119-143 (número monográfico dedicado a El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, coordinado por J. Enrique Duarte y Carlos Mata).

Lope de Vega, entre Antonio Machado y Juan de Mairena, con el «Arte nuevo» al fondo

En esta y en próximas entradas pretendo rescatar algunas de las ideas que Antonio Machado expone, a través de su heterónimo apócrifo Juan de Mairena, acerca de Lope de Vega y, en general, acerca del Barroco literario español. He puesto en mi título la expresión «con el Arte nuevo al fondo» porque me ha parecido encontrar algunos paralelismos, ciertas afinidades interesantes, entre las ideas que vierte Lope en su poema de preceptiva dramática (aunque se trate más bien de una preceptiva a posteriori) y las ideas poéticas que expresa Machado en distintos lugares de su obra.

MachadoyLope

El paralelismo mayor está —lo adelanto ya— en que ambos reaccionan frente a posiciones dogmáticas anteriores o contemporáneas (los preceptos del arte dramático clásico, en el caso del dramaturgo madrileño; la poesía entendida como conceptualización, y no como intuición, en el del poeta sevillano). Frente a lo anterior, ambos ofrecen un arte nuevo y una retórica nueva, respectivamente. Si a todo ello añadimos que Machado vuelve con frecuencia sobre el teatro español del Siglo de Oro, y no solo en forma de comentarios o reflexiones «teóricas» (llamémoslas así), sino también en la praxis de su teatro escrito en colaboración con su hermano Manuel, tendremos aquí todos los mimbres con los que pretendo construir esta aproximación. Pero, antes de proseguir, convendrá recordar —en las siguientes entradas—, siquiera de forma muy somera, algunos datos sobre Juan de Mairena[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lope de Vega, entre Antonio Machado y Juan de Mairena, con el Arte nuevo al fondo», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 27.1, 2011, pp. 119-143 (número monográfico dedicado a El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, coordinado por J. Enrique Duarte y Carlos Mata).

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: balance del Descubrimiento

En las dos novelas, En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen, Vicente Blasco Ibáñez defiende que el descubrimiento de América fue una empresa netamente española, que encabezó Colón como podía haberla capitaneado otro aventurero poco tiempo después. Destaca que los preparativos del primer viaje fueron una empresa popular; se trataba de una expedición comercial de particulares (Colón y los Pinzones), solo en parte costeada por los reyes:

Parecía esto un aviso de los otros viajes de descubrimiento que iban a multiplicarse en los años sucesivos, obra siempre de la colectividad, de la masa popular, de la verdadera nación española, en los cuales sólo ponían los reyes su autorización y el derecho de llevarse una quinta parte de las ganancias; viajes de ilusión, de heroísmo y de muerte, gracias a los cuales se descubrió y se colonizó en el breve espacio de medio siglo todo un nuevo mundo, la mayor parte de la llamada América, que después los mismos reyes explotaron torpemente y acabaron por perder (pp. 1290b-1291a)[1].

Los territorios descubiertos quedan descritos como una naturaleza virgen; los indígenas que los habitan son seres pacíficos e ingenuos: «Era la Humanidad antes del pecado original» (p. 1328b), «el continente de la humanidad risueña y sin malicia» (p. 1329a). Colón había descubierto un Paraíso pobre, en el que no halló las cosas soñadas, ni el oro ni las especias. Por otra parte, los indios, mansos y dóciles, no buscaban un trueque comercial con los hombres blancos, sino un trato místico (cfr. las pp. 1350a y 1352a), pues los creían hijos del cielo y aceptaban su religión como una magia superior (p. 1389a-b).

Colón en La Española

Por supuesto, Blasco Ibáñez constata en pasajes puntuales la violencia de aquel encuentro (muertes en las luchas, crueldades con los prisioneros, abusos a las mujeres, inicio de la esclavitud…), aunque no cae, como es lógico, en los tópicos de la leyenda negra difundidos desde otros países contra los españoles. Explica además que la guerra lo justificaba todo en aquella época (p. 1402a).

Respecto a los descubridores y conquistadores españoles, en estas novelas se destaca que fueron hombres de férrea voluntad, «hombres aficionados a la guerra, desdeñosos de la muerte, que parecían mostrarse más arrogantes según caían sobre ellos las miserias con peso abrumador» (p. 1390b). En ocasiones se comportaban como verdaderos protagonistas de novelas de caballerías por su nobleza y generosidad: «rivalizaban en grandeza de alma y sacrificio, pero siempre entre ellos, mostrándose implacables y crueles cuando trataban con otros que no fuesen de su raza» (p. 1489b). Así lo ponen de manifiesto los incidentes de Ojeda con Nicuesa y con Esquivel (son enemigos que, al encontrarse en situaciones de peligro, se comportan con extrema caballerosidad y olvidan los antiguos resentimientos y las amenazas cruzadas entre ellos; cfr., por ejemplo, las pp. 1476b-1477a). Hay, pues, en estas dos novelas americanas póstumas de Blasco Ibáñez un patriótico elogio, si no de la conquista del Nuevo Mundo, sí de los caracteres fuertes y valientes de aquellos conquistadores españoles que la hicieron posible[2].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

«En busca del Gran Kan» y «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez: los personajes ficticios y su función

Fernando Cuevas y su compañera, la judía Lucero, son los héroes ficticios[1]. ¿Cómo engarzan estos personajes con el segmento histórico? En la primera novela Fernando sirve como paje de escoba al Almirante, fingiendo que Lucero es su hermano, para no separarse de ella; en la segunda cuentan con la protección de Ojeda, aunque luego se independizan como colonos en los nuevos territorios. Además, la pareja entronca con la historia por su enfrentamiento con Pero Gutiérrez, el repostero real.

Esta peripecia ficticia se desarrolla fundamentalmente en los capítulos II, 4, II, 5 y III, 2 de En busca del Gran Kan: durante el primer viaje, Pero Gutiérrez sorprende a los dos jóvenes besándose (la situación es muy comprometida porque, recuérdese, Lucero viaja disfrazada de hombre) y golpea a Fernando. Más tarde, los dos amantes tienen la oportunidad de bajar a tierra juntos y allí, en un lugar paradisíaco, «en medio de una naturaleza inocente, franca y pueril, igual a la de los tiempos anteriores al pecado original de la leyenda bíblica» (p. 1342a), consuman su relación amorosa. Todo este episodio constituye una clara paráfrasis del relato de la primera pareja del Génesis: como Adán y Eva, Fernando y Lucero se encuentran solos y desnudos en un jardín inmenso, comen la fruta de un árbol gigantesco y ni siquiera falta la mención de la serpiente. También esta joven pareja pronto va a ser expulsada de su paraíso: Pero Gutiérrez los sorprende, descubriendo la verdadera condición de Lucero; se explica así la misteriosa atracción que sentía antes por el paje.

Adán y Eva

Ya de vuelta en el barco, pretenderá abusar del secreto, queriendo forzar a la muchacha y, al ser rechazado, promete vengarse. En una nueva excursión a tierra, Gutiérrez sigue a los jóvenes y arroja a Fernando varias flechas envenenadas. Al errar sus tiros, Fernando toma una de ellas y le hiere en el cuello, dejándolo allí por muerto. En suma, en la primera novela el idilio de esta pareja, estorbado por el lascivo Pero Gutiérrez, forma la acción ficticia; pero se trata de breves secuencias narrativas incrustadas en el segmento histórico, que ocupa mucho más espacio y es más importante.

En la segunda novela, Lucero y Fernando viven bajo la protección de Ojeda. Blasco Ibáñez hace que la princesa Anacaona se prende del muchacho, aunque este vence tan «voluptuosa tentación» acudiendo al recuerdo de su esposa y su hijo Alonsico. Solo al ser rechazada por Fernando es cuando la bella indígena se interesa por el conquistador Ojeda. En la nueva ciudad de Santo Domingo, la pareja conoce cierta prosperidad, derivada del trabajo de Fernando como veedor en las minas. El antiguo paje Cuevas se ha convertido en un hombre maduro y Lucero es una mujer fuerte, que todavía viste a veces de hombre. Juntos llevan una existencia feliz y tranquila, alterada tan solo en el capítulo II, 4, cuando los atractivos de Lucero despiertan el deseo de Ojeda; no obstante, ella sabrá rechazarlo con energía y dominar la situación.

El matrimonio acumula lentamente su riqueza y Lucero ya no desea participar en nuevas aventuras descubridoras. Cuando Ojeda pretenda que Fernando empeñe sus propiedades para fletar un bergantín, ella dejará bien claro que el verdadero oro se obtiene cultivando la tierra y vendiendo a los colonos tocino y pan; y vaticina: «Solo serán verdaderamente ricos los que trabajen la tierra» (p. 1509a). Cuevas, ya viejo y cansado tras su agitada vida, oye hablar de las hazañas de Cortés y Pizarro en Perú y México. Él y Lucero son los únicos supervivientes que quedan en la isla del primer viaje. Su hijo Alonsico juega con los hijos mestizos de Ojeda, que pronto muestran su carácter altivo y orgulloso: ellos son criollos, han nacido allí, a diferencia de sus padres, que han venido de fuera. En fin, el comentario de Fernando al ver la actitud agresiva de su hijo vaticina la futura independencia de las naciones hispanoamericanas:

De España vinimos para trabajar, para construir un mundo nuevo, rabiando y muriendo muchas veces como animales. Lo que hacemos ahora tal vez dure siglos, y después llegará un día en que los hijos de nuestros hijos nos echarán tranquilamente de la casa que levantamos para ellos a costa de tantos sufrimientos, de tanta sangre… (p. 1509b)[2].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Martín Alonso Pinzón en «En busca del Gran Kan», de Vicente Blasco Ibáñez

Martín Alonso Pinzón Martín Alonso Pinzónes retratado como un hombre de mando (p. 1294a)[1], de gran temple de alma. Frente a la impopularidad de Colón, de él se nos dice que es la persona más carismática del condado de Niebla. Blasco Ibáñez opina que Pinzón buscó el dinero complementario que hizo posible el primer viaje y que se asoció de palabra con Colón: los dos eran, por tanto, socios con derechos iguales en la aventura. La novela nos lo describe como un experto hombre de mar: «Martín Alonso era infinitamente superior como marino a este Almirante que llegó con el tiempo a ser experto en la navegación, pero en este primer viaje mostró timideces, vacilaciones e inexperiencias propias de un simple aficionado a las cosas del mar» (p. 1349b). Para Blasco Ibáñez, los Pinzones fueron sin duda alguna «el alma marinera de la expedición» (p. 1334a).

Si Colón es retorcido y avaro, Pinzón se muestra franco y generoso (p. 1371a). En el viaje de vuelta, Martín Alonso, verdadero «atleta del mar» (p. 1381b), llega a España directamente, sin perder el rumbo; pero muere y queda secreto el contrato verbal que hizo con Colón. En cualquier caso, las preferencias del autor quedan claras al dedicarle un exclamativo apóstrofe de despedida: «¡Adiós, Martín Alonso! ¡Adiós para siempre!» (p. 1382a)[2].


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.

Alonso de Ojeda en «El caballero de la Virgen», de Vicente Blasco Ibáñez

Alonso de OjedaAlonso de Ojeda es el antagonista de Colón en la segunda novela del díptico, El caballero de la Virgen, que continúa a En busca del Gran Kan[1]. Algún rasgo lo emparienta con el Almirante, pues también él está predispuesto a aceptar «todo lo que fuese audaz y extraordinario» (p. 1400b) y es «tan imaginativo y entusiasta» como aquel (p. 1408b). Se trata de un «supersticioso caballero» que cree que la Virgen lo protege: lleva su imagen colgada del arzón de su caballo y nadie le ha herido jamás. Ojeda aparece como un magnífico caudillo militar, valiente y astuto: «Era el único que sabía infundir valor a los débiles y sostener la voluntad de los enérgicos, mostrándose en todas partes. Cada soldado, al verlo, creía seguir a un poderosísimo ejército» (pp. 1481b-1482a). De su decisión e ingenio da buenas muestras en la captura del cacique Caonabo, en el combate con los indígenas en Yubarco, al dominar la situación en el barco del pirata Talavera o al cruzar con sus hombres la isla de Jamaica, sufriendo mil penalidades.

Alonso de Ojeda es intrépido, altivo y orgulloso; pero, a diferencia del avariento Colón, muestra su «pródigo carácter» derramando su oro en los momentos prósperos: «Quería riqueza para repartirla a manos llenas» (p. 1448b). Frente al Almirante, que se olvida por completo de Beatriz, Ojeda recordará siempre a su amada doña Isabel, la hija del licenciado Herboso. En resumen, Ojeda es presentado como un experto jefe militar, de la misma forma que Pinzón aparecía como avezado marino. Los dos sirven de contrapunto a la figura de Colón, de forma que las buenas cualidades de estos subrayan por contraste las inferiores condiciones del genovés.

Colón, Pinzón y Ojeda son los principales personajes históricos de estas dos novelas de Blasco Ibáñez. Hay otros dos, menos importantes, pero que merece la pena destacar por el tratamiento que reciben, que los acerca a la categoría de los personajes de ficción. Me refiero a Beatriz Enríquez de Arana, la mujer de la que se enamora Colón, transformada por el amor, alegre y soñadora; y a Pero Gutiérrez, repostero de la casa real, convertido en el villano de estas novelas por la saña con que persigue a Fernando y Lucero. Por otra parte, el censo de personajes históricos es muy elevado. Aunque no intervengan como protagonistas en un primer plano de la acción, tienen cierta relevancia los Reyes Católicos, el doctor Gabriel de Acosta, fray Hernando de Talavera, Juan de la Cosa, el obispo Fonseca y los personajes indios Guanacarí, Caonabo o Anacaona. Muchos otros desfilan por las páginas de estas novelas meramente aludidos: Rodrigo de Borja, el cardenal Mendoza, Alfonso de Quintanilla, fray Diego de Deza, Luis de Santángel, Rafael Sánchez, Diego de Arana, Juan Pérez, Garci Hernández, Juanoto Berardi, Américo Vespucio, el Padre Boil, Bernal Díaz de Pisa, Fermín Cado, Pedro Margarit, Juan Aguado, Miguel Díaz, Hernando de Guevara, Francisco de Bobadilla, Nicolás de Ovando, Diego de Nicuesa, Rodrigo de Bastidas, Diego Velázquez, Pánfilo de Narváez, Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Martín Fernández de Enciso, Lope de Olano, Bernardino de Talavera, Núñez de Balboa, Zamudio, Valdivia, Rodrigo de Colmenares…[2]


[1] Todas las citas de las novelas remiten a Vicente Blasco Ibáñez, Obras completas, tomo III, 4.ª ed., Madrid, Aguilar, 1961.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Blasco Ibáñez: En busca del Gran Kan y El caballero de la Virgen», en Joan Oleza y Javier Lluch (eds.), Vicente Blasco Ibáñez: 1898-1998. La vuelta al siglo de un novelista. Actas del Congreso celebrado en Valencia del 23 al 27 de noviembre de 1998, Valencia, Generalitat Valenciana (Conselleria de Cultura y Educació), 2000, vol. I, pp. 419-435.