Son nueve las composiciones de este poemario antologadas Cuaderno de versos, y en ellos volveremos a encontrar los temas del amor (o del desamor, más bien), las evocaciones de amistad y los homenajes literarios. Así, en el poema «Divagación», el yo lírico afirma que «no hay amor en la espera, / sino sufrimiento, tristeza»; y manifiesta su deseo de algo que ya no puede ser: «Quién pudiera alzarse y recobrar la vida aquella, entera…». «Deseo» es un apóstrofe y una invitación al tú de la mujer amada para volver a estar juntos y recuperar el tiempo perdido, de forma que el yo lírico pueda «Olvidar esas penas que me donó la vida». Parecidos por su tono e intención son «En estas fechas» y «Aquí y ahora», nuevas constataciones de la pérdida amorosa y de las heridas y dolores que deja la existencia; en el primero, de nuevo construido como apóstrofe a la amada, se insiste en la idea que dio título a un poemario anterior: «Vuelve… pasa el tiempo», con el recuerdo presente y valioso del amor, pero se certifica también que nada queda de ese amor pasado; y en el segundo, además de evocar la mirada ausente de la mujer, se afirma: «pero vive el dolor en mí / si tú no estás».
«Tus ojos, la distancia» recrea un poema anterior, «El nombre vulnerado» de Trabajos de amor dispersos, del que retoma con retoques algunos versos. De nuevo la amada se representa lejana y fría y el yo lírico se lamenta de la «inútil pretensión de poseerte», afirmando en la parte final:
¿Quién eres? Me preguntas, fui nadie a la deriva, mi soledad, este silencio aciago que me habita pronuncia tu nombre, mientras anuda tu mano, besa tus labios, amor, que así se escribe el nombre herido tantas veces, la dicha que redime de un pasado en pura luz de gozo y un ahora, tus ojos delicados pasados por mi rostro.
Los demás poemas del libro son tributos de amistad («Recuerdo», a la memoria de Rafael Gambra, y «En recuerdo de don Álvaro d’Ors») o bien homenajes literarios, a «Jorge Oteiza (En el primer aniversario de su muerte)» (lo evoca en su doble faceta de escultor y poeta) y a «Rulfo» (al que califica de «Rimbaud a lo jalisciense»)[1].
Otro aspecto presente en la novela[1] que me interesa destacar ahora es la introducción de reflexiones sobre el papel de la mujer en aquella época pasada. Suelen ser comentarios, puestos en boca de distintos personajes que expresan sus opiniones sobre el amor[2]. Así, en la p. 112, a propósito del enamoramiento de doña Lambra, se defiende que la mujer, si ha de casarse, debe poder elegir a su esposo, a la persona con la que va a compartir su vida. Además, la función de la mujer no ha de consistir tan solo en traer hijos al mundo (p. 113). La princesa Wallada habla contra los hombres y las costumbres musulmanas y expone la situación de la mujer (puede leerse su alegato «feminista» en las pp. 228-230).
Comentaba en una entrada anterior que el humor es una característica esencial en las obras de Ángeles de Irisarri. Aquí está presente desde la situación de partida, el descabellado viaje que emprenden una anciana viuda y dos reyes un tanto sui generis, uno gordo y destronado y otro consumido y melancólico, a bordo de una pesada torre de asalto. Pero el elemento humorístico aparece aquí y allá en forma de anécdotas breves. Por ejemplo, al hablar del encierro de toros en Pamplona, se alude a los apuros del obispo don Arias, perseguido por un astado suelto (p. 222). Al contarse la historia del prisionero Berenguer de Orri, engañado por su esposa, se apunta con sorna «que ser cautivo y cornudo es demasía para un buen cristiano y hombre de honor» (p. 225). El conjunto de esta peculiar novela histórica es una sucesión de lances y peripecias que hacen muy divertida su lectura, y su tono está cercano, en ocasiones, a lo absurdo y lo grotesco[3].
[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.
[2] Véase esta definición del amor: «Mira, hija, el amor, a mi ver, es como un embargo del corazón… El corazón amante rechaza todas las cosas que no tienen relación con la amada o el amado, y todo se considera banal y sólo existe el amado… y un penar sin motivo ni razón y un ansia se apodera del amador, que no vive y, a veces, pierde el seso…» (p. 252).
[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.
Los diez poemas de este libro antologados en Cuaderno de versos. Antología 1985-2010 nos ofrecen un ramillete de temas variados: asuntos cotidianos, familiares, intrascendentes («Borja y Diego», «Cinematógrafo», «Camarera»), junto con evocaciones de ciudades y paisajes («Burgos», que trata de transmitir la plenitud de belleza e historia de tantos pueblos y ciudades de Castilla y León; «El Collao», que recuerda calles y negocios de Soria, al rememorar un camino hecho muchas veces en los años juveniles; y «Viajero», en el que el yo lírico, tras identificarse con Machado al confesar «He andado, también, muchos caminos» y afirmar que ha visto, igual que él, «caravanas de tristeza», invita a recorrer los viejos caminos de España y Portugal: «No olvides Iberia»).
Aparece también la infancia como paraíso lejano y perdido en el poema titulado precisamente «Infancia», donde una vez más se percibe la huella machadiana. Así, el verso del comienzo, «Vivo recuerdo de un patio en Soria», me parece un eco, consciente o no —creo más bien que lo primero—, de «Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero…». Se rememora la casa familiar, con su mobiliario, donde el poeta pasó los veranos de la infancia, todas aquellas gratas experiencias de «un pasado que no vuelve». En cualquier caso, queda (una vez más) el recuerdo de todo lo vivido, y no solo en la mente:
Mis recuerdos son certeros. Expresados humildemente no se los llevará la muerte.
Versos estos que nos hablan del poder trascendente de la poesía, que logra fijar bellamente en forma de expresión literaria todas aquellas vivencias.
En cualquier caso, el tema que prevalece sobre todos es el dolor y la espera de la muerte. Ya en «Indiferencia» se nos habla de soledad, y se repite la frase «Esperar a la muerte / pero no saber fecha». En «Romance del hospital» (que métricamente no es un romance) aparece la enfermedad y la idea de que «La muerte se va enraizando / entre estas tristes paredes». En fin, en el titulado «El futuro», que se presenta con un lema de Quevedo, se constata que «no somos nada ni nadie». Quedan, sí, las lecturas, los viajes, el acto de la escritura, pero siempre con la cita ineludible tras la última vuelta del camino:
En ese futuro, la esencia del poeta es decidir, vivir en tropelía disfrutando a la espera de la muerte[1].
En cuanto a la base histórica de la novela[1], hay que decir que el pretexto de la narración responde a la realidad: el viaje a Córdoba para curar a Sancho el Craso queda consignado en las crónicas, así como la firma del tratado entre Toda y el califa musulmán, su sobrino Abderramán III: los cristianos acuerdan la entrega de diez de sus castillos en la frontera del Duero y se comprometen a un pacto de no agresión en las fronteras de Navarra a León, lo que supone en el fondo un acto de homenaje y un reconocimiento de la superioridad política y guerrera del califa. A cambio, este les proporciona un formidable ejército para recuperar el reino de León. Pero además de ese fondo real, diversos datos históricos van salpicando las páginas de la novela: hay alusiones al conde Fernán González de Castilla, a la segunda batalla de Simancas, a los siete infantes de Lara, a una hija natural de Sancho Garcés, a la rivalidad entre Pamplona y Nájera, a las hijas de Toda (Urraca, Oneca, Sancha y Velasquita), a los Aristas y Jimenos, hacedores del reino de Pamplona-Navarra… Se aportan datos sobre los judíos en Navarra y se recuerda la batalla de Alhándega, en la que Toda derrotó a Abderramán, tomándole el Alcorán y su armadura.
Abderramán III, primer califa omeya de Córdoba (929-961)
La novela nos describe a la perfección diversas costumbres y usos sociales de la época, en suma, es un buen retrato de la vida intrahistórica de aquellos tiempos pasados: la prueba caldaria, la importancia de los agüeros, las creencias y supersticiones populares, la importancia de las reliquias, verdaderas o falsas. Encontramos además la presencia de algunos elementos sobrenaturales, circunstancia habitual en las novelas históricas de Ángeles de Irisarri: el caballo de don Lope se encabrita al ver a una sirena o hada que se convierte en ave rapaz; Andregoto de Galancián, conocida como la Hija del Viento, hace que un huracán se levante a su alrededor cuando monta a caballo (se dice que nació de una diablesa, cfr. pp. 77-78); para Elvira, los lobos que les han atacado son diablos; Beppo de Arlés, un mercenario, extiende el descontento entre la tropa asegurando que se trata de un viaje maldito, aprovechando ideas que hablan de la destrucción del mundo coincidiendo con el fin del milenio (p. 139); ya cerca de Córdoba encuentran una olla que contiene un genio (pp. 180-181); García ve el espíritu de su hermana Urraca, que le afirma que Aamar era un escapado del infierno… Además, todos los presagios de la adivina Hasfa se cumplen: «Mi bola me muestra un regreso sin penas y penas al regreso…» (p. 283); dice a Toda que tenga cuidado con las escaleras, y morirá al rodar por unas; a don Sancho que se guarde de las manzanas, y será envenenado con ellas; a Elvira que será reina pronto y a Al Hakam, que será señor del mundo, como así sucederá.
La reconstrucción arqueológica de la época novelada se nota igualmente en la minuciosa mención o descripción de comidas (cfr. pp. 30, 54, 130, 204, 222-223) y de vestidos (por ejemplo el de Toda, p. 209, o el de García, pp. 209-210). De gran sabor arqueológico es toda la descripción de Al-Ándalus (la tierra rica con sus regadíos) y de la ciudad de Córdoba: el Palacio de la Noria, el de Medina Azahara, el bullicio de sus calles. Otros detalles que añaden verosimilitud son la datación cronológica por la era o la mención de los títulos de los reyes en latín: «Ego, Tota, regina». Desde el punto de vista lingüístico, la verosimilitud buscada por la autora queda reforzada por la inclusión de varios arcaísmos, léxicos o morfo-sintácticos: dó ‘dónde’, los mis señores, asaz + adjetivo, se diz, deste tiempo, asonar ‘cantar’, a fuer de, la mi señora, non, dellos, sondormidos, serénese el caballero, no me traigas penas más, e di, yantar, non habéis buenas cocineras, ansí, albenda ‘enseña’, item más, mesmo, ovieron, della, mesmamente, si has mucho dolor, la color, damos creencia ‘creemos’, a la su diestra, fizo nenguno, acontentar, la mala color, la honor ‘la tenencia de un castillo’, añudarle, se fincaba preñada, malquerente, congosto ‘estrecho’, mis llamados, desfacer el agravio, facen, enfuriar ‘enfurecer’, complugo…
Como ya indiqué, Ángeles de Irisarri añade al final un par de páginas bajo el rótulo de «Verdades y mentiras de El viaje de la reina» (pp. 347-348) donde explica la parte de realidad y la parte de ficción que hay en su novela. Dice que el hecho del viaje es cierto, y que la ruta que ella describe «posiblemente coincida en parte con la realidad». La descripción de Pamplona, concentrada en el primer capítulo, es imaginaria, mientras que todo lo relacionado con la ciudad de Córdoba y el palacio de Medina Azahara se ajusta a lo que se sabe. «La vida cotidiana y los actos de corte que hemos narrado también son auténticos» (p. 348); por ejemplo, el contraste entre la pobreza de los reinos cristianos y la riqueza del islam. En cuanto a los personajes, asegura la autora:
Son verdaderos los personajes de reyes y reinas, infantes e infantas y algunos condes, obispos, abades y abadesas. El resto, las damas de la reina Toda, los alféreces, la gente de tropa y las criadas, son inventados, aunque hemos tratado de crear tipos ajustados a la realidad social relatada. Y no dudamos que las auténticas camareras de la reina Toda fueron parecidas, porque semejante reina no podía tener otras damas. Doña Andregoto de don Galancián y doña Gaudelia Téllez de Sisamón también son fabulación, y es pena.
En cambio, de los personajes moros «son todos verdaderos, hombres y mujeres, principales y menudos» (p. 348), y están atestiguados por la historiografía musulmana. Como curiosidades, indica que no hay noticia del almajaneque ni del memorial de doña Gaudelia, claro[2].
[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.
El título de este nuevo poemario de López de Ceráin (que se publicó con prólogo de José María Domench García y del que se incluyen ocho poemas en este libro antológico) vuelve a situar el tema de la temporalidad, de la conciencia de la temporalidad, en el centro de todo. El poema titulado «La vida» comienza con la indicación de que «Pasa el tiempo amasando el olvido / hasta hacerse pan nuestro de cada día» y de que «nos morimos». «Pero vuelve el tiempo», en una especie de eterno retorno, y el poema se cierra con estas hermosas palabras: «El hombre espera la esperanza hecha belleza / que es Eterna, Verdad, presto a morir». Y este mismo tono esperanzado que apuntaba en El sufrimiento en la espera reaparece aquí en «Esperanza», donde el yo lírico llega a «Sentir que el sufrimiento pasa» y hay lugar para una «caricia cierta» y para «palabras verdaderas».
La palabra recuerdo, tan importante como hemos podido constatar en poemarios anteriores, nos va a seguir apareciendo con frecuencia, pues el poeta y su yo lírico viven volcados hacia el pasado. Así, en «Variaciones de Schubert (Quinteto la Trucha)», nuevo apóstrofe a un tú amado y evocación de un encuentro que fue «seguro azar» (como el título del poemario de Pedro Salinas), acaba: «y hoy conjuro tu recuerdo en este trance / que describe tres noches, un mar inmenso y una vaga nostalgia».
Por lo demás, los restantes poemas de esta recopilación responden a temas diversos: «Insomnio de Otero» es una reflexión del poeta sobre la escritura, para concluir afirmando que no sabe si lo escrito mejora lo hablado y lo vivido. Cabe destacar, como recursos estilísticos, el quiasmo («que pierde lo que alcanza y lo que alcanza pierde») y la anáfora (repetición de «Escribo por las noches»). «Réquiem a Tomás Caballero» es un cálido homenaje al concejal pamplonés vilmente asesinado por ETA el 6 de mayo de 1998 (por eso uno de los versos se refiere a una «odiosa primavera de la muerte»). Se evoca al político como «luchador de libertades», defensor de la palabra y la libertad, frente a la violencia y la carroña. En realidad, toda la historia del hombre se concibe en esta larga composición, que tiene cierto tono alegórico, como una lucha entre la fuerza de la palabra y «la debacle de la palabra», esto es, entre la razón y la sinrazón de la violencia. En fin, los recuerdos familiares reaparecen en «Dionisio posa ante los Arcos de San Juan» (se refiere a los restos del monasterio de San Juan de Duero, en Soria) y los viajes y evocaciones de paisajes en «Pampelune» y en «Joven patricio»[1].
Los otros dos personajes más destacados de la novela[1] son don García y don Sancho, hijo y nieto, respectivamente, de doña Toda. García es un personaje ridículo que se encierra durante todo el viaje en la torre de asalto y llora la tristeza que le causa la ausencia de su esposa Teresa, que es «la mujer más hermosa y dulce de Navarra entera» (p. 41). Durante todo el viaje permanece en la atalaya de la torre mirando con dirección a Pamplona, y no desciende en ninguno de los pueblos y castillos del camino. En un determinado momento, enfurece y arroja varios objetos desde la torre; todo ello porque Elvira y Andregoto le han ganado a las tablas[2]. Cuando recibe una carta de Pamplona, queda de nuevo sumergido en las penas de amor, y lleva la misiva colgada del cuello hasta que casi se deshace por la humedad del sudor. García trata de consolarse acudiendo a un burdel para acostarse con una morica, pero entonces le sobreviene una visión de Teresa y vuelve a caer en el estado de profunda melancolía que le caracteriza durante todo el viaje.
El retrato de Sancho el Craso es menos intenso. Y aunque el viaje se realiza para curar su obesidad —y es, por tanto, la excusa para su relato—, queda en un segundo plano de importancia. Al final Sancho es curado por el médico judío Hasday, quien le hace perder setenta arrobas pamplonesas (la mitad de su volumen corporal) por el expeditivo medio consistente en coserle la boca y darle de comer tan solo alimentos líquidos. Tras este tratamiento de choque sigue siendo un hombre recio, pero ya no obeso. No solo cambia físicamente, sino también en su carácter: deja de ser taciturno e indolente para convertirse en animado y hablador.
Sancho I de León, el Craso
La novela está poblada además por un sinnúmero de personajes, más o menos episódicos. En efecto, su censo es muy extenso: Ebla de Lizarra, la cocinera de la expedición; Munio Fernández, el despensero; Garci García, el agorador; Nuño Fernández, el abanderado; don Lope Díaz, el alférez real; don Gómez Assuero, el gobernador de Pamplona; el obispo don Arias; Martín Francés, el dinerero; Boneta, Adosinda, Alhambra (o Lambra) y Nunila, las damas de doña Toda; don Abaniano, preste de la expedición; Galid, capitán de la compañía mora que les acompaña; Hasday, médico judío; doña Elvira, monja leonesa, y doña Nuña de Xinzo, priora del convento de San Salvador; la niña Sancha, encontrada a orillas del Ebro; Aamar y su escudero Glauco; Munda de Aizgorri, la costurera que corta un traje a la reina; la monja leonesa doña Ermisenda; Al Katal, caid moro de Guadalajara; Aura de Larumbe, una «puta sabida» que al final pide permiso para quedarse en Córdoba y casar con un mercader; Lulu-al-Guru, rector de los baños del castillo de Castra Julia; la mora Aixa, esclava entregada a «doña Toya» (así pronuncian los árabes el nombre de la anciana navarra); don Florio, obispo de Oviedo; don Rodrigo, joven clérigo; Chaafar, jefe de la guardia del califa; Abd-ar-Rahmán Al Nasir (Abderramán III), sus hijas Wallada y Zulema y el príncipe heredero Al-Hakam; Berenguer de Orri y Ferrante de Aramunt, condes liberados por Abderramán; Zoraida, favorita negra de Chaafar; Farah ben Haz, la regente del hospital de locos de Córdoba; Gaudiosa y su hombre Mimo Ordóñez, etc.[3]
[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.
[2] Toda, que sabe cómo manejar a su hijo, las reprende diciéndoles que deberían haberse dejado ganar; y es que sólo ella «era quien conocía los interiores de su hijo, de palacio y del reino todo» (p. 84).
[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.
Por lo que toca a los personajes, uno de los aspectos más destacados de la novela[1] es precisamente el retrato de la reina doña Toda, viuda de Sancho Garcés I de Navarra. En la publicación original, su protagonismo quedaba resaltado al figurar su nombre en el propio título: Toda, reina de Navarra. En la reedición de 1996, al nuevo título de El viaje de la reina se le añaden unas palabras-resumen que prefiguran el contenido: «De cómo la intrépida reina Toda de Navarra realiza un viaje de Pamplona a Córdoba en el año mil». Y, en efecto, es esa intrepidez de la anciana viuda la que domina toda la novela, desde el comienzo hasta el final.
El rey propietario del trono de Navarra es su hijo García Sánchez, casado en segundas nupcias con doña Teresa, pero ella sigue siendo la verdadera soberana en Pamplona: «Si hacía lo que hacía, si disponía más de lo que una reina viuda y anciana debería disponer, era porque los demás no disponían, porque nadie hacía, y alguien debía hacer, en puridad, en el reino de Navarra…» (p. 18). Toda, a sus ochenta y dos años, semeja una emperatriz; fue la regente de su hijo, árbitro y capitana en un reino de hombres; compartió la regencia con su cuñado Jimeno Garcés y conservó el reino para su García apoyada en unos pocos leales. Con su hijo llorando melancolías de amor en la torre de asalto y con su nieto, el rey gordo, encerrado también en la misma, Toda se convierte en la verdadera responsable de la expedición. Cuando han de cruzar un viejo puente de madera sobre el río Arga y el miedo atenaza a los miembros de la comitiva, ella sube decidida a lo alto de la torre y grita «¡Adelante, por Navarra!», enardeciendo a los suyos. Más tarde Toda recorrerá el campamento sin que le arredre el fuerte viento del Ebro, mostrando una vez más su carácter enérgico. En todo momento Toda actúa como señora, reina y madre. Como madre, se preocupa de su hijo y de los demás familiares; como reina, sueña con una alianza de todos los reinos cristianos y pretenderá reconquistar al califa la ciudad de Córdoba. De hecho, ese es uno de los motivos secretos que le guían a emprender tan pesado viaje: tomar nota personalmente de las condiciones defensivas de la ciudad andaluza, para poder apoderarse de ella en el futuro.
Sin embargo, Toda a veces se siente sola. Sola y cansada. En un determinado momento de la acción leemos estas palabras que resumen su estado anímico: «¿Dó va Toda Aznar enloquecida? Enloquecida, sí. ¿Qué hace una reina octogenaria subiendo a una máquina de guerra con peligro de su vida?» (p. 52). El retrato de la anciana está en parte idealizado; pero la idealización no es total. Al lado de sus ambiciosos proyectos políticos, el narrador menciona también los achaques de su vejez: se nos informa de que Toda sufre de estreñimiento, y son continuas las alusiones a su bacinilla de evacuar; las visitas a las letrinas o sus dificultades para obrar nos muestran el lado humano (el más humano, el de las necesidades fisiológicas) de la reina. Además, sabemos que Toda está algo mal de la cabeza y que confunde ciertas cosas: «Algo no le bulle bien en el cerebro y es ciega para su familia» (p. 52). En cualquier caso, no renuncia al viaje, pese a que su camarera Boneta le advierte que no ha de ser nada bueno para ellas.
Si se insiste en comentar los sueños imperiales de doña Toda, que pasan por la formación de una gran alianza de todos los reinos cristianos, acto seguido se aportan también más datos sobre su estreñimiento: se dice que quizá le salgan almorranas si hace esfuerzos por defecar. Toda, iracunda, sigue siempre los impulsos del corazón: «Es la sangre de los Arista que llevo y me rebosa», comenta (p. 63). Está cansada de tener que tomar tantas decisiones (p. 107) y nota que pierde energía. En ningún momento se olvida de sus sueños para acrecer el reino de Navarra de mar a mar (p. 133). Ordena ajusticiar a cuatro rebeldes para poner fin al motín que estalla durante el viaje, pero al mismo tiempo se siente vieja y cansada, por permitir la sedición en su casa. También se enfada con Al Katal, caíd de Guadalajara, porque no le ha dado el tratamiento de reina, sino el de dominissima. Y se reitera la idea de su cansancio: «Tal vez Boneta llevara razón y fuera un viaje descabellado para una anciana que ya no era reina» (p. 148). A lo largo de la novela se insiste en que Toda hizo a Navarra, en que ella fue la verdadera hacedora del reino: su esposo Sancho Garcés lo extendió, pero ella lo aseguró. Su personaje es casi el de una quijotisa, y así queda patente cuando el narrador nos habla de una «Toda Aznar desfaciendo entuertos y dirimiendo cuestiones» (p. 263).
Las alusiones a las disputas de las dos reinas de Pamplona, Andregoto de Aragón y Teresa Alfonso (la esposa repudiada por don García y la sustituta), constituyen otra buena ocasión para retratar el carácter decidido y autoritario de la vieja Toda:
Había demasiadas reinas en Pamplona para un reino tan chico. Teresa, Andregoto, la repudiada, y ella que no había dejado de serlo. Siendo sincera, la única reina de Navarra era ella, que era quien verdaderamente hacía y deshacía. Unas veces por necesidad, pues nadie hacía ni deshacía, y otras por propio gusto, pues lo de hacer y disponer le venía de la sangre del rey Enneco, el primer rey de Pamplona. Sus nueras nunca pretendieron ensombrecerla ni relegarla en la primacía de la corte, sencillamente aceptaron la preeminencia de la reina madre, que había sido ganada en las batallas. Y se conformaban con ser menos reinas, con que Toda les cediera el paso cuando se encontraban en los pasillos del castillo, con presidir los actos oficiales al lado de García o con oír misa o comer a su derecha, sin entrar en el negocio de la gobernación. Ella, Toda Aznar, nunca olvidó esos pequeños detalles y sus nueras fueron unas damas muy principales pero no unas reinas al completo (pp. 269-270).
Otra prueba de que doña Toda se siente vieja es que no interviene cuando los locos las atacan en Córdoba: «¿Era la vejez imparable…? ¡Ah, no!» (p. 296). Desde ese momento tiene prisa por volver, para que acaben de una vez las contrariedades e incidentes que tanta mella hacen en su espíritu. A la vuelta, como a la ida, todo lo organiza Toda, «aquella mujer brava como ninguna, tan entera siempre y maternal para todos…, tan amiga de sus amigos…» (p. 326). También queda retratada como hábil política y estratega: ella y el califa, su sobrino Abderramán, son viejos zorros, amigos o enemigos según las circunstancias y los intereses particulares de cada momento; saben que su amistad no puede ser duradera, aunque en la despedida sientan cariño el uno por el otro: «Juntos hubieran realizado cosas muy grandes, pero les separaban muchas otras…» (p. 326).
El epílogo nos informa de la muerte de doña Toda con unas concisas palabras latinas: «Tota, regina, obiit». Pero sabemos que antes de fallecer escribió varias cartas. «Dellas leo y transcribo sólo parte, pues están muy borradas», apunta doña Gaudelia. Esas líneas finales con sus disposiciones insisten en su carácter enérgico: pide a su nieto que demore la entrega de los castillos al moro y le aconseja que preñe pronto a su esposa; a Andregoto quiere casarla con Odilón; a Elvira le ordena que vigile a su hermano Sancho. Doña Toda escribe a otros muchos personajes, con recados que van desde los consejos políticos hasta los remedios caseros para curar una fiebre. Al final se afirma que Toda fue «la mejor mujer de Navarra» (p. 340)[2].
[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.
Los doce poemas entresacados de este poemario para Cuaderno de versos. Antología 1985-2010 prolongan el tono desesperanzado del libro anterior, Breviario de esperanza. Están apegados a la expresión dolorosa de una cruda realidad biográfica del poeta, de ahí que transmitan una profunda sensación de inmediatez. El yo lírico se sigue interrogando aquí por el pasado y por el futuro, por lo que fue, por lo que pudo ser y por lo que ya nunca podrá ser. En cualquier caso, en alguna de las composiciones apunta cierto tono esperanzado.
Así, el yo lírico nos habla de «mi ayer por siempre», de «una insólita nada» (poema «Inválidos»); de «preguntas sin respuesta, ayeres sin mañana» (en «Recuerdo», donde se apunta que «sufrimiento antiguo / quiso llevarme / a dejar esta vida»); de «mi rostro / caído al vacío», de «dejadez de vida / creación de muerte» (en el poema «Monólogo»; al despertar de su agonía, el yo lírico se siente «Todo yo menos mis piernas» y se dirige a Dios, porque «sólo queda el rezo»); nos habla también de un cuerpo lacerado, de días que pasan inhóspitos, de tristeza y aburrimiento, de una vida que se siente vacía y sin ilusiones desde «una maldita tarde primaveral / en la que mi vida se arruinó / y también mi pensamiento» («Relato»); de «este hoy descompuesto» («Encuentro»); de soledad y tristeza (en el poema «Hoy solitario», que transmite una enseñanza: «No esperes el mañana, / vive el presente»); de «estos días aciagos» («Saint Jean de Luz»); o de la necesidad de «Sembrar el pasado» (en el poema así titulado). También leemos afirmaciones como «Yo ya me he doblegado a la soledad» y «Así pasa mi vida triste y a destajo» («Preguntas») o «el futuro es incierto» («Un recuerdo»).
El yo lírico constata una vez más la irremisible pérdida de la amada: «Hoy te recuerdo / pero un largo vacío / nos ha alejado», si bien ese amor que pertenece al pasado ha quedado retenido en la imagen del recuerdo: «siempre me quedará París», afirma el yo lírico, equiparándose así a Rick Blaine e Ilsa Lund, los protagonistas de Casablanca («Un recuerdo»). Si varios de estos textos («Encuentro», «Saint Jean de Luz» y «Un recuerdo») constituyen evocaciones de encuentros amorosos y de mujeres amadas que pertenecen ya al pasado y al melancólico territorio del recuerdo, el titulado «Zamora», apóstrofe a la ciudad castellana, nos transmite igualmente, desde otra perspectiva, la idea de un pasado que se sabe por completo irrecuperable.
En cualquier caso, en la selección se incluye también un poema, «La espera es esperanza», que destaca por introducir, pese a todo el dolor vital y pese a esa absoluta sensación de pérdida, un tono positivo, en suma, por dejar abierto un débil resquicio a la esperanza:
Voy sembrando la alameda, mis lágrimas la riegan. Cuando aparezca el sol nacerán amaneceres nuevos que, quizá, transformen mi vida[1].
Toda la acción de la novela[1] ocurre en el camino de Pamplona a Córdoba. Pero las peripecias se suceden con ritmo vertiginoso una vez llegados los navarros a la ciudad andaluza: el programa con que les agasaja el califa es intensivo y, además de las recepciones oficiales, incluye una audiencia a la mozarabía cordobesa, diversos espectáculos callejeros en la Plaza de la Paja, una visita a los baños públicos, una excursión a las afueras de la ciudad para conocer a don Rutilio, el eremita mozárabe de la cueva de Alanchón (se trata de un hombre santo que no abre los ojos para no ver el mal del mundo, alimentado, según la creencia popular, por un ave que cada día le lleva el sustento necesario). Además el califa les invita a una cacería por el soto de Al Queilar; otro día oyen misa en la iglesia mozárabe de los Santos Mártires, donde se conservan las reliquias del niño Pelayo, acuden luego al baratillo o Rastro y al hospital de locos, y asisten a un juicio a cargo del juez supremo de Córdoba, Azbagh al-Balluti. Así se suceden los días y los actos oficiales hasta que, al final, una vez curado de su obesidad el rey don Sancho, llega el momento de la despedida.
A la historia central del viaje se unen otras historias, con carácter más o menos episódico. Así, el encuentro con el burgalés Bermudo, que busca a su esposa doña Dulce y detiene los carros de unos mercaderes judíos (en el registro queda herido un tal Isaac, y doña Toda le compra algunas telas a modo de compensación). Más adelante la expedición topa con unos peregrinos franceses, entre los que viaja Odilón, hijo del Conde de Tolosa. Se refiere también la historia de la antigua reina Amaya y de la ciudad del mismo nombre. El episodio de la violación de Serena, ocurrida en Nájera (la mujer pide justicia, alegando que ha sido violentada por el mercenario Ximeno de Ulla) sirve para describir la «prueba caldaria», a la que ambos son sometidos. Del mismo tipo es la fabulosa historia del nacimiento de Sancho Garcés, extraído del vientre de su madre Urraca (cfr. pp. 220-221); o la historia de doña Dolsa, esposa del cautivo Berenguer de Orri, que no paga el rescate exigido por los musulmanes y se casa con otro. Ya en Córdoba se refiere el suceso de Olina de Isurre, que está de parto con el niño atravesado; se avisa a Alina ben Reez, célebre partera de Córdoba, pero mueren la madre y el niño (y entonces Toda decide que debe aumentar las penas para los hombres que preñen doncellas con engaños). En otra ocasión la princesa Wallada relata la conquista de Córdoba (pp. 270-271) y doña Lambra replica describiendo la rota de Roncesvalles (pp. 271 y ss.). Todas estas historias intercaladas —a la manera de las cervantinas en el Quijote— son meramente episódicas, y podrían suprimirse o añadirse otras similares a voluntad.
Otras historias, en cambio, sirven para presentar nuevos personajes que se unen a la expedición y su importancia estructural es, por tanto, mucho mayor: por ejemplo, el relato de la historia de Andregoto, sobrina-nieta de doña Toda, castellana de Nájera, que tiene el pelo bermejo y viste de hombre, anticipa el encuentro con ella. Lo mismo sucede con Elvira, la nieta de Toda, que es abadesa de San Salvador de León; le sale al encuentro porque quiere ir a Córdoba para conseguir las reliquias del niño Pelayo, para que su convento pueda hacer la competencia a Compostela, que está cobrando mucha fama. Al igual que Andregoto, pasa a ser un miembro más de la variopinta comitiva navarra. Más tarde les corta el paso del vado del río Iregua un caballero, Aamar de Quiberón, que ha hecho una promesa de amor: no les deja pasar si no juran antes que su dama, Acibella de Savenay, es la más bella mujer del mundo. Se atiene, claro, a las leyes de amor de la caballería. Pero Toda le dispensa del voto (consistente en que juren cinco veces mil hombres) y, enamorado de Nunila, Aaaron pasa a engrosar la nómina de los viajeros.
Los diálogos desempeñan en esta novela una importante función estructural; son ágiles y sencillos, si bien a veces figuran mezclados en el discurso del narrador las réplicas de dos o más personajes, sin signos tipográficos que marquen y separen las distintas réplicas. A veces ese narrador —omnisciente en tercera persona— adopta la perspectiva de alguno de los personajes, en especial la propia doña Toda o de Boneta, su camarera de confianza. Otros elementos estructurales dignos de ser consignados son las continuas menciones de la joya mágica de la reina, el ceñidor de doña Amaya (un brillante que es un poderoso contraveneno; cfr. pp. 16, 21, 26, 28, 51, 130, 206, 208, 324) y las reliquias de Santa Emebunda (pp. 16, 150, etc.)[2].
[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.
Reproduzco este poema de Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954- ), creo que poco conocido, perteneciente a su poemario Retrato de un hilo (Madrid, Hiperión, 2013)[1], que recoge textos escritos entre 1991 y 1998. En su aparente sencillez, la composición de Zoki encierra una gran densidad de motivos biográficos cervantinos, como se podrá apreciar por las someras notas que añado. Los dos espejos a los que se asoma Cervantes no solo forman un acabado fresco de la España de Cervantes, sino que testimonian —poéticamente— la transición de un pasado y unos ideales heroicos a un tiempo de decadencia y desengaño («afila el palo de la melancolía», «Ve en los cristales su edad oscurecida»).
El texto es como sigue:
En el primer espejo, el imperio español es un pavo real[2] que cubre un paisaje de mendigos, matasietes[3] e hidalgos de gotera[4]. En sus plazas, el cadalso de la Inquisición como único quiosco de música.
Ahí caminan el bisabuelo pañero, la abuela y su familia de sangradores, el abuelo con tres mozos de cuerda, el padre sordo que ama la viola y los caballos[5].
Detrás vienen las hermanas, domadoras de escribanos y genoveses relamidos[6], el pueblo fisgador, la paciente Catalina[7].
El militar lisiado[8] los mira desde su ventana y bebe unos sorbos de aguapié[9] mientras afila el palo de la melancolía.
Al segundo espejo llega la muchedumbre que es cualquier hombre: un niño que lee los papeles rotos de la calle[10], el joven que hiere a un maestro de obras[11], el soldado con frascos de pólvora, bolsas de balas y demás utensilios de poeta[12], el cautivo ante el que ahorcan a un jardinero[13].
También acude el que pesa la cebada clerical[14], ése que juega a los naipes y a las excomuniones, el que se acuesta en las cárceles[15] y cuyas páginas aprisiona el libro de un suplantador[16].
Ve en los cristales su edad oscurecida.
Para ir de un espejo a otro cruza un lugar innombrable[17].
[1] Cito por Francisco Javier Irazoki, Palabra de árbol (Antología poética, Lesaka-Pamplona-Fez-Benarés-Nueva York, París, 1976-2021), Madrid, Hiperión, 2021, pp. 39-40.
[2]pavo real: imagen tópica y emblemática de la vanidad. Bajo la apariencia de lujo y riqueza de la Monarquía Hispánica se oculta una realidad de hambre, pobreza y fanatismo religioso («el cadalso de la Inquisición / como único quiosco de música»).
[4]hidalgos de gotera: «Llaman en Castilla a aquellos nobles que lo son y gozan este privilegio solo en un lugar; y en saliendo de allí no son tales hidalgos» (Diccionario de autoridades).
[5] Es muy ajustada a la realidad esta relación de los oficios de los antepasados del escritor: el bisabuelo pañero era Ruy Díaz de Cervantes (hacia 1512, su hijo Juan de Cervantes tramitó la liquidación del negocio de paños); el abuelo paterno, Juan, era licenciado en Derecho y ocupó cargos en distintos destinos (de ahí la mención de los «tres mozos de cuerda»); Rodrigo de Cervantes, el padre, era cirujano o sangrador (no era profesión prestigiosa: realizaban pequeñas curas, sangrías…), y pese a su sordera fue gran aficionado a la música (afición que heredaría su hijo escritor).
[6]las hermanas, / domadoras de escribanos y genoveses relamidos: alusión a la mala fama de «las Cervantas», acusadas de prostituirse (también se acusa a veces, no en este poema, a Cervantes de ejercer de alcahuete de sus propias hermanas); tanto escribanos como genoveses connotan ‘dinero’ (los escribanos se enriquecían con las causas judiciales, a veces con malas artes; muchos genoveses eran banqueros).
[7] Catalina de Salazar y Palacios, esposa de Cervantes, con la que casó en Esquivias en 1584.
[8]militar lisiado: con las heridas cobradas en Lepanto, Cervantes se haría acreedor del sobrenombre de «el manco de Lepanto».
[9]aguapié: «Vino de baja calidad que se elaboraba echando agua en el orujo pisado y apurado en el lagar» (DLE).
[10]los papeles rotos de la calle: recuérdese el célebre pasaje de Quijote, I, 9: «Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía…».
[11] Alusión al duelo de Cervantes con el arquitecto («maestro de obras») Antonio de Segura o Sigura en 1569; al dejarlo malherido, tuvo que escapar precipitadamente de la acción de la justicia y pronto marcharía a Italia, en el séquito del cardenal Giulio Acquaviva.
[12]soldado … poeta: apunta aquí el tópico clásico de las armas y las letras. Cervantes, ciertamente, tuvo ambas facetas; en Lepanto combatió en la galera Marquesa al mando de una docena de hombres, en el esquife, arrojando piñas incendiarias contras las naves enemigas («frascos de pólvora, bolsas de balas»).
[13] En 1577, en uno de sus intentos de escapar del cautiverio de Argel, Cervantes y otros cautivos fueron ayudados por un jardinero navarro de nombre Juan; frustrada la fuga, el jardinero Juan fue ahorcado.
[14]cebada clerical … naipes … excomuniones: se alude ahora a la labor de Cervantes como comisario de abastos para la Gran Armada contra Inglaterra; en ocasiones Cervantes tuvo que requisar trigo y aceite a eclesiásticos, que respondieron excomulgándole (hasta en tres ocasiones). La mención de los naipes nos habla de la conocida afición al juego del escritor.
[15] Cervantes vivió la amarga experiencia de la cárcel, al menos en Sevilla en 1597 (por desajustes en las cuentas como empleado de la Hacienda real) y en Valladolid en 1605 (por el asunto Ezpeleta), y quizá —así lo quiere una tradición local— en la famosa Cueva de Medrano de Argamasilla de Alba.
[17]un lugar innombrable: puede haber aquí alusión al no nombrado lugar de la Mancha que fue la patria de don Quijote, según el archiconocido arranque de la novela.