«El gobernador prudente», de Gaspar de Ávila, ante la crítica

medina_doscomediasLa comedia de El gobernador prudente de Gaspar de Ávila fue publicada en 1663[1], en la parte XXII de Comedias escogidas, seguramente de forma póstuma[2]. Según José Toribio Medina, sus fuentes son La Araucana de Ercilla (1589) y la biografía de Suárez de Figueroa (1613). Pero, como recuerda Patricio Lerzundi, el dramaturgo también disponía de Algunas hazañas de nueve ingenios y de Arauco domado de Lope. Para Medina, la comedia habría sido escrita poco después de 1613. Pero, como acertadamente señala Lerzundi, no puede ser anterior a 1622-1625, por las precisas alusiones que contiene a los mártires jesuitas del Japón[3].

Repasaré ahora algunas opiniones vertidas por la crítica sobre ella. Así, por ejemplo, Medina comenta lo siguiente:

Escrita al mismo propósito que la de los nueve ingenios, y aun, muy probablemente, con anterioridad a ella, y con colores más subidos en el realce de la figura del protagonista, fue El Gobernador prudente, de Gaspar de Ávila. Su título está indicando ya que su autor iba a pintarnos a don García Hurtado de Mendoza bajo un aspecto muy diverso de aquel con que lo caracterizó Ercilla, no siendo otra cosa, en el fondo, que la réplica al calificativo de «mozo capitán acelerado» con que se le ve tildado en La Araucana. Lo que no es posible decir es si Ávila quiso vindicar la memoria del que fue gobernador de Chile por inspiración propia, o si para ello medió todavía alguna influencia, manifestada en recompensa pecuniaria o en otra forma, de la familia de aquél[4].

Por su parte, Remedios Morán Martín comenta que en estas obras panegíricas las crónicas y la literatura se dan la mano al esbozar los aspectos de la imagen de don García que él mismo —y luego su hijo— quiso difundir:

Es la imagen del hombre religioso, por encima de todo, generoso con el enemigo al mismo tiempo que valeroso en la guerra, consciente y orgulloso de su estirpe…, atributos que encajaban perfectamente en el héroe de los poemas épicos y de los protagonistas de comedias en el siglo XVI y XVII. Sin embargo, ¿no es esta la forma de crear la imagen de un héroe popular más que una verdadera reivindicación de la figura de un militar y un político que era la realidad histórica de García Hurtado de Mendoza? La literatura, incluso las crónicas, son parcas al esbozar la actuación administrativa y la ideología de don García, teniendo que bucear en miles de versos y descripciones de escenas bélicas [para encontrar] algún dato que nos caracterice a este gobernador y virrey de Chile y Perú, respectivamente[5].

Morán Martín echa en falta la presencia en estas piezas del discurso político, de su actuación gubernativa[6]. En su opinión, en estas obras «don García se desdibuja como político y como funcionario para convertirlo en un héroe que no llega a convencer»[7]. Y en la conclusión de su trabajo señala que en la literatura

el panegírico que se hace de García Hurtado de Mendoza no puede ser más mediocre y desvaído, de tal forma que desde la composición de la crónica de Mariño de Lobera por Escobar y la obra de Suárez de Figueroa, pasando por el poema de Pedro de Oña hasta terminar por Lope de Vega, como el más genial en el terreno de lo posible, nos encontramos una y otra vez con una enumeración de hechos carentes de la más mínima convicción para crear la imagen que se pretendía olvidada y que se reproduce sin garra épica ni histórica[8].

Mencionaré, por último, la opinión de Moisés R. Castillo:

Ciertamente la obra de Ávila manifiesta esa doble visión con respecto a la conquista: su propósito encomiador de la figura de Don García, noble ilustre que lleva por fin «la paz» y «la verdad» a Arauco rebelado, sirve en notable medida como plataforma para criticar la actuación negligente y avariciosa de los militares que hasta entonces habían gobernado ese fiero territorio[9].

Podría añadirse algún juicio crítico más, pero mejor pasar ya al análisis de la pieza de Ávila, cosa que haremos en entradas sucesivas.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] «De Ávila conocemos pocos datos biográficos. Cervantes y Lope de Vega lo califican de ingenio aventajado. En realidad, tan sólo se sabe, con plena certeza, que fue secretario de la marquesa del Valle», escribe Alberto Pérez-Amador Adam, De legitimatione imperii Indiae Occidentalis. La vindicación de la Empresa Americana en el discurso jurídico y teológico de las letras de los Siglos de Oro en España y los virreinatos americanos, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 341-342. Ver José María Rubio Paredes, «Gaspar y Nicolás Dávila, como sus hermanos, nacieron en Cartagena», Murgetana, 68, 1985, pp. 17-35 y Mariano de Paco, «Andrés de Claramonte y Gaspar de Ávila: visión de las Indias», Murgetana, 86, 1993, pp. 131-144, así como el prólogo de José Toribio Medina a su edición de El gobernador prudente, en Dos comedias famosas y un auto sacramental basados principalmente en «La Araucana» de Ercilla, Santiago / Valparaíso, Soc. Imprenta-Litografía Barcelona, 1915, pp. 1-8, y el estudio preliminar de María del Carmen Hernández Valcárcel a su edición de Gaspar de Ávila, Comedias, Murcia, Universidad de Murcia, 1990.

[3] José Toribio Medina, en Dos comedias famosas…, p. 20, señala los elementos que toma Ávila de Ercilla y de Suárez de Figueroa.

[4] Medina, Dos comedias famosas…, pp. 104-105 del prólogo. Sobre Gaspar de Ávila, ver las pp. 1-8 del prólogo a su edición de El gobernador prudente.

[5] Remedios Morán Martín, «García Hurtado de Mendoza ¿gobernador o héroe?», Espacio, Tiempo y Forma, serie IV, Historia Moderna, t. 7, 1994, p. 72.

[6] En este punto estoy en desacuerdo con Morán Martín, pues al menos El gobernador prudente sí incide con cierto detalle en los aspectos relacionados con el gobierno. Eso sí, como enseguida veremos, no se trata de que el dramaturgo reconstruya en su comedia todos los datos históricos de la gobernación de don García Hurtado de Mendoza, sino de proponerlo como ejemplo modélico de buen gobernante.

[7] Morán Martín, «García Hurtado de Mendoza ¿gobernador o héroe?», p. 76.

[8] Morán Martín, «García Hurtado de Mendoza ¿gobernador o héroe?», p. 85.

[9] Moisés R. Castillo, Indios en escena: la representación del amerindio en el teatro del Siglo de Oro, West Lafayette (Indiana), Purdue University Press, 2009, p. 96.

El enfrentamiento entre Alonso de Ercilla y don García Hurtado de Mendoza (y 2)

Para examinar esta cuestión, además de lo dicho por los cronistas, disponemos también del testimonio que nos proporciona el juicio de residencia a don García Hurtado de Mendoza[1]:

144. Item, se hace cargo al dicho don García que quiso matar con una porra en la ciudad Imperial a don Alonso de Ercilla y don Juan de Pineda, y fue tras ellos por los matar con ella, que fue y eran términos muy ajenos y fuera de justicia[2].

Pero me interesa recordar sobre todo la versión de los hechos que ofrece el propio Ercilla en su célebre poema La Araucana. Así, en el canto XXXVI escribe:

A La Imperial llegamos, do hospedados
fuimos de los vecinos generosos,
y de varios manjares regalados
hartamos los estómagos golosos.
Visto, pues, en el pueblo así ayuntados
tantos gallardos jóvenes briosos,
se concertó una justa y desafío
donde mostrase cada cual su brío.

Turbó la fiesta un caso no pensado,
y la celeridad del juez fue tanta,
que estuve en el tapete ya entregado
al agudo cuchillo la garganta;
el enorme delito exagerado
la voz y fama pública le canta,
que fue solo poner mano a la espada,
nunca sin gran razón desenvainada[3].

Este acontecimiento, este suceso
fue forzosa ocasión de mi destierro,
teniéndome después gran tiempo preso,
por remediar con este el primer yerro;
mas, aunque así agraviado, no por eso
(armado de paciencia y fiero hierro)
falté en alguna lucha y correría,
sirviendo en la frontera noche y día[4].

La Araucana, de Alonso de Ercilla

Además, en el canto siguiente, el XXXVII y último de La Araucana, califica a don García de «mozo capitán acelerado»:

Ni digo cómo al fin, por accidente,
del mozo capitán acelerado
fui sacado a la plaza injustamente
a ser públicamente degollado;
ni la larga prisión impertinente,
do estuve tan sin culpa molestado,
ni mil otras miserias de otra suerte,
de comportar más graves que la muerte.

Sin duda, al momento de componer La Araucana Ercilla no habría olvidado todavía este grave incidente personal, y esta es la razón que explicaría el no haber dado el suficiente relieve a la figura de don García Hurtado de Mendoza. Recordaré a este respecto que Oña, en el exordio de su Arauco domado, escribía que una de las razones que le movían al componer su obra era precisamente «ver que tan buen autor, apasionado, / os haya de propósito callado».

Curiosamente, en El gobernador prudente encontramos una interesante alusión a la prisión de Ercilla, en el momento en que don García previene sus tropas para la pelea:

DON GARCÍA.- La retaguarda
se dará al valor prudente
de don Alonso de Arcila.

DON LUIS.- Hoy en su diestra apercibe
el cielo un segundo Atila,
que él pelea como escribe.

DON FELIPE.- A un tiempo corta y afila
espada y pluma.

DON GARCÍA.- En su honor
dudar nada fuera error,
que aunque se muestra ofendido
porque preso le he tenido,
no he de negarle el valor (vv. 1767b-1778)[5].

Ercilla, en su poema, nos ofrece una visión muy idealizada de los indios araucanos, denodados defensores de su libertad e independencia, hecho que le ha valido la calificación de «primer indigenista». Como acertadamente escribe Campos Harriet,

Necesitaríamos copiar casi todas las estrofas de los treinta y siete cantos de La Araucana si quisiéramos señalar las muestras de admiración, de amor y de comprensión que siente Ercilla por el pueblo araucano. Los nombres de los caciques: Colo-Colo, Lautaro, Caupolicán, Angol, Lincoyán, Rengo, Tucapel, Paicaví, Orompello, Ongolmo, Ainavillo y tantos otros, como las figuras femeninas de las hermosas Gualda, Tegualda, Guacolda, Fresia, por Ercilla exaltadas e idealizadas, tienen hasta hoy la más grande vigencia, y ello es el mayor homenaje que el pueblo de Chile ha podido tributar al poeta[6].

Esta reflexión me sirve para subrayar, además, que esa idealización de los araucanos tan notoria en La Araucana se transmite, en mayor o menor grado, a todas las obras teatrales que inspiró, incluidas las escritas por encargo de la familia Hurtado de Mendoza. En todas ellas apreciamos que los personajes araucanos están idealizados como guerreros valientes y galanes, que pueden parangonarse en nobleza y cortesía con los españoles; y lo mismo sucede con las mujeres araucanas, que desempeñan en estas obras la función dramática de damas (hermosas, nobles y discretas), sin mayores diferencias con las protagonistas europeas de la comedia nueva. Es decir, los araucanos comparten el mismo código de valores (nobleza, honor, caballerosidad, valentía…) que sus enemigos, lo que no impedirá que se apunten algunos rasgos negativos de ellos (barbarie, crueldad…). Por lo demás, ha de tenerse en cuenta que magnificar al enemigo ponderando su fuerza y sus cualidades positivas es una forma indirecta de engrandecer a sus conquistadores. Eso sí, cabe decir —como ya adelantaba— que los denodados esfuerzos de esta campaña de propaganda no lograron el objetivo de convertir a don García en un héroe literario de categoría épica[7]. En cambio, quienes sí han quedado en el recuerdo y en el imaginario colectivo han sido los bravos araucanos, con su toqui Caupolicán a la cabeza[8].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Citado por Fernando Campos Harriet, Don García Hurtado de Mendoza en la historia americana, Santiago, Andrés Bello, 1969, p. 187.

[3] Recordemos la inscripción que figuraba grabada en las hojas de muchas espadas de la época: «No me saques sin razón. No me envaines sin honor».

[4] Las citas de La Araucana son por la edición de Isaías Lerner, Madrid, Cátedra, 1993.

[5] Cito por Gaspar de Ávila, El gobernador prudente / The Prudent Governor, ed. de Patricio Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2009, con ligeros retoques en la puntuación. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137.

[6] Campos Harriet, Don García Hurtado de Mendoza en la historia americana, p. 199.

[7] Otra cosa sería averiguar qué mercedes o beneficios obtuvo la familia, si es que se lograron, con esta campaña de propaganda, cuestión no abordada —hasta donde se me alcanza— por la crítica.

[8] Baste mencionar el memorable soneto en alejandrinos, titulado «Caupolicán», que le dedicara Rubén Darío en su poemario Azul (1888). Ver los trabajos de Melchora Romanos, «La construcción del personaje de Caupolicán en el teatro del Siglo de Oro», Filología (Buenos Aires), XXVI, núms. 1-2, 1993, pp. 183-204; Miguel Ángel Auladell Pérez, «De Caupolicán a Rubén Darío», América sin nombre, 5-6, diciembre de 2004, pp. 12-21 y «Los araucanos como personajes literarios», América sin nombre, 9-10, 2007, pp. 21-26; y José Promis, «Formación de la figura literaria de Caupolicán en los primeros cronistas del Reino de Chile», en Rebeldes y aventureros: del Viejo al Nuevo Mundo, ed. de Hugo R. Cortés, Eduardo Godoy y Mariela Insúa, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2008, pp. 195-219.

El enfrentamiento entre Alonso de Ercilla y don García Hurtado de Mendoza (1)

Para comprender la razón última de la redacción de las diversas obras dramáticas del Siglo de Oro español que versan sobre las guerras de Arauco, varias de las cuales fueron un encargo por parte de la familia Hurtado de Mendoza, debemos remontarnos a algunos sucesos históricos anteriores[1]. Recordemos que La Araucana de Ercilla presenta la peculiaridad de ser un poema épico sin héroe: quien debería, sobre el papel, ser el protagonista principal de la epopeya tras la muerte de Valdivia, el nuevo capitán de las huestes españolas, don García Hurtado de Mendoza, aparece, sí, mencionado elogiosamente en algunas ocasiones, pero en modo alguno alcanza la categoría de héroe épico. Si queremos buscar un héroe en La Araucana, este sería colectivo: el pueblo mapuche en defensa a ultranza de su libertad; y, si hubiera que individualizarlo en la persona de uno de sus protagonistas, entonces tendríamos que pensar, sin duda, en el toqui Caupolicán.

Pues bien, la razón de ese retrato «de bajo perfil» —por así decir— con que aparece caracterizado el marqués de Cañete en La Araucana la tenemos en el enfrentamiento personal que tuvo lugar entre don García y Ercilla en la ciudad de La Imperial en 1558, que recogen los cronistas y que se menciona también en el juicio de residencia al gobernador, y que el propio soldado-escritor evoca en un par de ocasiones en su poema (se refiere a ello como «un caso no pensado»).

Alonso de Ercilla

En efecto, después del regreso de las tropas españolas de su expedición al canal de Chacao y el archipiélago de Chiloé, se celebraron en La Imperial unas fiestas y justas, en las que se produjo cierto incidente como resultado del cual Ercilla fue detenido por orden de don García y condenado a muerte, aunque luego esa pena le fue conmutada por la de destierro. Así lo evoca Góngora Marmolejo en su crónica:

Don García, estando en este tiempo en la Ciudad Imperial regocijándose en juegos de cañas y correr sortija, con otras maneras de regocijo, quiso un día salir de máscara disfrazado a correr ciertas lanzas en una sortija por una puerta falsa que tenía en su posada, acompañado de muchos hombres principales que iban delante, y más cerca de su persona don Alonso de Arcila, el que hizo el Araucana, y Pedro Dolmos de Aguilera, natural de Córdoba. Un otro caballero llamado don Juan de Pineda, natural de Sevilla, se metió en medio de ambos; don Alonso, que le vido venía a entrar entre ellos, revolvió hacia él echando mano a su espada; don Juan hizo lo mismo. Don García, que vido aquella desenvoltura, tomó una maza que llevaba colgando del arzón de la silla y, arremetiendo el caballo hacia don Alonso, como contra hombre que lo había revuelto, le dio un gran golpe de maza en un hombro, y tras de aquel otro. Ellos huyeron a la iglesia de Nuestra Señora y se metieron dentro. Luego mandó que los sacasen y cortasen las cabezas al pie de la horca; y él se fue a su posada y mandó cerrar las puertas, dejando comisión a don Luis de Toledo que los castigase; mas en aquella hora muchas damas que en aquella ciudad había, queriendo estorbar el castigo o que no fuese con tanto rigor, quitándole alguna parte del enojo, con algunos hombres de autoridad entraron por una ventana en su casa y se lo pidieron por merced. Condescendiendo a su ruego, los mandó desterrar de todo el reino[2].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Alonso de Góngora Marmolejo, Historia de todas las cosas que han acaecido en el Reino de Chile, ed. de Miguel Donoso, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2010, pp. 286-287.

Don García Hurtado de Mendoza en las comedias del Siglo de Oro sobre la guerra de Arauco (y 2)

En sus cuatro años de gobernación[1], 1557-1561, don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, había avanzado notablemente en la pacificación de aquel «Flandes indiano»[2] que fue Chile. Las tres obras dramáticas de encargo presentan, como es natural en piezas que nacen con voluntad panegírica, varios puntos en común a la hora de trazar la figura de don García con perfiles positivos, si bien cada una de ellas presenta sus propias peculiaridades o focaliza su atención en determinados aspectos.

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No voy a detenerme ahora en un comentario detallado de lo que sucede en Arauco domado y en Algunas hazañas, pero baste decir que en estas piezas —y lo mismo sucederá en El gobernador prudente— el elogio de don García lo vamos a encontrar puesto en boca de distintos personajes y se va a llevar a cabo desde múltiples perspectivas. Todos, hasta sus enemigos, ponderarán su nobleza, prudencia, valor, generosidad, espíritu de justicia, etc. Y, por supuesto, también sus propios hechos y sus palabras en escena servirán para trazar su idealizado retrato. Las palabras elogiosas, el reconocimiento de sus méritos y virtudes, aparecen continuamente y vienen de todas partes: lo elogiarán amigos y enemigos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, con frases y expresiones que forman un panegírico completo. En efecto, todas las comedias nos lo presentan como un general valiente y previsor, generoso, nada codicioso (no son posibles las acusaciones de codicia porque, se insiste, la tierra de Chile es pobre), un magnífico gobernador, piadoso y cristiano, fiel a su rey y con un firme proyecto de pacificar el rebelde territorio araucano para lograr la consecución de una monarquía católica y universal. Lo vamos a ver con más detalle en las sucesivas entradas que dedicaremos al análisis de El gobernador prudente.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Por denominarlo con el sintagma que figura en el título de la crónica de Diego de Rosales. Para más detalles sobre la comedia que nos ocupa ahora, ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137.

Don García Hurtado de Mendoza en las comedias del Siglo de Oro sobre la guerra de Arauco (1)

En el teatro español del Siglo de Oro existen varias piezas que tienen como tema la conquista de Chile y las guerras de Arauco[1]. Dentro de ese corpus, hay algunas comedias encargadas por la familia de don García Hurtado de Mendoza que tienen como objetivo prestigiar la figura del cuarto Marqués de Cañete, quien había sido gobernador de Chile en los años 1557-1561 y había impulsado la pacificación de Arauco. Ocurre que Alonso de Ercilla, en su famoso poema épico de La Araucana, no había destacado suficientemente su actuación; y, para contrarrestar ese voluntario olvido, se preparó todo un programa de propaganda[2] que incluyó no solo obras de teatro, sino también crónicas, biografías, poemas épicos, etc. Las tres piezas teatrales que revisten ese carácter de «obras de encargo» son Arauco domado de Lope de Vega, la más famosa y la que más bibliografía ha generado; Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, escrita en colaboración por nueve ingenios capitaneados por Luis de Belmonte; y El gobernador prudente, de Gaspar de Ávila.

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A lo largo de varias entradas iré recordando primero el contexto histórico y las razones que llevaron a la escritura de estas obras. Después, tras referirme brevemente a las otras dos comedias, centraré mi análisis en la caracterización de don García Hurtado de Mendoza que ofrece El gobernador prudente: en esta pieza se destacan las virtudes de don García como vasallo leal a su rey, militar avisado y gobernador prudente y justo al que no solo le importa la conquista territorial, sino sobre todo la conquista espiritual de las almas. El resultado de conjunto, como no podía ser de otra manera, es una visión altamente idealizada del personaje: en efecto, todas esas facetas conforman el retrato modélico de un gobernante cristiano, en el que el aspecto religioso constituye uno de los rasgos más destacados. Ahora bien, cabe añadir que ninguna de las obras derivadas de tal campaña de propaganda logró elevar a don García a la categoría de héroe histórico-literario capaz de pervivir en el imaginario colectivo.

Una cuestión más para cerrar estos comentarios preliminares. ¿Qué fuentes manejan los autores de estas obras y qué uso hacen de la historia? ¿Qué datos históricos escogen y cuáles desechan? ¿Con qué grado de fidelidad nos presentan personajes y acontecimientos? ¿Cómo manipulan la historia para lograr unos fines ideológicos o literarios? ¿Se puede aplicar con propiedad a estas piezas la etiqueta de «teatro histórico»? Son preguntas bastante complejas y las respuestas requerirían matices distintos para cada una de las obras, que habría que examinar por separado: en algunas (por ejemplo en Arauco domado de Lope) el ajuste a los hechos históricos es mayor que en otras, si bien en líneas generales habrá que decir que al dramaturgo del Siglo de Oro le interesará mucho más ceñirse a la verdad dramática que a la histórica… Por otro lado, existe ya abundante bibliografía sobre esta cuestión de las fuentes manejadas por estas piezas dramáticas, así que aquí apenas me detendré en esta cuestión[3].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Ver especialmente Victor Dixon, «Lope de Vega, Chile and a Propaganda Campaign», Bulletin of Hispanic Studies, 70:1, 1993, pp. 79-95. Sobre la comedia genealógica y el mecenazgo de la nobleza, en general, remito a varios trabajos de Teresa Ferrer Valls: Nobleza y espectáculo teatral (1535-1622). Estudio y documentos, Valencia, UNED / Universidad de Sevilla / Universitat de València, 1993; «Lope de Vega y la dramatización de la materia genealógica (I)», en Teatro cortesano en la España de los Austrias, ed. de José María Díez Borque, Cuadernos de Teatro Clásico, 10, 1998, pp. 215-231; «Lope de Vega y la dramatización de la materia genealógica (II): lecturas de la historia», en La teatralización de la historia en el Siglo de Oro español. Actas del III Coloquio del Aula-Biblioteca Mira de Amescua, ed. de Roberto Castilla Pérez y Miguel González Dengra, Granada, Universidad de Granada, 2001, pp. 13-51; y «Teatro y mecenazgo en el Siglo de Oro: Lope de Vega y el duque de Sessa», en Mecenazgo y Humanidades en tiempos de Lastanosa. Homenaje a la memoria de Domingo Ynduráin, ed. de Aurora Egido y José Enrique Laplana, Zaragoza, Instituto de Estudios Altoaragoneses / Institución «Fernando el Católico», 2008, pp. 113-134.

[3] Para el corpus de teatro sobre las guerras de Arauco remito como trabajos de conjunto a los de Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996; y Mónica Escudero, De la crónica a la escena: Arauco en el teatro del Siglo de Oro, New York, Peter Lang, 1999. Para más detalles sobre la comedia que nos ocupa ahora, ver Carlos Mata Induráin, «Del panegírico a la hagiografía: don García Hurtado de Mendoza en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila», Hispanófila, 171, junio de 2014, pp. 113-137.

«Las guerras de Chile», poema épico anónimo del siglo XVII

Las guerras de Chile (o La guerra de Chile, porque el manuscrito que nos ha transmitido el texto no trae título y se han hecho distintas propuestas al respecto) es un poema épico anónimo sobre la guerra de Arauco, compuesto por más de 7.000 versos, salido de la pluma de un poeta-soldado no identificado y que podríamos datar en el primer cuarto del siglo XVII. Se trata de una obra bastante poco conocida (pese a contar con una valiosa edición crítica moderna) y, en consecuencia, ha generado muy poca bibliografía entre la crítica.

Las guerras de ChileYa en otras ocasiones me he referido con más detalle a la amplia fortuna literaria que tuvo el tema de las guerras de Arauco[1]. Ahora me basta con recordar que Chile, y más concretamente aquella sangrienta guerra enquistada en el indómito territorio araucano, generó a lo largo de los siglos una abundante producción de obras de literatura, corpus en el que debemos inscribir este poema épico de Las guerras de Chile. Se trata de un texto sumamente interesante por su valor literario y también documental, en torno al cual existen varios problemas. En primer lugar, no sabemos a ciencia cierta quién fue su autor, pues si bien en el siglo XIX fue editado por José Toribio Medina a nombre del sargento mayor Juan de Mendoza Monteagudo, tal atribución está lejos de ser probada; después se han propuesto algunos otros nombres como posibles autores del poema, pero verdaderamente no sabemos quién lo escribió, de forma que a fecha de hoy parece preferible seguir considerándolo anónimo. Tampoco disponemos de datos exactos sobre su fecha y lugar de redacción, aunque la datación la podemos fijar aproximadamente entre 1610 y 1630, y en tierras americanas. En tercer lugar, y es algo que muy probablemente ha perjudicado a su conocimiento, se da la circunstancia de que la obra ha sido designada con muy variados títulos. En próximas entradas trataré de sintetizar el estado de la cuestión sobre todas estas debatidas cuestiones: Mario Ferreccio Podestá —editor moderno de la obra junto con Raïssa Kordic Riquelme—, tras señalar que estamos ante un complejo poema épico-cronístico[2], afirma que «cuanto le concierne se muestra enigmático y controvertido, tanto para el lector primario como para el letrado»[3].

Si La Araucana finaliza con la batalla de Quiapo (1558), la acción de Las guerras de Chile nos traslada a cuarenta años después, 1598. En efecto, se refieren en el poema distintos episodios bélicos de la rebelión mapuche de finales del siglo XVI; trata, concretamente, de la guerra de Arauco entre los años 1598 y 1600. La acción comienza con la batalla (sorpresa, desastre) de Curalaba de 1598, en el que las tropas del lonko[4] Pelentaro matan al gobernador Martín García Óñez de Loyola; se refiere después el envío de refuerzos españoles desde el Perú al año siguiente, 1599, al mando del nuevo gobernador Francisco de Quiñones; y la obra concluye abruptamente con la llegada de los holandeses al archipiélago de Chiloé en 1600 (la expedición corsaria organizada por los hermanos Simón y Baltazar de Cordes, culminada por este tras el fallecimiento del primero). Osvaldo Silva Galdames, al trazar el encuadre cronológico de la obra, escribe:

La narración del poema se extiende desde el arribo del gobernador Quiñones a Concepción hasta la llegada del corsario Baltasar de Cordes a Chiloé, acaecida, según Barros Arana, el 19 de abril de 1600: tal es el marco temporal en el cual el autor es también actor y observador de los hechos referidos, que, por lo demás, están consignados en otros documentos, especialmente aquellos relativos al gobierno de Francisco de Quiñones[5].

Cabe presuponer que el inconcluso proyecto narrativo del autor/narrador-testigo incluiría la alianza de los indígenas con los piratas holandeses y el ataque de estos a Castro, en la Isla Grande de Chiloé, con la defensa de la ciudad por parte de los españoles. Ferreccio supone que, de haber sido completado, el poema podría haber visto duplicada su extensión.

No puedo detenerme ahora a analizar la clara relación que guarda este poema con el Purén indómito de Diego Arias de Saavedra; en efecto, las dos obras empiezan con la sorpresa de Curalaba y la muerte de Óñez de Loyola (nacido en 1549, gobernó en Chile los años 1592-1598), el cual fue «un acontecimiento central en la conquista hispánica porque promueve un levantamiento generalizado de los indígenas y convierte el territorio en lugar de batalla permanente»[6]. La principal diferencia estriba en que en el Purén indómito el objetivo fundamental es la exaltación heroica de Francisco de Quiñones, mientras que en Las guerras de Chile no existe tal propósito: se le cita, sí, elogiosamente, pero solo una vez, al final del Canto V, de forma que en modo alguno llega a constituirse en el personaje central de la obra:

Otro escuadrón formado diferente
de nobles capitanes y varones
sacó de la ciudad alegremente
el noble don Francisco de Quiñones,
mostrando su severo continente
más claro que pudieran mil renglones
ser entre gente tan ínclita y granada
el digno capitán de tal jornada (octava 387).


[1] Ver mis trabajos «“Cautivo quedo en tus ojos”: el cautiverio de amor en el teatro del Siglo de Oro sobre la conquista de Arauco», en Miguel Donoso, Mariela Insúa y Carlos Mata (eds.), El cautiverio en la literatura del Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 169-193; «La guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, 2011, pp. 171-186; y «El imaginario indígena en el Arauco domado de Lope de Vega», Taller de Letras, Número especial 1, 2012, pp. 229-252 En estos trabajos el lector interesado encontrará abundante bibliografía.

[2] Destaca «su condición de ser cronológicamente la última composición poemática épico-cronística chilena» (Mario  Ferreccio Podestá, «Prólogo» a Anónimo, La guerra de Chile, ed. crítica de Mario Ferreccio Podestá y Raïssa Kordic Riquelme, Santiago de Chile, Universidad de Chile / Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 1996, p. 7).

[3] Ferreccio Podestá, «Prólogo» a La guerra de Chile, p. 7.

[4] Palabra mapuche que significa ‘cabeza’, y por extensión, ‘jefe, caudillo, capitán’.

[5] Osvaldo Silva Galdames, «La guerra de Chile como fuente histórica», estudio preliminar a Anónimo, La guerra de Chile, ed. crítica de Mario Ferreccio Podestá y Raïssa Kordic Riquelme, Santiago de Chile, Universidad de Chile / Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 1996, p. 68.

[6] Ferreccio Podestá, «Prólogo» a La guerra de Chile, p. 19.

Pablo Neruda, «En el fondo de América sin nombre…»

Como lectura para conmemorar este 18 de septiembre, Fiestas Patrias en Chile, selecciono un fragmento del Canto general de Neruda. Corresponde al pasaje final de la parte I del poemario, «La lámpara en la tierra»:

En el fondo de América sin nombre
estaba Arauco entre las aguas
vertiginosas, apartado
por todo el frío del planeta.
Mirad el gran Sur  solitario.
No se ve humo en la altura.
Sólo se ven los ventisqueros
y el vendaval rechazado
por las ásperas araucarias.
No busques bajo  el verde espeso
el canto de la alfarería.

Todo es silencio de agua  y viento.

Pero en las hojas mira el guerrero.
Entre los alerces  un grito.
Unos ojos de tigre en medio
de las alturas de la  nieve.

Mira las lanzas descansando.
Escucha el susurro del aire
atravesado por las flechas.
Mira los pechos y las piernas
y las  cabelleras sombrías
brillando a la luz de la luna.

Mira el vacío de  los guerreros.

No hay nadie. Trina la diuca
como el agua en la noche  pura.

Cruza el cóndor su vuelo negro.

No hay nadie. Escuchas? Es el paso
del puma en el aire y las hojas.

No hay nadie. Escucha. Escucha  el árbol,
escucha el árbol araucano.

No hay nadie. Mira las  piedras.

Mira las piedras de Arauco.

No hay nadie, sólo son los  árboles.

Sólo son las piedras, Arauco.

(Cito por Pablo Neruda, Canto general, edición y notas de Hernán Loyola, prólogo de Julio Ortega, Barcelona, Random House Mondadori, 2003, pp. 38-39.)

Felicidades, Chile