«Inventario de lugares propicios al amor», de Ángel González

En fechas recientes he traído al blog dos composiciones de Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008), poeta de la Generación del 50 o del medio siglo, del que estamos celebrando el centenario de su nacimiento. Se trababa de «Soneto para cantar una ausencia» y «Soneto para imaginarte con exactitud». Copiaré hoy otro poema suyo incluido también en Tratado de urbanismo, «Inventario de lugares propicios al amor», que es la composición que abre el poemario (poema I de la sección inicial «Ciudad uno»).

Ojo vigilante

Dice así:

Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.
Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además, proscriben
la caricia (con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
—sin interés alguno—
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿A dónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,  
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio[1].


[1] Ángel González, Tratado de urbanismo, con lectura de Carlos Pardo, Velilla de San Antonio (Madrid), Bartleby Editores, 2006, pp. 9-10.

La «Canción para Antonio Machado» de Jesús Górriz Lerga

Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932-Pamplona, 2016) fue uno de los cofundadores de Río Arga. Revista navarra de poesía, y colaborador también de otras publicaciones como Pregón, Poesía española, Rumbos, Caracola o El molino de Papel. Lector y admirador de Garcilaso, de Antonio Machado y de los poetas del 27, así como de Rosales o Miguel dʼOrs, su producción poética está formada por los siguientes volúmenes: Primera señal (Pamplona, Caja de Ahorros Municipal de Pamplona, 1973), La vidriera (Pamplona, Medialuna Ediciones, 1991), Memorial del gozo (Pamplona, edición el autor, 1994), Así, y todo (Pamplona, Medialuna Ediciones, 2001), La luz del águila (Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004) y Obra poética (1950-2006) (Pamplona, Gobierno de Navarra, 2006).

Antonio Machado

En el blog han quedado recogidos varios poemas suyos de temática navideña («Villancico del anuncio gozoso», «Villancico que repite la letanía de siempre», «Soneto para un alumbramiento» y «Villancico de la espera en el portal»). Hoy traigo su «Canción para Antonio Machado», un sencillo y emotivo romance de rima á a perteneciente al poemario con el que saltó a la arena literaria en 1973, Primera señal:

He sabido de la vida
a través de tu palabra,
Antonio Machado, amigo,
amigo de toda el alma.

Lo que tú dijiste, Antonio,
con tu voz honda y templada
—la tarde, la luz, las fuentes,
el silencio, la nostalgia,

el recuerdo, la ternura,
la paz, el dolor, las aguas
que pasan y que no vuelven,
el misterio, las palabras

que nunca jamás llegaron
a que tú las pronunciaras—,
todo lo guardo en el fondo
de mi ser, como en un arca

igual que una voz que espera,
tu voz, Antonio del alma.
¡Cuántas veces he soñado
en mirar con tu mirada!

Tú viste el fondo del mundo,
la razón de cuanto alzaba
su presencia por el aire
de la ilusión más cercana.

Forjador de vida pura,
de luz ardida y quedada,
de paz cumplida, de todo
cuanto entrevé nuestra alma.

Antonio Machado, amigo
de siempre y por siempre. Basta
que te recuerde y te nombre
para que descubra el ansia

con que debo buscar todo
lo que la vida nos guarda.
Lo que tú buscaste siempre
con tu voz más desgarrada[1].


[1] Jesús Górriz Lerga, Primera señal, prólogo de Miguel Javier Urmeneta, ilustraciones de Jorge Fernández de Avilés, Pamplona, Caja de Ahorros Municipal de Pamplona, 1973, pp. 100-101.

«Soneto para cantar una ausencia», de Ángel González

Vaya para hoy otro soneto de Tratado de urbanismo de Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008), poeta de la Generación del 50 o del medio siglo, del que estamos celebrando el centenario de su nacimiento. Se trata de «Soneto para cantar una ausencia» y dice así:

Muro de las Lamentaciones

Las horas pasan, pesan lentamente
vacías de ti, llenas de tu memoria.
Tu ausencia rompe el hilo de mi historia,
aísla como un foso este presente,

dejándome indefenso e inocente
entre la espada aguda de la gloria
de haberte amado ayer, y la ilusoria
esperanza de amarte eternamente.

No dirijo mi vida, y el futuro
se presenta inseguro, turbio, incierto.
Me atengo sólo a ti, que no te tienes.

Me inclino sobre ti, endeble muro
de mis lamentaciones: roto, abierto,
hendido dique en el que me contienes[1].


[1] Ángel González, Tratado de urbanismo, con lectura de Carlos Pardo, Velilla de San Antonio (Madrid), Bartleby Editores, 2006, p. 48.

«Soneto para imaginarte con exactitud», de Ángel González

Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008) es un poeta cuya figura se adscribe a la Generación del 50 o del medio siglo. Fue Premio Antonio Machado de la editorial Ruedo Ibérico en 1962, Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1985, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1996, Premio Internacional Salerno de Poesía en 1991, Premio Julián Besteiro de las Artes y las Letras en 2001 y Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca en 2004. Ocupó el sillón P de la Real Academia Española desde enero de 1996. Entre sus libros de poesía se cuentan Áspero mundo (1956), Sin esperanza, con convencimiento (1961), Grado elemental (1962), Tratado de urbanismo (1967), Breves acotaciones para una biografía (1969), Procedimientos narrativos (1972), Prosemas o menos (1985), A todo amor: antología (1996), Deixis en fantasma (1992), 101+19=120 poemas (2000), Otoños y otras luces (2001) y Nada grave (2008, póstumo)[1].

Ángel González

Ahora que se conmemora el centenario de su nacimiento, lo quiero recordar con el bello «Soneto para imaginarte con exactitud», de Tratado de urbanismo:

Pensarte así: la sombra, deslumbrada
se pliega al resplandor de tu sonrisa,
retrocede ante ti, pasa, sin prisa,
de gris a rojo, de naranja a nada.

Imaginar aún más: la desbandada
súbita de palomas que, imprecisa,
despliega a contravuelo de la brisa
la claridad de su bandera alada,

no es más que tu disperso pensamiento
que tiñe los colores de la tarde
con la luz que devana tu cabeza.

Palomar golpeado por el viento:
cierra los ojos, guarda —pues ya arde
en el cielo bastante— tu belleza[2].


[1] Varios de sus poemas fueron seleccionados en la antología Veinte años de poesía española (1939-1959) de 1960 preparada por Josep María Castellet para la editorial Seix Barral.

[2] Ángel González, Tratado de urbanismo, con lectura de Carlos Pardo, Velilla de San Antonio (Madrid), Bartleby Editores, 2006, p. 49.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Poemas para un acorde transitorio» (1992-1994) (4)

Tras la repetición del poema «¿Por dónde descubrir caminos no hollados, rincones virginales?»[1] (que era el número XXXII y último de El libro de la creación), ahora con el subtítulo de «Elegía innominada en su nueva perspectiva de luz», vienen dos poemas dedicados nuevamente a los nietos. El primero, «Alas de vida», es un apóstrofe a Juan, que es risa, frágil melodía, lluvia fina, que inicia «su vuelo / de frágil ala de golondrina», «pájaro recién nacido […] sediento de vida». En suma, junto con la expresión de la fragilidad e indefensión del ser, una ponderación del deseo de vida, de la ternura y el amor que le rodea, y el consejo reiterado: «acaricia tus días». Notemos que, si en los primeros poemas de Amadoz aparecía la vida en abstracto, el decir poético se nos muestra ahora concretado en vidas particulares (las de los nietos); pero, frente a los que llegan al mundo, están los que se van: Guillén, o la conciencia —presente— de la finitud y próxima muerte del propio poeta…

Golondrina

El segundo de esos dos poemas, «Siempre quise miraros con mis ojos de porcelana…», se divide en dos secuencias largas numeradas como I y II, tras un lema-dedicatoria a sus nietos Guillermo, Alessandra y David. Todo el poema es una evocación de juegos y alegrías infantiles: «he subido al tiovivo de vuestro sueño». Con el mago Disney de la mano, la alegría infantil contagia al poeta y lo rejuvenece hasta el punto de que afirma «sentirme como un pequeño niño más»: comparte con ellos sus ilusiones de niños, «un aluvión de caminos y sueños mágicos», sus «sonoros ayes de alegría», todo su gozo que se reduce a «soñar, / jugar, / seguir soñando». En la número II, además de la mención de diversos héroes infantiles, se insiste en esa idea de «subir por la escala dorada de vuestras pequeñas mentes / todopoderosas para el sueño», de compartir «el juego de vuestra inocencia», hasta que los niños acaban exhaustos y dormidos:

… con el mirar azul de vuestras noches,
ya aquietados, serenos, mágicos,
hundidos en vuestro irrepetible sueño.

Con «Acaso haya que ser héroe» volvemos al terreno de los homenajes literarios, pues está dedicado al poeta pamplonés Ángel María Pascual. El poema nos habla de la necesidad de ser héroe cada día y «mirarlo todo, / vivirlo todo», «vivirlo todo / como niño pequeño» (imagen cara a Amadoz), en definitiva, de la gran heroicidad de las cosas pequeñas, del héroe-hombre que debe navegar día a día en el navío de la vida:

… acaso haya que ser
simplemente HOMBRE,
simplemente HOMBRE
en honda gratitud
con este sobrio homenaje
que la vida nos hace con todo

[…]

amarlo todo ciegamente,
vivirlo todo
y expandirlo como regalo
que a todos abarca,
que nos lleva
mano con mano
en nuestro miedo unidos,
seguros de este viejo camino
de ser simplemente
HOMBRE[2].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Otro poema de Rafael Guillén: «Un beso en Jaipur»

El otro día copiaba el poema «La huella» de Rafael Guillén, poeta español de la Generación del 50. Vaya para hoy este otro, también de Últimos poemas (Lo que nunca sabré decirte), en el que el sujeto lírico nos habla de su amor en el exótico marco de las calles de Jaipur (India).

Hawa-Mahal (El Palacio de los Vientos), Jaipur (India)
Hawa-Mahal (El Palacio de los Vientos), Jaipur (India).

Dice así:

Un torrente de humanidad y blancos
blusones —rostros
cetrinos, venerables
turbantes—, inundando
las calles de Jaipur, entre los tenderetes
de las aceras y los desperdicios
esparcidos y los animales
y sus inmundicias y rugientes motos
y bicicletas y rickshaws y el griterío
y, en el centro de la calzada, recostadas
y displicentes, las sagradas
vacas interrumpiendo
el discurrir, ya de por sí caótico
de aquella turbamulta.

Triscaban por las azoteas
las cabras y algún ave de corral,
y allí nosotros encumbrados
sobre el gentío, encaramados
en uno de esos mundos
que conforman el nuestro, traspasando
las coordenadas de una apenas asumible
realidad.

Y te besé despacio, y transportado
a otras esferas, confirmé en el beso
mi certeza, ya vieja, de que había,
ajeno a éste, muchos otros mundos
—no ya en la misma órbita
de aquel que pululaba a nuestros pies—
que existían ocultos
en la humedad de tantos labios,
en la humedad doliente
de tantos ojos, más alta de situaciones
geográficas o costumbristas.

Y di en pensar si cuando un día esparzan
nuestras cenizas, no irá en ellas
pulverizado, alguno de esos mundos
que nuestros versos van creando;
como el que un día
creamos por las azoteas
de Jaipur[1].


[1] Rafael Guillén, Últimos poemas (Lo que nunca sabré decirte), Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2019, pp. 41-42.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Poemas para un acorde transitorio» (1992-1994) (3)

En «Lejana herida»[1] el poeta constata la presencia segura de la muerte (comienza así: «Callada y segura, / la muerte vendrá un día y segará / mis primaveras vírgenes»; más adelante insiste: «la muerte vendrá un día y arrancará mi vida»; «callada y segura» se repite anafóricamente otras tres veces, subrayando obsesivamente esa conciencia de la propia muerte). En efecto, la presencia de la muerte se hace total y abrumadora en este poema, una muerte que servirá para cerrar —¿en qué sentido?— «aquella lejana herida de mi noche fría».

«Pasión oculta», igual que un poema anterior, va dedicado «A mi nieto Guillermo Rivell Amadoz». El germen inspirador es el nacimiento de ese niño, en el que ve el poeta un símbolo de todo ser que nace y se abre a la vida, de toda creación; de ahí que nos hable de nuevos destinos, de misterio naciente, de creación sin límites (abundan las imágenes positivas en la construcción del poema: rosa, viento, luz…) y que se refiera luego al fruto de «la pasión que se esconde detrás de cada rosa que nace». Es, en suma, un canto a la vida engendradora de vida.

Planta naciendo

«Te ha llegado la noche de tus sueños» (esta frase del título se repetirá más adelante) lleva una dedicatoria a Jorge Guillén, y está compuesto en la circunstancia de su fallecimiento: «te ha cogido la hermana muerte y te ha llevado de la mano». El poeta pondera

la pluma viva y densa del viento alado de tus versos, palabras desnudas que como firmes acantilados quiebran tus poemas
y los elevan puntuales a la ágil danza de tus sueños;

[…]

ahí estás ya, florecido, primaveral y nuevo,
con el poema perfecto, vertical y cuajado entre tus labios,
llorando el gozo de la luz en la noche.

Después de su noche (su muerte), los lectores quedan «sedientos de tu canto», de su Cántico (título de la obra unitaria de Guillén, en un primer momento), de la emoción de su poesía, de «la fiebre callada y exacta de tu último poema».

«Caída luz en las verdes colinas (Para una invitación)» se dedica «A Belén y Arturo», compuesto por el poeta con motivo del enlace matrimonial de uno de sus hijos; es un poema «circunstancial», escrito para esas bodas, y son versos con sabor a canción epitalámica, que elogian el amor (equiparado a pascua de la luz, mañana, cielo azul, «escalada del destino / en crepúsculo luminoso de fe», etc.)[2].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Poemas para un acorde transitorio» (1992-1994) (2)

«Se hace simple la mente…»[1], que juega con la anáfora de «se hace», es una evocación de la muerte y de lo que hay —o, más bien aquí, no hay— tras ella: «Sopla el silencioso mar de la nada, […] se ha quedado dormida en su sueño inexistente. […] Se hace simple la mente / y ya no eres nada…». Algo más misterioso es «Ay, este cerrar mis ojos» («Ay» se repite anafóricamente en las cuatro estrofillas del poema). Habla la voz lírica de «volver mis ojos al río triste de la noche» (expresión que se repite); después se dirige a un tú femenino («iluminada y bella»), que bien podría referirse a la muerte.

Con «Poesía» (también glosado antes) volvemos al asunto del poder creacional de la palabra poética y la solidaridad humana. Destaca la anáfora de «así» y varios encabalgamientos abruptos, y por ello muy expresivos. Citemos el comienzo, donde apreciamos algunos ejemplos:

Así, en este mundo desconocido
e idéntico de los que sufren como
yo sufro, de los que viven y mueren
cual yo vivo y muero, así en este mundo
solitario, en el inmenso silencio
atravesado de la soledad
derramada, luciente
y fría…

Silla solitaria

El poeta es, por definición, un solitario: habla de «esta gelidez de las almas / solas» y dice que «mi alma / partida apenas llora»; apunta entonces la solidaridad del poeta con el que es como él solitario, con el que sufre:

Voy llorando contigo
que lloras, hermano, sin tú saberlo,
amando contigo esto
que tú amas.

Y concluye:

… esta parda
ceniza que en tu amor late, este beso
que, pendido de mis labios,
a ti me ofrece enteramente, a ti.

En «Recóndita vena» (este sintagma ya se había utilizado al final del canto XXIII de El libro de la creación) el yo lírico se dirige a un Tú, con mayúscula, que se hace importante, que lo es todo para él:

Ya sé que Tú eres
el aire puro que gravita y fija
mi centro. Sé que eres
el brillo de mis años
y la densidad de mis noches,
eres el final ya hecho
de esta emprendida
y aún no comenzada
carrera.

Y sé que estás conmigo
en vuelo perenne,
y que sobre mis lados
has de posar tu peso
de Dios humanado.

Aunque mi muerte
me robe, verdecida rosa tuya
ha de brindar perfume
que vitalice así mis huesos.

En ese constante movimiento pendular entre duda y fe a que nos tiene acostumbrados, el poeta se inclina ahora claramente por la trascendencia, por la confianza en ese Dios humanado que es Cristo (destaquemos, en el haber estilístico, la bella aliteración «posar tu peso» y la anáfora «Ya sé… Sé… Y sé…»).

«Rumores nocturnos» presenta una dedicatoria «A Guillermo Rivell Amadoz, pequeño niño»; se trata de un nieto, visto poéticamente como un «pequeño animal desnudo» de mirada franca, de «frágil y abierta sonrisa». El poema se carga en su primera parte de imágenes positivas: amanecer de pájaros, profundo mar, estrellas amantes, color inmarcesible de los besos castos, espuma, manantial, sonrisa, encanto, para ponderar la alegría de esa nueva vida que se abre a la vida, a «esta hegemonía de ser / entre tanta ventana abierta a lo imperfecto». Pese a su pequeñez, pese a su desnudez («y asomas como una creación balbuciente, impregnadora, / como un animal que camina manso y dulce sin espolearse»), el niño puede ser contemplado como un «rico vástago, capaz de mirar sin turbarte al Dios escondido». Se cierra con estos dos versos:

… te he visto en tu ausencia como si no tuvieras límites,
te he visto en la sombra dibujada de mi nuevo mundo[2].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Un poema de Rafael Guillén: «La huella»

El poeta Rafael Guillén (Granada, 1933-Granada, 2023) forma parte de la generación del 50. Su producción literaria está jalonada por diversos reconocimientos: en 1994 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por Los estados transparentes (1993) y en 2003 fue Premio de la Crítica Andaluza por Las edades del frío (2002). En 2011 la Asociación Colegial de Escritores de España le concedió el Premio de las Letras Andaluzas «Elio Antonio de Nebrija» por el conjunto de su obra literaria. En 2014 fue Premio Internacional Federico García Lorca. Una amplia selección de su obra quedó recogida en Estado de palabra (Antología 1956-2002), volumen editado por Francisco J. Peñas Bermejo (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2003). Otro libro antológico de sus poemas es Versos para los momentos perdidos (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2011). Además, se han publicado tres volúmenes de sus Obras Completas (Granada, Almed, 2010): dos de poesía y uno de narrativa y prosas varias[1]. Más recientemente han aparecido sus Últimos poemas (Lo que nunca sabré decirte) (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2019).

Rafael Guillén

Traigo hoy al blog, de esta última recopilación, su hermoso poema titulado «La huella»:

Todo lo bello deja un hueco
en el lugar en donde estuvo, como
queda la huella
de un cuadro en la pared en donde
permaneció colgado un tiempo.

Así, por donde pasas, vas dejando
sucesivas imágenes
que, aunque invisibles,
están ahí y que puedo
ver con los ojos del amor. Son como
migajas de hermosura,
pequeñas vibraciones
del aire, notas sueltas
de una canción que tal vez nunca
llegó a sonar.

Y no me esfuerzo en perseguir
una gozosa cercanía porque
el tacto es mucho menos
real que este saberte
presente en esta persistente huella,
ese consuelo que me dejas
cuando te vas, ese milagro
que no termina[2].


[1] El lector interesado encontrará más información sobre Rafael Guillén y su obra en su web.

[2] Rafael Guillén, Últimos poemas (Lo que nunca sabré decirte), Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2019, p. 17.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Poemas para un acorde transitorio» (1992-1994) (1)

Esta nueva entrega[1] insiste en ese cambio en el tratamiento de los temas poéticos con respecto a los primeros poemarios, en tanto en cuanto el poeta se sigue abriendo a un mundo nuevo de relaciones con los demás. El primer poema sirve para hacer balance, mira hacia el pasado, pero al mismo tiempo encara el futuro. Los que vienen después, otros diecisiete, son poemas bellos repletos de vivencias personales. Por lo demás, cabe destacar —de nuevo— la coherencia temática y de pensamiento que percibimos en todos los poemarios de José Luis Amadoz, los cuales se desarrollan en torno a unas pocas ideas nucleares que responden a unas mismas preocupaciones del autor. Por un lado, apreciamos que el poeta ha vuelto a caer en la noche fría, en la noche oscura (noche de la no fe, noche del miedo a lo desconocido tras la muerte): es el hombre que tiene la conciencia de su propia finitud y de la inexorabilidad de la muerte, en suma, el hombre que sigue caminando en medio de una aventura todavía irresuelta, en el permanente debate entre inmanencia y trascendencia (aunque aquí se acentuará ya el giro hacia la trascendencia).

Hombre frente a la noche estrellada

Se trata de un tema largamente transitado en la producción lírica de Amadoz, pero renovado aquí en los poemas dedicados al nacimiento de los nietos, que reiteran el milagro del hombre que nace al ser. Ahora el yo lírico se muestra alegre por la llegada de esos nietos, el poeta se siente rejuvenecido, recobra la ilusión al ver y sentir esas nuevas vidas que se abren al gran misterio de ser hombre, no exento de dolores y tristezas. El poeta cantará, gozoso, ese regalo de la vida, la heroicidad cotidiana de ser hombre, el largo camino que cada hombre, que todos los hombres deben recorrer. Y en ese contexto se manifestará extraordinariamente la sensibilidad del poeta, que desea ahora vivirlo todo, estar en todo y con todos… Por otra parte, encontraremos la idea de que la poesía, como acto de creación, «diviniza» (hay un par de composiciones dedicadas específicamente al quehacer poético).

«Todos y solo» se abre con un lema de Kierkegaard; el poeta se encuentra solo y desea «salir de sí y hablar de tú a todo»; es entonces cuando recuerda tardes otoñales, tardes viejas cargadas de nostalgias y, «casi feliz a ratos», se pregunta por «este destino que Dios sólo / conoce». El poema se cierra con la expresión de su conciencia de la muerte, pero también con el apunte —tímido— de la esperanza en una vida futura:

Con todos,
conmigo, con el gozo colmado
del sol de cada día, con este techo que me cubre,
todavía sin muerte,
y estas rosas crecidas
del jardín de la vida, con la entrega sobrada
que comúnmente nos hace la dicha,
con todo,
y, sin embargo, qué
solo, solo mirando
hacia lugares nuevos que presiento,
hacia parajes que reflejan vida plenamente,
libre de obscurecidas
apariencias, solo,
desgarrado, deseando
verlo todo, y amarlo todo con este
fuego tan hundido, desconocido,
solo, rasgado, en esta
mordedura sangrante
que a mí la vida me ha hecho
con todo.

«Emanación poética» (poema dividido en nueve secuencias numeradas en romanos) lleva un lema y dedicatoria a Antonio Machado y es un apóstrofe a la palabra, una reflexión sobre la creación poética que ya comentamos al trazar la poética de Amadoz[2].


[1] Poemario no publicado previamente de forma exenta, sino incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.