El libro séptimo[1], «La hija de Cervantes», nos sitúa en Valladolid a la altura de 1605. Nuestro protagonista vive amargado y sin esperanza, resignado a seguir con sus frecuentes comisiones de cobro de tercias y alcabalas. Doña Magdalena reside con su familia, como una hermana más. Grande de genio, pero olvidado por casi todos (únicamente el conde de Lemos y el cardenal de Toledo le socorren en sus necesidades, y eso solo de cuando en cuando), cada vez más enfermo de hidropesía, Cervantes tendrá el consuelo del éxito de la primera parte del Quijote, aunque también conocerá la envidia, los dardos de sus enemigos literarios, con Lope a la cabeza (ver las pp. 1191-1192) y el dolor de la aparición de la continuación apócrifa de Avellaneda (que en la novela se identifica con fray Luis Aliaga).
Sea como sea —y dejando de lado otras intrigas secundarias de personajes como María de Ceballos o Clara la tendera—, lo esencial en esta última parte de la novela es el cortejo que sufre su hija Isabel, ya de veinte años, por parte de dos galanes calaveras, don Hernando de Toledo y don Gaspar de Ezpeleta. Rivales en sus pretensiones amorosas, don Hernando dejará malherido de muerte a Ezpeleta a las puertas de la casa de Cervantes: el suceso se convierte en la comidilla de la ciudad, y el escritor y su familia pasarán una temporada en la cárcel de Valladolid. Nuestro héroe, que está cada vez más enfermo, cae en un estado febril y piensa que Dios lo castiga, en su honra y en su hija, por haber sido pecador. «El destino de Cervantes era luchar a brazo partido con la adversidad», sentencia el narrador (p. 1241). De ahí que sus últimas obras, pese a que el autor mantenga siempre su genio y su espíritu joven, destilen un poso de tristeza y melancolía. Todavía hay espacio para que, en el tramo final de la narración, aparezca un nuevo personaje, el joven escritor don Francisco de Quevedo, quien protege a doña Magdalena e Isabel del intento de rapto ordenado por el malvado don Hernando, ganándose con ello la confianza de Cervantes y haciéndose gran amigo de su familia[2]. Doña Magdalena y Miguel siguen manteniendo un casto amor espiritual, son ya como hermanos. Al final, ella e Isabel terminarán profesando como religiosas.

Restan tan solo para acabar la novela unas páginas a modo de «Conclusión» —divididas en 14 capitulillos de corta extensión—, donde se evocan brevemente los últimos tiempos de un Cervantes que, viejo, pobre, cansado y sin esperanza, logra publicar la segunda parte del Quijote y trabaja en medio de su enfermedad para intentar terminar, corriendo contra el tiempo, su Persiles. Por último, quien fuera el «regocijo de las musas» —se evoca el encuentro con un estudiante en su último viaje de Esquivias a Madrid, tal como se cuenta en el prólogo de su novela póstuma— recibe la extremaunción el 18 abril de 1616, firma al día siguiente —«Puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte»— la famosa dedicatoria a Lemos y muere, en fin, el sábado 23 de abril. «Aquel mismo día, y hay que notar esta circunstancia, murió el famoso poeta Guillermo Shakespeare» (p. 1299)[3].
[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.
[2] «La vida sin aventuras cansa», dice Quevedo (p. 1262). Y a las aventuras del satírico madrileño dedicará también Fernández y González varias de sus novelas, ofreciendo de él un retrato semejante al de Cervantes (valiente, noble, espadachín y pendenciero, etc.). Ver Carlos Mata Induráin, «Cervantes a lo folletinesco: El manco de Lepanto (1874), de Manuel Fernández y González», en Carlos Mata Induráin (ed.), Recreaciones quijotescas y cervantinas en la narrativa, Pamplona, Eunsa, 2013, p. 175.
[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Excesos, desmesuras y extravagancias en una novelesca recreación cervantina: El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra (c. 1876-1878) de Manuel Fernández y González», Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America, volume 42, number 1, Spring 2022, pp. 151-173. Hoy sabemos que Cervantes murió el 22, no el 23 de abril; y que la coincidencia de día de fallecimiento con Shakespeare tampoco fue tal, pues se usaban distintos calendarios en España y en Inglaterra.








