El conde de Villamediana en la ficción literaria

Resulta difícil, al acercarse a la figura y a la obra de Juan de Tassis y Peralta (Lisboa, h. 1582-Madrid, 1622), escapar al poderoso influjo de su leyenda[1], que lo ha convertido en prototipo de enamorados, en un nuevo Macías, patrón de todo idealismo amoroso. En Villamediana, vida, leyenda y poesía parecen querer darse la mano a cada instante[2]. Es más, el conde de Villamediana ha quedado convertido con mucha frecuencia en personaje de ficción —ya sea protagonista, ya secundario—, en obras literarias de los más variados géneros pues, en efecto, se le ha dado entrada en numerosas piezas narrativas (novelas y poesías narrativas) y teatrales, y también ha sido evocado, aunque en menos ocasiones y con otros enfoques, en el territorio de la poesía lírica. Ya Roberto Castrovido, en su artículo «El caso Villamediana» publicado en La Voz el 22 de mayo de 1928 (una reseña del conocido libro de Alonso Cortés), se refería a varios de los procesos de ficcionalización de la vida del noble poeta que conforman todo un «ciclo literario»:

En romances, coplas, dramas, comedias, novelas y novelones ha andado la leyenda de Villamediana, con sus amores reales, con el incendio que puso trágico remate a La Gloria de Niquea, con sus sátiras, con sus lances en el juego y en el amor, con sus ostentaciones en Nápoles, con sus destierros y con su horrible muerte, violenta, criminal y misteriosa. La historia política y la literaria han estudiado también la vida alegre y la muerte triste del poeta discípulo de Góngora. De él han escrito historias, romances, comedias, baladas, novelas, ensayos Céspedes y Meneses, Antonio Hurtado de Mendoza, el conde de Saldaña, Luis Vélez de Guevara, López de Haro, Patricio de la Escosura, Ángel Saavedra, duque de Rivas, Hartzenbusch (en su drama Vida por honra y en un discurso académico), D. Vicente Barrantes, Eguílaz, Antonio de Hurtado (no el de Mendoza, sino el de El haz de leña), Cotarelo y Dicenta (de cuya obra Son mis amores reales… dice D. Alonso Narciso Cortés que es innegablemente la mejor), Fernández y González, Orellana, San Martín, Diego San José, y el opúsculo que pone término al que podemos llamar ciclo literario, La muerte del conde de Villamediana, por Narciso Alonso Cortés (Valladolid, 1928), que hace la revelación y convierte en caso clínico al héroe de leyenda…[3]

El conde de Villamediana, de Emilio Cotarelo y Mori

Igualmente, el propio Narciso Alonso Cortés comentaba ese paso a la literatura de la figura del conde y sus célebres «amores reales»: «La literatura se apoderó de la gallarda y arrogante figura del conde de Villamediana, para llevarla a sus obras. ¿Había nada más propicio al interés que aquellos amores reales, con sus trágicas consecuencias?»[4]. Y, después de enumerar algunas de las piezas que inspiró, valora con estas palabras la aproximación a la figura del conde desde la narrativa romántica:

Muy numerosas son las novelas en que, con más o menos relieve, Villamediana ha salido a relucir. Fernández y González, Francisco J. Orellana, Antonio de San Martín y últimamente Diego San José, le han introducido en sendas novelas [cuyos títulos son, respectivamente, El Conde-Duque de Olivares, Quevedo, Aventuras de don Francisco de Quevedo y Villegas y El libro de horas]. En poder de los novelistas el conde es, por lo general, un personaje inverosímil y absurdo. Y no digamos nada cuando el relato, chabacano y torpe, va envuelto en una fabla que no se fabló nunca, cuyo principal resorte, entre inelegantes giros modernos que hacen aún más descabellado el intento, consiste en usar impropiamente tal cual palabra arcaica y en menudear la asimilación del pronombre (dalle, tomalle), o hacerle incorrectamente enclítico (el libro que trajéronme). Hay quien, como San Martín, describe a Villamediana de igual modo que si le estuviera viendo, con su «rostro ovalado, pelo castaño y abundante, ojos rasgados y negros, labio desdeñoso», etcétera, etc. El de Orellana, que lee también sonetos con acróstico, cae asesinado en presencia de una máscara con dominó (!), que no es sino el conde-duque de Olivares. En cambio, en la novela de Fernández y González es Quevedo quien asiste al asesinato y persigue al criminal hasta darle alcance; Villamediana no ama a la reina, y sólo por vanidad hace que la opinión pública le crea su amante, hasta el punto de que la misma doña Isabel es quien, indignada por esta conducta, autoriza la muerte. El Villamediana de Diego San José traiciona a un amigo, cría hijos con amas aldeanas, dice que «uno es el amor del corazón y otro el de la pretina», y hace que Lucinda, una dama muy mal hablada, apele a las eficacias de un abortivo[5].

Aunque no muchos, existen ya algunos acercamientos críticos a esta materia de la presencia del conde de Villamediana en la ficción literaria[6]. Yo mismo, en un par de trabajos anteriores[7], he analizado diversas recreaciones teatrales y narrativas, que van del Romanticismo a nuestros días, en las que interviene como personaje principal. Ahora (en sucesivas entradas) me propongo añadir un nuevo comentario, concretamente de una obra narrativa de principios del siglo XX: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José[8].


[1] «Villamediana, carne de leyenda» titula Felipe B. Pedraza Jiménez uno de los apartados de su prólogo a las Obras (Facsímil de la edición príncipe, Zaragoza, 1629) del conde (Aranjuez, Editorial Ara Iovis, 1986).

[2] Los trabajos de conjunto más importantes para el estudio de la figura y obra de Villamediana son los de Juan Eugenio Hartzenbusch, Discursos leídos ante la Real Academia en la recepción pública de don Francisco Cutanda, el 17 de marzo de 1861, Madrid, Rivadeneyra, 1861; Emilio Cotarelo y Mori, El conde de Villamediana. Estudio biográfico-crítico con varias poesías inéditas del mismo, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1886 (hay edición moderna: Madrid, Visor Libros, 2003); Narciso Alonso Cortés, La muerte del conde de Villamediana, Valladolid, Imprenta del Colegio Santiago, 1928; Juan Manuel Rozas, El conde de Villamediana. Bibliografía y contribución al estudio de sus textos, Madrid, CSIC, 1964; Luis Rosales, Pasión y muerte del conde de Villamediana, Madrid, Gredos, 1969; Luis Martínez de Merlo(ed.), El grupo poético de 1610. Villamediana y otros autores, Madrid, S. A. de Promoción y Ediciones / Club Internacional del Libro, 1986; Felipe B. Pedraza Jiménez, «Prólogo», en Conde de Villamediana, Obras (Facsímil de la edición príncipe, Zaragoza, 1629), Aranjuez, Editorial Ara Iovis, 1986, pp. vii-xliv; y los estudios de José Francisco Ruiz Casanova en sus ediciones de Poesía impresa completa (Madrid, Cátedra, 1990) y Poesía inédita completa (Madrid, Cátedra, 1994), entre otros.

[3] Roberto Castrovido, «El caso Villamediana», La Voz, 22 de mayo de 1928.

[4] Alonso Cortés, La muerte del conde de Villamediana, p. 29. En la edición de las Poesías de Juan de Tasis, conde de Villamediana de Madrid, Editora Nacional, 1944, a cargo de L. R. C., se habla de «su vida, confundida y entreverada con la leyenda» (s. p.). Ver, desde otras perspectivas, Pascual de Gayangos, «La Corte de Felipe III y aventuras del conde de Villamediana», Revista de España, julio-agosto de 1885, pp. 5-29; y Julio González Alcalde, «Juan de Tarsis, conde de Villamediana: una vida novelesca en el Madrid del siglo XVII», Pasea por Madrid: historia, turismo cultural y tiempo libre, 3, 2014, pp. 12-20.

[5] Alonso Cortés, La muerte del conde de Villamediana, pp. 41-42.

[6] Remito a José Antonio Rodríguez Martín, «Villamediana en la poesía decimonónica», en Homenaje a Pedro Sainz Rodríguez, vol. 2, Estudios de lengua y literatura, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1986, pp. 537-554; José Ángel Rodríguez Martín, «Villamediana, un clásico como fuente de inspiración contemporánea», Cuadernos para investigación de la literatura hispánica, 8, 1987, pp. 157-166; María del Carmen Rincón Martínez, «Juan de Tasis y el teatro del siglo XIX», Cuadernos para la investigación de la literatura hispánica, 8, 1987, pp. 123-130; González Alcalde, «Juan de Tarsis, conde de Villamediana: una vida novelesca en el Madrid del siglo XVII», cit.; Yasmina Reviriego, «La figura del conde de Villamediana convertida en personaje literario de la mano de escritores de los siglos XIX y XX», en su blog Viaje al desbordante barroco, febrero 29, 2016, <http://viajealdesbordantebarroco.blogspot.com.es/2016/02/la-figura-del-conde-de-villamediana.html&gt;; e Isabel Román Román, «El conde de Villamediana», en La mitificación del pasado español: reescrituras de figuras y leyendas en la literatura del siglo XIX, ed. Elizabeth Amann, Fernando Durán López, María José González Dávila, Alberto Romero Ferrer y Nettah Yoeli-Rimmer, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2018, pp. 159-172.

[7] Carlos Mata Induráin, «“La verdad del caso ha sido…”: la muerte del conde de Villamediana en cuatro recreaciones dramáticas (1837-2008)», en La hora de los asesinos: crónica negra del Siglo de Oro, ed. Ignacio Arellano y Gonzalo Santonja Gómez-Agero, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018, pp. 59-95; y «El conde de Villamediana desde la ficción literaria: cuatro calas en la novela histórica», Criticón, en prensa, donde ofrezco un listado —provisional— de estas recreaciones literarias villamedianescas que supera la treintena de títulos.

[8] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «El conde de Villamediana en la narrativa histórica española del siglo XX: Amoríos reales. Cómo y por qué murió Villamediana (1914), de Diego San José», en Juan Manuel Escudero Baztán y Rebeca Lázaro Niso, El hacedor de las musas. Homenaje al Prof. Francisco Domínguez Matito, Logroño, Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española), 2023, pp. 359-368.

Los personajes de «De la vida y el mar» (1999), de Íñigo de Miguel Beriáin (1)

Los personajes más destacados de la novela[1] son los de Ezan y sus dos hijos, Enneco y Joanes. A su alrededor se mueven otros personajes secundarios. Veamos:

Ezan es un montañés mezcla de poeta y soldado, un hombre independiente y un gran pensador[2], según lo define su amigo Juan Miguel, que llegó a cursar estudios en Toledo. Ezan se siente joven, pese a ser viejo, y para él no hay imposibles: «nada que no se intente se puede lograr» (p. 40), opina. Sin embargo, es un hombre triste, sombrío, lleno de pesar: hay algo en su interior que le atenaza el corazón. De joven creía que la felicidad podía retenerse eternamente, pero la vida le ha descubierto que no es así. Tras el asesinato de su esposa, Ezan decide unir su soledad con la de Freda, aunque ese matrimonio está mal visto entre su gente y por su propio hijo Joanes.

Enneco es el mayor de los hijos de Ezan y se caracteriza por la prudencia. Es una promesa para su pueblo: el sucesor natural de su padre como guía de los vascos. Enneco se casa con Amaia, hija del señor del valle de Aritza, aunque su experiencia vital le impide amarla: más bien se ha desposado para dar un descendiente que pueda sucederle como caudillo de su pueblo. Morirá en la batalla de Roncesvalles, siendo la víctima propiciatoria de la catarsis liberadora para su padre y su hermano pequeño.

Batalla de Roncesvalles

Joanes es el hermano menor de Enneco y, sin duda, el personaje central y más interesante de esta historia. A diferencia de Enneco, Joanes —crucificado por los francos— sí vio los cadáveres de su madre y de su hermana. Desde entonces, el odio y el deseo de venganza cegaron su corazón, vaciaron su ser y lo imposibilitaron para el amor: «Su dolor era tan intenso que no deseaba mirarme a mí, ni a Enneco, ni a nadie que hubiera amado anteriormente sólo por el temor de que sentir amor hacia alguien menguara su odio» (p. 193), señala Ezan. Joanes se refugió solo en su hermano, porque necesitaba el olvido para tratar de borrar el pasado, explica Freda (p. 193). El joven se convirtió en un ser oscuro y taciturno, separado del mundo por un abismo de tristeza. Se entrena para la lucha, como una forma de canalizar su furia, y va al norte, con los francos, llegando a convertirse en el líder de los exploradores del emperador Carlos. Joanes es un volcán de sentimientos en erupción que tiene la fuerza de la locura. Como explica Nerea, «Sólo Joanes puede salvar a Joanes» (p. 207). Ahora que se acerca una gran batalla entre vascones y francos, el muchacho tiene la oportunidad de completar su venganza (consistente en matar a todos los que participaron en el ataque a su casa). Nerea teme que Joanes culmine esa venganza: desea que alcance la paz, pero no cree que el asesinato de todos los culpables se la pueda devolver: al contrario, solo servirá para acentuar su locura. Por eso desea llevarlo al bosque, único lugar donde podría volver a ser feliz: Nerea quiere aprovechar su locura (Joanes oye en el bosque las voces de su madre y de su hermana) para hacerle creer que es un elegido de Dios y que ya no puede vivir entre los hombres.

Joanes ha regresado a la tierra de sus padres, después de unos años de ausencia, precisamente para prevenir a su gente del grave peligro que se cierne sobre el país de los vascos. Endurecido por la vida, Joanes tiene un brillo de odio en los ojos, es una letal máquina de combate. En la entrevista con los ancianos se muestra violento, los insulta, los llama ofuscados y cobardes, así que Miguel, el más poderoso de los señores vascos, lo expulsa del Consejo. Joanes les avisa de lo que se les viene encima: en primavera verán cumplidas sus predicciones. El narrador comenta:

Creo que con ese último gesto Joanes sembró la semilla de lo que le sobrevendría en el futuro. Si en el momento en que montó su caballo para salir pesaroso de los dominios de Ezan hubiera sabido lo que iba a suceder, probablemente nunca lo hubiera hecho. Habría huido lejos de allí y nada de lo que sucedió después hubiera llegado a producirse. Pero todos los que conocieron a Joanes dicen que no podía evitarlo; la mala fortuna se posaba de continuo en la rama en la que anidaba Joanes del Lindux y a él nunca le tocaba pero acababa destrozando a los que le rodeaban. Por eso todos los que vivieron aquellos tiempos dicen que lo que ocurrió después estaba predestinado a suceder (p. 96).

Solitario y testarudo, Joanes sigue su búsqueda sin término. Inconsciente, en sueños, escucha una cálida voz de mujer que le pide que olvide las viejas heridas. Cuando despierta del sopor, una anciana mujer —Nerea, la Sorgiñe— le explica que su búsqueda ha concluido: él está enfermo, no del cuerpo, sino de la mente, y ella sola no puede curarlo: «Es demasiado tarde» (p. 149). Solo puede curarlo su padre, a quien Joanes no odia, en realidad, aunque siga aislado de él por una barrera de resentimiento. En cualquier caso, le advierte Nerea, está cerca el día en que deseará recuperar a su padre. Cuando consulta a la Sorgiñe, ella le responde: «¿Qué interés puede tener para ti saber tu futuro si ni siquiera has podido asimilar tu pasado?» (p. 158). La réplica de Joanes es: «Necesito saber si mi futuro me librará de mi pasado» (p. 158). Pero solo depende de él poder convivir con su pasado, y así le dice la anciana:

¿Cómo quieres que adivine lo que ni siquiera existe? No hay destino, Joanes, el futuro lo hacemos nosotros. Por eso somos libres. Si yo puedo anticipar algunas cosas que más tarde suceden es únicamente porque utilizo el menos común de los sentidos, no porque una suerte de revelación divina me lo aclare (p. 159).

Él puede elegir: durante años, ha convivido con el odio, y ese odio acabará con él. Busca justicia, dice el joven, y teme no poder acabar lo que un día empezó: su único objetivo, insiste, es castigar a los asesinos de las personas que más amaba. Pero Nerea le hace ver que quizá, al culminar su venganza, el vacío inunde su vida; y que tal vez su justicia arrastrará a la perdición a otros[3].


[1] Íñigo de Miguel Beriáin, De la vida y el mar, Vitoria, Ecopublic Ediciones, 1999.

[2] Para la caracterización de Ezan, remito a las pp. 52-53.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Ecos literarios de la batalla de Roncesvalles: De la vida y el mar (1999), de Íñigo de Miguel Beriáin», en Enrique Banús y Beatriz Elío (eds.), Actas del VII Congreso «Cultura Europea». Pamplona, 23-26 de octubre de 2002, Pamplona, Centro de Estudios Europeos (Universidad de Navarra) / Thomson / Aranzadi, 2005, pp. 1373-1381.

«De la vida y el mar» (1999), de Íñigo de Miguel Beriáin: argumento, narrador y estructura

La desgracia familiar de la que arrancan todos los males del trío de protagonistas (cuyos detalles no se nos cuentan hasta bien avanzada la novela[1]: desde los primeros capítulos, el lector adivina la existencia de una historia trágica ocurrida en el pasado, pero esta no se revela en su totalidad hasta más adelante[2]) se puede resumir así: un clérigo y cuatro soldados francos, en una incursión en tierra de los vascones, violan y matan a Claudia, la esposa de Ezan, y a su hija Alai, al tiempo que crucifican al pequeño Joanes; este, que desde entonces solo vive para la venganza, hace responsable de la desgracia a su padre por no haber estado en la casa para defenderlos (en el momento del ataque, Ezan estaba en el sur, junto con su hijo Enneco); además, Joanes tampoco le perdona la traición de haberse vuelto a casar después (con Freda, una noble goda). Ese hecho luctuoso del pasado condiciona por completo la vida de los protagonistas y motiva todas sus palabras y acciones.

Guerreros francos

Unas líneas preliminares nos indican que el narrador de la novela es Pedro, obispo de Iruña (hijo de Ezan y Freda), que escribe a posteriori lo que sucedió en torno al año 777, según las noticias que ha podido recabar de unos y otros:

Algunas veces, creo que cada cierto periodo de años, surgen de entre los rincones de la Historia personas que por su carisma se transportan más allá de su propia época y por los acontecimientos que les toca vivir se convierten en leyendas que nunca mueren realmente. Yo tuve la suerte de conocer a algunas de estas personas. Por eso, antes de que Dios me lleve a su lado, he decidido narrar en este escrito los extraordinarios sucesos que tuvieron lugar en el país de los vascos, en torno al año 777 de Nuestro Señor Jesucristo, tal y como me fueron narrados por mi madre, Freda, Miguel de Aritza, mi antecesor en el cargo de obispo de Iruña, y muchas más gentes que asistieron a dichos sucesos. Pedro, obispo de Iruña[3].

La acción de la novela comienza en el año 711, con la derrota de los godos en el Guadalete (con un capítulo primero que tiene carácter preliminar, explicativo de la situación histórica que va a servir de fondo); pero ya en el capítulo II se da un salto cronológico que nos lleva hasta el año 777. El orden de la narración es lineal, aunque con frecuentes saltos atrás para recuperar fragmentos del pasado, sobre todo a través de diálogos entre los distintos personajes[4].


[1] Íñigo de Miguel Beriáin, De la vida y el mar, Vitoria, Ecopublic Ediciones, 1999.

[2] Ezan refiere a Freda la historia de su desgracia familiar, que juró no contar, en las pp. 191 y ss.

[3] Esa primera persona narradora —Pedro, confiado al cuidado de Juan Miguel— irrumpe continuamente en el relato, con expresiones del tipo: «Yo aún recuerdo…» (p. 19), «… por lo que yo sé de él» (p. 40), etc.

[4] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Ecos literarios de la batalla de Roncesvalles: De la vida y el mar (1999), de Íñigo de Miguel Beriáin», en Enrique Banús y Beatriz Elío (eds.), Actas del VII Congreso «Cultura Europea». Pamplona, 23-26 de octubre de 2002, Pamplona, Centro de Estudios Europeos (Universidad de Navarra) / Thomson / Aranzadi, 2005, pp. 1373-1381.

Ecos literarios de la batalla de Roncesvalles: «De la vida y el mar» (1999), de Íñigo de Miguel Beriáin

Roncesvalles es, sin duda alguna, uno de los topónimos europeos que despierta mayores reminiscencias de historia, de leyenda y de poesía. Como ha escrito Jaime del Burgo, «Juglares y poetas, artistas y mazoneros, historiadores y novelistas de ficción, han dejado en torno a su grandeza los más bellos cantos en prosa, en verso y en piedra»[1]. Desde la Chanson de Roland hasta novelas de nuestros días, pasando por multitud de romances y leyendas históricas en prosa, el aliento épico de aquella batalla del año 778, en que fuera sorprendida la retaguardia del ejército de Carlomagno, ha inspirado a numerosos literatos. Hoy (y en próximas entradas) voy a referirme a una novela que vuelve sobre este tema, De la vida y el mar (Vitoria, Ecopublic Ediciones, 1999), de Íñigo de Miguel Beriáin[2], obra que tiene como fondo histórico el enfrentamiento de vascones y francos en el siglo VIII.

Cubierta del libro: De la vida y el mar (Vitoria, Ecopublic Ediciones, 1999), de Íñigo de Miguel Beriáin

Esta novela, en cuya construcción se aprecian algunos patrones típicos de la novela histórica romántica (personajes-tipo como la curandera-bruja Nerea o el villano Arnoldo, el recurso a los disfraces[3]…), recuerda temáticamente dos anteriores, Amaya (1879) de Francisco Navarro Villoslada y Jaizki el proscrito (1960) de Luis del Campo, en las que también se ofrecía una visión idealizada de los vascones, amantes de su independencia y apegados a las costumbres de su pasado milenario, con inclusión de referencias a distintas leyendas y personajes de su mitología. No puedo detenerme ahora en el análisis detallado de esos puntos de contacto. Baste con recordar que en la novela de Íñigo de Miguel la primera persona narradora venera el recuerdo de Ezan, un vasco casado con una goda, algo similar a lo que sucede en Amaya, donde Ranimiro, caudillo godo, se casa con Lorea, mujer vasca; la intervención de la Sorgiñe o bruja ante el Consejo de Ancianos incitando a los vascos a la pelea cumple una función similar a la de Amagoya en Amaya, en idénticas circunstancias (igual que Amagoya, Nerea inspira un temor supersticioso y el pueblo la respeta). Otro punto importante en que coinciden ambas novelas es la idea de que los vascos, que hasta ese momento han vivido organizados en tribus independientes, necesitan unirse —y, más concretamente, unirse en la Cruz— y tener un caudillo único para seguir sobreviviendo. Del hijo que espera Freda se dice que, si es niño, será el rey del nuevo reino que va a surgir, mientras que, si es niña, será madre de quien lo sea, y una profecía similar hay en Amaya[4]. Por otra parte, la presencia del vasco que ha tenido que marcharse de su tierra, pero que, llevado por el amor a su pueblo, vuelve para avisar a los suyos de que les amenaza un gran peligro, es algo que emparenta a De la vida y el mar con Jaizki el proscrito (si Jaizki regresa siendo general de las legiones romanas, Joanes vuelve como capitán del ejército imperial franco).

En cualquier caso, pese a estas coincidencias temáticas y constructivas con novelas anteriores, hay que señalar que la obra de Íñigo de Miguel es una novela histórica original y peculiar, sobre todo por una circunstancia novedosa: los personajes mantienen diálogos de un tono que pudiéramos calificar como «filosófico», con abundantes reflexiones en sus réplicas acerca de la vida, el paso del tiempo, la felicidad y la desgracia, el amor y el odio… De la vida y el mar es la historia «existencialista» de unos personajes (Ezan y sus hijos Enneco y Joanes) que, atormentados por los fantasmas del pasado (la destrucción del núcleo familiar a manos de los francos), han quedado incapacitados para amar: y es que sus enemigos no solo les arrebataron violentamente a sus seres queridos, sino también la posibilidad de vivir una vida feliz. Únicamente tras cumplirse su venganza en la batalla de Roncesvalles, en la que morirá Enneco, se produce la catarsis liberadora para Ezan y Joanes[5].


[1] Jaime del Burgo, Navarra, 2.ª ed., Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1978, p. 97.

[2] Nacido en Pamplona en 1972, es licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad de Navarra y en Derecho por la UNED. Es también doctor europeo en Derecho y doctor en Filosofía. Además, cursó estudios de Psicología, al tiempo que ejercía la abogacía. Actualmente ocupa un puesto de investigador distinguido en el Grupo de Investigación de la Cátedra de Derecho y Genoma Humano del Departamento de Derecho Público e Ikerbasque Research Professor de la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Universitatea (UPV / EHU). En esta su primera novela mezcla sus conocimientos en todos esos campos citados y su profundo amor a la historia medieval.

[3] Así, en el capítulo V encontramos cinco jinetes vascos vestidos con ropas francas.

[4] Y hay otras coincidencias en detalles menores: todos los líderes están en la boda, como sucede en Amaya en la boda de Teodosio; se insertan bromas sobre la abundancia de la comida y la bebida; la figura de Miguel, señor de Aritza, recuerda la de Miguel de Goñi, etc.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Ecos literarios de la batalla de Roncesvalles: De la vida y el mar (1999), de Íñigo de Miguel Beriáin», en Enrique Banús y Beatriz Elío (eds.), Actas del VII Congreso «Cultura Europea». Pamplona, 23-26 de octubre de 2002, Pamplona, Centro de Estudios Europeos (Universidad de Navarra) / Thomson / Aranzadi, 2005, pp. 1373-1381.

Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri: final

La primera característica que podemos destacar tras este acercamiento a las tres primeras novelas históricas de Ángeles de Irisarri es la mezcla de la rigurosidad y veracidad históricas con un planteamiento esencialmente humorístico. Todas sus obras constituyen miradas desenfadadas a épocas y personajes del pasado geográficamente más cercano a la escritora (se inspira preferentemente en sucesos de la historia de Navarra, Aragón y Cataluña). Tienen en común su punto de partida en situaciones disparatadas, raras, extrañas, poco habituales, a menudo grotescas: una corajuda reina viuda que hace un viaje de cientos de kilómetros acompañando a su nieto craso y a su hijo melancólico en una torre de asalto; un monje de San Juan de la Peña que durante varias décadas sube a lo alto de una atalaya para otear las estrellas y esperar la venida de un cometa; una anciana condesa que recorre su territorio encerrada en un baúl, con otro cortejo de baúles similares para sus damas, y que desea llegar a la isla de Avalón para lograr la inmortalidad, etc., etc. Ese presentar los hechos y personajes históricos pasados pasados por el tamiz del humor proporciona a la narrativa de Ángeles de Irisarri una nota de originalidad y frescura que se echa en falta en otras piezas del mismo subgénero.

Ángeles de Irisarri

Ahora bien, esa mirada desenfadada no resta un ápice a la cuidada ambientación histórica de sus relatos. Por supuesto, muchos de los personajes y parte de las acciones narradas pertenecen al territorio de la ficción; pero el marco general que les sirve de fondo es muy cuidado y los datos históricos que van salpicando las páginas de las tres novelas permiten al lector hacerse una idea muy acertada de la época evocada. Más que la gran historia, más que los nombres de los reyes y caudillos, de las batallas decisivas, lo que importa aquí es la exactitud del detalle, la minuciosa captación de la vida cotidiana: la comida, el vestido, los usos y costumbres de las gentes, las modas, etc.

Otros rasgos destacados son la presencia en todas sus novelas de algún elemento sobrenatural y el acabado retrato de mujeres fuertes (Toda, Ermessenda), así como la reflexión sobre el papel de la mujer en aquellos lejanos tiempos del medioevo. Desde el punto de vista narrativo, las novelas históricas de Ángeles de Irisarri se caracterizan por su sencillez constructiva y de técnicas estructurales: narrador omnisciente, linealidad cronológica; en Ermessenda hay ciertos apuntes de perspectivismo narrativo, pero no es el experimentalismo lo que más importa en estas obras (sí lo será en mayor medida en otra novela de la autora, El año de la inmortalidad). En suma, su humor desbordante y su extraordinario manejo de la historia son los dos ingredientes básicos que confieren originalidad a las novelas históricas de esta escritora aragonesa que, de seguro, seguirá sorprendiéndonos gratamente con nuevas y amenas obras literarias[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

«El estrellero de San Juan de la Peña» (1992) y «Ermessenda, condesa de Barcelona» (1994) de Ángeles de Irisarri

No puedo detenerme demasiado en el comentario de las dos novelas históricas siguientes de Ángeles de Irisarri, El estrellero de San Juan de la Peña (Zaragoza, Mira, 1992) y Ermessenda, condesa de Barcelona (Barcelona, Lumen, 1994). Por lo demás, sus características técnicas y estructurales son muy similares a las de Toda, reina de Navarra. En ambas encontramos el mismo dominio del entramado histórico y la misma partida de situaciones grotescas o, cuando menos, inusuales: en El estrellero, el protagonista es un monje destinado al monasterio pinatense, Aimerico de Thomières, que pasa varios años de su vida esperando la llegada de un cometa (el Halley, documentado en el año 1066). Esta circunstancia le permite conocer a otros sabios extranjeros, que le visitan en su rincón del Pirineo de Huesca y exponen sus ideas sobre los más variados asuntos. Juntos tendrán ocasión de reflexionar sobre la llegada del extraño hombre que camina hacia atrás, en un intento de remontarse a sus desconocidos orígenes.

Cubierta del libro El estrellero de San Juan de la Peña, de Ángeles de Irisarri

La acción de la otra novela, Ermessenda, ambientada en los albores del siglo XI, comienza el día de la boda del conde Ramón Berenguer y la bella doña Almodis. Por esta belleza el magnate ha repudiado a su esposa doña Blanca que —se insiste varias veces en ello— «no era buena para la cama». El primer párrafo resume bien el planteamiento ridículo, casi bufo, del que se parte:

Apenas el cortejo de bodas de don Ramón Berenguer y doña Almodis había atravesado el portón grande del palacio condal, ya corría el rumor, por toda Barcelona, de que doña Ermessenda, la ancianísima abuela del contrayente, enojada hasta la sinrazón, había vaciado un viejo baúl y, tras esparcir los ricos trajes que contenía por la cámara, se había introducido en él para vivir el resto de sus días, sin dejar de gritar, desde que supo de la llegada de los esposos, que no vería jamás a doña Almodis pues que era puta sabida (p. 11).

El planteamiento es muy similar al de El viaje de la reina, y toma asimismo como punto de arranque una situación ridícula: una anciana que ha detentado el poder y que se resiste a dejarlo inicia una protesta que consiste en encerrarse con sus damas en un arcón y recorrer el territorio catalán en tan extravagante medio de locomoción, cual nuevo Diógenes femenino metido en su tonel. El narrador nos da pistas sobre el carácter excéntrico de la situación al hablar de «aquel palacio, donde todo parecía locura» y de «aquel dislate» (p. 19). Toda la novela, formada por treinta secuencias narrativas, sin numeración, más una última que funciona a modo de epílogo, es una sucesión de episodios divertidos, cuando no delirantes. La obra se cierra con una «Nota de la autora» en la que explica que los hechos narrados en su novela ocurrieron en un periodo que abarca entre siete y ocho años, pero que por licencia literaria los ha reducido a diez meses, concentrando temporalmente los acontecimientos.

También en este texto aporta Ángeles de Irisarri algunas ideas sobre la condición femenina, por ejemplo, se aboga por la igualdad de derechos de hombres y mujeres: «… salvo en las cosas de la guerra, reflexionaba Ermessenda, tanto es el hombre como la mujer en el sostén del mundo» (p. 54)[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

«Toda, reina de Navarra» (1991) / «El viaje de la reina» (1996) de Ángeles de Irisarri (y 6)

Otro aspecto presente en la novela[1] que me interesa destacar ahora es la introducción de reflexiones sobre el papel de la mujer en aquella época pasada. Suelen ser comentarios, puestos en boca de distintos personajes que expresan sus opiniones sobre el amor[2]. Así, en la p. 112, a propósito del enamoramiento de doña Lambra, se defiende que la mujer, si ha de casarse, debe poder elegir a su esposo, a la persona con la que va a compartir su vida. Además, la función de la mujer no ha de consistir tan solo en traer hijos al mundo (p. 113). La princesa Wallada habla contra los hombres y las costumbres musulmanas y expone la situación de la mujer (puede leerse su alegato «feminista» en las pp. 228-230).

Mujeres en una miniatura medieval

Comentaba en una entrada anterior que el humor es una característica esencial en las obras de Ángeles de Irisarri. Aquí está presente desde la situación de partida, el descabellado viaje que emprenden una anciana viuda y dos reyes un tanto sui generis, uno gordo y destronado y otro consumido y melancólico, a bordo de una pesada torre de asalto. Pero el elemento humorístico aparece aquí y allá en forma de anécdotas breves. Por ejemplo, al hablar del encierro de toros en Pamplona, se alude a los apuros del obispo don Arias, perseguido por un astado suelto (p. 222). Al contarse la historia del prisionero Berenguer de Orri, engañado por su esposa, se apunta con sorna «que ser cautivo y cornudo es demasía para un buen cristiano y hombre de honor» (p. 225). El conjunto de esta peculiar novela histórica es una sucesión de lances y peripecias que hacen muy divertida su lectura, y su tono está cercano, en ocasiones, a lo absurdo y lo grotesco[3].


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.

[2] Véase esta definición del amor: «Mira, hija, el amor, a mi ver, es como un embargo del corazón… El corazón amante rechaza todas las cosas que no tienen relación con la amada o el amado, y todo se considera banal y sólo existe el amado… y un penar sin motivo ni razón y un ansia se apodera del amador, que no vive y, a veces, pierde el seso…» (p. 252).

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

«Toda, reina de Navarra» (1991) / «El viaje de la reina» (1996) de Ángeles de Irisarri (5)

En cuanto a la base histórica de la novela[1], hay que decir que el pretexto de la narración responde a la realidad: el viaje a Córdoba para curar a Sancho el Craso queda consignado en las crónicas, así como la firma del tratado entre Toda y el califa musulmán, su sobrino Abderramán III: los cristianos acuerdan la entrega de diez de sus castillos en la frontera del Duero y se comprometen a un pacto de no agresión en las fronteras de Navarra a León, lo que supone en el fondo un acto de homenaje y un reconocimiento de la superioridad política y guerrera del califa. A cambio, este les proporciona un formidable ejército para recuperar el reino de León. Pero además de ese fondo real, diversos datos históricos van salpicando las páginas de la novela: hay alusiones al conde Fernán González de Castilla, a la segunda batalla de Simancas, a los siete infantes de Lara, a una hija natural de Sancho Garcés, a la rivalidad entre Pamplona y Nájera, a las hijas de Toda (Urraca, Oneca, Sancha y Velasquita), a los Aristas y Jimenos, hacedores del reino de Pamplona-Navarra… Se aportan datos sobre los judíos en Navarra y se recuerda la batalla de Alhándega, en la que Toda derrotó a Abderramán, tomándole el Alcorán y su armadura.

Abderramán III, primer califa omeya de Córdoba (929-961)
Abderramán III, primer​ califa omeya de Córdoba (929-961)

La novela nos describe a la perfección diversas costumbres y usos sociales de la época, en suma, es un buen retrato de la vida intrahistórica de aquellos tiempos pasados: la prueba caldaria, la importancia de los agüeros, las creencias y supersticiones populares, la importancia de las reliquias, verdaderas o falsas. Encontramos además la presencia de algunos elementos sobrenaturales, circunstancia habitual en las novelas históricas de Ángeles de Irisarri: el caballo de don Lope se encabrita al ver a una sirena o hada que se convierte en ave rapaz; Andregoto de Galancián, conocida como la Hija del Viento, hace que un huracán se levante a su alrededor cuando monta a caballo (se dice que nació de una diablesa, cfr. pp. 77-78); para Elvira, los lobos que les han atacado son diablos; Beppo de Arlés, un mercenario, extiende el descontento entre la tropa asegurando que se trata de un viaje maldito, aprovechando ideas que hablan de la destrucción del mundo coincidiendo con el fin del milenio (p. 139); ya cerca de Córdoba encuentran una olla que contiene un genio (pp. 180-181); García ve el espíritu de su hermana Urraca, que le afirma que Aamar era un escapado del infierno… Además, todos los presagios de la adivina Hasfa se cumplen: «Mi bola me muestra un regreso sin penas y penas al regreso…» (p. 283); dice a Toda que tenga cuidado con las escaleras, y morirá al rodar por unas; a don Sancho que se guarde de las manzanas, y será envenenado con ellas; a Elvira que será reina pronto y a Al Hakam, que será señor del mundo, como así sucederá.

La reconstrucción arqueológica de la época novelada se nota igualmente en la minuciosa mención o descripción de comidas (cfr. pp. 30, 54, 130, 204, 222-223) y de vestidos (por ejemplo el de Toda, p. 209, o el de García, pp. 209-210). De gran sabor arqueológico es toda la descripción de Al-Ándalus (la tierra rica con sus regadíos) y de la ciudad de Córdoba: el Palacio de la Noria, el de Medina Azahara, el bullicio de sus calles. Otros detalles que añaden verosimilitud son la datación cronológica por la era o la mención de los títulos de los reyes en latín: «Ego, Tota, regina». Desde el punto de vista lingüístico, la verosimilitud buscada por la autora queda reforzada por la inclusión de varios arcaísmos, léxicos o morfo-sintácticos: ‘dónde’, los mis señores, asaz + adjetivo, se diz, deste tiempo, asonar ‘cantar’, a fuer de, la mi señora, non, dellos, sondormidos, serénese el caballero, no me traigas penas más, e di, yantar, non habéis buenas cocineras, ansí, albenda ‘enseña’, item más, mesmo, ovieron, della, mesmamente, si has mucho dolor, la color, damos creencia ‘creemos’, a la su diestra, fizo nenguno, acontentar, la mala color, la honor ‘la tenencia de un castillo’, añudarle, se fincaba preñada, malquerente, congosto ‘estrecho’, mis llamados, desfacer el agravio, facen, enfuriar ‘enfurecer’, complugo

Como ya indiqué, Ángeles de Irisarri añade al final un par de páginas bajo el rótulo de «Verdades y mentiras de El viaje de la reina» (pp. 347-348) donde explica la parte de realidad y la parte de ficción que hay en su novela. Dice que el hecho del viaje es cierto, y que la ruta que ella describe «posiblemente coincida en parte con la realidad». La descripción de Pamplona, concentrada en el primer capítulo, es imaginaria, mientras que todo lo relacionado con la ciudad de Córdoba y el palacio de Medina Azahara se ajusta a lo que se sabe. «La vida cotidiana y los actos de corte que hemos narrado también son auténticos» (p. 348); por ejemplo, el contraste entre la pobreza de los reinos cristianos y la riqueza del islam. En cuanto a los personajes, asegura la autora:

Son verdaderos los personajes de reyes y reinas, infantes e infantas y algunos condes, obispos, abades y abadesas. El resto, las damas de la reina Toda, los alféreces, la gente de tropa y las criadas, son inventados, aunque hemos tratado de crear tipos ajustados a la realidad social relatada. Y no dudamos que las auténticas camareras de la reina Toda fueron parecidas, porque semejante reina no podía tener otras damas. Doña Andregoto de don Galancián y doña Gaudelia Téllez de Sisamón también son fabulación, y es pena.

En cambio, de los personajes moros «son todos verdaderos, hombres y mujeres, principales y menudos» (p. 348), y están atestiguados por la historiografía musulmana. Como curiosidades, indica que no hay noticia del almajaneque ni del memorial de doña Gaudelia, claro[2].


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

«Toda, reina de Navarra» (1991) / «El viaje de la reina» (1996) de Ángeles de Irisarri (4)

Los otros dos personajes más destacados de la novela[1] son don García y don Sancho, hijo y nieto, respectivamente, de doña Toda. García es un personaje ridículo que se encierra durante todo el viaje en la torre de asalto y llora la tristeza que le causa la ausencia de su esposa Teresa, que es «la mujer más hermosa y dulce de Navarra entera» (p. 41). Durante todo el viaje permanece en la atalaya de la torre mirando con dirección a Pamplona, y no desciende en ninguno de los pueblos y castillos del camino. En un determinado momento, enfurece y arroja varios objetos desde la torre; todo ello porque Elvira y Andregoto le han ganado a las tablas[2]. Cuando recibe una carta de Pamplona, queda de nuevo sumergido en las penas de amor, y lleva la misiva colgada del cuello hasta que casi se deshace por la humedad del sudor. García trata de consolarse acudiendo a un burdel para acostarse con una morica, pero entonces le sobreviene una visión de Teresa y vuelve a caer en el estado de profunda melancolía que le caracteriza durante todo el viaje.

El retrato de Sancho el Craso es menos intenso. Y aunque el viaje se realiza para curar su obesidad —y es, por tanto, la excusa para su relato—, queda en un segundo plano de importancia. Al final Sancho es curado por el médico judío Hasday, quien le hace perder setenta arrobas pamplonesas (la mitad de su volumen corporal) por el expeditivo medio consistente en coserle la boca y darle de comer tan solo alimentos líquidos. Tras este tratamiento de choque sigue siendo un hombre recio, pero ya no obeso. No solo cambia físicamente, sino también en su carácter: deja de ser taciturno e indolente para convertirse en animado y hablador.

Sancho I de León, el Craso
Sancho I de León, el Craso

La novela está poblada además por un sinnúmero de personajes, más o menos episódicos. En efecto, su censo es muy extenso: Ebla de Lizarra, la cocinera de la expedición; Munio Fernández, el despensero; Garci García, el agorador; Nuño Fernández, el abanderado; don Lope Díaz, el alférez real; don Gómez Assuero, el gobernador de Pamplona; el obispo don Arias; Martín Francés, el dinerero; Boneta, Adosinda, Alhambra (o Lambra) y Nunila, las damas de doña Toda; don Abaniano, preste de la expedición; Galid, capitán de la compañía mora que les acompaña; Hasday, médico judío; doña Elvira, monja leonesa, y doña Nuña de Xinzo, priora del convento de San Salvador; la niña Sancha, encontrada a orillas del Ebro; Aamar y su escudero Glauco; Munda de Aizgorri, la costurera que corta un traje a la reina; la monja leonesa doña Ermisenda; Al Katal, caid moro de Guadalajara; Aura de Larumbe, una «puta sabida» que al final pide permiso para quedarse en Córdoba y casar con un mercader; Lulu-al-Guru, rector de los baños del castillo de Castra Julia; la mora Aixa, esclava entregada a «doña Toya» (así pronuncian los árabes el nombre de la anciana navarra); don Florio, obispo de Oviedo; don Rodrigo, joven clérigo; Chaafar, jefe de la guardia del califa; Abd-ar-Rahmán Al Nasir (Abderramán III), sus hijas Wallada y Zulema y el príncipe heredero Al-Hakam; Berenguer de Orri y Ferrante de Aramunt, condes liberados por Abderramán; Zoraida, favorita negra de Chaafar; Farah ben Haz, la regente del hospital de locos de Córdoba; Gaudiosa y su hombre Mimo Ordóñez, etc.[3]


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.

[2] Toda, que sabe cómo manejar a su hijo, las reprende diciéndoles que deberían haberse dejado ganar; y es que sólo ella «era quien conocía los interiores de su hijo, de palacio y del reino todo» (p. 84).

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

A vueltas con la «lanza en astillero» de Alonso Quijano / don Quijote

Estos días vuelve a estar de actualidad el supuesto «enigma filológico» de la «lanza en astillero» de Alonso Quijano / don Quijote de la Mancha («… no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua…», Don Quijote, I, 1), que habría quedado resuelto por el archivero e investigador José Cabello Núñez, con una explicación adoptada por Andrés Trapiello en su más reciente versión al español actual del Quijote, como ʻlanza a punto de ser usadaʼ y, por tanto, «lanza en ristre». En la nota de prensa difundida por la agencia EFE el pasado 8 de agosto, firmada por Alfredo Valenzuela («Archivero resuelve el enigma filológico de “lanza en astillero” del principio del Quijote»), y replicadada después en varios medios, leemos:

El malentendido con el significado de «en astillero» tardó en resolverse porque es una expresión que no registra el Diccionario de Autoridades. Y, como explica el propio Trapiello con cierta ironía en el prólogo a la última edición de su traducción, publicada este año, él mismo se fió de las notas de los filólogos que aseguraban que «astillero» era un armero para guardar astiles y armas. «Algunos de esos filólogos lo ilustraban incluso con un dibujico de lo más lindo. Reconstrucción pintiparada de lo que a su juicio era un ‘astillero’ del que no faltarían adargas, lanzones y demás chatarra». Lo añade Trapiello con la ironía que caracteriza tantos de sus escritos.

Ahora bien, para ser precisos hay que indicar que astillero, con esa acepción literal, sí figura en los diccionarios de época, concretamente en el Tesoro de la lengua castellana o española (1611) de Sebastián de Covarrubias. Cierto que no aparece como tal voz, astillero, pero sí se registra entre los diversos derivados de lanza, en la subvoz alancearse: «Lancera, que por otro nombre se dice astillero, de asta, es un estante en que ponen las lanzas, adorno de la casa de un hidalgo en el patio o soportal, con algunos paveses, arma defensiva española antigua».

Definición de lancera o astillero en el Tesoro de la lengua castellana 
o española (1611) de Sebastián de Covarrubias, s. v. alancearse.
Definición de lancera o astillero en el Tesoro de la lengua castellana
o española
(1611) de Sebastián de Covarrubias, s. v. alancearse.

Testimonio, por lo demás, nada novedoso, pues ya había sido aducido por muchos de los anotadores del Quijote. Ya Ignacio Arellano, en una entrada de su blog El jardín de los clásicos del 23 de julio de 2015, «La lanza en astillero —que no olvidada—de don Quijote», exponía con muy sensatas razones, tras recordar la definición de Covarrubias (estas palabras eran respuesta a la interpretación original de Trapiello ʻlanza ya olvidadaʼ):

Así que alguien sabe qué es un astillero. Y siendo este un adorno —es decir, un exhibido símbolo de calidad social— de la casa de un hidalgo, no es verosímil que la lanza estuviera en olvido: era, eso sí, una lanza antigua, arma de los antepasados de don Quijote, mucho tiempo inactiva, pero la colocación en el astillero revela precisamente que su dueño quiere dejar clara su hidalguía y su vocación militar. Era, no se olvide, aficionado a la caza, ejercicio sustitutorio de la guerra.

Una lanza olvidada se coloca en un desván, en el establo, en el vano de una escalera, con otros objetos inservibles. Pero no es esto lo que sucede con la de don Quijote.

Cada día, al salir de su casa o al entrar en ella, el ingenioso hidalgo vería su lanza en astillero, su adarga antigua —tampoco olvidada—, dándole voces silenciosas, y algo en su interior iría acumulando la energía suficiente para que por fin embrazara su escudo, empuñara esa lanza que todos los días atraía su mirada, y saliera a correr sus aventuras por el antiguo campo de Montiel y por todo el universo mundo.

No, la lanza de don Quijote no estaba en el olvido. Estaba exactamente en el astillero.

Astillero con lanzas en el Torreón del Gran Prior (Alcázar de San Juan, Ciudad Real). Foto: Carlos Mata Induráin (2019).
Astillero con lanzas en el Torreón del Gran Prior
(Alcázar de San Juan, Ciudad Real). Foto: Carlos Mata Induráin (2019).

En sentido semejante se expresaba Enrique Suárez Figaredo en un artículo publicado en Lanza Digital. Diario de la Mancha el 1 de mayo de 2019, «La interpretación pertinente de “lanza en astillero”»:

¿Por qué leer en sentido figurado lo que tiene una lectura recta? El astillero (no de «astilla», sino de «asta») para una lanza es algo similar a lo que se emplea para los rifles de caza. […] ¿Acaso había de tenerlo en el fondo de un armario sepultado por los abrigos? Que un hijo-de-algo aldeano tenga una vieja lanza en su astillero, no «detrás de la puerta», evidencia el melancólico y orgulloso recuerdo de los hechos de sus antecesores.

Queda claro, pues, a tenor de la definición que brinda el Tesoro de Covarrubias (recordemos su fecha: 1611), que los astilleros ʻestantes o perchas para colocar las lanzasʼ existían en la realidad; y no olvidemos el dato que aporta de que eran «adorno de la casa de un hidalgo», como lo era Alonso Quijano, un hidalgo —eso sí— que soñaba con ser caballero andante.

Tampoco estará de más recordar —aunque sea una obviedad— que una palabra o una expresión pueden tener distintos significados, dependiendo del contexto y de la situación en que se empleen. Que una palabra signifique algo no quiere decir que lo signifique siempre y en todo lugar. Pondré un ejemplo sencillo: la palabra banco, entre otras varias acepciones más, puede significar ʻentidad financieraʼ o ʻlugar donde sentarseʼ. El contexto y la situación nos llevan a entender cosas distintas si alguien dice: «Voy al banco, porque necesito sacar dinero» o «Voy al banco, porque necesito descansar». Pues bien, algo similar pasa con la expresión estar o poner algo en astillero.  Cierto que en la carta de un comisario real de abastos, de 1595, localizada por Cabello Núñez donde se habla de harina y trigo «puestos en astillero», la expresión vale efectivamente ʻestar listos, preparados para ser recogidosʼ; y lo mismo en los pasajes aducidos por Trapiello como por ejemplo «ya tenéis vuestro libro en astillero», de El pasajero (1616) de Cristóbal Suárez de Figueroa. Pero la expresión, en otros contextos, puede significar otra cosa distinta. Una sencilla consulta al Corpus diacrónico del español (CORDE, en línea) basta para localizar numerosos ejemplos de la expresión «en astillero», entre ellos la definición que da Gonzalo de Correas en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales (1627): «Estar en astillero. Lo ke no está en perfezión, komo las naves akabadas de fabrikar de madera sin averlas akabado de adornar» (mantengo las grafías que deseaba Correas para su texto). Me parece que esta definición no se ha señalado, al menos en las declaraciones y entrevistas de estos últimos días.

Por otra parte, varios de esos ejemplos que trae el CORDE, correspondientes a pasajes de novelas picarescas, testimonian el significado ʻcon apariencia deʼ que tiene la expresión ponerse en astillero. Por ejemplo, en Aventuras del bachiller Trapaza, quintaesencia de embusteros y maestro de embelecadores (1637, título significativo), leemos:

Una de las cosas que se lo estorbaban a Trapaza era haberse puesto en astillero de tan gran caballero en Madrid, huyendo no poco de verse donde estuviesen portugueses; porque, como la Corte es grande, érale fácil excusar las ocasiones de encontrarlos, por obiar el que se quisiesen informar de su persona, de quien había de dar mala relación si le preguntaban cosas de África.

El contexto necesario para entender este pasaje es que el pícaro Hernando protagonista de la novela, el bachiller Trapaza, finge ser un noble portugués de posibles, don Vasco Mascareñas, para contraer un matrimonio (que él cree muy ventajoso) con la viuda Estefanía: el pícaro se ha puesto «en astillero» de caballero, es decir, ha adoptado la falsa apariencia de caballero y no desea encontrarse con personas (los portugueses) que podrían desenmascararlo. Y en La niña de los embustes, Teresa de Manzanares, del mismo autor, tenemos la misma expresión, poner en astillero, con el mismo significado de ʻadoptar una apariencia falsa o engañosaʼ: «Marcela me decía que yo me tenía la culpa con que estaba, pues había dado alas a la hormiga para volar; esto era haber puesto en astillero de dama a quien era esclava».

No quiero decir, ni mucho menos, que este último sea el sentido operativo en la famosa frase del comienzo del Quijote, tan solo pretendo mostrar que la expresión estar o poner en astillero puede significar distintas cosas dependiendo del contexto y la situación en que se utilice. Y, sí, la lanza de Alonso Quijano perfectamente podía estar material y literalmente en el astillero de su casa de hidalgo, siendo adorno de la misma (como matizaba la definición de Covarrubias), no todavía ʻen ristreʼ, pero sí ejerciendo ya esa callada llamada a las aventuras caballerescas que comentaba Arellano, sensata y sencilla explicación por la que —permítaseme el juego de palabras— rompo ahora una lanza.