Estos días pasados he copiado aquí los poemas «Canto rabioso de amor a España en su belleza», «Belleza cruel» y «Hombre naciente» de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984), pertenecientes todos ellos a su poemario Belleza cruel (México, 1958; Barcelona, 1978). Añado hoy «Sólo ante el hombre», composición que cierra la primera sección del poemario, titulada también «Belleza cruel».
Sí, yo me inclinaría ante el definitivo contorno de los lirios.
Sí, yo me extasiaría con el trino del pájaro.
Sí, yo dilataría mis ojos sobre el mar y la montaña.
Sí, yo suspendería el soplo de mi pecho ante un arcángel.
Sí, yo me inclinaría ante la faz de Dios, tocando el polvo, si con su mano convocara el trueno.
Pero sólo ante el hombre, hijo del hombre, reo de origen, ciego, maniatado, los pies clavados y la espalda herida, sucio de llanto y de sudor, impuro, comiéndose, gastándose, pecando setenta veces siete cada día, sólo ante el hombre me comprendo y mido mi altura por su altura y reconozco su sangre por mis venas y le entrego mi vaso de esperanza, y le bendigo, y junto a él me pongo y le acompaño [1].
[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, p. 23.
Tras «Canto rabioso de amor a España en su belleza» y «Belleza cruel», traigo hoy otra bella composición de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984), en este caso la que cierra su poemario Belleza cruel (México, 1958; Barcelona, 1978). El poema se abre con unas célebres palabras de Blas de Otero a modo de lema que orienta la lectura.
Pido la paz y la palabra. Blas de Otero
Prepárame una cuna de madera inocente y pon bandera blanca sobre su cabecera.
Voy a nacer. Y, desde ti, mi madre, pido la paz y pido la palabra.
Pido una tierra sin metralla, enjuta de llanto y sangre, limpia de cenizas, libre de escombros. Saneada tierra para sembrar a pulso la simiente que tengo entre mis dedos apretada.
Pido la paz y la palabra. Pido un aire sosegado, un cielo dulce, un mar alegre, un mapa sin fronteras, una argamasa de sudor caliente sobre las cicatrices y fisuras.
Pido la paz y pido a mis hermanos los hijos de mujer por todo el mundo que escuchen esta voz y se apresuren. Que se levanten al rayar el día y vayan al más próximo arroyuelo. Laven allí sus manos y su boca, se quiten los gusanos de las uñas, saquen su corazón que le dé el aire, expurguen sus cabellos de serpientes y apaguen la codicia de sus ojos.
Después, que vengan a nacer conmigo. Haremos entre todos cuenta nueva. Quiero vivir. Lo exijo por derecho. Pido la paz y entrego la esperanza[1].
[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, pp. 66-67.
Ayer traje al blog el emotivo poema «Canto rabioso de amor a España en su belleza», de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984), y hoy quiero recordar otro poema suyo, «Belleza cruel», que abre y da título a ese poemario publicado en México en 1958, con prólogo de León Felipe, que fue Premio de Poesía Nueva España.
Dice así:
Dadme un espeso corazón de barro, dadme unos ojos de diamante enjuto, boca de amianto, congeladas venas, duras espaldas que acaricie el aire. Quiero dormir a gusto cada noche. Quiero cantar a estilo de jilguero. Quiero vivir y amar sin que me pese ese saber y oír y darme cuenta; este mirar a diario de hito en hito todo el revés atroz de la medalla. Quiero reír al sol sin que me asombre que este existir de balde, sobreviva, con tanta muerte suelta por las calles.
Quiero cruzar alegre entre la gente sin que me cause miedo la mirada de los que labran tierra golpe a golpe, de los que roen tiempo palmo a palmo, de los que llenan pozos gota a gota.
Porque es lo cierto que me da vergüenza, que se me para el pulso y la sonrisa cuando contemplo el rostro y el vestido de tantos hombres con el miedo al hombro, de tantos hombres con el hambre a cuestas, de tantas frentes con la piel quemada por la escondida rabia de la sangre.
Porque es lo cierto que me asusta verme las manos limpias persiguiendo a tontas mis mariposas de papel o versos. Porque es lo cierto que empecé cantando para poner a salvo mis juguetes, pero ahora estoy aquí mordiendo el polvo, y me confieso y pido a los que pasan que me perdonen pronto tantas cosas. Que me perdonen esta miel tan dulce sobre los labios, y el silencio noble de mis almohadas, y mi Dios tan fácil y este llorar con arte y preceptiva penas de quita y pon prefabricadas.
Que me perdonen todos este lujo, este tremendo lujo de ir hallando tanta belleza en tierra, mar y cielo, tanta belleza devorada a solas, tanta belleza cruel, tanta belleza[1].
[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, pp. 13-14.
La figura y la obra de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984) se sitúa en la denominada «poesía desarraigada» de la primera generación de posguerra española (la del 36). La crítica la adscribió a la denominada «poesía social», si bien la escritora no estaba conforme con esta etiqueta. Empezó a publicar sus versos a finales de los años 40 y su trayectoria poética se prolongó hasta su muerte: Mujer de barro (1948), Soria pura (1949), Vencida por el ángel (1951), El grito inútil (1952, Premio Ifach), Los días duros (1953), Víspera de la vida (1953), Belleza cruel (1958, con prólogo de León Felipe, Premio de Poesía Nueva España), Toco la tierra. Letanías (1962) y Otoño (1983). En 1961 dio a las prensas su Primera Antología y sus Obras completas fueron publicadas, de forma póstuma, en Madrid, Ediciones Hiperión, 1986, con prólogo de Roberta Quance.
Copiaré hoy su impresionante «Canto rabioso de amor a España en su belleza», con su elocuente final, que no requiere de mayor comento. Dice así:
Con los ojos cerrados, con los puños cerrados, con la boca cerrada, España, canto tu belleza. Y con la pluma ardiendo y con la pluma loca de amor rabioso canto y firmo.
Belleza sobre ti y en tus entrañas de miel y de granito, y en tu cielo, y en tus encadenadas cordilleras y en tus encadenados hombres, canto.
De siglo en siglo en olas y torrentes de barro ibero, en sucesivas olas de tierras y metales agregados, de frutos madurados poco a poco bajo tu fiero sol, me vienes, madre. Me viene tu belleza tierna y dura, tu corazón rodando enamorado hasta embestirme, hasta llenarme toda, hasta romperme el miedo y la corteza.
De siglo en siglo con tus ríos dulces, puertos alegres, míticas ciudades, piedras labradas, torreones, claustros, palacios, catedrales y conventos, pueblos de tierra, cementerios míseros, huertos, jardines, patios y zaguanes, Cristos sangrientos, sonrosadas Vírgenes, lanzas y escudos, cálices y códices; de siglo en siglo con cincel y gubia, con mística y ascética y pinceles, con el arado, el yunque y el martillo, la pluma y los telares, me has llegado. De sueño en sueño con palmeras y agua, con limoneros, nardos y arrayanes, vino y almendra, música y aceite; de mar a mar, al remo y a la vela, con sal y caracolas, con pescados, playas doradas, ásperos cantiles; de tierra en tierra con praderas húmedas, sierras nevadas, florecidos valles, pardas llanuras, parameras ásperas, cierzos helados, delicadas brisas oliendo a los tomillos de tu aliento, de siglo en siglo me has llegado, España.
Tú me has parido y hecho y traspasado de dicha y de dolor hasta los huesos con tu belleza que se clava y ciñe como un cilicio rojo en mi cintura y hace subir mi sangre a borbotones entre garganta y verso para ahogarme de amor rabioso, de vergüenza sorda, de amor, de amor, de amor, de amor rabioso.
Porque eres bella, España, y agonizas bajo mis pies, herida en tus cimientos. Porque te veo andando entre zarzales por todos los caminos rezagada con una cruz al cuello y otra al hombro, durmiendo en las cunetas de la gloria para soñar perdidas carabelas con ojos anegados de ceniza. Porque te veo escuálida y desnuda, comiendo el pan moreno de tu vientre, bebiéndote el gazpacho de tu sangre, desposeída de oros y de espadas, borracha en copas, vapuleada en bastos, por todos malcomprada y malvendida, pordioseando impúdica en la puerta de la opulenta Catedral del Mundo. Porque eres bella, España, y te me mueres, viuda, asesina y mártir de tus hijos, a mil años y un día condenada.
Porque eres bella, España, y te me mueres, porque eres mía, España, y no te absuelvo del mal de España, canto tu belleza y fecho y firmo a corazón parado, boca cerrada y apretados puños, clavándome la lengua entre los dientes, porque no quiero blasfemar tu nombre[1].
[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, pp. 48-50. En el primer verso de la sexta estrofa restituyo las comas aislando el vocativo «España», como en otros versos del poema.
El tema del Cid como mito literario español, esto es, la presencia de este personaje en la literatura española, constituye una materia verdaderamente extensa. Rodrigo Díaz de Vivar es, probablemente, el personaje histórico español que más versiones literarias ha generado, y así se ha afirmado taxativamente: «El Cid es la figura histórica sobre la que más se ha escrito en la literatura española»[1], escriben Francisco López Estrada y Jorge Roselló Rodríguez. Por su parte, Francisco Javier Díez de Revenga ha estudiado la vigencia de los temas cidianos hasta bien entrado el siglo XX, así como sus múltiples valores simbólicos:
Es posible que no exista ningún otro personaje de la historia y de la literatura medieval españolas que tenga una repercusión tan variada y tan constante en la poesía del siglo XX, y al mismo tiempo que haya experimentado interpretaciones de lo más variado, según los tiempos, según las tendencias, según las ideologías. Pero entre todas, éstas que nos ha transmitido la poesía del siglo XX destacan por su lirismo, por su emoción, por su entusiasmo, por la nostalgia de un tiempo, de una época, que a muchos conduce a la reflexión humana y humanística, desde la lealtad al exilio. Y es que la poesía, querámoslo o no, también nos transmite, con su ficción, una imagen determinada y precisa, pero multiforme, del famoso cortesano de Alfonso VI[2].
Tenemos, pues, que el Cid es un héroe mítico: buen vasallo, buen capitán, buen esposo, buen padre… Pero, a diferencia de lo que sucede con otros grandes mitos españoles, que son eminentemente literarios (don Quijote, don Juan, Celestina, por citar la famosa triada estudiada por Gustavo de Maeztu), el Cid Rodrigo Díaz de Vivar tiene una consideración especial, pues este personaje se nos presenta, al menos, con una triple dimensión:
1) el personaje histórico: Rodrigo Díaz de Vivar, un guerrero castellano del siglo XI con una existencia bien documentada, que nació después de 1040, sufrió dos destierros, llegó a conquistar la importante ciudad de Valencia y murió en el año 1099 (para unos, un fiel vasallo de su rey; para otros, un señor de la guerra, un mercenario, casi un forajido que hace de la frontera su medio de vida);
2) el personaje literario: desde fechas muy tempranas, desde poco después de su muerte (e incluso en su propia vida), ese personaje histórico, real, dio lugar a numerosas recreaciones literarias, con obras en las que es protagonista o tiene una intervención destacada, empezando por el Cantar de mio Cid, pero también muchas otras después, hasta nuestros días, en distintos siglos y en los tres grandes géneros (narrativa, lírica y teatro); este Cid literario supera al Cid histórico;
y 3) el personaje legendario: al Cid histórico y al Cid literario hay que sumar el Cid de la leyenda, que se sitúa a caballo de los dos anteriores. Me refiero a ese Cid que, según el Romancero (romance «Ya se parte don Rodrigo, / que de Vivar se apellida…»), peregrinando a Santiago de Compostela se encuentra con un gafo (leproso) y, no pudiendo asistirlo materialmente, le ofrece la mejor ayuda que puede darle, la de la caridad cristiana; y así, no solo come de la misma escudilla que él, sino que no tiene inconveniente en compartir la cama con el gafo, sin temor a contagiarse de la terrible enfermedad; al final, se descubrirá que ese leproso es en realidad san Lázaro, quien vaticina a Rodrigo sus futuras hazañas y victorias:
—San Lázaro soy, Rodrigo, yo, que a hablar te venía; yo soy el gafo que tú por Dios tanto bien hacías. Rodrigo, Dios bien te quiere; otorgado te tenía que lo que tú comenzares en lides o en otra guisa, lo cumplirás a tu honra y crecerá cada día. De todos serás temido, de cristianos y morisma, y que los tus enemigos empecerte no podrían. Morirás tú muerte honrada, no tu persona vencida, tú serás el vencedor, Dios su bendición te envía.
Hay que indicar, en todo caso, que las fronteras entre el Cid literario y el Cid legendario son a veces borrosas: la literatura convierte en mito al personaje histórico y, a su vez, los componentes legendarios del mito son transmitidos a través de las versiones literarias[3].
[1] Francisco López Estrada y Jorge Roselló Rodríguez, en su edición de El Cid Campeador, Madrid, Castalia, 2002, p. 8.
[2] Francisco Javier Díez de Revenga, «El Poema de mío Cid y su proyección artística posterior (ficción e imagen)», Estudios Románicos, 13-14, 2001-2002, p. 85.
[3] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «El Cid burlesco del Siglo de Oro: el revés paródico de un mito literario español», en Sara Rojo et al. (eds.), Anais do V Congresso Brasileiro de Hispanistas / I Congresso Internacional da Associação Brasileira de Hispanistas, Belo Horizonte (MG), Faculdade de Letras da Universidade Federal de Minas Gerais, 2009, pp. 408-416.
En este poemario[1]se va a hacer mucho más vivo el descubrimiento del otro que ya apuntaba en los libros anteriores. A lo largo de sus diecinueve poemas, el poeta sale fuera de sí, con los ojos abiertos, recibe distintas impresiones del mundo exterior (desde la tragedia del estadio Heysel de Bruselas a la muerte de Diana de Gales), vive esos acontecimientos externos que le rasgan por dentro y le causan heridas: son padecimientos ajenos que le hacen sufrir y con-sentir con los demás. En cuanto al título[2], podemos ver en él una alusión al mito del ser humano, en general: el mito de Andrós es, en realidad, el mito de todos y cada uno de los hombres.
También en este nuevo libro se hacen presentes los principales temas poéticos y las preocupaciones constantes en la poesía de Amadoz: la imagen del hombre como nómada, transeúnte, peregrino errante en este mundo (con alusiones más o menos veladas a la historia de Ulises y Circe), que vive en medio de su noche o de sus sombras, pero que anhela una fe (una fe problemática, conflictiva, no fácil de aceptar…); la presencia o —al menos— la intuición de un Dios, que sigue siendo todavía un Dios desconocido, un Dios oculto, etc. Resuenan en estos poemas ecos variados de San Juan de la Cruz y de Kierkegaard, de Rilke y de Antonio Machado, de Juan Ramón Jiménez y de Guillén, junto con homenajes líricos a otros poetas como García Lorca o Gabriel Celaya.
El primer poema, «Foreign God», se abre con un lema-dedicatoria a ese «Desconocido Dios / que reinas / en la gloria terrena». El yo lírico se siente mayor, es un «viejo marinero de vieja travesía», un «vigía fiel de lontananzas y mares no surcados / en esta bruma de la vida», un «hijo de los arrecifes del fuego de la lucha». Se siente, sí, viejo y cansado, un «eslabón dorado y frágil de alas de mariposa / en la inmensa cadena de la vida, / solo ante el Dios desconocido de nuestros adentros». El poema insiste en esa intuición de trascendencia de este viejo marinero, que es trasunto de cualquier hombre en su paso por el mundo: «así, / en la vida de los que navegan más allá de la gloria, / de los que recorren las calles repletas de flores y basura»[3].
«Promesas para un destino» lleva una dedicatoria a Descartes, James, Pascal «y tantos otros que buscaron la verdad en su rebeldía». El punto de vista es, de nuevo, el de un «errantecido viajero / que sueña, silencioso, en la espera / de lo invisible», que acaba evocando el río apresurado,
la corriente de un mar desconocido, puerto de cimas desgastadas al viento, olvido de muertos, niebla y nieve, abismo y camino.
«De esta noche, muerte transeúnte» se coloca bajo el amparo de una cita del Libro de Horas de Rilke: «Creo en la Noche». Comienza así:
Acaso nos consuele el sentirnos acunados por las olas de la noche, sentirnos mecidos en el eterno rumor de las estrellas, en una liviana sombra que penetra y aquieta el cuerpo cansado subiéndolo entre plumas por la escala sonora del sueño, acaso nos consuele sentirnos aprendiz de mago que vuela entre pensamientos de cóncavo espejo, mirándonos contraídos en un mundo de ensueños, acaso nos consuele el eterno silencio de las estrellas, vueltos los ojos hacia un pasado que ya no tiene sino presente.
Y luego, a lo largo del poema, se repite obsesivamente la anáfora de «Acaso nos consuele…». El poeta siente «el peso sordo de tanto desengaño», «la soledad de la noche», noche que puede traer la muerte que le suma en la inmanencia: «muriendo transeúnte / sin saber si volveremos a despertarnos», dice. Se insiste en imágenes queridas: los hombres son «extraños de sí mismo y peregrinos de mil caminos, / aventureros de hielo que sin zozobra acaban su ensueño»; y se remata con estos versos:
… acaso nos consuele morir sin saberlo, desconocer si emergeremos mañana de nuevo, si perduraremos inacabadamente mecidos por las olas de la noche, en el eterno rumor de las estrellas.
Así pues, encontramos una vez más la imagen de la noche identificada con la muerte y la inmanencia del hombre, a quien se le plantea la duda de si existe algo, Alguien, más allá…[4]
[1] Poemario no publicado previamente de forma exenta, sino incorporado directamente al conjunto de su Obra poética(1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Copio las palabras de Fernández González explicativas del título, en «Río Arga» y sus poetas, p. 76, nota 39: «Andros es un mito del que escribe Ovidio en Metamorfosis, XII, 645, y forma parte, por tanto, de una metamorfosis. Andros pertenece a la estirpe de Reo, madre de Anio, rey de Delos, que fue arrojada en un arca al mar por tener relaciones con Apolo, de las que nace Anio, quien engendra cinco hijos: un varón (Andros, rey y epónimo de la isla de Andros) y cuatro hijas que al final son transformadas por Baco, su bisabuelo, en palomas (vid. Antonio Ruiz de Elvira, Mitología clásica, Madrid, Gredos, 1982, pp. 464-466)».
[3] Desde el punto de vista estilístico destaca la anáfora de «sentirse».
[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
La misma temática que en poemas anteriores[1] reaparece de nuevo en otra composición escrita «Para Juan»: es la «Melodía por un niño» (gusta Amadoz de utilizar términos musicales para los títulos de sus poemas y poemarios[2]), uno de los nietos a los que ya se dedicaba antes otro poema. El nacimiento del niño hace que el corazón cansado del yo lírico sienta un «calambre de porcelana»[3]; afirma que esa novedad «me ha vuelto la fe de mis antepasados / como un guiño que se esconde»; y al recién nacido quisiera eternizarlo:
… y hacerte hijo de las estrellas, preludio fino de poniente que en tus horas quedas, asomas tímido en tu balbuciente belleza de indomado y jubiloso estreno.
En «Alguien estremecerá mi otoño», tanto la dedicatoria a Teresa de Calcuta como el lema de Rilke colocado al final, nos transportan al tema de la trascendencia deseada, anhelada, aunque siempre conflictiva, en ese otoño «de pájaros dormidos» del poeta (se acumulan otras imágenes de acabamiento: viento viejo, hoja marchita, viento herido, harapos del tiempo, secos viñedos…). Y una vez más con el ejemplo de «mis antepasados», el yo lírico espera el «paso del ángel / que todo sella» y llama a un «indómito rocío» de esperanza y vida renovada, una espera en alguien / Alguien:
Firme de luz, mi ángel en su camino con la ternura asida en sus manos, el viento sonoro late en este huerto de perenne frescura y frutales ensazonados, ya atardecida la hora de hojas secas hacia remotos jardines.
En fin, ese anuncio de esperanza en una vida nueva se redondea y hace más patente en el poema que cierra el libro, «Te completo, padre», que parte de unos bellos versos:
Yo te sigo y dilato, padre mío. En mi propia vida te doy ensanchados ámbitos, y de mí te completo como me completarán mis hijos.
[…]
En nada puedo quedarme sin servirte. Donde pongo mis manos, otras manos añosas que son tuyas se juntan con las mías.
Es un poema que puede leerse en clave religiosa: de la misma forma que un hijo completa a un padre y será completado a su vez por sus hijos, él, el yo lírico, el hombre, completa al Padre Dios. Esta equivalencia del padre (terreno) con el Padre (celestial) no parece inadecuada, sobre todo si tenemos en cuenta lo expresado en otros poemas y el apóstrofe final de este al Señor, con unos versos que dejan al poeta claramente abierto a lo infinito:
Tú, Señor, me has manado en agua corriente que no acaba, en imperiales rebaños de eternos amores, me has dado fe para verdecer mis súplicas y continuarte en la obra de mi padre.
Donde tú me terminas, padre, yo te dilato y el horizonte se abre, y no hay final sino principio, aires que te pueblan de mis aires infinitos.
En resumen, estos Poemas para un acorde transitorio son composiciones más cercanas y llenas de vida, algunas con una génesis claramente ligada a circunstancias personales y gozosas de la vida del poeta, en particular la experiencia rejuvenecedora de los nietos. Como hemos visto, se reiteran temas, motivos e imágenes habituales; y si al comienzo del poemario se hacía presente la noche de la no fe y siempre, a lo largo de todos los poemas, la conciencia de finitud y muerte futura, al final el poeta queda abierto a «remotos jardines», a un «horizonte que se abre», a «aires infinitos». Es decir, el permanente debate entre inmanencia y trascendencia parece inclinarse ya de forma patente hacia el lado de esta última[4].
[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética(1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Podemos citar algunos ejemplos de esta importancia de la música en la nominación de los poemas y poemarios: acorde, melodía, acordes, poema sinfónico, cuarteto, etc.
[3] Por cierto, se hablaba de unos ojos de porcelana en un poema anterior dedicado a los nietos: «Siempre quise miraros con mis ojos de porcelana…». En otros contextos hablará de un «duende de porcelana» o de una «aventura de porcelana».
[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
A lo largo de su trayectoria poética, Jesús Górriz Lerga (Pamplona, 1932-Pamplona, 2016) demostrará ser un maestro del soneto, que domina la medida y el ritmo, que dota de musicalidad a sus endecasílabos. Ya en su poemario inaugural, Primera señal (1973), encontramos buenas muestras de ello, como por ejemplo en «Primera claridad», que —desde el punto de vista temático— presenta una de las inquietudes habituales del yo lírico de este poemario: la conciencia de su temporalidad y de su fragilidad, por un lado, pero, al mismo tiempo, la conciencia también de la existencia de algo que trascienda el dolor y la miseria del ser hombre: «Que ha de surgir la luz de este despojo / humano» (vv. 12-13, con eficaz encabalgamiento versal). En muchos de estos poemas de Primera señal —en este no de forma tan explícita— tal temática se plasmará en un deseado y esperanzado encuentro con lo trascendente en sentido religioso, valga decir con la divinidad.
El soneto dice así:
Se quiebra la promesa por el lado más débil. Y, al punto, la hermosura surge como una herida que supura sangre de soledad, cieno enconado.
A solas con mi duelo y desolado, en trance de soñar una ventura definitiva, el tiempo me procura un ensueño fugaz, turbio, velado.
Y sé, como quien se ase a un hierro al rojo, que no es una ilusión lo que amanece detrás de la tardanza de esta espera.
Que ha de surgir la luz de este despojo humano. Y que la luz arraiga y crece en la verdad de la razón primera[1].
[1] Jesús Górriz Lerga, Primera señal, prólogo de Miguel Javier Urmeneta, ilustraciones de Jorge Fernández de Avilés, Pamplona, Caja de Ahorros Municipal de Pamplona, 1973, p. 20.
En fechas recientes he traído al blog dos composiciones de Ángel González (Oviedo, 1925-Madrid, 2008), poeta de la Generación del 50 o del medio siglo, del que estamos celebrando el centenario de su nacimiento. Se trababa de «Soneto para cantar una ausencia» y «Soneto para imaginarte con exactitud». Copiaré hoy otro poema suyo incluido también en Tratado de urbanismo, «Inventario de lugares propicios al amor», que es la composición que abre el poemario (poema I de la sección inicial «Ciudad uno»).
Dice así:
Son pocos. La primavera está muy prestigiada, pero es mejor el verano. Y también esas grietas que el otoño forma al interceder con los domingos en algunas ciudades ya de por sí amarillas como plátanos. El invierno elimina muchos sitios: quicios de puertas orientadas al norte, orillas de los ríos, bancos públicos. Los contrafuertes exteriores de las viejas iglesias dejan a veces huecos utilizables aunque caiga nieve. Pero desengañémonos: las bajas temperaturas y los vientos húmedos lo dificultan todo. Las ordenanzas, además, proscriben la caricia (con exenciones para determinadas zonas epidérmicas —sin interés alguno— en niños, perros y otros animales) y el «no tocar, peligro de ignominia» puede leerse en miles de miradas. ¿A dónde huir, entonces? Por todas partes ojos bizcos, córneas torturadas, implacables pupilas, retinas reticentes, vigilan, desconfían, amenazan. Queda quizá el recurso de andar solo, de vaciar el alma de ternura y llenarla de hastío e indiferencia, en este tiempo hostil, propicio al odio[1].
[1] Ángel González, Tratado de urbanismo, con lectura de Carlos Pardo, Velilla de San Antonio (Madrid), Bartleby Editores, 2006, pp. 9-10.
Juan Gelman (Buenos Aires, 1930-México, D. F., 2014) fue un destacado poeta, traductor y periodista argentino-mexicano. Exiliado durante la dictadura militar iniciada en 1976, retornó a la Argentina en 1988, si bien luego volvió a residir habitualmente en México. Buena parte de su vida y su obra literaria están marcadas por el secuestro y desaparición de sus hijos y la búsqueda de su nieta, nacida en cautiverio. Su estilo poético es mezcla de un realismo crítico y del intimismo, siendo constantes en su poesía la presencia de la cotidianeidad, el tono político, la denuncia y la indignación ante la injusticia.
Su producción poética está formada por Violín y otras cuestiones, El juego en que andamos, Velorio del solo, Gotán, Sefiní, Cólera Buey, Los poemas de Sidney West, Traducciones, Fábulas, Relaciones, Hechos, Notas, Carta abierta, Si tan dulcemente, Comentarios, Citas, Hacia el sur, Com/posiciones, Eso, Anunciaciones, Carta a mi madre, Salarios del impío, Dibaxu e Incompletamente, entre otros títulos. La carrera poética de este «expresionista del dolor» —como se le ha denominado— está jalonada por importantes galardones, entre otros el Premio Nacional de Poesía (1997), el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe «Juan Rulfo» (2000), el Premio Iberoamericano de Poesía «Pablo Neruda» (2005), el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2005) y el Premio Cervantes (2007).
En este poema, perteneciente a uno de sus primeros poemarios, Velorio del solo (Buenos Aires, 1961), el escritor expresa su «Arte poética», que en última instancia puede reducirse a un «tirar contra la muerte»:
Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,
como un amo implacable me obliga a trabajar de día, de noche, con dolor, con amor, bajo la lluvia, en la catástrofe, cuando se abren los brazos de la ternura o del alma, cuando la enfermedad hunde las manos.
A este oficio me obligan los dolores ajenos, las lágrimas, los pañuelos saludadores, las promesas en medio del otoño o del fuego, los besos del encuentro, los besos del adiós, todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.
Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos, rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte[1].
[1] Lo cito por Juan Gelman, En el hoy y mañana y ayer. Antología personal, México, D. F., Universidad Nacional Autónoma de México, 2000, p. 24.