Sandro Botticelli, Adorazione dei Magi (1475). Galleria Uffizi (Florencia, Italia).
Ha nacido desterrado, perseguido por un rey[1], pero otros reyes le siguen —esta vez para su bien—. Son los magos que de Oriente algo le van a ofrecer[2].
[1]perseguido por un rey: el rey Herodes I el Grande, que ordenó la matanza de los Inocentes (niños menores de dos años) en la época del nacimiento de Jesús.
[2] Lo cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 197.
¡Muy feliz 2026, con mis mejores deseos, a todos los insulanos!
Celia Viñas (Lérida, 1915-Almería, 1954) fue catedrática de Lengua y Literatura de Enseñanza Media (obtuvo la cátedra en 1943 en el instituto de Almería). Allí contrajo matrimonio con el también poeta Arturo Medina. Escribió poesía infantil en español y catalán. Entre sus libros de poemas destacanPalabra sin voz (1933), Trigo del corazón (1946), Canción triste en el sur (1948), El amor de trapo (1949), Palabras sin voz (1953) o Del foc i la cendra (1953), títulos a los que hay que sumar los de otras publicaciones ya póstumas: Como el ciervo corre herido (1955), Canto (1964, edición preparada por Arturo Medina), Antología lírica (1976, a cargo de Guillermo Díaz-Plaja, que había sido su profesor en Barcelona), Poesía última (1979), Oleaje (2004) y Las islas del amor mío (2015). Cuenta en su haber también con algunas obras narrativas (novela y cuento).
Vaya para hoy su sencilla cuanto emotiva «Nana de pastor en Navidad», una composición con una estructura (la de la nana) que adopta con frecuencia la poesía navideña.
Giovanni Battista Salvi, Il Sassoferrato, Madonna con el Niño (1640). Pinacoteca Comunale di Cesena (Italia).
A la nanita nana, nanita ea, el mal es una cuna para la tierra. Es tan ancho el abrazo de la montaña, que hasta la brisa duerme sobre las ramas.
—Madre, tengo el corazón, tengo el corazón de barro y se me ha dormido, madre, como se mueren los pájaros, los pájaros, madre mía, que ayer volaron, ¿sabes?, volaron alto. Duerme mi corazón, madre, ¿quién podría despertarlo?
—Pastor que tienes los ojos tan duramente cerrados, antes del alba tendrás el corazón desvelado y las manos temblorosas tendidas hacia lo alto[1].
[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 206-207. Cito con algunos retoques en la puntuación, añadiendo los guiones de diálogo y la separación en estrofas. El comienzo del poema lo es también de un conocido villancico tradicional: «A la nanita nana, / nanita ea, / nanita ea, / mi Jesús tiene sueño, / bendito sea, / bendito sea» (o con la variante «mi niño tiene sueño» en el verso cuarto).
Con el pan, con el pan yo le pido la paz; con la leche y la miel yo le pido la fe. (Carmelo Erdozáin, «Yo soy un pastorcillo»)
De Concha Méndez —nombre literario de Concepción Méndez Cuesta (Madrid, 1898-Ciudad de México, 1986)— ya había transcrito aquí los villancicos «De la miel y del azúcar…» y «Una cañita de azúcar…». Añado hoy tres más, que no requieren mayor comentario, dada su sencillez. Es el primero «El panaderito»:
El panaderito sale hacia Belén; lleva en su canasta las tortas con miel y pan con almendras que acaba de hacer. La panaderita con él va también.
El panadero de Belén.
El que comienza «Sopitas de almendra» dice así:
Sopitas de almendra y miel en puchero, le llevan al Niño; y también romero. De cantar no dejan los dos peregrinos, mientras van, alegres, andando caminos.
En fin, el tercero es «Caballito, corre»:
Caballito, corre, que voy a Belén y se me hace noche por el naranjel.
Mi madre no sabe que yo voy a ver al Niño de nácar que ha nacido ayer.
Quiero volver pronto, que tranquila esté. ¡Corre, caballito, si me quieres bien![1]
[1] Tomo los textos de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 240-241, 242 y 243, respectivamente. Cito con algún ligero retoque en la puntuación del tercer poema (añado las comas para aislar el vocativo en los versos 1 y 11).
Ahora, voy a contaros cómo fue que los gusanos que mantenía con hojas de morera en una caja vacía de jabón, se me convirtieron en bolas alargadas de colores, y cómo después yo los vi transfigurarse en mariposas, y esto sucedió porque era mayo sólo y los insectos son así de mágicos.
Luego os contaré de como Eloísa Muro[1], cuarta querida de Cervantes, fue la que escribió el Quijote[2].
Porque yo, tan mínima, sé tantas cosas, y mi cuerpo es un ojo sin fin con el que para mi desventura veo todo[3].
[1] Eloísa Muro (Madrid, 1896-Madrid, 1979) fue una actriz, sobre todo de teatro, que llegó a ser primera actriz del Teatro de la Comedia y después del Teatro Infanta Isabel. Uno de sus mayores éxitos fue el estreno, en 1926, de Los extremeños se tocan, de Pedro Muñoz Seca. Fue hija del actor César Muro, estuvo casada con el actor Bernardo Jambrina y, fruto de su relación con el actor Mariano Asquerino, nació María Asquerino, también actriz. En el original figura «Eloisa», sin tilde; se la restituyo.
Tras «Desde el olvido» y «Mediterráneo», transcribo hoy otro poema de Julia Guerra Lacunza (Pamplona, 1953-Algeciras, 2008). Forma parte de la segunda parte, «Ritual de caracolas», de su poemario Cárcel de la memoria (1991).
El rayo verde es un fenómeno óptico atmosférico que ocurre al amanecer y al atardecer, donde la luz del sol se descompone por la atmósfera y crea un destello verde visible durante uno o dos segundos justo antes de que el sol se oculte o después de que aparezca. La creencia popular dice que ver el rayo verde otorga felicidad para toda la vida; y si una pareja lo ve junta, se dice que sella su amor, y a esto es a lo que parece aludir el poema.
La soledad desbocada de sus venas acelera el fuelle de un triste corazón. Fuego, volcán inapagable, erupción cotidiana de ansiedad y temor. Busca sin saber detenerse. Su quebrada sonrisa nos iguala el cansancio. Inesperadamente el fenómeno extraño se produce. De madrugada con el cálido gesto del Amor revoloteando en plumas de sorpresa, ella ve aparecer el rayo verde[1].
[1] Julia Guerra, Cárcel de la memoria (Pamplona, edición de la autora [Imprenta Garrasi], 1991, p. 70.
Ayer traía al blog el poema «Desde el olvido», de Julia Guerra Lacunza (Pamplona, 1953-Algeciras, 2008). Copio hoy una segunda composición de su poemario Cárcel de la memoria (1991), también de la sección «Entre las algas», en la que el desengaño amoroso expresado por la voz lírica queda subrayado por el irónico final.
Un día, acaso lo recuerdes, construimos una gran casa de cristal dibujando los sueños más profundos dando vida al Amor en otras vidas.
Tú ibas a ser marino. Yo, escritora.
Dime, ¿por qué llegó el invierno ahogándonos en sombras? El destino es cruel y ahora se ríe. Acabas de llamarme. Me invitas a tu boda[1].
[1] Julia Guerra, Cárcel de la memoria, Pamplona, edición de la autora [Imprenta Garrasi], 1991, p. 38. Cito con algún ligero retoque en la puntuación.
La obra poética de Julia Guerra Lacunza (Pamplona, 1953-Algeciras, 2008) está formada por los siguientes títulos: Testamento de lunas (1983), Los hijos de la sombra (1986), Cárcel de la memoria (1992), Al viento (1996) y Dos orillas (2003, poemario bilingüe árabe-español).
Su volumen poético Cárcel de la memoria (Pamplona, edición de la autora [Imprenta Garrasi], 1991) fue publicado con una ayuda a la Creación Literaria del Departamento de Educación y Cultura del Gobierno de Navarra. Está formado por dos secciones, «Entre las algas» (36 poemas) y «Ritual de caracolas» (otras 30 composiciones), y los textos están acompañados por bellas ilustraciones de Piluca Aranguren Ilarregui. «Desde el olvido» es el séptimo poema de la primera sección, y constituye un buen ejemplo de la temática amorosa —de desamor, más bien— que reflejan varios de los poemas aquí incluidos.
No he visto los ojos necesarios. Ni las pequeñas manos que aprisionan las rosas. Ni tus labios de fuego abrasando mi ausencia. Preguntarás sin saber responderte. Te quiero. Te quiero detrás de nuestra sombra. Detrás del desamor. Desde el olvido.
[1] Julia Guerra, Cárcel de la memoria, Pamplona, edición de la autora [Imprenta Garrasi], 1991, p. 16.
De Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999), poeta de la Generación del 27 y perteneciente al grupo de «Las Sinsombrero», esposa de Juan José Domenchina, ya he transcrito aquí sus poemas «Contemplación de María», «Amor», «El beso» y su soneto «Búscame en ti. La flecha de mi vida…». Vaya para hoy otro soneto suyo, esta vez de su poemario Cánticoinútil (Madrid, M. Aguilar, 1936).
Rosa marchita, de Tania Traver (Arteinformado.com).
Inercia de la muerte. ¡Qué distancia me aleja ya, segura, de lo humano! Aquella rosa que murió en mi mano será pronto recuerdo de fragancia.
Silencio de silencios. En mi estancia diluye su perfil lo cotidiano y retorna sin hieles a su arcano esa amargura que la vida escancia.
Nada será de todo lo que ha sido. Voy a ofrecer al sello del olvido mis párpados febriles y mis labios
que inmoviliza el rictus de lo eterno. ¡Quiero escapar indemne del infierno que arde en la trama de tus besos sabios! [1]
[1] Lo cito por Poetas del 27. Antología comentada, introducción de Víctor García de la Concha, Madrid, Espasa Calpe, 1998, pp. 632-633.
Añado hoy a «Contemplación de María», «Búscame en ti. La flecha de mi vida…» y «Amor» el poema «El beso», de Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid 1999), poeta que forma parte de la Generación del 27. Pertenece esta nueva composición —también de temática amorosa— a su poemario Cántico inútil (Madrid, M. Aguilar, 1936).
Der Kuss / El beso (1909), Gustav Klimt. Österreichische Galerie Belvedere de Viena (Austria).
¡Tus labios en mis ojos! Qué dulzura de estrellas alisa lentamente mis párpados caídos… Nada existe del mundo. Sólo siento tu boca y el temblor de mi espíritu hecho carne de luz. Sé cruel al besarme. Desgarra mis pupilas y arranca de su sombra la lumbre de mi sueño. Con ella te daré mi última mirada.
¡Abrásame los ojos! Que el peso de tus labios despoje mi horizonte de lo que tú no has visto. Quiero olvidarlo todo y anularme en la niebla que ciñen tus caricias[1].
[1] Cito por Mujeres del 27. Antología poética, introducción y edición de José Luis Ferris, 6.ª impresión de la 1.ª ed., Barcelona, Planeta, 2025, p. 268.