Los «Cuentos sin espinas» de Mariano Arrasate Jurico: «Los disgustos de una novia»

Rosita es una joven bella y culta, hija única de padres ricos; varios pollos la pretenden, pero ella quiere a su novio, el médico Ignacio Orgaiz[1]. Sea como sea, la muchacha no es feliz, sufre porque su padre, don Cástor, se opone a la relación con el facultativo: «Todo lo que la hija le encontraba de inteligente, bondadoso, circunspecto y distinguido, le encontraba el padre de atrevido, vulgarote, zopenco y zascandil» (p. 54).

Novios

Asistimos a un diálogo entre padre e hija en el que discuten al respecto (don Cástor no duda en llamar a Ignacio mediquín y pobretón). Rosita decide poner en ejecución una idea, compinchada con su abuela: hay un amigo del padre, don Zoilo, de cincuenta años, que hizo un mal matrimonio[2] y quedó viudo a los treinta. Rosita habla con él y le pide una cita para tratar de una boda; don Zoilo dice que una boda es siempre algo importante: «en la boda se decide el porvenir y hasta la manera de ser de las personas» (p. 66); es una cuestión capital, quizá la más grave de la vida; defiende que la libertad que tienen los hombres para elegir pareja, también deben tenerla las mujeres: el derecho a buscar ellas el compañero con quien compartir su vida. El cincuentón cree que ha sido elegido como compañero por Rosita, pero ella le cuenta que ama a un médico joven, que es todo un caballero, pese a la contraria opinión paterna. Don Zoilo, recuperado de la plancha inicial, dice que intervendrá en su favor.

En efecto, visita a la familia (la forman, además de Rosita y don Cástor, doña Clara, la abuela, y doña Clotilde, la madre) una tarde de lluvia y, al final, cuenta que un médico, Ignacio, ha curado a su primo Ramón, operándolo del riñón. Otro día pasean los padres y don Zoilo; don Cástor no sabe por qué no le gusta Ignacio: cree simplemente que las tres mujeres están confabuladas contra él para imponérselo. Don Zoilo rompe de nuevo una lanza en favor del muchacho: «Le tengo por buen católico y por hombre caballeroso y de intachables costumbres» (p. 89). La madre ha hecho sus averiguaciones y también sabe que es «sólidamente católico», un modelo de jóvenes. Así pues, el padre cede: Rosita e Ignacio se casan y don Zoilo asiste como invitado, recordando para sí la debilidad de haber pensado que Rosita se había enamorado de él[3].


[1] Mariano Arrasate Jurico, Cuentos sin espinas, Pamplona, Torrent-Aramendía Hnos., 1932, 124 pp. Manejo un ejemplar de la Biblioteca del Archivo Municipal de Pamplona, signatura K-1; en la cubierta se lee: Cuentos sin espinas (jocoserios), primera serie.

[2] De hecho, entre los amigos corrió el rumor de que quiso poner en el epitafio: «En 18… pasó a mejor vida la costilla de don Zoilo… Desde dicha fecha descansan la costilla y don Zoilo» (p. 59).

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (y 5)

El poema XXIV de El libro de la creación[1], que anuncia «fértiles y transparentes frutos», insiste en la blancura del día («Inicia el blanco día, y suena blanco, blanco»; «en tu sed y viento se pronuncie / la palabra que crea / y liga absorto vuelo, de luces blancas, blancas»). Se ponderan también aquí «hábiles destinos luminosos». Más importante es el XXV, «Es difícil rendir al hombre con un beso o caricia», que se repetirá luego en el siguiente poemario, Elegías innominadas. Destaca en su construcción la repetición anafórica de «Es difícil» o de «difícil». Centrado de nuevo en el hombre y el universo, contrapone imágenes negativas (opacas negruras, densas noches) y otras positivas, que predominan (luces transparentes, fe, luz, llama victoriosa, día, atrevida esperanza, «el lejano sueño que irreal nos sume donde el vacío vive»)[2]. Es un buen ejemplo de esta poesía densa, conceptual, hasta cierto punto difícil de Amadoz, pero que no es necesario entender lógicamente: basta con dejarse llevar por las sugerencias que nos transmite.

Amanecer

El XXVI[3] nos presenta como ya nacido al hombre, que es de «estirpe dorada», salido de su sombra a la vida y la belleza, que está en un «navío en nuevos mares», que es «mensajero sabio de nuevos mundos». Notemos, una vez más, la unidad del poemario lograda por la repetición de unos mismos temas, motivos y expresiones[4].

Un tono afirmativo preside el XXVII, que repite en posición anafórica «Es», y luego «Es. Es»: «Hombre en su pura ceniza por detrás de los ojos, / pletórica rama de esplendorosos frutos de luz y vida». Una vez más el poema se llena de iluminados días, de luces, de frutos… (luz y vida se identifican, y también luz y frutos).

El XXVIII habla de un ir «hacia la vida toda, hacia la recogida calma». Efectivamente, el signo del hombre es recobrar la esperanza, la ilusión, llegar a «la mañana y sus horas más altas, / resurgidas». También el XXIX transmite sensaciones de armonía, amor, fuerza, concordia y sinceridad: «Senda es este destino, en su torre de luz, camino de nuevos destinos que él crea». El hombre triunfa plenamente de su noche:

Todo luz,
se entrega victorioso y firme en las avenidas nuevas que le inflaman y ponen temporal y sumiso,
en la abierta y cumplida epopeya de su hombre.

Su filial entrega lo eleva en triunfo sobre la desnudez de su llanto, lo arranca de «sus oscuras y dóciles sombras». El hombre sigue siendo el único protagonista de esta gran epopeya del ser. El XXX, tras contraponer caos y sombras a vida, claror y sosiego, insiste en que «luce la vida / más allá de las sombras» y adopta un tono más claramente cristológico:

Y el testigo que no muere,
el que abre sus solitarios brazos y da forma en su cobijo a todo lo que se presta a beber su aire puro,
descansa,
duerme en la vieja senda de su vida,
y camina sin prisa ordenando sus vientos,
arrastrando tras sí al hombre en sus sombras latido.

A este respecto ha señalado Fernández González:

En principio uno se sorprende de que en un poema como El libro de la Creación el nombre de Dios no aparezca profusamente. Sin embargo, el espíritu religioso del libro es evidente porque es evidente la fuerza creadora y porque ésta es «una gran oleada y corriente divina» […]. Dios aparece como «dueño» de todo lo creado que descansa (al final, como dice el Génesis)[5].

En el XXXI el hombre se nos aparece en altura, está por encima de todas las cosas creadas, y no siente dolor, ni soledad, ejerce «su hondo imperio milenario», vive «el día soberano que no muere», «se erige sobre sus raíces infinitas y conquista las cumbres más olvidadas». Se remata con este largo verso: «Por detrás de su mar se plasma la luz inabarcable de un final potente que retumba espumosa calidad de hombre».

Por último, el XXXII (que se repetirá en Poemas para un acorde transitorio) es una composición de tono interrogativo, que nos presenta al hombre en el momento en que «va completar su filial desgarro, su sentencia de cielo», acercándose allí «donde todo es viento de luz clara», y concluye:

Donde se extraen miserias de mundo han de conjurarse en secreto acuerdo los mejores deleites,
se ha de cumplir la violenta paz que los cielos y la tierra albergan ya desde el principio[6].

Como rasgos estilísticos, destacamos la decantación por el versolibrismo y las repeticiones constantes, que consiguen el ritmo de estos poemas, subrayadas en ocasiones por las anáforas, muy frecuentes (me he limitado a señalar unos pocos ejemplos, pero son muchos más), y los encabalgamientos[7]; así lo ha señalado Fernández González, cuando escribe que el libro «se organiza en cantos (treinta y dos) y formalmente es de tono versicular sostenido por el ritmo de la palabra y de las ideas, conjugadas ambiciosamente para lograr un resultado único final»[8].


[1] José Luis Amadoz, El libro de la creación, Pamplona, Gráficas Iruña, 1980.

[2] Notemos el símil «las luces corran frescas y puras, como ríos de vivo fuego».

[3] Empieza por la conjunción «Y…», marca de continuidad ya anotada supra.

[4] Aparece repetido ahora el leit motiv de la madre, de la maternidad.

[5] Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 72.

[6] La alusión a «tantos ciclos no acabados» viene a enlazar textualmente con el último poema del libro anterior («El ciclo se culmina»).

[7] Para algunos ejemplos, véase Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, pp. 72-73.

[8] Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 70. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Los «Cuentos sin espinas» de Mariano Arrasate Jurico: «El espejo del señor Blas»

Comienza con la descripción de la localidad de Iturraga (que significa ‘muchas fuentes’ en euskera), un lugar ameno, con coquetas casas blancas, rebosante de felicidad; pero también hay en el pueblo familias que sufren, por ejemplo la del señor Blas: sufre sobre todo él, anciano de setenta y dos años, ya que su hijo, el labrador Hilario, su nuera y los nietos le tienen antipatía y le tratan sin cariño[1]. ¿Cuál es la razón? «No lo sabemos, ni el que lo ignoremos afecta en nada al fondo de nuestro objeto» (p. 39). Quizá —se apunta— sea cuestión de los parentescos políticos, que son un invento diabólico. Los hijos se meten con el abuelo azuzados por la madre (igual que en uno de los cuentos de la otra serie, «En el pecado…»). El maltrato llega incluso al extremo de darle poca comida a don Blas. Hilario, se explica, era bueno con él hasta que quedó imposibilitado para el trabajo; ahora, agobiado por penalidades y privaciones, lo ve como una carga, aunque todavía se hace respetar: si el padre está en casa, hay paz; pero cuando sale al campo, todos la emprenden con el abuelo; por eso don Blas se suele alejar paseando (está mejor solo que mal acompañado).

Asilo de Herencia a comienzos del siglo XX

Llega a la conclusión de que sería mejor para todos que él ingresase en el Hospital Provincial y, en efecto, un día marcha a Pamplona en un carro con su hijo Hilario; paran en una alameda junto a una fuente para almorzar. Entonces don Blas cae de rodillas rezando a Dios: han ido a detenerse en el mismo sitio donde él paró a almorzar cuando llevaba a su padre al Hospital, pues también lo consideró en su momento una carga inútil; la historia se repite ahora con su persona; el anciano siente tardíos remordimientos y considera que lo que le pasa es un castigo de Dios. Por otra parte, la enseñanza que saca Hilario viene indicada por el narrador: «No era tonto, y pronto dedujo enseñanzas: aquello era un castigo para su padre y una lección soberana para él» (p. 47).

Vuelven ambos a casa, porque también Hilario es presa de remordimientos y decide imponer su autoridad: el pan, poco o mucho, se repartirá entre todos y habrá paz en la familia; consciente de haber sido mal hijo y mal cristiano, entona el mea culpa y se propone enseñar a sus hijos la recién aprendida lección, por la cuenta que le trae para el futuro. Blas vive desde entonces mimado, aunque muere poco después.

En definitiva, el tono didáctico es también patente en este cuento, insistiendo en el respeto y cariño debidos a los mayores; además, todo hecho, bueno o malo, de nuestras vidas constituye una lección de la que podemos aprender algo positivo. Al final hay una nota del autor indicando que este caso lo oyó referir en Navarra, pero que ha sucedido igualmente en Jaca, en Calahorra, etc.:

De cualquier modo, el hecho —haya sucedido donde quiera— es tan educativo, que no he tenido inconveniente en recogerlo, darle la forma literaria en que lo presento y traerlo a este librito (p. 50)[2].


[1] Mariano Arrasate Jurico, Cuentos sin espinas, Pamplona, Torrent-Aramendía Hnos., 1932, 124 pp. Manejo un ejemplar de la Biblioteca del Archivo Municipal de Pamplona, signatura K-1; en la cubierta se lee: Cuentos sin espinas (jocoserios), primera serie.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (4)

El XVI y el XVII son los poemas centrales del poemario[1], muy importantes. En el primero vemos a los hombres («la gran población»), a cada hombre, salido de la noche y de la sombra, irrumpiendo de su sueño en la mañana, y la acumulación de imágenes positivas es muy notable: «alba silenciosa y reciente», «luz que de dentro le guía», «mágico reinado», «poderosa armonía / de seres en triunfo», «mañana, suprema y virginal», «nevada blancura», «la luz del alba silenciosa y bella» (hermoso endecasílabo ocasional; es, en realidad, la parte final de un largo verso de treinta sílabas), «vivos horizontes», «alba silenciosa, blanqueada y novísima». En suma, ideas de luz, armonía y triunfo. El XVII, por su parte, desarrolla una bella imagen del «gran árbol del día» que en sus raíces puebla de luz el universo; hay ahora «caminos arrogantes y nuevos», luz filial y pura, luz infinita, y el poema se remata con estos versos:

El gran árbol del día en sus raíces puebla de luz el universo,
y no hay ya sino dobles de luz infinita, aires que se quiebran
y mueven al fuego de las ondas nuevas.
Sólo hay seres que salidos de ignorados ríos discurren hasta descansar al fin en el mar
verdeante del tiempo de los días y las noches,
del tiempo que da cita al hombre con el hombre,
al hombre salido en pleamar desde su hondo ímpetu,
y de ser ya entregado a la fe de su luz propia y evidente.

Árbol de luz con raíces

El XVIII transmite —sigue la unidad de contenido— sensaciones de orden, armonía, luz y hermosura; los seres, en esta mañana nueva, se abren a destinos de plenitud: «Es buena la mañana que dispone las cosas y abre cada ser / en su destino lleno». El hombre, que es «príncipe altanero» de «cuna eterna» (ya nos aparecieron expresiones similares en Límites de exilio), «puebla todo de nombres, cosas y personas», como sucedía en el Génesis. Todo es belleza y plenitud: hay un «orden de espacio» y «cada rincón de luz herido brota ya hecho hermosura».

Positivo es también el ambiente creado por el poema XIX: «labora en su luz de nardo la mañana», «extraña belleza», «manso arrullo», «exacto colorido de los seres»; esa luz «crea al hombre en cada instante que se crece» y «rueda el porvenir en céntrica voz de hombre». Merece la pena citar el final del poema (hay logrados finales, muy rotundos, en este libro):

Cerca, ya muy cerca, labora en su luz de nardo la mañana,
y rompe el yo que vela dormido hasta hacerlo rememorado y nuevo;
crea al hombre en cada instante en que se crece,
resolviendo su estrecha confinación y acallando su enceguecido llanto.
Cerca, ya muy cerca, todo se engrandece y gira en su calmado grito de azules y rosas,
y rueda el porvenir en céntrica voz de hombre.

La luz y el color renovados («manantial de luz de color renovado y puro») siguen presidiendo en el poema XX, con idea de pura ascensión (las imágenes positivas son aquí «entrañada vida», «su beso de amante convulso y rosa primeriza», «todo le ofrece oculta gracia y azulados desmayos, que lo elevan del lecho retornado»). Seguimos estando en ese momento emergente de la creación, cuando surgen de la nada las cosas y el hombre se alza, en medio, como rey de todo el universo.

En la creación insiste el XXI, en el que el hombre —que es calificado como «príncipe de supremos y fértiles páramos solitarios, / rey de estériles reinos e inalcanzables frutos»— aprende qué es el día. Un tono exclamativo y paralelístico domina en el XXII, que a través de la anáfora exclamativa «¡Oh corporal presencia…» abunda en ponderar esa «armonía de seres / prodigiosos». Se trata de un poema admirativo que muestra el optimismo del poeta ante la prodigiosa ordenación del cosmos, que no está hecho, sino que se va haciendo lenta y maravillosamente.

En la poesía XXIII[2] el yo lírico se dirige a un tú, que es el «hombre dormido» en una opaca y densa sombra, al que la mañana lanza «a su imperio de luces»; a partir de ahí, imágenes gratas como «azules besos», «mañana espléndida», «altitud luminosa»… Como en el resto del poemario, noche, sueño, sombra son símbolos negativos, en tanto que mañana, día, luz representan los aspectos positivos[3].


[1] José Luis Amadoz, El libro de la creación, Pamplona, Gráficas Iruña, 1980.

[2] Este poema se repetirá luego en Elegías innominadas.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Los «Cuentos sin espinas» de Mariano Arrasate Jurico: «Las médicas en casa»

La acción ocurre en Otaegui, que carece de médico; sí lo hay (médico, veterinario, farmacéutico y practicante) en una villa cercana, distante tres leguas[1]. El narrador afirma que al final de la vendimia «ocurrió lo que voy a contar al curioso lector»: Ramón sufre una indigestión de acelgas, por las muchas que ha comido para celebrar la buena cosecha de uva; le duele el estómago, y el narrador comenta irónicamente:

¿Qué tenía Ramón?

No lo sabemos de seguro, porque no consta concretamente ni en las Actas concejiles ni en las Hojas clínicas de Otaegui; pero creo que podemos deducirlo apoyándonos, no sólo en razones de lógica, sino también en testimonios de autoridad científica (p. 9).

Faustina, su hija, ha sido sirvienta en una casa donde ha visto a la señorita usar el termómetro, así que se decidió a comprar uno para su familia. Ella y la madre, Práxedes, meten en la cama a Ramón; le ponen el termómetro, y como marca 38 grados, le dan un fuerte purgante; además, acuden a otros remedios caseros: le ponen un ladrillo rusiente en el estómago y unas alpargatas calientes en los pies, colocan un brasero en la habitación y seis mantas en la cama, dejando la habitación sin ventilar; Ramón tiene que sufrir esta calurosa tortura durante varios días (en los que padece además hambre y sofoquinas), pero el termómetro marca siempre igual.

Hombre enfermo mirando su temperatura en un termómetro

Emeterio, el hijo, va a buscar al médico, que manda al practicante, gran jugador de tresillo; este ordena ventilar la habitación y quitarle tanta ropa al enfermo, indicando además que beba leche y que le den un baño. Entonces llaman a don Lucas, secretario y maestro del pueblo, porque no saben dónde bañar a Ramón, y se le ocurre meterlo en una comporta, con tan mala suerte que queda atascado. Por fin viene el médico, que se da cuenta de que el termómetro estaba estropeado: Ramón no tenía nada, pero ha pasado trece días en la cama, sufriendo las torturas de las «médicas» y, además, sin sembrar los campos.

La enseñanza que se desprende de esta divertida anécdota es harto clara: es mejor que no haya termómetros en las casas de quienes no saben usarlos y que no se practiquen remedios que pueden resultar perjudiciales para el enfermo, sino que se llame al facultativo cuando sea necesario. El caso presente servirá de lección, y el propio Ramón se encargará de que no se repita, al menos en su familia[2].


[1] Mariano Arrasate Jurico, Cuentos sin espinas, Pamplona, Torrent-Aramendía Hnos., 1932, 124 pp. Manejo un ejemplar de la Biblioteca del Archivo Municipal de Pamplona, signatura K-1; en la cubierta se lee: Cuentos sin espinas (jocoserios), primera serie.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (3)

El número IV de El libro de la creación[1] nos presenta a «el hombre en su proyecto, salido de su sueño», siendo ya «vertida / carne que se ilumina»; se reiteren imágenes de nacimiento: «todo nace vibrante, / de albor y de silencio y de luces fatigado». Las distintas reiteraciones (aquí de los adjetivos «Suprema y esplendente») confieren el ritmo poético a la composición. El V nos anuncia que «Todo queda arrancado de su noche tranquila», nos habla de «arpegios / luminosos y sangrantes». Los seres, en su pasión, salen de la noche; es un instante «de oculto prodigio». La luz es aquí el símbolo esencial:

Se agiganta radiante el penumbroso límite de seres al acecho;
ya el horizonte pisa seguro, desdoblando
límpido la maroma templada de la noche, de su luz revestida.

Amanecer

El VI nos transmite otra vez la sensación del nacimiento de un nuevo día: «Nace supremo el día» (frase que se reitera), día que «emerge en osadía y en fuego de ser» y es «síntesis radical de luz y bravo mundo». Por su parte, el VII nos muestra al hombre como centro de todo este universo («hombre centralmente suyo»). «Todo guarda salvaje relación» ahora y hay una «rotunda ligazón de destinos»: expresiones e imágenes, en suma, que nos reiteran el prodigio de esa nueva mañana.

El VIII desarrolla la idea de una «entonada ascensión luminosa», de «la luz que invade todo», de «ascensiones de mundos sin confines» y de nuevo, en medio de todo, el hombre:

Y de amplio relieve se aísla,
centra el ser,
sublime, en su rotunda y preñada mañana.

La unidad de tema e imágenes que preside este poemario[2] se confirma en el poema noveno, donde se alude a inmensas sombras que se disipan y a horizontes que se abren. Es un poema de afirmación, con el hombre en el centro de todo, iluminado:

Estoy, está aquí, coronación nocturna,
sedición diaria, eterna, vertiendo su horizonte.
[…]
Estoy, está aquí, coronación nocturna,
y por todo parece que se abre limpiamente entregada,
rompiendo las pesadas arenas, las densas sales blancas,
frescamente doblándolo
todo en adelantos, definidos futuros que pueblan el presente.
Estoy, está aquí, coronación nocturna,
vivamente cogido por todo,
iluminado.

El siguiente se refiere a la «ordenación más elaborada» del mundo, a la llegada del color (ahora «el grisáceo campo resplandece en colores»); en este proceso, el hombre se muestra como ser que pertenece a una «estirpe milagrosa» que cumple un destino. Y acaba:

Ya, de opacas sombras, arde en el brío del sol más glorioso,
la regia y más colmada concentración de ser.

El XI nos presenta a «el ser», es decir, al ser esenciado «en el redondo y fértil nacimiento»: «el ser, / que en su más exultante renovación se ofrece». Y el número XII trata del decaer de la noche: «La mañana acepta, alegre y complacida, la incandescente senda que le lleva incipiente / al ser»[3]. A su vez, el que figura bajo el número XIII insiste en la dicotomía luz que nace / sombras que se disipan. Seguimos asistiendo a ese momento de plenitud en que, «enfrentados y amorosos la tierra y el cielo en primitivo abrazo», «Todo nace» y la luz de la mañana saca de su remanso «al ser íntimo y lleno de progreso inaudito y creciente marea»[4]. En suma, seres formándose, que salen de la nada o del caos primigenio y nacen al ser (igual que sucede, en otro orden de cosas, en el momento creativo de la inspiración poética).

Lo mismo ocurre en el XIV, donde se insiste en la aparición del color («Y gama terminada, se viste en su color la hora»), y «a cada ser toda el alma le sale en su vital frescura», y se hace «consumada belleza», mientras se avanza hacia una perfección que podríamos calificar de guilleniana:

Hay brillante y angélica alegoría,
empeño, apenas dominado, del ser al recrearse en pura entrega a otro,
hay una expresión muda del amor indiviso, un presente que anuncia
muy lejanos futuros de fervientes mañanas y de innúmeros seres
que cumplen, manifiestos, el esplendor que en todo les eleve
y les sobre, en su gran oleada y corriente divina.

En el XV, «Sucede que la gran población se conjunta de luz y vida»[5], luz, vida y fe son sinónimos, hay destinos nuevos («el destino desciende limpio sobre nosotros»); el poeta se recrea en la plasmación de todo ese mundo salido de la nada[6] y atrás quedan la noche y el dolor[7].


[1] José Luis Amadoz, El libro de la creación, Pamplona, Gráficas Iruña, 1980.

[2] De hecho, varios poemas, incluso el primero, empiezan con una conjunción y, que enlaza unos con otros y da continuidad al poemario (véanse los números X, XI, XIV, XVIII y XXVI).

[3] Termina así: «Ya el esplendente ser, de su noche devuelto, revuela hacia su nido».

[4] Destaco además la sinestesia «la brisa que verdea».

[5] Véase supra (poema X) «la estirpe milagrosa que diariamente nace del populoso ámbito», la «espesa población»; y en este poema XV, más abajo, «la multitud radiante».

[6] Nótese la anáfora de «Sucede que…»; se repite también a lo largo del poema la frase «cuesta creer».

[7] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Los «Cuentos sin espinas» de Mariano Arrasate Jurico: «En el pecado…»

Una tarde de invierno, el anciano don Ulpiano acude a don Regino, el párroco del pueblo, para contarle su grave problema: en casa, su hijo y su nuera le hacen la vida imposible, le tratan con un frío glacial, sin ningún rastro de amor o cariño; lo mismo hacen sus nietos, imitando el trato y la indiferencia de sus padres[1]. Está desesperado y hasta ha pensado cometer una locura para poner punto final a su situación. El cura le tranquiliza y le comenta que hablará con su hijo. Acude, en efecto, a charlar con Sotero y su esposa Eugenia, pero la conversación, en lugar de arreglar las cosas, las empeora: la nuera, una mala pécora, reprende a su suegro por ir con los cuentos de casa al párroco.

Ante el nuevo maltrato y la situación de tensión agravada, el anciano toma la decisión de acudir a un asilo, pero el mal tiempo y una fuerte nevada le impiden poner en ejecución su plan. Para no encontrase con Eugenia, se retira varios días a su habitación sin comer o sin cenar. Una de esas noches muere de frío. El médico certifica la muerte, que ha ocurrido veinticuatro horas antes sin que nadie en la casa se diera cuenta. Desde ese momento, el hasta entonces pusilánime hijo toma las riendas de la situación: la mujer, odiada por su marido, pierde el control de la casa, lo que más ansiaba; además, a ella le atormenta la duda de que el anciano se dejara morir adrede. Desde entonces, tanto Sotero como Eugenia llevan en el pecado la penitencia (refrán al que alude el título).

Abundan en estas páginas las reflexiones bienintencionadas sobre la vejez, puestas siempre en boca de don Regino. Así pues, en este caso, el tono moralizante está en cierto modo justificado, porque es un sacerdote (una persona cualificada para transmitir ese tipo de enseñanzas) quien ofrece esos consejos, ya al anciano, ya a sus familiares. Veamos:

—El que una persona se haga anciana no es motivo para perderle el cariño y para tratarle mal. Por el contrario, es motivo para amarla más y para extremar con ella las atenciones, los cuidados, la afabilidad… (p. 72).

—Pero es que los ancianos, mi buena Eugenia, necesitan más atenciones y más cariño que los demás. Los ancianos son unos enfermitos, unos enfermitos naturalmente tristes, porque saben que su enfermedad —que es la ancianidad con todos sus desmayos y achaques— no ha de curar ni mejorar, sino que ha de agravarse cada día (p. 77).

—Un anciano es algo muy delicado que necesita y requiere el mayor cuidado (p. 78).

Aunque eso no impide que también el narrador explicite al lector la enseñanza que se encierra en el relato:

Si las cosas se hicieran dos veces, es seguro que Eugenia y Sotero hubieran procedido de muy distinta manera con don Ulpiano y hubieran hecho de él el viejo más atendido y hasta mimado del mundo. Pero las cosas se deben hacer bien a la primera, porque muchas veces no caben rectificaciones, o son deficientes (p. 86)[2].


[1] Utilizo una edición de Cuentos sin espinas, por Mariano Arrasate Jurico, s. l., s. i., s. a., 86 pp. (Biblioteca General de Navarra, signatura 2-2/14) formada por recortes encuadernados del folletín de un periódico.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (2)

El libro[1] se abre con una cita del primer capítulo del Génesis: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» y una nota «Sobre El Libro de la Creación», unas palabras de presentación debidas a la pluma de un poeta amigo, Ángel Urrutia, quien acertadamente expresa:

El Libro de la Creación, como casi toda la obra poética de José Luis Amadoz, es una poesía dinámica e interiormente conflictiva, resuelta en tono mayor y con signo de trascendencia. Estamos ante un poeta que consigue conjugar felizmente su poesía con su vida.

Urrutia precisó las dos características principales del poemario: su unidad, pues lo califica de «poema metafísico y teológico» (aunque está formado por treinta y dos poemas numerados en romanos, todos ellos forman una unidad compleja), y su carácter existencialista:

Hay que destacar que El Libro de la Creación (escrito en los años 1964-1965) es un poema total por unitario, orgánico, cíclico; libro de una gran concentración ideológica y expresiva, pero no de elucubración filosófica, que esterilizaría la emoción poética, sino de re-creación metafísica, de un esencialismo existencial capaz, por eso mismo, de humanizar y vitalizar la naturaleza y el hombre.

En El Libro de la Creación el poeta busca, en su actitud de intimidad y entrega, la comunicación, la identificación con el ser que, lejos de un panteísmo cósmico, supone una interpretación humano-existencial de positivo signo religioso.

Quiero también resaltar que el caudal interior de este libro no sigue una trayectoria lineal, sino circular y concéntrica; que es un poema de variaciones, de desdoblamientos: de desbordamiento; en el que el lector ha de abandonarse emocionalmente para lograr impregnarse del ritmo de su palabra y de su pensamiento.

Por su parte, Ángel Raimundo Fernández también ha subrayado el carácter trascendente enunciado en estos versos:

Como en los dos poemarios anteriores, la poesía surge de un interior que asume fuerzas diversas y que busca una armonía final entre todas ellas en una subida a la trascendencia que unifica[2].

Y, al mismo tiempo, ha llamado la atención sobre la circunstancia de que, en las fechas de redacción de El libro de la creación, ese aliento poético era vanguardia en Pamplona.

Noche

Como acertadamente resume este último crítico citado, «El canto de la creación tiene un centro: el hombre que vive entre todas las cosas», cuyo proceso es «la búsqueda y conquista de la armonía y paz de los cielos y la tierra habitados por el hombre»[3]. Pues bien, esa búsqueda apunta ya en el primer poema, donde se nos habla de una actual «luz muy oscura y escondida», pero se preanuncia un «futuro día» de destino y horizontes:

Va añadiendo imposibles la mañana, promesas
de prodigiosa fe escondida en las cosas;
y ya el ser se proclama firme en la elevación de su armonía interna,
y un beso el pensamiento liga, en soplo con soplo,
como en íntimo abrazo.

El segundo poema insiste en imágenes de nacimiento: «alborada / naciente» (sintagma destacado por el encabalgamiento), «vuelo de imperio enardecido», «llanto poderoso de ardiente parto». Poco a poco, la luz y el amor se van abriendo paso. El número III alude al nacimiento de un nuevo día y a la emergencia de la ciudad, que pasa de la niebla al sol cuando se borran las «últimas sombras de la adensada noche». En ese contexto en que emerge la ciudad y nace el día llama la atención la imagen de un «hombre ancianizado», que es en todo caso «ser y destino en triunfo»[4].


[1] José Luis Amadoz, El libro de la creación, Pamplona, Gráficas Iruña, 1980.

[2] Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 70.

[3] Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, pp. 70 y 71.

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Los «Cuentos sin espinas» de Mariano Arrasate Jurico: «Disgusto tremendo»

Germán ha vuelto a su pueblo tras permanecer cuarenta años en América, donde ha conseguido hacer fortuna[1]. Una tarde que habla con Luis, ve pasar a una persona del pueblo apodada «el zurdo de Carrasperas» y esa visión suscita en el recién llegado el recuerdo de una anécdota de su infancia: un año, por su santo, su tío Doroteo le dio un ochavo, toda una fortuna para un chiquillo; en lugar de guardarlo con varios nudos en el pañuelo, como le aconsejó su tío, fue por el pueblo mostrándolo a todo el mundo. Entonces apareció el zurdo, joven algunos años mayor que él, y se apoderó de la moneda; él regresó a casa enfadado, con un «disgusto tremendo», y hasta quería que se llamase a la Guardia Civil, pero su tío le replicó que lo tenía bien merecido, por no haberlo puesto a buen recaudo, y le prometió dar otro ochavo al año siguiente si se enmendaba.

Ochavo

Tras oír la historia, Luis comenta al final que su amigo tuvo, en efecto, bien presente la lección, refiriéndose a que ha hecho fortuna. Y el indiano apostilla:

—Eso sí: aprendí a atar y a asegurar los ochavos, es decir: a administrarlos debidamente. Y también aprendí esta idea: que muchas veces no importa perder dinero si se gana experiencia. Esto a condición, naturalmente, de que apliquemos juiciosamente la experiencia en el desenvolvimiento de la vida; porque si no la aplicamos, habremos perdido el dinero sin compensación alguna (p. 68).

De nuevo, como en otros cuentos de Arrasate Jurico, la intención didáctica es clara. A veces, las digresiones de este tipo interrumpen el hilo de la narración: por ejemplo, al recordar los interlocutores los métodos del viejo maestro don Epifanio, frente a la educación que se da hoy a los jóvenes:

—Aquello era educar con juicio, y así crecían los muchachos sin vicios ni peligrosas costumbres de tirar dinero. En cambio, hoy, desde que abren los niños los ojos se encuentran llenos de dinero y de costosos juguetes, y se acostumbran a vivir como ricos. Es un desatino criarlos así porque les hacen desgraciados: los chicos criados así no se conforman con nada cuando llegan a mayores.

—Es cierto, pero sigue con el disgusto de nuestro zurdo, porque en estotro no vamos a remediar nada.

—Sin embargo, no me cansaré de decirlo porque es un mal grave. Mas, volviendo a nuestro cuento… (pp. 65-66) [2].


[1] Utilizo una edición de Cuentos sin espinas, por Mariano Arrasate Jurico, s. l., s. i., s. a., 86 pp. (Biblioteca General de Navarra, signatura 2-2/14) formada por recortes encuadernados del folletín de un periódico.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (1)

En el momento de su aparición original (Pamplona, Gráficas Iruña, 1980), era un poemario de 75 páginas que se presentaba con un subtítulo que anunciaba la unidad del libro: El libro de la creación. Poema[1]. Y la solapa interior nos ofrecía esta explicación:

El poeta ya conocido entre nosotros, José Luis Amadoz, nacido en Marcilla y residente en Pamplona, donde trabaja como médico-psiquiatra, publica este nuevo libro con el título de El libro de la Creación. Se trata de un poema total dividido en cantos que conservan su unidad a lo largo de la obra. Formalmente de tono versicular, con un ritmo donde se funden la palabra y la idea de un modo preciso, ofrece al lector un intento de descubrir el nacer del hombre cada día en su juego múltiple de luces, cosas, seres y símbolos, destacando el hombre como en un rumor que lo llena todo y desea ser libre sin poderlo, por sentirse atado a su destino. Para leer este libro hay que sumirse en él no tanto en un afán de comprensión como de fe para encontrar a través del mismo su propio destino, su propio poema, su propia existencia[2].

Analizado desde el punto de vista temático, podríamos considerar que este nuevo poemario de Amadoz constituye una continuación de lo ya expuesto en el anterior, Límites de exilio. El tema nuclear es la idea de un hombre trascendido más allá de la muerte y sus limitaciones: un hombre que avanza hacia la luz, la altura, la vida… El mundo se concibe como un caos que poco a poco se va ordenando en forma de cosmos, como un inmenso material que va pasando de lo informe a lo con forma, de lo gris a lo coloreado…

Caos cósmico

Igualmente, el hombre, que es de cuna eterna, yace caído en un prolongado destierro, vive en medio de su noche de dolor. Pero, convertido en niño recién nacido, será capaz de protagonizar una ascensión luminosa, en la que se va abriendo a lo que de divino hay en su interior[3]. Como en el libro anterior, el hombre debe, por tanto, salir de la noche y el sueño a la vida y el sol. En efecto, en este poemario la imagen del sueño se concibe en sentido negativo, pues es sinónimo de vacío, mientras que encontraremos imágenes positivas como alba, amanecer, nacimiento, creación… Así lo ha destacado Ángel-Raimundo Fernández González:

Los grandes símbolos del poema son la luz, la alborada, la mañana. Sobre todo la luz. […] el símbolo de la luz, en «un Génesis» bíblico, es la máxima expresión del poder creador y de la vida. En casi todos los casos, […] luz y vida se emparejan. […] Frente al símbolo de la luz aparece el de la noche, las sombras. El día vence y crea. La noche, las sombras, son el símbolo de la nada[4].

En definitiva, el hombre se concibe ahora como un ser nacido, un ser esenciado, portador de un alto destino, y debe por ello recorrer un largo camino hacia lo alto (lo Alto) y hacia la luz (la Luz), debe experimentar, mejor dicho, debe protagonizar un lento proceso que se concibe en términos de subida, de ascenso hacia al orden, hacia la luz, hacia una «mañana» en la que se disipan todas las sombras. Aquí los hombres son ríos «que van a dar en la mar», pero no entendida la frase a la manera manriqueña como mera desembocadura en la muerte, sino como final esperanzado en Dios. De ahí que apreciemos un tono marcadamente optimista en algunos poemas e, incluso, ciertas referencias cristológicas que ya se hacían presentes en Límites de exilio.

Desde el punto de vista estilístico, y a tenor de lo que llevamos dicho, fácil será comprender que el poeta vuelva a manejar dicotomías esenciales del tipo noche / día, cuerpo / alma, vacío y esterilidad / frutos y cosecha, tiempo / eternidad, etc. Todo ello de nuevo en versos libres de larga extensión que tratan de recrear la fluida cadencia de los salmos bíblicos[5].


[1] Llevaba entonces la siguiente dedicatoria: «A las últimas y pequeñas de mis hijas, M.ª Juana (Anuka) y M.ª Victoria (Toyoya)». Con respecto al título, el autor prefiere escribir la palabra creación en minúscula, porque se está refiriendo a un fenómeno creacional de índole universal, a la evolución del cosmos, sin un valor necesariamente trascendente.

[2] En la otra solapa interior se anunciaban las «Obras publicadas» del autor: Sangre y vida y Límites de exilio, mientras que figuraban «En preparación» Callado retorno, Poemas primeros y Elegías del hombre.

[3] Escribe Ángel Raimundo Fernández: «Como en los dos poemarios anteriores, la poesía surge de un interior que asume fuerzas diversas y que busca una armonía final entre todas ellas en una subida a la trascendencia que unifica» («Río Arga» y sus poetas, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 70).

[4] Fernández, «Río Arga» y sus poetas, pp. 71-72.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.