Los relatos de Iturralde y Suit: algunas características

En una entrada anterior ofrecía una clasificación de las obras de Juan Iturralde y Suit. Ahora no voy a detenerme en el análisis exhaustivo de sus leyendas y cuentos, que sin duda merecen un estudio mucho más profundo, pero sí que me gustaría señalar algunos rasgos generales que se aprecian en esos relatos.

Juan Iturralde y Suit

Cabe destacar en primer lugar el uso brillante de la adjetivación en las descripciones paisajísticas: la fina captación de la naturaleza se une al hondo sentimiento de amor por la tierra que impregna esos escritos —Iturralde defiende la navarridad vascónica— y que lleva a una visión arcádica de la Euskal-Erria: Vasconia es uno de los últimos reductos puros e incontaminados frente a los efectos devastadores de la civilización moderna y del progreso, destructores inmisericordes de las costumbres de la raza. El tema del respeto a la tradición, encarnada en los mayores, implica en ocasiones consecuencias estructurales, ya que en muchos relatos cobra enorme importancia la oralidad: el narrador es con frecuencia un viajero que tiene oportunidad de escuchar una historia de labios de un anciano, que es quien conserva las viejas leyendas y tradiciones, a quien se cede la palabra. Existen también otros relatos de magnífica arquitectura, construidos por medio de repeticiones paralelísticas y con una estructura circular (ejemplo señero sería el de «Las brisas de los montes euskaros»).

En cuanto a su concepción de la historia, Iturralde y Suit acude al pasado como espacio donde aprender una lección para el presente. Contrapone un pasado glorioso con un presente poco halagüeño, pero en él siempre queda abierta una puerta a la esperanza regeneradora (véase el final de «Las brisas…»), debido en buena medida a sus creencias religiosas. Existen en sus relatos rasgos románticos, como la presencia constante de ruinas de castillos y monasterios, pero no se muestran como mero elemento decorativo, ni siquiera como mero escenario de los episodios históricos narrados, sino que son símbolo de los desgarrones, reales y dolorosos, de la identidad navarra en ese momento crítico de la historia.

En fin, al brillante empleo de la adjetivación, al tono lírico y a la pericia técnica ya apuntada, se podrían añadir como marcas de estilo de estas narraciones (que, por lo general, fluyen de forma sencilla y sobria) la presencia de ciertos rasgos de humor —en los relatos contemporáneos, no así en los ambientados en el pasado— o la inclusión de palabras o expresiones vascas, que por lo común suelen ir destacadas en cursiva: por ejemplo, sorguiñas, aitona, makillas, alayua ‘el grito de guerra vascón’, Jaun-goikoa, irrintz, chirula, lamiñacs, Basso-jaun, ezpata, chaolas, Heren-sugue o Herentsugue ‘dragón mitológico’, nor da or, ongui etorri, jaunac, kaiku, belarra, azkona, gazteluaren jauna, batzarre, maisterrak, mutil, ene seme maitia, sagarduos ‘vascos provincianos’, etc.

Francisca Sarasate Navascués y sus «Cuentos vascongados» (1896)

Francisca Sarasate Navascués (La Coruña, 1853-Pamplona, 1922) fue hermana del músico Pablo Sarasate y esposa de Juan Cancio Mena, de ahí que firmase algunos libros como Francisca Sarasate de Mena. Lo más interesante de su producción literaria es una colección de Cuentos vascongados (Barcelona, 1896), que incluye trece relatos, localizados todos —de forma imprecisa— en pueblos de Navarra o las Provincias Vascongadas.

Cubierta de Cuentos vascongados
Cuentos vascongados

En cierto modo, se asemejan a los cuentos de Antonio de Trueba, en el sentido de que ofrecen un elogio de la vida sencilla en el campo, aunque su calidad sea inferior con mucho. De casi todos ellos se desprende una enseñanza (algunos títulos son reveladores: «La caridad bien entendida…», «Antes que te cases, mira lo que haces»), aunque esa carga moralizante no llega a ser demasiado abrumadora. En algún caso la enseñanza no solo se deduce del ejemplo presentado, sino que se formula explícitamente; por ejemplo, en «Sueños de color de rosa» —que recuerda los Cuentos de color de rosa de Trueba—, hay una reflexión sobre el juego, presentado como una pasión que «absorbe todo, aniquila todo, rompe los lazos de parentesco y amistad, imposibilita de sentir y es ciega de tal modo que se asiste a las mayores catástrofes con la indiferencia de los estoicos» (pp. 37-38).

Estos Cuentos vascongados son narraciones sencillas, tanto por su forma como por su contenido: en efecto, entran en ellos historias y vidas vulgares, contadas sin grandes complejidades desde el punto de vista técnico. Es más, atendiendo a su estructura, algunos finales parecen algo precipitados, como si estuviera sin desarrollar plenamente la acción planteada; o bien sucede lo contario, algunos relatos son llevados hasta un extremo exagerado en sus últimas líneas, como si se buscara un efecto de sorpresa impactante sobre el lector (en «El ideal», tras el fallecimiento de Amado, Rosa muere sin que quede muy claro por qué; la muerte de Sofía y de César en «¡Noche triste!» es igualmente muy folletinesca). Cierta originalidad en la construcción presenta «¡Me aburro!», pues se trata de un cuento epistolar: el texto lo constituyen tres cartas dirigidas por Elvira, que veranea en San Sebastián, a una amiga; el desenlace se presenta en una postdata añadida a la tercera.

Los personajes no siempre están bien trazados y a veces resultan contradictorios: por ejemplo, Pura, de «El ideal», se hace simpática al lector porque es maltratada, pero en realidad es una mujer casquivana que galantea con todos y merece nuestra antipatía; en «Gavón» (mantengo las grafías del original) se insinúa que Fermín es el hermano amable y cariñoso con su madre, mientras que Esteban es el malo, pero al final sucede al revés; la Rosa de «Sermón perdido» viene a comportarse como un don Quijote femenino, aunque en el fondo no pase de ser una deslenguada mujer de mala vida. Esas contradicciones y vacilaciones de carácter, que en otras circunstancias (por ejemplo, en una novela) podrían ser consideradas aciertos de caracterización —la vida no es como parece; la vida es más compleja de como se nos presenta a primera vista—, más bien pueden tenerse aquí por defectos debidos a impericia narrativa de la autora.

En algunos de estos cuentos apenas existe el diálogo: se ha reducido al mínimo, o bien ha quedado sustituido por el estilo indirecto. En conjunto, el mejor relato tal vez sea «Contra viento y marea», que ocupa el primer lugar del volumen. Narra la historia de una viuda joven con varios pretendientes que termina casándose con su criado Sancho, pese a la oposición de todo el pueblo y de su propia familia: Catalina ha de defender su decisión tal como indica el título para triunfar de la hipocresía y el rechazo general, viendo al final premiado su esfuerzo con un matrimonio feliz.

Francisca Sarasate es autora de otras obras: Un libro para las pollas (1876), que es una novela didáctica destinada a la educación de las señoritas, Horizontes poéticos. Libro rítmico (1881), Amor divino (1882), Fulvia o los primeros cristianos (1888), novelita corta escrita a la manera de la Fabiola del cardenal Wiseman, Romancero aragonés (1894), Poesías religiosas (1899) y Pensamientos místicos (1910).