«Al entierro de Cristo», de Lope de Vega

Nos siguen acompañando en estos días de Semana Santa los versos de Lope de Vega, a veces gran pecador y gran arrepentido a veces. Este romance dedicado «Al entierro de Cristo» pertenece, igual que los poemas de días anteriores, a sus Rimas sacras (1614), que acompaño con el «Entierro de Cristo» de Tiziano (Madrid, Museo del Prado).

Entierro de Cristo, de Tiziano
Entierro de Cristo, de Tiziano.

A los brazos de María
y a su divino regazo,
vienen a quitar a Cristo
los que a la Cruz le quitaron.
Porque en entrambas fue cierto
que estuvo crucificado,
en María con dolores
y en la Cruz con fuertes clavos.
Sus camas fueron las dos
al oriente y al ocaso,
la una para la muerte
y la otra para el parto.
Hincáronse de rodillas
los venerables ancianos,
a la Madre muerta en Cristo
y a Cristo muerto en sus brazos.
«Dadnos —le dicen—, Señora,
dadnos el difunto santo,
que ni en la tierra, ni el cielo
hay ojos para miraros.
Dádnosle, pues nos le distes,
que queremos enterrarlo,
para que diga la tierra
que tuvo al cielo enterrado.
Y porque sepan los hombres
que estuvo el cielo tan bajo,
que ya pueden, si ellos quieren,
alcanzarle con las manos.»
«Tomad —responde María,
Madre suya y mar de llanto—
el cuerpo que entre los hombres
pasó mayores trabajos.
Escondelde[1] en el sepulcro,
porque le persiguen tantos,
que aun allí no está seguro
de que vuelvan a buscarlo.
Nueve meses solamente
que estuvo en mi virgen claustro
de la envidia de los hombres
le pude tener guardado.
Que el Bautista, que le vio,
lo dijo con sobresaltos,
y en voz expresa después
pasados treinta y dos años.
Tomad y enterralde, amigos;
las piedras sabrán guardarlo
mejor que el pecho del hombre,
que le vendió como ingrato.»
Mientras para su mortaja
la Virgen está rasgando
las telas del corazón,
velo de su templo casto,
cielo y tierra previnieron
el triste entierro, enlutando
la tierra los edificios
y el cielo los aires claros.
Todas las hachas del cielo
iban delante alumbrando,
pero el luto de la tierra
no dejaba ver sus rayos.
Sol y luna sangre visten,
porque el cielo en tanto agravio
mostró sangre en sus dos ojos
para señal de vengarlo.
Levantáronse los muertos
de los sepulcros helados,
que, como entierran la vida,
la que quisieron tomaron.
Las cajas[2] fueron las piedras,
unas con otras sonando,
que era Cristo capitán
y con cajas le enterraron.
Hízose el velo del templo
no sin causa dos pedazos,
para que hubiese bandera
que llevasen arrastrando.
No vinieron sacerdotes,
aunque estaban consagrados,
que, siendo Dios el difunto,
no eran menester sufragios.
Él se llevaba la ofrenda,
pan y vino soberano,
la Misa y el Sacrificio,
que le consumió expirando.
Iba su Madre detrás,
y un mozo su primo hermano,
que se le dejó por hijo
en su testamento santo[3].
Llegaron con el difunto,
y la ballena de mármol
recibió para tres días
aquel Jonás sacrosanto[4].
Alma, la Virgen se vuelve,
a acompañarla volvamos,
pues con ella volveremos
a verle resucitado[5].


[1] Escondelde: forma de imperativo con metátesis, por escondedle. Y lo mismo más abajo enterralde.

[2] cajas: instrumento militar bélico, especie de tambor.

[3] un mozo … en su testamento santo: alude al apóstol Juan, y a las palabras de Cristo en la Cruz, dejando a Juan como hijo de María y a María como madre de Juan.

[4] Jonás sacrosanto: igual que Jonás fue engullido por un gran pez o ballena, que lo vomitó al tercer día en tierra (Jonás, 1, 1-17), Cristo permanece en la «ballena de mármol» de su sepulcro, para resucitar al tercer día.

[5] Cito, con algún ligero retoque en la puntuación, por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, pp. 416-418.

«A Cristo en la Cruz», de Lope de Vega («¿Quién es aquel Caballero / herido por tantas partes»)

Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido».
E inclinando la cabeza, entregó el espíritu
 (Juan, 19, 30).

También a las Rimas sacras (1614) pertenece este romance de Lope de Vega dedicado «A Cristo en la Cruz», que ilustro con la pintura de Alberto Altdorfer «Cristo en la Cruz entre María y San Juan» (Museo Staatliche, Kassel, Alemania).

Cristo en la Cruz entre María y San Juan

¿Quién es aquel Caballero
herido por tantas partes,
que está de expiar tan cerca
y no le socorre nadie?
«Jesús Nazareno» dice
aquel rétulo notable.
¡Ay, Dios, que tan dulce nombre
no promete muerte infame!
Después del nombre y la patria
«rey» dice más adelante;
pues si es rey, ¿cuándo de espinas
han usado coronarse?
Dos cetros tiene en la mano,
mas nunca he visto que enclaven
a los reyes con los cetros
los vasallos desleales.
Unos dicen que, si es rey,
de la cruz decienda y baje;
y otros que, salvando a muchos,
a sí no pudo salvarse.
De luto se cubre el cielo
y el sol de sangriento esmalte:
o padece Dios o el mundo
se disuelve y se deshace.
Al pie de la cruz María
está en el dolor constante,
mirando al sol que se pone
entre arreboles de sangre.
Con ella su amado primo
haciendo sus ojos mares;
Cristo los pone en los dos,
más tierno porque se parte.
¡Oh lo que sienten los tres!
Juan, como primo y amante,
como madre la de Dios,
que lo que Dios, Dios lo sabe.
Alma, mirad cómo Cristo,
para partirse a su Padre,
viendo que a su Madre deja,
la dice palabras tales:
«Mujer, ves ahí tu hijo»,
y a Juan: «Ves ahí tu madre».
Juan queda en lugar de Cristo:
¡ay, Dios, qué favor tan grande!
Viendo, pues, Jesús que todo
ya comenzaba a acabarse,
«Sed tengo», dijo, que tiene
sed de que el hombre se salve.
Corrió un hombre y puso luego
a sus labios celestiales
en una caña una esponja
llena de hiel y vinagre.
¿En la boca de Jesús
pones hiel? Hombre, ¿qué haces?
Mira que por ese cielo
de Dios las palabras salen.
Advierte que en ella puso
con sus pechos virginales
un ave su blanca leche,
a cuya dulzura sabe.
Alma, sus labios divinos,
cuando vamos a rogarle,
¿cómo con vinagre y hiel
darán respuesta süave?
Llegad a la Virgen bella
y decilde con el ángel:
«Ave, quitad su amargura,
pues que de gracia sois ave.
Sepa al vientre el fruto santo
y a la dulce palma el dátil;
si tiene el alma a la puerta,
no tengan hiel los umbrales.
Y si dais leche a Bernardo[1]
porque de madre os alabe,
mejor Jesús la merece,
pues Madre de Dios os hace».
Dulcísimo Cristo mío,
aunque esos labios se bañen
en hiel de mis graves culpas,
Dios sois, como Dios habladme.
Habladme, dulce Jesús,
antes que la lengua os falte,
no os deciendan de la cruz
sin hablarme y perdonarme[2].


[1] si dais leche a Bernardo: en cierta ocasión, con motivo de la visita a Cîteaux del obispo de Chalon, Bernardo, que entonces era todavía un joven monje, recibió el encargo de su abad de predicar un sermón. Bernardo se puso a orar delante de una imagen de la Virgen, que se le apareció en sueños y le concedió el don de la elocuencia al poner en su boca leche de su propio pecho. Esta escena de la lactatio Bernardi es un motivo bien conocido en la hagiografía y la iconografía pictórica.

[2] Cito, con algún ligero retoque, por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, pp. 408-410. En el penúltimo verso, corrijo la errata «cru».

«A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», de Lope de Vega

Tres jueves hay en el año
que relucen más que el sol:
Jueves Santo, Corpus Christi
y el día de la Ascensión.
(popular)

Vaya para este Jueves Santo el romance de Lope de Vega «A la despedida de Cristo nuestro bien de su Madre Santísima», incluido en sus Rimas sacras (1614), ilustrado por «La despedida de Cristo y la Virgen» del Greco (cuadro conservado en el Museo de Santa Cruz, Toledo).

La Despedida de Cristo de su Madre de El Greco

Los dos más dulces esposos,
los dos más tiernos amantes,
los mejores Madre y Hijo,
porque son Cristo y su Madre,
tiernamente se despiden,
tanto, que en solo mirarse
parece que entre los dos
están repartiendo el cáliz.
«Hijo —le dice la Virgen—,
¡ay si pudiera escusarse
esta llorosa partida
que la entrañas me parte!
A morir vais, Hijo mío,
por el hombre que criasteis,
que ofensas hechas a Dios
solo Dios las satisface.
No se dirá por el hombre
“quien tal hizo, que tal pague”,
pues que Vos pagáis por él
el precio de vuestra sangre.
Dejadme, dulce Jesús,
que mil veces os abrace
porque me deis fortaleza
que a tantos dolores baste.
Para llevaros a Egipto
hubo quien me acompañase,
mas para quedar sin Vos
¿quién dejáis que me acompañe?
Aunque un ángel me dejéis,
no es posible consolarme,
que ausencia de un hijo Dios
no puede suplirla un ángel.
Ya siento vuestros azotes,
porque vuestra tierna carne,
como es hecha de la mía,
hace también que me alcancen.
Vuestra cruz llevo en mis hombros
y no hay pasar adelante,
porque os imagino en ella,
y aunque soy vuestra, soy Madre.»
Mirando Cristo en María
las lágrimas venerables,
a la Emperatriz del cielo
responde palabras tales:
«Dulcísima Madre mía,
Vos y yo dolor tan grande
dos veces le padecemos,
porque le tenemos antes.
Con Vos quedo, aunque me voy,
que no es posible apartarse
por muerte ni por ausencia
tan verdaderos amantes.
Ya siento más que mi muerte
el ver que el dolor os mate,
que el sentir y padecer
se llaman penas iguales.
Madre, yo voy a morir,
porque ya mi Eterno Padre
tiene dada esta sentencia
contra mí, que soy su imagen.
Por el más errado esclavo
que ha visto el mundo, ni sabe,
quiere que muera su Hijo:
obedecerle es amarle.
Para morir he nacido,
Él ordenó que bajase
de sus entrañas paternas
a las vuestras virginales.
Con humildad y obediencia
hasta la muerte ha de hallarme;
la cruz me espera, Señora,
consuéleos Dios, abrazadme».
Contempla a Cristo y María,
alma, en tantas soledades,
que Ella se queda sin Hijo
y que Él sin Madre se parte.
Llega y dile: «Virgen pura,
queréis que yo os acompañe?»,
que si te quedas con Ella
el cielo puede envidiarte[1].


[1] Cito, con algún ligero retoque, por Lope de Vega, Obras poéticas, edición, introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1989, pp. 386-388.