«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: resumen de la acción (acto I)

La celosa de sí misma[1] constituye una buena muestra del ingenio cómico de Tirso de Molina, que voy a estudiar en el doble plano de la comicidad «en obras» (es decir, la comicidad de situación y la escénica), por un lado, y la comicidad «en palabras» o verbal, por otro[2]. Antes de entrar en materia, resumiré por «bloques escénicos» la acción de la comedia; luego (en próximas entradas) comentaré los hilos principales del enredo, estudiaré los dos planos de la comicidad enunciados en el título y, en fin, me detendré en la consideración del personaje protagonista, don Melchor.

La celosa de sí misma, de Tirso de Molina

Estos serían los bloques escénicos que podemos deslindar en el acto I:

1. Don Melchor, prendado de una mano en la Victoria

a) Aparecen don Melchor y su criado Ventura, de camino, pues acaban de llegar a Madrid; comentan que la corte es una «agradable confusión» y se admiran de la bizarría de sus casas. Por su diálogo nos enteramos de que don Melchor viene de León a casarse con una mujer que aporta sesenta mil ducados de dote, mientras que él, caballero pobre, solo trae doscientos escudos. Don Melchor expresa su deseo de casar con una mujer rica, pero quiere que reúna además en su persona belleza y virtud. Como es día de fiesta, se acercan a la iglesia de la Victoria para oír misa, mientras siguen comentando que Madrid constituye un abismo de hermosura y valor.

b) Don Jerónimo y don Sebastián, vecinos de casa, hacen amistad y charlan de sus cosas: don Jerónimo comenta que su hermana está prometida a un pariente leonés que llega a la corte. Por su parte, don Sebastián, que pretende un hábito, le habla de Ángela, su hermana sevillana.

c) Don Melchor y Ventura. El primero relata a su criado que ha contemplado en misa una bellísima imagen de mujer; en realidad, solo le ha visto la mano, cuando ella se quitó el guante para santiguarse. También vio que un hombre robaba el bolsillo a la hermosa. Ahora espera la salida de la dama para vislumbrar de nuevo su mano, cuando se acerque a tomar el agua bendita.

d) Salen de misa doña Magdalena y Quiñones. Don Melchor se declara a la dama y es rechazado porque —se excusa ella— no es ni el lugar ni la ocasión. No obstante, el leonés pide a doña Magdalena que se descubra. Ventura, por su parte, se dirige a la criada Quiñones, en humorística acción paralela, y la dueña le da un cachete. Don Melchor explica a la dama que le han cortado el bolsillo y le entrega el suyo, como si fuese el robado que él ha encontrado, insistiendo en que se descubra. Como se muestra tan importuno, la dama ordena a su criada que coja el bolsillo para que se vaya y las deje en paz, aunque sabe que no es el suyo. Promete volver al día siguiente por si aparece el verdadero dueño, y muestra la mano desnuda, sin guante, como señal para poder ser conocida.

e) Ventura reprocha a su amo el haber dado doscientos escudos por ver una mano, comentando festivamente que la broma le ha costado cara, a cuarenta escudos por dedo. Además, se han quedado sin blanca, lo que está mal en un galán que viene a pretender en la corte. Entonces don Melchor saca el bolsillo de la dama, que hizo devolver al ladrón, y juntos examinan su contenido.

2. Un rival bien acogido

a) Llega don Luis, primo de don Melchor, quien le presenta a su cuñado, don Jerónimo. Este se lamenta de que el leonés se apease en un mesón, en lugar de dirigirse directamente a su casa, y se va a avisar a su hermana.

b) Don Luis y don Melchor. Don Luis pide noticias de León. Por su parte, cuenta que es rico, pues salió con un mayorazgo. Don Melchor sabe que su primo amaría a doña Magdalena, su prometida, de no mediar él. Don Luis dice noblemente que sacará del pecho la imagen de la dama «aunque me cueste la vida, / con la ausencia o con el tiempo» (p. 1085), y que se marchará a Toledo. Sin embargo don Melchor, que desea verse libre para cortejar a la misteriosa dama de la mano, le invita a continuar en sus pretensiones con doña Magdalena.

3. Doña Magdalena, celosa de sí misma

a) Doña Magdalena y Quiñones. La dama reconoce que ha quedado enamorada del forastero galán y desea que el novio que le traen de León sea, si no tan perfecto, por lo menos amante y discreto como el desconocido.

b) Ama y criada reciben la visita de don Sebastián y doña Ángela, los vecinos de arriba. Doña Ángela es retratada como una hermosura cruel que rehúsa el matrimonio.

c) Don Alonso, el padre de doña Magdalena, le presenta a su esposo, don Melchor. Sabe que el primo leonés no es rico, pero sí noble, y él aprecia más la sangre que la riqueza. Doña Magdalena lo reconoce enseguida como el forastero galán de la Victoria, pero don Melchor a ella no (ha mudado de traje), pese a que su criado Ventura le asegura que es la misma mujer: en comparación con la desconocida, esta le parece fea. A su vez, don Jerónimo queda enamorado de doña Ángela, la hermana de don Sebastián. El acto se remata con las cuitas de Ventura por los doscientos escudos perdidos[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Más antigua es la edición de Blanca de los Ríos, en Obras dramáticas completas, tomo II, Madrid, Aguilar, 1962. Ver también, de entre la bibliografía más reciente, los trabajos de: Philippe Meunier, «Pour un espace “à la lettre” dans La celosa de sí misma de Tirso de Molina», Cahiers du GRIAS, 1, 1993, pp. 153-174; Luis Vázquez, «La originalidad ingeniosa de La celosa de sí misma de Tirso en relación con el manuscrito previo de Remón Tres mujeres en una», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 325-338; Bernardo Sánchez Salas, La celosa de sí misma, Madrid, Compañía Nacional de Teatro Clásico, 2003; Blanca Oteiza, «El lenguaje poético y dramático de Tirso. A propósito de El burlador de Sevilla y La celosa de sí misma», Cuadernos de Teatro Clásico, 18, 2004, pp. 37-55; Felipe B. Pedraza Jiménez, «La celosa de sí misma: comedia urbana y fantasía erótica», Cuadernos de Teatro Clásico, 18, 2004, pp. 155-173; José María Ruano de la Haza, «Tirso a escena: la construcción del personaje de Don Melchor, en La celosa de sí misma», Cuadernos de Teatro Clásico, 18, 2004, pp. 175-191; Marc Vitse, «De La jalouse d’elle même de Boisrobert a La celosa de sí misma de Tirso de Molina», en Felipe B. Pedraza Jiménez, Rafael González Cañal y Elena E. Marcello (eds.), Tirso, de capa y espada. Actas de las XXVI Jornadas de teatro clásico de Almagro, 8, 9 y 10 de julio de 2003, Almagro (Ciudad Real), Universidad de Castilla-La Mancha / Festival de Almagro, 2004, pp. 97-126; Gemma Gómez Rubio, «Sobre la representación de La celosa de sí misma», en Felipe B. Pedraza Jiménez, Rafael González Cañal y Elena E. Marcello (eds.), El corral de comedias, espacio escénico, espacio dramático. Actas de las XXVII Jornadas de teatro clásico de Almagro, 6, 7, 8 de julio de 2004, Almagro (Ciudad Real), Universidad de Castilla-La Mancha / Festival de Almagro, 2006, pp. 205-210; Charles Victor Ganelin, «Confusing Senses and Tirso de Molina’s La celosa de sí misma», Bulletin of Spanish Studies: Hispanic Studies and Research on Spain, Portugal and Latin America, vol. 90, núms. 4-5, 2013 pp. 619-638; Robert L. Turner, «Reality and Illusion in La celosa de sí misma: The Doubling of Identity», Bulletin of the comediantes, vol. 66, núm. 1, 2014, pp. 55-74; Rocío Arana Caballero, «La mujer amada, ¿quimera o realidad? El caso de La celosa de sí misma», de Tirso de Molina», Revista de Estudios Hispánicos, 2.1, 2015, pp. 137-148; y Françoise Gilbert y Teresa Rodríguez-Saintier, Comédies du Siècle dʼor: Lope de Vega, «El acero de Madrid». Tirso de Molina, «La celosa de sí misma», Neuilly-sur-Seine, Atlande, 2024.

[2] Cfr. la teoría sobre la «risa en obras y palabras» expuesta por López Pinciano en la epístola nona de su Philosofía antigua poética, ed. de Alfredo Carballo Picazo, Madrid, CSIC, 1953, vol. III, pp. 33-44.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«Doña Urraca de Castilla» (1849) de Navarro Villoslada: génesis de la obra

En 1849, los madrileños editores Gaspar y Roig publicaban la primera edición de Doña Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos, novela histórica original de Francisco Navarro Villoslada[1]. En esta y en sucesivas entradas me propongo repasar brevemente los aspectos más destacados de la obra (su génesis, sus personajes, la relación entre historia y ficción, las técnicas narrativas, etc.)[2].

Entre mayo y diciembre de 1847, Navarro Villoslada publicó en El Siglo Pintoresco una novela corta titulada El caballero sin nombre que contiene en germen los principales sucesos novelescos de Doña Urraca de Castilla: la historia giraba en torno a la identidad de un joven, al que alude el título, que busca a su padre, desaparecido varios años antes, y al que finalmente encuentra encerrado en el castillo de Altamira por su propio hermano. Más tarde el escritor amplió esa historia trasladando al mismo tiempo la acción del reinado de Alfonso VI al de doña Urraca de Castilla; esto le permitió aprovechar novelescamente algunos sucesos de esa conflictiva etapa de la historia castellano-leonesa (división del reino de Galicia en bandos, formación de una hermandad de burgueses contra el obispo Gelmírez, etc.), pero conservando el recurso folletinesco consistente en presentar a una persona que se cree de baja condición social y que finalmente resulta ser de origen noble.

Por otra parte, la novela ampliada, Doña Urraca de Castilla, comenzó a publicarse en el folletín de La España de febrero a marzo de 1849, aunque se interrumpió para dejar paso a dos novelas francesas. Más tarde volvió a recuperarse la obra, empezando de nuevo desde el principio (julio a septiembre del mismo año). Al mismo tiempo, se publicó la edición en forma de libro (Madrid, Gaspar y Roig, 1849; la dedicatoria del autor a sus tíos lleva fecha de 30 de diciembre de 1848). Cuando todavía se estaba imprimiendo la novela, apareció en el Semanario Pintoresco Español un resumen muy breve de la misma, en tres capítulos, los días 7, 14 y 21 de enero de 1849, con el título El amor de una reina. La primera entrega iba acompañada de esta ilustrativa nota:

El reinado de doña Urraca de Castilla y de León es uno de los más oscuros y embrollados de nuestra historia. Tenemos sin embargo acerca de él un libro de los que suelen, más que en ninguna nación, escasear en la nuestra: unas memorias contemporáneas. Ocultas, y de muy pocos conocidas por espacio de más de seiscientos años, hasta que aparecieron impresas a finales del pasado siglo, merced a la laboriosidad del P. M. Flórez, han sido posteriormente no muy leídas por la repugnancia que inspira una historia abultada y escrita en un latín semibárbaro y en muchos pasajes ininteligible.

Sobre ella hemos escrito una novela intitulada Doña Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos que van a publicar con grabados los Sres. Gaspar y Roig. A ruegos del director de este periódico resumiremos en tres o cuatro capítulos la fábula de esta novela, desnudándola de mil episodios, que si no hacen la obra interesante, la harán por lo menos voluminosa.

Así pues, al igual que hiciera con Doña Blanca de Navarra, nuestro escritor supo aprovechar al máximo su nuevo escrito novelesco, incluyendo distintas versiones en los diarios en los que trabajaba, en tanto que lo daba a la estampa en volumen.

Doña Urraca de Castilla, de Navaro VillosladaLa segunda novela de Navarro Villoslada obtuvo bastante éxito y fue traducida al portugués, aunque no alcanzó tantas ediciones como Doña Blanca de Navarra. Si en su primera obra se acercaba el novelista a unos temas que podían resultarle conocidos e interesantes por su lugar de nacimiento, en Doña Urraca de Castilla aborda una historia de la Galicia medieval. Hemos de recordar que el novelista estuvo de 1829 a 1836 estudiando en Santiago de Compostela y, de hecho, se conservan unos apuntes de un «Viaje a Altamira» que, sin duda, le sirvió para situar en aquel castillo la historia de El caballero sin nombre; pero además de las leyendas existentes en torno a las ruinas de Altamira, se inspiró en una crónica, la Historia Compostelana, redactada en tiempos del obispo Gelmírez (pudo quizá ver también algunos documentos sobre aquella época en el archivo de la catedral, pues los dos tíos con los que vivía —y a los que dedica la novela— eran allí canónigos).

En cualquier caso, la novela fue redactada años después de su marcha de Galicia, entre 1846 y 1849, es decir, cuando se encontraba viajando continuamente entre Madrid (donde le llamaban sus distintas ocupaciones) y Vitoria (donde vivía su esposa, ya enferma). La obra presenta algunos puntos de contacto con Doña Blanca de Navarra: elección de un momento histórico de crisis, con divisiones internas y luchas entre varios bandos; empleo de recursos folletinescos (el supuesto plebeyo que resulta de alta cuna); y, al mismo tiempo, una profunda y cuidada documentación histórica para la reconstrucción arqueológica de la época[3].


[1] La misma casa editorial había dado a las prensas dos años antes otra novela histórica del escritor navarro, Doña Blanca de Navarra.

[2] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.