La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Poemas para un acorde transitorio» (1992-1994) (3)

En «Lejana herida»[1] el poeta constata la presencia segura de la muerte (comienza así: «Callada y segura, / la muerte vendrá un día y segará / mis primaveras vírgenes»; más adelante insiste: «la muerte vendrá un día y arrancará mi vida»; «callada y segura» se repite anafóricamente otras tres veces, subrayando obsesivamente esa conciencia de la propia muerte). En efecto, la presencia de la muerte se hace total y abrumadora en este poema, una muerte que servirá para cerrar —¿en qué sentido?— «aquella lejana herida de mi noche fría».

«Pasión oculta», igual que un poema anterior, va dedicado «A mi nieto Guillermo Rivell Amadoz». El germen inspirador es el nacimiento de ese niño, en el que ve el poeta un símbolo de todo ser que nace y se abre a la vida, de toda creación; de ahí que nos hable de nuevos destinos, de misterio naciente, de creación sin límites (abundan las imágenes positivas en la construcción del poema: rosa, viento, luz…) y que se refiera luego al fruto de «la pasión que se esconde detrás de cada rosa que nace». Es, en suma, un canto a la vida engendradora de vida.

Planta naciendo

«Te ha llegado la noche de tus sueños» (esta frase del título se repetirá más adelante) lleva una dedicatoria a Jorge Guillén, y está compuesto en la circunstancia de su fallecimiento: «te ha cogido la hermana muerte y te ha llevado de la mano». El poeta pondera

la pluma viva y densa del viento alado de tus versos, palabras desnudas que como firmes acantilados quiebran tus poemas
y los elevan puntuales a la ágil danza de tus sueños;

[…]

ahí estás ya, florecido, primaveral y nuevo,
con el poema perfecto, vertical y cuajado entre tus labios,
llorando el gozo de la luz en la noche.

Después de su noche (su muerte), los lectores quedan «sedientos de tu canto», de su Cántico (título de la obra unitaria de Guillén, en un primer momento), de la emoción de su poesía, de «la fiebre callada y exacta de tu último poema».

«Caída luz en las verdes colinas (Para una invitación)» se dedica «A Belén y Arturo», compuesto por el poeta con motivo del enlace matrimonial de uno de sus hijos; es un poema «circunstancial», escrito para esas bodas, y son versos con sabor a canción epitalámica, que elogian el amor (equiparado a pascua de la luz, mañana, cielo azul, «escalada del destino / en crepúsculo luminoso de fe», etc.)[2].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«La huella», poema de Rafael Guillén

El poeta Rafael Guillén (Granada, 1933-Granada, 2023) forma parte de la generación del 50. Su producción literaria está jalonada por diversos reconocimientos: en 1994 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por Los estados transparentes (1993) y en 2003 fue Premio de la Crítica Andaluza por Las edades del frío (2002). En 2011 la Asociación Colegial de Escritores de España le concedió el Premio de las Letras Andaluzas «Elio Antonio de Nebrija» por el conjunto de su obra literaria. En 2014 fue Premio Internacional Federico García Lorca.

Una amplia selección de su obra quedó recogida en Estado de palabra (Antología 1956-2002), volumen editado por Francisco J. Peñas Bermejo (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2003). Otro libro antológico de sus poemas es Versos para los momentos perdidos (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2011). Además, se han publicado tres volúmenes de sus Obras Completas (Granada, Almed, 2010): dos de poesía y uno de narrativa y prosas varias[1]. Más recientemente han aparecido sus Últimos poemas (Lo que nunca sabré decirte) (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2019).

Copio hoy, de este último poemario, la composición titulada «La huella», que es la de la belleza y el amor:

Todo lo bello deja un hueco
en el lugar en donde estuvo, como
queda la huella
de un cuadro en la pared en donde
permaneció colgado un tiempo.

Así, por donde pasas, vas dejando
sucesivas imágenes
que, aunque invisibles,
están ahí y que puedo
ver con los ojos del amor. Son como
migajas de hermosura,
pequeñas vibraciones
del aire, notas sueltas
de una canción que tal vez nunca
llegó a sonar.

Y no me esfuerzo en perseguir
una gozosa cercanía porque
el tacto es mucho menos
real que este saberte
presente en esta persistente huella,
ese consuelo que me dejas
cuando te vas, ese milagro
que no termina[2].


[1] El lector interesado encontrará más información sobre Rafael Guillén y su obra en su web.

[2] Rafael Guillén, Últimos poemas (Lo que nunca sabré decirte), Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2019, p. 17.

«¿Qué dejas en el aire?», de María Socorro Latasa Miranda

María Socorro Latasa Miranda, nacida en Pamplona, reside en Aoiz (Navarra). Entre sus libros publicados se cuentan Arpegios de sombra herida (Aoiz, 1989), con prólogo de Charo Fuentes; Edad sin tiempo (Pamplona, Medialuna Ediciones, 1991) y Edad de niebla y otros poemas (s. l., COMAR, 2014). Desde la luz y el tiempo (Pamplona, Sahats, 2005) es la recopilación de la obra poética inédita del padre Damián Iribarren escrita entre 1965 y 2000, que incluye diez poemarios. Ha editado también Risa y ternura de unos papeles (Reflexiones sobre los caprichos de Goya), también del padre Damián Iribarren (Pamplona, Sahats, 2006).

En «De un lugar, de un tiempo, de una voz», palabras preliminares a Edad de niebla y otros poemas, escribe:

En este libro que ahora se presenta dividido en tres partes o secciones: Edad de niebla, Palabras a contrafuga y Otros poemas, he vuelto a plantearme, prácticamente, las mismas cuestiones [que en poemarios anteriores]. Vuelvo a centrarme en el proceso creativo adentrándome en esa región de niebla, abierta a todo lo posible, en la que indaga el intelecto, a la voluntad creativa —que ignora sus límites— y no sabe de dónde a dónde (p. 12).

Árboles y lago

Traigo hoy al blog su poema «¿Qué dejas en el aire?», perteneciente a Edad de niebla y otros poemas:

Asumes el instante
propicio al desencuentro.
Transitas la acrobacia de las horas.

¿Y qué dejas en el aire?
La impronta[1] levedad de algunos signos,
el gasto desleído de las cosas…

Sobre caminos de agua
la sombra estremecida del silencio[2].


[1] Nótese el uso aquí de impronta con valor adjetival.

[2] María Socorro Latasa Miranda, Edad de niebla y otros poemas, s. l., COMAR, 2014. Modifico ligeramente la puntuación.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Poemas para un acorde transitorio» (1992-1994) (2)

«Se hace simple la mente…»[1], que juega con la anáfora de «se hace», es una evocación de la muerte y de lo que hay —o, más bien aquí, no hay— tras ella: «Sopla el silencioso mar de la nada, […] se ha quedado dormida en su sueño inexistente. […] Se hace simple la mente / y ya no eres nada…». Algo más misterioso es «Ay, este cerrar mis ojos» («Ay» se repite anafóricamente en las cuatro estrofillas del poema). Habla la voz lírica de «volver mis ojos al río triste de la noche» (expresión que se repite); después se dirige a un tú femenino («iluminada y bella»), que bien podría referirse a la muerte.

Con «Poesía» (también glosado antes) volvemos al asunto del poder creacional de la palabra poética y la solidaridad humana. Destaca la anáfora de «así» y varios encabalgamientos abruptos, y por ello muy expresivos. Citemos el comienzo, donde apreciamos algunos ejemplos:

Así, en este mundo desconocido
e idéntico de los que sufren como
yo sufro, de los que viven y mueren
cual yo vivo y muero, así en este mundo
solitario, en el inmenso silencio
atravesado de la soledad
derramada, luciente
y fría…

Silla solitaria

El poeta es, por definición, un solitario: habla de «esta gelidez de las almas / solas» y dice que «mi alma / partida apenas llora»; apunta entonces la solidaridad del poeta con el que es como él solitario, con el que sufre:

Voy llorando contigo
que lloras, hermano, sin tú saberlo,
amando contigo esto
que tú amas.

Y concluye:

… esta parda
ceniza que en tu amor late, este beso
que, pendido de mis labios,
a ti me ofrece enteramente, a ti.

En «Recóndita vena» (este sintagma ya se había utilizado al final del canto XXIII de El libro de la creación) el yo lírico se dirige a un Tú, con mayúscula, que se hace importante, que lo es todo para él:

Ya sé que Tú eres
el aire puro que gravita y fija
mi centro. Sé que eres
el brillo de mis años
y la densidad de mis noches,
eres el final ya hecho
de esta emprendida
y aún no comenzada
carrera.

Y sé que estás conmigo
en vuelo perenne,
y que sobre mis lados
has de posar tu peso
de Dios humanado.

Aunque mi muerte
me robe, verdecida rosa tuya
ha de brindar perfume
que vitalice así mis huesos.

En ese constante movimiento pendular entre duda y fe a que nos tiene acostumbrados, el poeta se inclina ahora claramente por la trascendencia, por la confianza en ese Dios humanado que es Cristo (destaquemos, en el haber estilístico, la bella aliteración «posar tu peso» y la anáfora «Ya sé… Sé… Y sé…»).

«Rumores nocturnos» presenta una dedicatoria «A Guillermo Rivell Amadoz, pequeño niño»; se trata de un nieto, visto poéticamente como un «pequeño animal desnudo» de mirada franca, de «frágil y abierta sonrisa». El poema se carga en su primera parte de imágenes positivas: amanecer de pájaros, profundo mar, estrellas amantes, color inmarcesible de los besos castos, espuma, manantial, sonrisa, encanto, para ponderar la alegría de esa nueva vida que se abre a la vida, a «esta hegemonía de ser / entre tanta ventana abierta a lo imperfecto». Pese a su pequeñez, pese a su desnudez («y asomas como una creación balbuciente, impregnadora, / como un animal que camina manso y dulce sin espolearse»), el niño puede ser contemplado como un «rico vástago, capaz de mirar sin turbarte al Dios escondido». Se cierra con estos dos versos:

… te he visto en tu ausencia como si no tuvieras límites,
te he visto en la sombra dibujada de mi nuevo mundo[2].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.