«Sazón», soneto de María Victoria Atencia

Copiaba el otro día el poema «Blanca niña, muerta, habla con su padre» de María Victoria Atencia, perteneciente a su poemario Marta & María (1976). Vaya para hoy su soneto «Sazón», que abre su primer libro de poemas, Arte y parte (1961):

Árbol

Ya está todo en sazón. Me siento hecha,
me conozco mujer y clavo al suelo
profunda la raíz, y tiendo en vuelo
la rama, cierta en ti, de su cosecha.

¡Cómo crece la rama y qué derecha!
Todo es hoy en mi tronco un solo anhelo
de vivir y vivir: tender al cielo,
erguida en vertical, como la flecha

que se lanza a la nube. Tan erguida
que tu voz se ha aprendido la destreza
de abrirla sonriente y florecida.

Me remueve tu voz. Por ella siento
que la rama combada se endereza
y el fruto de mi voz se crece al viento[1].


[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 22.

«Blanca niña, muerta, habla con su padre», de María Victoria Atencia

María Victoria Atencia (Málaga, 1931- ) acaba de ser galardonada con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2025, en reconocimiento al conjunto de su labor literaria. Perteneciente a la Generación del 50 o del medio siglo, desde muy joven estuvo ligada al grupo poético de Caracola. Entre sus obras destacan títulos como Arte y parte (1961), Cañada de los Ingleses (1961), Marta & María (1976), Los sueños (1976), El mundo de M. V. (1978), El coleccionista (1979), Compás binario (1984), Paulina o el libro de las aguas (1984), Trances de Nuestra Señora (1986), De la llama en que arde (1988), La pared contigua (1989), La intrusa (1992), El puente (1992), Las contemplaciones (1997, Premio Andalucía de la Crítica y Premio Nacional de la Crítica 1998), Las niñas (2000), El hueco (2003), De pérdidas y adioses (2005) y El umbral (2011, Premio Real Academia Española 2012). Existen además varias antologías de su poesía: así, Ex libris, de 1984, con prólogo de Guillermo Carnero, recopila en Visor sus libros poéticos hasta El coleccionista; en 1991 el Ayuntamiento de Málaga dio a las prensas La señal. Poesía 1961-1989, edición de Rafael León, con prólogo de Clara Janés; en 2011 Renacimiento acogió Como las cosas claman (Antología poética, 1955-2010), con prólogo de Guillermo Carnero; y en 2014 Fundación Málaga patrocinó la publicación digital Voz en vuelo (Antología poética 1961-2014), edición e introducción de María José Jiménez Tomé. Más recientemente, en 2021, Cátedra publicó Una luz imprevista. Poesía completa, en edición de Rocío Badía Fumaz.

Copiaré hoy uno de los poemas de Marta & María, concretamente el titulado «Blanca niña, muerta, habla con su padre», escrito en rítmicos alejandrinos:

Aparta el ave umbría que se posó en tus ojos
para quebrar por siempre su vuelo en tu mirada.
¿Era razón de vida que yo me anticipase?
Tanto amor tengo tuyo que no te estoy ausente
pues mi sangre retorna nuevamente a la tuya
y aguardo desde el polvo, floralmente, tu mano.

Me fue puesta esta casa más allá del estiércol:
no podrá contra ella el terral que propaga
a la dama de noche, ni al viento de poniente.
Mi jardinero y padre, siempre aquí es primavera:
tu majestad prosigue sobre las rosas rojas;
sonríe, pues que vives sólo para lo bello[1].

[1] Cito por María Victoria Atencia, La señal. Poesía 1961-1989, prólogo de Clara Janés, edición de Rafael León, Málaga, Ayuntamiento de Málaga, 1991, p. 22.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Mito de Andrós» (1995-1998) (4)

Vienen después los poemas «Nadie puede ser sometido» (ya comentado en una entrada anterior, pues se incluía también en Elegías innominadas) y «Tiempo de embriaguez, de alba esperanzada»[1], evocación de «nuestro humano desierto» y de «el destino que espera»[2]. Hay una alusión a un él que, de nuevo, aunque no se dice explícitamente, podría ser ese Dios desconocido, anhelado pero lejano:

… necesitamos contemplarlo,
estar ante él,
y nada más
que una interminable despedida.

«Quisiste vivirlo todo», ya desde su lema que habla de «los brazos del Amado», nos traslada al territorio de la poesía mística, del ascenso hasta Dios, que aparece evocado como «el Escondido de todos los tiempos». Nueva aproximación, por tanto, al tema de la fe y la trascendencia, desde un nuevo registro y una nueva perspectiva. Se alude a los éxtasis de san Juan de la Cruz: «supiste subir la escala insondada en paso firme», «en la escala prodigiosa eres arrebatado / hasta confines de fuego».

San Juan de la Cruz

Junto a las imágenes propiamente místicas del vuelo del alma hasta Dios se mezclan otras que son referencias bíblicas (el monte Tabor, la rosa del Carmelo) y mitológicas (Zeus). San Juan es capaz de «mirar los ojos del Amado en tenue soslayo»; de él se predica: «quisiste vivirlo todo / hasta tu propia muerte en alas del fuego transportado» o, muy bellamente, «enhebrar tu suerte de tierra en el telar del cielo». Además de cantar sus «nupcias con el cielo», el poema presenta a san Juan como un visionario que tiene «voz de mago», como un «mago cenital por encima de toda violencia y empeño», un «mago de luz y sombras»:

… te dormiste mágico
en el sello indeleble del abrazo
hasta que el secreto se disipa y el resplandor te invade,
te lleva por todos los tiempos y lugares,
te llena de todo,
quisiste vivirlo todo,
mago en posesión y fuego,
en esperado amanecer de otro,
en ojos de éxtasis de luz terrena extintos,
hasta el brillar, sin saberte,
en las encendidas pupilas del Amado[3].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Se repite la frase «necesitamos mirar el tiempo que pasa».

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Mito de Andrós» (1995-1998) (3)

«Acertado vuelo»[1] presenta un tono premonitorio, subrayado por la anáfora de la conjunción y que antecede a distintas formas verbales de futuro («y caminará … y saltará … y se orientará … y nacerá…», etc.). Es una referencia al hombre que «será cumplido destino en preciso vuelo», en «su hábito diario de ser hombre». Expresiones como «su fe de fuego detrás de la alambrada de sus ojos» o «su boca de profeta» podrían hacernos pensar que estamos ante un poema de intención religiosa, pero el sentido no es tan claro, sino más bien vago e impreciso:

Nadie podrá desviar de su carne la luz sin beberla,
sin que se le caigan los ojos y su destino se quiebre en un silencio de roble,
sin que se remansen sus ríos y abreven a la mar de sus mejillas
en un ACERTADO VUELO que a su nido vuela.

«Caminos de fe» es una evocación lírica del Camino de Santiago, como un símbolo de todos los caminos recorridos por el hombre en su difícil pero incesante búsqueda de la fe. El Camino a Compostela es concebido como «una interminable carrera de fe y fuego» (con variantes: «caminos de fe y fuego», «bastiones de fe y piedra», «caminos de luz y fuego»), que lleva al hombre a alcanzar «los cielos de horizonte compostelano». Se introducen imágenes concretas del peregrinaje, como la del cayado, y se termina proclamando que esa fe del peregrino (del hombre, en general) es «búsqueda infinita de remanso», es un «caminar jubileo» que le acerca

al más soñado,
a aquel que les libre de sus justas y batallas,
a aquel que los duerma en sus propios pechos con el sosiego mamantío de niño.

Camino de Santiago

«Donde duerme el río largo de los años» comienza afirmando que «la vida tiembla y se rompe como un bello cristal de enero»; se trata de una evocación de los «hombres desheredados», caminantes —una vez más— con un destino incierto o, incluso, sin destino («un pueblo asociado de caminantes sin destino»); pero con un final que parece esperanzado, cuando afirma que

alguien se unirá a su destino como un plácido advenimiento de trigales limpios
y saltarán sus goznes y sus mansiones se harán intransparentes[2].

«Noche de vendimia» es una evocación lírica de la tragedia del estadio Heysel de Bruselas (durante la final de la Copa de Europa del año 1985, que enfrentaba a la Juventus y al Liverpool, murieron treinta y nueve personas como consecuencia de los incidentes provocados por los hinchas radicales). Se afirma que: «La fe de la noche de cada hombre se ha quebrado» y «cada hombre ha mordido su propia muerte entre cada hermano». Efectiva es la anáfora de «habrá»: «habrá que coger la vendimia de tanto cuerpo destrozado, / habrá que domar el instinto y recrearlo de nuevo para seguir siendo hombres». La noche de la tragedia se define como una «noche de siega», de dolorosa cosecha[3], en la que la tierra «se ha hecho intransparente» (adjetivo que aparecía también en el poema anterior y se repetirá en distintas ocasiones, siempre con connotaciones negativas).

El lema —del propio Amadoz— bajo el que se presenta «Pacto con el loco» anuncia los dos motivos centrales del poema: la muerte que culmina el ciclo de la vida y «una anhelada fe prodigiosamente oscura». Se estructura en torno a la anáfora de «pacto … pacto … pacto…» y las diversas alusiones a un tú («tu voz sinuosa me llama») que podría ser Dios o bien «el viejo mito de la muerte»:

… pacto con el loco buscador de oros,
con mis células carcomidas y con el desgarrado grito de mi noche;
pacto con mi anhelada fe que obscura me precipita y me desnuda en mi vacío;
[…]
con la fe y la esperanza que tanto necesita mi muerte[4].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Hay aquí algunas imágenes sugerentes: «las mariposas aladas de sus ojos», «la jauría de sus noches de terciopelo»; repeticiones varias, como la de «nadie levantará su voz en este inhóspito desierto»; y símiles: «como un pájaro lleno de vuelos», «cual guerrero noble», etc.

[3] En el poema siguiente encontraremos los sintagmas «vendimia de sangre» y «mis viejas cosechas».

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Mito de Andrós» (1995-1998) (2)

El siguiente poema[1], ya desde el título, «Para un poeta en Nueva York», es un sentido homenaje a García Lorca, al que se evoca como «Poeta valiente / de ojos acerados», y a su poesía como el «heraldo eterno / de tu palabra», «la saliva nueva de tu palabra», «tu palabra / guerrera al viento». A veces la referencia se hace más concreta, como cuando habla de «tu canción gitana», en alusión transparente al Romancero gitano, o estos otros versos que recrean la temática y el ambiente poético de Poeta en Nueva York:

Se hiela Central Park, con los niños multicoloreados,
tu mirada blanca,
limpia,
se deshoja protectora
en aquel baile festivo
de tus tardes densas y paradas
en las que la luz se esconde compacta
y el viento se cuaja.

De ademán furtivo
se abre el alba de tu corazón
para mirar con ternura
niños que juguetean,
viejos que dormitan y mueren
en aquel cementerio en vida,
se abre el alba de tu corazón
en tu voz favorita
como un efusivo canto
de pájaros agonizantes.

Federico García Lorca

Los lectores que conozcan la poesía surrealista, plena de imágenes oníricas, de Poeta en Nueva York percibirán en estos versos —en todo el poema, en general— claros ecos de los versos lorquianos. En la composición se alude también al asesinato del granadino durante la guerra civil: «Joven poeta / segado por el cuchillo fiero / de la sangre»; y termina recordándolo elegíacamente como «joven poeta que lloras tu luz / y con el beso postrero / sientes que todo se marchita, / muere».

«A este loco de la colina» es un poema más enigmático que evoca a un personaje solitario, sin voz ni amigos, que se ignora a sí mismo, que permanece encerrado «en la jaula de sus sueños», y que bien pudiera ser una nueva alusión velada a ese Dios lejano que no deja sentir fácilmente su presencia. Y el siguiente, «Amas la libertad…», constituye un reiterado canto a la libertad, concebida como una «excelsa venus desmelenada / de mirada serena», buscada por «aventureros y navegantes». El poema es mitad evocación nostálgica, mitad apóstrofe a la libertad, considerada al mismo tiempo como «Edén añorado» y como «furtiva sirena»:

… vieja libertad de antaño
que florece como flor silvestre
en cada uno de nosotros,
y nos alimenta de crónicos anhelos
descubriendo nuestro oculto deseo
de libertad inalcanzada
[…]
vieja libertad escurridiza,
[…]
recorremos montañas y valles
para salvarte,
para proclamar tu amor
de madre,
tu frescura joven,
el misericorde rostro
de tus labios concupiscentes,
el reto inaudito
de tu, acaso, adiós definitivo[2].


[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«Sólo ante el hombre», de Ángela Figuera Aymerich

Estos días pasados he copiado aquí los poemas «Canto rabioso de amor a España en su belleza», «Belleza cruel» y «Hombre naciente» de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984), pertenecientes todos ellos a su poemario Belleza cruel (México, 1958; Barcelona, 1978). Añado hoy «Sólo ante el hombre», composición que cierra la primera sección del poemario, titulada también «Belleza cruel».

Manos de hombre

Sí, yo me inclinaría
ante el definitivo contorno de los lirios.

Sí, yo me extasiaría
con el trino del pájaro.

Sí, yo dilataría
mis ojos sobre el mar y la montaña.

Sí, yo suspendería
el soplo de mi pecho ante un arcángel.

Sí, yo me inclinaría
ante la faz de Dios, tocando el polvo,
si con su mano convocara el trueno.

Pero sólo ante el hombre, hijo del hombre,
reo de origen, ciego, maniatado,
los pies clavados y la espalda herida,
sucio de llanto y de sudor, impuro,
comiéndose, gastándose, pecando
setenta veces siete cada día,
sólo ante el hombre me comprendo y mido
mi altura por su altura y reconozco
su sangre por mis venas y le entrego
mi vaso de esperanza, y le bendigo,
y junto a él me pongo y le acompaño [1].


[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, p. 23.

«Hombre naciente», de Ángela Figuera Aymerich

Tras «Canto rabioso de amor a España en su belleza» y «Belleza cruel», traigo hoy otra bella composición de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984), en este caso la que cierra su poemario Belleza cruel (México, 1958; Barcelona, 1978). El poema se abre con unas célebres palabras de Blas de Otero a modo de lema que orienta la lectura.

Cuna con bandera blanca

Pido la paz y la palabra.
Blas de Otero

Prepárame una cuna de madera inocente
y pon bandera blanca sobre su cabecera.

Voy a nacer. Y, desde ti, mi madre,
pido la paz y pido la palabra.

Pido una tierra sin metralla, enjuta
de llanto y sangre, limpia de cenizas,
libre de escombros. Saneada tierra
para sembrar a pulso la simiente
que tengo entre mis dedos apretada.

Pido la paz y la palabra. Pido
un aire sosegado, un cielo dulce,
un mar alegre, un mapa sin fronteras,
una argamasa de sudor caliente
sobre las cicatrices y fisuras.

Pido la paz y pido a mis hermanos
los hijos de mujer por todo el mundo
que escuchen esta voz y se apresuren.
Que se levanten al rayar el día
y vayan al más próximo arroyuelo.
Laven allí sus manos y su boca,
se quiten los gusanos de las uñas,
saquen su corazón que le dé el aire,
expurguen sus cabellos de serpientes
y apaguen la codicia de sus ojos.

Después, que vengan a nacer conmigo.
Haremos entre todos cuenta nueva.
Quiero vivir. Lo exijo por derecho.
Pido la paz y entrego la esperanza[1].


[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, pp. 66-67.

«Belleza cruel», de Ángela Figuera Aymerich

Ayer traje al blog el emotivo poema «Canto rabioso de amor a España en su belleza», de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984), y hoy quiero recordar otro poema suyo, «Belleza cruel», que abre y da título a ese poemario publicado en México en 1958, con prólogo de León Felipe, que fue Premio de Poesía Nueva España.

Mariposas de papel

Dice así:

Dadme un espeso corazón de barro,
dadme unos ojos de diamante enjuto,
boca de amianto, congeladas venas,
duras espaldas que acaricie el aire.
Quiero dormir a gusto cada noche.
Quiero cantar a estilo de jilguero.
Quiero vivir y amar sin que me pese
ese saber y oí­r y darme cuenta;
este mirar a diario de hito en hito
todo el revés atroz de la medalla.
Quiero reí­r al sol sin que me asombre
que este existir de balde, sobreviva,
con tanta muerte suelta por las calles.

Quiero cruzar alegre entre la gente
sin que me cause miedo la mirada
de los que labran tierra golpe a golpe,
de los que roen tiempo palmo a palmo,
de los que llenan pozos gota a gota.

Porque es lo cierto que me da vergüenza,
que se me para el pulso y la sonrisa
cuando contemplo el rostro y el vestido
de tantos hombres con el miedo al hombro,
de tantos hombres con el hambre a cuestas,
de tantas frentes con la piel quemada
por la escondida rabia de la sangre.

Porque es lo cierto que me asusta verme
las manos limpias persiguiendo a tontas
mis mariposas de papel o versos.
Porque es lo cierto que empecé cantando        
para poner a salvo mis juguetes,
pero ahora estoy aquí­ mordiendo el polvo,
y me confieso y pido a los que pasan
que me perdonen pronto tantas cosas.
Que me perdonen esta miel tan dulce
sobre los labios, y el silencio noble
de mis almohadas, y mi Dios tan fácil
y este llorar con arte y preceptiva
penas de quita y pon prefabricadas.

Que me perdonen todos este lujo,
este tremendo lujo de ir hallando
tanta belleza en tierra, mar y cielo,
tanta belleza devorada a solas,
tanta belleza cruel, tanta belleza[1].


[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, pp. 13-14.

«Canto rabioso de amor a España en su belleza», de Ángela Figuera Aymerich

La figura y la obra de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984) se sitúa en la denominada «poesía desarraigada» de la primera generación de posguerra española (la del 36). La crítica la adscribió a la denominada «poesía social», si bien la escritora no estaba conforme con esta etiqueta. Empezó a publicar sus versos a finales de los años 40 y su trayectoria poética se prolongó hasta su muerte: Mujer de barro (1948), Soria pura (1949), Vencida por el ángel (1951), El grito inútil (1952, Premio Ifach), Los días duros (1953), Víspera de la vida (1953), Belleza cruel (1958, con prólogo de León Felipe, Premio de Poesía Nueva España), Toco la tierra. Letanías (1962) y Otoño (1983). En 1961 dio a las prensas su Primera Antología y sus Obras completas fueron publicadas, de forma póstuma, en Madrid, Ediciones Hiperión, 1986, con prólogo de Roberta Quance.

Corazón de cristal roto

Copiaré hoy su impresionante «Canto rabioso de amor a España en su belleza», con su elocuente final, que no requiere de mayor comento. Dice así:

Con los ojos cerrados,
con los puños cerrados, con la boca
cerrada, España, canto tu belleza.
Y con la pluma ardiendo y con la pluma
loca de amor rabioso canto y firmo.

Belleza sobre ti y en tus entrañas
de miel y de granito, y en tu cielo,
y en tus encadenadas cordilleras
y en tus encadenados hombres, canto.

De siglo en siglo en olas y torrentes
de barro ibero, en sucesivas olas
de tierras y metales agregados,
de frutos madurados poco a poco
bajo tu fiero sol, me vienes, madre.
Me viene tu belleza tierna y dura,
tu corazón rodando enamorado
hasta embestirme, hasta llenarme toda,
hasta romperme el miedo y la corteza.

De siglo en siglo con tus ríos dulces,
puertos alegres, míticas ciudades,
piedras labradas, torreones, claustros,
palacios, catedrales y conventos,
pueblos de tierra, cementerios míseros,
huertos, jardines, patios y zaguanes,
Cristos sangrientos, sonrosadas Vírgenes,
lanzas y escudos, cálices y códices;
de siglo en siglo con cincel y gubia,
con mística y ascética y pinceles,
con el arado, el yunque y el martillo,
la pluma y los telares, me has llegado.
De sueño en sueño con palmeras y agua,
con limoneros, nardos y arrayanes,
vino y almendra, música y aceite;
de mar a mar, al remo y a la vela,
con sal y caracolas, con pescados,
playas doradas, ásperos cantiles;
de tierra en tierra con praderas húmedas,
sierras nevadas, florecidos valles,
pardas llanuras, parameras ásperas,
cierzos helados, delicadas brisas
oliendo a los tomillos de tu aliento,
de siglo en siglo me has llegado, España.

Tú me has parido y hecho y traspasado
de dicha y de dolor hasta los huesos
con tu belleza que se clava y ciñe
como un cilicio rojo en mi cintura
y hace subir mi sangre a borbotones
entre garganta y verso para ahogarme
de amor rabioso, de vergüenza sorda,
de amor, de amor, de amor, de amor rabioso.

Porque eres bella, España, y agonizas
bajo mis pies, herida en tus cimientos.
Porque te veo andando entre zarzales
por todos los caminos rezagada
con una cruz al cuello y otra al hombro,
durmiendo en las cunetas de la gloria
para soñar perdidas carabelas
con ojos anegados de ceniza.
Porque te veo escuálida y desnuda,
comiendo el pan moreno de tu vientre,
bebiéndote el gazpacho de tu sangre,
desposeída de oros y de espadas,
borracha en copas, vapuleada en bastos,
por todos malcomprada y malvendida,
pordioseando impúdica en la puerta
de la opulenta Catedral del Mundo.
Porque eres bella, España, y te me mueres,
viuda, asesina y mártir de tus hijos,
a mil años y un día condenada.

Porque eres bella, España, y te me mueres,
porque eres mía, España, y no te absuelvo
del mal de España, canto tu belleza
y fecho y firmo a corazón parado,
boca cerrada y apretados puños,
clavándome la lengua entre los dientes,
porque no quiero blasfemar tu nombre[1].


[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, pp. 48-50. En el primer verso de la sexta estrofa restituyo las comas aislando el vocativo «España», como en otros versos del poema.

El Cid como mito literario español

El tema del Cid como mito literario español, esto es, la presencia de este personaje en la literatura española, constituye una materia verdaderamente extensa. Rodrigo Díaz de Vivar es, probablemente, el personaje histórico español que más versiones literarias ha generado, y así se ha afirmado taxativamente: «El Cid es la figura histórica sobre la que más se ha escrito en la literatura española»[1], escriben Francisco López Estrada y Jorge Roselló Rodríguez. Por su parte, Francisco Javier Díez de Revenga ha estudiado la vigencia de los temas cidianos hasta bien entrado el siglo XX, así como sus múltiples valores simbólicos:

Es posible que no exista ningún otro personaje de la historia y de la literatura medieval españolas que tenga una repercusión tan variada y tan constante en la poesía del siglo XX, y al mismo tiempo que haya experimentado interpretaciones de lo más variado, según los tiempos, según las tendencias, según las ideologías. Pero entre todas, éstas que nos ha transmitido la poesía del siglo XX destacan por su lirismo, por su emoción, por su entusiasmo, por la nostalgia de un tiempo, de una época, que a muchos conduce a la reflexión humana y humanística, desde la lealtad al exilio. Y es que la poesía, querámoslo o no, también nos transmite, con su ficción, una imagen determinada y precisa, pero multiforme, del famoso cortesano de Alfonso VI[2].

El Cid Campeador

Tenemos, pues, que el Cid es un héroe mítico: buen vasallo, buen capitán, buen esposo, buen padre… Pero, a diferencia de lo que sucede con otros grandes mitos españoles, que son eminentemente literarios (don Quijote, don Juan, Celestina, por citar la famosa triada estudiada por Gustavo de Maeztu), el Cid Rodrigo Díaz de Vivar tiene una consideración especial, pues este personaje se nos presenta, al menos, con una triple dimensión:

1) el personaje histórico: Rodrigo Díaz de Vivar, un guerrero castellano del siglo XI con una existencia bien documentada, que nació después de 1040, sufrió dos destierros, llegó a conquistar la importante ciudad de Valencia y murió en el año 1099 (para unos, un fiel vasallo de su rey; para otros, un señor de la guerra, un mercenario, casi un forajido que hace de la frontera su medio de vida);

2) el personaje literario: desde fechas muy tempranas, desde poco después de su muerte (e incluso en su propia vida), ese personaje histórico, real, dio lugar a numerosas recreaciones literarias, con obras en las que es protagonista o tiene una intervención destacada, empezando por el Cantar de mio Cid, pero también muchas otras después, hasta nuestros días, en distintos siglos y en los tres grandes géneros (narrativa, lírica y teatro); este Cid literario supera al Cid histórico;

y 3) el personaje legendario: al Cid histórico y al Cid literario hay que sumar el Cid de la leyenda, que se sitúa a caballo de los dos anteriores. Me refiero a ese Cid que, según el Romancero (romance «Ya se parte don Rodrigo, / que de Vivar se apellida…»), peregrinando a Santiago de Compostela se encuentra con un gafo (leproso) y, no pudiendo asistirlo materialmente, le ofrece la mejor ayuda que puede darle, la de la caridad cristiana; y así, no solo come de la misma escudilla que él, sino que no tiene inconveniente en compartir la cama con el gafo, sin temor a contagiarse de la terrible enfermedad; al final, se descubrirá que ese leproso es en realidad san Lázaro, quien vaticina a Rodrigo sus futuras hazañas y victorias:

—San Lázaro soy, Rodrigo,
yo, que a hablar te venía;
yo soy el gafo que tú
por Dios tanto bien hacías.
Rodrigo, Dios bien te quiere;
otorgado te tenía
que lo que tú comenzares
en lides o en otra guisa,
lo cumplirás a tu honra
y crecerá cada día.
De todos serás temido,
de cristianos y morisma,
y que los tus enemigos
empecerte no podrían.
Morirás tú muerte honrada,
no tu persona vencida,
tú serás el vencedor,
Dios su bendición te envía.

Hay que indicar, en todo caso, que las fronteras entre el Cid literario y el Cid legendario son a veces borrosas: la literatura convierte en mito al personaje histórico y, a su vez, los componentes legendarios del mito son transmitidos a través de las versiones literarias[3].


[1] Francisco López Estrada y Jorge Roselló Rodríguez, en su edición de El Cid Campeador, Madrid, Castalia, 2002, p. 8.

[2] Francisco Javier Díez de Revenga, «El Poema de mío Cid y su proyección artística posterior (ficción e imagen)», Estudios Románicos, 13-14, 2001-2002, p. 85.

[3] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «El Cid burlesco del Siglo de Oro: el revés paródico de un mito literario español», en Sara Rojo et al. (eds.), Anais do V Congresso Brasileiro de Hispanistas / I Congresso Internacional da Associação Brasileira de Hispanistas, Belo Horizonte (MG), Faculdade de Letras da Universidade Federal de Minas Gerais, 2009, pp. 408-416.