La trayectoria poética de José Luis Amadoz: métrica, estilo y valoración final

Por lo que toca a cuestiones de métrica y estilo, me limitaré a destacar una vez más la preferencia de Amadoz por el verso libre en la mayoría de sus poemas, poemas de tono y estructura versicular en los que el ritmo poético no se consigue tanto por la rima como por las continuas repeticiones de ideas y de elementos textuales (son muy frecuentes las anáforas, los paralelismos y, en general, todo tipo de figuras retóricas de repetición). Solo en contadas ocasiones, y exclusivamente en su primer poemario, cultivó Amadoz formas estróficas tradicionales como el soneto, sin alcanzar resultados especialmente brillantes. De ahí que el poeta abandonase esa senda y haya preferido la libertad mayor que le ofrecía el verso libre, que le ha permitido —sin los corsés de la rima y la medida— un interesante juego evocativo entre el ritmo del verso y el ritmo del pensamiento para lograr así expresar mejor las emociones, los afectos y, en suma, la sensibilidad profunda del ser. Por otra parte, la poesía de Amadoz es densa en cuanto a la utilización de imágenes, metáforas, motivos y símbolos, entre los que cabe destacar por su importancia la luz y la oscuridad, el día y la noche, el motivo del hombre peregrino, y otros con los que ha pretendido mostrar la inocencia y el desvalimiento del ser humano (imágenes y símbolos asociados a la maternidad, a la niñez, etc.).

Hombre caminando / Homo viator

Termino ya, afirmando que estamos ante una voz poética propia, con un estilo claramente identificable, que sabe transmitir su idiosincrasia, sus preocupaciones personales, su concepción del mundo y del hombre. Baste lo ya escrito como una posible aproximación —la mía, subjetiva— a la poesía de José Luis Amadoz. El lector tiene ahora a su alcance su Obra poética, y como él mismo ha indicado en distintas ocasiones, el poeta necesita de la «secreta complicidad» del lector para completar el proceso creativo del autor y dar nuevo sentido a sus poemas. Ojalá que esa lectura constituya una experiencia doblemente recreativa, en el sentido de re-crear y en el de recrearse: una experiencia, en fin, en la que pueda el lector revivir y gozar estas composiciones escritas por Amadoz a lo largo de sus cincuenta años de fecunda labor poética[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: evolución

En cuanto a su evolución, hay una primera etapa de su corpus poético en la que predomina un sentido intimista e inmanente. Corresponde a los poemarios primeros, que llevan a cabo una introspección que pudiéramos calificar de críptica, es decir, una introspección en la que el poeta va desnudando su intimidad, pero de una forma todavía muy metafórica: habla de sí, pero al mismo tiempo pretende ocultarse pudorosamente, y no ha llegado aún al conocimiento del otro. Después de esta etapa de poesía intimista, Amadoz se va abriendo al exterior, descubre otras personas y sus dolores; al mismo tiempo, su poesía se hace más trascendente (conflicto entre el deseo de creer y la duda permanente). Todo eso repercute, en el ámbito del estilo, en un acercamiento al expresionismo poético. En efecto, en esta segunda etapa de poesía expresionista, el autor dará entrada a metáforas fuertes, violentas, con la intención de que causen una brusca sacudida en el lector.

Edvard Munch, Melancolía (1894-1896). Bergen Kunstmuseum (Bergen, Noruega).
 Edvard Munch, Melancolía (1894-1896). Bergen Kunstmuseum (Bergen, Noruega).

En un tercer momento, coincidiendo con la intensificación de la presencia del amor y la mujer, su poesía se hace más permeable, menos hermética. La disociación inicial entre el yo y el otro va quedando superada poco a poco. En fin, en una cuarta etapa, de reencuentro consigo mismo, asistimos a la resolución del conflicto entre inmanencia y trascendencia: casi al final del camino, cuando se está ante el abismo —confiesa Amadoz—, hay que optar, hay que lanzarse. Y aunque la experiencia de la fe es muy dificultosa (como médico de profesión, es la suya una mente científica, racional), al final el poeta apuesta decididamente por creer, por el encuentro con un Alguien trascendente, por entregarse al abrazo con ese «Dios humanado» tantas veces evocado en sus poemas.

Pero lo mejor es ceder la palabra al propio poeta para que nos explique esa evolución y, al mismo tiempo, el carácter unitario de toda su obra, que,

concebida a lo largo de tantos años, segunda mitad del siglo XX, presenta una temática unitaria con variantes, no substanciales, a lo largo de ella que obedecen a la evolución, inevitable, que el autor muestra en sus pensamientos, emociones y afectos. Ello no impide que los leitmotive que le conducen estén como una constante, en forma de angustia y rebeldía, ante los problemas básicos que plantea la existencia de todos los seres, sin silenciar el toque de esperanza liberador que asoma en muchos momentos, haciendo más llevadera la existencia. Es como un destino que se abre y que la muerte conjura, sueños y fantasías de mundo nuevo, alegrías doblegadas por la vida en el dolorido abatimiento del camino, en el que el yo y el tú se conjugan en un mismo acorde. De este modo, el conjunto de la obra cobra sentido y permite al lector y al poeta caminar en secreta complicidad, sin preguntarse nada más, sin buscar nada distinto que la magia de la palabra, que despierta pensamientos, emociones y afectos ocultos, variables, en cada uno[1].

Y añade que el conjunto de su obra

se puede considerar como un poema total, unitario, es decir, como una trayectoria en que los leitmotivs están de modo permanente, a modo de contenidos existenciales que se dan a lo largo de la vida de todas las personas. Este encuadre no supone, en absoluto, que el desdoblamiento de dicha obra tenga una evolución sistemática, cartesiana, sino, todo lo contrario, está marcada por una libertad ágil y movediza, en la que el discurso temático aflora, permanentemente, con sacudidas nuevas, como nuevos son los pensamientos, emociones y afectos que todos experimentamos, como un juego apasionado de cambios, a través de los cuales se multiplica todo con la sorpresa del ensueño, en fin, de la fantasía. La abundante recreación que la obra pretende lograr, encadena furtivamente al autor y al lector en una travesía de pensamientos y emociones que emergen de los más hondo, estableciendo una especie de anábasis que se recrea a sí misma, incesante, sin caminos ni antes ni después. Hay, en el fondo, un gozo de demiurgo platónico por el que todo, todo es posible, que al lector le hace sentirse coautor completando el poema. No es de extrañar que en este fulgurante camino, el vaivén que la palabra experimenta y el conjunto de movimientos emocionales den lugar a vacíos de pensamiento y sensorialidad que gravitan sobre el poeta y el lector creando la tentación del abandono, especialmente por parte del coautor, que obliga al poeta a agitar el poema y reentonar el cántico de la fantasía, por medio de los leitmotivs que estructuran dicho poema. De ahí la licencia poética que, a manera experimental, el autor ejerce a través de una especie de “aliteración” de contenidos temáticos, que siempre son nuevos por la naturaleza de esta poesía, unitemática y de creciente desbordamiento[2].


[1] Palabras escritas por Amadoz para la presentación en público de su Obra poética.

[2] Palabras escritas por Amadoz para la presentación en público de su Obra poética. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: temas

A través de mis comentarios, extensos, a la Obra poética de José Luis Amadoz he tratado de mostrar, por un lado, la evolución experimentada por su poesía y, por otro, la coherencia que se advierte en todos sus poemarios: efectivamente, un sentido de unidad es fácilmente perceptible en cada uno de ellos por separado, y también en todos ellos considerados en conjunto. Al glosar el contenido de sus ocho libros de poesía, ya han quedado apuntados los principales temas y preocupaciones del escritor y han sido abordadas cuestiones referentes a la versificación y el estilo. Ahora me limitaré a añadir unas breves líneas a modo de recapitulación.

En primer lugar, hay que destacar que la de José Luis Amadoz es una poesía centrada en lo existencial (el poeta está sufriendo detrás de cada verso), en la que se manifiesta la profunda angustia del creador, que constata el dolor propio y el ajeno, a veces con crudeza y desesperanza, pero sin llegar a caer nunca en el nihilismo. Puede decirse que en cada poema de Amadoz queda reflejado un hombre de carne y hueso que vive, sufre y crea… En este sentido, es la suya una poesía que enlaza con la cultivada por los poetas del 27 (Salinas, Cernuda, Guillén, Lorca, Aleixandre…) en la etapa denominada de «rehumanización del arte»; y también, por supuesto, con la poesía y la filosofía existencial francesa, bien conocida y asimilada por nuestro autor.

August Friedrich Albrecht Schenck, Anguish / Angustia (1878). Galería Nacional de Victoria (Australia).
August Friedrich Albrecht Schenck, Anguish / Angustia (1878).
Galería Nacional de Victoria (Australia).

En su continuo debate entre una poesía inmanentista o una poesía trascendente, el poeta ha encontrado tres formas de trascender el tiempo y la muerte: a través de la propia creación poética; a través del encuentro con el otro (la mujer, los amigos, otros poetas que son «magos» o «aprendices de brujos» como él); a través, en fin, de la búsqueda incesante de Dios. Y al final de ese debate interior prolongado a lo largo de cincuenta años de actividad poética, Amadoz se inclina decididamente hacia la trascendencia.

Los principales temas abordados y reiterados constantemente en su obra, los que la recorren y vertebran, son los siguientes: 1) la reflexión sobre el hombre (su condición, su destino y su libertad, su vida y también su muerte); 2) la reflexión sobre la creación poética; 3) el encuentro con el otro, ya sea a través del amor (la mujer, la belleza, el deseo, la pasión…), ya a través del amigo, del hermano (la solidaridad, el con-sentimiento con los demás); y 4), en un lugar muy destacado, el diálogo con un Dios que a veces se oculta y calla su presencia (el deseo de trascendencia más allá del tiempo y de la muerte, la aventura de una problemática fe vivamente deseada y por la que se termina apostando a ojos cerrados…). En suma, tanto por los temas que aborda como por la profundidad de pensamiento que encierra, la poesía de Amadoz puede ser calificada de filosófico-conceptual, con ribetes, en ocasiones, de religiosa. Citaré a este respecto las siguientes palabras de Ángel Raimundo Fernández:

La poesía de José Luis Amadoz ha sido considerada como «compleja» y es posible que sea así porque arranca de una visión o «cosmovisión» lograda a base de elementos culturales y biológicos (no podemos olvidar que es doctor médico y que cursó Filosofía) que introducen y acompañan al hombre en el cosmos del que es rey, pero bajo la mirada de un Señor al que apela de vez en vez. Y aspira, además, a que su sueño se cumpla y se perpetúe en la especie[1].


[1] Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 78. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Callado retorno» (2003-2005) (y 5)

«Poemas para una espera»[1] (son nueve secuencias, de las cuales cinco comienzan por el verso «Sujetar el alma», tres por «Mirarse en el espejo» y una más por la variante «Mirarse en el Sión») se abre con un lema bíblico y, aunque no se dice explícitamente, la espera aludida es la de la muerte. En la primera secuencia el poeta nos habla de «esta última estancia / de mi postrero sueño». Más adelante evoca el amor físico, el deseo: «beso de amante», «sexual gemido», y se prepara para «el último viaje», cuyo sentido religioso se refuerza con diversas alusiones como «vieja Jerusalén», «colinas de Gilboa», «Sión de las novias núbiles», «colinas de Líbano», «vieja Jerusalén» de nuevo, «tu vieja fe de caminantes», «loco Isaías»… La última secuencia constituye un apóstrofe a esa «vieja Jerusalén», personificada como mujer, cuando el poeta se halla «aquí, / en la postrera, / y acaso, / última de las estancias». Como puede comprenderse, esta evocación de la Jerusalén terrena nos transporta también, en un plano simbólico, a esa otra Jerusalén celeste a la que el poeta espera acceder.

Leon Katz, Jerusalén Celestial Ciudad Dorada (2025). Fuente: José Art Gallery.
Leon Katz, Jerusalén Celestial Ciudad Dorada (2025). Fuente: José Art Gallery.

Los «Poemas para una fiesta» son diez secuencias numeradas de 1 a 10 (precedidas por un lema de Jesús Mauleón). La primera secuencia insiste claramente en el tema del encuentro con Dios, una vez superada la noche de la no fe:

Se prepara mi fiesta pura,
me reconcilio conmigo mismo,
ya no soy huésped de mi noche,
más allá de los tiempos
estás Tú, mi Dios, mi vida.

En la segunda, el poeta se compara con la «naturaleza sabia»[2] y evoca el sufrimiento de la simbólica «noche» pasada. En la tercera, donde el término de comparación es un «desafinado violín», el hablante se alza «Hacia Ti». La cuarta es desiderativa: «ojalá pueda descubrirte / al final de mi tránsito / con mis ojos de luz y roca». La quinta evoca los «años vivos de deseo y vino»; antes fue el amor terreno, ahora «mi pequeño héroe» —héroe es otra imagen para referirse al hombre que vive la aventura del vivir— está «sumiso a Tu Cielo». El poeta sigue siendo «un niño asustado», un solitario, que se presenta ante ese Alguien que lo espera: «aquí estoy, con mi maltrecho cuerpo, / que tan sólo se alivia / por el céfiro suave de tu paso». La secuencia número 8 constata que «Tú estás conmigo / y la fiesta continúa», mientras que en la siguiente evoca la voz de Dios: «tu voz de Sinaí, rumor en el silencio de siglos» (Dios habla, aunque otras veces también calla: de ahí el juego con voz, rumor y silencio). En fin, la número 10 merece la pena citarla entera:

Es la hora secreta,
mi hora,
mi final travesía,
ya los pájaros de mi alma
volando fuera del viento,
el ángel de mi hombre
rebelándose inaudito y dócil
ante Tu Fiesta.

Con este poema, de claro sentido, culminaba Callado retorno y la Obra poética de Amadoz. Pero el poeta decidió a última hora añadir una composición más, «Para un deseo», en la que, además de introducir un humorístico anticlímax final en el que no faltan las referencias localistas, se define como «aprendiz de brujo». Es decir, después de haber recorrido un periplo poético de cincuenta años, considera que no se ha cerrado el camino del aprendizaje de una poesía —Poesía, con mayúscula, podríamos decir— que alcanza y ofrece un valor trascendente:

Tan sólo deseo
que me recordéis
como aprendiz de brujo,
en esta mi tierra,
como solitario en la Bardena,
pluma al viento
desde Roncal hasta mi Ribera,
de chopos humeantes en la montaña.

En este sentido, ser hombre y ser poeta se han convertido para José Luis Amadoz en conceptos equivalentes.

En cuanto a la versificación, aunque en este último poemario encontramos también algunos poemas de largos versículos, prevalecen los compuestos por versos cortos. Parece como sí en su último libro el poeta hubiese deseado “adelgazar” su expresión poética, en busca de una mayor claridad, de una mayor desnudez y cercanía al lector, en un extremo muy alejado ya del hermetismo poético de sus primeros poemarios[3].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] «Naturaleza sabia» es el título del segundo poema de «Sangre y vida», tercera sección del poemario de igual título, y también del quinto poema de Elegías innominadas.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Callado retorno» (2003-2005) (4)

«Hasta que Alguien me encuentre»[1] hace alusión indirecta —pero bastante transparente— a Dios. Comienza el poema con una constatación por parte del yo lírico de su flaqueza presente: «Es bella y hermosa / esta mansión en ruinas / que sustenta mi vida»; el poeta se halla, en efecto, en «la penumbra de los años», pero sabe que el enamorado nunca envejece:

… parece que ahora vivo
como un suspiro
adensado por la sombra de los años,
un río de recuerdos
que anegan mis ojos.

Encuentro con Dios

Este «vagabundo», este «vigía» proclama que «necesitamos del misterio, / para caminar seguros»; y aunque habla de «mi vida / herrumbrada por los años», no renuncia al amor y al deseo y sigue soñando con las «noches lascivas / que iluminaron mi vida». El motivo del Dios oculto, del Dios ausente —frecuente en poemarios anteriores— reaparece aquí cuando el yo lírico indica que «algo de ese Dios dormido / me late, / ilumina mi camino / tibiamente». Señala que «mi amor / se escapa por mis costuras / de adoración y deseo», y proclama su adiós al pasado, su adiós al futuro, su

adiós a todo,
a lo que tanta confusión
despeña mi vida,

adiós a la luz
de tanto antepasado
que fue mi faro,

viva, una vez más,
mi sombra marinera
que como pájaro
se orienta en la obscuridad
asustada de sí misma,
hasta que ALGUIEN
                                      me encuentre.

La luz (la fe) de los antepasados —otro motivo recurrente— se resuelve aquí en una presencia clara de ese Alguien, que es Dios: un Alguien a quien, con muchas dudas y titubeos, se ha buscado, y que al final debe ser el que encuentre al hombre. Este séptimo poema de Callado retorno es importante porque parece resolver casi definitivamente el tema del binomio inmanencia / trascendencia: el poeta se ha rendido a la presencia de ese Alguien, y la aparición del tema se intensificará, en progresivo ascenso, en la parte final de este poemario, que es también la parte final del conjunto de la Obra poética de Amadoz.

«En aquel grave rincón» va precedido por un lema de Rilke que proclama que todos pertenecemos a la muerte; no nos extraña, por tanto, que se acumulen algunas imágenes negativas: «todo huele a rosa marchita», «asustado niño», «engendro anunciador de muerte», y otros motivos reiterados en la poesía de Amadoz («el viejo Juan apocalíptico», «el canto de Circe»…). En la parte final se despide de un innominado hermano e invoca a Cristo: «Oh, Cristo, / comparte mi río, / mi amor, mi pan, mi vino»[2].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Callado retorno» (2003-2005) (3)

«Aquel viejo rincón…»[1] se abre con un lema de Rilke; el yo lírico se dirige a un tú que es el del hombre-poeta, en una especie de desdoblamiento interior; por ello nos habla aquí de «la fe de tus antepasados». El poeta, desde el «otoño perenne» en que vive, cuando «el viejo apocalipsis muerde tus ojos», se ve como un «viejo marino de procelosos mares» y contrapone su antigua fe de niño «acurrucado en la atalaya de tus sueños» con «tu nueva cosecha / aventada por la duda». Este «viejo aventurero / de tantos mares sin tregua», con «ojos heridos de apocalipsis», llora «por aquel rincón de tus antepasados», llora

ahora que todavía la noche
deposita su calma,
ahora que la noche
recobra su belleza bajo las estrellas
y tu ojo de niño
ondea su inocencia,
mira a la otra orilla,
al Jesús marinero
caminando seguro sobre las aguas.

Julius Sergius von Klever, Cristo caminando sobre el agua
Julius Sergius von Klever, Cristo caminando sobre el agua (c. 1880). Colección particular.

«Cuarteto para un amigo» va dedicado a Ángel Urrutia, amigo y también poeta, y está formado por cuatro estrofas numeradas en romanos. Dado que el tema evocado es la amistad, el poema acumula imágenes positivas: habla de cepas llenas de vides, de una «rosa encinta», de versos «como una fruta abundante», de un «huerto de fraternidad». El poeta nos confiesa que hay que ser «peregrino de fe» para confiar ciegamente en el otro, «para amar de verdad suficientemente… / ya empobrecido», para obtener frutos de verdadera cosecha. La sección IV constituye un apóstrofe a Dios: «Tú quieres viajar a ciegas con el amigo, / recorrer su camino de verdes praderas», un camino que le conduce hacia la cosecha del amor, que será «una proclamación sazonada de cielo macizo».

El siguiente poema nos presenta al poeta y sus pensamientos «En los límites de la ciudad» (esa expresión relativa a los «límites de la ciudad» se repite a lo largo de la composición, así como el anafórico «aquí»). A su vez, el lema reitera el motivo del «callado retorno / de todos los tiempos» que da título a todo el poemario. El poeta siente el peso grave de la espera, está «en preñada espera», preso de «la melodía solitaria del tiempo», con «una soledad adensada por su peso». Y, en medio de su soledad, apunta el tema de la solidaridad, el encuentro con el otro, con el amigo: «nuestras manos enfermizas / buscan anhelantes otras manos». Tal es el destino de tantos hombres solos, «en un resurgido deseo de vida», siendo todos «consumidores / del viaje sin retorno, / que nos exilia con su crepúsculo indómito / que inapelable se impone». Termina así:

… aquí estamos,
en la noble encrucijada de los tiempos,
contemplando nuestro misterio
con la luz vacilante del pabilo desgastado,
en el secreto rumor que, manso y sin excusa,
nos acalla y domina para siempre[2].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Callado retorno» (2003-2005) (2)

«Aliviar la pena»[1] se presenta bajo un lema de Leonard Cohen; se trata de aliviar la pena en la esperanza, de «herir de muerte / la muerte»[2], de «colocar las manos / junto a las del hermano / […] mientras la música / de los antepasados suena / abriendo el camino» (esta presencia de los antepasados será constante en el poemario). Como vemos, se insiste en la misma temática del poema anterior, y se añaden nuevas imágenes para aludir a esa presencia deseada: «algo que llama a la puerta / como un amante furtivo», «algo que al parecer se oculta / como un grano de trigo / no nacido», etc. Se espera, en fin, en

algo que sacude
con fuerza de mar embravecida
los últimos goznes
del misterio,
alguien, algo,
que alivia el erial
en el estío.

Foto de Marcus Woodbridge en Unsplash.
Mar embravecida. Foto de Marcus Woodbridge en Unsplash.

Más adelante veremos que ese algo, ese alguien se transformará en un Alguien con mayúsculas. El hombre-poeta siente una «indecible esperanza» en medio de «este invierno inseguro», «este invierno / sin hojas ni colores». Y acaba así:

… ahora,
como siempre,
en que languidecen
ebrias las fuerzas
y el cuerpo cansado
se entrega al misterio
de la sangre
mientras suena esta canción
y la muerte se duerme.

Callado retorno supone una intensificación de los temas principales tratados en los poemarios anteriores de Amadoz. Ya hemos visto como sus dos primeros poemas retoman el binomio inmanencia / trascendencia. Ahora se añade una temática aparecida en Pasión oculta. En efecto, el tercer poema, titulado «Hacia aquel amor que tú soñaste», se dirige a un tú femenino. El poeta evoca «aquel libro que soñé escribir / cuando eras niña»; afirma categóricamente: «y te soñé sin saber de dónde venías»; y da entrada a imágenes líricas cargadas de sensualidad: «te besé / como invidente que explora / la arcilla de tus labios»; «el viejo vagabundo de mis años / todavía sueña en la fértil colina de tu cuerpo». Todo ello para hablarnos de un amor que permanece más allá de las barreras y fronteras del tiempo («te miré para siempre»). Citemos estos bellos versos que nos hablan de esa eternidad amorosa:

… leíste tu libro junto al mío
en la tibia intimidad
de aquella tarde mansa
y llena de presagios,
tu vida sesgada por el tiempo
se hizo eternidad para mi tiempo.

Finalmente, el poeta comprende esta noche que toda su vida ha ido avanzando «hacia aquel amor que tú soñaste / para mí, / y que hoy, acaso, abrimos para siempre». Una trascendencia, pues, también en el plano amoroso[3].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Esta frase, «aliviar la pena / en la esperanza», se repite varias veces a lo largo del poema.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Callado retorno» (2003-2005) (1)

El último poemario de Amadoz[1] sugiere, desde su bello y acertado título, un Callado retorno[2]: se trata de un callado retorno a la creación poética con sentido trascendente, por un lado; pero también un callado retorno a la inocencia de la niñez del poeta; un callado retorno a un amor de tiempos lejanos; un callado retorno, asimismo, a la fe de los antepasados. El hombre que reiteradamente aparece en los poemarios de Amadoz en lucha entre la inmanencia y la trascendencia sigue debatiéndose, aunque aquí se inclina ya definitivamente hacia la esperanza en otra vida. En los primeros poemas, el hombre sigue siendo ese navegante, ese pasajero «en tránsito» hacia su último viaje mientras Dios, que a veces se muestra dormido, está ahora más a su alcance. El misterio de la fe sigue siendo un misterio difícil, pero a estas alturas el poeta está ya casi rendido a la llamada del cielo, se muestra muy propicio a dejarse llevar, a que Alguien le encuentre y le haga reposar en las «verdes praderas» de la Jerusalén celeste. Ha apostado, como Pascal, y va decididamente al encuentro, al abrazo del Padre.

Hombre caminando hacia Dios

El libro, formado por un total de once poemas, se abre con «Este Dios desconocido…». Los ojos del poeta invocan aquí a ese Dios desconocido, frente al cual se siente como un «niño pequeño» que se estremece como «frágil llama», como «animal de fondo» que promete: «amaré tu luz / y tus espumosas entrañas». Se trata de un «Dios de encintas noches / y ligeras mañanas», «un Dios que cobija risueño / mi último rincón / de pájaros cantores encendidos». El hombre es consciente ahora de que Dios le ofrece una «aventura de porcelana» para salir de este mundo, «mi tránsito / de cansado pasajero». Y acaba con estos versos donde la nueva posición queda clara[3]:

… algo me convoca
desde dentro,
desdeña destruirme,
me va separando de todo,
suavemente,
como del pecho de la madre,
me convoca desde dentro
en hondo grito de renuncia
de querer seguir viviendo
para siempre[4].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Este sintagma ya lo había utilizado Amadoz en una composición anterior, de Poemas para un acorde transitorio, concretamente en las secuencias I y VI de «Emanación poética», referido allí al acto de creación artística (véase supra).

[3] Desde el punto de vista estilístico, destacan las expresiones «mi crisálida sueño», «mi atardecer suspiro», formadas por dos adjetivos yuxtapuestos, el segundo de los cuales desempeña una función adjetiva.

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Pasión oculta» (2000-2002) (y 3)

«Para un amor ya lejano», que sigue con el tú como interlocutor o destinatario de sus versos, tiene un hermoso comienzo: «Me habías llenado mis ojos / de ternura»[1]. El poeta se siente como «un niño pequeño / acurrucado en la tormenta de tus pechos»; la posibilidad de la pérdida de la amada, antes meramente apuntada, se hace aquí real y concreta: «renuncié a tu amor / en aquel otoño de hojas barridas», «mi corazón impenetrable ya no era tuyo…», y además:

Necesité perderte
para que tu pérdida
se convirtiera en verdadera ternura,
como antiguo soplo de mar
embravecido.

Arsen Davtyan, Mar embravecido (José Art Gallery)
Arsen Davtyan, Mar embravecido (José Art Gallery).

«Coso de luces» lleva un lema que equipara la belleza de la amada con un instrumento que el amante debe pulsar para obtener una hermosa música. De nuevo se reitera ese tú femenino y aparecen imágenes relacionadas con el mundo del toreo: «me he vestido de luces», «coso», «arena caliente», junto con otras que sugieren la sensualidad de los encuentros amorosos: «ardiente páramo», «alba de perfumes», «lecho frutal de sol y cedros», «tierra fértil / y labios de granada», etc.

Muy hermoso es «Para un atardecer de nuestras vidas», que comienza así:

Para un atardecer,
calado por ti hasta el tuétano
de tu hermosura,
fecunda savia de mujer,
de pájaros silvestres,
que a mis ojos me pían.
En aquel atardecer
había algo más,
pero eras tú misma,
repleta de todo,
de todo lo que podías darme,
eras un cántaro de deseos,
una belleza perennemente anhelada.

Sigue evocando «tu hermosura de terciopelo»; él era entonces «un dios suplicante / amordazado por tu hermosura» y ahora sigue siendo un niño:

Hoy,
no puedo amarte,
tan sólo, porque fueras compendio
de mis deseos,
te amo por tu ausencia desnuda,
por tu presente lejanía,
por todo lo que fuiste,
por lo que todavía sigues siendo.

Se reitera una imagen anunciada antes (la amada como un «ramaje misericorde» que da cobijo al poeta). En la parte final, el yo lírico la imagina «cansada de tu belleza» y la convoca para la eterna cita,

allí, donde el viento se serena,
allí, en el camino seductor
donde te escondes,
cálida y silenciosa,
ante la eterna cita.

Por último, «Poemas crepusculares» agrupa una serie de seis poemas: «Amante prado» (se refiere al que acogió «el ardor de unos cuerpos / de placer silenciado», que se va a repetir a manera de leitmotiv en estos versos); «Así lo obscuro desvanece» («se abre la mañana / de cuerpos, todavía, calientes»); «La noche multiplica sus ojos» (se insiste en esa hierba que acoge sus «labios de miel» y «tantas tempestades / de sal, espuma y fuego»); «La noche es como una acogida» (los amantes están «enhebrando los prados / en caricias de ardiente deseo»); «Arrepentida la campana de lejanía» (al amanecer, tañe una campana y se evocan «cuerpos y ternura / que todavía duermen»); y, por último, «Cómo se habitúa presto» (la mañana ha terminado de despertarse, la campana sigue sonando y de nuevo, sobre la hierba del «prado mañanero», adquiere forma el cuerpo de la amada, «tu cuerpo que se estremece», al tiempo que se pondera «el instante eterno hecho gozo / como un dios empequeñecido»).

Como vemos, pues, el poemario se remata con esa misma exaltación del amor físico, del instinto, del goce de los cuerpos, que aparecía con fuerza en la primera de las composiciones y que ha recorrido todo el libro. Cabe destacar, en fin, que Pasión oculta no describe en todo caso una pasión de madurez, sino más bien una pasión del pasado evocada apasionadamente desde la madurez[2].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Pasión oculta» (2000-2002) (2)

Después de tres poemas construidos en estilo versolibrista, «Me hablaban luz y viento» inaugura un segmento de poemas de metros cortos[1]. El poeta evoca primero las «lejanas tardes» en las que se le aparecía «la fe / de tus palabras / saltarinas y fuego» (de nuevo se dirige a ese tú femenino de la mujer amada). En «Mas no era todo así», la fuerza del amor es tal, que —se nos dice— tiene poder sobre la muerte, que parece no existir; en cualquier caso, se contrapone una primera parte positiva, en la que se afirma que el amante ha navegado «por tus ardientes dunas», y una final en la que queda «el poso de tu ausencia». Estos dos poemas forman una especie de serie junto con «Miraba al cielo» (evocación de la «espera frustrada» en la que «siempre tu canción vencía, / pisoteaba mi nombre»); «Salíamos los dos» (los amantes son «remeros sin remo, / rehenes sin rescate»); «Adiós a la noche» (se habla de «el holocausto / de nuestras vidas» y de «nuestro arrepentimiento»); «Que llegue el milagro» (la amada, de la que se predica «tú siempre eres la misma», se equipara con mujeres bíblicas: Sara, Ruth, Rebeca; el amor entre ellos era suficiente para «poner alas al fuego, / para obligar el corazón / derecho / al canto vivo / de las mil vendimias»); «Y qué seguros» (muestra líricamente la seguridad de los cuerpos «en aquella tarde de lluvia / con los corazones traspasados / por el eco de nuestros besos»); y «Adiós a los viejos prados» (serie enumerativa de cosas de las que el poeta se despide, que se remata con el «adiós a los púdicos e irresueltos, / a los que temen el milagro / de amarse»).

Pareja besándose bajo la lluvia

«Poemas encadenados» se presenta bajo un lema que habla de la voluptuosidad de la noche y de lunas ardientes: «ahora que todo parece acabarse», ahora que está escrita «la página gris / de mis días sin retorno», ahora que sus manos están quebradas, sus huesos retorcidos y sus venas desgastadas, el poeta evoca «aquellos días» de amorosos juegos con los cabellos y labios de la amada, el «regazo acariciador / del amor lejano», la pasión de los cuerpos fundidos en la noche desnuda, para concluir que «todavía tus senos / hablan hermosos».

En «Así creciste en el amor» el yo lírico se dirige de nuevo a ese tú femenino correspondiente a la mujer amada. La idea que se destaca es doble: por un lado, la de la profunda unión de los amantes en el pasado y, por otra, el deseo de una de sus noches de pasión («tú y yo unidos / en la prisa de nuestro deseo», «aguijón de llama», «sedientos / en límite de brasa y fuego», «la cosecha oculta / de nuestros deseos», «tú y yo interminables, / juntos», «el oscuro bosque del deseo», «alborozo de caricias»…). Evoca también «tu belleza interminable / de tus senos abiertos / como odres deseables» y «los transidos caminos de tu cuerpo».

«Pájaros de fuego» se presenta bajo un lema de Jorge Guillén que reitera esa idea del yo y el tú de los amantes, juntos y solos. Son siete secuencias numeradas en romanos que nos presentan un amor prístino, a la manera del de Adán y Eva («rubia y obscura música / de Génesis», dice el poema). Se acumulan en él diversas imágenes positivas referidas a la amada (nido y ramas, huerto, lluvia mansa, flores…) y se anticipa una posible pérdida de ese amor. Habla de «tu belleza hecha noche», desea estar «al otro lado del rubicón de tus brazos» (juega con la frase hecha cruzar el Rubicón, que alude a la toma de una decisión importante que no tiene vuelta atrás), recuerda «tanto atardecer / hecho “for your love”» y, en suma, pondera ese «tú y yo, / solos, / tiernamente apresados para siempre»[2].


[1] Este poemario, Pasión oculta, no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.