La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Límites de exilio» (1960-1966) (1)

Este poemario se publicó (Pamplona, Ediciones Morea) en 1966[1]. En la «Nota preliminar» el autor se refería a «esta obra de contrastes, […] este poema total que es Límites de exilio», para aclarar más adelante:

Límites de exilio está concebido como un fértil peregrinaje del hombre a través de sus noches y sus días, hacia lugares desconocidos y siempre nuevos, en un mundo de figuraciones y símbolos. Como poema total aparece en continuo crecimiento, como un batiente y selvático impulso que deseara completar en cada nuevo poema las premoniciones del anterior […]. Límites de exilio, que bien pudiera considerarse como un poema teológico, formalmente ha sido construido en un tono mayor versicular, recordando algunos pasajes bíblicos de Isaías, Job y Jeremías[2].

Efectivamente, Amadoz maneja aquí la imagen fundamental del hombre como peregrino, que ya se había apuntado en algún poema de Sangre y vida, pero en esta ocasión con una notable intensificación de las referencias bíblicas (el poeta dedicó atención, en sus estudios, al simbolismo de la Biblia). Por otra parte, frente a los metros cortos con que se construían los poemas del libro anterior, ahora domina de principio a fin el tono de unos versos de muy larga extensión, superior incluso a las veinte sílabas.

Homo viator

Vamos a ver, pues, que Amadoz nos muestra ahora al hombre (representado simbólicamente, además de como peregrino y nómada, como mercenario, guerrero, príncipe heredero o navegante) en una encrucijada, en lucha permanente por la existencia. El sentido del título es, en mi opinión, dilógico: el hombre vive en este mundo exiliado de una condición más alta y mejor, pero a su vez ese exilio tiene límites: como «vástago divino» que es, le resultará posible trascender la finitud de este mundo, la muerte, para ir más allá, para subir hasta la morada del Padre. En este sentido, el binomio muerte / destino que no acaba será esencial en la articulación de este poema total y teológico que es Límites de exilio. Ángel Raimundo Fernández, además de señalar que Amadoz apela continuamente a las figuraciones y a los símbolos, explica muy bien en qué consiste ese exilio al que alude el título:

El exilio cantado es el del hombre sin trascendencia, rodeado de sombras, hasta que vislumbra el lugar de la purificación bajo la luz del sol. El límite no es la muerte, sino el momento en que el hombre gravita sobre sí mismo, apetece los sacrificios, la justificación, elevándose sobre el instinto y la noche[3].

Y añade más adelante que todo el libro resuena «con acentos bíblicos, vestido de un ropaje versicular, rezumando un espíritu religioso profundo, existencial»[4].

El poemario, formado por nueve poemas o cantos numerados en romanos, se presenta bajo dos lemas con un sentido que pudiéramos entender contrario, el primero de san Juan: «Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron»; y otro sin indicación de autoría: «… el mundo entero recoge el mensaje que en su alma dormido late» (luego descubriremos que se trata del último verso del segundo poema de Límites de exilio)[5].


[1] En la primera edición como libro exento, con un total de 36 páginas, figuraba en primer lugar una dedicatoria «A mi mujer e hijos María José, Arturo y María Victoria»; tras la «Nota preliminar», los lemas y los cantos I-IX, se añadía: «Además, dedico el poema en sus diferentes cantos a: / Ángel Urrutia / P. Mariezcurrena / Hilario Mtz. Úbeda / Javier Mtz. Muñoz / Jesús Górriz / Antonio José Ruiz / Eduardo Mtz. Bayarri / Juanita Vélaz / Juan Manuel Olaechea». Y el colofón era: «Esta primera edición de / LÍMITES DE EXILIO, / poema de José Luis Amadoz, / se acabó de imprimir el día 14 de enero de 1966, / en los talleres de Gráficas Iruña, / de Pamplona // LAVS DEO».

[2] Al final de esta «Nota preliminar» instaba al lector «a que intente llegar al poema a través de su sonora verbalización, y no mediante un análisis lógico de cada versículo, pues de este modo tan sólo lograría traducir filosóficamente algo que no se originó con tal intención».

[3] Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 69. Y dice después: «La densidad es la tónica de estos cantos en que el hombre y “el gran Señor” se dan cita para que se cumplan los sueños».

[4] Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 70.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución Príncipe de Viana), 2006.

«Cuentos sin espinas», dos series de relatos de Mariano Arrasate Jurico

Hay una serie de Cuentos sin espinas[1] de Mariano Arrasate que incluye siete cuentos, sin numerar en el libro: «Cambio de papeles» (pp. 3-18); «¡El pobre Aquilino!» (pp. 19-29); «Fierabrás» (pp. 30-34); «La de los dos apodos» (pp. 35-52); «Cerilla preciosa» (pp. 53-62); «Disgusto tremendo» (pp. 63-68); y «En el pecado…» (pp. 69-86). En ellos vamos a encontrar las mismas características ya apuntadas para sus dos novelas, La expósita (1929) y Macario (1932): sencillez narrativa, tono coloquial (vulgarismos, frases hechas), tipismo navarro… y, la más destacada, el marcado tono moralizante. En este sentido, el título de la recopilación resulta bastante significativo: se trata de cuentos sin espinas, es decir, narraciones en las que no hay nada acre ni punzante, ningún abrojo en los que se pueda desgarrar la conciencia del lector, nada peligroso desde el punto de vista moral; más bien al contrario, son cuentos en los que, quitadas las espinas, queda, por así decir, la flor, o mejor todavía, el fruto, en forma de valiosas enseñanzas morales implícitas a veces, pero muchas veces también explícitas en las propias palabras del narrador o de los personajes.

Rosa sin espinas

Estos Cuentos sin espinas, sin demasiadas pretensiones literarias tampoco (de nuevo el contenido es más importante para el autor que la forma), tienen en cierto modo la categoría de ejemplos o apólogos y presentan la misma sencillez (de técnicas narrativas, de caracterización de personajes, etc.) que las dos novelas anteriores. Los comentaré en sucesivas entradas, uno a uno, prestando más atención al primero de ellos, que me parece el más interesante.

Hay otra serie de cuentos de Mariano Arrasate, publicada bajo el mismo título, que incluye tan solo cuatro relatos[2]: «Las médicas en casa» (pp. 5-33), «El espejo del señor Blas» (pp. 35-50), «Los disgustos de una novia» (pp. 51-92) y «La alegre «Tina»» (pp. 93-124). Las características temáticas y narrativas son muy similares a las de los relatos de la serie anterior[3].


[1] Utilizo una edición de Cuentos sin espinas, por Mariano Arrasate Jurico, s. l., s. i., s. a., 86 pp. (Biblioteca General de Navarra, signatura 2-2/14) formada por recortes encuadernados del folletín de un periódico.

[2] Mariano Arrasate Jurico, Cuentos sin espinas, Pamplona, Torrent-Aramendía Hnos., 1932, 124 pp. Manejo un ejemplar de la Biblioteca del Archivo Municipal de Pamplona, signatura K-1; en la cubierta se lee: Cuentos sin espinas (jocoserios), primera serie.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

Las «Poesías varias» (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano (y 4)

Las últimas composiciones de estas Poesías varias son: el «Cuento» que empieza «Un marinero que ocho años…»; el soneto «¿Qué me queda?» (el sujeto lírico se lamenta de que solo le quedan los remordimientos de su pasada juventud de vicios); una «Letrilla satírica», cuyo estribillo es «¿Y qué tenemos con eso?», en la que las figuras satirizadas son el médico matasanos, el cochero enriquecido que se las da de caballero, el pícaro que murmura de honras y vidas ajenas y el hombre que, una vez ha medrado, olvida los favores recibidos; dos fábulas, «El cuerdo y el necio» (romancillo hexasílabo de rima á-a; uno trata de pegar a las moscas con una vara, mientras el otro las atrapa con un plato de miel; y la moraleja es: «Con miel, no con palos, / las moscas se cazan; / lo que no la fuerza, / el agrado alcanza»); y «La águila y el zorro» (en 9 redondillas se cuenta la historia del águila que no puede abrir una ostra para comerla; el zorro le dice que la arroje y, al golpearse, se romperá; así lo hace, pero entonces el zorro se la lleva: «De esta fábula el espejo / nos deja bien avisados, / que de los interesados / nunca es seguro el consejo»); tres epigramas, el que empieza «De un clavel en la frescura…» (Cupido, preso en los labios de Fili); otro cuyo primer verso es «De parto estaba, y penoso…» (el doble sentido de la expresión final sugiere que Lucas es un marido engañado); y «En el jardín de Cupido…» (Irene se ha pinchado con las espinas de unas rosas); en fin, dos «Cuentos», «Una misma habitación…» y «En Cádiz una gitana…», que son de nuevo meras anécdotas o chistes versificados.

Águila y zorro

Sin duda alguna, lo más interesante de estas Poesías varias de Vicente Rodríguez de Arellano son los sonetos, las letrillas a lo Góngora (salvadas, claro está, las distancias) y el romance morisco «Abenzulema». También podrían salvarse algunas de sus composiciones jocosas y burlescas, en las que el autor puede lucirse con juegos de palabras como estos: «Pronto oiréis que perdí / mi flaco vital estambre, / pues no puedo comer de hambre / y el hambre me come a mí» (p. 131); «verme con tantas banderas / me ha de dar alferecía» (p. 133), etc. Terminaré recordando que en el volumen 67 de la BAE, Poetas líricos del siglo XVIII, tomo III, ed. de Leopoldo Augusto de Cueto, Madrid, Imprenta de los Sucesores de Hernando, 1922, pp. 549-553 se seleccionan algunas poesías de este poco conocido escritor navarro, precedidas de una breve «Noticia biográfica»[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las Poesías varias (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano», Río Arga. Revista de poesía, 88, tercer y cuarto trimestre de 1998, pp. 46-51.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (y 7)

Nuevamente la sangre (y el miedo, y la muerte) en el poema 14: «sangre hija de sus alas», «la ágil / sangre», «todo salpicado, / todo menos la sangre», «sólo / sangre que se consume / como el pasto a los vientos», «la zanja abierta / de la sangre rezuma / llanto de muerte». La sangre se identifica, por un lado, con la vida, pero también con la muerte, cargándose entonces de valores negativos[1]:

Cuando se encuentra al hombre,
vida y sangre, va solo,
perdido, y en el caudal
de su torrente fuerte,
sin él saberlo, lleva
la razón desgastada
de lo que vibra, sangre
que mana de sus senos
cansados.

La apelación directa a la madre a través del vocativo se repite en el poema 15, «Finalmente pregunta…», en el que se habla de «luz / derramada» y de «un turbulento río / de ansiosos deseos» (conceptos positivos: es el deseo de ser, de llegar a la vida). Pero al final, una vez más, ese deseo se frustra y «Sólo queda / sangre, llena de vida, / donde reclinar esta / aspiración sagrada»[2].

Sangre

Desde aquí hasta el final vamos a encontrar distintas alternativas de luces y de sombras, de fe y de desesperanza, de vida y de muerte. La sensación de vacío y muerte se acentúa en el poema 16:

El hombre está vacío
y busca su camino.
No tiene nombre y va
solo, siente que debe
morir[3].

En el 17, en el que se reiteran imágenes habituales como madre, rosa…, leemos:

Ha de buscar la sangre
su faz descuidada hasta
reteñirla de paja
[…]
Todo hará
pensar que en el sendero
nuevo caminan sangre
y vida abriendo igual
surco y que ya el hombre
plantado sus heridas
siente, sus llagas sangran,
que ya el mundo que le hace
recoge su costrosa
sangre, fuente cuajada
del dolor que padece.

Cierto tono esperanzado apunta en el número 18: «El viento misterioso / de la sangre asciende / la cima de la vida»[4], del que cabe destacar esta audaz imagen:

El río
de la muerte se tiñe
de rosa y puras lunas
reflejadas se afeitan,
sangrantes, su alba cara.

En el 19, «Intenta adivinarte…», el apóstrofe se dirige a la propia sangre, y advertimos en él una alternancia entre el vacío («la muerte / que en su mochila anida», «ojos teñidos / de la visión de nada», «barranco de sangre») y la esperanza («muy fértil cosecha», «desea mirar / con ojos de oro todo»), que es lo que parece prevalecer al final, cuando se apunta la posibilidad de un sentido trascendente:

La sepultura sola
duerme. Con pie seguro
el hombre alza su vida,
sin sospechas ni miedos
busca final destino.

Por último, el poema 20 es el que trae el fin definitivo del hombre, y queda destacado por el cambio de versificación:

El hombre aguardaba, cansado,
llorando, el nuevo día, esperaba
que sus ojos se abrieran ante
la luz que no hiere, ante la sombra
que anidada en su boca ya no diera
dolor. El hombre había de morir
y callaría todo, sembraría
su imprecisa flor donde sus raíces
se pierden infinitas.

… El amor sería el dolor
visto desde su cielo.

En definitiva, en esta tercera parte del libro hemos encontrado al hombre identificado con esa «naturaleza sabia del que llora sin esperanza de ser oído», al poeta arraigado en las «raíces rojas de mi vida», con alternancias de vacío y muerte, por un lado, y de un destino final superador trascendente, por otro. La sangre y otros elementos relacionados con el color rojo (coral, carmesí, topacio…) constituyen un símbolo omnipresente y también polivalente, pues a veces la sangre se identifica con la vida mientras que otras es sinónimo de agonía y muerte. Otros símbolos a los que da entrada Amadoz son los de rosa, luz, madre… Y, al igual que sucedía en las dos secciones anteriores, las repeticiones de sintagmas o frases para lograr el ritmo poético, las anáforas y los encabalgamientos, junto con algunas metáforas atrevidas, son los elementos estilísticos más utilizados[5].


[1] «Casi obsesivamente la voz del poeta insiste en esa perspectiva existencial negativa: la sangre es ya símbolo de muerte» (Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra-Departamento de Educación y Cultura, 2002, p. 68).

[2] También se refiere a «las refrescantes / rosas humedecidas / en el vaho sangrante / de lo sacrificado» y al «ideal rojo y siempre / vivo de la sangre». Destaco también la creación verbal fresar, como verbo: «en llanto firme fresa / los labios» (donde los labios es objeto directo); más adelante, en otros poemas, empleará rosar y morar, en sentido semejante.

[3] Se insiste en imágenes como «la tumba / de su sangre», que crean una atmósfera de muerte, llanto y tristeza; solo la posibilidad de que llegue un hermano («nueva / sangre ruidosa vibra») permite «esperar, esperar», con el anhelo de «rosar / su sangre con esquejes / de vida nueva» (donde rosar es una expresiva creación verbal).

[4] Aunque también se refiere la voz lírica a «Un martirio / rojo, diario», a «la losa incolora / del barro que su sangre / le lleva»; a una «luna / salpicada de sangre», etc.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«Macario» (1932), novela de Mariano Arrasate Jurico

La segunda novela de Arrasate, Macario[1], lleva un prólogo de Gabriel de Biurrun (pp. I-VIII), en el que se recuerda que esta obra fue primer premio en el concurso abierto por el Patronato de la Biblioteca Olave en 1931. La técnica utilizada por el autor —se dice— consiste en pintar en la primera parte un fondo de costumbres y tipos, para luego presentar a los personajes en acción, en varios momentos de vida palpitante. Según Biurrun, el autor se asimila a Pereda en el tratamiento regional, alejándose de los novelistas seguidores de Freud que cubren «su sensualismo con una falsa psicología, más cientifista que científica» (p. III); frente a ellos, Arrasate pertenece a la «estirpe de novelistas limpios de corazón» (p. IV). Y añade que el autor «no sabe, o no quiere saber, de trucos de técnica, y su prosa fluye fresca y saltarina, creando escenas a veces de una ingenuidad deliciosa y que quizá por su riqueza descriptiva dibuja en demasía el tipo» (p. IV). Así pues, y a tenor de las palabras del prologuista, vamos a encontrar una obra de características similares a las de La expósita.

Frente a la anterior novela, que no presentaba división en capítulos (aunque sí se separaban tipográficamente algunas secuencias), Macario incluye doce capítulos, con su correspondiente título: «La cuadrilla de Macario», «Salsa de meriendas», «En plena campaña», «Contrariedades y satisfacciones», «Firmeza ideológica y amistosa», «Complicación inesperada», «Pavorosa perspectiva», «Conflicto peliagudo», «Se remacha el clavo», «El temido compromiso», «Acuerdo tremendo» y «Consecuencia natural».

La acción se inicia en 1873, en vísperas de la segunda guerra carlista, y podemos imaginar que transcurre en localidades navarras, aunque no se precisan demasiado las referencias espaciales para dar al relato un valor universal[2]. Puede resumirse en pocas palabras: Macario, jefe de una partida carlista, vota por el candidato liberal, según ha pactado con don Apolonio, para así salvar la vida de su hijo José, que había sido detenido por haber dado muerte, en justa defensa, a Hipólito, un pendenciero que le atacó. Se convierte de esta forma en traidor al carlismo y sufre el anatema de sus compañeros, lo que le hace enfermar y, finalmente, perder la razón.

El interés de esta segunda novela no reside tanto en los tipos y costumbres que pinta (centrados en la familia y la cuadrilla de voluntarios de Macario), sino en el análisis del caso de conciencia de su protagonista: Macario sacrifica los sentimientos ideales de la bandera tradicionalista —Dios, Patria y Rey, representados por la persona de don Carlos de Borbón y Austria-Este (Carlos VII)—, ofreciendo su ayuda al enemigo para salvar a cambio la vida de un ser querido: triunfa el sentimiento natural frente al deber ideológico, el amor a la propia sangre se antepone a los compromisos políticos adquiridos; sin embargo, las consecuencias son negativas para Macario: locura y desesperación entre el desprecio generalizado de sus antiguos correligionarios tradicionalistas, los que mejor podían apreciar el valor de la familia, pero que, sin embargo, no podían perdonar —no era fácil en el revuelto panorama del siglo XIX español— lo que para ellos era una deserción (y resulta factible suponer que el autor conocería la existencia de casos reales —si no idénticos, similares— que pudieron inspirar en su imaginación esta abstracción).

Por lo demás, ni los restantes personajes ni las técnicas narrativas resultan especialmente llamativos o interesantes. Como en La expósita, se incluyen algunas expresiones localistas, anotadas al pie: chilindrón, rebote ‘frontón’, moskorra ‘borrachera’, bizoco, usual ‘aguardiente’, tirria, chandrío; y otras coloquiales: cuasi, réndite, puntiau. El tono coloquial se aprecia además en la inclusión de algunas coplas como: «Para aprender la guitarra / no se necesita cencia, / sino listeza en los dedos / y mucha perseverencia» (p. 10). En fin, hay otras que aluden a la situación política del país: «Esos tunantes / de liberales / traen los males / de la Nación: / no quieren curas, / no quieren frailes, / ni tienen pizca / de Religión» (p. 25)[3].


[1] Macario. Novela de tipos y costumbres de Navarra. Por Mariano Arrasate Jurico. Primer premio de la Biblioteca Olave en el concurso de 1931, Pamplona, Imprenta y Librería de J. García, 1932, 228 pp. El ejemplar de la Biblioteca General de Navarra, signatura 8-2/109, lleva también dedicatoria de su puño y letra: «Al Círculo Integrista, de Pamplona, con mi afectuoso saludo. / Mariano Arrasate».

[2] Ya lo señaló Pérez Ollo, «Arrasate Jurico, Mariano», en Gran Enciclopedia Navarra, tomo II, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, p. 58: «Esta historia se desarrolla sobre fondo intemporal cuya única referencia, cuando los personajes son mozos, es la tercera guerra carlista».

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

Las «Poesías varias» (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano (3)

La sección segunda se abre con una oda «Al Excelentísimo Señor Marqués de Santa Cruz en el feliz nacimiento de su primogénito el Excelentísimo Señor Marqués del Viso», poema de circunstancias de escaso interés (son 17 estrofas con rima 7a 7b 7b 7a 7c 11C). En cambio, el soneto «Esperanza perdida», es más notable:

Dispone, labra y siembra con fatiga
próvido agricultor fecundo suelo,
que ofreciendo primicias a su anhelo
le lisonjea en una y otra espiga;

mas tempestad furiosa y enemiga
fuego y piedras arroja desde el cielo,
y a mirar que fue inútil su desvelo
con imprevista crueldad le obliga.

Así yo, ¡ay, triste!, cuando Dios quería,
lisonjeado de amoroso encanto
me vi cercano a un bien que apetecía;

perdile, y la esperanza troqué en llanto:
¡fiero rigor perder en solo un día
lo que cuesta adquirirse tiempo tanto!

Campo de cereal destrozado por el granizo

Figuran después dos anacreónticas más, que son dos romances endecha con rimas á-a e í-a: en «A Laura», la voz lírica, a punto de ser alcanzada por el hijo de Citeres, comenta: «¿Conque no habrá remedio? / Si le hay, hermosa Laura: / escóndeme en tu pecho, / que amor allí no alcanza»; en «Las dos tórtolas», Silvio pide a su amada Idalba que no separé nunca a las dos avecillas que se aman. El soneto que sigue, «¡Qué miseria!», merece ser transcrito:

Larga carrera amar, la vida breve;
duro el principio, y lleno de tormento;
dudoso el acertar y, a par del viento,
es la ocasión precipitada y leve.

Por más que su doctrina blanda apruebe
Cupido de su escuela en el asiento,
mil penas suele dar por un contento,
y éste tan frágil como al sol la nieve.

Verdugo del deseo es la esperanza;
los celos furia son, y luego llega
la posesión del tedio a los umbrales.

Y sin embargo, ¿tanto aplauso alcanza
secta tan vil, en sus engaños ciega?
¡Mísera condición de los mortales!

La «Carta del autor a don Estanislao Solano, su íntimo amigo, quejándose de su olvido» está basada en su comienzo en la enumeración de impossibilia. Son 23 estrofas (sexteto-liras) que riman 7a 7b 7b 7a 7c 11C en las que el yo lírico reprocha a Tansilo que se haya alejado de su amistad, y acaba con la exhortación: «vuelve, ven a mis lazos, / y eternos duren tan amantes lazos». Jocoso es el «Memorial que, en estilo burlesco, compuso el autor para un íntimo amigo suyo…»; en 12 décimas retrata a un personaje que lleva once años ejerciendo de abogado, pasando hambre, tan flaco que sus amigos, para verle, tienen que usar un microscopio…

La canción «A la indiferencia de Celia» es una silva que desarrolla, en sus 6 formas estróficas, los que con sus desdenes va a causar la muerte de su amante Silvio. «El pajarillo consolador» es un romance en á-a: el ave canta a su amada, encerrada en una jaula, y la consuela diciendo que juntos disfrutarán su amor en libertad. Cierta resonancia tuvo su letrilla «Madre, la mi madre» (pp. 146-150), un diálogo entre una niña enamorada de un doncel y su madre, que le advierte que el único remedio para su mal de amores es el matrimonio. Es un romancillo hexasílabo, con rima aguda en é, que fue imitado por Navarro Villoslada, entre otros.

En «Despedida», romance de rima á-e, la voz lírica se despide de las «pastoras del Manzanares» porque su amada Celia (nombre elocuente) está celosa y le pide se aleje para vivir como un solitario: «Solo con mis pensamientos, / ya en el monte, ya en el valle, / cantaré dichas de amores / en mis dulces soledades». Sigue la «Imitación de la célebre canción que se atribuye a Bartolomé Leonardo de Argensola, y empieza “Ufano, altivo, alegre, enamorado”, &c., y es del Doctor Mirademescua»; a lo largo de las seis formas parastróficas de esta silva, el amante de Fílida enumera varios símbolos: una paloma capturada por el gavilán, un caballo que se desboca al estallido de un trueno derribando a su jinete, el viento del norte que desnuda de flores al almendro, el soldado que se acerca a beber a un río y cae herido por un bala perdida y la vid y el olmo separados por cruel segur. Comenta que su corazón amaba,

mas, ¡ay!, que su deseo
fue la paloma viuda y sin empleo,
fue el muerto caminante,
fue el almendro marchito en un instante,
fue el mísero soldado,
la vid cortada, el olmo destrozado,
pues por modos fatales
de todos juntos padeció los males[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las Poesías varias (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano», Río Arga. Revista de poesía, 88, tercer y cuarto trimestre de 1998, pp. 46-51.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (6)

El poema 3 introduce más claramente el motivo de la maternidad: «Todo rejuvenece / en tu dulzor de madre»[1], aunque ese dulzor va a ir acompañado de «ensangrentadas risas» y de «la pena / de la vida». Hay un tú, que es el de la mujer, y un él, que corresponde aquí al hijo. Y de nuevo la sangre tiñendo por completo el poema: «sangre de dentro, luz / fuera, mito de vida / en los ocultos vanos»; «sepulto en sangre / y vida fertiliza / triste y melancólico»; «Tan sólo / es sangre que renueva / el anhelante deseo / de su vida nueva», etc.

Las mismas imágenes se reiteran en los dos poemas siguientes, «Al derramar su sangre…» y «De nuevo buscándote…». En el primero leemos: «la regata sombría, / vahosa, de la sangre», «llanto coloreado», «sus células se abren / sorda e incesantemente / en el repiqueteo / de su sangre»; ese él que «ya siente / que va a morir» se convierte así en un símbolo del género humano: «El hombre ya ha nacido, / junto con su esperanza», está dispuesto a recorrer un camino que salpica de llagas los besos. Similar en este sentido es el segundo, construido como un vocativo a la madre: también encontramos al «hombre fatigado de la vida que pesa», y se insiste obsesivamente en «labios / rojos», «sangre / reverberando», «sangre / en sus pupilas», «roja / ceniza en la tarde, alba / sangrante», «el sueño / de la sangre», «arrebol», «corazón / que se desangra en púrpura», «pudor / rosado de la carne»…

Amanecer rojo

En el poema 6, «Ha de brotar su sueño…», tenemos más de lo mismo: «el mensaje / de sangre de las guerras / broncas del alma»; el «deseo de abrazar / la sangre, la ya cálida / brasa que en todo grana»; «el hombre descarnado, / libertad en su sangre / que le abrasa», «La sangre en su vivir / manso le ha de brotar». Mientras que el séptimo nos muestra al «hombre / mordido por las fauces / del destino», pues la vida y el deseo topan con «la preparada muerte». El símbolo de la sangre es constante: «Fontana pura corre / la sangre retorcida / el obstáculo vida»; «su sangre abre y florece / un hijo»; «la sangre remansada / en su seno». Y al final del poema descubre el yo lírico que precisa «del Dios reconfortado / de resonante fuerza / en sus ingraves labios».

El ser humano como homo viator es el motivo que desarrolla el poema octavo, «Y viene peregrino…»; se trata del hombre que siente «el brillo / cortante de la vida», «el dolor real / de la vida» o, de otra manera, «su vida mezclada / con su sangre». Es este uno de los poemas en que más claramente se muestran hermanadas sangre y vida, que son, no lo olvidemos, los títulos del poemario entero y de esta su tercera sección[2].

Imágenes y motivos similares (la sangre y lo rojizo) se van a reiterar insistentemente hasta el final del libro: «llorando / perlada y frágil sangre», «nacían / fuentes rojas de sangre», «huye la tarde roja», «la vida unida rompe / el dique del tiempo, / para sembrar sus rojos / en el celeste viento», en el poema 9, en que se intensifica además la conciencia de la muerte («va a morir»). En el poema 10, «No nos traes fe, madre», construido a partir de ese vocativo: «sangre que tanta / falta hace al mundo»; «eres vieja y sabes, / pero menos que la sangre / y el mundo, sin quererlo, está brillando sangre»; «nadie / puede robar al hombre / la pena de vivir / ensangrentado, en una / sangre que él no ha cuajado». Esa apelación a la madre se repite en el poema 11, donde se habla de una «nueva / enfloración de vida» (enflorar es una creación verbal grata a Amadoz). La sangre, una vez más, es el motivo simbólico dominante: «Nacida flor / llevando sangre y amor / en los ojos»; «para pedirle amor, / sangre»; «livor / de ensangrentadas carnes»; «dejando / vida, sembrando sangre». Esa vida nueva que se abría, ese ilimitado deseo de ser, no llega a cuajar: «los hijos / nuevos que no llegan / a consumar su vida, porque tan sólo sangre, / celestes se fueron». El final es claro:

Soplo inerme, la vida
iluminada cae
a tus pies sedienta,
pardeada de tierra.
Sediento con su flor
de sangre, planta incólume
roca en ti, madre, y mora
con viento retorcido,
sin más luz que su sangre,
sin más don que su vida.

Cabe destacar en estos versos citados la aparición del símbolo viento con sentido negativo (ya supra se decía que este viento aparecía «cortando todo / con su sombra cristal / y sangre», expresión en la que encontramos dos sustantivos yuxtapuestos a otro, los dos últimos con valor adjetival).

Los mismos elementos (vocativo a la madre, imágenes de sangre[3] y viento cargado de connotaciones negativas[4]) se reiteran en el poema 12. Y en el 13 encontramos igualmente «arena sanguinaria», «todo sale sangrante», «limo rojo», «nacen / niños ensangrentados», «mañana / salpicada de sangre», para concluir que:

El hombre se siente
arrojado en un mar
de sangrantes heridas,
nido y melancolía,
y en su desconocido
rumbo, mientras camina,
va sembrando, vivaz
y seguro, mordida
sangre, quebrada vida[5].


[1] «La maternidad es canto en el poema sexto, en el séptimo, plenitud de ternura y fontana que presiente todo, hasta el final» (Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra-Departamento de Educación y Cultura, 2002, p. 67).

[2] Otras citas e imágenes: «senda y sangre vestida / de ágil vaho celeste»; «en sangre lleno irá / floreciendo»; «el topacio afilado / de su fuente»; «la sangre / gastada de su muerte».

[3] Por ejemplo: «un llanto / se mezcla con la sangre / de entrada en este mundo»; «el clamor todavía / sangrante del hervor / rojo de su fuego».

[4] Así, «este viento / que azota sus sangrantes / llagas».

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«La expósita» (1929), novela de Mariano Arrasate Jurico: narrador, personajes y estilo

Como vimos en la entrada anterior, La expósita[1] es un relato un tanto almibarado, con grandes dosis de candidez e ingenuidad en su desarrollo argumental, lo que se corresponde, en otro plano, con la sencillez de sus técnicas narrativas: el narrador es de lo más convencional, y realiza apelaciones continuas al lector, de forma que no se pierda cuando hay un salto temporal que rompe el orden lineal de la narración. Además, el hilo de la acción se ve interrumpido frecuentemente por comentarios moralizantes como estos:

¡Paz del espíritu: tú eres realmente la vida; y aunque no fuera más que por poseerte, que poseerte es vivir, deberíamos los hombres ser juiciosos y buenos! (p. 99).

Las personas que se olvidan de sus familias o que de algún modo demuestran que no les tienen cariño, no saben cuánto hacen sufrir a los suyos (p. 124).

Nada pone más de manifiesto la pequeñez del ser humano que ese egoísmo que todos llevamos como si lo arrancáramos del vientre materno antes de salir al mundo (p. 179).

Cubierta de La expósita. Tipos y costumbres de Navarra. Novela por Mariano Arrasate Jurico, Pamplona, Talleres tipográficos La Acción Social, 1929

Ese tono se extiende a algunas anécdotas relatadas: por ejemplo, cuando era niña, en el pueblo, un día Alejandra acompañó a unas muchachas a coger unas frutas de una huerta, y comentando este suceso, que no pasa de ser una travesura infantil, el narrador apostilla: «¡Cuidado con dar el primer paso en el mal camino, porque una vez dado puede hacerse difícil retroceder!» (p. 267). E incluso, varios años después, Alejandra decide que debe restituir el valor de aquellas frutas que robó siendo tan joven. Sigue una extensa digresión sobre el hurto y el robo (pp. 269-273), en la que el narrador-autor (aquí es difícil separar ambas entidades) aboga por la creación de instituciones en las que se pueda acoger a los jóvenes que se descarríen, reconociendo paladinamente a propósito del largo excurso:

Y por eso, finalmente, no me ha parecido muy fuera de tiesto ese parrafejo […] que en último término nos ha servido para llenar algunas páginas (p. 273).

En la misma línea, hay otras consideraciones sobre los padres abandonados por el egoísmo de los hijos (p. 259; puede relacionarse con el relato «En el pecado…», de Cuentos sin espinas) y sobre las personas expósitas, que merecen el mismo respeto que las demás (pp. 283-287).

En cuanto a los personajes, son tipos, como ya anuncia el subtítulo y es el propósito declarado del autor: Alejandra, la expósita, es niña traviesa, con cierto genio, pero que finalmente sacrifica la posibilidad de un matrimonio económicamente ventajoso para dedicarse a la caridad, de la misma forma que otras personas la han ejercido con ella; su carácter bondadoso se manifiesta, por ejemplo, al desear que la merienda que van a preparar los Areta para celebrar el reencuentro se haga en la Inclusa para que puedan disfrutar de ella sus compañeras. Marta, que lleva el peso en las intervenciones moralizantes, queda pintada desde el comienzo al decírsenos que es «la inocencia y la bondad, y un alma generosa y nobilísima» (p. 37). Casi todos los personajes aparecen retratados con simpatía, porque todos son bondadosos: Juana, la respetable nodriza de Antonio; la amable señora Bernarda; el bueno de don Ramón, el expendedor de billetes de la compañía naviera. Los únicos personajes vistos negativamente son las verduleras; pero, paradójicamente, son las escenas de la plaza del mercado, que ellas protagonizan, con sus continuas grescas, las más animadas de la novela, las que tienen más vida (cfr. las pp. 247 y ss.).

Como apunte estilístico, cabría destacar la presencia de vulgarismos y expresiones coloquiales (haiga paz, a buenas horas, mangas verdes), algunas de las cuales pueden pasar por navarrismos léxicos (mocete, mocé, chirrinta ‘deseo’, chilingarse ‘colgarse’, chandrío ‘estropicio’, borte ‘expósito’; aparecen explicados en nota al pie) o morfológicos (como los frecuentes diminutivos en -ico, -ica: hijica, carica)[2].


[1] La expósita. Tipos y costumbres de Navarra. Novela por Mariano Arrasate Jurico, Pamplona, Talleres tipográficos La Acción Social, 1929, 427 pp. Hay dos ejemplares en la Biblioteca General de Navarra, signaturas 6-3/172 y 6-3/246.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

Las «Poesías varias» (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano (2)

Mucho más interesante es el romance morisco «Abenzulema», que se inicia con la presentación del moro protagonista («El rayo de Andalucía, / el asombro de la guerra, / el honor de los Gazules, / el gallardo Abenzulema») galopando de Coín a Granada. No falta la consabida descripción de armas y vestiduras moriscas, ni la mención de una cifra o emblema, habitual en el género. Le espera la bella Zoraida, a la que su padre va a casar «con un moro mal nacido, / pero rico en gran manera». Abenzulema se topa con un escuadrón de cristianos, mandados por Fajardo de Murcia, que ha capturado en la Vega de Granada a Zoraida y a su padre Aliatar. Pese a la inferioridad numérica, pelea con ellos, y el capitán cristiano elogia el arrojo del moro: «Valiente eres, africano, / gallardamente peleas; / en tu empeño reconozco / tu virtud y tu nobleza» (nos recuerda las palabras del moro cautivo a «aquel capitán de Orán» en el famoso romance de Góngora «Entre los sueltos caballos / de los vencidos cenetes…»). Fajardo le deja en libertad y suelta también a los otros prisioneros. Ahora es el moro quien elogia la generosidad del capitán cristiano, en un combate de refinada cortesía, como sucede en la bella novelita morisca Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa. Una vez libres, Aliatar permite que Zoraida se case con Abenzulema.

Ilustración de novela morisca

«Mi amada. Cantinela» son 16 estrofillas de 4 versos pentasílabos con rima abbc´ (en todas el cuarto verso tiene rima asonante aguda en -ó); el sujeto lírico, que ama a una pastora, le pide que se mire en la fuente para que pueda ver el retrato de la mujer a la que adora. Sigue una «Letrilla satírica», al estilo de las de Góngora, cuyas estrofas se rematan con el estribillo «Andar», donde Rodríguez de Arellano satiriza a un «pobre estudiantón», al «politicón profundo» petardista y estafador, a una mujer liviana, a una buscona, al mercader ladrón, a un hipócrita de la religión y a una vieja celestina.

Esta primera parte se remata con varias piezas breves: el «Cuento» que comienza «De un rico dorado coche…» (se trata en realidad de una simple anécdota); un epigrama burlesco, «A la mi dulce señora», que sigue un esquema paródico habitual; otro que comienza «Doce calvos casualmente…» (burla de ese tipo cómico); y la fábula «El mono y las castañas», un romancillo de versos pentasílabos, con rima á-a, que refiere una industria del mono de Marica, el cual se vale de un gato para que le saque las castañas del fuego[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las Poesías varias (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano», Río Arga. Revista de poesía, 88, tercer y cuarto trimestre de 1998, pp. 46-51.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (5)

La tercera parte tiene el mismo título que el conjunto del poemario, «Sangre y vida», y se abre con una dedicatoria «Al hijo que dormita, muere, en su nido, en plena gravidez de su vida»[1]. Del interior recogido del poeta, a través de la mujer y el amor, pasamos a la frustrada prolongación de la vida en ese hijo nonato, que se convierte así en un símbolo del hombre en general, de su desnudez y fragilidad frente a un mundo muchas veces cruel y desapacible, un mundo en el que hace frío y en el que el hombre necesita algo de calor. En esta sección se repetirán obsesivamente imágenes relacionadas con la sangre y el color rojo, que simbolizan el deseo de vida, de nacer, de ser

Rojo

Otras imágenes positivas son madre, rosa y luz, mientras que el viento se carga aquí de connotaciones negativas. Aparece también la imagen del hombre-poeta como peregrino, que se reiterará con frecuencia en la poesía de Amadoz. Además de un al que se dirige, encontramos en estos versos un él, una tercera persona, que corresponde al hijo, o bien al propio poeta desdoblado en otra voz. Notemos que en este libro el poeta empezaba recogido (primera sección) para acabar en esta tercera con la interiorización de una amarga experiencia vivida. En todo caso, se anuncia que este hombre-poeta, instalado ahora en la tristeza, la melancolía y el dolor del hoy, espera un nuevo día más pleno y feliz. Desde el punto de vista formal, los veinte poemas de esta tercera parte están formados por versos de arte menor, mucho más breves que en las anteriores (predominan los heptasílabos, salvo en el último, lo que «confiere al conjunto un ritmo más liviano»[2]).

En el poema 1, «Encanto poderoso…», apreciamos ya ese paso a los versos más cortos y la acumulación de imágenes relacionadas con la sangre y lo rojo. En efecto, ese encanto del que habla el poeta es el de la sangre: «La vida roja empieza / a calar esta mar / turbia y alborotada / de su sangre»; «Ahíto / de amor y sangre, busca / alivio de la rosa, / de la fuente tranquila»; «labios sangrantes», etc. El siguiente poema, «Naturaleza sabia…»[3], presenta a una tercera persona, que es el hombre «más / achicado que nunca», con su dolor a cuestas. Junto con alguna imagen nueva («células / ardidas de miradas») y otra ya usada en este mismo poemario («enflorar nuevas / estrellas»), descubrimos de nuevo el símbolo de la sangre[4]: «sangre / en sus manos siente», «sangre íntima», y también:

Todo llama con sangre
y fiel desesperanza
a arrebatado fuego,
y ya los ojos, carne
y vida, comienzan
a sonar por detrás
de las sombras, con grito
en los labios[5].


[1] La dedicatoria se explica por una dolorosa circunstancia personal vivida en aquel momento, cuando la mujer del poeta, embarazada de seis meses, perdió al hijo que esperaban.

[2] Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 67.

[3] Se repetirá más adelante en Elegías innominadas.

[4] También se introduce aquí un símil: «cual bravo tejedor / de volanderos sueños».

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.