Opiniones contemporáneas sobre la novela histórica romántica (y 3)

Pero pese a su éxito, la novela histórica romántica española tuvo sus detractores. Es muy interesante, en este sentido, el artículo titulado «La novela» que apareció en el Semanario Pintoresco Español, con las iniciales de Ramón de Mesonero Romanos, del que extracto estas dos citas[1]:

La novela de costumbres contemporáneas […] hubo de ceder el cetro a la novela histórica, que la brillante pluma de sir Walter Scott trazó atrevidamente en nuestros días, abriendo ancho campo en donde los ingenios aventajados pudieran alcanzar nuevos laureles. Mas desgraciadamente para los que le siguieron, el descubridor de tan peregrina senda siguió por ella con paso tan denodado, que consiguió siempre dejar muy atrás a los que pugnaban por imitarle. Y estos pretendiendo suplir con la exageración lo que les faltaba de ingenio, convirtieron muy luego en ridículas caricaturas modelos por cierto más dignos de respeto ¡Suerte lamentable de los grandes ingenios, la de verse seguidos por infinita turba de serviles imitadores, los cuales abultando los defectos, y no acertando a reproducir las bellezas naturales de su modelo, llegan a hacer insoportable hasta el género mismo de composición que aquel supo inventar o ennoblecer!

Vemos, por último, a la novela histórica de Walter Scott ridículamente ataviada por sus imitadores con un falso colorido, desfigurando la historia con mentidas tradiciones; prohijando la afectada exageración de los libros caballerescos, y prestando a los personajes históricos que pretende describir los atrevidos rasgos con que aquella pudo realzar a sus héroes fabulosos; remedando a veces su estilo pomposo y recargado, y otras complaciéndose en dejar atrás la natural grosería de la plebe en cuadros repugnantes por su absoluta desnudez.

Ramón de Mesonero Romanos

Ramón de Navarrete, en otro artículo del Semanario, también condena la novela histórica, precisamente porque ni es novela ni es historia del todo:

¿Qué es la novela histórica? Una narración más o menos fiel, más o menos exacta, de sucesos pretéritos, amoldada a las intenciones del novelista, desfigurada según conviene a sus propósitos, y las más veces ridícula e infiel. ¿Puede ser algo más que esto? Por cierto que sí; pero entonces ha de faltar precisamente a las condiciones de su existencia; entonces ha de perder su amenidad, su interés, su ligereza, para convertirse en un curso indigesto de historia que nadie leerá; las mujeres porque se verán burladas en su esperanza y arrojarán el libro con enojo; los hombres porque preferirán la historia en su verdadero terreno, narrada con la detención conveniente, con la severidad que le es propia, con la exactitud indispensable. El que busque instrucción sana y esté sediento de estudio, no irá seguramente a beber en aguas tan turbias; el que desee divertir el ánimo, tampoco se contentará con aquello que le recree a medias[2].

Y en 1867, José Pulido y Espinosa, al hablar de las novelas, arremete contra este tipo peculiar que aquí estamos examinando, particularmente contra las publicadas por entregas que son, como cabe suponer, de peor calidad:

No menos producen disgusto algunas llamadas históricas, en las que el novelista no se cuida de la verdad sino que, truncando los hechos y los tiempos y dando tortura a la historia, finge sucesos y crea personajes e inventa situaciones que muchas veces hacen hasta visible el anacronismo que envuelven y las distancias que separan, para sostener un enredo que, como vulgarmente se dice, no tiene pies ni cabeza. Con tal de aumentar el número de entregas, no se repara en la unidad de pensamiento, ni en la verdad de los tipos que se presentan. ¿Se creerá tal vez probar en esto fecundidad e ingenio? ¿O acaso ostentar facundia y riqueza de imaginación? ¡Ah, qué error! Montañas de pedruscos apenas dan quilates de rico mineral[3].


[1] Semanario Pintoresco Español, año 1839, t. I, p. 254.

[2] «La novela española», Semanario Pintoresco Español, año 1847, p. 83.

[3] Prólogo a Antonio de Padua, María Magdalena, novela bíblica original, Madrid, 1867. Recoge la cita Enrique Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 62.

Opiniones contemporáneas sobre la novela histórica romántica (2)

Son muy importantes las consideraciones sobre la novela histórica que señala Estébanez Calderón en el «Prólogo» La campana de Huesca (1854), de Cánovas del Castillo. Ahí comenta varias de las dificultades inherentes al género: necesidad de investigación histórica para no falsear los hechos, pero sin caer tampoco en la pesadez, manejo de un idioma castizo, búsqueda de lo novedoso sin llegar al extremo de una exageración inverosímil, etc. Los resultados obtenidos en España no han sido muy felices, pero ello no se debe a la falta de genio entre nuestros autores para tratar los temas históricos, sino al hecho de que no se leen las antiguas crónicas.

Cubierta de La campana de Huesca

Sin embargo —añade Estébanez—, hay novelas que constituyen excepción:

En cuanto el ingenio español, dando de mano a su idolatría por la literatura francesa y como por curiosidad y desahogo excepcional, ha fijado sus estudios en alguna época de nuestra Historia y ha dejado correr la pluma, han asomado frutos sazonados que por su buen sabor pudieran dar esperanzas de más exquisitas cualidades, si el cultivo hubiera coadyuvado a la índole y buena naturaleza de la planta. El doncel de don Enrique el Doliente, El conde de Candespina, El golpe en vagoDoña Blanca de Navarra, sin excluir esta o la otra de merecidos quilates, y que no sabemos recordar ahora, son una prueba de tal verdad.

Los novelistas históricos pueden cumplir el doble objetivo señalado por Horacio que es el de deleitar aprovechando pues, al mismo tiempo que proporcionan entretenimiento, acercan la historia a personas poco capacitadas para leer estudios históricos. Así lo creía Garcí Sánchez del Pinar:

Hace algún tiempo que ciertos autores de novelas han dado en la flor de tomar por asunto de sus obras hechos históricos […]. Siendo los estudios históricos bastante áridos para muchos, en especial cuando se ojean las páginas de aquellos escritores que no saben referir más que batallas y acontecimientos políticos, algunos novelistas han pensado que podrían dar a conocer la historia a trozos, o en determinados períodos de la vida de un pueblo, convirtiendo en obras de arte ciertos hechos consignados en olvidadas crónicas[1].

La novela histórica triunfó pronto en España en los años 30. Cortada indica en unas palabras «Al lector» que preceden a La heredera de Sangumí que se ha decidido a publicar esta su segunda novela en vista de la buena acogida dispensada por el público a su primer relato, Tancredo en Asia[2]. Como se señala también en el Diario de Avisos de Madrid del 4 de mayo de 1832, en una noticia acerca de Inés de Castro, de Mme. Genlis,

desde que los escritores de novelas han tomado por asunto […] importantes pasajes de la historia de los pueblos, su lectura no es tan indiferente como se ha pretendido sostener hasta el día[3].


[1] Prólogo a su obra La campaña del terror o Las vísperas sicilianas, Madrid, 1857. Recoge la cita Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 79, nota.

[2] Ver Felicidad Buendía, Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 1128.

[3] Citado por Reginald F. Brown, «The Romantic Novel in Catalonia», Hispanic Review, XIII, 1945, p. 300.

Opiniones contemporáneas sobre la novela histórica romántica (1)

Desde el momento en que comienza a producirse este tipo de novela en España hubo división de opiniones al respecto, y surgen voces que defienden o atacan el nuevo género narrativo; y si en el Correo de las Damas de 20 de marzo de 1834 se puede leer que la novela romántica es un «tejido interminable de acontecimientos horrorosos aglomerados uno sobre otro con la mayor confusión posible»[1], para Milá y Fontanals, en cambio, esa novela histórica constituía el logro más glorioso de la literatura contemporánea (si bien es cierto que se refiere a la europea en general)[2].

Copiaré a continuación la definición de novela histórica que ofrece Lista, así como su opinión sobre las licencias que se puede permitir el novelista en el tratamiento de la historia, a propósito de una obra francesa que falsea los usos y caracteres históricos:

Con esta expresión compuesta, cuyas voces parece que se excluyen una y otra, se significan aquellas fábulas en las que, aunque haya aventuras y accidentes fingidos, pertenece sin embargo a la verdad histórica el cuadro en que se ajustan[3].

Acaso se responderá a nuestra censura que es lícito al poeta y al novelista desfigurar los hechos. Nosotros no les concedemos más licencia que la de embellecerlos, añadiendo episodios probables que se liguen e incorporen con ellos[4].

Repullés, al anunciar su colección, señala que lo único que se puede pedir al novelista histórico es la verosimilitud:

Lo más que puede exigirse del novelista es la verdad histórica conservada en la tinta particular y marcado colorido que a las costumbres de la época escogida sepa darle en el diálogo, en los hechos principales y circunstancias, formas características de ellas[5].

En el Prólogo de López Soler a su novela El primogénito de Alburquerque, indica el autor que su intención es pintar el reinado de Pedro el Cruel; y añade que si su intento de reconstrucción histórica no satisface a la erudición de sus lectores, a pesar de los estudios e investigaciones realizados, debe perdonársele «en gracia siquiera del laudabilísimo objeto que nos ha obligado a acometerlo»[6].

Portada de El primogenito de Alburquerque

Y en una reseña de esta novela, aparecida en la Revista Española el 2 de marzo de 1834, se lee respecto de la mezcla de ficción e historia:

La imaginación y la invención no deben ceder nunca su puesto a la narración de los hechos […] porque nadie, por más histórica que sea una novela, irá a beber en ella los datos que haya menester, y porque si un autor quiere escribir historia verdadera y fidedigna ni se lo impide nadie, ni nadie le obliga a que la llame Novela, antes al contrario agradeceríamoslo mucho todos, pues buena falta nos hace[7].


[1] Citado por Edgar A. Peers, Historia del movimiento romántico español, Madrid, Gredos, 1954, vol. II, p. 53.

[2] Manuel Milá y Fontanals, Compendio de arte poética, Barcelona, 1844, p. 112. Ver Peers, Historia del movimiento romántico español, vol. II, p. 35.

[3] Alberto Lista, Ensayos literarios y críticos, Sevilla, Calvo-Rubio, 1844, vol. I, p. 156.

[4] Lista, Ensayos literarios y críticos, p. 162.

[5] Citado por Reginald F. Brown, La novela española (1700-1850), Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, p. 29.

[6] Tomo este dato de Enrique Tierno Galván, «La novela histórico-folletinesca», en Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 74, nota.

[7] Citado por Reginald F. Brown, «The Romantic Novel in Catalonia», Hispanic Review, XIII, 1945, p. 300.

Etapas en el desarrollo de la novela histórica romántica española (de 1845 a 1870)

La cuarta etapa sería de 1845 a 1870. Estamos ya en una fase posromántica en la que la novela histórica se escindirá en dos grandes corrientes[1]: por un lado, se continuará escribiendo una novela documentada, erudita o, por lo menos, seria, cultivada por autores como Cánovas del Castillo (La campana de Huesca, 1852)[2], Amós de Escalante (Ave, Maris Stella, 1877), Castelar (Fra Filippo Lippi, 1877; El suspiro del moro, 1885-1886) o Navarro Villoslada (Doña Blanca de Navarra, 1846; Doña Urraca de Castilla, 1849; Amaya, 1877). De otra parte, los temas históricos serán tomados en los años 50-60 por los entreguistas y autores de folletines (Fernández y González, Ortega y Frías, Parreño…), con escaso cuidado en la documentación y reconstrucción histórica (que se pierde en beneficio de la aventura, de la simple peripecia novelesca), lo que conducirá a la degeneración[3] y casi desaparición de la novela histórica romántica[4]. El año de 1870 es señero[5], en este sentido, al tener ya escrita Pérez Galdós La Fontana de Oro, obra con la que se iniciará una nueva forma de tratar la historia, sobre todo de ambiente contemporáneo, que culminará con las series de los Episodios Nacionales. Por otra parte, en la literatura no histórica ha triunfado ya plenamente el Realismo, movimiento en el que se producirá la gran novela española del siglo XIX.

Cubierta de La Fontana de Oro

En definitiva, la novela histórica romántica ofrece en España sus mejores frutos desde  1834 hasta 1844 —o desde 1830, si queremos incluir la novela de López Soler—[6], con una producción de cierta originalidad (pese a las grandes influencias recibidas, siempre señaladas, en lo concerniente a recursos narrativos y situaciones, sobre todo de las novelas de Scott). Con El señor de Bembibre, y al tiempo que empiezan a influir varios autores extranjeros en nuestro costumbrismo (Balzac, George Sand, Soulié…), culmina ese primer gran momento de la novela histórica española que coincide, grosso modo, con el triunfo del movimiento romántico. Todavía aparecerán después algunas obras importantes, pero habrá que esperar a Galdós y a sus Episodios nacionales para encontrar una renovación dentro de este peculiar subgénero narrativo.


[1] «Todavía en esta fase post-romántica se da algún que otro ejemplo de la novela romántica histórica, pero tienen todas ellas un aire de antiguallas teatrales. Ocurría con esta modalidad literaria del romanticismo lo que con otras muchas. No muere la novela histórica, se desintegra, y en el mismo proceso se transforma y se revitaliza. De un lado […], se degrada en manos de escritores que no conservan de la modalidad anterior más que el dominio de los temas y de la técnica. Es el caso de Fernández y González (cuya primera novela, La mancha de sangre, data de 1845) y, después de él, de todos los abastecedores de novelas seudohistóricas por entregas. De otro lado, y los ejemplos son mucho menos frecuentes, tenemos la novela histórica seria y documentada, siguiendo el ejemplo de Walter Scott, de Francisco Navarro Villoslada», escribe Reginald F. Brown, La novela española (1700-1850), Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, pp. 35-36.

[2] Baroja no encontró, de todas formas, tan seria esta novela: «A mí me ha parecido Cánovas igualmente malo como orador que como escritor. Yo leí La campana de Huesca sin poder contenerme, a carcajadas» (Juventud, egolatría, Madrid, Caro Raggio, 1917, p. 292).

[3] La decadencia de la novela histórica romántica coincide con el desarrollo de la conciencia de la historicidad en España. Cfr. Enrique Tierno Galván, Idealismo y pragmatismo en el siglo XIX español, Madrid, Tecnos, 1977, p. 19.

[4] Por supuesto, algunas novelas históricas con características similares a las románticas se pueden encontrar hasta finales de siglo, pero se trata de autores que cultivan una tendencia pasada ya de moda. En 1877 se publicarían tres obras importantes Ave, Maris Stella de Escalante, Fra Filippo Lippi de Castelar y Amaya de Navarro Villoslada, lo que permite a Amado Alonso hablar de «un conato de resurgimiento» de la novela histórica romántica (Ensayo sobre la novela histórica, Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, p. 66).

[5] «… el año 1870 es un año clave y límite para la novela española, ya que en el mes de diciembre del mismo, acabó su primera novela un tal Benito Pérez Galdós. Naturalmente, la novela histórica, en sus tres tendencias, se va a continuar produciendo pero, digámoslo cuanto antes y aunque sea en desdoro de un Navarro Villoslada, nos encontramos ya ante una moda fuera del tiempo, ante un hacer sin mucho significado para la historia literaria» (Ferreras, El triunfo del liberalismo…, p. 202). La primera edición conocida de La Fontana de Oro es de 1871, pero conservo la fecha de 1870 que da Ferreras como tope final de la etapa, porque para entonces la novela ya estaba redactada.

[6] La antología de Felicidad Buendía recoge con las obras seleccionadas este marco temporal, con una novela de 1830 (Los bandos de Castilla), una de 1831 (La conquista de Valencia por el Cid), dos de 1834 (El doncel de don Enrique el Doliente y Sancho Saldaña), tres de 1835 (Ni rey ni Roque, El golpe en vago y La heredera de Sangumí), una de 1837 (Doña Isabel de Solís), otra de 1838 (Cristianos y moriscos) y la de Gil y Carrasco de 1844.

Los relatos de Iturralde y Suit: algunas características

En una entrada anterior ofrecía una clasificación de las obras de Juan Iturralde y Suit. Ahora no voy a detenerme en el análisis exhaustivo de sus leyendas y cuentos, que sin duda merecen un estudio mucho más profundo, pero sí que me gustaría señalar algunos rasgos generales que se aprecian en esos relatos.

Juan Iturralde y Suit

Cabe destacar en primer lugar el uso brillante de la adjetivación en las descripciones paisajísticas: la fina captación de la naturaleza se une al hondo sentimiento de amor por la tierra que impregna esos escritos —Iturralde defiende la navarridad vascónica— y que lleva a una visión arcádica de la Euskal-Erria: Vasconia es uno de los últimos reductos puros e incontaminados frente a los efectos devastadores de la civilización moderna y del progreso, destructores inmisericordes de las costumbres de la raza. El tema del respeto a la tradición, encarnada en los mayores, implica en ocasiones consecuencias estructurales, ya que en muchos relatos cobra enorme importancia la oralidad: el narrador es con frecuencia un viajero que tiene oportunidad de escuchar una historia de labios de un anciano, que es quien conserva las viejas leyendas y tradiciones, a quien se cede la palabra. Existen también otros relatos de magnífica arquitectura, construidos por medio de repeticiones paralelísticas y con una estructura circular (ejemplo señero sería el de «Las brisas de los montes euskaros»).

En cuanto a su concepción de la historia, Iturralde y Suit acude al pasado como espacio donde aprender una lección para el presente. Contrapone un pasado glorioso con un presente poco halagüeño, pero en él siempre queda abierta una puerta a la esperanza regeneradora (véase el final de «Las brisas…»), debido en buena medida a sus creencias religiosas. Existen en sus relatos rasgos románticos, como la presencia constante de ruinas de castillos y monasterios, pero no se muestran como mero elemento decorativo, ni siquiera como mero escenario de los episodios históricos narrados, sino que son símbolo de los desgarrones, reales y dolorosos, de la identidad navarra en ese momento crítico de la historia.

En fin, al brillante empleo de la adjetivación, al tono lírico y a la pericia técnica ya apuntada, se podrían añadir como marcas de estilo de estas narraciones (que, por lo general, fluyen de forma sencilla y sobria) la presencia de ciertos rasgos de humor —en los relatos contemporáneos, no así en los ambientados en el pasado— o la inclusión de palabras o expresiones vascas, que por lo común suelen ir destacadas en cursiva: por ejemplo, sorguiñas, aitona, makillas, alayua ‘el grito de guerra vascón’, Jaun-goikoa, irrintz, chirula, lamiñacs, Basso-jaun, ezpata, chaolas, Heren-sugue o Herentsugue ‘dragón mitológico’, nor da or, ongui etorri, jaunac, kaiku, belarra, azkona, gazteluaren jauna, batzarre, maisterrak, mutil, ene seme maitia, sagarduos ‘vascos provincianos’, etc.

Etapas en el desarrollo de la novela histórica romántica (de 1834 a 1844)

La tercera etapa va de 1834 a 1844. Es la gran década de la novela histórica[1], coincidiendo con el triunfo del movimiento romántico (y con una serie de cambios sociopolíticos importantes)[2]. El año 34 es considerado como el cenit de la novela histórica española por Peers y Buendía. En efecto, se publican ese año novelas importantes como son Sancho Saldaña, de Espronceda, El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra y Los expatriados o Zulema y Gazul, de Vayo, además de la segunda novela de Húmara y Salamanca, Los amigos enemigos, y la adaptación por parte de López Soler de Nuestra Señora de París, de Victor Hugo, con el título de La catedral de Sevilla. El triunfo de la novela histórica o, como señala Buendía, el triunfo del Romanticismo en la novela, se consolida en 1835 al dar a la prensa sus novelas otros autores señalados: Cortada y Sala (La heredera de Sangumí), Escosura (Ni rey ni Roque), García de Villalta (El golpe en vago). El otro límite de esta etapa es también claro, pues en 1844 se publica El señor de Bembibre, obra que ha sido considerada tradicionalmente por la crítica como la mejor de su género en España. Se suele señalar un «parón» en la producción desde 1838[3] (fecha de Cristianos y moriscos, de Estébanez Calderón) hasta ese año 44; sin embargo, hay que destacar que 1840 es un año importante, no solo porque se publican varias obras, sino por aparecer El templario y la villana, de Cortada, que puede colocarse entre las mejores de la tendencia.

El señor de Bembibre


[1] «Y desde 1834 hasta la década siguiente (1844) se desarrolla lo que pudiéramos llamar novela histórica española en cuanto es cultivada por nuestros escritores con un sentido de autenticidad española y buscando sus formas propias, sin que por eso dejen de recordar en su técnica a los modelos del autor escocés, pero distando ya mucho de ser una imitación servil. Aun en los peores casos, es decir, en las más infelices novelas, el sello de la personalidad del autor y de la característica patria confieren personalidad suficiente como para que sean bautizadas, con cierto fundamento, como originales por sus primeros escritores» (Felicidad Buendía, Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 24).

[2] Ver Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976, p. 63.

[3] Cfr., por ejemplo, Edgar A. Peers, Historia del movimiento romántico español, Madrid, Gredos, 1954, vol. II, pp. 295 y 297.

Etapas en el desarrollo de la novela histórica romántica española (de 1805 a 1833)

Podemos establecer varias etapas en el desarrollo de la novela histórica en España, en paralelo con el desarrollo del movimiento romántico. Consideremos hoy las dos primeras etapas, entre 1805 y 1833.

Primera etapa, 1805-1826. Es un momento en el que se escriben muy pocas novelas, pero gracias a las traducciones y al desarrollo de la industria editorial, se va creando un público lector. En 1823 aparece la obra Ramiro, conde de Lucena, de Rafael Húmara y Salamanca, que puede considerarse la primera novela histórica española propiamente dicha, aunque no crea una producción en los años inmediatos.

Cubierta de Ramiro, Conde de Lucena

Segunda etapa, 1827-1833. Son unos años prerrománticos en los que la lectura de autores extranjeros da lugar a varias imitaciones y en los que aparecerán las primeras novelas históricas españolas: en 1828 se publica el Gómez Arias de Trueba y Cossío que sigue ya el modelo scottiano. Menéndez Pelayo llama a Trueba «padre de la novela histórica española», aunque hay que señalar que su obra se escribe fuera de España y en inglés. En cualquier caso, sí que es cierto que son los emigrados los primeros en cultivar el nuevo género creado por Scott. En 1830, el género histórico se afianzará en España con la aparición de Los bandos de Castilla, de López Soler, obra escrita con la intención de crear escuela en España y que va a conseguir ese objetivo.

La Navidad de los poetas navarros: Navarro Villoslada

La literatura de Navarra es una literatura, por lo general, muy costumbrista (aunque siempre hay excepciones, por supuesto). En efecto, si revisamos algunos de los temas concretos en que se han inspirado con preferencia los literatos de nuestra tierra, descubriremos por ejemplo que uno de los más fecundos es la descripción de nuestras celebraciones religiosas: un tema casi obligado para muchos autores es el de las fiestas de San Fermín. De la misma forma, también otras festividades religiosas, como la Navidad y la Epifanía o la Semana Santa, han dejado una huella muy clara, en especial en el género de la lírica. Esos tres conceptos —historia, costumbrismo y religiosidad— conforman una visión muy tradicional de nuestra historia literaria. Y siendo esto así, siendo la literatura en Navarra tan tradicional, tan costumbrista y tan religiosa, nada tiene de extraño el hecho de que los autores navarros —navarros por nacimiento, por adopción, por decisión personal, etc.— hayan reflejado con frecuencia las fiestas más señaladas de nuestro calendario, sabiendo captar desde una perspectiva literaria sus diversos aspectos folclóricos, etnográficos, culturales, anecdóticos…

En lo que se refiere a la Navidad, si acudimos al siglo XVII, podemos mencionar entre los títulos que forman la producción escrita del venerable Juan de Palafox y Mendoza un tratado de ascética que se presenta bajo el título El Pastor de Nochebuena. Práctica breve de las virtudes, conocimiento fácil de los vicios. Por lo que toca a otros poetas navarros del Siglo de Oro, no encuentro el tema concreto de la Navidad. Muchos de ellos son religiosos (Pedro Malón de Echaide, Leonor de la Misericordia, Juan de Amiax, Miguel de Dicastillo, José de Sierra y Vélez, Ana de San Joaquín), y de hecho la poesía ascético-mística abunda entre sus escritos, pero sus temas se centran más bien en otros aspectos religiosos, como la Pasión y Muerte de Cristo, la paráfrasis de salmos bíblicos, etc.

En cuanto al siglo XVIII, ya sabemos que es una época poco dada a las expansiones líricas que escapen del ámbito de la poesía anacreóntica, a lo Villegas y Meléndez Valdés, y tampoco he documentado el tema entre los escasos vates navarros del momento. Por tanto, tenemos que dar un salto hasta el siglo XIX.

Adoracion de los pastores

En esta centuria, no puedo olvidarme de Francisco Navarro Villoslada[1], autor de un villancico «Al Niño Jesús», enunciado por una voz femenina. La muchacha va a ofrecer como regalo al recién nacido unas coplas, pero se queda ronca y no puede cantarle; luego quiere llevarle unos bollos, pero se los come antes de llegar al portal; piensa después en darle la rosa que adorna su cabello, mas se la acaba entregando a su amigo Andrés. Desesperada por no poder entregar nada al Niño-Dios, su madre la consuela diciendo que le ofrezca su llanto, su amor y su fe, regalos que agradarán sobremanera al Señor:

Al Niño donoso
nacido en Belén
unos llevan leche
y otros llevan miel.
Yo que nada bueno
tengo que ofrecer,
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
Hilando en la vela
de mi tía Inés,
unos villancicos
hube de aprender.
Al Niño esta noche
festejar pensé,
cantando las coplas
al son del rabel.
Con otros mancebos
allí estaba Andrés,
aquel zagalillo
que baila tan bien.
De mi voz prendado
quedó al parecer;
me miró, mirele,
suspiró, y se fue.
Ayer todo el día,
¡que día el de ayer!,
del alba a la noche
cantando pasé.
Andrés me escuchaba
con tanto placer,
que por darle gusto
ronca me quedé.
Ya no puedo cantos
al Niño ofrecer:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
En un canastillo
con arte junté
seis bollos, dos tortas
y medio pastel.
Ufana con ellos
echeme a correr…
Como un corderillo
seguíame Andrés.
Husmea los bollos,
levanta el mantel,
los toma, los deja,
los vuelve a coger.
Una de las tortas
me comí con él,
luego un bollo, y otro,
y aun otro después.
Cuando tres quedaron
yo me acongojé:
vergüenza me daba
llevar solo tres.
Seguimos comiendo,
¿que había de hacer?
Yo comer, comía,
¡pero bien lloré!…
Sin tortas el Niño
se queda por él:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?
La cándida rosa
que adorna mi sien,
después del fracaso
llevarle pensé.
Cata que el goloso
me asalta otra vez,
la rosa pidiendo
que llevo a Belén.
Le ofrezco mil otras
de nuestro vergel,
pero Andrés se empeña
en que esa ha de ser.
Con ceño le miro,
me llama cruel,
y adentro, en el alma,
sentí no sé qué.
Temblaba el mancebo,
temblé yo también,
y mano a mis trenzas
eché sin saber.
¡Ay, madre del alma!,
creerlo podéis:
la flor a sus manos
cayó… sin querer.
Por él soy al Niño
tres veces infiel:
madre, la mi madre,
¿qué le llevaré?

La madre.

—Hija arrepentida,
ven conmigo, ven;
cuando al Niño veas,
póstrate a sus pies.
Llora, que tu llanto,
tu amor y tu fe
le saben más dulce
que leche con miel.
Su bendita Madre,
si llorar te ve,
te alzará en sus brazos,
llorando también.

Es un villancico que tiene toda la gracia de la poesía popular, de la que toma el verso repetido «madre, la mi madre». Su sencilla versificación (se trata de un romancillo con rima aguda en –é) da al conjunto un aire de suma ligereza, de alegría casi infantil.


[1] Sobre el autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; y Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Literatura, periodismo y política, New York, Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA), 2018.

La Navidad en las letras españolas: siglos XVIII y XIX

En entradas anteriores hemos repasado algunos de los grandes clásicos de la literatura española del Siglo de Oro que cantan el nacimiento de Cristo. Todavía podríamos añadir otros nombres: Alonso de Bonilla, fray Ambrosio de Montesinos…, o recordar el Romancero, que en el conjunto de su rico acervo dio entrada igualmente al tema navideño. Mencionaré, por ejemplo, un romance popular, «Camino de vuelta a Nazaret», que refiere como el Niño tiene sed y, cuando pide de beber, la Virgen le indica «que las aguas vienen turbias / y no se pueden beber». Llegan entonces a una huerta cuidada por un «pobre ciego», que les da unas naranjas (o unas manzanas, según las versiones) para que con ellas puedan calmar la sed que les acucia. En el momento de morder el Niño la fruta, se obra el milagro «y el ciego comienza a ver». Es un romance sencillo e ingenuo, pero igualmente emotivo por referir este milagro infantil de Cristo-Dios, que ha sido musicado en nuestros días por Joaquín Díaz, entre otros.

Y si ampliáramos nuestra mirada para abarcar el ámbito hispanoamericano, todavía sin salir del siglo XVII, deberíamos aludir a sor Juana Inés de la Cruz, escritora novohispana autora de varias colecciones de villancicos de gran calidad, muchos de ellos musicalizados en la época, por ejemplo:

—Pues mi Dios ha nacido por mí,
déjenle velar.
—Pues está desvelado por mí,
déjenle dormir.
—Déjenle velar,
que no hay pena en quien ama
como no penar.
—Déjenle dormir,
que quien duerme en el sueño
se ensaya a morir.
—Silencio, que duerme.
—Cuidado, que vela.
—¡No le despierten, no!
—¡Sí le despierten, sí!
—¡Déjenle velar!
—¡Déjenle dormir!

Nacimiento de Cristo

Sin embargo, pasemos ya al siglo XVIII, durante el cual la temática religiosa está presente en autores como Gabriel Álvarez de Toledo, José María Blanco-White o Alberto Lista; pero la poesía de Navidad se transmite sobre todo en forma de villancicos y coplas populares, tanto en España como en Hispanoamérica. Por ejemplo, el compositor mulato José Francisco Velásquez (1755-1805) construye una pieza para dos sopranos (solo y dúo) con bajo continuo solamente con la siguiente estrofa:

Niño mío que entre pajas
naces para nuestro bien,
yo te ofrezco el corazón
y toda el alma también.

Por lo que toca a la centuria siguiente, sabemos que el XIX es un siglo traspasado por el problema religioso, así que no debe extrañarnos que reaparezca con fuerza la temática navideña. Así sucede, por ejemplo, en el poema «En Nochebuena», de Vicente W. Querol, dedicado a sus ancianos padres, que comienza así:

Un año más en el hogar paterno
celebramos la fiesta del Dios-niño,
símbolo augusto del amor eterno,
cuando cubre los montes el invierno
con su manto de armiño.

El resto de la composición es una evocación de la celebración navideña familiar: el yo lírico se muestra preocupado por la avanzada edad de sus progenitores, pero confía en que —una vez llegada la hora de la muerte— Dios hará posible que en el cielo se repita «esta unión tierna» de que gozan ahora en la tierra.

También podemos traer a estas páginas el poema «El santo nombre de Jesús», del catalán Jacinto Verdaguer, que en traducción castellana de Luis Guarner dice así:

El Niño Jesús
lloraba, lloraba;
lo han circuncidado
y su sangre mana.
Canciones del cielo
María le canta,
y mientras lo arrulla,
lo baña en sus lágrimas.
—Niñito, no llores.
—Madre, el llanto acalla;
para consolaros
los ángeles bajan
desde el alto cielo
a tejer su danza,
coronados todos
y llevando palmas.
Tañen violines,
vïolas y arpas,
guitarras de oro,
rabeles de plata;
la canción que entonan
al mundo alegrara.

El triunfo de la novela histórica en España: otras causas

Hablábamos en la entrada del otro día de la moda de la novela escrita a la manera de Walter Scott como un factor importante para explicar el triunfo de la novela histórica en España en la época romántica, pero que no puede ser considerado el único. En efecto, basta con observar la cronología de la producción española para apreciar que no es en los años veinte cuando se desarrolla verdaderamente, sino en los treinta. De hecho, se puede considerar el año 1830 como el que inaugura el desarrollo de la novela histórica en España, con la publicación de Los bandos de Castilla, de López Soler, obra que nace con el propósito explícito del autor de divulgar entre nosotros el estilo scottiano y que dará paso a una producción fecunda, cuando menos en cantidad, ya en los años 1831-1833. Y, como veremos en otra entrada al hablar de las etapas de esta producción, será la década de 1834 a 1844 la que conocerá las mejores piezas de todo el género. ¿Puede tener alguna relevancia especial esa fecha de 1834? Dejaré la palabra a Varela Jácome para que sea él quien nos conteste:

En 1834 se abre un período de apogeo de la novela histórica que culminará en 1844 con la publicación de El señor de Bembibre. La fecha tiene un triple significado: el regreso de los emigrados, al comienzo del período isabelino, la tensión bélica del levantamiento carlista, la aparición de los partidos progresistas. La supresión de la censura gubernativa y la multiplicación de las publicaciones periódicas contribuyen a la creación de un clima cultural favorable[1].

Parece claro, por tanto, que la subida al trono de Isabel II, a la muerte de Fernando VII, y el hecho de que su reinado tuviera que apoyarse en el partido liberal moderado para hacer frente a las pretensiones tanto de los absolutistas partidarios de don Carlos como de los liberales progresistas, iban a crear una serie de circunstancias sociales y culturales en España que beneficiarían notablemente al desarrollo del género novelesco en general y en particular del histórico.

Fernando VII

La vuelta de los exiliados no explica por sí sola el triunfo del Romanticismo en España, por supuesto, pero ayuda a ello; y los románticos hicieron suyo el género novela, cultivándola incluso aquellos grandes autores como Larra o Espronceda que no han pasado a la historia de la literatura precisamente como novelistas[2]. En esta modalidad histórica que nos ocupa hallarían incluso un buen cauce para eludir la censura y mostrar sus ideas políticas[3], utilizando el pasado para tratar los temas y problemas del presente que les preocupaban: las guerras intestinas en muchísimas novelas bien pueden ser trasunto de las contiendas civiles que los autores veían en sus días; las novelas de los citados Larra y Espronceda les sirven, gracias a digresiones o comparaciones entre el pasado y el presente, para exponer sus ideas liberales; o, por otra parte, pueden mostrar la preocupación por un tema tan candente en esos años como la desamortización de Mendizábal y la persecución de las órdenes religiosas (en El señor de Bembibre de Gil y Carrasco).

Tampoco debemos olvidar el culto romántico por una lejana e idealizada Edad Media, tiempo y espacio predilectos para su actitud evasiva, que hallaría en la novela histórica perfecto modo de expresión. Efectivamente, encontraremos este medievalismo, bastante tipificado, por cierto, en la mención de ruinas, en la descripción de usos y costumbres (armas, vestidos, torneos…) y en otros elementos de las reconstrucciones históricas, más o menos documentadas, más o menos conseguidas, de las épocas en que estos autores situaron sus novelas.

La desaparición de la censura previa permitiría además el desarrollo de una novela que podemos considerar nueva, abierta a muchas más posibilidades que la encorsetada novela de las tres décadas anteriores. Y la aparición de nuevas revistas y publicaciones periódicas será también importante, pues en sus páginas aparecieron alguna que otra novela y, sobre todo, gran cantidad de leyendas, narraciones, relatos y cuentos de contenido histórico.

Así pues, podemos apreciar cómo el desarrollo de la novela histórica va unido, en estrecha relación, al triunfo del movimiento romántico en España, tanto por la coincidencia temporal (últimos años de los treinta y primeros de los cuarenta) como por los factores señalados. Eso por lo que toca al ambiente cultural. Desde un punto de vista sociológico, coincide con el triunfo del liberalismo[4] y el inicio del ascenso de la clase media española, todavía incipiente pero que continuará hasta culminar en la revolución burguesa de 1868[5].

En resumen, se alían en los años treinta poderosos factores de tipo político, social y cultural: cambio de régimen, regreso de los exiliados, ascenso de la burguesía, desaparición de la censura, triunfo del Romanticismo, moda de las novelas de Walter Scott, etc., que facilitan la consolidación del género novelesco y, en concreto, el triunfo de la novela histórica en España. Ninguna de estas circunstancias por separado puede explicar dicho fenómeno perfectamente, es decir, sin pecar de simplista; sí, en cambio, la conjunción de todas ellas.


[1] Benito Varela Jácome, Estructuras novelísticas del siglo XIX, Barcelona, Hijos de José Bosch, 1974, p. 23.

[2] Incluso Hartzenbusch escribió una novelita histórica titulada La reina sin nombre; y se conservan también fragmentos de otras dos, Los amantes de Teruel y El alcalde de Zumarramala.

[3] La novela histórica se politiza muy pronto, en un sentido tanto proliberal como conservador. Ejemplos muy claros son El golpe en vago, de José García de Villalta o El auto de fe, de Eugenio de Ochoa.

[4] Esta es la tesis del libro de Juan Ignacio Ferreras, cuyo título es bien significativo: El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976. En varias ocasiones señala que la novela histórica debió esperar hasta la muerte de Fernando VII para poder florecer en libertad; cfr. la p. 128, por ejemplo.

[5] Ver Juan Ignacio Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1973, pp. 22, 311-312 y 315.