Lope de Vega: armas y letras

Hacia 1580 Lope comienza a darse a conocer como escritor por medio de algunas poesías líricas y de sus primeras comedias; podría decirse que su precoz carrera literaria, una afición o inclinación en sus orígenes, va adquiriendo unos matices tendentes cada vez más hacia la «profesionalización»: Lope va a seguir el oficio de las letras, sin menoscabo del desempeño de otros empleos al servicio de mecenas nobles[1]. Así, el período entre 1579 y 1583 se señala como la fecha probable de redacción de su comedia más temprana, Los hechos de Garcilaso de la Vega y el moro Tarfe, la única de las conservadas del Fénix dividida en cuatro actos (pronto se impondrá la división en tres jornadas), si bien en la dedicatoria de El verdadero amante, comedia pastoril en tres actos, se dice que es la «primera comedia de Lope de Vega». En la Semana Santa de 1582 redacta Los cinco misterios dolorosos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. 1582-1583 es la fecha probable de su célebre romance «Ensíllenme el potro rucio…». Por estos años se va haciendo y consolidando poco a poco la reputación dramática de Lope, que escribe ahora para el teatro como un medio para ganarse la vida. Escritor fecundo y popular, sabe ganarse también el aplauso de los corrales, de ese público que, al haber pagado su entrada, exige que le entretengan (en la Epístola al doctor Gregorio de Angulo escribirá: «que soy galán de las señoras musas / y las traigo a vivir con el vulgacho», lo que le permitirá «no sufrir ajeno señorío»); a su vez, los empresarios teatrales le buscan por el éxito que garantizan las piezas lopescas en su representación sobre las tablas.

Por aquel entonces entra al servicio de don Pedro de Dávila, marqués de las Navas, como secretario, cargo que seguirá desempeñando hasta 1587, cuando su señor marche a Alcántara y Lope decida no acompañarlo. No obstante, en 1583 emprende otro camino más, el de las armas, pues participa como soldado en la expedición contra los portugueses a la isla Terceira (en las Azores), que zarpó del puerto de Lisboa el 23 de junio al mando de don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz.

Don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz

Así pues, como tantos otros escritores de los Siglos de Oro (Garcilaso, Aldana, Cervantes, Calderón…), Lope se convierte en prototipo de poeta-soldado, es decir, alternará el ejercicio de la pluma y la espada. El 15 de septiembre de 1583 arribó la flota de regreso a Cádiz, y desde allí Lope volvería a Madrid.

A la altura de 1584 Lope ha alcanzado ya una gran reputación como poeta. Ha escrito composiciones laudatorias para los preliminares de las obras de varios de sus amigos. Además, versos suyos se incluyen en el Jardín espiritual de fray Pedro de Padilla (Madrid, 1584) y en el Cancionero de López Maldonado (Madrid, 1586). Cervantes, en el Canto de Calíope, incluido en La Galatea (1585), cita a Lope entre los escritores españoles más notables del momento:

Muestra en un ingenio la experiencia
que en años verdes y en edad temprana
hace su habitación así la ciencia,
como en la edad madura, antigua y cana;
no entraré con alguno en competencia
que contradiga una verdad tan llana,
y más si acaso a sus oídos llega
que lo digo por vos, Lope de Vega.

Lope, «en años verdes y en edad temprana», se habría ganado ya cierta fama literaria. Es posible que date de este momento, el período comprendido entre 1585 y 1588, la primera redacción de La Dorotea, pues en su dedicatoria al conde de Niebla dice: «Escribí La Dorotea en mis primeros años». En cualquier caso, este libro, una de sus obras maestras, no lo compondría Lope en su forma definitiva hasta su madurez, formando parte de su ciclo de senectute, y lo daría a la estampa en 1632.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.

Lope: otros estudios confusos y un supuesto amorío

Tampoco coinciden los biógrafos y estudiosos de Lope en la fecha de su traducción en versos castellanos del poema latino de Claudio titulado De raptu Proserpinae, hoy perdida, que dedicó al cardenal Ascanio Colonna: algunos la fechan tempranamente en 1577,  mientras que otros la retrasan al período 1581-1585[1].

El rapto de Proserpina

Otro episodio que ha generado confusión son unos supuestos amoríos con una joven, María de Aragón, hija de unos panaderos de la corte, de la que Lope se habría enamorado a finales de 1579; la muchacha habría quedado embarazada, aunque la niña fruto de tales amores moriría muy pronto. Algunos biógrafos han querido ver un reflejo de este episodio en el personaje de Marfisa de La Dorotea. Sin embargo, todo parece ser una confusión, y el Lope de Vega amante de esa tal María de Aragón, cuyo nombre figura registrado en algunos documentos, sería un homónimo de nuestro joven aprendiz de escritor.

Y todavía hay un detalle biográfico más que queda en la nebulosa. Nos referimos al supuesto paso por la Universidad de Salamanca, quizá para concluir los estudios eclesiásticos iniciados en Alcalá; estudios salmantinos que fueron deducidos por el Padre Rafael María de Hornedo de unas palabras del autor al presentar a Tomé de Burguillos en su «Advertimiento al señor lector» de sus Rimas humanas y divinas, que no necesariamente hay que tomar al pie de la letra:

… y se sabrá también que [Tomé de Burguillos] no es persona supuesta, como muchos presumen, pues tantos aquí le conocieron y trataron, particularmente en los premios de las justas, aunque él se recataba de que le viesen, más por el deslucimiento de sus defectos, que por los defectos de su persona; y asimismo en Salamanca, donde yo le conocí y tuve por condicípulo, siéndolo entrambos del doctor Pichardo, el año que llevó la cátedra el doctor Vera.

Se ha aducido como argumento para reforzar esa hipotética estancia la viva ambientación salmantina de su comedia El bobo del colegio, pero no resulta imprescindible para explicarla. Más bien cabe pensar que la relación con los ambientes universitarios salmantinos sea posterior, de cuando su estancia en la corte ducal de Alba de Tormes, a la que nos referiremos más adelante. No parece haber, pues, ningún argumento de peso para probar esos hipotéticos estudios en Salamanca, cuya universidad era tan célebre al menos como la de Alcalá y cuya vida estudiantil era, igualmente, no menos agitada y alegre.

Fuesen cuales fuesen los estudios universitarios regulares del Fénix, no cabe duda de su decidida afición a la lectura, a su continuada formación autodidacta, a su gusto por el estudio paciente, por las letras humanas, tan necesarias para la escritura literaria, tal como revelan estos versos de su epístola A Amarilis indiana:

Apenas supe hablar cuando, advertido
de las febeas Musas, escribía
con pluma por cortar versos del nido.

Llegó la edad y del estudio el día
donde, sus pensamientos engañando,
lo que con vivo ingenio prometía

de los primeros rudimentos, dando
notables esperanzas a su intento,
las artes hice mágicas volando.

Aquí luego engañó mi pensamiento
Raymundo Lulio, labirinto grave,
rémora de mi corto entendimiento.

Quien por sus cursos estudiar no sabe,
no se fíe de cifras, aunque alguno
de lo infuso de Adán su genio alabe.

Matemática oí, que ya importuno
se me mostraba con la flor ardiente
cualquier trabajo, y no admití ninguno.

Amor, que Amor en cuanto dice miente,
me dijo que a seguirle me inclinase:
lo que entonces medré, mi edad lo siente.

Mas como yo beldad ajena amase,
dime a letras humanas, y con ellas
quiso el poeta Amor que me quedase.

Favorecido, en fin, de mis estrellas,
algunas lenguas supe, y a la mía
ricos aumentos adquirí por ellas.

Lo demás preguntad a mi poesía,
que ella os dirá, si bien tan mal impresa,
de lo que me ayudé cuando escribía.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.

El paso de Lope de Vega por Alcalá de Henares

Como bien señalan Rennert y Castro, «Toda esta primera parte de la vida de Lope está todavía envuelta en la más profunda oscuridad»[1]. Tal confusión tiene que ver, por ejemplo, con los muy probables —pero no seguros— estudios universitarios de Lope en Alcalá de Henares, cuestión que ha sido muy debatida.

Universidad de Alcalá de Henares

Ciertamente, no quedan pruebas documentales de su paso por las aulas complutenses (al menos, su nombre no aparece consignado en los registros y libros de matrículas de los años 1572-1584), pero parece que podemos dar por buenos esos estudios pues Lope los menciona en muchas ocasiones, por ejemplo en su Epístola al doctor Gregorio de Angulo, incluida en  La Filomena:

Criome don Jerónimo Manrique,
estudié en Alcalá, bachillereme,
y aun estuve de ser clérigo a pique;

cegome una mujer, aficioneme,
perdóneselo Dios, ya estoy casado;
quien tiene tanto mal, ninguno teme.

Los versos del primer terceto aluden tanto a su paso por la Universidad de Alcalá como a la protección de don Jerónimo Manrique de Lara, obispo de Cartagena, que con el tiempo lo sería de Ávila. Los del segundo, al abandono de tales estudios por el hecho de haberse enamorado ciegamente de una mujer. Pero vayamos por partes…

Podemos imaginar que, tras la muerte del padre en 1578, la economía familiar se habría resentido bastante y que hubieron de buscar alguna ayuda para su mantenimiento. Pues bien, son numerosos pasajes de su obra en los que Lope alude a la bondad y agradece la protección del obispo Jerónimo Manrique, al que siempre recordaría con cariño. Así, por ejemplo, en su dedicatoria al duque de Maqueda de la comedia Pobreza no es vileza:

Crieme en servicio del ilustrísimo señor don Jerónimo Manrique, obispo de Ávila y Inquisidor general, uno de los príncipes que ha tenido esa clara sangre, en el estado eclesiástico […] y cuantas veces me toca al alma sangre Manrique, no puedo dejar de reconocer mis principios y estudios a su heroico nombre, como en tantas partes se conoce mi agradecimiento.

Y también en otra ocasión escribe:

Serví al obispo mi señor don Jerónimo Manrique […]. El amor que le tuve fue inmenso, las obligaciones iguales, las pocas letras que tengo le debo.

Cabe suponer que fue gracias a su apoyo económico como pudo ir Lope a estudiar a la Universidad de Alcalá, aunque no hay mucha seguridad sobre las fechas. Según algunos biógrafos, se habría matriculado hacia 1577, cuando contaba unos quince años, para permanecer allí cuatro años, saliendo hacia 1581-1582. Otros autores reducen el tiempo de permanencia en Alcalá y señalan que posiblemente estudió allí los años 1580-1582. Pérez de Montalbán relata su acomodo con don Jerónimo Manrique y la entrada en la universidad de la antigua Compluto tras la escapada por tierras castellanas y leonesas:

Luego que llegó a Madrid, por no ser su hacienda mucha y tener algún arrimo que ayudase a su lucimiento, se acomodó con don Jerónimo Manrique, obispo de Ávila, a quien agradó sumamente con unas églogas que escribió en su nombre, y con la comedia La pastoral de Jacinto, que fue la primera que hizo de tres jornadas, porque hasta entonces la comedia consistía solo en un diálogo de cuatro personas que no pasaba de tres pliegos; y destas escribió Lope de Vega muchas, hasta introducir la novedad de las otras. Para que sepan todos que su perfección se debe solo a su talento, pues las halló rústicas y las hizo damas, y cuantos después acá las han escrito (aunque alguno bárbaramente lo niegue) ha sido siguiéndose por esta pauta […] Los aplausos que se le siguieron con el nuevo género de comedias fueron tales, que le obligaron a proseguirlas con tan feliz abundancia que en muchos años no se vieron en los rótulos de las esquinas más nombres que el suyo, heroicamente repetido. Mas pareciéndole que sería importante saber de raíz la filosofía para no hablar en ella acaso (desgracia que sucede a muchos), hizo elección de la insigne Universidad de Alcalá, donde cursó cuatro años, hasta graduarse, siendo el más lucido de todos sus concurrentes, así en las conclusiones como en los exámenes.

Si damos por bueno el carácter autobiográfico del personaje de don Fernando en La Dorotea, a esos estudios complutenses aludiría este pasaje en el que conversa con Dorotea y Felipa:

Yo, señoras, la que habla y la que no habla, nací de padres nobles, en este lugar, a quien dejaron los suyos poca renta; mi educación no fue como de príncipe, pero con todo eso quisieron que aprendiese virtudes y letras: enviáronme a Alcalá de diez años, con el que está presente [Julio], que tendría entonces veinte, para que me sirviese de ayo y de amigo, como lo ha hecho con singular amor y lealtad… De la edad que digo ya sabía yo la Gramática y no ignoraba la Retórica. Descubrí razonable ingenio, prontitud y docilidad para cualquiera ciencia; pero para lo que mayor le tenía era para los versos, de suerte que los cartapacios de las liciones me servían de borradores para mis pensamientos, y muchas veces las escribía en versos latinos o castellanos. Comencé a juntar libros de todas letras y lenguas, que después de la griega y ejercicio grande de la latina, supe bien la toscana y de la francesa tuve noticia… Murieron mis padres y un solicitador de su hacienda cobró lo que pudo y pasose a las Indias, dejándome pobre.

Como decíamos, no hay datos para corroborar de forma fehaciente las fechas de permanencia en Alcalá y la hipotética culminación de los estudios. Pérez de Montalbán dice que «cursó cuatro años, hasta graduarse»; el propio Lope, en la cita antes transcrita, escribe «bachillereme». Sin embargo, lo más probable es que no llegase a concluir ningún estudio, aunque los que siguió estarían sin duda relacionados con la posibilidad de ingresar en el estado eclesiástico (lo que parece indicar el citado verso «y aun estuve de ser clérigo a pique»). Alcalá era una ciudad en la que bullía el ambiente estudiantil, y sin duda el tumultuoso Lope gustaría mucho más de la libre vida estudiantil, con sus juergas y francachelas, que de las aulas y los estudios.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.

Una escapada del joven Lope hasta tierras leonesas

Estudios y versos y precocidad aparte, debió de ser Lope un muchacho inquieto y dado a las aventuras[1]. Lo fue, sin duda, a su edad adulta, pero el carácter apasionado apuntaba ya en la adolescencia y juventud. A falta de otros datos, podemos recordar de nuevo lo que escribe Pérez de Montalbán en la Fama póstuma; relata en efecto que, a poco de fallecer su padre (cuya muerte se produjo el 17 de agosto de 1578), Lope hizo una escapada con un amigo hasta tierras leonesas, por el simple deseo de ensanchar sus horizontes y vivir aventuras:

Viéndose ya más hombre, y libre del miedo de su padre, que ya había muerto, ambicioso de ver mundo y salir de su patria, se juntó con un amigo suyo que hoy vive, llamado Hernando Muñoz, de su mismo genio, y concertaron el viaje, para cuyo intento cada uno se previno de lo necesario. Fuéronse a pie a Segovia, donde compraron un rocín en quince ducados, que entonces no sería malo, por el valor que tenía el dinero. Pasaron a La Bañeza, y últimamente a Astorga, arrepentidos ya de su resolución por verse sin el regalo de su casa; y así, determinaron volverse por el mismo camino que llevaron, y faltándoles en Segovia el dinero, se fueron entrambos a la Platería, el uno a trocar unos doblones y el otro a vender una cadena. Pero apenas el platero (escarmentado quizá de haber comprado mal otras veces) vio los doblones y la cadena, claro está, pensó lo peor pero lo posible, y dio parte a la justicia, que luego vino y los prendió. Mas el juez, que debía de estar bien con su conciencia, habiéndoles tomado su confesión y viendo que decían entrambos verdad porque decían una misma cosa, y que su culpa era mocedad y no delito, y en efeto que su modo, su hábito y su edad no daban indicios de otra cosa, les dio libertad y mandó que un alguacil los trujese a Madrid y los entregase a sus padres, con los doblones y la cadena.

El episodio tiene sin duda tintes novelescos pero, a falta de otras noticias y documentos, podemos darlo por bueno para atestiguar esa inclinación a la aventura en el joven Vega.

Lope de Vega


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.

Primeros estudios de Lope de Vega

Pérez de Montalbán evoca en la Fama póstuma lo que habrían sido los primeros años de la infancia del Fénix[1]; y aunque debamos rebajar algún tanto los detalles hiperbólicos que contiene todo el relato de Montalbán, sus palabras nos hablan ciertamente del genio despierto y de la precocidad de Lope (al que en varias ocasiones, por sugestión de estas palabras de Montalbán y también de otras del propio interesado, en citas autoelogiosas probablemente exageradas, se ha presentado como un verdadero «niño prodigio»):

A los dos primeros abriles de su edad, ya en la viveza de sus ojos, ya en el donaire de sus travesuras, y ya en la fisonomía de sus facciones mostró con los amagos lo que después hizo verdad con las ejecuciones. Iba a la escuela, excediendo conocidamente a los demás en la cólera de estudiar las primeras letras y, como no podía por la edad formar las palabras, repetía la lición más con el ademán que con la lengua. De cinco años leía en romance y latín, y era tanta su inclinación a los versos que, mientras no supo escribir, repartía su almuerzo con los otros mayores porque le escribiesen lo que él dictaba. Pasó después a los estudios de la Compañía, donde en dos años se hizo dueño de la gramática y la retórica, y antes de cumplir doce, tenía todas las gracias que permite la juventud curiosa de los mozos, como es danzar, cantar y traer bien la espada, quizá porque sabía que tocaba al buen poeta la noticia destas tres artes.

Retrato de Juan Pérez de Montalbán

Si cedemos la palabra al propio Lope, veremos como en la segunda parte de La Filomena nos recuerda que, junto con otras aficiones propias de niños (cazar grillos en las eras, atrapar pájaros con liga…), incluso antes de saber leer ya hacía o rumiaba sus primeros versos:

Pero antes de esta edad, en la más tierna,
cuando la sangre a la razón gobierna,
y a los cantores grillos
cogidos en los trigos
cárceles fabricaba,
versos sin forma en embrión brotaba;
y cuando a los pintados colorines
con los nuevos amigos
la liga cauteloso les ponía,
y el alba de claveles y jazmines
la frente componía,
yo mis versos también con viva fuerza,
a quien sin arte el natural esfuerza.

Eran, pues, versos que brotaban del natural, espontáneamente, de su propia e innata capacidad para la poesía, sin que tuviesen todavía el acabamiento que, tiempo después, les otorgaría el arte, esto es, el estudio y conocimiento de las reglas. Esa afición a la poesía sería heredada presumiblemente del padre, que también escribía versos, tal como nos indica el Fénix en su Laurel de Apolo:

Efectos de mi genio y mi fortuna,
que me enseñastes versos en la cuna,
dulce memoria del principio amado
del ser que tengo, a quien la vida debo,
en este panegírico me llama
ingrato y olvidado,
pero si no me atrevo,
no fue falta de amor, sino de fama,
que obligación me fuerza, amor me inflama.
Mas si Félix de Vega no la tuvo,
basta saber que en el Parnaso estuvo,
habiendo hallado yo los borradores.
Versos eran a Dios, llenos de amores;
y aunque en el tiempo que escribió los versos
no eran tan crespos como ahora y tersos,
ni las musas tenían tantos bríos,
mejores me parecen que los míos.

Vemos que, en un rasgo de cariño filial, Lope dice estimar los versos de su padre por encima de los propios (de la madre, en cambio, apenas se perciben ecos en el conjunto de su extensa obra literaria). Además de este gusto por hacer versos, un rasgo de carácter que Lope pudo aprender en su padre fue el de la inclinación a la vida virtuosa y caritativa. Se sabe que la casa familiar era visitada por el beato Bernardino de Obregón, quien con su ejemplo de ascetismo y vida espiritual ejercería una poderosa y benéfica influencia sobre todos los miembros de aquel hogar. Así lo indican estas palabras de Francisco de Herrera Maldonado en su Libro de la vida y maravillosas virtudes de Bernardino de Obregón (Madrid, 1633):

Entre los amigos que tuvo el santo Bernardino estimó con grandes ventajas a Féliz de Vega, gran imitador de sus virtudes y costumbres, que hasta su muerte siguió sus loables ejercicios con notable ejemplo, sin faltar día del Hospital de la Corte (o Buen Suceso), donde él y sus hijos hacían las camas, barrían y limpiaban los tránsitos, lavaban los pies y las manos a los pobres, velaban a los que morían, y a los que iban convaleciendo consolaban, regalaban y vestían; hizo de Féliz mucha confianza el santo Bernardino, comunicándole cosas gravísimas tocantes a la perfección de su vida y penitencia, y de los favores y mercedes que Dios le hacía; liciones que perficionaron a Féliz de Vega para llegar en la virtud a heroicos grados, y que después comunicó a Isabel del Carpio, su hija mayor, que vivió con notable opinión de mujer santa.

Testimonios como el recogido en esta cita han permitido afirmar que Lope y sus hermanos (eran varios: Isabel, Francisco, Juan, Juliana…) acompañarían a su padre a la hora de hacer sus actos de caridad, como atender y consolar a pobres y enfermos. Y también, en opinión de algunos biógrafos, que la vida infantil de Lope habría estado marcada por el sello de su modélica familia, en la que habría visto un ejemplo de trabajo honesto (en el taller de bordadura; en 1574 se cita a Félix de Vega entre los bordadores de la reina) y de profundas virtudes cristianas. Por ejemplo, Entrambasaguas escribe enfáticamente que «así se iba formando el genio entre el estudio y el trabajo, entre los libros y la observación del mundo».

Con respecto a su formación escolar, cabe decir que sus primeras clases las recibió seguramente Lope en el estudio madrileño dirigido por Vicente Espinel, famoso escritor y músico, al que el discípulo recordaría más adelante con verdadero afecto; así, por ejemplo, en su soneto «Al maestro Vicente Espinel»:

Aquesta pluma, célebre maestro,
que me pusisteis en las manos cuando
los primeros caracteres firmando
estaba, temeroso y poco diestro;

mis verdes años, que al gobierno vuestro
crecieron, aprendieron e, imitando,
son los que ahora están gratificando
el bien pasado que presente os muestro.

La pura voluntad, que no la pluma,
porque la vuestra os eterniza y precia,
en estas letras la destreza extraña;

pero diré que si Mercurio, en suma,
la instruyó en Italia y Cadmo en Grecia,
vos nuevamente a la dichosa España.

En otra ocasión escribe estas palabras, igualmente elogiosas:

A mi maestro Espinel
haced, Musas, reverencia,
que os ha enseñado a cantar
y a mí a escribir en dos lenguas.

Verso este último que indicaría que fue Espinel quien le enseñó a leer y escribir en castellano y a traducir del latín, conocimientos que Lope tendría adquiridos a la edad de diez años, más o menos. En efecto, de no haber dado buena prueba de sus aptitudes para el estudio, Lope habría estado destinado a aprender un oficio manual. Fueron sin duda sus buenas cualidades las que decidieron a sus padres a darle una educación, para lo cual lo llevaron al Colegio Imperial de Madrid, esto es, al colegio regentado por los jesuitas: habría ingresado hacia 1573-1574, para permanecer en él hasta 1576.

Hay un detalle interesante que no debemos pasar por alto, y es que en los colegios y casas de la Compañía de Jesús florecía el denominado «teatro escolar». Se trataba de piezas de temática hagiográfica (vidas de santos) o religiosa en general, cuyas representaciones iban asociadas a las celebraciones del santoral y otras festividades académicas. Eran obras de teatro compuestas y representadas en el ámbito de los colegios (los actores eran los propios alumnos; el público, los profesores y familiares…), que trataban de «deleitar aprovechando» siguiendo los modelos clásicos de Plauto y Terencio para la comedia, y de Séneca para la tragedia. Este teatro jesuítico —que hasta hace unas décadas apenas había despertado el interés de los investigadores, pero que en los últimos años está siendo convenientemente estudiado por la crítica— se señala en la actualidad como uno de los hitos destacados en la trayectoria y evolución del teatro español del siglo XVI, a la manera renacentista, hasta su desembocadura en la creación de la comedia nueva lopiana. Debemos suponer que Lope asistiría a este tipo de representaciones que se hacían en las festividades del Colegio Imperial, y tal vez algunas de sus comedias primerizas tuvieran este origen y esta finalidad. En tal sentido cabe entender la afirmación que hace en el Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo (1609) de que ya las componía con once o doce años:

Y yo las escribí de once y doce años,
de a cuatro actos y de a cuatro pliegos,
porque cada acto un pliego contenía.

Por supuesto, estas obras no pasarían de ser meros tanteos juveniles, pero nos muestran a un jovencísimo Lope puesto ya en el camino del teatro, con una decidida vocación dramática que, andando el tiempo, le llevaría a revolucionar la escena española. Por lo demás, y de acuerdo con la ratio studiorum (el plan de estudios o el sistema pedagógico, diríamos hoy) de los colegios jesuitas, el joven Lope aprendería con los teatinos gramática y retórica, seguiría perfeccionando sus conocimientos de la lengua latina a través del ejercicio de las traducciones y, en suma, esos años de estudio en el Colegio Imperial supondrían las bases, ya bien cimentadas, de sus conocimientos humanísticos. Ciertamente, esos conocimientos que tuvo y a las que dio entrada en sus muchas obras nunca llegarían a ser los de un sabio humanista (como tantos otros, Lope manejará una erudición de acarreo, de segunda mano, bebida en oficinas y polianteas, especies de enciclopedias o compendios del saber, de citas de clásicos, de anécdotas, ejemplos e historias de la Antigüedad clásica, etc.), pero sí que fueron amplios, fruto de sus numerosas lecturas. Aunque aspiró a poeta culto, no será un humanista como Quevedo, ni sus obras tendrán la misma profundidad teológica y filosófica que las de Calderón. En cualquier caso, con el tiempo, y con el arte, se irían perfeccionando aquellos rudimentarios versos que desde fechas tempranas salían de su mente y pasaban al papel  con su pluma, tal como él mismo evidencia en la segunda parte de La Filomena (en estos versos que continúan los de la cita anterior):

Mas luego que con él [con el arte] y que tenía
en la filosofía
seguro el fundamento
(que sin ella mil ciegos van a tiento
diciendo desatinos),
canté mejores versos,
imitando los griegos y latinos.
Y cuando ya los vi puros y tersos,
dándome aliento juveniles años,
canté de amor las iras,
verdades y mentiras,
y entre tantos engaños
rimas llamé también sus desengaños.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.

Lope de Vega: nacimiento y origen familiar

En Madrid, en una casa propiedad de Jerónimo Soto situada en la Puerta de Guadalajara, el 25 de noviembre de 1562 (si bien algunos biógrafos señalan la fecha del 2 de diciembre, día de san Lope, obispo de Verona), vino al mundo Lope de Vega. Sería bautizado el 6 de diciembre en la parroquia de san Miguel de los Octoes. Esta es su partida de bautismo:

Lope = En seis días de diciembre de mil quinientos y sesenta y dos años, el muy reverendo señor Licenciado Muñoz bautizó a Lope, hijo de Féliz de Vega y de Francisca su mujer. Compadre mayor, Antonio Gómez; madrina, su mujer (Luisa Ramírez). = Licenciado Muñoz.

El futuro poeta y dramaturgo de fama universal es hijo de un bordador, Félix de Vega, aficionado a hacer versos, casado con Francisca Fernández Flórez. Pertenecía, por tanto, a una familia modesta, aunque Juan Pérez de Montalbán, en su panegírica Fama póstuma a la vida y muerte del doctor frey Lope Félix de Vega Carpio (1636), trata de engrandecer ese origen humilde:

Félix de Vega y Francisca Fernández, él hidalgo de ejecutoria y ella noble de nacimiento, y vecinos entrambos de la ilustre villa de Madrid, fueron los felicísimos padres del doctor frey Lope Félix de Vega Carpio, portento del orbe, gloria de la nación, lustre de la patria, oráculo de la lengua, centro de la fama, asumpto de la invidia, cuidado de la fortuna, Fénix de los siglos, príncipe de los versos, Orfeo de las ciencias, Apolo de las Musas, Horacio de los poetas, Virgilio de los épicos, Homero de los heroicos, Píndaro de los líricos, Sófocles de los trágicos y Terencio de los cómicos, único entre los mayores, mayor entre los grandes, y grande a todas luces y en todas materias.

Ocurre que los padres del futuro escritor descendían del valle de Carriedo, en la Montaña santanderina, detalle importante, porque en la época se consideraba que todos los originarios de la Montaña (territorios norteños no conquistados durante la invasión musulmana, donde se habría conservado la limpieza de sangre) eran hidalgos sin excepción. Y ser hidalgo, en aquella sociedad de los siglos XVI y XVII, suponía pertenecer al grupo privilegiado de la nobleza, aunque fuese el escalón más bajo de la misma, la pequeña nobleza de los llamados «hidalgos de ejecutoria». Como recuerda Joaquín de Entrambasaguas, los padres de Lope nunca antepusieron a sus nombres el don o el doña: sencillamente, no podían, pues tales tratamientos, hoy generalizados, solo tenían derecho a usarlos en aquel entonces las personas nobles. En fin, en acertada expresión de Stefano Arata, podría decirse que, por su nacimiento y familia, Lope era un joven «a mitad de camino entre el universo de los privilegiados y el mundo de los pecheros». El propio escritor en carta al duque de Sessa (de mediados de octubre de 1628) se referiría a sus antecedentes familiares diciendo: «Nací hombre de bien, de un pedazo de peña de la Montaña».

Retrato de Lope de Vega

Ese origen en el valle de Carriedo lo recuerda también en su epístola a Amarilis indiana, al tiempo que recrea imaginariamente algunos detalles sobre su propia concepción. De dar crédito a lo que dicen estos versos, su madre, celosa, habría acudido hasta Madrid en seguimiento de su marido, que andaría enredado en amores con alguna otra mujer, y él, Lope, sería fruto de la reconciliación; es decir, sería, en palabras de Luis Astrana Marín, «hijo de los celos». Este es el pasaje en cuestión:

Tiene su silla en la bordada alfombra
de Castilla el valor de la Montaña
que el valle de Carriedo España nombra.

Allí otro tiempo se cifraba España,
allí tuve principio; mas ¿qué importa
nacer laurel y ser humilde caña?

Falta dinero allí, la tierra es corta;
vino mi padre del solar de Vega:
así a los pobres la nobleza exhorta.

Siguiole hasta Madrid, de celos ciega,
su amorosa mujer, porque él quería
una española Elena, entonces griega.

Hicieron amistades, y aquel día
fue piedra en mi primero fundamento
la paz de su celosa fantasía.

En fin, por celos soy, ¡qué nacimiento!,
imaginadle vos, que haber nacido
de tan inquieta causa fue portento.

«Por celos soy», es decir, ‘existo gracias a los celos’, y algunos biógrafos han querido ver en estos supuestos amoríos del padre un antecedente de la borrascosa vida sentimental de Lope. En cualquier caso, este detalle más bien parece una fantasía imaginada por el Fénix —que, puesto a hacer literatura de su propia vida, se ve capaz de evocar hasta las mismas circunstancias de su concepción—, y parece más probable que esta venida a Madrid del padre, y de su esposa con él, deba explicarse por otras causas. Conviene recordar que el año anterior al nacimiento de Lope, en 1561, Felipe II había decidido establecer la corte de forma permanente en Madrid (hasta entonces la corte estaba allí donde estuviera el rey, ya fuese Alcalá, Toledo, Burgos, Valladolid, Medina del Campo…), y la que hasta entonces no pasaba de ser una pequeña población empezó a crecer aceleradamente con gentes de las más diversas procedencias. En este sentido, la acumulación en ella de las clases altas, que necesitaban proveerse de mobiliario, objetos suntuosos de decoración y artículos de lujo, ofrecía, sin duda, buenas perspectivas de trabajo para diversos gremios, y entre ellos también el de los bordadores. De hecho, la zona de la villa y corte en la que se instala y vive la familia de Lope es precisamente aquella en la que se concentran artesanos y menestrales, como muestra a las claras el callejero: Bordadores, Herradores, Coloreros, Platería, Pellejeros, Boteros, Cuchilleros, Latoneros, Tintoreros, Esparteros, Botoneros, Doradores…

En estas circunstancias, y teniendo en cuenta el carácter estamentalizado de la sociedad aurisecular, en la que resultaba muy difícil medrar y cambiar de estatus social (la novela picaresca nos da buenas muestras de ello…) y en la que los hijos solían heredar el oficio de sus progenitores, Lope estaba llamado, en principio, a ser un artesano más. Sin embargo, merced a la literatura lograría salir de ese círculo de los menestrales. Como bien ha escrito Felipe Pedraza, «desde niño parece que mostró un carácter despierto, una singular capacidad para aprender y una invencible inclinación al mundo del arte, de la creación y de la fantasía»; y serían el estudio, primero, y el cultivo de la literatura después, los que le dieran la fama y el reconocimiento social, y el dinero suficiente para vivir alejado de ese estrecho mundo del trabajo manual y de acercarse, en la medida de lo posible, al ámbito del poder y la nobleza. Aunque, de alguna manera, Lope también fue un artesano de los versos, unos «versos mercantiles», los de sus comedias, con los que se ganaba la vida y el pan cotidiano para su larga familia, y aun familias, como tendremos ocasión de ver más adelante…

Señalan Rennert y Castro que «No sabemos nada de la niñez de Lope». Son, efectivamente, muy pocos los datos fidedignos de que disponemos. El propio Lope escribió en una ocasión que pasó «algunos de los primeros días» de su vida en Sevilla, con su tío el inquisidor Miguel Carpio («Quema como Carpio», se decía proverbialmente en la ciudad hispalense, en alusión a su celo en la persecución de herejes, a los que llevaba a la hoguera); pero ignoramos a qué fecha exacta puede referirse ni qué duración pudo tener tal estancia sevillana; algunos biógrafos opinan que podría tratarse de estancias de algunos meses, a modo de vacaciones de verano, durante algunos años de su niñez. Más adelante el escritor adoptaría el apellido de su tío (práctica usual en la época, en la que el sistema onomástico no era tan rígido) y pasaría a firmarse Lope Félix de Vega Carpio[1].


[1] Esta entrada, lo mismo que otras lopescas que seguirán en el blog, está extractada del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Ha de entenderse, por tanto, que tales textos (reproducidos aquí con muy leves modificaciones) responden a esa autoría conjunta de Arellano y Mata, y así se indicará en cada caso. Al igual que en el libro, que por su enfoque divulgativo no incluye notas ni lleva aparato bibliográfico, se citan literalmente algunas palabras de estudiosos de Lope, mencionando sus nombres, aunque sin especificar el lugar exacto de donde se toman las citas.

Un consejo de Lope: «Multum legendum, sed non multa»

La entrada de hoy es un elogio de Lope de Vega, en forma de soneto incluido en La Filomela, de los libros y la lectura, del «estudio liberal, discreto amigo»; y, al mismo tiempo, un consejo sobre qué se debe leer, condensado en la expresión latina del título, que procede de Plinio el Joven: «Multum legendum, sed non multa», ‘hay que leer mucho, pero no muchas cosas; es mejor frecuentar unos pocos libros, pero buenos, los de los clásicos, que no muchos, pero malos’[1]. Es idea parecida a la que expresa Quevedo en un verso de su soneto «Desde la Torre»: «con pocos pero doctos libros juntos».

El poema de Lope dice así:

Multum legendum, sed non multa (Plin. Iun., lib. 6)

Libros, quien os conoce y os entiende,
¿cómo puede llamarse desdichado?
Si bien la protección que le ha faltado,
el templo de la fama le defiende.

Aquí su libertad el alma extiende
y el ingenio se alienta dilatado,
que, de profano vulgo retirado,
en solo amor de la virtud se enciende.

Ame, pretenda, viva el que prefiere
el gusto, el oro, el ocio al bien que sigo,
pues todo muere, si el sujeto muere.

¡Oh, estudio liberal, discreto amigo,
que solo hablas lo que un hombre quiere,
por ti he vivido, moriré contigo!

No sabemos si Lope nos da este consejo a fuer de viejo, que diría Machado, pero sí que lo hace a fuer de Fénix… Así que, por supuesto, lo damos por bueno (¡es de Lope!) y lo hacemos nuestro.


[1] Víctor-José Herrero Llorente, en su Diccionario de expresiones y frases latinas, 3.ª ed. muy corregida y aumentada, Madrid, Gredos, 1992, p. 272a, recoge la expresión bajo el número 4944: «Multum legendum esse, non multa: “Se debe leer muchas veces lo mismo, pero no muchas cosas” (Plin., Ep. 7, 9, 15)». Y como número 4945 la variante: «Multum legere potius quam multa: “Leer el mismo libro muchas veces, mejor que muchos libros una sola vez”».

«Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra»

El epígrafe que da entrada a esta ídem del blog es, claro está, toda una declaración de intenciones: «Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra…». Con estas palabras que tan claramente parafraseaban las del Credo y cuya difusión tuvo que perseguir la Inquisición española, ponderaban las gentes del siglo XVII la valía poética del Fénix de los Ingenios. También, para alabar cualquier cosa buena, se decía: «Es de Lope». Y cuenta la anécdota que cierto día una mujer, viendo pasar un vistoso entierro, en el que una incontable multitud de gente acompañaba al féretro, exclamó, queriendo indicar su magnificencia: «Este entierro ¡es de Lope!». Sin embargo, la frase habitualmente empleada en sentido metafórico, era en aquella ocasión literalmente cierta: se trataba del entierro de Lope de Vega, que había nacido en Madrid, en 1562, y que en Madrid moriría en 1635. Entre esos dos años, una vida dedicada por entero a la literatura, y una vida convertida, también, en muchas ocasiones, en literatura.

Que Lope hizo de la vida literatura y de la literatura vida es algo que han destacado todos los estudiosos que han hablado sobre él. Morby, por ejemplo, ha escrito que Lope fue «siempre dado a explotar literariamente en forma reconocible los incidentes de su vida»[1]. Cómo no recordar, por ejemplo, los romances y sonetos pastoriles y moriscos inspirados por sus amores con Elena Osorio, en los que el poeta se encubre bajo el seudónimo de Zaide: «Mira, Zaide, que te digo / que no pases por mi calle…». También debemos mencionar, por supuesto, La Dorotea, obra en la que un Lope maduro rememora literariamente ese gran amor de juventud, y en la que el personaje de don Fernando afirma: «Porque amar y hacer versos todo es uno; que los mejores poetas que ha tenido el mundo al amor se los debe» (acto IV, escena I). Y en los versos finales de un soneto en respuesta a Lupercio Leonardo de Argensola escribe Lope:

¿Que no escriba decís, o que no viva?
Haced vos con mi amor que yo no sienta,
que yo haré con mi pluma que no escriba.

Añade el citado crítico, Morby:

Como ocurre con frecuencia en la época, en Lope hay siempre algo de histrión y, como en todo el gremio, algo de espectador de su propio histrionismo. No por eso es insincero, pues a diferencia del representante profesional, cuando sufre, sufre de veras e intensamente; pero es observando y midiendo sus penas, como para adecuar a la causa el ademán… y el vestido, ya pellico, ya albornoz, con que se disfraza a medias[2].

Las citas similares podrían multiplicarse fácilmente. Así, José Manuel Blecua señala:

Ningún poeta español ha tenido tanta capacidad como Lope de Vega para transformar su propia vida en auténtica poesía, y lo curioso, a su vez, es que además tuvo conciencia muy clara de este fenómeno. Lope fue capaz de poetizar desde su propio nacimiento a la huida de su hija Antonia Clara al final de su vida. Desde sus primeros amores a los últimos, pasando por numerosos sucesos familiares y amistosos, reflejados en sus epístolas, todo lo contará el genial escritor en versos bellísimos, y por eso José F. Montesinos pudo decir que Lope es el mejor poeta de circunstancias de toda nuestra lírica[3].

Por su parte, Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy afirman:

En el conjunto de esta obra destaca la profunda capacidad de Lope para escribir poesía; todo cuanto vive o imagina lo pasa ágilmente y con fluido desenfado a la escritura poética. […] Lope ajusta su vida con la literatura en grado extremo»[4].

Igualmente, Antonio Villacorta Baños ha puesto de relieve su entrega total a la vida, su entrega sin reservas al amor y a la literatura:

Su entrega y adhesión al amor, al amor entendido sobre todo con un sentido profano, aunque también al “espiritual o divino”, no tiene reservas. Como dice en una de sus obras: “yo amo por fuerza de estrella y sigo mi inclinación”. La generosidad de Lope en el amor es tan extrema que lejos de guarecerse en el caparazón de la huida o defenderse, vuelve a él una y otra vez, con la misma ingenuidad inicial, enamorándose de distintas mujeres con el ímpetu de una juventud indemne. Es como si la angustia, el desequilibrio, el temor al fracaso, el desdén, la fricción de una convivencia malsana, la imposible fidelidad, e incluso el desprecio explícito y el abandono, que de todo eso hubo en sus amores, fueran mil veces preferibles al silencio de la indiferencia o al vacío de la soledad. Su entrega es total, sin trabas ni reservas, arrebatada. Para lograr el amor que desea se humilla, suplica, implora y acosa, sin temor al fracaso. Pero sumergido Lope en las aguas confusas del amor todos los sentidos se le avivan. Además, sus emociones le enloquecen, y la emoción en él es un estado desequilibrado de conciencia[5].

Sí, lo digo alto y claro: Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra…, y por ello el Fénix se hará presente, con mucha frecuencia, en este blog insular y barañario.


[1] Edwin S. Morby, estudio preliminar a su ed. de Lope de Vega, La Dorotea, Madrid, Castalia, 1968, p. 10.

[2] Morby, estudio preliminar a su ed. de Lope de Vega, La Dorotea, p. 15.

[3] José Manuel Blecua, introducción a su ed. de Lope de Vega, Obras poéticas, Madrid, Planeta, 1983, p. IX.

[4] Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy, estudio preliminar a El remedio en la desdicha, Barcelona, PPU, 1991, pp. 19-20.

[5] Antonio Villacorta Baños, Las mujeres de Lope de Vega, Madrid, Aldebarán, 2000, pp. 12-13.