Estos días pasados he copiado aquí los poemas «Canto rabioso de amor a España en su belleza», «Belleza cruel» y «Hombre naciente» de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984), pertenecientes todos ellos a su poemario Belleza cruel (México, 1958; Barcelona, 1978). Añado hoy «Sólo ante el hombre», composición que cierra la primera sección del poemario, titulada también «Belleza cruel».
Sí, yo me inclinaría ante el definitivo contorno de los lirios.
Sí, yo me extasiaría con el trino del pájaro.
Sí, yo dilataría mis ojos sobre el mar y la montaña.
Sí, yo suspendería el soplo de mi pecho ante un arcángel.
Sí, yo me inclinaría ante la faz de Dios, tocando el polvo, si con su mano convocara el trueno.
Pero sólo ante el hombre, hijo del hombre, reo de origen, ciego, maniatado, los pies clavados y la espalda herida, sucio de llanto y de sudor, impuro, comiéndose, gastándose, pecando setenta veces siete cada día, sólo ante el hombre me comprendo y mido mi altura por su altura y reconozco su sangre por mis venas y le entrego mi vaso de esperanza, y le bendigo, y junto a él me pongo y le acompaño [1].
[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, p. 23.
Tras «Canto rabioso de amor a España en su belleza» y «Belleza cruel», traigo hoy otra bella composición de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984), en este caso la que cierra su poemario Belleza cruel (México, 1958; Barcelona, 1978). El poema se abre con unas célebres palabras de Blas de Otero a modo de lema que orienta la lectura.
Pido la paz y la palabra. Blas de Otero
Prepárame una cuna de madera inocente y pon bandera blanca sobre su cabecera.
Voy a nacer. Y, desde ti, mi madre, pido la paz y pido la palabra.
Pido una tierra sin metralla, enjuta de llanto y sangre, limpia de cenizas, libre de escombros. Saneada tierra para sembrar a pulso la simiente que tengo entre mis dedos apretada.
Pido la paz y la palabra. Pido un aire sosegado, un cielo dulce, un mar alegre, un mapa sin fronteras, una argamasa de sudor caliente sobre las cicatrices y fisuras.
Pido la paz y pido a mis hermanos los hijos de mujer por todo el mundo que escuchen esta voz y se apresuren. Que se levanten al rayar el día y vayan al más próximo arroyuelo. Laven allí sus manos y su boca, se quiten los gusanos de las uñas, saquen su corazón que le dé el aire, expurguen sus cabellos de serpientes y apaguen la codicia de sus ojos.
Después, que vengan a nacer conmigo. Haremos entre todos cuenta nueva. Quiero vivir. Lo exijo por derecho. Pido la paz y entrego la esperanza[1].
[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, pp. 66-67.
Ayer traje al blog el emotivo poema «Canto rabioso de amor a España en su belleza», de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984), y hoy quiero recordar otro poema suyo, «Belleza cruel», que abre y da título a ese poemario publicado en México en 1958, con prólogo de León Felipe, que fue Premio de Poesía Nueva España.
Dice así:
Dadme un espeso corazón de barro, dadme unos ojos de diamante enjuto, boca de amianto, congeladas venas, duras espaldas que acaricie el aire. Quiero dormir a gusto cada noche. Quiero cantar a estilo de jilguero. Quiero vivir y amar sin que me pese ese saber y oír y darme cuenta; este mirar a diario de hito en hito todo el revés atroz de la medalla. Quiero reír al sol sin que me asombre que este existir de balde, sobreviva, con tanta muerte suelta por las calles.
Quiero cruzar alegre entre la gente sin que me cause miedo la mirada de los que labran tierra golpe a golpe, de los que roen tiempo palmo a palmo, de los que llenan pozos gota a gota.
Porque es lo cierto que me da vergüenza, que se me para el pulso y la sonrisa cuando contemplo el rostro y el vestido de tantos hombres con el miedo al hombro, de tantos hombres con el hambre a cuestas, de tantas frentes con la piel quemada por la escondida rabia de la sangre.
Porque es lo cierto que me asusta verme las manos limpias persiguiendo a tontas mis mariposas de papel o versos. Porque es lo cierto que empecé cantando para poner a salvo mis juguetes, pero ahora estoy aquí mordiendo el polvo, y me confieso y pido a los que pasan que me perdonen pronto tantas cosas. Que me perdonen esta miel tan dulce sobre los labios, y el silencio noble de mis almohadas, y mi Dios tan fácil y este llorar con arte y preceptiva penas de quita y pon prefabricadas.
Que me perdonen todos este lujo, este tremendo lujo de ir hallando tanta belleza en tierra, mar y cielo, tanta belleza devorada a solas, tanta belleza cruel, tanta belleza[1].
[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, pp. 13-14.
La figura y la obra de Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984) se sitúa en la denominada «poesía desarraigada» de la primera generación de posguerra española (la del 36). La crítica la adscribió a la denominada «poesía social», si bien la escritora no estaba conforme con esta etiqueta. Empezó a publicar sus versos a finales de los años 40 y su trayectoria poética se prolongó hasta su muerte: Mujer de barro (1948), Soria pura (1949), Vencida por el ángel (1951), El grito inútil (1952, Premio Ifach), Los días duros (1953), Víspera de la vida (1953), Belleza cruel (1958, con prólogo de León Felipe, Premio de Poesía Nueva España), Toco la tierra. Letanías (1962) y Otoño (1983). En 1961 dio a las prensas su Primera Antología y sus Obras completas fueron publicadas, de forma póstuma, en Madrid, Ediciones Hiperión, 1986, con prólogo de Roberta Quance.
Copiaré hoy su impresionante «Canto rabioso de amor a España en su belleza», con su elocuente final, que no requiere de mayor comento. Dice así:
Con los ojos cerrados, con los puños cerrados, con la boca cerrada, España, canto tu belleza. Y con la pluma ardiendo y con la pluma loca de amor rabioso canto y firmo.
Belleza sobre ti y en tus entrañas de miel y de granito, y en tu cielo, y en tus encadenadas cordilleras y en tus encadenados hombres, canto.
De siglo en siglo en olas y torrentes de barro ibero, en sucesivas olas de tierras y metales agregados, de frutos madurados poco a poco bajo tu fiero sol, me vienes, madre. Me viene tu belleza tierna y dura, tu corazón rodando enamorado hasta embestirme, hasta llenarme toda, hasta romperme el miedo y la corteza.
De siglo en siglo con tus ríos dulces, puertos alegres, míticas ciudades, piedras labradas, torreones, claustros, palacios, catedrales y conventos, pueblos de tierra, cementerios míseros, huertos, jardines, patios y zaguanes, Cristos sangrientos, sonrosadas Vírgenes, lanzas y escudos, cálices y códices; de siglo en siglo con cincel y gubia, con mística y ascética y pinceles, con el arado, el yunque y el martillo, la pluma y los telares, me has llegado. De sueño en sueño con palmeras y agua, con limoneros, nardos y arrayanes, vino y almendra, música y aceite; de mar a mar, al remo y a la vela, con sal y caracolas, con pescados, playas doradas, ásperos cantiles; de tierra en tierra con praderas húmedas, sierras nevadas, florecidos valles, pardas llanuras, parameras ásperas, cierzos helados, delicadas brisas oliendo a los tomillos de tu aliento, de siglo en siglo me has llegado, España.
Tú me has parido y hecho y traspasado de dicha y de dolor hasta los huesos con tu belleza que se clava y ciñe como un cilicio rojo en mi cintura y hace subir mi sangre a borbotones entre garganta y verso para ahogarme de amor rabioso, de vergüenza sorda, de amor, de amor, de amor, de amor rabioso.
Porque eres bella, España, y agonizas bajo mis pies, herida en tus cimientos. Porque te veo andando entre zarzales por todos los caminos rezagada con una cruz al cuello y otra al hombro, durmiendo en las cunetas de la gloria para soñar perdidas carabelas con ojos anegados de ceniza. Porque te veo escuálida y desnuda, comiendo el pan moreno de tu vientre, bebiéndote el gazpacho de tu sangre, desposeída de oros y de espadas, borracha en copas, vapuleada en bastos, por todos malcomprada y malvendida, pordioseando impúdica en la puerta de la opulenta Catedral del Mundo. Porque eres bella, España, y te me mueres, viuda, asesina y mártir de tus hijos, a mil años y un día condenada.
Porque eres bella, España, y te me mueres, porque eres mía, España, y no te absuelvo del mal de España, canto tu belleza y fecho y firmo a corazón parado, boca cerrada y apretados puños, clavándome la lengua entre los dientes, porque no quiero blasfemar tu nombre[1].
[1] Cito por Ángela Figuera Aymerich, Belleza cruel, prólogo de Carlos Álvarez, Barcelona, Lumen, 1978, pp. 48-50. En el primer verso de la sexta estrofa restituyo las comas aislando el vocativo «España», como en otros versos del poema.
De esa «mujer de verso en pecho» que fue Gloria Fuertes ya han entrado en el blog otros poemas navideños, en concreto el villancico «Ya está el niño en el portal» y su famoso «El camello cojito». Vaya para hoy, último día del año, esta otra composición, «El ángel de Belén que vino en helicóptero», recogida en su libro para niños Lo primero es lo primero. Lo primero es el Belén, ilustrado por Marifé González.
Sécate el parabrisas. Límpiate el parabesos. Cepíllate las alas y entrénate en el vuelo.
Aterriza en Belén, encima del pesebre. San José, pensativo. La Virgen tiene fiebre.
(Y empezó a cantar a Dios el ángel aviador).
El aire frío azotaba, el ángel se equivocaba.
—¡Gloria, Gloria, Gloria Fuertes! —¡Que no, que no, criatura! ¡Gloria a Dios en las alturas!
Vaya para hoy, Día de las Escritoras, y en el marco también de la XXIV Semana de la Lengua Italiana en el Mundo, un poema de Antonia Pozzi (Milán, 1912-Milán, 1938), considerada como una de las voces más originales de la literatura italiana moderna. Pozzi escribió unos trescientos poemas, todos publicados póstumamente). Su evocación lírica de «Don Quijote», sin necesidad de comento, es como sigue:
I
Sobre la ciudad repentinos silencios.
Atraviesas, con una indefinible sonrisa, los horizontes: conoces las espinas de todos los setos.
Y vas, más allá de los cálidos alientos de los hombres el sueño después de los amores, el afán y la prisión.
Sobre la cantera, que es azul como las corolas del lino, cantas corriendo:
pero cierras los ojos si, en el fondo del cielo, las blancas alas de los molinos se desgarran en el viento.
II
Copos de la desnuda tierra te traen aterrorizados gritos:
mientras sigue, sobre el ala inmensa, girando tu crucifixión[1].
Miguel de Unamuno, Don Quijote crucificado (c. 1904). Tinta y lápiz negro sobre papel. Salamanca, Universidad de Salamanca, CMU 57-85.
[1] Cito por Antonia Pozzi, Treinta poemas, versión y prólogo de Mariano Roldán, Madrid, Ediciones Rialp, 1961, pp. 38-39
La primera característica que podemos destacar tras este acercamiento a las tres primeras novelas históricas de Ángeles de Irisarri es la mezcla de la rigurosidad y veracidad históricas con un planteamiento esencialmente humorístico. Todas sus obras constituyen miradas desenfadadas a épocas y personajes del pasado geográficamente más cercano a la escritora (se inspira preferentemente en sucesos de la historia de Navarra, Aragón y Cataluña). Tienen en común su punto de partida en situaciones disparatadas, raras, extrañas, poco habituales, a menudo grotescas: una corajuda reina viuda que hace un viaje de cientos de kilómetros acompañando a su nieto craso y a su hijo melancólico en una torre de asalto; un monje de San Juan de la Peña que durante varias décadas sube a lo alto de una atalaya para otear las estrellas y esperar la venida de un cometa; una anciana condesa que recorre su territorio encerrada en un baúl, con otro cortejo de baúles similares para sus damas, y que desea llegar a la isla de Avalón para lograr la inmortalidad, etc., etc. Ese presentar los hechos y personajes históricos pasados pasados por el tamiz del humor proporciona a la narrativa de Ángeles de Irisarri una nota de originalidad y frescura que se echa en falta en otras piezas del mismo subgénero.
Ahora bien, esa mirada desenfadada no resta un ápice a la cuidada ambientación histórica de sus relatos. Por supuesto, muchos de los personajes y parte de las acciones narradas pertenecen al territorio de la ficción; pero el marco general que les sirve de fondo es muy cuidado y los datos históricos que van salpicando las páginas de las tres novelas permiten al lector hacerse una idea muy acertada de la época evocada. Más que la gran historia, más que los nombres de los reyes y caudillos, de las batallas decisivas, lo que importa aquí es la exactitud del detalle, la minuciosa captación de la vida cotidiana: la comida, el vestido, los usos y costumbres de las gentes, las modas, etc.
Otros rasgos destacados son la presencia en todas sus novelas de algún elemento sobrenatural y el acabado retrato de mujeres fuertes (Toda, Ermessenda), así como la reflexión sobre el papel de la mujer en aquellos lejanos tiempos del medioevo. Desde el punto de vista narrativo, las novelas históricas de Ángeles de Irisarri se caracterizan por su sencillez constructiva y de técnicas estructurales: narrador omnisciente, linealidad cronológica; en Ermessenda hay ciertos apuntes de perspectivismo narrativo, pero no es el experimentalismo lo que más importa en estas obras (sí lo será en mayor medida en otra novela de la autora, El año de la inmortalidad). En suma, su humor desbordante y su extraordinario manejo de la historia son los dos ingredientes básicos que confieren originalidad a las novelas históricas de esta escritora aragonesa que, de seguro, seguirá sorprendiéndonos gratamente con nuevas y amenas obras literarias[1].
[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.
No puedo detenerme demasiado en el comentario de las dos novelas históricas siguientes de Ángeles de Irisarri, El estrellero de San Juan de la Peña (Zaragoza, Mira, 1992) y Ermessenda, condesa de Barcelona (Barcelona, Lumen, 1994). Por lo demás, sus características técnicas y estructurales son muy similares a las de Toda, reina de Navarra. En ambas encontramos el mismo dominio del entramado histórico y la misma partida de situaciones grotescas o, cuando menos, inusuales: en El estrellero, el protagonista es un monje destinado al monasterio pinatense, Aimerico de Thomières, que pasa varios años de su vida esperando la llegada de un cometa (el Halley, documentado en el año 1066). Esta circunstancia le permite conocer a otros sabios extranjeros, que le visitan en su rincón del Pirineo de Huesca y exponen sus ideas sobre los más variados asuntos. Juntos tendrán ocasión de reflexionar sobre la llegada del extraño hombre que camina hacia atrás, en un intento de remontarse a sus desconocidos orígenes.
La acción de la otra novela, Ermessenda, ambientada en los albores del siglo XI, comienza el día de la boda del conde Ramón Berenguer y la bella doña Almodis. Por esta belleza el magnate ha repudiado a su esposa doña Blanca que —se insiste varias veces en ello— «no era buena para la cama». El primer párrafo resume bien el planteamiento ridículo, casi bufo, del que se parte:
Apenas el cortejo de bodas de don Ramón Berenguer y doña Almodis había atravesado el portón grande del palacio condal, ya corría el rumor, por toda Barcelona, de que doña Ermessenda, la ancianísima abuela del contrayente, enojada hasta la sinrazón, había vaciado un viejo baúl y, tras esparcir los ricos trajes que contenía por la cámara, se había introducido en él para vivir el resto de sus días, sin dejar de gritar, desde que supo de la llegada de los esposos, que no vería jamás a doña Almodis pues que era puta sabida (p. 11).
El planteamiento es muy similar al de El viaje de la reina, y toma asimismo como punto de arranque una situación ridícula: una anciana que ha detentado el poder y que se resiste a dejarlo inicia una protesta que consiste en encerrarse con sus damas en un arcón y recorrer el territorio catalán en tan extravagante medio de locomoción, cual nuevo Diógenes femenino metido en su tonel. El narrador nos da pistas sobre el carácter excéntrico de la situación al hablar de «aquel palacio, donde todo parecía locura» y de «aquel dislate» (p. 19). Toda la novela, formada por treinta secuencias narrativas, sin numeración, más una última que funciona a modo de epílogo, es una sucesión de episodios divertidos, cuando no delirantes. La obra se cierra con una «Nota de la autora» en la que explica que los hechos narrados en su novela ocurrieron en un periodo que abarca entre siete y ocho años, pero que por licencia literaria los ha reducido a diez meses, concentrando temporalmente los acontecimientos.
También en este texto aporta Ángeles de Irisarri algunas ideas sobre la condición femenina, por ejemplo, se aboga por la igualdad de derechos de hombres y mujeres: «… salvo en las cosas de la guerra, reflexionaba Ermessenda, tanto es el hombre como la mujer en el sostén del mundo» (p. 54)[1].
[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.
Otro aspecto presente en la novela[1] que me interesa destacar ahora es la introducción de reflexiones sobre el papel de la mujer en aquella época pasada. Suelen ser comentarios, puestos en boca de distintos personajes que expresan sus opiniones sobre el amor[2]. Así, en la p. 112, a propósito del enamoramiento de doña Lambra, se defiende que la mujer, si ha de casarse, debe poder elegir a su esposo, a la persona con la que va a compartir su vida. Además, la función de la mujer no ha de consistir tan solo en traer hijos al mundo (p. 113). La princesa Wallada habla contra los hombres y las costumbres musulmanas y expone la situación de la mujer (puede leerse su alegato «feminista» en las pp. 228-230).
Comentaba en una entrada anterior que el humor es una característica esencial en las obras de Ángeles de Irisarri. Aquí está presente desde la situación de partida, el descabellado viaje que emprenden una anciana viuda y dos reyes un tanto sui generis, uno gordo y destronado y otro consumido y melancólico, a bordo de una pesada torre de asalto. Pero el elemento humorístico aparece aquí y allá en forma de anécdotas breves. Por ejemplo, al hablar del encierro de toros en Pamplona, se alude a los apuros del obispo don Arias, perseguido por un astado suelto (p. 222). Al contarse la historia del prisionero Berenguer de Orri, engañado por su esposa, se apunta con sorna «que ser cautivo y cornudo es demasía para un buen cristiano y hombre de honor» (p. 225). El conjunto de esta peculiar novela histórica es una sucesión de lances y peripecias que hacen muy divertida su lectura, y su tono está cercano, en ocasiones, a lo absurdo y lo grotesco[3].
[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.
[2] Véase esta definición del amor: «Mira, hija, el amor, a mi ver, es como un embargo del corazón… El corazón amante rechaza todas las cosas que no tienen relación con la amada o el amado, y todo se considera banal y sólo existe el amado… y un penar sin motivo ni razón y un ansia se apodera del amador, que no vive y, a veces, pierde el seso…» (p. 252).
[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.
En cuanto a la base histórica de la novela[1], hay que decir que el pretexto de la narración responde a la realidad: el viaje a Córdoba para curar a Sancho el Craso queda consignado en las crónicas, así como la firma del tratado entre Toda y el califa musulmán, su sobrino Abderramán III: los cristianos acuerdan la entrega de diez de sus castillos en la frontera del Duero y se comprometen a un pacto de no agresión en las fronteras de Navarra a León, lo que supone en el fondo un acto de homenaje y un reconocimiento de la superioridad política y guerrera del califa. A cambio, este les proporciona un formidable ejército para recuperar el reino de León. Pero además de ese fondo real, diversos datos históricos van salpicando las páginas de la novela: hay alusiones al conde Fernán González de Castilla, a la segunda batalla de Simancas, a los siete infantes de Lara, a una hija natural de Sancho Garcés, a la rivalidad entre Pamplona y Nájera, a las hijas de Toda (Urraca, Oneca, Sancha y Velasquita), a los Aristas y Jimenos, hacedores del reino de Pamplona-Navarra… Se aportan datos sobre los judíos en Navarra y se recuerda la batalla de Alhándega, en la que Toda derrotó a Abderramán, tomándole el Alcorán y su armadura.
Abderramán III, primer califa omeya de Córdoba (929-961)
La novela nos describe a la perfección diversas costumbres y usos sociales de la época, en suma, es un buen retrato de la vida intrahistórica de aquellos tiempos pasados: la prueba caldaria, la importancia de los agüeros, las creencias y supersticiones populares, la importancia de las reliquias, verdaderas o falsas. Encontramos además la presencia de algunos elementos sobrenaturales, circunstancia habitual en las novelas históricas de Ángeles de Irisarri: el caballo de don Lope se encabrita al ver a una sirena o hada que se convierte en ave rapaz; Andregoto de Galancián, conocida como la Hija del Viento, hace que un huracán se levante a su alrededor cuando monta a caballo (se dice que nació de una diablesa, cfr. pp. 77-78); para Elvira, los lobos que les han atacado son diablos; Beppo de Arlés, un mercenario, extiende el descontento entre la tropa asegurando que se trata de un viaje maldito, aprovechando ideas que hablan de la destrucción del mundo coincidiendo con el fin del milenio (p. 139); ya cerca de Córdoba encuentran una olla que contiene un genio (pp. 180-181); García ve el espíritu de su hermana Urraca, que le afirma que Aamar era un escapado del infierno… Además, todos los presagios de la adivina Hasfa se cumplen: «Mi bola me muestra un regreso sin penas y penas al regreso…» (p. 283); dice a Toda que tenga cuidado con las escaleras, y morirá al rodar por unas; a don Sancho que se guarde de las manzanas, y será envenenado con ellas; a Elvira que será reina pronto y a Al Hakam, que será señor del mundo, como así sucederá.
La reconstrucción arqueológica de la época novelada se nota igualmente en la minuciosa mención o descripción de comidas (cfr. pp. 30, 54, 130, 204, 222-223) y de vestidos (por ejemplo el de Toda, p. 209, o el de García, pp. 209-210). De gran sabor arqueológico es toda la descripción de Al-Ándalus (la tierra rica con sus regadíos) y de la ciudad de Córdoba: el Palacio de la Noria, el de Medina Azahara, el bullicio de sus calles. Otros detalles que añaden verosimilitud son la datación cronológica por la era o la mención de los títulos de los reyes en latín: «Ego, Tota, regina». Desde el punto de vista lingüístico, la verosimilitud buscada por la autora queda reforzada por la inclusión de varios arcaísmos, léxicos o morfo-sintácticos: dó ‘dónde’, los mis señores, asaz + adjetivo, se diz, deste tiempo, asonar ‘cantar’, a fuer de, la mi señora, non, dellos, sondormidos, serénese el caballero, no me traigas penas más, e di, yantar, non habéis buenas cocineras, ansí, albenda ‘enseña’, item más, mesmo, ovieron, della, mesmamente, si has mucho dolor, la color, damos creencia ‘creemos’, a la su diestra, fizo nenguno, acontentar, la mala color, la honor ‘la tenencia de un castillo’, añudarle, se fincaba preñada, malquerente, congosto ‘estrecho’, mis llamados, desfacer el agravio, facen, enfuriar ‘enfurecer’, complugo…
Como ya indiqué, Ángeles de Irisarri añade al final un par de páginas bajo el rótulo de «Verdades y mentiras de El viaje de la reina» (pp. 347-348) donde explica la parte de realidad y la parte de ficción que hay en su novela. Dice que el hecho del viaje es cierto, y que la ruta que ella describe «posiblemente coincida en parte con la realidad». La descripción de Pamplona, concentrada en el primer capítulo, es imaginaria, mientras que todo lo relacionado con la ciudad de Córdoba y el palacio de Medina Azahara se ajusta a lo que se sabe. «La vida cotidiana y los actos de corte que hemos narrado también son auténticos» (p. 348); por ejemplo, el contraste entre la pobreza de los reinos cristianos y la riqueza del islam. En cuanto a los personajes, asegura la autora:
Son verdaderos los personajes de reyes y reinas, infantes e infantas y algunos condes, obispos, abades y abadesas. El resto, las damas de la reina Toda, los alféreces, la gente de tropa y las criadas, son inventados, aunque hemos tratado de crear tipos ajustados a la realidad social relatada. Y no dudamos que las auténticas camareras de la reina Toda fueron parecidas, porque semejante reina no podía tener otras damas. Doña Andregoto de don Galancián y doña Gaudelia Téllez de Sisamón también son fabulación, y es pena.
En cambio, de los personajes moros «son todos verdaderos, hombres y mujeres, principales y menudos» (p. 348), y están atestiguados por la historiografía musulmana. Como curiosidades, indica que no hay noticia del almajaneque ni del memorial de doña Gaudelia, claro[2].
[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.