«Toda, reina de Navarra» (1991) / «El viaje de la reina» (1996) de Ángeles de Irisarri (4)

Los otros dos personajes más destacados de la novela[1] son don García y don Sancho, hijo y nieto, respectivamente, de doña Toda. García es un personaje ridículo que se encierra durante todo el viaje en la torre de asalto y llora la tristeza que le causa la ausencia de su esposa Teresa, que es «la mujer más hermosa y dulce de Navarra entera» (p. 41). Durante todo el viaje permanece en la atalaya de la torre mirando con dirección a Pamplona, y no desciende en ninguno de los pueblos y castillos del camino. En un determinado momento, enfurece y arroja varios objetos desde la torre; todo ello porque Elvira y Andregoto le han ganado a las tablas[2]. Cuando recibe una carta de Pamplona, queda de nuevo sumergido en las penas de amor, y lleva la misiva colgada del cuello hasta que casi se deshace por la humedad del sudor. García trata de consolarse acudiendo a un burdel para acostarse con una morica, pero entonces le sobreviene una visión de Teresa y vuelve a caer en el estado de profunda melancolía que le caracteriza durante todo el viaje.

El retrato de Sancho el Craso es menos intenso. Y aunque el viaje se realiza para curar su obesidad —y es, por tanto, la excusa para su relato—, queda en un segundo plano de importancia. Al final Sancho es curado por el médico judío Hasday, quien le hace perder setenta arrobas pamplonesas (la mitad de su volumen corporal) por el expeditivo medio consistente en coserle la boca y darle de comer tan solo alimentos líquidos. Tras este tratamiento de choque sigue siendo un hombre recio, pero ya no obeso. No solo cambia físicamente, sino también en su carácter: deja de ser taciturno e indolente para convertirse en animado y hablador.

Sancho I de León, el Craso
Sancho I de León, el Craso

La novela está poblada además por un sinnúmero de personajes, más o menos episódicos. En efecto, su censo es muy extenso: Ebla de Lizarra, la cocinera de la expedición; Munio Fernández, el despensero; Garci García, el agorador; Nuño Fernández, el abanderado; don Lope Díaz, el alférez real; don Gómez Assuero, el gobernador de Pamplona; el obispo don Arias; Martín Francés, el dinerero; Boneta, Adosinda, Alhambra (o Lambra) y Nunila, las damas de doña Toda; don Abaniano, preste de la expedición; Galid, capitán de la compañía mora que les acompaña; Hasday, médico judío; doña Elvira, monja leonesa, y doña Nuña de Xinzo, priora del convento de San Salvador; la niña Sancha, encontrada a orillas del Ebro; Aamar y su escudero Glauco; Munda de Aizgorri, la costurera que corta un traje a la reina; la monja leonesa doña Ermisenda; Al Katal, caid moro de Guadalajara; Aura de Larumbe, una «puta sabida» que al final pide permiso para quedarse en Córdoba y casar con un mercader; Lulu-al-Guru, rector de los baños del castillo de Castra Julia; la mora Aixa, esclava entregada a «doña Toya» (así pronuncian los árabes el nombre de la anciana navarra); don Florio, obispo de Oviedo; don Rodrigo, joven clérigo; Chaafar, jefe de la guardia del califa; Abd-ar-Rahmán Al Nasir (Abderramán III), sus hijas Wallada y Zulema y el príncipe heredero Al-Hakam; Berenguer de Orri y Ferrante de Aramunt, condes liberados por Abderramán; Zoraida, favorita negra de Chaafar; Farah ben Haz, la regente del hospital de locos de Córdoba; Gaudiosa y su hombre Mimo Ordóñez, etc.[3]


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.

[2] Toda, que sabe cómo manejar a su hijo, las reprende diciéndoles que deberían haberse dejado ganar; y es que sólo ella «era quien conocía los interiores de su hijo, de palacio y del reino todo» (p. 84).

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

«Toda, reina de Navarra» (1991) / «El viaje de la reina» (1996) de Ángeles de Irisarri (3)

Por lo que toca a los personajes, uno de los aspectos más destacados de la novela[1] es precisamente el retrato de la reina doña Toda, viuda de Sancho Garcés I de Navarra. En la publicación original, su protagonismo quedaba resaltado al figurar su nombre en el propio título: Toda, reina de Navarra. En la reedición de 1996, al nuevo título de El viaje de la reina se le añaden unas palabras-resumen que prefiguran el contenido: «De cómo la intrépida reina Toda de Navarra realiza un viaje de Pamplona a Córdoba en el año mil». Y, en efecto, es esa intrepidez de la anciana viuda la que domina toda la novela, desde el comienzo hasta el final.

Toda Aznárez de Pamplona

El rey propietario del trono de Navarra es su hijo García Sánchez, casado en segundas nupcias con doña Teresa, pero ella sigue siendo la verdadera soberana en Pamplona: «Si hacía lo que hacía, si disponía más de lo que una reina viuda y anciana debería disponer, era porque los demás no disponían, porque nadie hacía, y alguien debía hacer, en puridad, en el reino de Navarra…» (p. 18). Toda, a sus ochenta y dos años, semeja una emperatriz; fue la regente de su hijo, árbitro y capitana en un reino de hombres; compartió la regencia con su cuñado Jimeno Garcés y conservó el reino para su García apoyada en unos pocos leales. Con su hijo llorando melancolías de amor en la torre de asalto y con su nieto, el rey gordo, encerrado también en la misma, Toda se convierte en la verdadera responsable de la expedición. Cuando han de cruzar un viejo puente de madera sobre el río Arga y el miedo atenaza a los miembros de la comitiva, ella sube decidida a lo alto de la torre y grita «¡Adelante, por Navarra!», enardeciendo a los suyos. Más tarde Toda recorrerá el campamento sin que le arredre el fuerte viento del Ebro, mostrando una vez más su carácter enérgico. En todo momento Toda actúa como señora, reina y madre. Como madre, se preocupa de su hijo y de los demás familiares; como reina, sueña con una alianza de todos los reinos cristianos y pretenderá reconquistar al califa la ciudad de Córdoba. De hecho, ese es uno de los motivos secretos que le guían a emprender tan pesado viaje: tomar nota personalmente de las condiciones defensivas de la ciudad andaluza, para poder apoderarse de ella en el futuro.

Sin embargo, Toda a veces se siente sola. Sola y cansada. En un determinado momento de la acción leemos estas palabras que resumen su estado anímico: «¿Dó va Toda Aznar enloquecida? Enloquecida, sí. ¿Qué hace una reina octogenaria subiendo a una máquina de guerra con peligro de su vida?» (p. 52). El retrato de la anciana está en parte idealizado; pero la idealización no es total. Al lado de sus ambiciosos proyectos políticos, el narrador menciona también los achaques de su vejez: se nos informa de que Toda sufre de estreñimiento, y son continuas las alusiones a su bacinilla de evacuar; las visitas a las letrinas o sus dificultades para obrar nos muestran el lado humano (el más humano, el de las necesidades fisiológicas) de la reina. Además, sabemos que Toda está algo mal de la cabeza y que confunde ciertas cosas: «Algo no le bulle bien en el cerebro y es ciega para su familia» (p. 52). En cualquier caso, no renuncia al viaje, pese a que su camarera Boneta le advierte que no ha de ser nada bueno para ellas.

Si se insiste en comentar los sueños imperiales de doña Toda, que pasan por la formación de una gran alianza de todos los reinos cristianos, acto seguido se aportan también más datos sobre su estreñimiento: se dice que quizá le salgan almorranas si hace esfuerzos por defecar. Toda, iracunda, sigue siempre los impulsos del corazón: «Es la sangre de los Arista que llevo y me rebosa», comenta (p. 63). Está cansada de tener que tomar tantas decisiones (p. 107) y nota que pierde energía. En ningún momento se olvida de sus sueños para acrecer el reino de Navarra de mar a mar (p. 133). Ordena ajusticiar a cuatro rebeldes para poner fin al motín que estalla durante el viaje, pero al mismo tiempo se siente vieja y cansada, por permitir la sedición en su casa. También se enfada con Al Katal, caíd de Guadalajara, porque no le ha dado el tratamiento de reina, sino el de dominissima. Y se reitera la idea de su cansancio: «Tal vez Boneta llevara razón y fuera un viaje descabellado para una anciana que ya no era reina» (p. 148). A lo largo de la novela se insiste en que Toda hizo a Navarra, en que ella fue la verdadera hacedora del reino: su esposo Sancho Garcés lo extendió, pero ella lo aseguró. Su personaje es casi el de una quijotisa, y así queda patente cuando el narrador nos habla de una «Toda Aznar desfaciendo entuertos y dirimiendo cuestiones» (p. 263).

Las alusiones a las disputas de las dos reinas de Pamplona, Andregoto de Aragón y Teresa Alfonso (la esposa repudiada por don García y la sustituta), constituyen otra buena ocasión para retratar el carácter decidido y autoritario de la vieja Toda:

Había demasiadas reinas en Pamplona para un reino tan chico. Teresa, Andregoto, la repudiada, y ella que no había dejado de serlo. Siendo sincera, la única reina de Navarra era ella, que era quien verdaderamente hacía y deshacía. Unas veces por necesidad, pues nadie hacía ni deshacía, y otras por propio gusto, pues lo de hacer y disponer le venía de la sangre del rey Enneco, el primer rey de Pamplona. Sus nueras nunca pretendieron ensombrecerla ni relegarla en la primacía de la corte, sencillamente aceptaron la preeminencia de la reina madre, que había sido ganada en las batallas. Y se conformaban con ser menos reinas, con que Toda les cediera el paso cuando se encontraban en los pasillos del castillo, con presidir los actos oficiales al lado de García o con oír misa o comer a su derecha, sin entrar en el negocio de la gobernación. Ella, Toda Aznar, nunca olvidó esos pequeños detalles y sus nueras fueron unas damas muy principales pero no unas reinas al completo (pp. 269-270).

Otra prueba de que doña Toda se siente vieja es que no interviene cuando los locos las atacan en Córdoba: «¿Era la vejez imparable…? ¡Ah, no!» (p. 296). Desde ese momento tiene prisa por volver, para que acaben de una vez las contrariedades e incidentes que tanta mella hacen en su espíritu. A la vuelta, como a la ida, todo lo organiza Toda, «aquella mujer brava como ninguna, tan entera siempre y maternal para todos…, tan amiga de sus amigos…» (p. 326). También queda retratada como hábil política y estratega: ella y el califa, su sobrino Abderramán, son viejos zorros, amigos o enemigos según las circunstancias y los intereses particulares de cada momento; saben que su amistad no puede ser duradera, aunque en la despedida sientan cariño el uno por el otro: «Juntos hubieran realizado cosas muy grandes, pero les separaban muchas otras…» (p. 326).

El epílogo nos informa de la muerte de doña Toda con unas concisas palabras latinas: «Tota, regina, obiit». Pero sabemos que antes de fallecer escribió varias cartas. «Dellas leo y transcribo sólo parte, pues están muy borradas», apunta doña Gaudelia. Esas líneas finales con sus disposiciones insisten en su carácter enérgico: pide a su nieto que demore la entrega de los castillos al moro y le aconseja que preñe pronto a su esposa; a Andregoto quiere casarla con Odilón; a Elvira le ordena que vigile a su hermano Sancho. Doña Toda escribe a otros muchos personajes, con recados que van desde los consejos políticos hasta los remedios caseros para curar una fiebre. Al final se afirma que Toda fue «la mejor mujer de Navarra» (p. 340)[2].


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

«Toda, reina de Navarra» (1991) / «El viaje de la reina» (1996) de Ángeles de Irisarri (2)

Toda la acción de la novela[1] ocurre en el camino de Pamplona a Córdoba. Pero las peripecias se suceden con ritmo vertiginoso una vez llegados los navarros a la ciudad andaluza: el programa con que les agasaja el califa es intensivo y, además de las recepciones oficiales, incluye una audiencia a la mozarabía cordobesa, diversos espectáculos callejeros en la Plaza de la Paja, una visita a los baños públicos, una excursión a las afueras de la ciudad para conocer a don Rutilio, el eremita mozárabe de la cueva de Alanchón (se trata de un hombre santo que no abre los ojos para no ver el mal del mundo, alimentado, según la creencia popular, por un ave que cada día le lleva el sustento necesario). Además el califa les invita a una cacería por el soto de Al Queilar; otro día oyen misa en la iglesia mozárabe de los Santos Mártires, donde se conservan las reliquias del niño Pelayo, acuden luego al baratillo o Rastro y al hospital de locos, y asisten a un juicio a cargo del juez supremo de Córdoba, Azbagh al-Balluti. Así se suceden los días y los actos oficiales hasta que, al final, una vez curado de su obesidad el rey don Sancho, llega el momento de la despedida.

Toda Aznárez, reina de Navarra

A la historia central del viaje se unen otras historias, con carácter más o menos episódico. Así, el encuentro con el burgalés Bermudo, que busca a su esposa doña Dulce y detiene los carros de unos mercaderes judíos (en el registro queda herido un tal Isaac, y doña Toda le compra algunas telas a modo de compensación). Más adelante la expedición topa con unos peregrinos franceses, entre los que viaja Odilón, hijo del Conde de Tolosa. Se refiere también la historia de la antigua reina Amaya y de la ciudad del mismo nombre. El episodio de la violación de Serena, ocurrida en Nájera (la mujer pide justicia, alegando que ha sido violentada por el mercenario Ximeno de Ulla) sirve para describir la «prueba caldaria», a la que ambos son sometidos. Del mismo tipo es la fabulosa historia del nacimiento de Sancho Garcés, extraído del vientre de su madre Urraca (cfr. pp. 220-221); o la historia de doña Dolsa, esposa del cautivo Berenguer de Orri, que no paga el rescate exigido por los musulmanes y se casa con otro. Ya en Córdoba se refiere el suceso de Olina de Isurre, que está de parto con el niño atravesado; se avisa a Alina ben Reez, célebre partera de Córdoba, pero mueren la madre y el niño (y entonces Toda decide que debe aumentar las penas para los hombres que preñen doncellas con engaños). En otra ocasión la princesa Wallada relata la conquista de Córdoba (pp. 270-271) y doña Lambra replica describiendo la rota de Roncesvalles (pp. 271 y ss.). Todas estas historias intercaladas —a la manera de las cervantinas en el Quijoteson meramente episódicas, y podrían suprimirse o añadirse otras similares a voluntad.

Otras historias, en cambio, sirven para presentar nuevos personajes que se unen a la expedición y su importancia estructural es, por tanto, mucho mayor: por ejemplo, el relato de la historia de Andregoto, sobrina-nieta de doña Toda, castellana de Nájera, que tiene el pelo bermejo y viste de hombre, anticipa el encuentro con ella. Lo mismo sucede con Elvira, la nieta de Toda, que es abadesa de San Salvador de León; le sale al encuentro porque quiere ir a Córdoba para conseguir las reliquias del niño Pelayo, para que su convento pueda hacer la competencia a Compostela, que está cobrando mucha fama. Al igual que Andregoto, pasa a ser un miembro más de la variopinta comitiva navarra. Más tarde les corta el paso del vado del río Iregua un caballero, Aamar de Quiberón, que ha hecho una promesa de amor: no les deja pasar si no juran antes que su dama, Acibella de Savenay, es la más bella mujer del mundo. Se atiene, claro, a las leyes de amor de la caballería. Pero Toda le dispensa del voto (consistente en que juren cinco veces mil hombres) y, enamorado de Nunila, Aaaron pasa a engrosar la nómina de los viajeros.

Los diálogos desempeñan en esta novela una importante función estructural; son ágiles y sencillos, si bien a veces figuran mezclados en el discurso del narrador las réplicas de dos o más personajes, sin signos tipográficos que marquen y separen las distintas réplicas. A veces ese narrador —omnisciente en tercera persona— adopta la perspectiva de alguno de los personajes, en especial la propia doña Toda o de Boneta, su camarera de confianza. Otros elementos estructurales dignos de ser consignados son las continuas menciones de la joya mágica de la reina, el ceñidor de doña Amaya (un brillante que es un poderoso contraveneno; cfr. pp. 16, 21, 26, 28, 51, 130, 206, 208, 324) y las reliquias de Santa Emebunda (pp. 16, 150, etc.)[2].


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

«Toda, reina de Navarra» (1991) / «El viaje de la reina» (1996) de Ángeles de Irisarri (1)

Esta novela histórica[1] describe el viaje que, al filo del primer milenio, realizó la reina Toda Aznar de Navarra a la corte cordobesa de su sobrino, el califa Abderramán III, con el objetivo de que uno de sus médicos, el famoso físico judío Hasday, curase de su obesidad a su nieto Sancho. En efecto, este Sancho, apodado por la historia el Craso o el Gordo, había sido desposeído del trono leonés por Ordoño IV el Malo precisamente por su descomunal gordura, que le impedía montar a caballo y llevar a cabo todas las actividades que implica el ejercicio de la realeza. Ángeles de Irisarri imagina cómo se realizó ese viaje, que fue real, si bien sobre ese fondo histórico —por cierto, muy bien documentado— construye una entretenida fábula de ficción, llena de humorísticas aventuras. «Con un tema histórico singular —ha resumido Carlos García Gual—, como un juego sutil y un guiño erudito, Irisarri ha elaborado un relato muy divertido, instructivo y atractivo». Como veremos en una próxima entrada, al hablar de los personajes, la novela se centra en la figura de doña Toda, quien, pese a ser una anciana que supera los ochenta años de edad, es la persona que más actividad desarrolla en el reino de Navarra; ella es quien lleva las riendas de la situación: no solo decide organizar la marcha a Córdoba para curar a su nieto (que se había refugiado en Pamplona), sino que se pone al frente de la expedición que va a emprender tan fatigoso viaje.

Cubierta del libro El viaje de la reina, de Ángeles de Irisarri

La novela consta de diecinueve capítulos. El primero, titulado «Pamplona, 23 de junio de 958 (año de la era 996)», nos ofrece el planteamiento de la acción. Se explican los motivos del viaje que están a punto de iniciar doña Toda, su hijo García (rey de Pamplona) y su nieto Sancho. Sin embargo, el primer problema se plantea antes de comenzar la marcha, pues el cuerpo del obeso don Sancho no cabe por la puerta del carro preparado para transportarlo. La situación es resuelta de inmediato por la anciana Toda, quien ordena que se le acomode en un almajaneque (una especie de torre de asalto con ruedas). Resuelto gracias al ingenio de la anciana el primer e inesperado contratiempo, la expedición sale por fin de Pamplona, y el narrador destaca al final de ese primer capítulo que se trataba de «Un extraño cortejo…» (p. 24).

A partir del segundo, «Camino de Córdoba», seguimos a los expedicionarios en su lento e incómodo viaje. Menciono los títulos de los capítulos porque la estructura de la novela va a coincidir con el recorrido geográfico que realizan: «El río Arga», «Lizarra» (que es el nombre vasco de la ciudad navarra de Estella), «Monasterio de San Esteban de Deyo», «El Ebro», «Najera», «Camino de Soria», «El paso del río Iregua», «Altos de Cameros», «Castillo de Soria», «Al-Ándalus», «Guadalajara», «El puente Largo del Jarama», «Toledo», «El castillo de Castro Julia», «La plana de Córdoba» y «Córdoba». El último capítulo, «Camino de Pamplona», condensa en unas pocas líneas el viaje de vuelta, limitándose el narrador a indicarnos que transcurrió sin mayores incidentes ni cosas dignas de contar[2].

El libro se cierra con un epílogo en el que se nos ofrecen diversas noticias sobre el destino de los principales personajes tras su regreso a Pamplona, incluyendo la muerte de la reina Toda. Se añade además, a modo de texto postliminar, un anexo de la autora, «Verdades y mentiras de El viaje de la reina», en el que se deslinda brevemente la parte realmente histórica y la parte ficcional de la novela. En principio, la estructura de la novela es muy sencilla y el orden cronológico es lineal, sin saltos temporales hacia adelante o hacia atrás. Ahora bien, es en el mencionado epílogo cuando descubrimos un detalle importante sobre la estructura narrativa de esta novela histórica: en cierto modo, Irisarri recupera la vieja técnica de los «papeles hallados», frecuente en la novela de caballerías, parodiada por Cervantes en el Quijote con la invención de su Cide Hamete Benengeli y retomada de nuevo por los novelistas históricos del Romanticismo español y posteriores. En efecto, es en ese epílogo donde leemos que la reina doña Toda dejó encargado en su testamento a doña Alhambra, una de sus damas de confianza, que escribiese la historia de su viaje a Córdoba; esa tal Alhambra no pudo redactar la memoria en cuestión, pero transmitió el encargo a sus descendientes y, varios siglos después, ya en el XVI, una de ellas, Gaudelia Téllez de Sisamón, condesa de Olite, lo lleva a efecto, por medio de un memorial que dirige al rey Fernando el Católico el 12 de julio de 1513, es decir, coincidiendo con el momento de la invasión del reino de Navarra por parte de los castellanos. Por tanto, el texto de la novela que hemos leído es ese memorial del viaje redactado por una de las descendientes de la viajera doña Lambra; dice haberlo hecho con respeto a noticias y cronicones (los documentos de la familia que se han conservado durante quinientos años en un arca del comedor del castillo de Olite), si bien advierte: «Y donde no llegó la memoria, ni el recuerdo, ni los diplomas, lo suplí yo» (p. 345). Estas palabras son, en el fondo, un guiño cómplice de la autora que nos pone sobreaviso de que no todo lo relatado en su novela histórica ha de ser tomado al pie de la letra.

Dejando aparte este recurso narrativo, la estructura de la novela es sencilla. Se sigue en el relato un orden cronológico lineal, que coincide con la descripción de la marcha. Esta se ve enriquecida por el añadido de diversas anécdotas que van surgiendo al hilo del avance de los expedicionarios: el enamoramiento del alférez don Lope de la dama Lambra; la rotura de las ruedas de la torre regia; el ataque de una manada de lobos, que logra ser repelido con dificultad; la muerte de don Lope de resultas de las heridas sufridas en ese ataque; la caída de la torre al río Jarama en el momento de cruzar un puente, suceso en el que mueren el preste don Abaniano y la priora doña Muñoz (el rey Sancho tiene que ser izado por medio de unas poleas, para proseguir después el viaje en angarillas); la pasión amorosa del moro Chaafar, que se declara a la castellana Andregoto, quien a su vez se ha prendado de Abd-ar-Rahmán, etc.[3]


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.

[2] Nótese la estructura circular sugerida por los títulos de los capítulos segundo y decimonoveno: la novela se inicia «Camino de Córdoba» y acaba «Camino de Pamplona».

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

Características de las novelas históricas de Ángeles de Irisarri

«Ángeles de Irisarri se ha consolidado como una de las actuales escritoras españolas que se desenvuelve con mayor firmeza en la narrativa histórica». Estas palabras corresponden a una reseña de Mariano García publicada en Heraldo de Aragón. Efectivamente, su nombre puede ya unirse al de otras destacadas escritoras españolas que, en las últimas décadas, se han acercado con notable acierto a ese peculiar subgénero de la narrativa histórica que tan de moda vuelve a estar en nuestros días (un vistazo a las mesas de novedades de cualquier librería bastará para comprobarlo). Pienso sobre todo en autoras como Paloma Díaz-Mas o Lourdes Ortiz, entre otras, que han destacado en el cultivo de este producto literario, la novela histórica, inventado —o re-inventado— en los tiempos modernos por el maestro escocés Walter Scott con obras tan famosas como Ivanhoe o sus Waverley Novels.

Cubierta del libro Toda, reina de Navarra (Pamplona, Mintzoa, 1991), de Ángeles de Irisarri

La novela histórica constituye un subgénero narrativo híbrido en el que el autor ha de saber combinar en dosis adecuadas los materiales históricos que acarrea para la construcción de su obra —esto es, el andamiaje en que se apoya, y que normalmente sirve como telón de fondo a la acción— y los elementos ficcionalizadores —los personajes y las peripecias de su propia invención—. Ángeles de Irisarri consigue en sus novelas un buen equilibrio entre ambos ingredientes, como someramente intentaré mostrar en sucesivas entradas. En este acercamiento a sus novelas históricas Toda, reina de Navarra, El estrellero de San Juan de la Peña y Ermessenda, condesa de Barcelona, voy a centrar mi análisis en la primera de ellas por ser, a mi juicio, la más interesante. Curiosamente, esta obra puede ser considerada igualmente la primera y la última novela histórica de Irisarri. Y explico la aparente paradoja: fue la primera que la autora dio a las prensas, con el título de Toda, reina de Navarra, en edición limitada de la pamplonesa editorial Mintzoa; sin embargo, es la más reciente en tanto en cuanto ha sido reeditada por Emecé en 1996 —y en varias ediciones posteriores—, bajo un nuevo epígrafe: El viaje de la reina[1](y luego también en Salamanca, Salamandra, 1997).


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector. Durante la preparación de este trabajo he tenido la oportunidad de estar en contacto con la escritora, Ángeles de Irisarri, quien amablemente me ha facilitado distintos materiales y noticias que han enriquecido mi análisis. Quede, pues, constancia de mi agradecimiento por su gentil colaboración. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

Ángeles de Irisarri (Zaragoza, 1947- ) y su producción literaria

Puede afirmarse que el de Ángeles de Irisarri constituye un caso atípico dentro del panorama de la narrativa española actual. El acercamiento a la literatura por parte de esta escritora aragonesa (nacida en Zaragoza en 1947) es bastante tardío, y va unido de forma muy marcada a su interés por la historia, y en especial por la de la Edad Media (de hecho, ella es licenciada en Historia por la Universidad de Zaragoza). Es en su madurez, pasados los cuarenta años, cuando Ángeles de Irisarri empieza a publicar una serie de novelas y cuentos, en su mayoría de fondo histórico. Poco a poco su nombre ha ido alcanzando mayor prestigio y, así, su mérito literario viene avalado, en primer lugar, por los diversos premios cosechados en los últimos años; además, pasó de publicar en editoriales regionales (Mintzoa, de Pamplona, donde salió su primera novela; Mira, de Zaragoza, que acogió las dos siguientes) a las de ámbito nacional, como Lumen o Emecé, entre otras.

Ángeles de Irisarri

Ángeles de Irisarri es también colaboradora habitual de la prensa aragonesa (por ejemplo, de El Periódico y del Heraldo de Aragón de Zaragoza o del Diario del Alto Aragón de Huesca). Como narradora, ha resultado ganadora de varios premios de cuentos y de novela, y ha sido distinguida también con varios accésits: así, ha obtenido el «José Calderón» del Ayuntamiento de Reinosa, el «Juan de la Cuesta» 1990 de la Asociación Madrileña de Estudios Bibliotecarios y el «Hucha de Plata» de las Cajas de Ahorro Confederadas. Ha sido Premio «Isabel de Portugal» de narrativa breve en 1991 y 1993 por sus dos primeras colecciones de cuentos y Premio «Baltasar Gracián» 1996 del Gobierno de Aragón por Diez relatos de Goya y su tiempo. Con su primera obra, la novela Toda, reina de Navarra, quedó finalista del Herralde de novela en el año 1990 (ha sido finalista de ese premio cuatro años consecutivos). Con Ermessenda, condesa de Barcelona obtuvo el premio «Femenino Singular» 1994. Ha obtenido también el Premio Búho 1996 de la Asociación de Amigos del Libro, el Premio Sabina de Oro en 2002 y el Premio de Novela Histórica Alfonso X El Sabio 2005.

La producción narrativa de Ángeles de Irisarri está formada por los siguientes títulos: Toda, reina de Navarra (Pamplona, Mintzoa, 1991, novela histórica reeditada con distinto título, El viaje de la reina, Barcelona, Emecé Editores, 1996 y Salamanca, Salamandra, 1997); Lisa Gioconda y otros cuentos (Zaragoza, Diputación Provincial de Zaragoza, 1991); El estrellero de San Juan de la Peña (Zaragoza, Mira, 1992); El año de la inmortalidad (Zaragoza, Mira, 1993); Trece días de invierno y otros cuentos (1993), Ermessenda, condesa de Barcelona (Barcelona, Lumen, 1994); Siete cuentos históricos y siete que no lo son (Zaragoza, Zócalo, 1995). Otros títulos posteriores son Diez relatos de Goya y su tiempo (1996); Moras y cristianas (1998), una colección de relatos escrita en colaboración con Magdalena Lasala; La cajita de lágrimas (1999), Las damas del fin del mundo (2000), La reina Urraca (2000); la trilogía de Isabel, la reina: Las hijas de la luna roja (2001), El tiempo de la siembra (2001) y El sabor de las cerezas (2001); América. La aventura de cuatro mujeres en el Nuevo Mundo (2002), Romance de ciego (2005), Te lo digo por escrito (2006), La artillera (2008) y La estrella peregrina (2010). Con Toti Martínez de Lezea publicó Perlas para un collar. Judías, moras y cristianas en la España medieval (2010).

Ángeles de Irisarri también es autora varios relatos de brujas reunidos en Historias de brujas medievales y publicados entre 1999 y 2000: Dalanda, la santiguadora, La cacería maldita, Entre Dios y el diablo, La meiga, El aquelarre y El collar del dragón. Aparte, Irisarri ha publicado diversos cuentos en revistas literarias y en obras de varios autores[1]. Como podemos apreciar por los títulos y por los premios reseñados, poco a poco la escritora zaragozana ha ido formando una obra narrativa de cierta extensión y de una calidad muy considerable, desde los primeros años de la década de los 90 hasta nuestros días. La originalidad y el humor, junto con su perfecto dominio de la historia —elemento presente en la mayoría de sus novelas y cuentos—, son algunas de las características más destacadas de esta narradora con una obra abierta que, sin duda alguna, seguirá ofreciéndonos en el futuro nuevas aportaciones interesantes.

En una entrada anterior dediqué atención a su novela Las damas del fin del mundo. Ahora, en sucesivas entradas, me acercaré a otras tres novelas históricas de la autora: Toda, reina de Navarra (1991), que cambió de título en ediciones posteriores, El viaje de la reina (1996); El estrellero de San Juan de la Peña (1992) y Ermessenda, condesa de Barcelona (1994)[2].


[1] Por ejemplo, el titulado «Mari Bárbola», Turia, 17, junio de 1991, pp. 81-83.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

Notas sobre «El canto de las moscas» (1998), de María Mercedes Carranza (y 2)

Son los de Carranza versos donde se observa la presencia amenazante del asesino (canto 8, «El doncello»), donde los sueños, tapados por la tierra, se equiparan con la podredumbre: «En Amaime / los sueños se cubren / de tierra como / si fueran podredumbre» (canto 10, «Amaime», p. 49)[1]. Más adelante, alguien convoca a los gusanos (canto 15, «Caldono», p. 69). De nuevo aparece la unión de cuerpo y tierra en «Uribia» (canto 13): «Cae un cuerpo / y otro cuerpo. / Toda la tierra / sobre ellos pesa» (p. 61). Por ello, el paisaje común en estos territorios castigados por la violencia es un páramo de desolación, o mejor, una desolación de páramo: «Lluvia y silencio / es el mundo en / Confines. / Desolación de páramo» (canto 14, «Confines», p. 65). Aquí los ríos corren rojos, o son más bien ríos quietos, ríos de aguas muertas (canto 16, «Humadea», p. 73, donde se juega con el cromatismo del rojo y del blanco, «ríos rojos» / «garzas blancas»).

María Mercedes Carranza
María Mercedes Carranza.

Un par de versos estremecedores los leemos en el canto 17, «Pore»: «La muerte: / carne de la tierra». Merece la pena copiar entero el poema: «En Pore la muerte / pasa de mano en mano. / La muerte: carne de la tierra» (p. 77). Y también las flores se equiparan con las bocas de muertos en el canto 18, «Paujil»:

Estallan las flores sobre
            la tierra
de Paujil. En las corolas
aparecen las bocas
            de los muertos (p. 81).

O bien son las nubes las que se identifican con la muerte, nubes que son aquí «difunta blancura» (canto 19, «Sotavento»):

Como las nubes,
            la muerte
hoy en Sotavento.
Difunta blancura (p. 85).

Más cadáveres, cadáveres de muertos, el cadáver también de la risa, en el siguiente canto, «Ituango»:

       El viento
ríe en las mandíbulas
            de los muertos.
            En Ituango,
el cadáver de la risa (p. 89).

Mientras que el recuerdo de la vida se mezcla con la tierra y el olvido (canto 21, «Taraira»):

       En Taraira
el recuerdo de la vida
            duele.
            Mañana
será tierra y olvido (p. 93).

Cuerpos y sueños caen por tierra al mismo tiempo en el canto 22, «Miraflores»:

Caen los cuerpos
            en Miraflores
caen los sueños.
            Miraflores:
cementerio de sueños (p. 97).

En fin, la muerte reaparecenunca desaparece, en realidad, a lo largo de todo el libro— en la p. 101, el canto final, «Soacha»:

       Un pájaro
negro husmea
las sobras de
            la vida.
Puede ser Dios
            o el asesino:
da lo mismo ya (p. 105).

El poemario acaba, por tanto, con este toque de desesperanza. Como epílogo figuran unas palabras «De Juan Liscano» (pp. 107-108). Es una carta a la autora, fechada en Caracas, 9-8-1998, donde indica que le interesaron sus libros anteriores y que los versos de estos nuevos poemas le maravillaron:

Ese poder de síntesis suyo, ese decir en unas cuantas líneas los acontecimientos más profundos, es la poesía liberada de la literatura. Sus poemas son símbolos, adivinanzas, suspiros, terrores y en su brevedad alcanzan una elocuencia interior poco frecuente. Usted redime el poema breve de su chatura personalizadora y ególatra. Alcanza otra dimensión del decir, dice lo no dicho en unas palabras, encerrando lo esencial si es que una esencia puede ser apreciada. La vida y la muerte se encaran en un tiempo metafísico, el de la memoria, único tiempo real. Su trabajo poético vale por mil páginas de versificación. […] Su poder interior de percibir lo invisible en lo visible, calles de aire, flores rojas en las aguas y hasta en rito: la reyerta de Cumbal-Colombia transporta a un poeta como yo hacia la “sola evidencia” que ya sólo me interesa a mí: la otredad, materia y espíritu de sus mini-poemas inagotables (pp. 107-108).

Poesía sencilla y comprometida la de María Mercedes Carranza. Es el suyo un verso social cantado con una voz personal, de epigramática concisión. No es la suya poesía pura, pero sí pura poesía. El territorio radiografiado es el de Colombia, sí, como indican los topónimos de cada canto; pero es también, simbólicamente, el de cualquier otra tierra que padezca dolor y sufrimiento, que esté azotada por la violencia y muerte. El canto de las moscas nos retrata ese triste e infecundo paisaje de desolación, con una belleza y una intensidad lírica verdaderamente sobrecogedora[2].


[1] Cito por María Mercedes Carranza, El canto de las moscas (Versión de los acontecimientos), Barcelona, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2001.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“La muerte, carne de la tierra”: notas sobre El canto de las moscas, de María Mercedes Carranza», Tierra de Nadie. Revista literaria, 5, septiembre de 2002, pp. 97-99.

Notas sobre «El canto de las moscas» (1998), de María Mercedes Carranza (1)

Este libro se publicó originalmente el año 1998, y luego fue reeditado en el 2001: María Mercedes Carranza, El canto de las moscas (Versión de los acontecimientos), Barcelona, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2001 (en la «Colección de Poesía» dirigida por Ana María Moix). La autora, María Mercedes Carranza (nacida en Bogotá en 1945) es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de los Andes de su ciudad natal. Ha trabajado como crítica literaria y como periodista cultural en varios medios de comunicación de su país. Fue delegataria de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, con el grupo que representó al movimiento guerrillero M-19, ya entonces en la legalidad. Desde 1986 dirige la Casa de Poesía Silva de Bogotá. Ha dado a las prensas los siguientes poemarios: Vainas y otros poemas (1972), Tengo miedo (1983), Hola soledad (1987), Maneras del desamor (1993) y El canto de las moscas (1998), así como las antologías Estravagario (1976), Nueva poesía colombiana (1972), Siete cuentistas jóvenes (1972), Antología de la poesía infantil colombiana (1982) y Carranza por Carranza: antología y texto crítico de la poesía de Eduardo Carranza (1985).

Cubierta de El canto de las moscas, de María Mercedes Carranza (Arango Editores)

El canto de las moscas es un poemario con un claro valor testimonial, según indica ya el subtítulo Versión de los acontecimientos: la escritora colombiana nos brinda en él su versión personal de la situación de su país, marcado en los últimos años por la violencia y la muerte. El libro lleva una Dedicatoria «A Luis Carlos: siempre», y en las palabras preliminares de Mario Rivero, «Parte de guerra» (pp. 7-9), se nos explica que se trata de un homenaje a Luis Carlos Galán, «la más intensa y representativa víctima de estos convulsos años de violencia en Colombia». Sigue explicando Rivero que la poesía de María Mercedes Carranza es un doloroso parte de guerra:

En sagas muy breves, que por su precisión geométrica compararía al haiku, Carranza elabora estéticamente el espectáculo de la barbarie diaria en la comunicación cercada por la muerte. El érase-una-vez de los hechos consumados y de la violencia nacional que se incorpora como temática a nuestro acontecer artístico, como una zona literaria en sombra, que ella quiere iluminar, sacar a luz con su palabra poética (p. 7).

Líneas después explica el significado del título del poemario:

En una larga meditación que madura al paso de las heridas del país, página a página, Carranza siluetea un panorama de arrasada belleza: parajes sin arco iris, donde sólo florecerá el olvido, signados apenas por la ráfaga oscura y el bordoneo de las “cumplidas moscas”, las convocadas bajo el embate del terror, a todo lo ancho y lo largo de nuestras comarcas y de nuestros días. Con sus vuelos pautados, tiene licencia su sombra en el suelo. En los invisibles estratos del aire, estas moscas sostienen, como en las líneas audibles de una partitura, la sorda modulación de un canto sospechoso y siniestro (pp. 7-8).

Habla, en fin, de «estos fragmentos de espacio patrio hechos poemas. Poemas exactos, que por su contenido, su forma y su serenidad quisiera llamar clásicos, es decir, con la excelencia del poeta que descubre sus poderes» (p. 8). La revista Golpe de Dados al llegar a sus 25 años de vida seleccionó a Carranza como la poetisa más significativa del país, publicando este «conmovedor mapa de lugares arrasados por la violencia», poemas «absolutamente antologables» en los que se escucha el sonido de «los tiempos oscuros».

El libro recoge veinticuatro cantos, cuyos títulos son: «Necoclí», «Mapiripán», «Tamborales», «Dabeiba», «Encimadas», «Barrancabermeja», «Tierralta», «El doncello», «Segovia», «Amaime», «Vista hermosa», «Pájaro», «Uribia», «Confines», «Caldono», «Humadea», «Pore», «Paujil», «Sotavento», «Ituango», «Taraira», «Miraflores», «Cumbal» y «Soacha». En varios de estos poemas se repite un esquema estructural muy parecido: la preposición en + un topónimo colombiano + algún elemento en principio positivo (ríos, flores, nubes…), que sin embargo se carga con connotaciones negativas al verse manchado por la sangre y la violencia (gusanos, difuntos, podredumbre…). Las composiciones van trazando, por tanto, una geografía colombiana teñida de tristeza, llanto, luto y muerte. Todo ello con una concisión estilística envidiable. El canto 1, «Necoclí», abunda en el sentido del título del poemario:

       Quizás
el próximo instante
de noche, tarde o mañana
            en Necoclí
se oirá nada más
el canto de las moscas (p. 13).

En el canto 3, dedicado a Mario Rivero, encontramos una bella aliteración: «Bajo / el siseo sedoso / del platanal / alguien / sueña que vivió» (p. 21). El canto 4, «Dabeiba», explicita la metáfora rosas=sangre:

El río es dulce aquí
            en Dabeiba
y lleva rosas rojas
esparcidas en las aguas.
            No son rosas,
            es la sangre
que toma otros caminos (p. 25).

Por su estructura circular, y el juego con las preposiciones bajo / sobre, destaca el canto 5, «Encimadas»: «Bajo la tierra de Encimadas / el terror fulgura aún / en los ojos florecidos / sobre la tierra de Encimadas» (p. 29). Mientras que el canto 6, «Barrancabermeja», insiste de nuevo en la presencia de la sangre:

Entre el cielo y el suelo
            yace
pálida Barrancabermeja.
            Diríase
la sangre desangrada (p. 33).

El canto 7, «Tierralta», nos recuerda un soneto barroco de Lope de Vega, el dedicado «A una calavera»: «Esto es la boca que hubo, / esto los besos. / Ahora sólo tierra: tierra / entre la boca quieta» (p. 37). Otro eco clásico, esta vez de Manrique, lo encontramos en el canto 12, «Pájaro», con la identificación de mar=morir: «Si la vida es el morir / en Pájaro / la vida sabe a mar» (p. 57). Difícilmente se pueden alcanzar mayores dosis de expresividad, difícilmente se puede decir más con menos: en Pájaro, la vida sabe a mar, y el mar es el morir, luego en Pájaro la vida es muerte, todo es muerte en Pájaro[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“La muerte, carne de la tierra”: notas sobre El canto de las moscas, de María Mercedes Carranza», Tierra de Nadie. Revista literaria, 5, septiembre de 2002, pp. 97-99.

Los «Horizontes poéticos» (1881), de Francisca Sarasate Navascués (y 4)

Dos de los poemas de Horizontes poéticos son de claro tema religioso. «Agar en el desierto (episodio bíblico)» (pp. 27-31) es un romance de versos endecasílabos con rima á-o en el que se cuenta cómo la mujer pide ayuda a Dios para que la muerte no le arrebate a su hijo y es escuchada, por lo que proclama gozosa que «venciendo augusta el mundanal ruido, / llega hasta ti la voz del desgraciado». Por su parte, «El Ave María» (pp. 199-200), formado por versos heptasílabos y pentasílabos, con asonancias en á-a en los pares (7- 5a 7- 5a), es un elogio de esa bella oración que suena al amanecer:

[…] es la bella canturia
corta en palabras;
dice: «Salve, María,
Madre sin mancha,
Divina mediadora,
Celeste guarda:
Salve, yo te saludo,
llena de Gracia.»

Azulejo con la leyenda Ave María

Y otros tres introducen consideraciones de tipo moral. «Consejo» (p. 95) es un soneto con curioso esquema de rima: ABAB ABAB CCD CDD. La enseñanza de la voz lírica a su amiga es que, como los envidiosos y maledicentes son quienes forman las reputaciones, hay que prevenirse contra ellos. «El milagro» (pp. 89-94), romance con rima á-o, es un elogio del poder de la oración y la inocencia (una niña cuida en el Pirineo de su rebaño, que es atacado por los lobos; reza y un providencial rayo destroza a la jauría). En fin, «Resignación» (p. 187) es un soneto (también aquí la rima es inusual: ABAB AABA CDD EED) en el que el sujeto lírico pide a Dios valor para sufrir con entereza el dolor. Cito los tercetos, cuyas rimas son pobres, formadas por infinitivos + pronombres enclíticos:

Insensatez, locura es esquivarle,
y en lo humano no cabe no sentirle,
que acontece, Señor, que por huirle
se llega más en breve a poseerle.
¡No te pido, pues, yo no padecerle,
que te pido valor para sufrirle!

Quedan, por último, tres poemas por comentar, uno de ellos claramente de circunstancias: el dedicado «A la reina Mercedes» (pp. 55-58) lamenta, en quintillas, la suerte de la soberana, muerta poco tiempo después de su boda (pasa en corto tiempo del palacio de Oriente al Palacio de Dios). Los otros dos retratan tipos humanos: «La Hermana de la Caridad» (pp. 75-76), con esquema 11- 7a 11- 7a y rima asonante, es un elogio de la generosa labor social que desempeña; «El veterano» (pp. 77-79) describe en endecasílabos sueltos a este anciano noble, pero ya débil, que, triste y solitario, recuerda los momentos de sus glorias juveniles en campaña.

Como hemos podido ver a lo largo de estas entradas, predominan en estos Horizontes poéticos de Francisca Sarasate las composiciones de tema amoroso, aunque también se hace presente cierto tono religioso-moralizante, muy característico de las obras de esta escritora, uno de los pocos nombres femeninos que podemos encontrar en el panorama de las letras navarras del siglo XIX. Claro está que la calidad de sus poesías queda lejos de la de una Carolina Coronado, una Gertrudis Gómez de Avellaneda o una Rosalía de Castro, pero considero que merece la pena recordarla y recuperar aquí alguno de sus versos, siquiera por ese carácter excepcional de su figura[1].


[1] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Los Horizontes poéticos (1881) de Francisca Sarasate», Río Arga. Revista de poesía, 89, primer trimestre de 1999, pp. 22-27. Ver también Carlos Mata Induráin, «Francisca Sarasate y Navascués», en María del Juncal Campo Guinea y cols., Mujeres que la historia no nombró, Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona-Área de Servicios Sociales y Mujer, 2005, pp. 141-142; y Carlos Mata Induráin, «Una escritora en el olvido: Francisca Sarasate y Navascués», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 31, Verano de 2008, pp. 26-29.

Los «Horizontes poéticos» (1881), de Francisca Sarasate Navascués (3)

Cercanos a los poemas de tema amoroso están otros que incluyen el análisis de otros sentimientos o reflexiones de tono intimista. «La muralla de cristal» (pp. 33-34) es un romance con rima á-a en el que la voz lírica se lamenta de la infranqueable barrera que se alza entre ella y la dicha; sabe que solo con la muerte podrá salvarla y por eso desea que llegue. «Escenas de otoño» (pp. 35-38) es una nueva interpretación de las clásicas alabanzas de la vida campestre. Empieza: «Vámonos, vida mía, / huyamos de la aldea, / veremos en el campo / deliciosas escenas»; el sujeto lírico elogia los sencillos elementos de la naturaleza (el sol, la brisa, los pajarillos…), para reconocer al final que «de toda mi alegría / sólo tus ojos quedan» (p. 38). «Soñar despierta» (pp. 49-54) es un romancillo con rima é-a; una bella zagaleja, que ha descuidado su pastoreo por admirar las galas de la naturaleza dejando volar libremente su imaginación, regresa a la aldea escarmentada, «pues ve que hay peligro / en soñar despierta» (p. 54).

Philipp Peter Roos, Pastora con cabras y ovejas (último tercio del siglo XVII). Museo del Prado (Madrid)
Philipp Peter Roos, Pastora con cabras y ovejas (último tercio del siglo XVII). Museo del Prado (Madrid).

Diversos elementos de la naturaleza se cantan en «A la violeta» (p. 85; son doce versos, distribuidos en tres estrofas, con este esquema de rima: 11- 11- 11- 5a; 11- 11- 11- 5a; 11- 11- 11- 5b); «La aurora» (pp. 87-88; una silva, con algunos pareados, donde se canta su inmenso poder: «Ella despierta a la natura entera, / y al verla saludar el nuevo día, / lanza al mundo torrentes de armonía»); «Tres rosas» (pp. 101-102, quintillas); «Las conchas» (p. 195, romance con rima é-a); y «El arroyuelo» (p. 197, composición de endecasílabos blancos con cierto sentido simbólico moral, pues se dice que la corriente juega normalmente con las flores, pero a veces, cuando baja violento, las destruye y arrastra)[1].


[1] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «Los Horizontes poéticos (1881) de Francisca Sarasate», Río Arga. Revista de poesía, 89, primer trimestre de 1999, pp. 22-27. Ver también Carlos Mata Induráin, «Francisca Sarasate y Navascués», en María del Juncal Campo Guinea y cols., Mujeres que la historia no nombró, Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona-Área de Servicios Sociales y Mujer, 2005, pp. 141-142; y Carlos Mata Induráin, «Una escritora en el olvido: Francisca Sarasate y Navascués», Pregón Siglo XXI. Revista Navarra de Cultura, 31, Verano de 2008, pp. 26-29.