La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Poemas para un acorde transitorio» (1992-1994) (1)

Esta nueva entrega[1] insiste en ese cambio en el tratamiento de los temas poéticos con respecto a los primeros poemarios, en tanto en cuanto el poeta se sigue abriendo a un mundo nuevo de relaciones con los demás. El primer poema sirve para hacer balance, mira hacia el pasado, pero al mismo tiempo encara el futuro. Los que vienen después, otros diecisiete, son poemas bellos repletos de vivencias personales. Por lo demás, cabe destacar —de nuevo— la coherencia temática y de pensamiento que percibimos en todos los poemarios de José Luis Amadoz, los cuales se desarrollan en torno a unas pocas ideas nucleares que responden a unas mismas preocupaciones del autor. Por un lado, apreciamos que el poeta ha vuelto a caer en la noche fría, en la noche oscura (noche de la no fe, noche del miedo a lo desconocido tras la muerte): es el hombre que tiene la conciencia de su propia finitud y de la inexorabilidad de la muerte, en suma, el hombre que sigue caminando en medio de una aventura todavía irresuelta, en el permanente debate entre inmanencia y trascendencia (aunque aquí se acentuará ya el giro hacia la trascendencia).

Hombre frente a la noche estrellada

Se trata de un tema largamente transitado en la producción lírica de Amadoz, pero renovado aquí en los poemas dedicados al nacimiento de los nietos, que reiteran el milagro del hombre que nace al ser. Ahora el yo lírico se muestra alegre por la llegada de esos nietos, el poeta se siente rejuvenecido, recobra la ilusión al ver y sentir esas nuevas vidas que se abren al gran misterio de ser hombre, no exento de dolores y tristezas. El poeta cantará, gozoso, ese regalo de la vida, la heroicidad cotidiana de ser hombre, el largo camino que cada hombre, que todos los hombres deben recorrer. Y en ese contexto se manifestará extraordinariamente la sensibilidad del poeta, que desea ahora vivirlo todo, estar en todo y con todos… Por otra parte, encontraremos la idea de que la poesía, como acto de creación, «diviniza» (hay un par de composiciones dedicadas específicamente al quehacer poético).

«Todos y solo» se abre con un lema de Kierkegaard; el poeta se encuentra solo y desea «salir de sí y hablar de tú a todo»; es entonces cuando recuerda tardes otoñales, tardes viejas cargadas de nostalgias y, «casi feliz a ratos», se pregunta por «este destino que Dios sólo / conoce». El poema se cierra con la expresión de su conciencia de la muerte, pero también con el apunte —tímido— de la esperanza en una vida futura:

Con todos,
conmigo, con el gozo colmado
del sol de cada día, con este techo que me cubre,
todavía sin muerte,
y estas rosas crecidas
del jardín de la vida, con la entrega sobrada
que comúnmente nos hace la dicha,
con todo,
y, sin embargo, qué
solo, solo mirando
hacia lugares nuevos que presiento,
hacia parajes que reflejan vida plenamente,
libre de obscurecidas
apariencias, solo,
desgarrado, deseando
verlo todo, y amarlo todo con este
fuego tan hundido, desconocido,
solo, rasgado, en esta
mordedura sangrante
que a mí la vida me ha hecho
con todo.

«Emanación poética» (poema dividido en nueve secuencias numeradas en romanos) lleva un lema y dedicatoria a Antonio Machado y es un apóstrofe a la palabra, una reflexión sobre la creación poética que ya comentamos al trazar la poética de Amadoz[2].


[1] Poemario no publicado previamente de forma exenta, sino incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Elegías innominadas» (1981-1993) (y 4)

Los dos siguientes poemas[1] presentan, como en un díptico, a «Mi hombre en su noche» y a «Cada hombre en su sombra». En el primero (que lleva un lema del propio Amadoz) el poeta se siente alumbrado por la fe de sus antepasados: aunque sabe que debe entregarse a la muerte fiera, espera ansioso un mañana que le permita quedar «anclado en la serena vida de las estrellas», y por ello quiere levantar «el lábaro mortecino de mi fe». Confía plenamente en un más allá: «he decidido llamar a tu puerta en esta multiplicada noche de mi fe para esperar ansioso tu mañana». Y termina así:

Y ya no puedo llorar como cuando era niño,
tengo vergüenza de anciano y peso en mis pies de abanderado,
soy un turbio mensaje programado en la fe de mis viejos y la sombra de los antiguos lagos de tus senos,
soy un turbio mensajero de una noche de tinieblas densas alimentado en la fe de mis antepasados,
quiero abrir mis ojos y brotar en fuego de espera confiada,
brotar como un manantial que no sabe de su frescor ni antaño,
como una vieja canción que se extingue por sí sola dejando fe en los labios y ardor en los ojos para ver tu sombra,
quiero alumbrar sin miedo a la fe de mis antepasados y sacudir mi pecho con jirones de estrella.

Estrella

El segundo, dedicado a su amigo Hilario Martínez Úbeda, habla de «cada hombre en su destino como un parto inacabado», sintiendo «la dulce caricia de la oscura luz que le guía». El título, «Cada hombre en su sombra (Elegías innominadas)», guarda relación con el del anterior poema. El hombre (en este hombre anónimo hay que ver a la Humanidad entera) es una sombra que espera ser alumbrada por «la dulce caricia de la oscura luz que le guía»[2].

En «Esperaré el milagro», en medio de guerras, odios y atrocidades («en este mundo loco / de las guerras y el desorden»; se alude al muro de Berlín, a las masacres de la vieja Yugoslavia…), el poeta espera la paz, el AMOR, la sabiduría del ÁNGEL COMPASIVO[3], «la voz que suena a Dios / y despierta de nuevo / la vergüenza del hombre», para que se abran las puertas del amor que «fecunda el futuro del mundo / en una nueva ventisca / de milagrosa paz». La condición humana siempre ha sido igual: de crueldad frente al otro, pero al mismo tiempo hay en ella una voz de esperanza en un futuro mejor.

El penúltimo poema es «Murmullos de paz (Diario de la guerra, día 7 de febrero)»; va dedicado a Juana Amadoz y está dividido en diez breves secuencias numeradas en romanos, más un lema que se repite al final con una ligera variación. De nuevo muestra el poeta su esperanza en que la paz vuelva a reinar sobre el mundo: «un murmullo de paz hará su guardia / fiel y calladamente»; «la paz retornará como un fruto maduro sumiso a su instinto», «brota una rama tierna preñada de palomas». El yo lírico se confiesa enamorado de la paz, a la que canta y apostrofa en la secuencia VII:

Con qué gozo he contemplado tu rostro escondido,
como una suave aurora has brotado honda y serena,
y pienso que estás ahí,
paz dormida, silenciosa,
esperando ser exaltada por el unánime clamor de mi hombre.

El poema adquiere después, en la secuencia IX, un tono esponsal (como veíamos antes cuando trataba de la libertad):

Llamaré a tu puerta de paz como un viejo enamorado,
hasta celebrar mis bodas más perennes,
te miraré a los ojos de frente,
clamaré sin estrépito por todos los rincones,
te sacaré de tu sueño.

Y al final le dice: «serás como un poema que ya no se desvanece, / serás como un oculto ángel de paz vistiendo el valle».

Elegías innominadas se cierra con una versión en castellano del poema original en inglés de Maya Angelou «On the pulse of morning», leído por la poetisa el día de la proclamación como presidente de los Estados Unidos de William Jefferson Clinton, en enero de 1993. Aparece bajo el título de «En el nuevo amanecer (Poema total)» y constituye un buen compendio de ese mañana esperanzado anhelado por el poeta para todo el mundo, para todos los hombres[4].


[1] Poemario no publicado previamente de forma exenta, sino incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Notemos el símil: «Cada destino es como una siembra de otoño, / un manantial que trémulo se esconde de la caricia de la tierra», junto con la repetición de «nadie sabe de su destino».

[3] Llamo la atención sobre la anáfora de «Siempre» y la presencia de palabras como SIEMPRE o AMOR destacadas tipográficamente.

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Elegías innominadas» (1981-1993) (3)

El siguiente poema[1], «Vieja naturaleza», lleva como lema una pregunta de Guillermo Rivell[2]. Se reiteran, a modo de estribillo, estos versos: «Vieja naturaleza / violada por el hombre». Alude al poder destructor del hombre, llevado por el deseo de «cremoso oro negro», a los «dientes asesinos / de las máquinas destructoras», a la deforestación, al cambio climático («vientos y climas contrariados»), a la amenaza que se cierne sobre determinadas especies animales en peligro de extinción («este ocaso de especies / corneadas por el hombre»). Apreciamos, pues, un tono más comprometido del poeta, aquí en concreto frente a esa destrucción de la naturaleza, cuando «sólo la fusta del hombre resuena»,

y el río y el viento
melancólicos pasan rezando
en la noche silenciosa
bajo las libres estrellas
distantes y frías[3].

Hombre mirando las estrellas

En «Entonces todo parecía posible» oímos resonar «un unísono grito de hombres libres»: apunta el deseo y la esperanza de «un nuevo mundo» que permita «saciar la paz de tantos hombres destruidos», donde «héroes y niños tomarán su camino nuevo». Atrás quedarán los tiempos de guerra: «hasta los cielos se abren al grito unánime / de paz», y habrá libertad y amor para todos.

Tras la repetición de «Naturaleza sabia» (poema segundo de «Sangre y vida», ya comentado) se incluye «Nadie puede ser sometido»[4], que desarrolla el pensamiento anunciado en el lema: «Libertad, frágil esposa, / tantas veces violada». Se dice que «la libertad se nos ofrece / como una rosa no nacida», «una hogaza reciente / de libertad mañanera». Hay aquí otra vez la esperanza de un «hombre nuevo», de un tiempo nuevo en el que «todos los hombres tendrán su barca / y serán marineros de nuevos mares». El poeta aconseja mimar a la libertad, celebrar los esponsales con esa joven esposa. Frente a la «fría ausencia» de Dios que a veces percibe el hombre, él introduce un apóstrofe al Señor para defender esa libertad:

Para entonar la canción de libertad
con más fuerza que nunca
te llamaremos,
hasta que tus oídos
ahítos de silencio ejerciten,
una vez más,
el bello recorrido de nuestras vidas.

En «Muerte maldita» (el subtítulo lo asocia a la serie de «Elegías innominadas») el yo lírico se dirige en apóstrofe a un «amigo», al otro:

Me lloro a mí mismo sin que nadie me escuche,
sin que nadie enjugue mis lágrimas,
busco mi hombre entre tanta ceniza y podredumbre,
al hombre que se esconde detrás de mi miedo,
al hermano y al amigo, al triste y desasistido.

Las imágenes negativas («ramas de sangre me han nacido cuando te contemplo», «hijos de sangre me han herido», «odio nauseabundo», «un aleluya triste») nos hablan del dolor y de la «condición fratricida» del hombre. Pero ese hombre es capaz de buscar más allá: «mi vástago de hombre se empina, imposible, buscando / la amistad del amigo y su ternura»; y acaba con esta súplica:

Búscame, amigo,
no me dejes solo a la intemperie de la sangre entre tanto desheredado,
entre tanto huérfano mordido por el odio y la venganza,
búscame entre tanta muerte maldita.

Se repiten después un par de poemas del libro anterior: «Es difícil rendir al hombre con un beso o caricia» y «Te ha de vencer», textos que Amadoz considera importantes, y que reitera según la técnica o licencia que ya hemos encontrado antes de la aliteración poética (véase lo dicho en el apartado dedicado a la poética).

Más adelante, «Y en su faz silenciosa llora como un niño pequeño» es otro poema que reitera la idea del mito cainita: encontramos sufrimiento, heridas, «la laya gris de la violencia», «sangre fratricida», «la playa gris de la violencia», el «hombre dormido en su sueño violento», en suma, la constatación de que «por cualquier parte se ve al hombre solitario en lucha con el hermano». El hombre vuelve a ser un peregrino, un navegante en medio de las sombras de la noche[5]. Pero a veces brilla la esperanza, y se ve hermanado con todo, surge el «deseo de infatigable permanencia y comunión con todo». La poesía de Amadoz adquiere ahora tintes de poesía ética, en lucha contra el sentir fratricida, contra la insolidaridad: «En cada hombre nace otro hombre», anuncia. El hombre se debate entre la desesperanza de la soledad («Y está frente a su sendero como un niño perdido», «está frente a su mundo encadenado con su libertad sumisa y poblada de vacíos») y la esperanza de la compañía solidaria («tan sólo le anima saber que su camino fue multitudinariamente recorrido»).

La siguiente composición, «Se siente tan irresuelto en su cavidad de hombre», insiste en una temática parecida: habla de «días tan plenos de noche» y de su «sed de luz», «esa sed vieja que le nutre tan llena de antepasados»; el hombre desea buscar —aunque no sabe dónde— «el Espíritu que le conduce», «la promesa que le anida». Se siente solo («extraña al hombre que consigo lleva») en esta tierra, y acaba con un toque de esperanza:

De luz y sombra recogido ha de acallar su llanto para elevarse por encima de sus cenizas,
y cumplir la promesa que le anida,
de luz y sombras recogido ha de caminar en solitario hacia su muerte,
hacia su penumbra más confiada, hacia su imperio que seguro de sí le lanza pleno de suertes,
de heredades que ensanchan las fronteras de su reino terrenal.
Y extraña su camino…
aunque su muerte ilumine su vida,
aunque en ese final se cumplan para él todas las promesas de vida,
y sean virginales fuegos los que le alcen flagelado de llamas
como a una espiga dorada y madura[6].


[1] Poemario no publicado previamente de forma exenta, sino incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] Más adelante encontraremos dos composiciones de Poemas para un acorde transitorio dedicadas a Guillermo Rivell Amadoz: «Rumores nocturnos» presenta una dedicatoria «A Guillermo Rivell Amadoz, pequeño niño», mientras que «Pasión oculta» se dirige «A mi nieto Guillermo Rivell Amadoz».

[3] Desde el punto de vista estilístico, llaman la atención algunos símiles: «como una sigilosa nube azul», «como una novia ataviada / para el tálamo»; y la paronomasia: «un cielo en celo».

[4] Este es un poema que se repetirá más adelante en Mito de Andrós.

[5] Se repiten imágenes marineras (andadura, sin velas ni faros) y relativas a la maternidad (cada mañana, que es sinónimo de esperanza, trae el «dulzor de una madre encinta»). Se recuperan, pues, motivos ampliamente utilizados en Límites de exilio.

[6] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Elegías innominadas» (1981-1993) (2)

El poema «Apología de la paz»[1], con el subtítulo «(Poemas apocalípticos)» y cita de Vicente Aleixandre, se tiñe de imágenes y metáforas negativas, de violencia y destrucción: «tus entrañas vestidas de negro», «flor sangrienta», «mordedura de sangre», «el eco fratricida de los vientos», «la proscrita raza de hombres empequeñecidos con sabor a huerto podrido», «alta pared de sangre», «heridas caínicas». Todavía podemos añadir otras imágenes negativas: turbio caminar, Gólgota, mordaza, luna enmudecida, llanto, verdes praderas calcinadas, camino tronchado, eco fratricida, madres encanecidas, noche fría, calcinados rocíos, etc. Todo en este poema nos habla de dolor, de guerra, de destrucción, no hay espacio para el amor, y hasta la luz es aquí negativa (se trata de «una luz que se mete sin piedad por entre los ojos para despertar torrentes de lloro»). En este caos, el «hombre seco y perdido» es un peregrino sin ojos, en «la noche más de las noches», con su fe quebrada, mordida. El final es verdaderamente descorazonador:

… hoy son las fiestas de la sangre y el bárbaro martirio de los muertos,
el agazapado lazo de las fieras que pugnan por seguir viviendo,
hoy es la fiesta del hombre seco y perdido entre los siglos sin brújula ni galaxia,
un peregrino sin ojos
metido en la noche más noche de las noches,
con la fe quebrada y el torso herido,
con la fe mordida por los siete gólgotas destruidos,
como una brizna lamida por las sienes viejas de los tiempos,
el resto del hombre mordiendo su polvo.

Guerra del Golfo (1990-1991)

Si el primer poema hablaba de guerras en general, el segundo, «Alguien llora en las dunas», que desarrolla un pensamiento de Rilke, es un alegato contra una guerra en concreto, la del Golfo Pérsico (se repite en un par de ocasiones el sintagma «mercenarios del GOLFO»[2], se habla del «oro negro de codicia», etc.): es una proclama del yo lírico contra la guerra, el sinsentido de la muerte, la sangre derramada, la esclavitud, la confusión («un clamor de hierros eleva su torre de Babel»), contra todos los males que genera «la sangrienta verbena de aquel Caín de todos los tiempos». Frente a ello, el poeta pregunta a la diosa de la paz por su ausencia y afirma que levantará su voz donde nadie le oiga, aunque sea la voz perdida que clame en el desierto, con un tono esperanzado:

Levantaré mi voz donde nadie me oiga,
mi niño pequeño
pondrá la palabra precisa donde suena hermana,
esperaré la fortuna de la paz pegada a sus labios,
al fin me tomará de su mano,
un silencio de oro sacudirá mi voz en la noche,
la paz emergerá de mi sueño
como el rocío de la hierba matutina[3].


[1] Poemario no publicado previamente de forma exenta, sino incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

[2] No es infrecuente en la poesía de Amadoz este recurso de poner algunas palabras destacadas tipográficamente con mayúsculas.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Elegías innominadas» (1981-1993) (1)

Este poemario —no publicado previamente de forma exenta, sino incorporado directamente al conjunto de su Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006— supone un cambio de registro, de tonos y temas, en la evolución poética de José Luis Amadoz. El poeta constata ahora que el hombre es un mundo pequeño, que puede achicarse más todavía. Pero, al mismo tiempo, el poeta sale de sí y se abre a los otros; se hace transeúnte del exterior y descubre el nosotros, el otro, el amigo y el hermano, en suma, el sentimiento de la solidaridad. En palabras del propio Amadoz, de poeta-niño pasa a ser niño-poeta, pero un niño-poeta que es ya más maduro y ve y descubre lo que hay alrededor de él. Encontramos poemas con alusiones a situaciones y acontecimientos contemporáneos (la caída del muro de Berlín, incluso el cambio climático…), entre los que no faltan los aspectos negativos, los conflictos en los que se transparenta el mito cainita: la bomba atómica sobre Hiroshima, la guerra de la exYugoslavia, la del Golfo, etc. Apreciamos cierto cambio a un tono negativo, tras la esperanza y el optimismo trascendente que prevalecen en los anteriores libros. El poeta desea transmitir la idea de que el hombre es siempre el mismo, con una asombrosa dualidad: puede albergar, por un lado, los mayores odios y protagonizar todo tipo de bajezas, pero es capaz también, por otro, de ser casi un ángel que crea en su entorno condiciones de paz, de esperanza y de milagro.

Hombre en medio de las sombras

En cualquier caso, reaparecen ahora temas presentes en los poemarios previos: el hombre que vive en la noche oscura de la no fe, que quiere salir de las sombras y se dirige a un tú que es Dios, un Dios que a veces calla o se esconde, un Dios que se oculta, que no se muestra claro, y por eso puede hablar el poeta de «la luz de tu sombra» o de una «oscura luz» (esta temática se irá acentuando cada vez más en los próximos poemarios). En alguna ocasión se presenta a este hombre como un soldado que porta el lábaro de la fe, que busca o quiere al menos buscar a Dios. En estas ocasiones se trata de un hombre que, más que de una fe propia, se nutre de la fe de sus antepasados.

Son en total dieciséis poemas, sin numerar, algunos con título y subtítulo. Varios de ellos llevan lemas y/o dedicatorias. La expresión poética se hace en este libro más clara, menos conceptual. Ángel Raimundo Fernández —que estudió estos poemas cuando aún no se habían publicado como libro exento: es ahora [2006] cuando salen reunidos por primera vez en forma de poemario— aludía al tono de elegía anunciado por el título:

Los mismos títulos (sombra, muerte maldita, elegía, elegías, el paso de los años, muerte transeúnte, etc.) remiten al tema elegíaco, cantado aquí en un tono sostenido pero no estridente y declamatorio, sino desde la perspectiva de un pensamiento que siente y de un sentimiento contenido y controlado en el vestido de la palabra[1].

Y añadía que la mayor parte de estos poemas se escriben «en verso libre, con un ritmo más interior que exterior». Pasaremos a examinarlos por separado en próximas entradas[2].


[1] Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 75. En el poemario abundan las anáforas: «La anáfora, en estos casos, es un elemento que subraya el paralelismo conceptual y rítmico», explica Fernández González.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (y 5)

El poema XXIV de El libro de la creación[1], que anuncia «fértiles y transparentes frutos», insiste en la blancura del día («Inicia el blanco día, y suena blanco, blanco»; «en tu sed y viento se pronuncie / la palabra que crea / y liga absorto vuelo, de luces blancas, blancas»). Se ponderan también aquí «hábiles destinos luminosos». Más importante es el XXV, «Es difícil rendir al hombre con un beso o caricia», que se repetirá luego en el siguiente poemario, Elegías innominadas. Destaca en su construcción la repetición anafórica de «Es difícil» o de «difícil». Centrado de nuevo en el hombre y el universo, contrapone imágenes negativas (opacas negruras, densas noches) y otras positivas, que predominan (luces transparentes, fe, luz, llama victoriosa, día, atrevida esperanza, «el lejano sueño que irreal nos sume donde el vacío vive»)[2]. Es un buen ejemplo de esta poesía densa, conceptual, hasta cierto punto difícil de Amadoz, pero que no es necesario entender lógicamente: basta con dejarse llevar por las sugerencias que nos transmite.

Amanecer

El XXVI[3] nos presenta como ya nacido al hombre, que es de «estirpe dorada», salido de su sombra a la vida y la belleza, que está en un «navío en nuevos mares», que es «mensajero sabio de nuevos mundos». Notemos, una vez más, la unidad del poemario lograda por la repetición de unos mismos temas, motivos y expresiones[4].

Un tono afirmativo preside el XXVII, que repite en posición anafórica «Es», y luego «Es. Es»: «Hombre en su pura ceniza por detrás de los ojos, / pletórica rama de esplendorosos frutos de luz y vida». Una vez más el poema se llena de iluminados días, de luces, de frutos… (luz y vida se identifican, y también luz y frutos).

El XXVIII habla de un ir «hacia la vida toda, hacia la recogida calma». Efectivamente, el signo del hombre es recobrar la esperanza, la ilusión, llegar a «la mañana y sus horas más altas, / resurgidas». También el XXIX transmite sensaciones de armonía, amor, fuerza, concordia y sinceridad: «Senda es este destino, en su torre de luz, camino de nuevos destinos que él crea». El hombre triunfa plenamente de su noche:

Todo luz,
se entrega victorioso y firme en las avenidas nuevas que le inflaman y ponen temporal y sumiso,
en la abierta y cumplida epopeya de su hombre.

Su filial entrega lo eleva en triunfo sobre la desnudez de su llanto, lo arranca de «sus oscuras y dóciles sombras». El hombre sigue siendo el único protagonista de esta gran epopeya del ser. El XXX, tras contraponer caos y sombras a vida, claror y sosiego, insiste en que «luce la vida / más allá de las sombras» y adopta un tono más claramente cristológico:

Y el testigo que no muere,
el que abre sus solitarios brazos y da forma en su cobijo a todo lo que se presta a beber su aire puro,
descansa,
duerme en la vieja senda de su vida,
y camina sin prisa ordenando sus vientos,
arrastrando tras sí al hombre en sus sombras latido.

A este respecto ha señalado Fernández González:

En principio uno se sorprende de que en un poema como El libro de la Creación el nombre de Dios no aparezca profusamente. Sin embargo, el espíritu religioso del libro es evidente porque es evidente la fuerza creadora y porque ésta es «una gran oleada y corriente divina» […]. Dios aparece como «dueño» de todo lo creado que descansa (al final, como dice el Génesis)[5].

En el XXXI el hombre se nos aparece en altura, está por encima de todas las cosas creadas, y no siente dolor, ni soledad, ejerce «su hondo imperio milenario», vive «el día soberano que no muere», «se erige sobre sus raíces infinitas y conquista las cumbres más olvidadas». Se remata con este largo verso: «Por detrás de su mar se plasma la luz inabarcable de un final potente que retumba espumosa calidad de hombre».

Por último, el XXXII (que se repetirá en Poemas para un acorde transitorio) es una composición de tono interrogativo, que nos presenta al hombre en el momento en que «va completar su filial desgarro, su sentencia de cielo», acercándose allí «donde todo es viento de luz clara», y concluye:

Donde se extraen miserias de mundo han de conjurarse en secreto acuerdo los mejores deleites,
se ha de cumplir la violenta paz que los cielos y la tierra albergan ya desde el principio[6].

Como rasgos estilísticos, destacamos la decantación por el versolibrismo y las repeticiones constantes, que consiguen el ritmo de estos poemas, subrayadas en ocasiones por las anáforas, muy frecuentes (me he limitado a señalar unos pocos ejemplos, pero son muchos más), y los encabalgamientos[7]; así lo ha señalado Fernández González, cuando escribe que el libro «se organiza en cantos (treinta y dos) y formalmente es de tono versicular sostenido por el ritmo de la palabra y de las ideas, conjugadas ambiciosamente para lograr un resultado único final»[8].


[1] José Luis Amadoz, El libro de la creación, Pamplona, Gráficas Iruña, 1980.

[2] Notemos el símil «las luces corran frescas y puras, como ríos de vivo fuego».

[3] Empieza por la conjunción «Y…», marca de continuidad ya anotada supra.

[4] Aparece repetido ahora el leit motiv de la madre, de la maternidad.

[5] Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 72.

[6] La alusión a «tantos ciclos no acabados» viene a enlazar textualmente con el último poema del libro anterior («El ciclo se culmina»).

[7] Para algunos ejemplos, véase Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, pp. 72-73.

[8] Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 70. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (4)

El XVI y el XVII son los poemas centrales del poemario[1], muy importantes. En el primero vemos a los hombres («la gran población»), a cada hombre, salido de la noche y de la sombra, irrumpiendo de su sueño en la mañana, y la acumulación de imágenes positivas es muy notable: «alba silenciosa y reciente», «luz que de dentro le guía», «mágico reinado», «poderosa armonía / de seres en triunfo», «mañana, suprema y virginal», «nevada blancura», «la luz del alba silenciosa y bella» (hermoso endecasílabo ocasional; es, en realidad, la parte final de un largo verso de treinta sílabas), «vivos horizontes», «alba silenciosa, blanqueada y novísima». En suma, ideas de luz, armonía y triunfo. El XVII, por su parte, desarrolla una bella imagen del «gran árbol del día» que en sus raíces puebla de luz el universo; hay ahora «caminos arrogantes y nuevos», luz filial y pura, luz infinita, y el poema se remata con estos versos:

El gran árbol del día en sus raíces puebla de luz el universo,
y no hay ya sino dobles de luz infinita, aires que se quiebran
y mueven al fuego de las ondas nuevas.
Sólo hay seres que salidos de ignorados ríos discurren hasta descansar al fin en el mar
verdeante del tiempo de los días y las noches,
del tiempo que da cita al hombre con el hombre,
al hombre salido en pleamar desde su hondo ímpetu,
y de ser ya entregado a la fe de su luz propia y evidente.

Árbol de luz con raíces

El XVIII transmite —sigue la unidad de contenido— sensaciones de orden, armonía, luz y hermosura; los seres, en esta mañana nueva, se abren a destinos de plenitud: «Es buena la mañana que dispone las cosas y abre cada ser / en su destino lleno». El hombre, que es «príncipe altanero» de «cuna eterna» (ya nos aparecieron expresiones similares en Límites de exilio), «puebla todo de nombres, cosas y personas», como sucedía en el Génesis. Todo es belleza y plenitud: hay un «orden de espacio» y «cada rincón de luz herido brota ya hecho hermosura».

Positivo es también el ambiente creado por el poema XIX: «labora en su luz de nardo la mañana», «extraña belleza», «manso arrullo», «exacto colorido de los seres»; esa luz «crea al hombre en cada instante que se crece» y «rueda el porvenir en céntrica voz de hombre». Merece la pena citar el final del poema (hay logrados finales, muy rotundos, en este libro):

Cerca, ya muy cerca, labora en su luz de nardo la mañana,
y rompe el yo que vela dormido hasta hacerlo rememorado y nuevo;
crea al hombre en cada instante en que se crece,
resolviendo su estrecha confinación y acallando su enceguecido llanto.
Cerca, ya muy cerca, todo se engrandece y gira en su calmado grito de azules y rosas,
y rueda el porvenir en céntrica voz de hombre.

La luz y el color renovados («manantial de luz de color renovado y puro») siguen presidiendo en el poema XX, con idea de pura ascensión (las imágenes positivas son aquí «entrañada vida», «su beso de amante convulso y rosa primeriza», «todo le ofrece oculta gracia y azulados desmayos, que lo elevan del lecho retornado»). Seguimos estando en ese momento emergente de la creación, cuando surgen de la nada las cosas y el hombre se alza, en medio, como rey de todo el universo.

En la creación insiste el XXI, en el que el hombre —que es calificado como «príncipe de supremos y fértiles páramos solitarios, / rey de estériles reinos e inalcanzables frutos»— aprende qué es el día. Un tono exclamativo y paralelístico domina en el XXII, que a través de la anáfora exclamativa «¡Oh corporal presencia…» abunda en ponderar esa «armonía de seres / prodigiosos». Se trata de un poema admirativo que muestra el optimismo del poeta ante la prodigiosa ordenación del cosmos, que no está hecho, sino que se va haciendo lenta y maravillosamente.

En la poesía XXIII[2] el yo lírico se dirige a un tú, que es el «hombre dormido» en una opaca y densa sombra, al que la mañana lanza «a su imperio de luces»; a partir de ahí, imágenes gratas como «azules besos», «mañana espléndida», «altitud luminosa»… Como en el resto del poemario, noche, sueño, sombra son símbolos negativos, en tanto que mañana, día, luz representan los aspectos positivos[3].


[1] José Luis Amadoz, El libro de la creación, Pamplona, Gráficas Iruña, 1980.

[2] Este poema se repetirá luego en Elegías innominadas.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «El libro de la creación» (1968-1974) (3)

El número IV de El libro de la creación[1] nos presenta a «el hombre en su proyecto, salido de su sueño», siendo ya «vertida / carne que se ilumina»; se reiteren imágenes de nacimiento: «todo nace vibrante, / de albor y de silencio y de luces fatigado». Las distintas reiteraciones (aquí de los adjetivos «Suprema y esplendente») confieren el ritmo poético a la composición. El V nos anuncia que «Todo queda arrancado de su noche tranquila», nos habla de «arpegios / luminosos y sangrantes». Los seres, en su pasión, salen de la noche; es un instante «de oculto prodigio». La luz es aquí el símbolo esencial:

Se agiganta radiante el penumbroso límite de seres al acecho;
ya el horizonte pisa seguro, desdoblando
límpido la maroma templada de la noche, de su luz revestida.

Amanecer

El VI nos transmite otra vez la sensación del nacimiento de un nuevo día: «Nace supremo el día» (frase que se reitera), día que «emerge en osadía y en fuego de ser» y es «síntesis radical de luz y bravo mundo». Por su parte, el VII nos muestra al hombre como centro de todo este universo («hombre centralmente suyo»). «Todo guarda salvaje relación» ahora y hay una «rotunda ligazón de destinos»: expresiones e imágenes, en suma, que nos reiteran el prodigio de esa nueva mañana.

El VIII desarrolla la idea de una «entonada ascensión luminosa», de «la luz que invade todo», de «ascensiones de mundos sin confines» y de nuevo, en medio de todo, el hombre:

Y de amplio relieve se aísla,
centra el ser,
sublime, en su rotunda y preñada mañana.

La unidad de tema e imágenes que preside este poemario[2] se confirma en el poema noveno, donde se alude a inmensas sombras que se disipan y a horizontes que se abren. Es un poema de afirmación, con el hombre en el centro de todo, iluminado:

Estoy, está aquí, coronación nocturna,
sedición diaria, eterna, vertiendo su horizonte.
[…]
Estoy, está aquí, coronación nocturna,
y por todo parece que se abre limpiamente entregada,
rompiendo las pesadas arenas, las densas sales blancas,
frescamente doblándolo
todo en adelantos, definidos futuros que pueblan el presente.
Estoy, está aquí, coronación nocturna,
vivamente cogido por todo,
iluminado.

El siguiente se refiere a la «ordenación más elaborada» del mundo, a la llegada del color (ahora «el grisáceo campo resplandece en colores»); en este proceso, el hombre se muestra como ser que pertenece a una «estirpe milagrosa» que cumple un destino. Y acaba:

Ya, de opacas sombras, arde en el brío del sol más glorioso,
la regia y más colmada concentración de ser.

El XI nos presenta a «el ser», es decir, al ser esenciado «en el redondo y fértil nacimiento»: «el ser, / que en su más exultante renovación se ofrece». Y el número XII trata del decaer de la noche: «La mañana acepta, alegre y complacida, la incandescente senda que le lleva incipiente / al ser»[3]. A su vez, el que figura bajo el número XIII insiste en la dicotomía luz que nace / sombras que se disipan. Seguimos asistiendo a ese momento de plenitud en que, «enfrentados y amorosos la tierra y el cielo en primitivo abrazo», «Todo nace» y la luz de la mañana saca de su remanso «al ser íntimo y lleno de progreso inaudito y creciente marea»[4]. En suma, seres formándose, que salen de la nada o del caos primigenio y nacen al ser (igual que sucede, en otro orden de cosas, en el momento creativo de la inspiración poética).

Lo mismo ocurre en el XIV, donde se insiste en la aparición del color («Y gama terminada, se viste en su color la hora»), y «a cada ser toda el alma le sale en su vital frescura», y se hace «consumada belleza», mientras se avanza hacia una perfección que podríamos calificar de guilleniana:

Hay brillante y angélica alegoría,
empeño, apenas dominado, del ser al recrearse en pura entrega a otro,
hay una expresión muda del amor indiviso, un presente que anuncia
muy lejanos futuros de fervientes mañanas y de innúmeros seres
que cumplen, manifiestos, el esplendor que en todo les eleve
y les sobre, en su gran oleada y corriente divina.

En el XV, «Sucede que la gran población se conjunta de luz y vida»[5], luz, vida y fe son sinónimos, hay destinos nuevos («el destino desciende limpio sobre nosotros»); el poeta se recrea en la plasmación de todo ese mundo salido de la nada[6] y atrás quedan la noche y el dolor[7].


[1] José Luis Amadoz, El libro de la creación, Pamplona, Gráficas Iruña, 1980.

[2] De hecho, varios poemas, incluso el primero, empiezan con una conjunción y, que enlaza unos con otros y da continuidad al poemario (véanse los números X, XI, XIV, XVIII y XXVI).

[3] Termina así: «Ya el esplendente ser, de su noche devuelto, revuela hacia su nido».

[4] Destaco además la sinestesia «la brisa que verdea».

[5] Véase supra (poema X) «la estirpe milagrosa que diariamente nace del populoso ámbito», la «espesa población»; y en este poema XV, más abajo, «la multitud radiante».

[6] Nótese la anáfora de «Sucede que…»; se repite también a lo largo del poema la frase «cuesta creer».

[7] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«Hoy te traigo, Señor, esta tristeza», soneto de Rafael Montesinos

Entonces Jesús les dijo: «No temáis; id, dad las nuevas
a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán».

(Mateo, 28, 10)

Vaya para hoy, Lunes de Pascua —final de la Semana Santa e inicio del tiempo pascual hasta Pentecostés— el soneto «Hoy te traigo, Señor, esta tristeza», de Rafael Montesinos (Sevilla, 1920-Madrid, 2005), autor que publicó sus primeros poemas en las revistas Garcilaso, Espadaña e Ínsula. Su extensa obra poética está formada por Balada del amor primero (Madrid, Garcilaso, 1944), Canciones perversas para una niña tonta (Madrid, Garcilaso, 1946), El libro de las cosas perdidas (Valladolid, Colección Halcón, 1946), Las incredulidades (Madrid, Rialp, 1948), Cuaderno de las últimas nostalgias (Madrid, Neblí, 1994), País de la esperanza (Santander, Colección Cantalapiedra, 1955), La soledad y los días (Madrid, Afrodisio Aguado, 1956), El tiempo en nuestros brazos (Madrid, Ágora, 1958, Premio Ciudad de Sevilla y Premio Nacional de Literatura), Breve antología poética (Sevilla, La Muestra, 1962), La verdad y otras dudas (Madrid, Cultura Hispánica, 1967), Cancionerillo de tipo tradicional (Madrid, La Estafeta Literaria, 1971), Poesía 1944-1979 (Barcelona, Plaza & Janés, 1979), Último cuerpo de campanas (Sevilla, Calle del Aire, 1980), De la niebla y sus nombres (Madrid, Hiperión, 1985), Antología poética 1944-1995 (Sevilla, Diputación Provincial de Sevilla, 1995), Con la pena cabal de la alegría (Madrid, Libertarias-Prodhufi, 1996, Premio Andalucía de la Crítica), Madrugada de Dios (Sevilla, Mundo Cofrade / Art & Press, 1998), Antología poética (Madrid, Rialp, 2003) y La vanidad de la ceniza (Madrid, Vitruvio, 2005).

Miel en forma de corazón

Todo el soneto se construye como un continuado apóstrofe al «Señor», al que se dirige con ese vocativo en los versos 1, 3, 7 y 11, y en él el yo lírico expresa su arrepentimiento («esta dolida / voz de arrepentimiento que te reza», vv. 3-4), su desazón por haber correspondido con «espinas y aspereza» a la «miel» que Dios derramó en su existencia (vv. 5-6), al tiempo que le pide la salvación de «esta vencida / primavera de angustia que ahora empieza» (vv. 7-8). La voz lírica, en fin, es consciente tanto de los pecados cometidos («la cadena / candente de la carne amarga y triste», vv. 10-11) como de que su situación podría haber llegado a ser mucho más desesperada, cosa que sin embargo Dios no ha permitido («la angustia que me llena / mayor pudo haber sido, y no quisiste», vv. 13-14).

Hoy te traigo, Señor, esta tristeza
de saberme sin gozo y sin herida;
hoy te traigo, Señor, esta dolida
voz de arrepentimiento que te reza.

Te devolví en espinas y aspereza
la miel que derramaste por mi vida.
Sálvame Tú, Señor, esta vencida
primavera de angustia que ahora empieza.

Si malgasté un amor, y otro a mi lado
dejé morir sin luz en la cadena
candente de la carne amarga y triste,

hoy te vuelvo lo poco que he salvado;
porque, Señor, la angustia que me llena
mayor pudo haber sido, y no quisiste[1].


[1] Rafael Montesinos, Poesía (1944-1979), Esplugas de Llobregat (Barcelona), Plaza & Janés, 1979, p. 47. Incluido en Cuando rezar resulta emocionante. Poesías para orar, 2.ª ed., refundida y ampliada, selección, presentación y notas de Manuel Casado Velarde, Madrid, Ediciones Cristiandad, 2017, p. 58, por donde lo cito.

«Ofrezcan los cristianos / ofrendas de alabanza…» (Secuencia de Pascua)

—¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí; ha resucitado. 
(Lucas, 24, 5-6)

En años anteriores ya han quedado recogidos en el blog varios poemas dedicados a la Resurrección del Señor: así, el soneto «A la Resurrección», de Lope de Vega; «A la resurrección del Señor», de Bartolomé Leonardo de Argensola; la «Oda a Cristo resucitado», de Antonio López Baeza, o el «Soneto de la Resurrección», de Francisco Luis Bernárdez. Para este nuevo Domingo de Resurrección copiaré en su versión en español recogida en el Misal Romano la Secuencia de Pascua, «Victimae paschali laudes», que se reza o canta antes del Evangelio.

Cristo Resucitado. Parroquia de Santa María, Madre de la Iglesia (Barañáin, Navarra, España).
Cristo Resucitado. Parroquia de Santa María, Madre de la Iglesia (Barañáin, Navarra, España).

Es esta una secuencia[1] prescrita en el rito romano para la misa del domingo de Pascua y toda su octava, cuya creación se atribuye a Wipo de Burgundia, monje del siglo XI que fue capellán de Conrado II, aunque también se ha atribuido a otros posibles autores como Notker Balbulus, Roberto II de Francia y Adán de San Víctor[2]. La versión en castellano, si bien no es una traducción literal del texto latino antiguo[3], reproduce fielmente el significado y la tonalidad poética (aquí un romance endecha —versos heptásilabos— con rima á a) del original. Dice así:

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
—¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
—A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa[4].


[1] Las secuencias son composiciones musicales sin texto que surgieron en el siglo IX como frases melódicas añadidas a la exclamación Alleluia, montadas sobre la última sílaba para prolongar —de allí la palabra sequentia— la exclamación.

[2] Actualmente encontramos cuatro secuencias: dos obligatorias: «Victimae Paschali laudes» para Pascua y «Veni sancte spiritu» para Pentecostés; y dos opcionales: «Lauda Sion» para el Corpus y «Stabat Mater» para el 15 de septiembre, en memoria de la Virgen de los Dolores.

[3] El texto latino antiguo es: «Victimae paschali laudes immolent Christiani. Agnus redemit oves: Christus innocens Patri reconciliavit peccatores. / Mors et vita duello conflixere mirando: dux vitae mortuus, regnat vivus. / Dic nobis Maria, quid vidisti in via? Sepulcrum Christi viventis, et gloriam vidi resurgentis. / Dic nobis Maria, quid vidisti in via? / Angelicos testes, sudarium, et vestes. / Dic nobis, Maria, quid vidisti in via? / Surrexit Christus spes mea: / praecedet vos in Galilaeam. / Credendum est magis soli Mariae veraci quam Judaeorum turbae fallaci. / Scimus Christum surrexisse a mortuis vere: / Tu nobis, victor Rex, miserere. / Amen. Aleluya».

[4] Puede verse un comentario detallado del significado de cada apartado de la sentencia en Francisco Torres Ruiz, «Secuencia de Pascua: Victimae paschali laudes», publicada en Sancta Sanctis el 3 de mayo de 2017.