«Canción de Navidad para conjurar el fin del mundo», de Santiago López Navia

Vaya para este día el poema, «Canción de Navidad para conjurar el fin del mundo», con el que Santiago López Navia, filólogo y poeta, y excelente amigo, felicitó la Navidad de 2012 a sus colegas y amistades. La composición está formada por tres estrofas, de 6, 8 y 12 versos, con rima de romance en é e, pero con la particularidad de ser heptasílabos los impares y pentasílabos los pares (es decir, el esquema de rima es 7- 5a 7- 5a…). El poeta, a través de su yo lírico, nos recuerda que frente a las realidades negativas de este mundo (miedo, pobreza, hambre, muerte…) siempre queda un atisbo de esperanza: «Los árboles marchitos / viven a veces / en una rama niña / que reverdece»[1]. Aquí, ese mensaje esperanzado encuentra su máxima expresión en el nacimiento del Salvador, ese momento salvífico —para todo el género humano— en el que «Cristo fundió en su fragua / trono y pesebre».

Pesebre de Jesús y trono de David

Que nadie escuche al miedo.
Que nadie entregue
su libertad al gremio
de los intérpretes
que entienden las señales
que otros no entienden.

Aunque a todos el mundo
les pertenece,
en poco tiene al mundo
el que no tiene.
Fin del mundo es el hambre
para los débiles
y este mundo termina
para el que muere.

Que el miedo a los augures
no nos silencie.
No siempre está perdido
lo que se pierde.
Los árboles marchitos
viven a veces
en una rama niña
que reverdece.
Hasta la paja seca
tuvo su suerte:
Cristo fundió en su fragua
trono y pesebre.


[1] Estos versos me recuerdan el comienzo del poema «A un olmo seco», de Antonio Machado: «Al olmo viejo, hendido por el rayo / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo, / algunas hojas nuevas le han salido»; más adelante, en apóstrofe al olmo, el yo lírico expresa su deseo de anotar en su cartera «la gracia de tu rama verdecida».

El «Villancico de las manos vacías», de José María Pemán

Siguiendo con los poemas de Navidad, copiaré hoy el «Villancico de las manos vacías», de José María Pemán (Cádiz, 1897-Cádiz, 1981), que se une a otros suyos de temática navideña como «Villancico del pescador de truchas» o «Meditación ante un nacimiento de cartón y barro», composiciones estas dos incluidas en Poesía sacra (Madrid, Escelicer, 1940). El villancico que ahora nos ocupa ha sido comentado por Katarzyna Madyjewska:

El tema navideño reaparece en «Villancico de las manos vacías» (1965) en forma y ritmo popular, y con una mezcla de antítesis parecida al poema anterior [se refiere a «Meditación ante un nacimiento de cartón y barro»]. En esta ocasión el sujeto lírico introduce el motivo navideño en su situación presente. Prescinde de notas circunstanciales para referirse a una paradoja que experimenta en sí. El poema se divide en dos partes que corresponden a dos posturas vitales, como un antes y después, en los que el Niño Jesús se convierte en el único punto de referencia. […] Otras antítesis se perciben en: «noche clara y alba fría», «con sangre y nieve en los pies». La última contraposición hace eco colorístico de la «rosa» y el «lirio». El juego de contrastes tan propio de la poesía meditativa, lleva a representar la oposición de la belleza y felicidad propias, frente a las divinas. Incluso la «mano» y el «corazón» unidos por la figura divina expresan este planteamiento[1].

Carlo Dolci, El Niño Jesús con una corona de flores (1663). Museo Nacional Thyssen- Bornemisza (Madrid, España)
Carlo Dolci, El Niño Jesús con una corona de flores (1663). Museo Nacional Thyssen- Bornemisza (Madrid, España).

Se trata de un poema suelto incluido en las antologías pemanianas, que dice así:

Yo tenía
tanta rosa de alegría,
tanto lirio de ilusión,
que entre mano y corazón
el Niño no me cabía…

Dejé las rosas primero.
Con una mano vacía
—noche clara y alba fría—
me eché a andar por el sendero.

Dejé los lirios después.
Libre de mentiras bellas,
me eché a andar tras las estrellas
con sangre y nieve en los pies.

Y sin aquella alegría,
pero con otra ilusión,
llena la mano y vacía,
cómo Jesús me cabía
—¡y cómo me sonreía!—
entre mano y corazón[2].


[1] Katarzyna Madyjewska, La poesía lírica de José María Pemán, tesis doctoral dirigida por José Paulino Ayuso, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2006, p. 174.

[2] Lo cito por José María Pemán, Poesía esencial, estudio preliminar y selección de José Enrique Salcedo Mendoza, Motril (Granada), Imprenta Comercial, 2002, pp. 146-147.

«Señora doña María», villancico tradicional chileno

Vaya para hoy este villancico tradicional chileno, «Señora doña María», que fue incluido por Ángel Parra en su disco Villancicos chilenos (1962), con letra distinta. Forma parte también de la colección de Villancicos (1998) de Cecilia Echenique. Más recientemente, en 2015, la colombiana Marta Gómez lo recoge en su CD Al alba. Canciones de Navidad, en el que recopila dieciséis cantos navideños hispanoamericanos. En fin, pueden escucharse otras versiones que se encuentran fácilmente en YouTube.

Pesebre artesanal chileno, del maestro alfarero Norberto Oropesa
Pesebre artesanal chileno, del maestro alfarero Norberto Oropesa.

El texto es sencillo, como corresponde a la poesía popular, y refiere los regalos que el yo lírico lleva al Niño, junto con las peticiones o ruegos que le hace a la Virgen María (véanse las notas al pie para algunos comentarios adicionales).

Señora doña María,
yo vengo de allá muy lejos
y a su niñito le traigo
un parcito[1] de conejos.

Zapallos[2] le traigo, papas araucanas,
harina tostada[3] paʼ la pobre Ana;
recados le mandan[4] mi taita[5] y mi mama,
la doña Josefa y la tía Juana.

Señora doña María,
cogollito de cedrón[6],
consiga con su niñito
que nos dé la salvación.

Zapallos le traigo, papas araucanas,
harina tostada paʼ la pobre Ana;
recados le mandan mi taita y mi mama,
la doña Josefa y la tía Juana.

Señora doña María,
hermosísimo donaire,
consiga con don José
que yo sea su comaire[7].


[1] parcito: diminutivo afectivo de par; como los otros diminutivos (niñito, cogollito), refuerza la emotividad del texto, de expresión tan sencilla como sencillos son los regalos que se llevan al Niño.

[2] Zapallos … papas araucanas: calabazas y patatas. La Araucanía y Los Lagos son las dos principales regiones productoras de papas en Chile. Las papas nativas, de muy variadas formas y colores, se distinguen de las papas criollas o amarillas.

[3] harina tostada: las harinas tostadas (más digestibles que las crudas), especialmente las de maíz, forman parte de la cultura tradicional de distintos pueblos de Sudamérica. 

[4] recados le mandan: podría entenderse que ʻle mandan recuerdosʼ; ahora bien, en Chile recado es una mezcla de especias e ingredientes aromáticos molidos que se utilizan como sazonadores de guisos o platillos, y tal parece ser el significado que funciona aquí, pues que de comidas se está hablando.

[5] taita: papá.

[6] cedrón: planta verbenácea, originaria del Perú, pero que se cría también en Chile y Argentina, aromática, con propiedades medicinales, que florece durante el verano y el otoño; se toma en infusión. Cogollito de cedrón es un hermoso epíteto para la Virgen, muy original con respecto a los habituales en la tradición europea.

[7] comaire: comadre, en pronunciación coloquial. Aquí comaire puede tener no el sentido amplio de ʻamiga, vecina con la que se tiene mucho tratoʼ, sino el específico de ʻmadrina de bautizoʼ. Tomo el texto, transcrito por Cecilia Echenique, de la web Letras, pero añado toda la puntuación, y en el v. 12 la tilde a «de»; en cambio, en el v. 7 sobra la tilde a «mamá» (el ritmo pide la pronunciación llana). Agradezco a la Dra. Mariela Insúa la sugerencia de este villancico chileno, que no conocía.

Otro villancico anónimo del siglo XVII: «Soberana María»

«Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.»
(Juan, 1, 14)

Ayer transcribía aquí el villancico «Monterilla de plumas…», y hoy, día de Navidad, traigo otro, «Soberana María», también anónimo y del siglo XVII como aquel. Antonio Torralba, miembro del conjunto musical Cinco Siglos, ofrece este comentario del villancico, al hilo de la grabación del mismo que realizaron el 14 de diciembre de 2014, que puede escucharse aquí:

En los manuscritos 1370 a 1372 de la Biblioteca Nacional de España se encuentran las tres voces de un villancico maravilloso cuya composición en el siglo XVII se atribuye a veces por error a Mateo Romero. Se trata de una versión a lo divino de la célebre “Mañanicas floridas”, que versionaron Lope de Vega y Calderón entre otros. Aquí se llama “Soberana María” y es un prodigio literario y musical salido de la pluma de uno o dos autores anónimos del XVII. La invocación a las estrellas es bellísima y la elevación conceptual soberbia. La Virgen protege al Niño, pero el plano se amplía y son las nocturnas estrellas las que han de abrigar a su vez a la Virgen (abrigad a la Virgen entre vuestros brazos). Y luego están los últimos versos que emocionan aún más. La palabra árabe aljófar (perla irregular y también el conjunto de esas perlas) es un hallazgo poético. Las lágrimas del Niño son el aljófar. Coged el aljófar (sigue invocando a las nocturnas estrellas) de los ojos claros. Y, al final, el lenguaje claro y exacto que solemos identificar con el auténtico refinamiento: Mirad que es tesoro de precio tan alto / que una gota suelda todos nuestros daños.

Sandro Botticelli, Natività mistica (1501). National Gallery (Londres, Reino Unido)
Sandro Botticelli, Natività mistica (1501). National Gallery (Londres, Reino Unido).

El texto, que se conserva en una recopilación manuscrita de la primera mitad del siglo XVII titulada Romances y letras de a tres voces, dice así:

Soberana María, 
con vuestro canto, 
arrullad a mi niño, 
no llore tanto.

Nocturnas estrellas 
que en dulce descanso 
reposáis los cuerpos 
del largo cansancio, 
¿cómo a Dios eterno
le dejáis llorando?
Arrullad a mi niño, 

no llore tanto.

Templad las escarchas 
del invierno helado 
que el infante tierno 
es Rey delicado; 
abrigad la Virgen 
entre vuestros brazos.
Arrullad a mi niño, 
no llore tanto.

Coged el aljófar 
de los ojos claros;
mirad que es tesoro 
de precio tan alto, 
que una gota suelda 
todos nuestros daños.
Arrullad a mi niño,
no llore tanto[1].


[1] Tomo el texto de la web de Carlos Ruiz de Arcaute, pero modernizo las grafías y regularizo la puntuación. Ahí pueden encontrarse más datos sobre la colección Romances y letras de a tres voces, y también escucharse el villancico y descargarse la partitura.

Un villancico anónimo del siglo XVII: «Monterilla de plumas…»

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Hoy en Belén de Judá os ha nacido el Salvador».

¡Muy feliz Navidad
a todos los lectores y amigos insulanos!

Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad…, y desde el blog vamos a celebrar el Nacimiento del Señor, como otros años, con algunos poemas de temática navideña, de diversas épocas, autores y estilos. Comenzaremos hoy con este hermoso villancico anónimo del siglo XVII, cuyo texto se nos ha transmitido en varios testimonios, que ofrecen ligeras variantes en las coplas, pero todas ellas de escasa trascendencia.

Luca Giordano, La Adoración de los Pastores (c. 1688). Musée du Louvre (París, Francia).

Monterilla de plumas
y pellico de armiños
[1]
quiérole yo para mi pastorcito;
zurroncillo moteado,
cayadito florido
quiérole yo para mi pastorcito.
¡Ay, qué agraciado!
¡Ay, qué pulido!
¡Ay, que tirita de frío!
Niño, no llores;
calla, bien mío,
que ya los pastores
te traen dones ricos.
Si estás desnudito,
que te abrigue tu Madre,
Cuerpo de Cristo.
Niño, no llores;
calla, bien mío,
que aquí traigo yo
para tu desabrigo
monterilla de plumas
y pellico de armiños;
zurroncillo moteado,
cayadito florido,
¡quiérole yo para mi pastorcito!

Coplas

[1.ª]

No ven cómo llora
el rapaz pulido
y es más hombre cierto[2]
que su Padre mismo.
Mírenle cuál tiembla
desnudito al frío,
siendo un rayo hermoso,
siendo un fuego vivo.
De una palomita
nos dicen que es Hijo,
y a mí me parece
que es un corderito.
Luego bien le aplico
monterilla de plumas
y pellico de armiños.
¡Quiérole yo para mi pastorcito!

[2.ª]

Si como un gigante
corrió su camino,
¿para qué esta noche
se nos hace niño?
Allá hacía cielos,
estrellas y signos,
y acá se nos viene
a hacer pucheritos[3].
Si una corderita
le sacó de quicio,
sepa que en la tierra
mejoró de impíreo[4].
Luego bien le aplico
zurroncillo moteado,
cayadito florido.
¡Quiérole yo para mi pastorcito!

[3.ª]

Para que le admiren
llama [a] pastorcitos
y también a reyes[5].
¡Oiga el señorito!
Quéjase que el mundo
no le ha conocido[6]
y ángeles y luces
lo dicen a gritos:
¡Venga norabuena
hacia nuestro aprisco[7],
cuide el zagalejo
de su ganadito!
Luego bien le aplico
monterilla de plumas
y pellico de armiños.
¡Quiérole yo para mi pastorcito![8]


[1] pellico de armiños: pellico es zamarra de pastor, hecha de pieles; el yo lírico desea que sea de armiños (una piel de alta calidad) para ofrecérsela al Niño Jesús recién nacido, igual que desea que la monterilla (prenda de abrigo para la cabeza), que habitualmente se hace de paño, vaya adornada de ricas plumas. Nótese la acumulación de léxico del ámbito pastoril en estos primeros versos del villancico.

[2] cierto: con valor adverbial, ʻciertamenteʼ.

[3] hacer pucheritos: amagar el llanto. Estos versos expresan bella y poéticamente la doble naturaleza de Cristo, que siendo un Dios todopoderoso, autor de la Creación, pasa a adoptar la naturaleza humana de un desvalido infante recién nacido («se nos hace niño»).

[4] impíreo: lo mismo que empíreo, el más alto de los cielos, sitio de la presencia plena de Dios.

[5] llama [a] pastorcitos / y también a reyes: todo el género humano, sin distinción de clases, está llamado a la redención.

[6] Quéjase que el mundo / no le ha conocido: cfr. Juan, 1, 10-11: «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron».

[7] aprisco: redil o majada, paraje donde los pastores recogen el ganado para resguardarlo de la intemperie.

[8] Recogido en el trabajo «Francesc Valls (ca. 1671-1747). Obras en romance conservadas en el archivo musical de Canet de Mar. Edición crítica de Lola Josa y Mariano Lambea», pp. v-vi, disponible en DigitalCSIC. Tomo el texto de ahí, modificando ligeramente la puntuación y quitando la tilde a «qué» en el v. 9 y añadiéndosela a «como» en el primer verso de la primera copla. En ese trabajo se puede ver una anotación más detallada del texto, la mención de las fuentes textuales y la transcripción poético-musical de este «Tono a solo al Nacimiento de Cristo» musicado por Francesc Valls.

Sevilla literaria: «Sevillanas del siglo XVIII», canción popular antigua recopilada por Federico García Lorca

De Federico García Lorca, y con relación a la presencia de Sevilla como tema en la literatura, ya ha quedado transcrito su «Poema de la saeta», composición incluida Poema del cante jondo (obra escrita en 1921, pero no publicada hasta diez años después, en 1931). Hoy traigo estas «Sevillanas del siglo XVIII», que es una de las diez piezas de su «Colección de Canciones Populares Antiguas», grabadas por el sello La Voz de su Amo, en 1931, interpretadas por La Argentinita (voz, castañuelas y taconeo), con arreglos y el acompañamiento al piano del propio Federico.

Puente de Isabel II o de Triana (Sevilla)
Puente de Isabel II o de Triana (Sevilla).

¡Viva Sevilla!
Llevan las sevillanas
en la mantilla
un letrero que dice:
¡Viva Sevilla!

¡Viva Triana!
¡Vivan los de Triana,
los trianeros!
¡Vivan los sevillanos
y sevillanas!

Lo traigo andado.
La Macarena y todo
lo traigo andado.
Cara como la tuya
no la he encontrado.
La Macarena y todo
lo traigo andado.

¡Ay río de Sevilla,
qué bien pareces,
lleno de velas blancas
y ramos verdes![1]


[1] Cito por Federico García Lorca, Poesía completa, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2013, pp. 759-760.

«Soy Adviento», soneto de Pedro Miguel Lamet, SJ

Que se rompan las cadenas,
que se cante libertad:
el Señor nos va a salvar.
Sanará nuestras heridas,
nuestro miedo y soledad:
Él será nuestra paz.

(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor»,
Nuevos cantos de Adviento y Navidad, 1986)

Este cuarto domingo de Adviento nos deja ya a las puertas de la Navidad. Llegamos, pues, al final de este esperanzado camino que nos sirve de preparación para conmemorar la venida al mundo del Mesías Salvador, el Redentor del género humano. Y para cerrar este ciclo poético del Adviento 2024, traigo hoy el soneto «Soy Adviento», del jesuita Pedro Miguel Lamet[1], que dice así:

Hombre en una montaña con el sol al fondo

¡Cómo me gusta andar por los caminos,
sentir bajo mis pies latir al mundo,
mirar al horizonte en lo profundo
y respirar el aire de los pinos!

¡Cómo me calma de mis desatinos
marchar de paso como un vagabundo,
mientras, sin pensar, los ojos hundo
en reflejos de amores tan divinos!

Pues de pronto comprendo iluminado
que en caminar consiste nuestra vida
hacia la luz del gran descubrimiento,

puesto que andando advierto que he llegado;
y en el buscar presiento la venida.
Nací para esperar, pues soy Adviento[2].


[1] Lamet es autor de un hermoso tríptico de sonetos de Adviento, dedicados a «Isaías», «María» y «Juan el Bautista», incluidos en su libro La luz recién nacida. Cancionero de Adviento y Navidad, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2016, pp. 71-73.

[2] Publicado por el autor, el 28 de noviembre de 2024, en Religión Digital, bajo el título «Un soneto para la esperanza: Soy Adviento», de donde lo tomo.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (2)

En el poema número 4, el poeta (el yo lírico) entra en comunicación con un tú, el de la mujer amada, del que pondera su «crecida belleza». El poeta sigue estando en soledad y apartamiento, como indican las imágenes «este nido apartado / de mi vida», «mi fuego / silenciado», «el hundido / fondo de mi sentida / rosa»[1]. El poeta es feliz apartado, mientras que la amada es rosa «enarbolada / en la labrantía de mi terruño pecho». El poeta anuncia que de su «mar recóndito» saldrá «el agudo coral de mi alma, / penetrado en tu más divino verbo»[2].

Después (poema 5), el poeta se dirige a un interlocutor distinto, la «hora desmedida» que vibra «la raíz última de mi último poema». El destinatario es un tanto ambiguo: ¿se sigue refiriendo a la amada o se trata de una alusión a la hora final de la muerte? Sea como sea[3], anuncia «mi deseo / de armar las cosas con mis labios» en «este gris otoño / en que todo pardea», de «llenar con tu fruto / mi vuelo vacío».

Rosa

El poema 6 es una composición altamente afirmativa: «mi rosa plena en su perfume», «el lejano fuego de mi palabra», «tu pereza / bella en el lindo marco de mi ensueño», «comienzo a ser hombre», «siento / inmensamente todo / lo alumbradizo y callado que todos / llevamos guardado», «mi tesoro / de hombre se va aclarando»… La composición se remata con un bello final, en el que el yo lírico es un «ermitaño puro» que tiene su sol guardado, es decir,

el reflejo agrandado
del Dios que en nuestra sangre
hermanado quiso abrir en nosotros
su caudal de fuego.
Tengo el soñar
eternizado del mundo en mis labios
sinceros retornado.

Luego de esta alusión al Dios humanado (que reaparecerá en distintos poemarios), encontramos en el poema 7 que el poeta se siente «huido del mundo»; afirma: «ya niño estoy disolviendo / las cosas al mirar», y también que quiere «tener presta mi pobre esperanza», «mis sangrantes / labios llenos de fuego»; con el deseo de que «enflore mi pecho calado», de que pueda ser en todo y llorar «en esta canción que han plantado en mis manos»[4].


[1] La rosa será un símbolo tradicional reiterado en la poesía de Amadoz (véase Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 67, nota 35).

[2] «Llama la atención del lector atento la riqueza interior en la que todo, las cosas todas, incluso Dios, cobran nueva expresividad y se convierten en símbolos de lo individual intransferible. […] La amada se convierte así en ‘la raíz última de mi último poema’, es decir que ella es ella y es, también, la creación última de él» (Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 64).

[3] Fernández González, en «Río Arga» y sus poetas, p. 65, lo entiende referido a la amada: «Amor profundo, exento del entusiasmo erótico de otros poetas, pero que supone una entrega total […]. Alguien diría que estos versos resuenan con ecos románticos o de “dolce stil nuevo”. Y sin embargo no responden sólo a una idealización que llega hasta “el centro” sino que nos es devuelta revestida de las cosas y purificada».

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Elementos africanos en «Zorayda la reina mora» de Juan Anchorena (y 2)

Veíamos en la entrada anterior cómo parte de la acción de Zoraida la reina mora[1] transcurre en África. Ocurre que Brahem, el gobernador de Marruecos, desea aprovechar la presencia del rey navarro y su valor como guerrero para apaciguar a los reinos rebeldes de Túnez y Tremezén. Y, en efecto, don Sancho sale a castigar en primer lugar la rebelión del rey de Túnez, lo que permite introducir esta descripción:

A cuatro leguas del mar, y situada en una llanura del África, a las márgenes de la Goleta, existe la ciudad de Túnez, edificada no lejos de las ruinas de la antigua Cartago. Su campiña es fértil, y en ella crecen hermosos olivares. Sus selvas ofrecen abundante y sabroso pasto para los ganados. Dicha ciudad está a la mitad de una vertiente, y presenta una figura casi oval. En la época de que venimos hablando, estaba defendida por buenas fortificaciones. Hoy es una ciudad abierta por haberlas arrasado y demolido los turcos, una vez apoderados de ella y del reino, a que da nombre (p. 275).

Poco después se indica que la ciudad carece de reservas de agua, razón por la que no puede sostener un bloqueo prolongado:

Para poder apreciar en lo que valían estas, conviene saber que ninguna fuente, ni pozo, ni arroyo existía en la ciudad de Túnez. Para suplir esta falta, los tejados de las casas, que sólo eran de un piso, se hallaban construidos en forma de terraplenes, con el fin de que las aguas pluviales pudiesen correr con más facilidad a dos grandes cisternas construidas con este objeto. Del agua contenida en ellas se servían los ciudadanos tanto para beber como para las demás necesidades. Verdad es que, extramuros de la ciudad, había un Dubian o pozo de agua viva, que se vendía por las calles. Pero ni [de] la de éste, ni [de] la de otros depósitos menos capaces, que también había, poco o nada se aprovechaba el pueblo, pues sus aguas se reservaban para el servicio del rey y sus oficiales y dignatarios de la corte. Mas, aun cuando el caudal de aguas fuese abundante, no podía contarse con ellas, por estar los pozos fuera de la ciudad, quedando, por consiguiente, para el uso del ejército sitiador (pp. 276-277).

Mapa del puerto de Cartago o Túnez
Mapa del puerto de Cartago o Túnez.

Los dos ejércitos se avistan al final cerca de la Goleta, «la cual, antes de ser fortificada por Barbarroja, no era más que una torre cuadrada próxima a la embocadura del mar, que desagua en el lago o estanque que existía delante de la ciudad» (p. 277). El ejército del rey de Túnez acomete «con la algazara acostumbrada, que se asemejaba a desorden» (p. 277). Don Sancho vence con facilidad al ejército de Túnez (más tarde hará lo mismo con el de Tremezén), y su rey jura fidelidad a Mahomad y aloja al de Navarra:

Agradecido por tan noble acción, el de Túnez le dispuso alojamiento, así como a los ricos-hombres, en su propio palacio; el cual estaba embellecido con torres, grandes pórticos, bellos jardines, retretes y cámaras suntuosamente adornadas. El palacio se hallaba situado enfrente de una soberbia mezquita, en la cual se veía un minarete o torre muy alta, de arquitectura tan bella, que constituía el mayor ornamento de la ciudad de Túnez (p. 279).

Dejando por un tiempo las andanzas de don Sancho, el narrador traslada la acción al palacio de Mahomad en la ciudad de Marruecos; se ofrece entonces la siguiente descripción de las habitaciones de la princesa mora:

En un patio cuyo suelo era de mármol finísimo, con infinidad de trabajos a la mosaica y hermosas fuentes, se halla una cámara cuyas paredes estaban revestidas con porcelana fina y enriquecidas con flores de colores. En ella se veía asimismo un lecho en forma de pabellón a la romana, de paño de oro, cercado con columnas de plata. Los colchones eran de brocado, y las extremidades de los paños del expresado pabellón, bordados en seda. Encima y debajo del lecho había innumerable cantidad de pieles de zibelinas, de precio inestimable, para impedir el frío; y las tablas estaban cubiertas con ricos tapices de Persia, tejidos de oro.

Cincuenta cristianos muzárabes hacían la guardia a la persona que en aquel momento ocupaba el lecho, ocupando las cámaras inmediatas.

Multitud de odaliscas se hallaban en la habitación descrita, no existiendo más hombres que los absolutamente necesarios, y a quienes daba derecho su alta posición y dignidad (p. 280).

Tumbada en el lecho está Zorayda, con un pequeño turbante a manera de gorra; en ese momento llega el médico acompañado de varios eunucos negros y con el correspondiente salvoconducto para entrar en la zona de las mujeres. Cuando va a tomarle el pulso, la mano de la princesa permanece tapada con una tela fina para evitar el contacto directo del médico con ella.

Pero pronto la acción nos hace volver con don Sancho: «Al sur de la ciudad de Marruecos se ve una cadena de montañas, llamadas el Gran Atlas, la cual separa la Berbería de Viledulgerid, de Oriente a Occidente, y un poco más allá existen los desiertos arenosos de la Numidia» (p. 297). Don Sancho y los navarros, engañados, son llevados hacia el Mediodía, al desierto de Sonda, y apostilla el narrador que «la descripción siguiente solo se entiende con el público no científico» (p. 297). Sigue, en efecto, una descripción bastante larga de ese desierto y de sus habitantes:

Por fin, después de haber atravesado un país lleno de dátiles, se encontró en el desierto de Sonda […], tierra muy pobre, que sólo contiene ese desierto árido y arenoso, inhabitable en su mayor parte, y de larga travesía, y en el cual no se encuentra una gota de agua. Por esta causa, los albergues son muy escasos, y aun éstos, lejanos los unos de los otros, en lugares donde hay lagos y algunos pantanos, y donde el aire es más templado. Los seres que en ellos viven son tan groseros, que más se asemejan a animales que a hombres. En algunos de ellos existen sitios con murallas de tierra; no hay ni ríos, ni fuentes, ni otra agua que la de algunos pozos inmundos o lagos; siendo estos tan escasos que los comerciantes que parten para el país de los negros, además de los camellos que se sirven para portar las mercancías, llevan otros sin más objeto que conducir agua. En los puntos del tránsito donde se encuentran los pozos que se han cavado, están rodeados por delante con huesos de camello a falta de piedra, y cubiertos con pieles de estos animales, para evitar que el viento de Oriente, que se levanta en el verano y que transporta de un lugar a otro las arenas, ciegue dichos pozos, abiertos con tanto afán. Las tempestades son algunas veces tan violentas, que los hombres y los camellos son por ellas oprimidos y cubiertos a la altura de una pica; lo terrible es comúnmente que cuando los viajeros arriban a los sitios donde están los pozos, no les pueden encontrar a causa de la gran cantidad de arena que les cubre, por lo que perecen de sed. El único remedio en tan angustiosa situación es degollar los camellos, con el fin de beber el agua contenida o depositada en sus vientres. Porque como pocos ignoran, cuando estos animales beben, lo hacen para doce o quince días, sin lo cual era imposible hacer un largo viaje. Esto suple la falta del agua, hasta que los viajeros llegan a puntos donde la hay, si antes no mueren en el camino. Las estaciones no son semejantes todos los años. Si llueve desde mediados de agosto hasta febrero, crece la hierba en abundancia, y produce mucho bien a los rebaños, que pasan de largo de los lagos. Cuando los mercaderes hacen el viaje después de estas lluvias, tienen la ventaja de encontrar muchos, y cantidad de beure a gran marché. Pero si las aguas faltan, sufren mucho, así como los habitantes del país; además que estas sequías van siempre acompañadas de grandes huracanes, que transportan montes de arena. Las cosechas son muy escasas, porque no se siembra sino cebada, y ésta en determinados puntos, lo que hace que los habitantes vivan con miseria. A esta excesiva sequía se atribuye la cantidad de animales monstruosos que se encuentran en este desierto, como leones, tigres y avestruces. Estos últimos son mayores que todas las aves, y algunos más grandes que un hombre a caballo. Los habitantes son groseros y salvajes, pero de tanta intrepidez, que esperan a pie firme un león o un tigre con tanta ferocidad como la que pueden tener estos animales. Cada jefe de familia es soberano en su cantón (pp. 297-299).

En este desierto el rey navarro matará un león que se abalanza sobre él, dando así una muestra más de su fuerza y valentía. Tras esta peripecia, regresa de nuevo junto a Zorayda:

Acompañado por Brahem y sus ministros hasta la puerta de la cámara de su amada, penetró don Sancho solo en ella, con el corazón rebosando de placer; las sombras de la tarde prestaban melancólica claridad a la estancia, y la luz, refractándose en los vivos colores de los pabellones, de los matelats de brocado y de los paños bordados de seda que guarnecían los ajimeces de la cámara, producía un color obscuro, que daba solemnidad a aquella cámara, que había sido teatro de sus amorosas ilusiones, y de Zorayda, totalmente disipadas. Afectado por esta idea, todos los objetos, por risueños que fuesen, participaban para él de la solemnidad de sus pensamientos (p. 304).

En fin, merced a la conjuras y maquinaciones del malvado Brahem, Zorayda muere envenenada, y caminamos hacia el final del episodio africano de la novela. El pueblo marroquí da muestras de compasión y tristeza por lo acontecido, y el rey don Sancho se consuela «considerando que una nación no es responsable de las crueldades de sus reyes y gobernantes» (p. 315). Entonces mira por última vez la ciudad, suspira (el último suspiro del cristiano) y llora, igual que haría en 1492 Boabdil al abandonar su amada ciudad de Granada:

Por fin, entre plácemes y despedidas, abandonaron la ciudad, para nunca más volver a verla; al mirar por última vez los altos minaretes de las mezquitas de Quivir y del Palacio, el rey suspiró y los contempló en silencio, reflexionando que los preparativos con que se ilusionaba se festejase su himeneo, y los regocijos y demostraciones acostumbrados en tales casos, se hubiesen convertido en fúnebres cantos y en dolorosas escenas; y por fin, lloró. Pero bien pronto las nubes que envolvían la alta cima del lejano Atlas, y que parecían despeñarse rodando por sus faldas, ocultaron de sus ojos la ciudad de Marruecos, que años atrás le prometió en sus ilusiones juveniles una aurora de brillante ventura, y hoy concluía por ser su ocaso, haciéndole experimentar, bien a su costa, la inconstancia y futilidad de las cosas humanas. A los pocos días se embarcaba en Túnez para Navarra; y bien pronto, conducidos por viento próspero, perdieron de vista el reino africano, con el vapor blanquecino que se elevaba del mar. Don Sancho contempló por última vez sus costas… lo cual le arrancó el último suspiro en territorio africano (p. 315)[2].


[1] Aunque la novela se escribió hacia el año 1859, no fue publicada hasta 1912, con motivo del Centenario de las Navas de Tolosa. La ficha completa es la siguiente: Juan Anchorena, Zorayda la reina mora: novela histórica de tiempos de Sancho VIII de Navarra, por… Con un prólogo crítica del Rdo. P. Antonio de P. Díaz de Castro (Barcelona, José Vilamala, 1912). He manejado un ejemplar de la Biblioteca Municipal de San Sebastián, sign. I 33-2 14.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“El último suspiro en territorio africano”: los amores marroquíes de Sancho el Fuerte de Navarra en Zorayda la reina mora de Juan Anchorena», en Actas del III Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Del 1 al 4 de noviembre de 2001. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Centro Asociado de Ceuta, Málaga, Editorial Algazara, 2002, pp. 109-120.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «La dama del rey»

Una nueva cala para determinar la actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence[1] la podemos hacer en la zarzuela de tema vascongado La dama del rey[2]. De escribir el libreto se encargó nuestro escritor, y le puso música Emilio Arrieta, siendo estrenada en Madrid en 1855. En esta obra hay dos coros que aluden al árbol de Guernica, como símbolo de las históricas libertades vascas, uno al principio:

Árbol santo de Guernica,
de los cántabros solaz;
a tu sombra se guarece
nuestra dulce libertad.
¡Oh, bien hayan los monarcas
que a tu tronco secular
la potente mano tienden
con munífico ademán!
Se ve entonces tu ramaje
de alborozo retemblar.
¡Corazón eres de un pueblo;
lo que él viva vivirás! (p. 20).

Y el coro final, que reitera esa misma idea, en alusión aquí a la visita de la reina doña Isabel para jurar los Fueros del Señorío de Vizcaya:

La reina bienhechora
los santos Fueros
viene a jurar.
Saluda a tu Señora,
la buena madre,
feliz solar.
Trono, un peñasco pobre;
copudo roble será el dosel.
Latidos las entrañas
de las montañas
den a Isabel (p. 52).

Árbol de Guernica

Me interesa destacar estos dos coros sobre el árbol de Guernica porque entre los papeles del Archivo de Navarro Villoslada he encontrado también una traducción parcial del «Guernicako arbola», que intenta mantener el ritmo musical y acentual del original de Iparraguirre:

¡Oh, roble de Guernica,
bendito del Señor!,
los vascongados te aman
de todo corazón.
Tu dulce sombra esparce
del mundo en derredor.
Nosotros te adoramos,
árbol de bendición.

Mil y mil años hace,
según la tradición,
¡oh roble de Guernica!,
que un ángel te plantó.
Alza siempre tu copa,
y más que nunca hoy;
denos el dulce abrigo
que a nuestros padres dio.

Un aspecto menos importante, aunque también relacionado con el tema del idioma, es la inclusión de un chiste, a propósito de la excesiva longitud de los apellidos vascos. Andrés, que viene a ser el “gracioso” de la zarzuela, trata de distraer a Pancracio, que busca a la amada del rey, diciéndole que se llama Blasa Iturreberrigorrigogeascogoe…, pero Pancracio le interrumpe: «Basta. / Tenéis por aquí apellidos / que pueden medirse a varas» (p. 25)[3].


[1] Esta es la expresión que Navarro Villoslada emplea con preferencia para referirse al idioma vasco.

[2] Cito por Francisco Navarro Villoslada, La dama del rey, en Obras completas, ed. de Segundo Otatzu Jaurrieta, vol. III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 15-52.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.