El otro día copiaba el poema «La huella» de Rafael Guillén, poeta español de la Generación del 50. Vaya para hoy este otro, también de Últimos poemas (Lo que nunca sabré decirte), en el que el sujeto lírico nos habla de su amor en el exótico marco de las calles de Jaipur (India).
Hawa-Mahal (El Palacio de los Vientos), Jaipur (India).
Dice así:
Un torrente de humanidad y blancos blusones —rostros cetrinos, venerables turbantes—, inundando las calles de Jaipur, entre los tenderetes de las aceras y los desperdicios esparcidos y los animales y sus inmundicias y rugientes motos y bicicletas y rickshaws y el griterío y, en el centro de la calzada, recostadas y displicentes, las sagradas vacas interrumpiendo el discurrir, ya de por sí caótico de aquella turbamulta.
Triscaban por las azoteas las cabras y algún ave de corral, y allí nosotros encumbrados sobre el gentío, encaramados en uno de esos mundos que conforman el nuestro, traspasando las coordenadas de una apenas asumible realidad.
Y te besé despacio, y transportado a otras esferas, confirmé en el beso mi certeza, ya vieja, de que había, ajeno a éste, muchos otros mundos —no ya en la misma órbita de aquel que pululaba a nuestros pies— que existían ocultos en la humedad de tantos labios, en la humedad doliente de tantos ojos, más alta de situaciones geográficas o costumbristas.
Y di en pensar si cuando un día esparzan nuestras cenizas, no irá en ellas pulverizado, alguno de esos mundos que nuestros versos van creando; como el que un día creamos por las azoteas de Jaipur[1].
[1] Rafael Guillén, Últimos poemas (Lo que nunca sabré decirte), Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2019, pp. 41-42.
En «Lejana herida»[1] el poeta constata la presencia segura de la muerte (comienza así: «Callada y segura, / la muerte vendrá un día y segará / mis primaveras vírgenes»; más adelante insiste: «la muerte vendrá un día y arrancará mi vida»; «callada y segura» se repite anafóricamente otras tres veces, subrayando obsesivamente esa conciencia de la propia muerte). En efecto, la presencia de la muerte se hace total y abrumadora en este poema, una muerte que servirá para cerrar —¿en qué sentido?— «aquella lejana herida de mi noche fría».
«Pasión oculta», igual que un poema anterior, va dedicado «A mi nieto Guillermo Rivell Amadoz». El germen inspirador es el nacimiento de ese niño, en el que ve el poeta un símbolo de todo ser que nace y se abre a la vida, de toda creación; de ahí que nos hable de nuevos destinos, de misterio naciente, de creación sin límites (abundan las imágenes positivas en la construcción del poema: rosa, viento, luz…) y que se refiera luego al fruto de «la pasión que se esconde detrás de cada rosa que nace». Es, en suma, un canto a la vida engendradora de vida.
«Te ha llegado la noche de tus sueños» (esta frase del título se repetirá más adelante) lleva una dedicatoria a Jorge Guillén, y está compuesto en la circunstancia de su fallecimiento: «te ha cogido la hermana muerte y te ha llevado de la mano». El poeta pondera
la pluma viva y densa del viento alado de tus versos, palabras desnudas que como firmes acantilados quiebran tus poemas y los elevan puntuales a la ágil danza de tus sueños;
[…]
ahí estás ya, florecido, primaveral y nuevo, con el poema perfecto, vertical y cuajado entre tus labios, llorando el gozo de la luz en la noche.
Después de su noche (su muerte), los lectores quedan «sedientos de tu canto», de su Cántico (título de la obra unitaria de Guillén, en un primer momento), de la emoción de su poesía, de «la fiebre callada y exacta de tu último poema».
«Caída luz en las verdes colinas (Para una invitación)» se dedica «A Belén y Arturo», compuesto por el poeta con motivo del enlace matrimonial de uno de sus hijos; es un poema «circunstancial», escrito para esas bodas, y son versos con sabor a canción epitalámica, que elogian el amor (equiparado a pascua de la luz, mañana, cielo azul, «escalada del destino / en crepúsculo luminoso de fe», etc.)[2].
[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética(1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
El poeta Rafael Guillén (Granada, 1933-Granada, 2023) forma parte de la generación del 50. Su producción literaria está jalonada por diversos reconocimientos: en 1994 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por Los estados transparentes (1993) y en 2003 fue Premio de la Crítica Andaluza por Las edades del frío (2002). En 2011 la Asociación Colegial de Escritores de España le concedió el Premio de las Letras Andaluzas «Elio Antonio de Nebrija» por el conjunto de su obra literaria. En 2014 fue Premio Internacional Federico García Lorca.
Una amplia selección de su obra quedó recogida en Estado de palabra (Antología 1956-2002), volumen editado por Francisco J. Peñas Bermejo (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2003). Otro libro antológico de sus poemas es Versos para los momentos perdidos (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2011). Además, se han publicado tres volúmenes de sus Obras Completas(Granada, Almed, 2010): dos de poesía y uno de narrativa y prosas varias[1]. Más recientemente han aparecido sus Últimos poemas (Lo que nunca sabré decirte) (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2019).
Copio hoy, de este último poemario, la composición titulada «La huella», que es la de la belleza y el amor:
Todo lo bello deja un hueco en el lugar en donde estuvo, como queda la huella de un cuadro en la pared en donde permaneció colgado un tiempo.
Así, por donde pasas, vas dejando sucesivas imágenes que, aunque invisibles, están ahí y que puedo ver con los ojos del amor. Son como migajas de hermosura, pequeñas vibraciones del aire, notas sueltas de una canción que tal vez nunca llegó a sonar.
Y no me esfuerzo en perseguir una gozosa cercanía porque el tacto es mucho menos real que este saberte presente en esta persistente huella, ese consuelo que me dejas cuando te vas, ese milagro que no termina[2].
[1] El lector interesado encontrará más información sobre Rafael Guillén y su obra en su web.
[2] Rafael Guillén, Últimos poemas (Lo que nunca sabré decirte), Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2019, p. 17.
María Socorro Latasa Miranda, nacida en Pamplona, reside en Aoiz (Navarra). Entre sus libros publicados se cuentan Arpegios de sombra herida (Aoiz, 1989), con prólogo de Charo Fuentes; Edad sin tiempo (Pamplona, Medialuna Ediciones, 1991) y Edad de niebla y otros poemas (s. l., COMAR, 2014). Desde la luz y el tiempo (Pamplona, Sahats, 2005) es la recopilación de la obra poética inédita del padre Damián Iribarren escrita entre 1965 y 2000, que incluye diez poemarios. Ha editado también Risa y ternura de unos papeles (Reflexiones sobre los caprichos de Goya), también del padre Damián Iribarren (Pamplona, Sahats, 2006).
En «De un lugar, de un tiempo, de una voz», palabras preliminares a Edad de niebla y otros poemas, escribe:
En este libro que ahora se presenta dividido en tres partes o secciones: Edad de niebla, Palabras a contrafuga y Otros poemas, he vuelto a plantearme, prácticamente, las mismas cuestiones [que en poemarios anteriores]. Vuelvo a centrarme en el proceso creativo adentrándome en esa región de niebla, abierta a todo lo posible, en la que indaga el intelecto, a la voluntad creativa —que ignora sus límites— y no sabe de dónde a dónde (p. 12).
Traigo hoy al blog su poema «¿Qué dejas en el aire?», perteneciente a Edad de niebla y otros poemas:
Asumes el instante propicio al desencuentro. Transitas la acrobacia de las horas.
¿Y qué dejas en el aire? La impronta[1] levedad de algunos signos, el gasto desleído de las cosas…
Sobre caminos de agua la sombra estremecida del silencio[2].
[1] Nótese el uso aquí de impronta con valor adjetival.
[2] María Socorro Latasa Miranda, Edad de niebla y otros poemas, s. l., COMAR, 2014. Modifico ligeramente la puntuación.
«Se hace simple la mente…»[1], que juega con la anáfora de «se hace», es una evocación de la muerte y de lo que hay —o, más bien aquí, no hay— tras ella: «Sopla el silencioso mar de la nada, […] se ha quedado dormida en su sueño inexistente. […] Se hace simple la mente / y ya no eres nada…». Algo más misterioso es «Ay, este cerrar mis ojos» («Ay» se repite anafóricamente en las cuatro estrofillas del poema). Habla la voz lírica de «volver mis ojos al río triste de la noche» (expresión que se repite); después se dirige a un tú femenino («iluminada y bella»), que bien podría referirse a la muerte.
Con «Poesía» (también glosado antes) volvemos al asunto del poder creacional de la palabra poética y la solidaridad humana. Destaca la anáfora de «así» y varios encabalgamientos abruptos, y por ello muy expresivos. Citemos el comienzo, donde apreciamos algunos ejemplos:
Así, en este mundo desconocido e idéntico de los que sufren como yo sufro, de los que viven y mueren cual yo vivo y muero, así en este mundo solitario, en el inmenso silencio atravesado de la soledad derramada, luciente y fría…
El poeta es, por definición, un solitario: habla de «esta gelidez de las almas / solas» y dice que «mi alma / partida apenas llora»; apunta entonces la solidaridad del poeta con el que es como él solitario, con el que sufre:
Voy llorando contigo que lloras, hermano, sin tú saberlo, amando contigo esto que tú amas.
Y concluye:
… esta parda ceniza que en tu amor late, este beso que, pendido de mis labios, a ti me ofrece enteramente, a ti.
En «Recóndita vena» (este sintagma ya se había utilizado al final del canto XXIII de El libro de la creación) el yo lírico se dirige a un Tú, con mayúscula, que se hace importante, que lo es todo para él:
Ya sé que Tú eres el aire puro que gravita y fija mi centro. Sé que eres el brillo de mis años y la densidad de mis noches, eres el final ya hecho de esta emprendida y aún no comenzada carrera.
Y sé que estás conmigo en vuelo perenne, y que sobre mis lados has de posar tu peso de Dios humanado.
Aunque mi muerte me robe, verdecida rosa tuya ha de brindar perfume que vitalice así mis huesos.
En ese constante movimiento pendular entre duda y fe a que nos tiene acostumbrados, el poeta se inclina ahora claramente por la trascendencia, por la confianza en ese Dios humanado que es Cristo (destaquemos, en el haber estilístico, la bella aliteración «posar tu peso» y la anáfora «Ya sé… Sé… Y sé…»).
«Rumores nocturnos» presenta una dedicatoria «A Guillermo Rivell Amadoz, pequeño niño»; se trata de un nieto, visto poéticamente como un «pequeño animal desnudo» de mirada franca, de «frágil y abierta sonrisa». El poema se carga en su primera parte de imágenes positivas: amanecer de pájaros, profundo mar, estrellas amantes, color inmarcesible de los besos castos, espuma, manantial, sonrisa, encanto, para ponderar la alegría de esa nueva vida que se abre a la vida, a «esta hegemonía de ser / entre tanta ventana abierta a lo imperfecto». Pese a su pequeñez, pese a su desnudez («y asomas como una creación balbuciente, impregnadora, / como un animal que camina manso y dulce sin espolearse»), el niño puede ser contemplado como un «rico vástago, capaz de mirar sin turbarte al Dios escondido». Se cierra con estos dos versos:
… te he visto en tu ausencia como si no tuvieras límites, te he visto en la sombra dibujada de mi nuevo mundo[2].
[1] Este poemario no fue publicado previamente de forma exenta, sino que quedó incorporado directamente al conjunto de su Obra poética(1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
El poeta Rafael Guillén (Granada, 1933-Granada, 2023) forma parte de la generación del 50. Su producción literaria está jalonada por diversos reconocimientos: en 1994 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por Los estados transparentes (1993) y en 2003 fue Premio de la Crítica Andaluza por Las edades del frío (2002). En 2011 la Asociación Colegial de Escritores de España le concedió el Premio de las Letras Andaluzas «Elio Antonio de Nebrija» por el conjunto de su obra literaria. En 2014 fue Premio Internacional Federico García Lorca. Una amplia selección de su obra quedó recogida en Estado de palabra (Antología 1956-2002), volumen editado por Francisco J. Peñas Bermejo (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2003). Otro libro antológico de sus poemas es Versos para los momentos perdidos (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2011). Además, se han publicado tres volúmenes de sus Obras Completas (Granada, Almed, 2010): dos de poesía y uno de narrativa y prosas varias[1]. Más recientemente han aparecido sus Últimos poemas (Lo que nunca sabré decirte) (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2019).
Traigo hoy al blog, de esta última recopilación, su hermoso poema titulado «La huella»:
Todo lo bello deja un hueco en el lugar en donde estuvo, como queda la huella de un cuadro en la pared en donde permaneció colgado un tiempo.
Así, por donde pasas, vas dejando sucesivas imágenes que, aunque invisibles, están ahí y que puedo ver con los ojos del amor. Son como migajas de hermosura, pequeñas vibraciones del aire, notas sueltas de una canción que tal vez nunca llegó a sonar.
Y no me esfuerzo en perseguir una gozosa cercanía porque el tacto es mucho menos real que este saberte presente en esta persistente huella, ese consuelo que me dejas cuando te vas, ese milagro que no termina[2].
[1] El lector interesado encontrará más información sobre Rafael Guillén y su obra en su web.
[2] Rafael Guillén, Últimos poemas (Lo que nunca sabré decirte), Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2019, p. 17.
Retomo —después de algún tiempo— la serie de recreaciones quijotescas en la lírica con el soneto «Lanza en ristre», del cubano Lorenzo Suárez Crespo (nacido en Bahía Honda, 1943), incluido en su libro Sé tu voz. Selección de sonetos (2021). Además de su faceta como poeta, Suárez Crespo ha ejercido la docencia (tanto en la enseñanza secundaria como en la universitaria) y ha publicado diversos libros para niños y antologías.
Su soneto quijotesco, que no requiere mayor comentario, dice así:
Aunque en Sancho y el Hado se te advierte, persiste, noble hidalgo, en la estocada y no habrá encantamientos, no habrá nada que insinúe al destino someterte.
Desde entonces afán es querer verte rendido en tus ofrendas a la amada Dulcinea, que espera enamorada al vencedor del tiempo y de la muerte.
Desfacer los entuertos, curar almas es el único templo donde calmas tu espíritu inmortal, alucinante.
¡Qué cuerda tu locura, Caballero, que a desdén de razón y de escudero, embridas nuevamente en Rocinante![1]
[1] Lorenzo Suárez Crespo, Sé tu voz. Selección de sonetos, Madrid, Ediciones Deslinde, 2021, p. 84.
Esta nueva entrega[1] insiste en ese cambio en el tratamiento de los temas poéticos con respecto a los primeros poemarios, en tanto en cuanto el poeta se sigue abriendo a un mundo nuevo de relaciones con los demás. El primer poema sirve para hacer balance, mira hacia el pasado, pero al mismo tiempo encara el futuro. Los que vienen después, otros diecisiete, son poemas bellos repletos de vivencias personales. Por lo demás, cabe destacar —de nuevo— la coherencia temática y de pensamiento que percibimos en todos los poemarios de José Luis Amadoz, los cuales se desarrollan en torno a unas pocas ideas nucleares que responden a unas mismas preocupaciones del autor. Por un lado, apreciamos que el poeta ha vuelto a caer en la noche fría, en la noche oscura (noche de la no fe, noche del miedo a lo desconocido tras la muerte): es el hombre que tiene la conciencia de su propia finitud y de la inexorabilidad de la muerte, en suma, el hombre que sigue caminando en medio de una aventura todavía irresuelta, en el permanente debate entre inmanencia y trascendencia (aunque aquí se acentuará ya el giro hacia la trascendencia).
Se trata de un tema largamente transitado en la producción lírica de Amadoz, pero renovado aquí en los poemas dedicados al nacimiento de los nietos, que reiteran el milagro del hombre que nace al ser. Ahora el yo lírico se muestra alegre por la llegada de esos nietos, el poeta se siente rejuvenecido, recobra la ilusión al ver y sentir esas nuevas vidas que se abren al gran misterio de ser hombre, no exento de dolores y tristezas. El poeta cantará, gozoso, ese regalo de la vida, la heroicidad cotidiana de ser hombre, el largo camino que cada hombre, que todos los hombres deben recorrer. Y en ese contexto se manifestará extraordinariamente la sensibilidad del poeta, que desea ahora vivirlo todo, estar en todo y con todos… Por otra parte, encontraremos la idea de que la poesía, como acto de creación, «diviniza» (hay un par de composiciones dedicadas específicamente al quehacer poético).
«Todos y solo» se abre con un lema de Kierkegaard; el poeta se encuentra solo y desea «salir de sí y hablar de tú a todo»; es entonces cuando recuerda tardes otoñales, tardes viejas cargadas de nostalgias y, «casi feliz a ratos», se pregunta por «este destino que Dios sólo / conoce». El poema se cierra con la expresión de su conciencia de la muerte, pero también con el apunte —tímido— de la esperanza en una vida futura:
Con todos, conmigo, con el gozo colmado del sol de cada día, con este techo que me cubre, todavía sin muerte, y estas rosas crecidas del jardín de la vida, con la entrega sobrada que comúnmente nos hace la dicha, con todo, y, sin embargo, qué solo, solo mirando hacia lugares nuevos que presiento, hacia parajes que reflejan vida plenamente, libre de obscurecidas apariencias, solo, desgarrado, deseando verlo todo, y amarlo todo con este fuego tan hundido, desconocido, solo, rasgado, en esta mordedura sangrante que a mí la vida me ha hecho con todo.
«Emanación poética» (poema dividido en nueve secuencias numeradas en romanos) lleva un lema y dedicatoria a Antonio Machado y es un apóstrofe a la palabra, una reflexión sobre la creación poética que ya comentamos al trazar la poética de Amadoz[2].
[1] Poemario no publicado previamente de forma exenta, sino incorporado directamente al conjunto de su Obra poética(1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
Las 1.300 páginas que alcanza El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra de Manuel Fernández y González[1] —el rey de la novela por entregas y folletinesca en la España de la segunda mitad del XIX— están llenas de aventuras y de amoríos, y no faltan en el relato los excesos y las excentricidades narrativas, como he tratado de mostrar con el repaso, a grandes pinceladas, de su estructura y contenido. Con tales mimbres se va fabricando este Cervantes personaje de ficción, que tiene sus puntas y ribetes de héroe romántico perseguido por la fatalidad, aunque a veces los sucesos evocados se alejen demasiado del núcleo narrativo principal. Sabemos que el autor hace gala de una fantasía desmesurada y que tiene una verbosidad torrencial, y ocurre, en efecto, en ocasiones que quien debería ser el protagonista central queda algo desdibujado, relegado a un segundo plano de importancia, o incluso desaparece por completo del foco narrativo: así sucede cuando sus aventuras quedan sepultadas por las de una multitud de personajes secundarios, cuyas historias —como pasa con las cerezas— van saliendo enredadas unas con otras. La desaforada fantasía de Fernández y González nos brinda el retrato de un Cervantes genial, dueño de un alma fácilmente impresionable, capaz de enamorarse de dos, de tres y aun de cuatro mujeres a la vez. Y no, no es que el escritor sea un partidario avant la lettre del poliamor, sino que su desbordada imaginación de artista genial se deja atrapar fácilmente por la belleza en general, y en particular por la belleza de cuantas mujeres hermosas se cruzan en su vida, que no son pocas: doña Magdalena, donna Beatriz, Abigail, la duquesa de Puente de Alba, Paulina, doña Inés Rojas de Arias, Noemí, Darahimaráh… y hasta Aldonza Lorenzo, su particular Dulcinea de senectud. Alma de poeta embriagada por el amor, de todas se enamora Cervantes… y todas se enamoran de Cervantes.
Con las características señaladas, obvio es decir que no se puede pedir al relato mayor profundidad psicológica, ni una descripción detallada de las motivaciones de los personajes, ni una coherencia lógica en sus pensamientos y acciones, ni nada por el estilo. Sería tanto como pedir cotufas en el golfo. Todo está puesto aquí a mayor gloria de la acción, a la que se sacrifica todo lo demás, siendo la novela un continuo sucederse de lances y peripecias encaminado a mantener de manera sostenida el interés del lector. Se entenderá igualmente que en todos estos episodios de intriga, aunque se parta de ciertos datos de la biografía cervantina —los conocidos a la altura de los años 70 del siglo XIX—, caben las licencias literarias y los anacronismos, sean estos voluntarios o resultado del descuido o desconocimiento del autor. Tampoco tiene mucho sentido hablar de la calidad literaria de esta producción, que hay que entender y valorar en el contexto de la novela por entregas, con sus características y sus limitaciones. En fin, la imaginación sin límites de Fernández y González fluye torrencialmente a lo largo de estos trece cientos de páginas —ni una más, ni una menos—, en la que constituye —y creo no equivocarme al afirmarlo así— la más desmesurada y excéntrica de cuantas recreaciones cervantinas se han escrito hasta la fecha. Y el escritor sevillano puso tan alto el listón, a estos efectos, en su descomunal novela-río, que sin duda resultará muy difícil de superar en el futuro[2].
[1] La ficha de la novela es: Manuel Fernández y González, El Príncipe de los Ingenios Miguel de Cervantes Saavedra. Novela histórica por don… Ilustrada con magníficas láminas del renombrado artista don Eusebio Planas, Barcelona, Establecimiento Tipográfico-Editorial de Espasa Hermanos, s. a. [c. 1876-1878], 2 vols.
Los dos siguientes poemas[1] presentan, como en un díptico, a «Mi hombre en su noche» y a «Cada hombre en su sombra». En el primero (que lleva un lema del propio Amadoz) el poeta se siente alumbrado por la fe de sus antepasados: aunque sabe que debe entregarse a la muerte fiera, espera ansioso un mañana que le permita quedar «anclado en la serena vida de las estrellas», y por ello quiere levantar «el lábaro mortecino de mi fe». Confía plenamente en un más allá: «he decidido llamar a tu puerta en esta multiplicada noche de mi fe para esperar ansioso tu mañana». Y termina así:
Y ya no puedo llorar como cuando era niño, tengo vergüenza de anciano y peso en mis pies de abanderado, soy un turbio mensaje programado en la fe de mis viejos y la sombra de los antiguos lagos de tus senos, soy un turbio mensajero de una noche de tinieblas densas alimentado en la fe de mis antepasados, quiero abrir mis ojos y brotar en fuego de espera confiada, brotar como un manantial que no sabe de su frescor ni antaño, como una vieja canción que se extingue por sí sola dejando fe en los labios y ardor en los ojos para ver tu sombra, quiero alumbrar sin miedo a la fe de mis antepasados y sacudir mi pecho con jirones de estrella.
El segundo, dedicado a su amigo Hilario Martínez Úbeda, habla de «cada hombre en su destino como un parto inacabado», sintiendo «la dulce caricia de la oscura luz que le guía». El título, «Cada hombre en su sombra (Elegías innominadas)», guarda relación con el del anterior poema. El hombre (en este hombre anónimo hay que ver a la Humanidad entera) es una sombra que espera ser alumbrada por «la dulce caricia de la oscura luz que le guía»[2].
En «Esperaré el milagro», en medio de guerras, odios y atrocidades («en este mundo loco / de las guerras y el desorden»; se alude al muro de Berlín, a las masacres de la vieja Yugoslavia…), el poeta espera la paz, el AMOR, la sabiduría del ÁNGEL COMPASIVO[3], «la voz que suena a Dios / y despierta de nuevo / la vergüenza del hombre», para que se abran las puertas del amor que «fecunda el futuro del mundo / en una nueva ventisca / de milagrosa paz». La condición humana siempre ha sido igual: de crueldad frente al otro, pero al mismo tiempo hay en ella una voz de esperanza en un futuro mejor.
El penúltimo poema es «Murmullos de paz (Diario de la guerra, día 7 de febrero)»; va dedicado a Juana Amadoz y está dividido en diez breves secuencias numeradas en romanos, más un lema que se repite al final con una ligera variación. De nuevo muestra el poeta su esperanza en que la paz vuelva a reinar sobre el mundo: «un murmullo de paz hará su guardia / fiel y calladamente»; «la paz retornará como un fruto maduro sumiso a su instinto», «brota una rama tierna preñada de palomas». El yo lírico se confiesa enamorado de la paz, a la que canta y apostrofa en la secuencia VII:
Con qué gozo he contemplado tu rostro escondido, como una suave aurora has brotado honda y serena, y pienso que estás ahí, paz dormida, silenciosa, esperando ser exaltada por el unánime clamor de mi hombre.
El poema adquiere después, en la secuencia IX, un tono esponsal (como veíamos antes cuando trataba de la libertad):
Llamaré a tu puerta de paz como un viejo enamorado, hasta celebrar mis bodas más perennes, te miraré a los ojos de frente, clamaré sin estrépito por todos los rincones, te sacaré de tu sueño.
Y al final le dice: «serás como un poema que ya no se desvanece, / serás como un oculto ángel de paz vistiendo el valle».
Elegías innominadas se cierra con una versión en castellano del poema original en inglés de Maya Angelou «On the pulse of morning», leído por la poetisa el día de la proclamación como presidente de los Estados Unidos de William Jefferson Clinton, en enero de 1993. Aparece bajo el título de «En el nuevo amanecer (Poema total)» y constituye un buen compendio de ese mañana esperanzado anhelado por el poeta para todo el mundo, para todos los hombres[4].
[1] Poemario no publicado previamente de forma exenta, sino incorporado directamente al conjunto de su Obra poética(1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
[2] Notemos el símil: «Cada destino es como una siembra de otoño, / un manantial que trémulo se esconde de la caricia de la tierra», junto con la repetición de «nadie sabe de su destino».
[3] Llamo la atención sobre la anáfora de «Siempre» y la presencia de palabras como SIEMPRE o AMOR destacadas tipográficamente.
[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.