La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (2)

En el poema número 4, el poeta (el yo lírico) entra en comunicación con un tú, el de la mujer amada, del que pondera su «crecida belleza». El poeta sigue estando en soledad y apartamiento, como indican las imágenes «este nido apartado / de mi vida», «mi fuego / silenciado», «el hundido / fondo de mi sentida / rosa»[1]. El poeta es feliz apartado, mientras que la amada es rosa «enarbolada / en la labrantía de mi terruño pecho». El poeta anuncia que de su «mar recóndito» saldrá «el agudo coral de mi alma, / penetrado en tu más divino verbo»[2].

Después (poema 5), el poeta se dirige a un interlocutor distinto, la «hora desmedida» que vibra «la raíz última de mi último poema». El destinatario es un tanto ambiguo: ¿se sigue refiriendo a la amada o se trata de una alusión a la hora final de la muerte? Sea como sea[3], anuncia «mi deseo / de armar las cosas con mis labios» en «este gris otoño / en que todo pardea», de «llenar con tu fruto / mi vuelo vacío».

Rosa

El poema 6 es una composición altamente afirmativa: «mi rosa plena en su perfume», «el lejano fuego de mi palabra», «tu pereza / bella en el lindo marco de mi ensueño», «comienzo a ser hombre», «siento / inmensamente todo / lo alumbradizo y callado que todos / llevamos guardado», «mi tesoro / de hombre se va aclarando»… La composición se remata con un bello final, en el que el yo lírico es un «ermitaño puro» que tiene su sol guardado, es decir,

el reflejo agrandado
del Dios que en nuestra sangre
hermanado quiso abrir en nosotros
su caudal de fuego.
Tengo el soñar
eternizado del mundo en mis labios
sinceros retornado.

Luego de esta alusión al Dios humanado (que reaparecerá en distintos poemarios), encontramos en el poema 7 que el poeta se siente «huido del mundo»; afirma: «ya niño estoy disolviendo / las cosas al mirar», y también que quiere «tener presta mi pobre esperanza», «mis sangrantes / labios llenos de fuego»; con el deseo de que «enflore mi pecho calado», de que pueda ser en todo y llorar «en esta canción que han plantado en mis manos»[4].


[1] La rosa será un símbolo tradicional reiterado en la poesía de Amadoz (véase Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 67, nota 35).

[2] «Llama la atención del lector atento la riqueza interior en la que todo, las cosas todas, incluso Dios, cobran nueva expresividad y se convierten en símbolos de lo individual intransferible. […] La amada se convierte así en ‘la raíz última de mi último poema’, es decir que ella es ella y es, también, la creación última de él» (Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 64).

[3] Fernández González, en «Río Arga» y sus poetas, p. 65, lo entiende referido a la amada: «Amor profundo, exento del entusiasmo erótico de otros poetas, pero que supone una entrega total […]. Alguien diría que estos versos resuenan con ecos románticos o de “dolce stil nuevo”. Y sin embargo no responden sólo a una idealización que llega hasta “el centro” sino que nos es devuelta revestida de las cosas y purificada».

[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Elementos africanos en «Zorayda la reina mora» de Juan Anchorena (y 2)

Veíamos en la entrada anterior cómo parte de la acción de Zoraida la reina mora[1] transcurre en África. Ocurre que Brahem, el gobernador de Marruecos, desea aprovechar la presencia del rey navarro y su valor como guerrero para apaciguar a los reinos rebeldes de Túnez y Tremezén. Y, en efecto, don Sancho sale a castigar en primer lugar la rebelión del rey de Túnez, lo que permite introducir esta descripción:

A cuatro leguas del mar, y situada en una llanura del África, a las márgenes de la Goleta, existe la ciudad de Túnez, edificada no lejos de las ruinas de la antigua Cartago. Su campiña es fértil, y en ella crecen hermosos olivares. Sus selvas ofrecen abundante y sabroso pasto para los ganados. Dicha ciudad está a la mitad de una vertiente, y presenta una figura casi oval. En la época de que venimos hablando, estaba defendida por buenas fortificaciones. Hoy es una ciudad abierta por haberlas arrasado y demolido los turcos, una vez apoderados de ella y del reino, a que da nombre (p. 275).

Poco después se indica que la ciudad carece de reservas de agua, razón por la que no puede sostener un bloqueo prolongado:

Para poder apreciar en lo que valían estas, conviene saber que ninguna fuente, ni pozo, ni arroyo existía en la ciudad de Túnez. Para suplir esta falta, los tejados de las casas, que sólo eran de un piso, se hallaban construidos en forma de terraplenes, con el fin de que las aguas pluviales pudiesen correr con más facilidad a dos grandes cisternas construidas con este objeto. Del agua contenida en ellas se servían los ciudadanos tanto para beber como para las demás necesidades. Verdad es que, extramuros de la ciudad, había un Dubian o pozo de agua viva, que se vendía por las calles. Pero ni [de] la de éste, ni [de] la de otros depósitos menos capaces, que también había, poco o nada se aprovechaba el pueblo, pues sus aguas se reservaban para el servicio del rey y sus oficiales y dignatarios de la corte. Mas, aun cuando el caudal de aguas fuese abundante, no podía contarse con ellas, por estar los pozos fuera de la ciudad, quedando, por consiguiente, para el uso del ejército sitiador (pp. 276-277).

Mapa del puerto de Cartago o Túnez
Mapa del puerto de Cartago o Túnez.

Los dos ejércitos se avistan al final cerca de la Goleta, «la cual, antes de ser fortificada por Barbarroja, no era más que una torre cuadrada próxima a la embocadura del mar, que desagua en el lago o estanque que existía delante de la ciudad» (p. 277). El ejército del rey de Túnez acomete «con la algazara acostumbrada, que se asemejaba a desorden» (p. 277). Don Sancho vence con facilidad al ejército de Túnez (más tarde hará lo mismo con el de Tremezén), y su rey jura fidelidad a Mahomad y aloja al de Navarra:

Agradecido por tan noble acción, el de Túnez le dispuso alojamiento, así como a los ricos-hombres, en su propio palacio; el cual estaba embellecido con torres, grandes pórticos, bellos jardines, retretes y cámaras suntuosamente adornadas. El palacio se hallaba situado enfrente de una soberbia mezquita, en la cual se veía un minarete o torre muy alta, de arquitectura tan bella, que constituía el mayor ornamento de la ciudad de Túnez (p. 279).

Dejando por un tiempo las andanzas de don Sancho, el narrador traslada la acción al palacio de Mahomad en la ciudad de Marruecos; se ofrece entonces la siguiente descripción de las habitaciones de la princesa mora:

En un patio cuyo suelo era de mármol finísimo, con infinidad de trabajos a la mosaica y hermosas fuentes, se halla una cámara cuyas paredes estaban revestidas con porcelana fina y enriquecidas con flores de colores. En ella se veía asimismo un lecho en forma de pabellón a la romana, de paño de oro, cercado con columnas de plata. Los colchones eran de brocado, y las extremidades de los paños del expresado pabellón, bordados en seda. Encima y debajo del lecho había innumerable cantidad de pieles de zibelinas, de precio inestimable, para impedir el frío; y las tablas estaban cubiertas con ricos tapices de Persia, tejidos de oro.

Cincuenta cristianos muzárabes hacían la guardia a la persona que en aquel momento ocupaba el lecho, ocupando las cámaras inmediatas.

Multitud de odaliscas se hallaban en la habitación descrita, no existiendo más hombres que los absolutamente necesarios, y a quienes daba derecho su alta posición y dignidad (p. 280).

Tumbada en el lecho está Zorayda, con un pequeño turbante a manera de gorra; en ese momento llega el médico acompañado de varios eunucos negros y con el correspondiente salvoconducto para entrar en la zona de las mujeres. Cuando va a tomarle el pulso, la mano de la princesa permanece tapada con una tela fina para evitar el contacto directo del médico con ella.

Pero pronto la acción nos hace volver con don Sancho: «Al sur de la ciudad de Marruecos se ve una cadena de montañas, llamadas el Gran Atlas, la cual separa la Berbería de Viledulgerid, de Oriente a Occidente, y un poco más allá existen los desiertos arenosos de la Numidia» (p. 297). Don Sancho y los navarros, engañados, son llevados hacia el Mediodía, al desierto de Sonda, y apostilla el narrador que «la descripción siguiente solo se entiende con el público no científico» (p. 297). Sigue, en efecto, una descripción bastante larga de ese desierto y de sus habitantes:

Por fin, después de haber atravesado un país lleno de dátiles, se encontró en el desierto de Sonda […], tierra muy pobre, que sólo contiene ese desierto árido y arenoso, inhabitable en su mayor parte, y de larga travesía, y en el cual no se encuentra una gota de agua. Por esta causa, los albergues son muy escasos, y aun éstos, lejanos los unos de los otros, en lugares donde hay lagos y algunos pantanos, y donde el aire es más templado. Los seres que en ellos viven son tan groseros, que más se asemejan a animales que a hombres. En algunos de ellos existen sitios con murallas de tierra; no hay ni ríos, ni fuentes, ni otra agua que la de algunos pozos inmundos o lagos; siendo estos tan escasos que los comerciantes que parten para el país de los negros, además de los camellos que se sirven para portar las mercancías, llevan otros sin más objeto que conducir agua. En los puntos del tránsito donde se encuentran los pozos que se han cavado, están rodeados por delante con huesos de camello a falta de piedra, y cubiertos con pieles de estos animales, para evitar que el viento de Oriente, que se levanta en el verano y que transporta de un lugar a otro las arenas, ciegue dichos pozos, abiertos con tanto afán. Las tempestades son algunas veces tan violentas, que los hombres y los camellos son por ellas oprimidos y cubiertos a la altura de una pica; lo terrible es comúnmente que cuando los viajeros arriban a los sitios donde están los pozos, no les pueden encontrar a causa de la gran cantidad de arena que les cubre, por lo que perecen de sed. El único remedio en tan angustiosa situación es degollar los camellos, con el fin de beber el agua contenida o depositada en sus vientres. Porque como pocos ignoran, cuando estos animales beben, lo hacen para doce o quince días, sin lo cual era imposible hacer un largo viaje. Esto suple la falta del agua, hasta que los viajeros llegan a puntos donde la hay, si antes no mueren en el camino. Las estaciones no son semejantes todos los años. Si llueve desde mediados de agosto hasta febrero, crece la hierba en abundancia, y produce mucho bien a los rebaños, que pasan de largo de los lagos. Cuando los mercaderes hacen el viaje después de estas lluvias, tienen la ventaja de encontrar muchos, y cantidad de beure a gran marché. Pero si las aguas faltan, sufren mucho, así como los habitantes del país; además que estas sequías van siempre acompañadas de grandes huracanes, que transportan montes de arena. Las cosechas son muy escasas, porque no se siembra sino cebada, y ésta en determinados puntos, lo que hace que los habitantes vivan con miseria. A esta excesiva sequía se atribuye la cantidad de animales monstruosos que se encuentran en este desierto, como leones, tigres y avestruces. Estos últimos son mayores que todas las aves, y algunos más grandes que un hombre a caballo. Los habitantes son groseros y salvajes, pero de tanta intrepidez, que esperan a pie firme un león o un tigre con tanta ferocidad como la que pueden tener estos animales. Cada jefe de familia es soberano en su cantón (pp. 297-299).

En este desierto el rey navarro matará un león que se abalanza sobre él, dando así una muestra más de su fuerza y valentía. Tras esta peripecia, regresa de nuevo junto a Zorayda:

Acompañado por Brahem y sus ministros hasta la puerta de la cámara de su amada, penetró don Sancho solo en ella, con el corazón rebosando de placer; las sombras de la tarde prestaban melancólica claridad a la estancia, y la luz, refractándose en los vivos colores de los pabellones, de los matelats de brocado y de los paños bordados de seda que guarnecían los ajimeces de la cámara, producía un color obscuro, que daba solemnidad a aquella cámara, que había sido teatro de sus amorosas ilusiones, y de Zorayda, totalmente disipadas. Afectado por esta idea, todos los objetos, por risueños que fuesen, participaban para él de la solemnidad de sus pensamientos (p. 304).

En fin, merced a la conjuras y maquinaciones del malvado Brahem, Zorayda muere envenenada, y caminamos hacia el final del episodio africano de la novela. El pueblo marroquí da muestras de compasión y tristeza por lo acontecido, y el rey don Sancho se consuela «considerando que una nación no es responsable de las crueldades de sus reyes y gobernantes» (p. 315). Entonces mira por última vez la ciudad, suspira (el último suspiro del cristiano) y llora, igual que haría en 1492 Boabdil al abandonar su amada ciudad de Granada:

Por fin, entre plácemes y despedidas, abandonaron la ciudad, para nunca más volver a verla; al mirar por última vez los altos minaretes de las mezquitas de Quivir y del Palacio, el rey suspiró y los contempló en silencio, reflexionando que los preparativos con que se ilusionaba se festejase su himeneo, y los regocijos y demostraciones acostumbrados en tales casos, se hubiesen convertido en fúnebres cantos y en dolorosas escenas; y por fin, lloró. Pero bien pronto las nubes que envolvían la alta cima del lejano Atlas, y que parecían despeñarse rodando por sus faldas, ocultaron de sus ojos la ciudad de Marruecos, que años atrás le prometió en sus ilusiones juveniles una aurora de brillante ventura, y hoy concluía por ser su ocaso, haciéndole experimentar, bien a su costa, la inconstancia y futilidad de las cosas humanas. A los pocos días se embarcaba en Túnez para Navarra; y bien pronto, conducidos por viento próspero, perdieron de vista el reino africano, con el vapor blanquecino que se elevaba del mar. Don Sancho contempló por última vez sus costas… lo cual le arrancó el último suspiro en territorio africano (p. 315)[2].


[1] Aunque la novela se escribió hacia el año 1859, no fue publicada hasta 1912, con motivo del Centenario de las Navas de Tolosa. La ficha completa es la siguiente: Juan Anchorena, Zorayda la reina mora: novela histórica de tiempos de Sancho VIII de Navarra, por… Con un prólogo crítica del Rdo. P. Antonio de P. Díaz de Castro (Barcelona, José Vilamala, 1912). He manejado un ejemplar de la Biblioteca Municipal de San Sebastián, sign. I 33-2 14.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“El último suspiro en territorio africano”: los amores marroquíes de Sancho el Fuerte de Navarra en Zorayda la reina mora de Juan Anchorena», en Actas del III Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Del 1 al 4 de noviembre de 2001. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Centro Asociado de Ceuta, Málaga, Editorial Algazara, 2002, pp. 109-120.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «La dama del rey»

Una nueva cala para determinar la actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence[1] la podemos hacer en la zarzuela de tema vascongado La dama del rey[2]. De escribir el libreto se encargó nuestro escritor, y le puso música Emilio Arrieta, siendo estrenada en Madrid en 1855. En esta obra hay dos coros que aluden al árbol de Guernica, como símbolo de las históricas libertades vascas, uno al principio:

Árbol santo de Guernica,
de los cántabros solaz;
a tu sombra se guarece
nuestra dulce libertad.
¡Oh, bien hayan los monarcas
que a tu tronco secular
la potente mano tienden
con munífico ademán!
Se ve entonces tu ramaje
de alborozo retemblar.
¡Corazón eres de un pueblo;
lo que él viva vivirás! (p. 20).

Y el coro final, que reitera esa misma idea, en alusión aquí a la visita de la reina doña Isabel para jurar los Fueros del Señorío de Vizcaya:

La reina bienhechora
los santos Fueros
viene a jurar.
Saluda a tu Señora,
la buena madre,
feliz solar.
Trono, un peñasco pobre;
copudo roble será el dosel.
Latidos las entrañas
de las montañas
den a Isabel (p. 52).

Árbol de Guernica

Me interesa destacar estos dos coros sobre el árbol de Guernica porque entre los papeles del Archivo de Navarro Villoslada he encontrado también una traducción parcial del «Guernicako arbola», que intenta mantener el ritmo musical y acentual del original de Iparraguirre:

¡Oh, roble de Guernica,
bendito del Señor!,
los vascongados te aman
de todo corazón.
Tu dulce sombra esparce
del mundo en derredor.
Nosotros te adoramos,
árbol de bendición.

Mil y mil años hace,
según la tradición,
¡oh roble de Guernica!,
que un ángel te plantó.
Alza siempre tu copa,
y más que nunca hoy;
denos el dulce abrigo
que a nuestros padres dio.

Un aspecto menos importante, aunque también relacionado con el tema del idioma, es la inclusión de un chiste, a propósito de la excesiva longitud de los apellidos vascos. Andrés, que viene a ser el “gracioso” de la zarzuela, trata de distraer a Pancracio, que busca a la amada del rey, diciéndole que se llama Blasa Iturreberrigorrigogeascogoe…, pero Pancracio le interrumpe: «Basta. / Tenéis por aquí apellidos / que pueden medirse a varas» (p. 25)[3].


[1] Esta es la expresión que Navarro Villoslada emplea con preferencia para referirse al idioma vasco.

[2] Cito por Francisco Navarro Villoslada, La dama del rey, en Obras completas, ed. de Segundo Otatzu Jaurrieta, vol. III, Pamplona, Mintzoa, 1992, pp. 15-52.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.

Poesía de Adviento: «… y avívanos la esperanza», de Jesús Mauleón

El Adviento es esperanza, la esperanza, salvación;
ya se acerca el Señor.
Preparemos los caminos, los caminos del amor,
escuchemos su voz.

(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor»,
Nuevos cantos de Adviento y Navidad)

Vaya para hoy, tercer domingo de Adviento (domingo Gaudete, de estar alegres), esta sencilla composición de Jesús Mauleón, sacerdote y poeta que ha cantó con frecuencia esta temática del Adviento y la Navidad. El poema (una décima), que se concibe como una oración en apóstrofe al «Jesucristo del Adviento» rematada con su correspondiente «Amén», no precisa mayor explicación.

Segunda venida de Cristo

No todo es humo ni viento
si retrasas tu venida,
que ya estás en nuestra vida,
Jesucristo del Adviento.
A veces es tan violento
este mundo con su danza
que la impaciencia no alcanza
a esperar lo prometido.
Mátanos el sinsentido
y avívanos la esperanza.

Amén[1].


[1] Publicado por el autor en Religión digital, el 25 de noviembre de 2015, de donde lo tomo.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (1)

La Obra poética (1955-2005) de José Luis Amadoz se compone de ocho poemarios[1]. De ellos, tres fueron publicados en su momento como libros exentos: Sangre y vida (Pamplona, Ediciones Morea, 1963, que recoge poemas de los años 1955-1958), Límites de exilio (Pamplona, Ediciones Morea, 1966, con composiciones del periodo 1960-1966) y El libro de la creación (Pamplona, Gráficas Iruña, 1980, que reúne su actividad poética entre 1968 y 1974). Por otra parte, hay otros cinco poemarios, formados por poemas tanto inéditos como publicados sueltos en la revista Río Arga[2], pero que su autor no había dado a las prensas —por las razones que ya apuntamos— como libros independientes. Para esta recopilación del conjunto de su obra, Amadoz los ha reordenado y agrupado definitivamente[3] bajo estos títulos: Elegías innominadas (1981-1993), Poemas para un acorde transitorio (1992-1994), Mito de Andrós (1995-1998), Pasión oculta (2000-2002) y Callado retorno (2003-2005).

En sucesivas entradas, examinaremos el contenido de cada uno de estos ocho poemarios, analizando cuestiones de estructura, versificación y estilo, los principales temas y motivos, las imágenes y los símbolos manejados por el poeta, comenzando por Sangre y vida (1955-1958).

Cubierta del libro: José Luis Amadoz, Sangre y vida, Pamplona, Ediciones Morea, 1963

El primer poemario de José Luis Amadoz, Sangre y vida, que incluye poemas escritos entre 1955 y 1958, se publicó en 1963, en Pamplona, por Ediciones Morea, como número 3 de su colección[4]. Se trata de un poemario dividido en tres secciones: «De mi recogida belleza»[5], «Transfondo de mujer» y «Sangre y vida», que agrupan diez, seis y veinte poemas, respectivamente, numerados en arábigos. Nos encontramos, en esta primera incursión de Amadoz por los territorios de la poesía[6], con un poemario intimista, con versos en los que el poeta vuelca su corazón y su vida. En la primera parte, como ya parece sugerir el título[7], escribe solo, apartado de los demás, desde un íntimo recogimiento. A veces se identifica con un niño pequeño, con un pájaro en su nido, con un ermitaño, e introduce imágenes similares que hablan de apartamiento y fragilidad. Aunque en este primer libro poético predomina claramente la inmanencia, ya desde el tercer poema —en el que aparece la presencia de la muerte— queda apuntado el tema de la búsqueda de Dios. Los temas principales del poemario son la vida, el amor y la mujer, por un lado; en segundo término, la creación poética; y, en un plano de menor importancia, la reflexión sobre el hombre y Dios.

El desamparo, la soledad de la voz lírica, quedan patentes en el primer poema de «De mi recogida belleza», que comienza con el verso «Me han vuelto a mirar raro», y es frase que se repite más adelante. El poeta anuncia que la escritura va a ser reflejo de su sentimiento interior:

… sirvo
al corazón que se abre y madura
en este poema que deseara
fuera inmenso,
y planto las raíces rojas
de mi vida, a cielo suelto, en la helada
soledad de este viento que hoy me arrastra
y me hiere fieramente…

El segundo poema sigue por la misma línea de mostrarnos la íntima soledad y el desvalimiento del yo lírico («Sigo recreándome solo, en esta / mi pasión oculta»[8]), pero se abre ya a la presencia de la mujer y su belleza:

Sigo bebiendo, manantial sonoro, de lo inalcanzable, sigo cuajando
lo bello y hermoso que mi alma en surco hiere
los ojos.

En estos versos el poeta hace inventario de lo que tiene: «tengo palabras mudas […] / y tengo vida tejida / de muerte», y sobre todo: «te tengo a ti que reclamas / sin egoísmo un amor cualquiera, linda / mujer que arrancas de tu vacío vano / lo presto a embellecerse». Amor, belleza y creación poética se aúnan, pues anuncia ahora que busca «la eterna palabra / verdecida que el otoño no dora».

Un avance, un paso más allá lo tenemos en el tercer poema, que comienza «Uno está escondido, ya postergado…»; el yo lírico, nos dice, «busca luz / de dentro» y siente «deseos de amarlo todo». El poema se tiñe de expresiones de sabor místico («revelación mística»), se afirma expresamente que «la mística renueva / la vida entera». Al final, de ese impersonal «uno» que aparece en el poema se dice que

huye del mundo, de la gente, y busca
todo, busca sólo el sentido puro,
lo inmancillado, busca
el Dios achicado dando razón
de todo, y el beso mórbido
que señale la muerte:
ya dormido en sus brazos.

Apreciamos una progresión significativa en estos tres primeros poemas de Sangre y vida: en el primero, el poeta se nos mostraba solo; en el segundo, aparece la compañera amada; en el tercero, se menciona a Dios y la voluntad de echarse en sus brazos tras la muerte física, es decir, la idea de una trascendencia anhelada, aquí solo apuntada, pero que se desarrollará más ampliamente en poemarios posteriores, hasta acabar dominando totalmente en el último, Callado retorno. Así lo significa Fernández González:

Los poemas que van del tercero al octavo son un canto al amor y a la amada desde la interioridad más gozosa que se resuelve en un canto con melodías místicas (Dios, las cosas y tú fundidos en la luz de dentro, sin falsedad ni engaño)[9].


[1] Para una primera aproximación a la figura (vida y obra) de Amadoz, remito al capítulo «José Luis Amadoz Villanueva», en Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, pp. 63-78, palabras que se reproducen en otro libro suyo, Historia literaria de Navarra. El siglo XX. Poesía y teatro, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2004, pp. 166-176. En el trabajo de Charo Fuentes y Tomás Yerro, «Río Arga», revista poética navarra. Estudio y antología, Pamplona, Imprenta Garrasi, 1988, se alude a Amadoz en el capítulo II, «Gestación de la revista», y se le dedican las pp. 117-122 de la antología final.

[2] Al preparar esta Obra poética, el autor ha optado por no indicar en ningún caso la procedencia de aquellos poemas previamente publicados. Pero quien esté interesado puede consultar los datos ofrecidos por Ángel-Raimundo Fernández González en el apartado «Presencia en Río Arga y poemarios inéditos», en «Río Arga» y sus poetas, pp. 73-78 (alcanzan hasta el número 100 de la revista).

[3] El lector atento observará que en estos poemarios nuevos hay algunos poemas que se repiten en dos lugares distintos. No se trata de un error. Son composiciones que el autor ha querido destacar especialmente, porque alumbran un pensamiento especialmente caro al poeta, manejan un símbolo o un motivo reiterado o encajan perfectamente en distintas circunstancias. De ahí que al preparar esta ordenación de su Obra poética Amadoz haya decidido voluntariamente conservar esos poemas repetidos en dos poemarios distintos. Precisamente, una de las características que da unidad al conjunto de su poesía es la repetición constante de ideas, de sintagmas, de frases y de motivos, que aparecen reiterados a manera de leit motiv o de ritornello musical, y en ese mismo sentido ha de entenderse esta repetición completa de algunos poemas, como un fenómeno de «aliteración poética» practicado también por otros poetas.

[4] El Director de Ediciones Morea era el periodista Hilario Martínez Úbeda, buen amigo de los poetas de Río Arga. El poemario constaba de 76 páginas y se cerraba con el siguiente colofón: «Esta primera edición de / Sangre y vida, poemas de José Luis Amadoz, / volumen 3 de la “Colección MOREA”, / se acabó de imprimir el día 13 de junio de 1963, / festividad del Corpus Christi, / en los talleres de Editorial LEYRE, / en Pamplona. // LAUS DEO».

[5] Escribe Ángel-Raimundo Fernández González: «La primera parte suma diez poemas que J. L. Amadoz dedica “A los que en su luz y fortaleza templaron mi vida y me hicieron un hombre nuevo: padres, esposa e hijos”. Es decir, la sangre del título, además, es parte primordial de la vida, aunque ésta, como se apunta en el intertexto transcrito de Pablo Neruda, proviene también de “más oscuros cauces”» («Río Arga» y sus poetas, p. 63). En el ejemplar de Sangre y vida que manejo no figura esa dedicatoria ni ese lema, que tampoco han pasado a la versión definitiva de Obra poética.

[6] Me refiero a la poesía publicada. Al parecer, y a tenor de lo indicado en la solapa de este primer poemario, con anterioridad a Sangre y vida existían unos Poemas primeros (correspondientes a los años 1951-1953), que no se llegaron a publicar en su momento ni se han recogido tampoco en esta recopilación de la Obra poética completa.

[7] El sintagma «mi recogida belleza» lo podemos entender en un doble sentido: esa belleza es la paz interior, que podría aludir también al acto de creación poética, o bien se trata de la belleza de mujer amada.

[8] «Pasión oculta» será el título de uno de los Poemas para un acorde transitorio, e igualmente del penúltimo poemario de Amadoz.

[9] Ángel Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, p. 64. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Elementos africanos en «Zorayda la reina mora» de Juan Anchorena (1)

Más allá del retrato de los personajes musulmanes, las restantes referencias africanas de la obra[1] se concentran en los capítulos XIX a XXVII, que narran desde el arribo de don Sancho y sus caballeros a tierras de Marruecos hasta su regreso a Navarra. Cuando la expedición llega a África, se dirige a la ciudad de Marruecos, «corte del imperio de este nombre» (p. 219; se refiere a Marraquech, capital del imperio almorávide), y se nos ofrece esta panorámica de la misma:

Al divisar con la vista el palacio de Almanzor, al contemplar las palmeras que producen los afamados dátiles y al aspirar la fragancia de las flores de los espléndidos jardines, que impregnaban la atmósfera, el corazón del rey comenzó a palpitar sobremanera al influjo de desconocidas sensaciones. No acertaba a separar sus ojos de la Torre de la mezquita, llamada Ali Ben Juceph, del nombre de su fundador; torre estimada con justicia por la más elevada de todas las del África, pues que se descubre desde ella en los días despejados y serenos la montaña de Safi, que dista cuarenta leguas de la ciudad. Verdad es que esta montaña es muy elevada, y por otra parte, el terreno entre ella y Marruecos es enteramente llano (pp. 219-220).

Sigue una mención de las murallas de la ciudad (con indicación de los materiales con que están hechas, p. 220) y se recuerda el número de puertas, veinticuatro, de que constan. En su trayecto los navarros ven las puertas de la catedral de Sevilla colocadas en una mezquita. Tras dar gracias en un templo cristiano, atraviesan la mezquita de Quivir (en cuya torre una bandera está indicando la muerte civil del rey), y poco a poco se acercan al palacio real:

Conforme don Sancho se aproximaba al palacio real, aquellos jardines, aquella Zorayda, aquel país, que hasta entonces habían aparecido a sus ojos como un mito, como una creación de su ardiente fantasía desde las montañas de Navarra, aparecían como una realidad, y tales cuales existían. Un minuto más y Zorayda sería suya. Cuando se le mostraba por los acompañantes y dignatarios del África los sitios que ella prefería recorrer, los contemplaba como un objeto sagrado, y los divinizaba, como diviniza todo amante los que le recuerden la persona de la mujer amada (p. 221).

Mezquita Kutubía de Marrakech
Mezquita Kutubía de Marrakech.

Los navarros son llevados a una rica cámara, la de Almanzor, de la que se ofrece la siguiente descripción:

Y era, en verdad, digna de un rey. La riqueza y la brillantez competían con el buen gusto y la sencillez. A distancia de una vara de la pared se destacaban una fila de esbeltas y afiligranadas columnas salientes, cuya base la constituían perfectos y acabados mosaicos. El pavimento se hallaba alfombrado con ricos tapices de Persia, y las columnas terminaban en espiral, rematando en figuras caprichosas, cuyas manos sostenían colgaduras de terciopelo, en las que estaban bordadas las figuras de los reyes musulmanes. Estas colgaduras, interceptando los rayos de luz del exterior, producían una opacidad que imprimía cierto tinte solemne, misterioso, a los objetos.

Enfrente de la puerta de granadino, que había dado paso a don Sancho y su comitiva, se alzaba majestuoso un trono, que lo constituían dos cortinas de terciopelo, sembradas de estrellas de oro y medias lunas de plata; y remataban en un anillo metálico, del que pendían gruesos borlones de oro. En el interior formado por ellas se veía un elevado diván, y a distancia de éste, otros, que no eran de tanto gusto ni riqueza (pp. 221-222).

En ese momento ven a Mahomad, un niño de diez años con un turbante de esmeraldas que da a su cara un resplandor verdoso, que le ha hecho ser conocido por el sobrenombre de Enacer ‘el verde’ (p. 222). A la descripción física del joven se añade la de su vestido:

Vestía el niño una especie de jubón de seda blanca escotado, que dejaba desnudo su blanco pecho. Un cinturón ceñía su delicado talle, del que pendía proporcionada cimitarra; y llevaba ancho pantalón blanco, prendido al nacedero de sus pies, casi imperceptibles (p. 223).

El gobernador Brahem, tío de Mahomad, quiere aprovecharse de la presencia del rey navarro empleando su valor para apaciguar a los reinos rebeldes de Túnez y Tremezén. Para esta campaña africana don Sancho se pone al frente del ejército marroquí y el pueblo se reúne en la inmensa plaza del Cereque para verlos partir, porque la hueste navarra ha despertado el interés popular:

Los marroquíes vestían albornoces de paño de color y vestidos de fino camelote, y gorras de escarlata con pequeños turbantes. En prueba del entusiasmo y la admiración que causaron el rey y los ricos-hombres cristianos, bastará decir que se infringían, por satisfacerla, las leyes y costumbres del reino, en virtud de las cuales no era permitida la salida de casa a las mujeres, sino para ir al baño o las mezquitas; y aun en estos casos, llevaban el rostro cubierto con un velo, con el fin de burlar la curiosidad de los hombres. Verdad es que, venciendo las costumbres el prurito femenino, se levantaban el velo que cubría sus rostros, a hurtadillas, gozándose no poco en excitar los celos de sus maridos. Sus cabezas, orejas y cuellos estaban adornados con brazaletes de oro y plata, y muchas perlas y piedras preciosas. Por lo demás, manifestaban ser galantes y amables en extremo (pp. 245-246)[2].


[1] Aunque la novela se escribió hacia el año 1859, no fue publicada hasta 1912, con motivo del Centenario de las Navas de Tolosa. La ficha completa es la siguiente: Juan Anchorena, Zorayda la reina mora: novela histórica de tiempos de Sancho VIII de Navarra, por… Con un prólogo crítica del Rdo. P. Antonio de P. Díaz de Castro (Barcelona, José Vilamala, 1912). He manejado un ejemplar de la Biblioteca Municipal de San Sebastián, sign. I 33-2 14.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“El último suspiro en territorio africano”: los amores marroquíes de Sancho el Fuerte de Navarra en Zorayda la reina mora de Juan Anchorena», en Actas del III Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Del 1 al 4 de noviembre de 2001. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Centro Asociado de Ceuta, Málaga, Editorial Algazara, 2002, pp. 109-120.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «La mujer de Navarra»

Entre la producción literaria de Navarro Villoslada se cuentan algunos artículos costumbristas. Uno de ellos está dedicado a describir cómo es «La mujer de Navarra», y en él contrapone fundamentalmente el tipo de la mujer de la Montaña y el de la Ribera. Hablando de la montañesa, comenta cómo son sus vestidos, su peinado (las solteras llevan el cabello corto, de donde les viene el nombre de motzas[1]) y sus labores. Se explica que «la mujer vascona» estaba animada por los sentimientos de altivez, valor, amor a la libertad y a la independencia, y se introduce una digresión sobre los vascones en la que se abordan varios aspectos: su religión primitiva; su llegada a los Pirineos —montañas en las que se establecen para conservar su independencia, desdeñando las fértiles llanuras que tenían al sur—; el contacto con los celtas; su secular lucha contra los godos; la distinción dentro del territorio vascongado de dos zonas diferenciadas: las orillas del Ebro, tierra llana abierta a todas las invasiones, frente a la montaña, donde pervive más pura la raza éuskara «casi, podemos decir, en su primitiva pureza» (p. 386); es decir, se esboza aquí la clásica distinción entre ager y saltus vasconum.

Francisco Navarro Villoslada, «La mujer de Navarra»

Para nuestro autor, el idioma es prueba de la pureza de las costumbres y de la primitiva religión natural, monoteísta, de los vascos:

En efecto, sus primeros pobladores [los de este «antiquísimo solar» de los Pirineos occidentales] fueron los euskaros y euskaldunas, a quienes nosotros solemos llamar iberos, cántabros, vascos o vascongados, gente sencilla, culta y pastoril, de suaves costumbres y dulcísimo carácter, que profesaba la religión natural, sin mezcla alguna de idolatría, ni quizá de supersticiones. Así lo aprueba, entre otros datos, el monumento vivo de su idioma, cuya raíz no ha podido ni podrá tal vez averiguarse nunca, y en el cual no se halla ningún sabor pagano, al paso que abunda en voces y conceptos del más elevado espiritualismo (p. 385)[2].

Más adelante apunta la cuestión de la variedad dialectal del vascuence:

Del vascuence navarro al guipuzcoano, por ejemplo, hay casi la distancia de un dialecto. El primero es duro, elíptico y breve; el segundo, numeroso [entiéndase ‘armonioso’], eufónico y musical. Pero si la variedad de tribu a tribu es clara, no lo es menos la que existe de los montes a los llanos de la misma provincia (p. 388).

Habla de la importancia en esas tierras del echeco-jauna y la echeco-andria, y alude a las canciones propias del país; y transcribe en castellano el «Canto de Aníbal»: «Citaremos, aunque inventadas en nuestros días, estas estrofas del canto de Aníbal, cuando los vascos se deciden a acompañarle en su expedición contra los romanos» (p. 399; la cursiva es mía: aquí corrige la opinión sobre la remota antigüedad de ese canto, defendida en el artículo de 1866).

Por último, en el cierre del trabajo se introduce una nueva reflexión sobre el idioma, cuando el autor se pregunta retóricamente: «¿Para qué fines ha criado Dios a la mujer navarra, que sabe dominar a hombres tan fuertes, tan enérgicos, de quienes siempre se ha obtenido más por la persuasión que por la violencia?». Y se responde a continuación; para el de Viana, esta cuestión se enmarca en otra más amplia, que es el origen y la misión del pueblo vascongado sobre la tierra (nótese la visión providencialista de Navarro Villoslada):

Responder a esta pregunta sería resolver este problema histórico: ¿Para qué fines conserva la Providencia esa muestra del idioma, de la raza y de la civilización de nuestros indígenas, ese resto del pueblo ibero, contemporáneo quizá de las Pirámides de Egipto y que, a semejanza de ellas, subsiste inmóvil sobre tantas y tantas tempestades de polvo y arena que descarga en vano para sepultarlo en el simún del Desierto? (pp. 400-401)[3].


[1] «De esta costumbre de cortarse el cabello la soltera, le vino el nombre de motza, que tiene la doble significación de moza y mocha en castellano» (p. 384).

[2] Refiriéndose a Amaya, escribe María Cruz Mina, «Navarro Villoslada: Amaya o los vascos salvan a España», Historia Contemporánea, núm. 1, 1988, p. 153: «Siguiendo a Chaho, rompe con la tradición tubalina sobre el origen de «la misteriosa raza euscara» y prefiere la procedencia oriental de Aitor a la semita del nieto de Noé. La innovación sirve mejor a su antisemitismo radical. De los dogmas históricos en los que se apoya (vasco-iberismo, vasco-cantabrismo, invencibilidad, originalidad y antigüedad de la lengua…), ninguno parece tan grato a Navarro Villoslada como el del monoteísmo primitivo. Sí, los vascos fueron cristianos mucho antes que Cristo».

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.

La poética de José Luis Amadoz (y 3)

Hasta aquí, en entradas anteriores, he transcrito por extenso diversas declaraciones de José Luis Amadoz porque nos orientan y ayudan a entender mejor sus ideas acerca de la poesía, su significado, su función, sus valores trascendentes, el papel re-creador asignado al lector, etc. Ahora bien, algunas de esas ideas quedan sugeridas igualmente en varios de sus poemas. Por ejemplo, el tema de la creación poética apunta ya en el poema octavo de «De mi recogida belleza», sección primera de Sangre y vida, su poemario más temprano. Merece la pena citarlo entero, pues es de una profunda densidad a pesar su breve extensión:

Recogida fuerza y destino
que se cumple —perfecta
consonancia— al madurar el día,
en la fértil cosecha
de lograda palabra.

Especialmente importantes son otras dos composiciones en las que el tema nuclear es precisamente la génesis del poema: me refiero a «Emanación poética» y a «Poesía», ambas del libro Poemas para un acorde transitorio. La primera es un apóstrofe a la palabra y constituye una reflexión sobre el acto de creación poética, sobre «la viva eclosión del poema». Extracto esta cita correspondiente a la primera secuencia:

Escondida palabra,
vas desdoblándote, sombra de sombra,
hasta alcanzar tu último y exacto destino,
ahí estás recóndita, en callado retorno,
leal, en bodas,
a la nueva recreación oculta[1].

Y también esta otra, que es la que cierra la composición:

Fugaz se abre el poema,
fugaz en sí mismo se cierra
en olvidado llanto de fe y melancolía,
en tu batir de alas me hieres.

Con «Poesía» —que no en balde lleva un lema de Juan Ramón Jiménez— Amadoz se refiere de nuevo al poder mágico y creacional de la palabra poética. En un «mundo nacido y renacido en nuestras almas solas» (el poeta es un gran solitario) se muestra el «inmenso / brío» de la poesía, «esta luz / que acuchilla en brillo acerado mi alma», «esta / semilla inmensa que yo guardo / para el mundo». En conjunto, el poema se construye de nuevo como un largo apóstrofe a la poesía:

… tierna poesía,
que me unes a todo en tu juventud
siempre nueva, así ríndote
todo lo mío que este mundo en mí
recrea con poder
distinto y semejante,
todo lo que me ensancha
grandiosamente, y me hace
casi divinamente todo, tuyo.

Cortocircuito eléctrico

Según comenta Amadoz, cuando el poeta se pone a escribir, no sabe exactamente qué va a germinar en su escritura; el poema nace «de algo que está ahí, en zonas del cerebro donde se establecen cortocircuitos creadores, emergencias insólitas que uno no espera». Es lo que él mismo define como «metáfora de cortocircuito»: algo que surge imprevisiblemente y da origen al poema. En la actualidad, José Luis sigue trabajando en un ensayo sobre el fenómeno poético, anunciado desde tiempo atrás y que esperamos culmine pronto[2], pues sus ideas son, sin duda, sumamente iluminadoras con relación a su propia poesía, pero también a la creación poética en general.

Añadiré una última apreciación del autor sobre las antologías, recordando la explicación que daba a propósito de la selección de sus poemas hecha para la citada antología preparada por Arbeloa:

La elección de estos poemas está presidida y orientada por esa magia de sintonías y afinidades electivas que todos tenemos, y que, sin duda, provocan una emergencia, desde lo hondo de cada ser, de todo aquello que crea una afinidad veladamente sugestiva, y que tanto el poeta como el lector lo perciben como vibración resonante[3].

Piensa Amadoz que una antología de la obra de un poeta no debe ser demasiado extensa, pues basta con que contenga lo esencial de su poesía. Esta es la razón por la que, al recopilar ahora su Obra poética —y pese al carácter de obra completa que tiene la serie en que se incluye—, haya preferido dejar algunas piezas «en el taller»[4], aquella parte de su corpus lírico que considera no es verdaderamente representativa de su producción[5].


[1] Más adelante, en la secuencia VI, se repite ese sintagma callado … retorno, que será el título del poemario último de Amadoz: «Donde duermen los ojos, / una luz suave acaricia y concita la mente / con la palabra en cimas nuevas, / murmullo de corazón en coro que vibra / en callado y siempre nuevo retorno, / palabras que se escancian ya puras».

[2] Téngase en cuenta que estas palabras fueron escritas a la altura de 2006, como estudio preliminar a la edición de la Obra poética (1955-2005) de Amadoz, publicada ese año por el Gobierno de Navarra. José Luis Amadoz Villanueva, que había nacido en Marcilla (Navarra) el 9 de octubre de 1930, fallecería en Pamplona el 23 de septiembre de 2007.

[3] Poetas navarros del siglo XX, ed. de Víctor Manuel Arbeloa, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002, pp. 99-100.

[4] Piénsese en otros títulos de poemarios anunciados alguna vez por el poeta y finalmente desechados: Poemas primeros, Pasión de ser, Versión de fondo, etc. Este libro —me indica Amadoz— podría haber incluido varias decenas de poemas más, pero ha preferido ser selectivo y ofrecer tan solo aquellos textos suyos verdaderamente representativos de su quehacer lírico.

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

Los personajes musulmanes en «Zorayda la reina mora» de Juan Anchorena

Zorayda la reina mora[1] es, por un lado, una novela «navarra» por los temas y personajes que en ella aparecen. Además de llevar una dedicatoria del escritor «A la Excma. Diputación Provincial de Navarra», en sus palabras preliminares indica que el argumento, el escenario y los personajes de la novela, todo «lleva el sello de la Navarra»; navarro es el él y su producción pretende demostrar «el entrañable amor de su autor hacia su madre patria». Pero es también, sin duda alguna, una novela «africana», y en esta cuestión quiero centrarme ahora, comentando el retrato de los personajes musulmanes.

Como es habitual en el género de la novela histórica romántica, los personajes de Zorayda la reina mora se dividen maniqueamente en héroes y villanos: los primeros son dechados de belleza y virtud, los otros prototipos de malicia y degeneración. Aquí nos interesa ver cuál es la imagen que se transmite de los personajes musulmanes: la princesa Zorayda, el médico Omar-Samuel, el gobernador Brahem y el rey Almanzor. Centrémonos primero en Zorayda, la famosa hija de Almanzor, que es una joven de veintidós años, plena de hermosura y bondad. Véase esta primera descripción de la heroína de la novela:

En esta época constituía la delicia de los reinos de África y del mediodía de España una hija de Almanzor, a la que éste amaba con delirio. Llamábase Zorayda. La fama había publicado por todo el mundo las gracias seductoras de la joven, que entonces contaba veintidós años. Aseguraban todos que era cándida como una paloma; bella y seductora como las hurís que el profeta promete a sus creyentes en la región del Edén; esbelta, como la palmera que crece en los campos de Argel; y vaporosa como el vapor que, al morir el día, se levanta del tunecino mar. Sus cabellos blondos y abundantes; su frente tersa y despejada; ojos grandes, negros, rasgados, de indefinible e indolente mirada; nariz afilada, boca diminuta, labios delgados y rosados, brazos redondos, talle esbelto y ligero, pies de un niño; esta era Zorayda. Nacida en Sevilla, su color moreno, sus notables movimientos era[n] los que imprimen a sus hijas los países meridionales; tipo no degenerado aún, cuya contemplación hizo brotar muchos siglos después a la florida pluma de Chateaubriand su Último Abencerraje, esa perla, según apreciación de un escritor, de tan dulces reflejos (pp. 41-42).

Osman Hamdi Bey, Mujer recitando el Corán (1880)
Osman Hamdi Bey, Mujer recitando el Corán (1880).

La fama de su belleza y virtud llega a Navarra y el príncipe don Sancho emprende viaje de incógnito a Sevilla para verla: «la imagen de la Bella Mora se le aparecía, sin conocerla, en sus sueños de gloria y de porvenir» (p. 42). Tenemos después una nueva descripción de la joven en el palacio de Sevilla, donde arrastra «una vida lánguida y melancólica»:

Supongámonos asimismo en un salón, perfumado por inciensos y aromas del Oriente, que arden en pebeteros de oro, y amueblado con todo el lujo y la magnificencia propias de la morada de una reina. En uno de los divanes se halla reclinada, y por decirlo así, abandonada una joven, cuya parte superior de la cabeza cubre un gracioso turbante, por cuyos remates penden bucles de cabellos, que en ondulantes rizos caen sobre su garganta de cisne, adornada con rico collar de perlas; un corpiño de seda blanco esmaltado de oro y pedrerías oculta su túrgido seno. Su talle ligero y flexible ceñía blancos faldones de telas finísimas; y sobre un pequeño taburete dejaba descansar sus pies diminutos calzados con rica chinela morisca. Esta hermosa joven, cuya belleza conocemos, era Zorayda (pp. 87-88).

Como ya indiqué, la «cándida sultana» (p. 237) está dispuesta a abjurar de su religión para casar con don Sancho y ser reina de Navarra. Poco antes de morir envenenada, Zorayda es ya cristiana en su espíritu:

El semblante de la infanta ya no destellaba la voluptuosidad de las mujeres de su país, sino el pudoroso recogimiento de la joven cristiana; sus ojos no despedían candentes miradas, que incendiasen el alma, sino las sublimes, apagadas y tímidas de la virgen consagrada a Dios; sus cabellos, en graciosos rizos, velaban su rostro moreno, pero de un moreno pálido, que aminoraba la lozanía y la vida de su tez; todo cuanto tenía conexión con los usos y costumbres orientales, se hallaba proscripto de su persona; en vez de las galas y pedrerías que antes usaba, vestía la joven una especie de túnica blanca, como sus pensamientos, ceñida a su talle por cinturón de seda (p. 306).

Omar-Samuel, el médico del rey don Sancho, es un moro convertido, pero que en realidad conspira para entregar Navarra a sus correligionarios y exterminar a los cristianos. Experto en astrología y medicina, tiene ganada fama de hechicero y vive rodeado de misterio para provocar un «supersticioso acatamiento» en los demás: «Conocedor de las supersticiones vulgares de la época, se rodeaba del misterio para fomentarlas con respecto a su persona» (p. 43). Los adjetivos con que se califican su persona y sus acciones («infernal alegría», «satánica alegría», «feroz y bestial fruición», «tempestad del mal», «diabólica aparición», «el alma infame del moro», «diabólica sonrisa», «sangrientos planes», «satánico poder», «infames y pérfidos planes», «pérfidos deseos»…) nos lo retratan como un personaje vil, un monstruo de crueldad:

La trémula luz de la lámpara dibujaba en las paredes la repugnante figura del viejo carcelero, como un espectro aterrador (p. 191).

Es imposible llevarse a más alto grado el lujo y el refinamiento de la crueldad. Afortunadamente, en la vida real el número de semejantes seres es muy limitado; y si desgraciadamente existen algunos fuera de la desarreglada imaginación de ciertos novelistas, parece que el creador del mundo multiplica el número de los contrarios, o sea el de los buenos, como una elocuente protesta de las acciones de los primeros. Concretando esto a la novela, creemos firmemente que el género humano no produce tipos tan deformes como los que aparecen en algunas obras (p. 195).

De Brahem también se destaca su «infernal malignidad», su «alma alevosa y cobarde», su «inmunda boca»; se dice que «su corazón destilaba hiel y rencor»; con Omar ideará una «criminal trama» para verter a torrentes la sangre de sus enemigos los cristianos. El tío de Zorayda es un hombre vil, de presencia repugnante, y de él dice un infanzón navarro al rey:

Fálteme el amparo de nuestro patrón, San Fermín, si ese moro, de rostro como el de los condenados, no tiene el alma tan fea como su persona. Además de esto, tengo tan poca fe en la de estos musulmanes sin Dios y sin religión, sin honor y sin palabra, que mi corazón no puede echar de sí la zozobra que abriga. Y, voto a mi padre, que los quiero más al alcance de la punta de mi espada, que no como amigos en sus palacios, por arte diabólica construidos (p. 230).

Como vemos, Omar-Samuel y Brahem son los dos villanos de la novela. Más neutra es la presentación del rey Almanzor, del que se destaca sobre todo el amor que siente por su hija, de tal intensidad, que se muestra celoso del hombre que habrá de ser su esposo (véanse las pp. 48-49 y 88-91)[2].


[1] Aunque la novela se escribió hacia el año 1859, no fue publicada hasta 1912, con motivo del Centenario de las Navas de Tolosa. La ficha completa es la siguiente: Juan Anchorena, Zorayda la reina mora: novela histórica de tiempos de Sancho VIII de Navarra, por… Con un prólogo crítica del Rdo. P. Antonio de P. Díaz de Castro (Barcelona, José Vilamala, 1912). He manejado un ejemplar de la Biblioteca Municipal de San Sebastián, sign. I 33-2 14.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“El último suspiro en territorio africano”: los amores marroquíes de Sancho el Fuerte de Navarra en Zorayda la reina mora de Juan Anchorena», en Actas del III Coloquio Internacional de Estudios sobre África y Asia. Del 1 al 4 de noviembre de 2001. Universidad Nacional de Educación a Distancia. Centro Asociado de Ceuta, Málaga, Editorial Algazara, 2002, pp. 109-120.

La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence: «De lo prehistórico en las Provincias Vascongadas»

El segundo trabajo erudito que nos interesa considerar (ya vimos en una entrada anterior el titulado «De la poesía vascongada») es «De lo prehistórico en las Provincias Vascongadas», que no sé si resulta muy conocido dentro de la producción escrita del de Viana. No se trata ahora de valorar el interés científico de ese artículo; es posible que sus opiniones sean incorrectas o inexactas en más de un punto, pero, en cualquier caso, demuestra su temprana preocupación por esta materia, la presencia de monumentos prehistóricos en la «escualherría o solar euscaro»[1]. En él se refiere a distintos hallazgos sepulcrales y megalíticos: Eguílaz, Arizala, Ocáriz, Escalmendi, San Miguel de Arrechinaga…

Dolmen de Aizkomendo o de Eguílaz (Álava, España)
Dolmen de Aizkomendo o de Eguílaz (Álava, España).

Mencionando distintas autoridades (Humboldt, Rodríguez Ferrer, Fernández-Guerra, Chaho), llega a la conclusión de que esos monumentos son célticos: los celtas o celtíberos llegaron a la llanada alavesa, pero su llegada a la escualherría o país vascongado no hizo perder a los euscaros su idioma, siendo el vascuence «la lengua usada en aquella región casi hasta nuestros días» (p. 196a). Y añade:

Conste, pues, para la debida claridad, que si las razas ibéricas, como creen los respetabilísimos autores antes citados, son euscaras, hubo euscaros (los de la orilla derecha del Ebro) que se unieron y mezclaron con los celtas, y euscaros también (los de la orilla izquierda) que no se mezclaron ni confundieron jamás; y conste que los vascos no confundidos con otros pueblos llaman euscaro a su idioma, y erdara, esto es, mezclado, a toda lengua extraña, a todo lo que no es euscaro o castizo. Se nos figura que la precedente observación, que no es nuestra, da más luz sobre este punto histórico que toda la erudición fundada en textos griegos y latinos de autores que se espeluznaban al tener que acomodar a su frase clásica los exóticos nombres vascongados (p. 196a).

Más tarde, a propósito de la cuestión de si várdulos, caristios y autrigones constituían una nación distinta de la de los vascos, que habrían venido al territorio después, escribe:

¿Qué nos importa a nosotros que los vascos sean denominados hoy de un modo y mañana de otro? Esto ha sucedido siempre y está sucediendo en nuestros mismos días. El nombre del vasco viene del vascuence, y quiere literalmente decir montañés o de la montaña; pero ellos no se dan a sí propios ese apelativo, ni el de vascongados, ni otro más que el de escualdunas, bajo cuya denominación comprenden a todo el que habla la lengua euscara, sea español o francés, llamando asimismo escualherria, literalmente tierra de escualdunas, a todas las provincias que hablan la lengua euscara y pueblan ambas vertientes de los Pirineos occidentales: navarros, guipuzcoanos, alaveses y vizcainos, españoles; suletinos y laburdinos, franceses (p. 215b).

Y sigue argumentando:

Nadie, que sepamos, ha sostenido, ni siquiera imaginado, que várdulos, caristios y autrigones hablasen un idioma distinto del euscaro; fueron por lo tanto verdaderos y legítimos euscaldunas, castizos vascongados, y si escritores griegos o latinos les han dado aquellos nombres, nada tienen ellos que ver en esta cuestión geográfica o filológica (p. 215b).

Para Navarro Villoslada, todos esos pueblos son de una misma casta, «procedan o no de la gran familia ibérica caucásica, en cuya cuestión es inútil entrar. […] O hay que reconocer que aquellos pueblos fueron ibéricos euscaros, o sea que autrigones, várdulos y caristios eran vascongados, o confesar que ni la historia, ni la tradición, ni la geografía tienen sentido común: encogerse de hombros, y seguir adelante» (p. 215b).

En los párrafos finales de su trabajo concluye que debe quedar arrumbado todo lo que se ha tenido por prehistórico en territorio vasco (monumentos, joyas, armas, huesos, herramientas…), pues son célticos, para preguntarse de seguido:

Pero, ¿no queda nada realmente prehistórico en el pueblo vascongado?

Sí, queda el idioma, queda el vascuence, el euscaro. Monumento anterior a la historia ibérica, más grande que todas las construcciones megalíticas, sin cimientos conocidos y sin término probable, con los raudales de miel que brotan de sus hendiduras se sustenta, ha más de treinta y siete siglos, un pueblo no menos sencillo, grande y misterioso.

¿Qué se sabe de su primitiva historia?

Lo que nos cuente la tradición o deje adivinar la leyenda; lo que la filología aprenda en ese monumento vivo donde todo se hallaría si hubiese alguien capaz de descifrar los caracteres de cada raíz, de cada palabra.

Eso es lo que hay que estudiar en el pueblo vasco y lo que se ha de encontrar al fin en lo único prehistórico que nos queda de la escualherría o solar vascongado (p. 216a).

Como vemos, se trata de dos artículos de corte erudito muy interesantes. Evidentemente, en algunas cuestiones su valor científico podría ser hoy puesto en entredicho —es terreno en el que no entro a valorar, pues escapa de mi campo de investigación—, o algunas de sus afirmaciones deberían ser matizadas; pero hay que tener en cuenta que los conocimientos que en aquel momento podía tener el autor eran limitados y han quedado superados por la investigación posterior. Todas sus afirmaciones están en la línea de las tesis del vasco-iberismo, cuyas características generales ha resumido así José Javier López Antón:

Es la doctrina que conforma uno de los mitos de la materia de Vasconia. Estos, surgidos en la monarquía plural de los Austrias, pretenden fortalecer la personalidad de Vasconia. Como su propio nombre lo indica, esta tesis considera a los vascos los descendientes de los antiguos iberos. La consecuencia es doble, desde una perspectiva racial y lingüística. Étnicamente, los vascos serían los antiguos pobladores de la Península Ibérica, replegados a la cordillera pirenaica ante el sucesivo establecimiento de culturas y pueblos exógenos. En la óptica lingüística, el idioma de esos pueblos autóctonos, el euskera, habría conformado el idioma vernáculo de Hispania[2].

En cualquier caso, importa destacar varias cuestiones presentes en estos dos textos: los elogios de Navarro Villoslada al vascuence (idioma dulce y musical, perfectamente apto para la expresión poética); la constatación de la remota antigüedad de sus orígenes y su condición de «monumento vivo»; la protesta contra su pérdida; el hecho de abordar o apuntar cuestiones más de detalle como aspectos de la construcción y gramaticales, los distintos dialectos, etc. Todo ello muestra claramente el interés y la preocupación del vianés por el venerando idioma primigenio de Vasconia[3].


[1] En mi trabajo respeto siempre las grafías de los textos citados, de diversa procedencia, de ahí que alternen formas como euskaro, eúscaro, éuscaro; Lecobide, Lekobide, Lecovidi, etc. Respecto a la denominación «vascuence», esta es la expresión que Navarro Villoslada emplea con preferencia para referirse al idioma vasco.

[2] José Javier López Antón, «Rasgos y vicisitudes del mito iberista de Aitor», en Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin (coords.), Congreso Internacional sobre la Novela Histórica (Homenaje a Navarro Villoslada),Pamplona, Gobierno de Navarra, 1996, p. 188.

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Amaya da asiera”. La actitud de Navarro Villoslada ante el vascuence», en Roldán Jimeno Aranguren (coord.), El euskera en tiempo de los euskaros, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura) / Ateneo Navarro-Nafar Ateneoa, 2000, pp. 113-144.