Como vimos en la entrada anterior, La expósita[1] es un relato un tanto almibarado, con grandes dosis de candidez e ingenuidad en su desarrollo argumental, lo que se corresponde, en otro plano, con la sencillez de sus técnicas narrativas: el narrador es de lo más convencional, y realiza apelaciones continuas al lector, de forma que no se pierda cuando hay un salto temporal que rompe el orden lineal de la narración. Además, el hilo de la acción se ve interrumpido frecuentemente por comentarios moralizantes como estos:
¡Paz del espíritu: tú eres realmente la vida; y aunque no fuera más que por poseerte, que poseerte es vivir, deberíamos los hombres ser juiciosos y buenos! (p. 99).
Las personas que se olvidan de sus familias o que de algún modo demuestran que no les tienen cariño, no saben cuánto hacen sufrir a los suyos (p. 124).
Nada pone más de manifiesto la pequeñez del ser humano que ese egoísmo que todos llevamos como si lo arrancáramos del vientre materno antes de salir al mundo (p. 179).
Ese tono se extiende a algunas anécdotas relatadas: por ejemplo, cuando era niña, en el pueblo, un día Alejandra acompañó a unas muchachas a coger unas frutas de una huerta, y comentando este suceso, que no pasa de ser una travesura infantil, el narrador apostilla: «¡Cuidado con dar el primer paso en el mal camino, porque una vez dado puede hacerse difícil retroceder!» (p. 267). E incluso, varios años después, Alejandra decide que debe restituir el valor de aquellas frutas que robó siendo tan joven. Sigue una extensa digresión sobre el hurto y el robo (pp. 269-273), en la que el narrador-autor (aquí es difícil separar ambas entidades) aboga por la creación de instituciones en las que se pueda acoger a los jóvenes que se descarríen, reconociendo paladinamente a propósito del largo excurso:
Y por eso, finalmente, no me ha parecido muy fuera de tiesto ese parrafejo […] que en último término nos ha servido para llenar algunas páginas (p. 273).
En la misma línea, hay otras consideraciones sobre los padres abandonados por el egoísmo de los hijos (p. 259; puede relacionarse con el relato «En el pecado…», de Cuentos sin espinas) y sobre las personas expósitas, que merecen el mismo respeto que las demás (pp. 283-287).
En cuanto a los personajes, son tipos, como ya anuncia el subtítulo y es el propósito declarado del autor: Alejandra, la expósita, es niña traviesa, con cierto genio, pero que finalmente sacrifica la posibilidad de un matrimonio económicamente ventajoso para dedicarse a la caridad, de la misma forma que otras personas la han ejercido con ella; su carácter bondadoso se manifiesta, por ejemplo, al desear que la merienda que van a preparar los Areta para celebrar el reencuentro se haga en la Inclusa para que puedan disfrutar de ella sus compañeras. Marta, que lleva el peso en las intervenciones moralizantes, queda pintada desde el comienzo al decírsenos que es «la inocencia y la bondad, y un alma generosa y nobilísima» (p. 37). Casi todos los personajes aparecen retratados con simpatía, porque todos son bondadosos: Juana, la respetable nodriza de Antonio; la amable señora Bernarda; el bueno de don Ramón, el expendedor de billetes de la compañía naviera. Los únicos personajes vistos negativamente son las verduleras; pero, paradójicamente, son las escenas de la plaza del mercado, que ellas protagonizan, con sus continuas grescas, las más animadas de la novela, las que tienen más vida (cfr. las pp. 247 y ss.).
Como apunte estilístico, cabría destacar la presencia de vulgarismos y expresiones coloquiales (haiga paz, a buenas horas, mangas verdes), algunas de las cuales pueden pasar por navarrismos léxicos (mocete, mocé, chirrinta ‘deseo’, chilingarse ‘colgarse’, chandrío ‘estropicio’, borte ‘expósito’; aparecen explicados en nota al pie) o morfológicos (como los frecuentes diminutivos en -ico, -ica: hijica, carica)[2].
[1]La expósita. Tipos y costumbres de Navarra. Novela por Mariano Arrasate Jurico, Pamplona, Talleres tipográficos La Acción Social, 1929, 427 pp. Hay dos ejemplares en la Biblioteca General de Navarra, signaturas 6-3/172 y 6-3/246.
La tercera parte tiene el mismo título que el conjunto del poemario, «Sangre y vida», y se abre con una dedicatoria «Al hijo que dormita, muere, en su nido, en plena gravidez de su vida»[1]. Del interior recogido del poeta, a través de la mujer y el amor, pasamos a la frustrada prolongación de la vida en ese hijo nonato, que se convierte así en un símbolo del hombre en general, de su desnudez y fragilidad frente a un mundo muchas veces cruel y desapacible, un mundo en el que hace frío y en el que el hombre necesita algo de calor. En esta sección se repetirán obsesivamente imágenes relacionadas con la sangre y el color rojo, que simbolizan el deseo de vida, de nacer, de ser…
Otras imágenes positivas son madre, rosa y luz, mientras que el viento se carga aquí de connotaciones negativas. Aparece también la imagen del hombre-poeta como peregrino, que se reiterará con frecuencia en la poesía de Amadoz. Además de un tú al que se dirige, encontramos en estos versos un él, una tercera persona, que corresponde al hijo, o bien al propio poeta desdoblado en otra voz. Notemos que en este libro el poeta empezaba recogido (primera sección) para acabar en esta tercera con la interiorización de una amarga experiencia vivida. En todo caso, se anuncia que este hombre-poeta, instalado ahora en la tristeza, la melancolía y el dolor del hoy, espera un nuevo día más pleno y feliz. Desde el punto de vista formal, los veinte poemas de esta tercera parte están formados por versos de arte menor, mucho más breves que en las anteriores (predominan los heptasílabos, salvo en el último, lo que «confiere al conjunto un ritmo más liviano»[2]).
En el poema 1, «Encanto poderoso…», apreciamos ya ese paso a los versos más cortos y la acumulación de imágenes relacionadas con la sangre y lo rojo. En efecto, ese encanto del que habla el poeta es el de la sangre: «La vida roja empieza / a calar esta mar / turbia y alborotada / de su sangre»; «Ahíto / de amor y sangre, busca / alivio de la rosa, / de la fuente tranquila»; «labios sangrantes», etc. El siguiente poema, «Naturaleza sabia…»[3], presenta a una tercera persona, que es el hombre «más / achicado que nunca», con su dolor a cuestas. Junto con alguna imagen nueva («células / ardidas de miradas») y otra ya usada en este mismo poemario («enflorar nuevas / estrellas»), descubrimos de nuevo el símbolo de la sangre[4]: «sangre / en sus manos siente», «sangre íntima», y también:
Todo llama con sangre y fiel desesperanza a arrebatado fuego, y ya los ojos, carne y vida, comienzan a sonar por detrás de las sombras, con grito en los labios[5].
[1] La dedicatoria se explica por una dolorosa circunstancia personal vivida en aquel momento, cuando la mujer del poeta, embarazada de seis meses, perdió al hijo que esperaban.
[2] Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 67.
[3] Se repetirá más adelante en Elegías innominadas.
[4] También se introduce aquí un símil: «cual bravo tejedor / de volanderos sueños».
[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
Vimos en una entrada anterior que son dos las novelas escritas por Mariano ArrasateJurico, La expósita y Macario. Ambas fueron publicadas en Pamplona, en 1929 y 1932, respectivamente, y ambas reflejan significativamente en sus subtítulos que son novelas de tipos y costumbres de Navarra. Las examinaremos brevemente, comenzando por La expósita[1].
Ya el mero título nos hace sospechar que esta novela, si no es de tono plenamente folletinesco, presentará cuando menos algunos tintes melodramáticos. En la cubierta, junto con los datos de edición, figura una nota que nos anuncia que los beneficios que produzca se destinarán a una iniciativa de caridad social: «El producto de la venta de esta edición será entregado a la Junta de Homenaje a la Vejez de Navarra para el fin de pensiones a los ancianos pobres».
Sigue un prólogo del autor (pp. V-III), en el que presenta esta obra primeriza, ni «medianeja» ni «monumental», y aclara que su fin inicial no era escribir una novela: «El fin o la idea principal ha consistido en hacer un modesto trabajo descriptivo de tipos y de costumbres de Navarra; y la novela, el medio para efectuarlo». Estas palabras preliminares son, pues, interesantes para comprender las características de las obras de Arrasate. En efecto, a continuación explica que le interesan más las situaciones, las escenas, los tipos y las costumbres que las formas constructivas y las tramas: «Soy partidario entusiasta de los libros que versan sobre tipos ejemplares y costumbres sencillas», porque ese género se presta a que un buen autor cree libros «no sólo amenos, sino muy instructivos y altamente educadores». Esos autores, que no son muchos, hacen un gran bien «llevando o trayendo a la lectura popular un caudal cultural y educativo de valor y trascendencia inapreciables» (p. VII). Por esta razón se ha decidido a incluir ciertas alusiones a problemas sociales y morales ajenos al asunto, pero de interés, porque llevan al lector a meditar, si se consigue sacudir su espíritu: «El libro, pues, puede perder un poco de belleza, pero ganará, sin duda alguna, en valor educativo» (p. VIII). Las motivaciones del autor no pueden ser más claras, hasta el punto de reconocer expresamente que le importa más el contenido que la técnica y el estilo, el fondo más que la forma. Toda una declaración de intenciones extensible al resto de su producción narrativa.
Al iniciarse la novela, la acción se sitúa en Ezpelegui, un pueblo de la zona media de Navarra. Tras una descripción del mismo, el narrador presenta a los lectores la rica familia de los Areta, formada por Antonio, su esposa Marta, sus hijos Fermín y Pedro Miguel (hay también una hija religiosa) y el abuelo, a los que hay que añadir el personaje de Juana, criada de la casa. Se habla después de la familia Arbayún, «católica a machamartillo», de buena posición, pero venida a menos, a la que pertenece la esposa. Se cuenta la historia del noviazgo y matrimonio de Antonio y Marta, todo ello como antecedente de la historia, para que el lector pueda seguir adelante:
Y como con lo dicho tenemos todos los datos que por ahora necesitamos saber acerca de Ezpelegui, de la familia Arbayún y de Juana, pasaremos adelante, dando entrada en escena a un personaje que quizá en la sociedad pasaría por ínfimo, y que sin embargo es figura importante, según esta novela (p. 68).
En efecto, los Areta están pasando la Navidad en Pamplona y un día, cuando se encuentran todos reunidos, aparece por casa una muchacha de unos veinte años «vestida modestísimamente, pero con gran limpieza e irreprochable honestidad»; al principio no la reconocen, pero al final caen en la cuenta de que es Alejandra, a la que apodaban «la brujilla» (p. 77). En este punto, esta acción se interrumpe por completo y se deja paso a la historia de la joven:
Dejaremos por ahora tomando café a la muchacha de Areta en unión de Juana y de la joven a quien llamaban Alejandra […] para dar noticias de esta joven. El lector necesita esas noticias porque dicha joven es el personaje principal en esta novela: es «la Expósita», cuya condición da nombre a la novela y cuya vida constituye la narración (p. 82).
Así pues, según las indicaciones del narrador (que va guiando de la mano al lector, con el que entabla diálogo, al más puro estilo del siglo XIX), debemos retroceder hasta el día en que un maquinista vio un lío de ropas sobre la vía del ferrocarril; afortunadamente, pudo detener la máquina a tiempo, para descubrir con sorpresa que se trataba de una niña recién nacida; Francisca, una mujer que iba en ese tren, esposa de Manuel, la recoge y la cría con su hijo Rufinico en el pueblo navarro de Otearán. Tras hablar con don Vicente, «el Americano», los esposos deciden ir a América para mejorar su situación económica y, en efecto, marcha primero Manuel para buscar trabajo. Francisca conversa con don Evaristo, el secretario del Ayuntamiento del pueblo, quien le hace ver que es difícil que pueda llevar consigo a Alejandra, dada su condición de abandonada. No obstante, Francisca es mujer decidida y marcha a una localidad portuaria para embarcarse. Se aloja con una antigua amiga, la señora Bernarda, que tiene allí una casa de huéspedes. Pero le faltan los boletos o billetes para embarcarse. Mientras trata de conseguirlos, llega un día el sargento Vázquez de la Guardia Civil, porque reclaman desde Navarra a Francisca. La niña es llevada a la Inclusa de Pamplona, donde se cría con las Hermanas de la Caridad. Francisca es acusada de intentar robar a una niña y ha de presentarse ante el juez, pero pronto queda en libertad al demostrar que ella ha sido quien ha educado a la niña. Visita a la superiora de la Inclusa, pero le dicen que no puede retirar a la niña. En fin, marcha a América con su hijo Rufino, en tanto que Alejandra permanece en la Inclusa, donde crecerá y recibirá una esmerada educación.
Cuando la niña tiene doce años, Clemente y Carlota, unos labradores pobres que no tienen hijos, se la llevan a Ezpelegui. Para ayudar a la familia, Alejandra se dedica a vender los productos excedentes de la huerta en el mercado, donde escuchará algunos rumores sobre su misterioso origen: se siente inferior al desconocer a sus verdaderos padres. Un día que tiene una discusión con una verdulera, se interesa por ella Marta Arbayún, que la lleva a su casa, donde los Areta, nobles y caritativos, se ocupan de la joven expósita. Siguen las riñas con otras verduleras, que tratan de aprovecharse del carácter apocado de Alejandra para robarle la clientela, pero este momento de prueba hace despertar su carácter enérgico: un día acude armada con una navaja para enfrentarse con Gervasia, la vendedora de peor carácter, a la que pone en fuga. Llevada de nuevo a la casa de los Areta, Marta la reprende cariñosamente (pronuncia un verdadero «sermón» reprochándole su actitud, que debe mudar por una disposición de perdón y amor). Pese a todo, Alejandra desea vengarse, pero no puede poner en ejecución sus planes porque la reclaman de la Inclusa y debe regresar a Pamplona, donde pasará varios años más.
En este punto la acción vuelve a conectar con el inicio de la novela, es decir, con la visita de Alejandra a los Areta en su casa de Pamplona, por Navidad (p. 77). Y así lo destaca el narrador: «No estará de más que recordemos, querido lector…» (p. 347). Se cuenta, pues, lo ocurrido en esos años de separación: pese a su inicial carácter adusto, la joven se ha educado en la Inclusa, destacando en las labores; tanto es así que puede ganar algún dinero dando clases a unas señoritas. Marta comenta a la joven que Simona, una hija de Gervasia, es criada de la casa y Alejandra dice que pedirá perdón públicamente por su anterior conducta, a lo que sigue otra lección moral de la buena esposa de Areta. A todo esto, Francisca ha regresado de América. Allí la familia ha prosperado y propone a la muchacha que vuelva con ella y se case con su hijo Rufino, que todavía la recuerda con cariño. Alejandra responde que solo podría amarle como a un hermano; además, ha decidido consagrar su vida a Dios y al prójimo, en una decisión —se especifica— totalmente libre y espontánea. Francisca, buena cristiana, acepta y respeta esa decisión: «Tienes razón: tú debes ser monja, porque eres demasiado buena para nosotros» (p. 415).
En unas páginas finales, que funcionan a manera de epílogo, vemos a la joven profesar como monja de la Caridad, rodeada de las personas queridas, incluidos Francisca y Manuel. Años después, sor Alejandra muere suave y dulcemente, casi como una santa, en un hospital de incurables, a los que ha atendido con abnegación, en el «heroico ejercicio de la caridad» (p. 423). La novela acaba con un canto a la caridad (p. 426) y la afirmación de que Alejandra esperará a sus seres queridos en el Cielo[2].
[1]La expósita. Tipos y costumbres de Navarra. Novela por Mariano Arrasate Jurico, Pamplona, Talleres Tipográficos «La Acción Social», 1929, 427 pp. Hay dos ejemplares en la Biblioteca General de Navarra, signaturas 6-3/172 y 6-3/246. El primero lleva una dedicatoria escrita a la pluma: «A la «Tertulia de Amigos del Arte» de Portugalete, como expresión de viva simpatía. / Mariano Arrasate».
Rafael de León y Arias de Saavedra (Sevilla, 1908-Madrid, 1982), VIII marqués del Valle de la Reina y IX conde de Gómara, puede adscribirse como poeta a la Generación del 27 (aunque no siempre figure en las nóminas al uso), con poemarios como Pena y alegría del amor (1941) o Jardín de papel (1943). Abogado de carrera, nunca ejerció la profesión, como tampoco ocultó nunca su homosexualidad: «Rafael de León fue un grandísimo poeta, y un valiente para su época. Se atrevió a amar libremente y a reconocerlo, y más de un disgusto, una humillación y un desafecto se ganó por ello», escribía Alfonso Ussía en ABC en 2002.
Como autor de letras para copla, formó parte del célebre trío Quintero, León y Quiroga, que escribió varias de las más célebres canciones populares españolas del siglo XX (algunas de ellas en colaboración con otros artistas), como «Tatuaje», «Ojos verdes», «Francisco Alegre», «La Zarzamora», «A ciegas», «A tu vera», «A la lima y al limón», «Pena, penita, pena», «María de la O» o «Con divisa verde y oro». Hacia el final de su dilatada carrera de letrista, Rafael de León escribió para los cantantes Nino Bravo, Raphael, Rocío Dúrcal, Rocío Jurado, Isabel Pantoja o Carmen Sevilla, entre otros.
«En Sevilla había una casa» (suele citarse también con el título de «No te mires en el río») es una famosa copla, escrita en 1940, que ha sido cantada por algunos de los más grandes de la canción popular, desde Concha Piquer (Bulerías, 1940, y en el film Me casé con una estrella, de 1951) o Estrellita Castro (1943) hasta Diana Navarro (De la Piquer a la Navarro, 2023), pasando por Lola Flores en la película María de la O (1959), Angelillo (Grandes éxitos de Angelillo, vol. 1), Imperio de Triana, Elsa Baeza, Concha Velasco en Pim, pam, fuego (1975), Carmen París, Juan Legido (El gitano señorón, vol. 1, 2006), Paco Valladares en Mamá, quiero ser artista (1986), María Dolores Pradera (María Dolores Pradera canta con… acompañada por Los Gemelos, 1989), Carlos Cano (en su disco Ritmo de vida de 1989), Hilario López Millán (Hilario, 1991), Martirio (Coplas de madrugá, 1998) o Armando Moreno (Antología: la colección definitiva, 2021), entre otros cantantes.
Salvador Dalí, Figura en una finestra (1925). Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid, España).
El texto pondera los celos que siente el yo lírico al ver a su enamorada, bella y engalanada, reflejándose en el río (el Guadalquivir), hasta que un día, en efecto, este termina arrebatándosela: «Que la vio muerta en el río / y que el agua la llevaba».
En Sevilla había una casa, y en la casa una ventana, y en la ventana una niña que las rosas envidiaban.
Por la noche con la luna en el río se miraba. ¡Ay, corazón, qué bonita es mi novia, ay, corazón, asomá a la ventana!
¡Ay, ay, ay, ay!, no te mires en el río, ¡ay, ay, ay, ay!, que me haces padecer porque tengo, niña, celos de él.
Quiéreme tú, ¡ay!, quiéreme tú, bien mío. Quiéreme tú, niña de mi corazón, matarile, rile, rile, ron[1].
De la feria de Sevilla él le trajo una alianza, gargantilla de corales y unos zarcillos[2] de plata.
Y parecía una reina asomada a la ventana. ¡Ay, corazón!, le decía su novio, ¡ay, corazón!, al mirarla tan guapa.
¡Ay, ay, ay, ay!, no te mires en el río, ¡ay, ay, ay, ay!, que me haces padecer porque tengo, niña, celos de él.
Quiéreme tú, ¡ay!, quiéreme tú, bien mío. Quiéreme tú, niña de mi corazón, matarile, rile, rile, ron.
Una noche de verano cuando la luna asomaba vino a buscarla su novio y no estaba en la ventana.
Que la vio muerta en el río y que el agua la llevaba. ¡Ay, corazón!, parecía una rosa. ¡Ay, corazón!, una rosa muy blanca.
¡Ay, ay, ay, ay, cómo se la lleva el río! ¡Ay, ay, ay, ay, lástima de mi querer! ¡Con razón tenía celos de él!
¡Ay, qué dolor, qué dolor del amor mío! ¡Ay, qué dolor, madre de mi corazón!, matarile, rile, rile, ron[3].
[1]matarile, rile, rile, ron: son varias las cancioncillas populares que tienen en común la coletilla de «matarile, rile, rile, matarile, rile, ron».
En el segundo apartado de Sangre y vida, «Transfondo de mujer» (constituido por solo seis poemas), adquiere mayor presencia el amor físico y los poemas se cargan de sensualidad, de besos y caricias[1]. El primer poema, «Que tu ángel se abra y mire…», nos presenta positivamente a una mujer a la que se pide que sea «ángel último», junto con estas otras peticiones: «que delicada / y pura hagas latir / nuestro pensamiento alado»; «sube pura, mujer / sin tiempo, ya sin años / y delicadamente bella»; «de nuestros sueños llévanos / a la realidad / de tu obra»; y acaba así:
Y que ya de la inmensa concepción vibrante del pulido cristal de tus senos nazca sobrada, en marea viva, la entera rosa de tu inmensidad madura.
El poema número 2, «Hundirse en ese mar desconocido…», se estructura como una sucesión de infinitivos («Hundirse … y ascender … Ser común viento… Y dormir… Caer… renacer … ir saltando…»); al mismo tiempo, se acumulan imágenes relativas al amor: «el cariñoso dulzor de unos labios», «dulzores / de rosa en nuestras frentes», «ya un beso», «sensorialmente unido», todo para ir «buscando / celeste fondo, abrasándolo todo…».
El siguiente poema reitera en cinco ocasiones el imperativo «Déjala» («Déjala flotar al aire, asentida…», comienza). Formalmente el poema se construye como un soneto, pero —de nuevo hay que decirlo a fuer de sinceros— no se ha conseguido alcanzar un buen ritmo poético, los acentos no están donde debieran para lograr endecasílabos sonoros y, en alguna ocasión, hasta es mala la medida (junto con los endecasílabos, hay algún dodecasílabo, o incluso versos de más sílabas). Las formas tradicionales parecen resistírsele a Amadoz, quien no se siente cómodo con los corsés de la medida y la rima consonante, y pronto se liberará de ellos para siempre, para instalarse en un ritmo preferentemente versicular donde encuentra mejor cabida la expresión de sus temas poéticos. Igual que en el anterior, en este fallido soneto lo más destacable es la imagen que nos habla de «enflorar mía en la última rosa / de mis días / […] / inmensa y hermosa» (referido, en alusión no del todo clara, a la mujer, a la amada).
Una imagen similar, mujer=rosa ascendente, estructura el poema 4, «Y así como a una rosa…». La amada se hace presente a través del vocativo «mujer» reiterado a lo largo de la composición; el poeta ve el cielo «bellamente en tus labios agrandado» y el poema se carga de cierto tono erótico:
Así, mujer, llama viva, calmada, de mi hambre ignorada, mar procelosa, revierto tu animado color sobre mi sombra lasciva y me hundo en tu flor amorosa como un polen llovido en la tierra sedienta, dilatada[2].
El quinto poema de «Transfondo de mujer», «Sí, bajo esta hondonada mía, donde se juntan…», pretende ser un soneto de versos alejandrinos, pero de nuevo el ritmo y la medida serían mejorables. El yo lírico se dirige a la amada: «guardo inmenso el secreto que tus ojos apuntan», comenta que tiene hermosamente clavada en su pecho el alma de la mujer, y remata con un segundo terceto que cito:
Sólo sé que unidos vamos, ardientemente enclavados uno en otro, en la serena calma de las vidas fundidas que hicieron su torrente.
Se vuelve al verso libre en el último poema de la sección, que comienza con «Se hace el milagro y tu rubor cercena / rosas…» y se construye en torno a la anáfora de «Se hace el milagro», que no es otro que el milagro del amor. El poeta se sigue dirigiendo a un tú (a esa mujer aflorada a la que siente llegar «como un celeste advenimiento») al tiempo que pondera ese poderoso amor: «Hieres sangrantes ojos», «mi alma revienta luces», «las sombras / manan besos llenos de oro». Cito el final:
Desde mi honda rada en que te acuestas has surgido sedienta, nueva, y la plena mar en que navego te rinde el milagro libre de su espuma. Como manos, surgen rosas abiertas, exhalantes, de mi corazón mutilado, manos que te toman dibujada entre las nuevas luces.
En suma, la mujer y el amor —aspectos íntimamente ligados a la creación poética— han pasado a un primer plano poético en esta parte segunda del libro, dominándolo todo[3].
[1] «Cada poema es un canto amoroso. Ahora desde una perspectiva más extensa, más corpórea, con sus arrebatos y fuego. […] El tú no tendría sentido sin el yo» (Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra-Departamento de Educación y Cultura, 2002, pp. 66-67).
[2] De la estrofa final destaco la paronomasia «hago latir el loto».
[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
El tema de la creación poética, que ha ido apuntando aquí y allá en la primera sección poética del libro, se precisa de forma más clara en el poema octavo (lo he reproducido en una entrada anterior, al tratar de la poética de Amadoz). Y ese tema de la escritura creacional sigue en el poema 9, «Sí, con el último poema del día…», en el que habla el poeta de «superar mi anterior odisea del verbo», de la posibilidad de tener «la poesía del mundo / en nuestras manos». De nuevo nos encontramos ante un poema afirmativo, con presencia del sí y del yo: «yo que quiero ser mejor», «la luz de mi rosa», «sin miedo», «me entrego todo», «arrancado en sintonía pura / con las cosas», «rindo mi mensaje / en oro en la corona de mi letra», «de nuevo me vierto todo, / como lo hace la luz sobre mis ojos», etc.
Sorprendentemente, el poema décimo que remata «De mi recogida belleza» es un soneto; y he escrito «sorprendentemente» porque, salvo con algunas excepciones en este primer poemario, Amadoz nunca va a cultivar las formas estróficas tradicionales para decantarse por el verso libre de largo recorrido y ritmo cadencioso[1]. Además, es un poema que —valga decirlo en honor a la verdad— “suena mal”, sin que alcance un buen ritmo ni una medida lograda. En sentido positivo, cabe destacar la imagen, querida y repetida, de «mi alumbrada / rosa», destacada además aquí por el encabalgamiento versal. Respecto a su contenido, transcribiré las certeras palabras de Fernández González, crítico de fina sensibilidad, maestro y amigo al que con gusto estoy citando reiteradamente en este estudio:
El último poema (soneto) nos revela en sus catorce versos que el poeta y el hombre («unido en camino conmigo») se funden para remontar la corriente del río en que se inmolan, remando juntos con la palabra y las estrofas, intentando anclar toda la primavera[2].
Como balance de esta sección acogida bajo el título de «De mi recogida belleza», podemos afirmar que en ella se nos está enseñando lo que el poeta es, lo que el poeta tiene: la rosa, la luz, la palabra[3]; se nos muestra el yo poeta y su labor de creación; aparece en su relación con la amada, con el mundo y con las cosas; y apunta, levemente todavía, el tema de la muerte y la búsqueda (o necesidad) de Dios. En definitiva, no sería disparatado afirmar que en estos diez primeros poemas están, con cierto desarrollo o simplemente en germen, los principales temas poéticos de José Luis Amadoz[4].
[1] Recordemos que Amadoz trabajó de joven la simbología bíblica.
[2] Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 66.
[3] «La palabra —escribe Fernández González— es fuego que alimenta y revive los ensueños tejidos con sombras, vientos, estrellas, ríos, primaveras, alegrías, regazos, sonrisas… perenne fuego todo. […] La entrega funde el mundo con ella mediante el fuego que Dios puso en nuestra sangre. hay en la voz lírica, en el poeta, un deseo de llenar el mundo de su risa y su alegría, de ser urdimbre que teja las cosas con su palabra, empujado por el amor» («Río Arga» y sus poetas, pp. 65-66).
[4] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
Retomo hoy la serie de poemas “sevillanos” con este soneto de Nuevas canciones (1917-1930)de Antonio Machado, en el que se mezclan la evocación de la ciudad y la casa natal, el Palacio de las Dueñas (brevemente, en los dos primeros versos) y el recuerdo nostálgico del padre, Antonio Machado Álvarez, «Demófilo».
Esta luz de Sevilla… Es el palacio donde nací, con su rumor de fuente. Mi padre, en su despacho. —La alta frente, la breve mosca, y el bigote lacio—.
Mi padre, aún joven. Lee, escribe, hojea sus libros y medita. Se levanta; va hacia la puerta del jardín. Pasea. A veces habla solo, a veces canta.
Sus grandes ojos de mirar inquieto ahora vagar parecen, sin objeto donde puedan posar, en el vacío.
Ya escapan de su ayer a su mañana; ya miran en el tiempo, ¡padre mío!, piadosamente mi cabeza cana[1].
Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene después de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego (Mateo, 3, 11).
Con la fiesta del Bautismo de Jesús finaliza hoy el ciclo litúrgico de Navidad, y con ello la serie de poesías navideñas que he venido transcribiendo y glosando brevemente durante estos días.
Willem van Herp II, Bautismo de Cristo. Museo Nacional del Prado, Madrid (España).
Lo hago con el poema «El Bautismo de Jesús (Mc 1, 6-11)», del sacerdote marianista José Luis Martínez (Aguilar de Bureba, Burgos, 1923-Madrid, 2016), que dice así:
Los bíblicos profetas recibían de Dios su vocación con palabras concretas y signos de infusión del Espíritu, Señor de la misión.
Jesús era inocente, y nunca en él hubo un solo pecado, pero entró en la corriente[1] para ser bautizado, pues con el hombre sí estaba hermanado[2].
Cuando Jesús salió del agua del Jordán ya bautizado, el Padre proclamó, desde el cielo rasgado: «Este es mi predilecto, mi Hijo amado»[3].
Y el Espíritu Santo, en forma de paloma aleteante[4], lo arrulló con su canto y lo ungió al instante con su fuerza y su luz vivificante.
Y, a partir de ese día, con la unción y la fuerza del bautismo, al diablo desafía, y anuncia un mesianismo que es servicio y entrega de sí mismo.
«Y pasó haciendo el bien, y liberando al pobre y oprimido» hasta su último amén —cuando todo era olvido— perdonando, sin sentirse ofendido.
Y este es el compromiso de aquel que en Cristo ha sido bautizado: no ser nunca remiso en hacer, de buen grado, el bien, nunca medido ni tasado[5].
[1]en la corriente: del río Jordán, como se explicita enseguida.
[2]con el hombre sí estaba hermanado: Dios se hizo hombre para redimir al género humano.
[3] «Entonces se formó una nube que les hizo sombra, y de la nube salió una voz: Éste es mi hijo, el Amado, escuchadle» (Marcos, 9, 7).
[4] «Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí que los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él» (Mateo, 3, 16).
[5] Publicado por José Luis Martínez, SM en su blog Poesía Religiosa el miércoles 14 de enero de 2009, de donde lo tomo. Los cinco primeros versos funcionan a modo de lema (con esa disposición tipográfica: justificados por la derecha y en cursiva); en el quinto corrijo la errata «profestas».
Ayer traía al blog el soneto del sacerdote claretiano Pedro Casaldáliga (Balsareny, Barcelona, 1928-Batatais, São Paulo, 2020) titulado «“Él se hizo uno de tantos”». Para hoy copio otro de temática similar, el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios como Dios Hijo, por el poder del Espíritu Santo: Jesucristo asume la naturaleza humana, precisamente para redimir a todo el género humano. El poema se publicó en El tiempo y la espera (Santander, Sal Terrae, 1986) con el título «Claridad» (ver el v. 14), pero en Sonetos neobíblicos, precisamente (1996) el epígrafe cambia a «“Y el Verbo se hizo carne”». El soneto (con un esquema de rima no habitual: ABAB BABA CCD EED) es como sigue:
Decir el pan, la lucha, el gozo, el llanto, el monótono sol, la noche ciega. Verter la vida en libación de canto, vino en la paz y sangre en la refriega.
Desnuda al viento mi palabra os llega. Sobre la plaza de la fiesta canto. Pido que todos entren en la siega. Vengo a espantar las fieras del espanto.
Mediterráneamente luminosa, escancio en mi palabra cada cosa, vaso de luz y agua de verdad.
Si el Verbo se hace carne verdadera, no creo en la palabra que adultera. Yo hago profesión de claridad[1].
[1] Lo cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 137.
Del sacerdote salesianoRafael Alfaro (El Cañavate, Cuenca, 1930-Granada, 2004) ya había traído al blog su soneto «Hoy tengo ya mi lámpara encendida». Este otro poema, su «Canción de cuna para los niños de Beirut», sirve igual, por desgracia, para la guerra del Líbano de los años 80, como para las de nuestros días, tanto en esas castigadas tierras de Oriente Medio como en Ucrania, o en tantos países del continente africano que sufren guerras olvidadas, poco o nada mediáticas. Si el Niño Jesús —que venía en camino en el vientre de María— recibió el cruel «No hay posada» de sus contemporáneos, para todos estos otros niños de nuestro enloquecido mundo actual tampoco hay hogar, ni comida, ni escuela, y en sus vidas única y tristemente «florece la artillería» (v. 3).
Un niño de ocho años de la ciudad palestina de Rafah sentado en las ruinas de su casa bombardeada por Israel. Foto: UNICEF.
«El que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen, mejor le sería que le echasen al cuello una muela de molino y le arrojasen al mar» (Mc 9, 42).
En Beirut la noche es fría y en los jardines del viento florece la artillería.
Los niños duermen despiertos y hasta los que mueren quedan con los ojos más abiertos.
Abiertos porque el espanto no se los deja cerrar ni con los puños de llanto.
Ea, a dormir, ojos bellos, que los dedos de la paz pongan sus rosas en ellos.
Ea, a soñar, ojos claros, porque los niños del mundo hoy cantan para velaros[1].
[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 122-123.