«Unas palabras a don Quijote», soneto de Roberto Liévano

Roberto Liévano (Bogotá, 1894-1975) fue poeta, ensayista, historiador y traductor. Colaboró con crónicas y escritos periodísticos en publicaciones como La Patria, El Tiempo o El Espectador. Entre su producción se cuentan títulos como El mensaje inconcluso (poemas), En torno a Silva (ensayos), Viejas estampas (crónicas), La conjuración septembrina y otros ensayos (historia) o Evocación de Santafé de Bogotá (crónicas), entre otros.

En su libro de poesías El mensaje inconcluso (1947) Liévano incluye un soneto de versos alejandrinos que se presenta bajo el epígrafe «Unas palabras a don Quijote», a propósito del cual ha escrito David Jiménez:

Roberto Liévano pertenece, en este soneto, a la cofradía de los esteticistas que ven en don Quijote, no tanto el paladín guerrero, sino el poeta. Por eso, los dos símbolos que prefiere son el yelmo de Mambrino y la ínsula Barataria, algo así como los triunfos momentáneos de la fantasía sobre la realidad. Quijotes son los que van «tras la pía ínsula del Ensueño» que algunos llaman Utopía. Los demás son antiquijotes: sanchos, amas, curas, sobrinas, barberos. Extraño que, siendo Barataria una isla soñada, su soñador, Sancho Panza, se encuentre en la lista de los no soñadores[1].

Don Quijote y la utopía

Y este es el texto del poema:

Rebotan en el peto de tu recia armadura
—Padre nuestro y Maestro de la Caballería—
los dardos que te asesta la zafia hipocresía
del barbero y el ama, la sobrina y el cura.

Pero como una estrella bajo la noche oscura
el yelmo de Mambrino las almas fieles guía,
que en el vino divino de la melancolía
hallaron la embriaguez de tu sabia locura.

Y así, mientras la prole de Sancho se acrecienta
y desborda, nosotros sobre la ruta cruenta
seguimos tus pendones y vamos tras la pía

ínsula del Ensueño, donde te encontraremos.
¿Qué importa si los bárbaros la llaman Utopía?
Para que sea verdad basta que la soñemos…[1]


[1] David Jiménez (con la colaboración de Bibiana Castro), «Don Quijote en la poesía colombiana. Antología», Literatura: teoría, historia, crítica, 7, 2005, p. 279.

[1] Roberto Liévano, El mensaje inconcluso (Poesías), Bogotá, Ministerio de Educación, 1947, p. 67. Cito el texto, con algún ligero retoque, por Juan Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1949, p. 155 (aquí el primer verso figura con la errata «Retoban», que corrijo). Se reproduce también en Don Quijote en la poesía colombiana, compilación, presentación y notas de Vicente Pérez Silva, 2.ª ed., Bucaramanga, Sic Editorial, 2001, p. 89; y en «Don Quijote en la poesía colombiana. Antología», selección y comentarios de David Jiménez con la colaboración de Bibiana Castro, Literatura: teoría, historia, crítica, 7, 2005, p. 279.

Los «Sonetos en alabanza de Cervantes hechos por el propio don Quijote» de Antonio Bórquez Solar

Como escribe Juan Uribe-Echevarría, «El poeta y fervoroso cervantista chileno Antonio Bórquez Solar (1874-1938) dedicó dos sonetos panegíricos a su maestro»[1]. Bórquez Solar, natural de Ancud (provincia de Chiloé, región de Los Lagos), alternó su dedicación al periodismo (dirigió los diarios El Progresista y El Ateneo) con el cultivo de la poesía. Su producción lírica, que cabe adscribir al Modernismo, incluye títulos como Campo lírico (1900), Amorosa vendimia (1901), La floresta de los leones (1907), Dilectos decires (1912), La leyenda de la estrella solitaria (1919) o La diamantina fortaleza (1929), entre otros. Para el teatro, el escritor chilote compuso algunos dramas como Carrera (1921) y El trovador paladín (1928), y en el terreno de la narrativa aportó la novela La belleza del demonio: la Quintrala (1914).

Sus «Sonetos en alabanza de Cervantes hechos por el propio don Quijote» son dos composiciones puestas en boca de la creatura cervantina que, frente al olvido que conoce su creador en vida, vaticina su gloria futura y, además, la unión de ambos en la inmortalidad de la fama. Los textos de los sonetos rezan así:

I

Mi Señor y mi Padre, ¡oh, Cervantes!
Al morir, con el pie sobre el estribo
hacia la eternidad, es justo que antes
te dé mi acción de gracias, pues que vivo.

Más fuerte que los bronces y diamantes,
sellada en un troquel el más altivo,
irá tu alma a los siglos más distantes,
plena de este ideal que yo concibo.

Porque sólo yo soy tu creatura,
y como tú también amo y espero
una vida ideal mucho más pura.

Que al fin hemos de ver que yo no muero,
que detrás de mi última aventura
apacientan el lobo y el cordero.

Busto de Miguel de Cervantes

II

Yo te alabo, Señor, pues que has de verte
en bronces inmortales esculpido.
Te aclamarán las gentes de tal suerte,
que igual que un semidiós serás tenido.

Junto contigo venceré a la muerte,
y a tu inmortalidad iré yo unido…
Te alabo, pues, Señor, que se convierte
en tu gloria perenne el de hoy tu olvido.

Tal vez, y sin tal vez, no haya mañana,
en el planeta, ni una raza sola
que no ame en ti la lengua castellana…

¡Escucho ya las voces resonantes,
que al aclamarte a ti, Patria Española,
gloria del mundo llaman a Cervantes![2]


[1] Juan Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1949, p. 125.

[2] Reproduce los textos Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), pp. 125-126, indicando en nota que «Aparecen estos sonetos en la Antología Escolar Hispano-Americana e Iniciación Literaria. Tomo I de J. C. Zorrilla de San Martín, S. J. (Pág. 297)». Mantengo las mayúsculas (Señor, Padre, Patria Española) tal como figuran en la antología de Uribe-Echevarría.

«A don Quijote», soneto de Manuel de Sandoval

Manuel de Sandoval (Madrid, 1874-Madrid, 1932) fue un profesor de Literatura y académico de la Real Academia de Córdoba, además de poeta. Tras estudiar las carreras de Derecho y Filosofía y Letras, a los veinticuatro años obtuvo por oposición la plaza de Catedrático de Instituto de Retórica y Poética, que ocupó en diferentes capitales como Teruel, Soria, Burgos, Córdoba (1905-1920), Toledo (1920-1930) y, finalmente, Madrid (1930-1932).

Sandoval ingresó en la Real Academia Española en 1907 como académico correspondiente en Córdoba y trece años después, en 1920, como numerario. Su discurso de recepción versó sobre Lo inconsciente y lo voluntario en las obras literarias y poéticas, y le respondió en nombre de la corporación el académico Francisco Rodríguez Marín.

De entre su producción poética me interesa destacar su soneto «A don Quijote», en el que presenta la necesidad de la resurrección del personaje cervantino para regenerar al país («a ver si un loco regenera y salva  / la nación destrozada por los cuerdos», vv. 13-14). Su pensamiento entronca, pues, con el de muchos otros autores de las generaciones del 98 y del 14, que también tomaron la figura de don Quijote para reflexionar sobre la caótica situación de España tras el Desastre de 1898.

Quijote-Cristo

Este es el texto del soneto de Sandoval, cuyo tono está marcado por el apóstrofe al «manchego ilustre» (v. 2) y los acuciantes imperativos a él dirigidos (Quebranta, monta, enristra, cierra, sal, Vuelve):

Quebranta del sepulcro que te encierra,
manchego ilustre, la pesada losa,
y vuelva tu locura generosa
a ser pasmo y asombro de la tierra.

Ya Rocinante, tu corcel de guerra,
te aguarda fiel al borde de la fosa:
monta, enristra la lanza ponderosa,
y contra el mal y la injusticia cierra.

Sin miedo a que te ultrajen a mansalva
forzados viles y asquerosos cerdos,
¡sal, como antaño, al despuntar el alba!

¡Vuelve al campo que pueblan tus recuerdos,
a ver si un loco regenera y salva
la nación destrozada por los cuerdos![1]


[1] Tomo el texto de Discursos leídos ante la Real Academia Española en la recepción pública del señor don Manuel de Sandoval el día 1.º de febrero de 1920, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1920. Se reproduce en el Discurso del Excmo. Señor don Francisco Rodríguez Marín, p. 49, quien añade este pequeño comentario: «Otra musa, la patriótica, a quien indigna y subleva el contemplar el origen de muchos de los males de España, inspiró valientemente estotro soneto dirigido A Don Quijote». Está recogido también en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 141.

«Quijote y Sancha» y «Por la Mancha», dos recreaciones quijotescas de Gloria Fuertes

Gloria Fuertes

Leyendo estos días la recopilación poética de Gloria Fuertes (Madrid, 1917-Madrid, 1998) titulada  Historia de Gloria (Amor, humor y desamor), encuentro en el libro de esta «stajanovista del verso» (así se define en el poema «Proceso creativo», que figura en las pp. 193-194) un par de composiciones que constituyen sendas recreaciones quijotescas: se trata de los poemas «Quijote y Sancha» y «Por la Mancha». Como este tema de las recreaciones me interesa mucho, y como creo que son textos escasamente conocidos, los transcribo aquí, sin necesidad por ahora de mayores comentarios, dada su sencillez:

QUIJOTE Y SANCHA

Llevo dentro de mí Quijote y Sancha
como toda mujer de ancha
es Castilla,
llevo dentro de mí mora y judía,
llevo un trigal, un chopo y un viñedo.

Presta a luchar con mi locura cuerda
Quijote y Sancha contra el vulgar e injusto,
el ambiente es hostil pero da gusto
cuando soporto bien la burla y befa,
y a enderezar entuertos
y a embellecer a tuertas.

Luchar con verso en ristre
por conquistar la puerta
de un amor borrascoso.
¿Dónde mi Dulcineo?
¿En qué Toboso?[1]

POR LA MANCHA

Por la Mancha
Sancho se aquijota
y Quijote se ensancha[2].


[1] Gloria Fuertes, Historia de Gloria (Amor, humor y desamor), ed. de Pablo González Rodas, 12.ª ed., Madrid, Cátedra, 2011, pp. 219-220. En el penúltimo verso suprimo la coma que figura tras «¿Dónde», entendiendo que «mi Dulcineo» no es vocativo; la frase vale ʽ¿Dónde [está] mi Dulcineo?ʼ. Además de esa doble identificación del yo lírico con Quijote y (aquí) Sancha, pareja que constituye la expresión simbólica de la dualidad idealismo / pragmatismo presente en todo ser humano, cabe destacar la introducción, en los versos finales, de un tema recurrente en todo el libro: el dolor por la pérdida de un amor o la ausencia de correspondencia por parte de la persona amada (aquí ese «Dulcineo» que augura un «amor borrascoso»).

[2] Gloria Fuertes, Historia de Gloria (Amor, humor y desamor), p. 354. El poema parece condensar en sus tres breves versos la conocida teoría de la quijotización de Sancho Panza y la sanchificación de don Quijote (con juego de palabras en en-sancha).

El poemario «Íntima a Quijote» (1986) de Sagrario Torres

"Oda a Dulcinea", acuarela de José Luis Samper

En el año 1986 se publicó[1], como número 5 de la colección «Julio Nombela» de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, el poemario de Sagrario Torres titulado Íntima a Quijote, que constituye una bella recreación quijotesca desde el territorio de la lírica. Para entender plenamente el significado del título ha de sobrentenderse la palabra carta o respuesta, pues eso es el libro en su conjunto: una carta íntima en respuesta a la dirigida por don Quijote a su amada Dulcinea del Toboso desde Sierra Morena.

Estos son algunos datos acerca de la autora[2]: Sagrario Torres Calderón Montiel nació en Valdepeñas (Ciudad Real), de donde salió, a la edad de cinco años, para ingresar en un internado estatal, el de «Nuestra Señora de la Paloma» de Madrid, donde permaneció hasta el año 1936. Antes de Íntima a Quijote había publicado varios otros títulos poéticos: Catorce bocas me alimentan (sonetos), Madrid, Editora Nacional, 1968; Hormigón traslúcido, Salamanca, Colección Álamo, 1970; Carta a Dios, Madrid, Colección Ágora, 1971; Esta espina dorsal estremecida (sonetos) Madrid, Colección Arbolé, 1973; Los ojos nunca crecen, Salamanca, Colección Álamo, 1975 (poema autobiográfico que describe su vida en el colegio, escrito con una beca de la Fundación Juan March del año 1973; la edición del libro estuvo patrocinada por la Delegación Nacional de Cultura); y Regreso al corazón, Madrid, Colección Adonais, 1981.

En 1982 le fue concedida una beca de Creación literaria del Ministerio de Cultura para escribir el libro Íntima a Quijote, el cual saldría publicado cuatro años después, en 1986. Las palabras que dedica Luis López Anglada al poemario (reproducidas en sus solapas) sintetizan bien su contenido y la intención de Sagrario Torres al componerlo:

A pesar de los siglos transcurridos, a pesar de los innumerables trabajos que se han escrito sobre la obra inmortal de Cervantes, nunca, hasta ahora, fue capaz una mujer de responder al mensaje de infinito amor que constituyen la vida y la muerte de Alonso Quijano, el Bueno.

Tuvo que ser una mujer manchega, iluminada desde su niñez por la luz de oro de la Poesía, la llamada a responder —y a corresponder— al inmortal amor de Don Quijote. Dulcinea de todos los tiempos, es ya, como en los versos de Antonio Machado, «… la cerca y lejos, por el inmenso llano eterna compañera y estrella de Quijano».

Tal vez nunca mujer enamorada alguna respondió con tanta hondura, con tanta belleza de expresión, con tanta altura de espíritu a la total entrega del enloquecido amador. Y nunca la inspiración de Sagrario Torres alcanzó tantas y tan altas cimas de belleza y de poesía. Aquí, Sagrario-Aldonza-Dulcinea idealiza a su vez la figura egregia de Quijote, alcanza a comprender —como solo pueden comprenderlo las enamoradas— el alma quijotesca, justifica su pasión y da la razón al ingenioso caballero, que sabía que Dulcinea no era una invención, sino una realidad que algún día —ahora— aparecería ante los ojos del mundo para dar fe de su existencia.

No, esta Dulcinea no es aquella que Gastón Baty alzó a los escenarios, protagonista artificiosa en su ideal, personaje ideal de quimera. Sagrario es, ella misma, la respuesta de Aldonza a Quijote; es, ella misma, el sueño ideal que Cervantes intuyera. Su libro Íntima a Quijote es uno de los más bellos poemas de amor que se han escrito en nuestro tiempo. Aquí, como en el libro inmortal en el que no importa que Dulcinea existiera o no, tampoco importa que Quijote haya sido una realidad o un sueño. Lo que importa es que una mujer haya respondido por fin a un inmortal mensaje de amor de un hombre por ella enloquecido.

Tras las diversas dedicatorias (entre otras, a Valdepeñas y a todos los manchegos), en unas palabras dirigidas «Al lector» (pp. 9-10) explica con detalle la autora las razones que le llevaron a escribir esta carta de respuesta Íntima a Quijote:

En ella le digo cómo veo yo su persona. De qué modo, procedente de las regiones sin nombre ni figura que sólo Dios conoce, fue concebido en la mente de su padre y madre Miguel. Cuál fue, según yo lo veo, el destino de su esforzada y desgraciada vida. Cómo le vi morir, más arrepentido de su aventura de lo que yo hubiese querido, y cómo ante su cadáver juré fidelidad inquebrantable a su espíritu y a su fama.

Añade que «Por mí y para mí, por él y para él escribí esta arrebatada carta» (p. 10), y remata sus palabras de prohemio con esta interesante indicación:

Puesto que él no podrá leerla, a ti, lector, encomiendo esta carta a mi Quijote, a nuestro Don Quijote. Mírala con buena voluntad. Es seguro que no te faltará, por malamente que cumplas el común deber español de ser amigo suyo[3].


[1] En el colofón se indica que el libro sale publicado con motivo de los 370 años de la muerte de Cervantes.

[2] Los extracto de entre los que figuran en las solapas del propio libro. Puede verse la reseña de Francisco Mena Cantero, «Sobre Íntima a Quijote», Cuadernos de Nueva Poesía (Asociación Prometeo de Poesía), abril de 1987, s. p.; y el estudio de José María Balcells, «Sagrario Torres y su poema de amor al Quijote», en Jesús-María Nieto Ibáñez (coord.), Lógos Hellenikós. Homenaje al Profesor Gaspar Morocho, León, Universidad de León, 2003, pp. 903-911.

[3] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, p. 10; el destacado es mío.

La «Oración a don Quijote» de Gonzalo Gantier Gantier

Los seguidores habituales del blog habrán notado cierta (inusual) inactividad en la Ínsula en estas últimas semanas. Podría decir, como Cervantes en el prólogo a su colección teatral, que «tuve otras cosas en que ocuparme»… Así es, y no estará de más retomar hoy las entradas con una dedicada precisamente a una recreación cervantina (quijotesca, más exactamente). Vale.

Carlos, Gobernador de la Ínsula

Gonzalo Gantier Gantier nació en Sucre (Bolivia), en 1930. Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y egresado de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca, ha ocupado diversos cargos en el Ministerio de Educación de Bolivia. Ha sido Catedrático de la Universidad Católica Boliviana de La Paz, de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y, en la actualidad, de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier de Chuquisaca. En el ámbito de la creación literaria hay que recordar su libro de poemas Juventud y canas (Sucre, Imprenta Universitaria, 1995). Sobre su poesía ha escrito Gabriel Chávez Casazola:

La poesía de Gonzalo Gantier, recogida en el volumen Juventud y canas, recuerda inmediatamente el tono del romancero español y de la poesía de García Lorca.

Sin embargo, sobre esta inspiración universal, Gantier construye un universo muy personal, expresado en tres vertientes que constantemente juegan a confundirse: una poesía religiosa, en la que alternan las concepciones inmanente y trascendente de la divinidad; una poesía erótica, repleta de imágenes a la par sugerentes y provocativas; y una poesía intimista, autorreflexiva, que se interroga sobre el estar del poeta[1].

Del corpus de su producción poética me interesa destacar su «Oración a don Quijote», en la que el personaje cervantino no solo encarna el ideal de la lucha por la igualdad y la justicia, sino que —un paso más allá— es invocado para que se convierta en un líder revolucionario de todos los pobres y explotados de la tierra, pero en especial los de los pueblos de Hispanoamérica. En este sentido, en la tercera estrofa, las referencias a King (Martin Luther King) y Guevara (Ernesto Che Guevara) son bastante transparentes. «Camilo en Colombia» es alusión a Camilo Torres Restrepo (Bogotá, 1929-Patio Cemento, Santander, 1966), sacerdote católico, pionero de la Teología de la Liberación y miembro del grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional (ELN). En fin, con «Marcelo en mi patria» entiendo que se refiere a Marcelo Quiroga Santa Cruz (Cochabamba, 1931-La Paz, 1980), político, escritor y profesor universitario que en 1971 fundaría en Bolivia el Partido Socialista (PS-1), del que sería su primer secretario.

Don Quijote revolucionario

Este es el texto completo del poema:

Una nariz de aquelarre
pegada a un rostro cenceño.
La adarga al brazo derecho
y el escudo al otro lado.

Así busca la justicia,
con Fe, Amor y Esperanza,
mi señor, mi don Quijote,
llamado Alonso Quijano.

Así galopa y galopa
desde la meseta hispana,
atravesando los mares,
sin importarle los montes,
ni los ríos, los océanos,
hasta quedarse colgando
en las montañas del Ande.

Eres Camilo en Colombia.
Eres Marcelo en mi patria.
Eres King entre los negros,
y en la América, Guevara.

No te detengas, Quijano,
en este mundo aterrado,
donde los ricos campean
explotando a los de abajo.
¡DESCUÉLGATE DE LOS ANDES!
¡Surca llanos y altiplanos,
que la sangre de estos pueblos,
divididos, separados
por el imperio del Norte,
no tiene sino un color,
ya que todos son hermanos,
desde los charros del Norte
hasta las tierras del gaucho!

¡Descuélgate, mi Señor!
Que es un grito desgarrado
el que surge de los Andes,
en medio de los volcanes,
desde Medellín y Puebla,
desde Tejas y Chicago,
hasta el estrecho del Sur
donde pasó Magallanes.

Las guerras y las tensiones
no suceden entre Estados.
Son unos cuantos señores
con el estómago hartado
que se aferran al poder,
que nos tienen engañados,
sin advertir que los pobres
ya estamos organizados
para empezar otra edad:

¡LA TUYA, ALONSO QUIJANO!

Por eso te lo decimos,
con nuestra sangre en las manos,
con nuestros rostros de sol,
con nuestra escuela sin bancos,
con nuestra piel hecha harapos,
con nuestra gente vendida
al dinero, a los gusanos
aferrados a un poder
que no sale de sus manos…
¡Te lo pedimos gritando
con nuestros dedos crispados,
donde el HOMBRE ya no es HOMBRE,
mucho menos nuestro HERMANO!:

¡Desguélgate, don Quijote,
que estamos ya preparados!

¡Desguélgate, don Quijote,
con tus brazos desgajados,
con tu nariz de aquelarre,
con tus huesos anudados!

¡DESCUÉLGATE, QUE EN LA AMÉRICA
ESTAMOS YA PREPARADOS![2]


[1] Gabriel Chávez Casazola, «Poesía chuquisaqueña de fin de siglo. Aproximación al concepto y una breve indagación textual», introducción a Poesía chuquisaqueña de fin de siglo XX, compilación y edición de María Teresa Lema Garrett, La Paz, Plural Editores, 1999, p. 23.

[2] Tomo el texto, con ligeros retoques, de la citada antología Poesía chuquisaqueña de fin de siglo XX, pp. 98-100.

El soneto a «Cervantes» de Ricardo Mujía

El abogado boliviano Ricardo Mujía Linares (Sucre, 1860-Sucre, 1938) fue profesor de Literatura e Historia en el Colegio Nacional Junín de su ciudad natal, y de Derecho Internacional en la Universidad Mayor de Chuquisaca, en la que alcanzaría el puesto de rector. Ocupó diversos cargos políticos (secretario de la Presidencia de la República, oficial mayor del Ministerio de Instrucción Pública, ministro de Gobierno y de Relaciones Exteriores) y, como diplomático, fue secretario de la Legación de Bolivia en Brasil, encargado de Negocios en Perú y ministro de la Legación en Paraguay y en Argentina.

En su faceta de poeta, publicó algunos libros —Ensayos literarios (1881), Poesías líricas (1898) y Penumbras (1907)— que lo sitúan en la transición del romanticismo al modernismo. Su inspiración brilla de forma especial en sus poemas épicos de tono patriótico. Así, en 1925 fue premiado con la Flor Natural y la Banda del Gay Saber en el certamen poético del primer centenario de la república por su composición titulada «La creación de Bolivia». En el terreno de la dramaturgia compuso piezas como las tituladas Orden superior, Pepetes, Bolívar en Junín o El mundo que juzga, entre otras. Cuenta además en su haber con obras didácticas y otras relacionadas con el trabajo que desarrolló en la delegación constituida en Buenos Aires para discutir la cuestión de límites territoriales entre Bolivia y Paraguay[1].

Combate naval de Lepanto (Palacio del Senado, Madrid)

En cualquier caso, en nuestro recorrido panorámico por la presencia de Cervantes y los temas cervantinos en la poesía boliviana contemporánea, debemos recordar su soneto «Cervantes», en el que se predica que la verdadera gloria del alcalaíno no es su vida militar, su heroica participación en la trascendental batalla naval contra el turco de 1571 («La gloria de Cervantes no es Lepanto», tal es el primer verso), sino sus inmortales creaciones literarias, el Quijote y don Quijote, símbolo del ser humano que lucha en pos del Ideal:

La gloria de Cervantes no es Lepanto;
no es el laurel de la batalla cruenta,
conquistado al fragor de la tormenta,
entre alaridos de dolor y espanto…

Su gloria está en un libro, que es el canto
a la eterna ansiedad que el alma alienta;
su gloria está en el libro en que nos cuenta
todo lo que es la vida: Risa y Llanto…

Donde el glorioso Don Quijote, ufano
por desfacer entuertos, con su lanza,
lucha, lleno de ardor… y lucha en vano…

Ese libro de amor y de esperanza
es el poema del Delirio humano,
buscando el ideal, que nunca alcanza[2].


[1] Más datos sobre el autor pueden verse en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 270-278.

[2] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, p. 279, con algún ligero retoque en la puntuación; mantengo las mayúsculas del original. En el verso 6 enmiendo la lectura «cierna» por «eterna». El texto se recoge también en Walter Arduz C., Antología de poetas de Chuquisaca, Sucre, Imprenta Universitaria, 1977.

«El caballero del Cid», de José Luis Olaizola: valoración final

El caballero del Cid, de José Luis OlaizolaEn otro orden de cosas, hay que destacar que el autor sabe imbricar con acierto los dos planos de la narración, los elementos históricos y los de ficción. No es solo que el Cid, en medio de sus campañas en el Levante, halle tiempo para interesarse por las cuitas amorosas de Efrén; también doña Jimena y sus damas siguen con interés la hermosa historia de amor que viven, con muchas dificultades, Efrén y Rucayya. En fin, cuando el muchacho logra encontrar el famoso tesoro que buscaba, los hombres del Cid lo venden y con el dinero obtenido compran armas para el ejército, que servirán para la conquista definitiva de Valencia. Por medio de pequeños detalles como estos se fusionan ambos planos de la obra.

La novela, en la que no han faltado las aventuras y los amores, termina con un desafío, un duelo caballeresco en el que van a estar en juego el honor de un caballero cristiano y el alma de una delicada doncella. En efecto, al final, Efrén desafía a Abid Muzzafar por felón y traidor; este ordena a un sayón que le rompa al joven dos dedos de la mano derecha y dos costillas (para asegurarse de combatir con ventaja), pero cuando pelean el tercer viernes de junio de 1089, el joven logra vencer y, en lugar de perdonar a su enemigo, lo degüella, dejándose llevar por el odio. Entonces Rucayya le dice que no puede ser su esposa, por haber matado a su hermano, que le pedía clemencia. Efrén se da cuenta de que va a perder para siempre el único amor de su vida y decide profesar en Cardeña, de la misma forma que su amada va a hacerlo en las benedictinas de Estella. La melancolía tiñe su alma y siente un total despego por la vida, de forma que ahora pelea temerariamente en las luchas del Cid. Pero será el propio don Rodrigo quien facilite a Efrén la solución para un final feliz, al ordenarle que saque a Rucayya del convento y se case con ella. Los vendedores de noticias —nos dicen las últimas líneas del relato— hablan de un caballero indomable que combate con una sola mano y que marcha con el ánimo muy alegre hacia Navarra…

El final es abierto, pero esperanzado: no se cuenta el desenlace definitivo, pero se adivina la posibilidad real (facilitada por el Cid) de la unión feliz de Efrén y Rucayya. Es a lo que apuntan las palabras que leemos en la contracubierta del libro: «El caballero del Cid, novela con toda la frescura de los romances fronterizos y de las primeras novelas artúricas, transportará al lector a aquel tiempo en que Europa era aún tan joven que el más grande de los héroes épicos hacía un alto en su guerrear para propiciar que la historia de amor del más gentil de sus caballeros tuviera un alegre final». Es esta, en suma, una novela amena y fácil de leer, con buenas dosis de amores y aventuras, que puede contribuir a acercar, de forma indirecta, al conocimiento del personaje del Cid entre un público amplio.

La ambientación histórica en «El caballero del Cid» de José Luis Olaizola

Aunque la novela no resulta farragosa en la inclusión de datos históricos, sí que transmite al lector los necesarios para que se haga cargo de la situación en aquel momento: se ofrece, por ejemplo, una explicación de la enemistad del Cid con el conde García Ordóñez (p. 73), que es «el más feroz enemigo que tuvo nunca el Campeador»; se dan datos, también, sobre la relación entre el Cid y el rey Alfonso VI.

La jura en Santa Gadea

Así, fue la derrota de don Alfonso en Sagrajas lo que le hizo pensar en la necesidad de recurrir al Cid en su lucha contra los almorávides, dispensando al vasallo de la ira regia; se alude a la posterior reconciliación en Toledo, cuando el Cid muerde la hierba del prado (acto de sumisión vasallática que recoge el Cantar de mio Cid); se pone de manifiesto la división de Al-Andalus en reinos de taifas, con reyes enfrentados entre sí, que han de pagar parias al Cid para que sea su protector; se alude al relajo de la corte de Toledo (pp. 88-89) y, en el otro lado, a la ola puritana que supuso la llegada de los almorávides, encabezados por el emir Ben Yussuf; se incluyen datos sobre la mesnada del Cid, que alcanza primero la cantidad de mil hombres, para aumentar luego hasta los siete mil; y, en fin, se introducen otras alusiones al conde Berenguer de Barcelona (una de las hijas del Cid, María, terminará casando con un sobrino suyo), al proyecto de conquista del Levante peninsular, etc.

Como en otras novelas ambientadas en la Edad Media, abundan las referencias a creencias supersticiosas: la Paciana es aficionada a los sueños y la astrología y, de hecho, traza la carta astral de Efrén, que armoniza a Venus y Júpiter; cierta importancia alcanza un sueño que ha tenido Efrén, en el que vio un caballo zaino (es el que monta el Cid cuando se conocen y el que aquel terminará regalándole) y una doncella con una cruz al cuello (es Rucayya, la muchacha de la que se va a enamorar): el sueño se hace realidad en el momento en que sale a cabalgar llevando a la joven a la grupa. También podemos mencionar el personaje de Ermelinda la gallega, una sanadora que ha fijado el centro de gravitación del Cid de forma tal, que nunca le puede alcanzar el hierro de sus enemigos (pp. 67 y 94). También se recogen otros augurios y profecías: así, el judío Elifaz vaticinó al Cid un futuro prometedor por donde se levanta el sol; o, cuando Efrén parte con otros caballeros a enfrentarse en duelo con Abid Muzzafar, una bandada de cuervos les cruza por el lado izquierdo, algo interpretado como un mal agüero.

Rodrigo y Jimena en «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

La novela de Olaizola nos va retratando a un Cid buen guerrero y buen estratega, que es un cumplido caballero, «el más notable caballero del orbe conocido» (p. 70), que está llamado a ser modelo de caballero cristiano por los siglos de los siglos. En una época en la que abundan los caballeros iletrados, el Cid es una excepción, pues sabe escribir en romance, latín y árabe (pp. 89-90). Además, su autoridad de mando militar se ve reforzada en los consejos con sus conocimientos de Derecho, en los que está muy versado.

Es, claro, una persona que se debe al honor: para él, se afirma, el honor de cualquiera de sus caballeros vale más que todos los reinos de España juntos, «pues el honor era patrimonio del alma y el alma era de Dios» (p. 129), según había aprendido del abad de Cardeña (se adelantó, pues, unos siglos con esta formulación el buen dom Sisebuto a Pedro Crespo, el famoso personaje calderoniano de El alcalde de Zalamea). Igualmente, «en lo que afectaba a la palabra dada, el Campeador era irreductible» (p. 126). Sin embargo, don Rodrigo es sensible ante el dolor ajeno y se interesa por personajes desventurados como el joven Efrén: «Cuentan las crónicas que, aun siendo tan aguerrido para la vida, era muy tierno en lo que atañía a determinados aspectos de las personas» (p. 128). En definitiva, tanto para sus amigos como para sus enemigos, el Cid era un guerrero sin igual, el más famoso y cumplido adalid de la cristiandad.

Hay también algunas referencias al personaje de Jimena. La sanadora Ermelinda le cuenta a Efrén cómo el Cid conoció a la joven Eximina y cómo se hicieron sus desposorios (pp. 96-97).

El Cid y doña Jimena

Después de casados, doña Jimena aconseja sabiamente al Cid acerca de los matrimonios de sus hijas, sobre la necesidad de conquistar Valencia… y es por ello muy respetada entre los caballeros de su mesnada. Se la describe como una mujer con señorío y atractiva en su madurez (p. 118), y se introduce algún detalle humorístico, a propósito de su afición a tomar baños, al afirmarse que

obligaba a hacer otro tanto a su egregio esposo, y sobre este extremo los otros caballeros, pese al respeto que debían a su señor, se permitían algunas chanzas, pues resultaba insólito que quien tanto poderío tenía sobre tantas gentes hubiera de plegarse al capricho de tomar aguas como si fuera un doncel en vísperas de sus nupcias (pp. 118-119).

La galería de personajes de la novela no es demasiado amplia, pero incluye varios otros interesantes: la Lince, pérfida y astuta mujer cuya actuación perjudicará seriamente a Efrén; el ermitaño Juan, que también acabará formando parte de las mesnadas del Cid; la viuda Zaynab y su bella hija Aisa, con la que casa Maksan (ambas están interesadas en que el viejo confiese dónde se encuentra el tesoro); Abid Muzzafar, el malvado de la novela, que asesina vilmente a Maksan y la Paciana y da tormento a Efrén (en su mirada, se nos dice, se percibe la pasión por la muerte y la destrucción); el judío Ben Elifaz, que administra sabiamente los bienes del Cid; algunos de los hombres del Cid como Minaya, el conde Pedro Peláez, Martín Antolínez, o el abad de Cardeña dom Sisebuto.