Cinco sonetos quijotescos de Germán Céspedes Barbery

En una entrada anterior examinamos el «Canto a don Miguel de Cervantes Saavedra», soneto del escritor boliviano Germán Céspedes Barbery (nacido en Cochabamba en 1916). Completaré ahora el comentario de sus recreaciones poéticas en torno al Quijote y su autor reproduciendo aquí otros cinco sonetos suyos que glosan o expresan otros tantos motivos quijotescos. Los títulos de estas cinco composiciones quijotescas son «La penitencia», «Carta de don Quijote de la Mancha a su señora Dulcinea del Toboso», «Carta del caballero don Quijote de la Mancha a su coronista don Miguel de Cervantes Saavedra», «Carta de Sancho Panza a su señor don Quijote de la Mancha» y «Exaltación de la penitencia de don Quijote de la Mancha». Son, pues, cinco recreaciones quijotescas vertidas en el molde del soneto, que forman unidad en torno al episodio de la penitencia de amor en Sierra Morena y el motivo de las cartas (como es sabido, esta técnica epistolar alcanza un gran desarrollo en la Segunda Parte del Quijote).

Penitencia de don Quijote en Sierra Morena

Estos son, sin añadido de comento alguno, los cinco textos en cuestión:

I. La penitencia

Este es, Sancho, el lugar en que pretendo
ganar para la Historia nombre y fama,
porque esta penitencia que me llama
podrá eclipsar a Orlando, si la emprendo.

Mas, en tanto me atenga a lo que entiendo,
tú tendrás que llevar a la mi Dama
y al Sabio coronista que me aclama
estas cartas que afirmen lo que atiendo.

Aquí le esperaré de Penitente,
copiando las finezas que hoy evoco
de Amadís, memorable por valiente.

Y así me verá dentro de poco,
porque en tanto no vuelvas diligente
con mucha más razón, estaré loco.

II. Carta de don Quijote de la Mancha a su señora Dulcinea del Toboso

¡Oh dulce Dulcinea del Toboso,
norte de mi ventura y de mi pena,
tuyas son la virtud y la condena
de mis cuitas amantes sin reposo!

¡Acórreme en aqueste tenebroso
dolor que por tu amor mi pecho llena,
y la inquietud exalta o la refrena
de mi brazo esforzado y valeroso!

Digno soy y seré por mis hazañas
de tu sin par bondad y fermosura,
que vivo soy si grata me acompañas.

¡Y muerto me verás, si no procura
la tu gran discreción con que me dañas
abrirme el cielo y no la sepultura!

III. Carta del caballero don Quijote de la Mancha a su coronista don Miguel de Cervantes Saavedra

Debe de ser muy grande mi enemigo,
el Sabio encantador que se ha tomado
trabajo de seguirme de contado
por las muchas hazañas que persigo.

Debe de ser muy grande, yo lo digo,
porque aun vuestra merced ha equivocado
cuando, ajeno a mi pro, tiene empeñado
un tan grande servicio a mi enemigo.

Tal es que no conozco otro motivo
para que al Coronista de mi historia
pluguiérale mi fin inefectivo.

Fementida visión, toda ilusoria,
que, ¡vive Dios!, escribo y estoy vivo
para nuevos sucesos de más Gloria.

IV. Carta de Sancho Panza a su señor don Quijote de la Mancha

No insista su merced en la locura
de mandarme mensajes apremiantes,
que aún no hallé a Dulcinea, ni a Cervantes,
y en tal caso mi vuelta es prematura.

Además hoy me place la finura
de ofrecer a los necios y farsantes
las cosas que aprendí de los Andantes,
sin que pueda afligille al señor Cura.

Que, en verdad, al tal fueran los castillos
solo flores de mentes visionarias,
«miremos por los hilos los ovillos».

Pues prefiero pedir en mis plegarias
que se llenen de escudos mis bolsillos
a buscar ilusorias Baratarias.

V. Exaltación de la penitencia de don Quijote de la Mancha

Por esforzado, valeroso y fuerte
no existió caballero en nuestra historia
que emprendiera fazañas de más gloria
que el vencedor del tiempo y de la muerte.

Nadie pudo hurtar su propia suerte,
ni vivir cuatro siglos la victoria,
en tan alta virtud y ejecutoria
sin que la fe de su valor deserte.

Nadie pudo vivir… y sin embargo,
desde el viaje de Sancho su escudero,
el tiempo pasó corto y fue muy largo.

Son testigos de un rito tan severo
su soledad y su silencio amargo.
¡Cuatro siglos heridos por aceros![1]


[1] Cito por Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 209-211. Mantengo las mayúsculas del original pero introduzco algunos cambios en la puntuación. Además, en el verso 11 del soneto III corrijo la lectura «plugiera»; en el verso 8 del soneto IV, «aflijille»; en fin, en el 14 del soneto V, se repite por error «heridos heridos».

«Las guerras de Chile», poema épico anónimo del siglo XVII

Las guerras de Chile (o La guerra de Chile, porque el manuscrito que nos ha transmitido el texto no trae título y se han hecho distintas propuestas al respecto) es un poema épico anónimo sobre la guerra de Arauco, compuesto por más de 7.000 versos, salido de la pluma de un poeta-soldado no identificado y que podríamos datar en el primer cuarto del siglo XVII. Se trata de una obra bastante poco conocida (pese a contar con una valiosa edición crítica moderna) y, en consecuencia, ha generado muy poca bibliografía entre la crítica.

Las guerras de ChileYa en otras ocasiones me he referido con más detalle a la amplia fortuna literaria que tuvo el tema de las guerras de Arauco[1]. Ahora me basta con recordar que Chile, y más concretamente aquella sangrienta guerra enquistada en el indómito territorio araucano, generó a lo largo de los siglos una abundante producción de obras de literatura, corpus en el que debemos inscribir este poema épico de Las guerras de Chile. Se trata de un texto sumamente interesante por su valor literario y también documental, en torno al cual existen varios problemas. En primer lugar, no sabemos a ciencia cierta quién fue su autor, pues si bien en el siglo XIX fue editado por José Toribio Medina a nombre del sargento mayor Juan de Mendoza Monteagudo, tal atribución está lejos de ser probada; después se han propuesto algunos otros nombres como posibles autores del poema, pero verdaderamente no sabemos quién lo escribió, de forma que a fecha de hoy parece preferible seguir considerándolo anónimo. Tampoco disponemos de datos exactos sobre su fecha y lugar de redacción, aunque la datación la podemos fijar aproximadamente entre 1610 y 1630, y en tierras americanas. En tercer lugar, y es algo que muy probablemente ha perjudicado a su conocimiento, se da la circunstancia de que la obra ha sido designada con muy variados títulos. En próximas entradas trataré de sintetizar el estado de la cuestión sobre todas estas debatidas cuestiones: Mario Ferreccio Podestá —editor moderno de la obra junto con Raïssa Kordic Riquelme—, tras señalar que estamos ante un complejo poema épico-cronístico[2], afirma que «cuanto le concierne se muestra enigmático y controvertido, tanto para el lector primario como para el letrado»[3].

Si La Araucana finaliza con la batalla de Quiapo (1558), la acción de Las guerras de Chile nos traslada a cuarenta años después, 1598. En efecto, se refieren en el poema distintos episodios bélicos de la rebelión mapuche de finales del siglo XVI; trata, concretamente, de la guerra de Arauco entre los años 1598 y 1600. La acción comienza con la batalla (sorpresa, desastre) de Curalaba de 1598, en el que las tropas del lonko[4] Pelentaro matan al gobernador Martín García Óñez de Loyola; se refiere después el envío de refuerzos españoles desde el Perú al año siguiente, 1599, al mando del nuevo gobernador Francisco de Quiñones; y la obra concluye abruptamente con la llegada de los holandeses al archipiélago de Chiloé en 1600 (la expedición corsaria organizada por los hermanos Simón y Baltazar de Cordes, culminada por este tras el fallecimiento del primero). Osvaldo Silva Galdames, al trazar el encuadre cronológico de la obra, escribe:

La narración del poema se extiende desde el arribo del gobernador Quiñones a Concepción hasta la llegada del corsario Baltasar de Cordes a Chiloé, acaecida, según Barros Arana, el 19 de abril de 1600: tal es el marco temporal en el cual el autor es también actor y observador de los hechos referidos, que, por lo demás, están consignados en otros documentos, especialmente aquellos relativos al gobierno de Francisco de Quiñones[5].

Cabe presuponer que el inconcluso proyecto narrativo del autor/narrador-testigo incluiría la alianza de los indígenas con los piratas holandeses y el ataque de estos a Castro, en la Isla Grande de Chiloé, con la defensa de la ciudad por parte de los españoles. Ferreccio supone que, de haber sido completado, el poema podría haber visto duplicada su extensión.

No puedo detenerme ahora a analizar la clara relación que guarda este poema con el Purén indómito de Diego Arias de Saavedra; en efecto, las dos obras empiezan con la sorpresa de Curalaba y la muerte de Óñez de Loyola (nacido en 1549, gobernó en Chile los años 1592-1598), el cual fue «un acontecimiento central en la conquista hispánica porque promueve un levantamiento generalizado de los indígenas y convierte el territorio en lugar de batalla permanente»[6]. La principal diferencia estriba en que en el Purén indómito el objetivo fundamental es la exaltación heroica de Francisco de Quiñones, mientras que en Las guerras de Chile no existe tal propósito: se le cita, sí, elogiosamente, pero solo una vez, al final del Canto V, de forma que en modo alguno llega a constituirse en el personaje central de la obra:

Otro escuadrón formado diferente
de nobles capitanes y varones
sacó de la ciudad alegremente
el noble don Francisco de Quiñones,
mostrando su severo continente
más claro que pudieran mil renglones
ser entre gente tan ínclita y granada
el digno capitán de tal jornada (octava 387).


[1] Ver mis trabajos «“Cautivo quedo en tus ojos”: el cautiverio de amor en el teatro del Siglo de Oro sobre la conquista de Arauco», en Miguel Donoso, Mariela Insúa y Carlos Mata (eds.), El cautiverio en la literatura del Nuevo Mundo, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011, pp. 169-193; «La guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, 2011, pp. 171-186; y «El imaginario indígena en el Arauco domado de Lope de Vega», Taller de Letras, Número especial 1, 2012, pp. 229-252 En estos trabajos el lector interesado encontrará abundante bibliografía.

[2] Destaca «su condición de ser cronológicamente la última composición poemática épico-cronística chilena» (Mario  Ferreccio Podestá, «Prólogo» a Anónimo, La guerra de Chile, ed. crítica de Mario Ferreccio Podestá y Raïssa Kordic Riquelme, Santiago de Chile, Universidad de Chile / Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 1996, p. 7).

[3] Ferreccio Podestá, «Prólogo» a La guerra de Chile, p. 7.

[4] Palabra mapuche que significa ‘cabeza’, y por extensión, ‘jefe, caudillo, capitán’.

[5] Osvaldo Silva Galdames, «La guerra de Chile como fuente histórica», estudio preliminar a Anónimo, La guerra de Chile, ed. crítica de Mario Ferreccio Podestá y Raïssa Kordic Riquelme, Santiago de Chile, Universidad de Chile / Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 1996, p. 68.

[6] Ferreccio Podestá, «Prólogo» a La guerra de Chile, p. 19.

Autores y obras de la comedia moratiniana

Dejando aparte a Leandro Fernández de Moratín, su más egregio representante, otros autores dieciochescos cultivaron la comedia neoclásica. Así, Nicolás Fernández de Moratín publicó en 1762 La petimetra. Se trata de una comedia de capa y espada, híbrido de comedia barroca y comedia a la francesa, que describe un tipo femenino, el de la presumida. El delincuente honrado (escrita en 1773), de Melchor Gaspar de Jovellanos, es obra de tesis sobre los desafíos. Puede ser considerada un melodrama o comedia lacrimosa, un tipo de teatro con abundantes elementos trágicos y sentimentales.

Tomás de IriartePodemos recordar asimismo las comedias de Tomás de Iriarte: Hacer que hacemos (1770), El señorito mimado (1788) y La señorita malcriada (1788, estrenada en 1791). Las dos últimas son las más importantes. En la primera, el protagonista es Mariano; su madre, la viuda doña Dominga, le permite todo, de forma que se convierte en un calavera. Entabla relaciones con Mónica, una chica ligera de costumbres, y firma con ella un compromiso matrimonial. Entra en contacto con una banda de estafadores, que es detenida. Él se salva, pero pierde el verdadero amor de Flora. Se trata, como podemos apreciar, de una obra con intención didáctica, que presenta además algunos rasgos costumbristas. La señorita malcriada viene a ser el reverso de la moneda; aquí la protagonista es Pepita, una joven insolente y de vida desenfada. Su padre, don Gonzalo, un juerguista, la incita incluso a ello, sin preocuparse lo más mínimo de su educación. Pasa por diversas peripecias y al final es recluida en un convento para ver si enmienda su malcrianza. Esta obra denuncia los vicios de la mala educación, con un respeto escrupuloso de las tres unidades.

De Juan Pablo Forner cabe mencionar títulos como La escuela de la amistad o El filósofo enamorado (1795) y La cautiva española. Por su parte, María Rosa Gálvez es autora de Un bobo hace ciento, La familia moderna, Las esclavas amazonas, Los figurones literarios, El egoísta… En fin, Cándido María Trigueros escribió Juan de buen alma y otras obras, que son refundiciones de Lope, Molière, etc.[1]


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.