La «Invocación a don Miguel de Cervantes» de Reinaldo López Vidaurre

El artista boliviano Reinaldo López Vidaurre (La Paz, 1917-La Paz, 1973) se desempeñó en la triple faceta de músico, pintor y poeta. En su ciudad natal fue Director y profesor de la Academia de Bellas Artes y del Conservatorio de Música[1]. Usó el seudónimo Lulijamachi (el ‘colibrí’ del pueblo aymará). Entre sus libros poéticos se cuentan Fuga (1941), La senda perdida. Poemas en prosa (1947) y Cuadros fantásticos (1968). Sobre el conjunto de su obra poética ha escrito Armando Soriano Badani:

Poesía de refinados acentos que bucea en las intimidades y secretos de la música, de donde obtiene modulaciones de rica subjetividad lírica. Sonetista de primer orden, ha cantado en sus rítmicas estrofas el paisaje natal con auténtico calor telúrico y colorido lírico[2].

López Vidaurre es autor de una «Invocación a don Miguel de Cervantes», que se publicó en el núm. 38 de la revista municipal Khana de La Paz, año X, vol. I, marzo de 1967[3]. Se trata de una serie de once sonetos dedicados a Cervantes, el Quijote y su trascendencia, don Quijote y varios otros personajes de la novela. Los títulos de las composiciones son los siguientes: «Invocación», «Retrato» (de Cervantes), «Don Quijote», «Sancho Panza», «Dulcinea del Toboso», «Rocinante», «El rucio de Sancho Panza», «Ginés de Pasamonte», «La locura del amor», «Grandeza» (del personaje don Quijote) y «El libro de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha». Son textos con versos, como podrá comprobarse en su lectura, de desigual calidad poética, pero interesantes a la hora de estudiar la huella cervantino-quijotesca en la poesía de Bolivia. Por ello —y por lo poco conocidos que resultan—, transcribiré aquí, sin comentarios, los tres primeros poemas de la serie.

INVOCACIÓN

Divino Apolo, mira complaciente
a quien te clama al pie de tus altares;
glorioso, pon tu miel en mis cantares:
que broten como linfa de la fuente.

Mi verso tome el ser del sol surgente;
del tono fresco de los verdes mares.
Disipen de mi pecho los pesares
el aura vaga, la canción fulgente.

Sorprendan mis oídos sones claros
cantados con dulzor por la sirena
entre el murmullo de la noche plena.

El terso brillo del marmóreo Paros
aquí se plasme con su luz serena
como una copa de zafiros llena.

Retrato de Miguel de Cervantes

RETRATO

Aquí pervive don Miguel Cervantes,
un mucho sabio, un poco majadero;
llevose el infortunio de escudero,
y desventura fue de Rocinantes.

Mirad sus dos figuras tan vibrantes
de don Quijote y Sancho refranero:
espejo son del Triste Caballero
de bolsa flaca y sueños delirantes.

Todo lo pinta con seguro trazo
la mano de este noble prisionero.
Si la desgracia no le tiende el lazo

y torna de Lepanto sin balazo,
¡qué no podría con su cuerpo entero,
si tanto pudo con un solo brazo!

DON QUIJOTE

¡Salve, Quijote, redentor del triste,
sombra inmortal, del Bien sabiduría,
noble adalid de limpia valentía,
tu invocación de luz al mundo viste!

Todo follón que mal poder inviste
en tu pujanza tiene su agonía,
y el desvalido que en tu brazo fía
con la suprema ley su fe reviste.

Tu magra mano traiga la delicia
del pan divino, de la mano pura,
para los que soportan injusticia.

Refugio dulce, cumbre de ternura,
siempre levanta al corazón del hombre
con la inefable gloria de tu nombre[4].


[1] Una semblanza del autor puede verse en Luis R. Quiroz (ed.), Cervantes y don Quijote en Bolivia, La Paz, PROINSA Industrias Gráficas, 2009, pp. 224-228.

[2] Arturo Soriano Badani, Ensayos sobre cultura boliviana, La Paz, Plural Editores, 2007, p. 127.

[3] Con este texto López Vidaurre obtuvo el Primer Premio de Poesía en el Concurso Cervantino «Rinconete y Cortadillo en la ciudad de La Paz».

[4] La «Invocación…» completa ocupa las pp. 229-233 de la compilación Cervantes y don Quijote en Bolivia de Quiroz; estos tres sonetos figuran en las pp. 229-230. En el dedicado al «Retrato» de Cervantes, introduzco un par de modificaciones: en el verso primero, en vez de «Miguel de Cervantes», que hace verso largo, edito «Miguel Cervantes», para respetar la medida del endecasílabo. Igualmente, en el verso cuarto se lee «Rocinante», que cambio a «Rocinantes» para asegurar la rima consonante del cuarteto. Modifico, también, algunos otros detalles en la puntuación.

Jorge Manrique evocado por Antonio Colinas

Jorge ManriqueEl poema «Jorge Manrique interroga a la madrugada antes de su última batalla» tal vez no figure entre los más conocidos de la producción poética de Antonio Colinas (La Bañeza, León, 1946), pero me interesa traerlo hoy aquí porque en él encontramos una bella evocación de un poeta clásico por parte de un poeta contemporáneo[1]. Pertenece a la sección «Cuaderno de la vida» de su poemario Desiertos de la luz (que recoge poemas de los años 2004-2008). En su composición, Colinas nos presenta a Jorge Manrique —cediéndole la voz lírica del poema— justo antes de entrar en el combate en el que resultaría mortalmente herido[2].

Son varios los puntos de interés que se pueden destacar en el poema. Así, si la más célebre obra de Manrique son las coplas que dedicó a la muerte de su padre don Rodrigo, este queda aquí evocado en la cuarta estrofa («la memoria / del que me dio la vida y la templanza»). Existe además algún claro eco textual de las coplas (como la alusión, en la segunda estrofa, a «La verdura de la era»[3]), y se perciben asimismo tópicos de raigambre clásica (la vida como sueño), junto con la reminiscencia de una de las ideas nucleares de las célebres coplas manriqueñas, a saber: la pervivencia, más allá de la muerte física, no solo en la vida eterna, la de la trascendencia religiosa, sino también en esa otra vida perdurable de la fama.

Este es el texto del poema, compuesto, por cierto, en estrofas tradicionales (cuartetos y serventesios) y rematado con un endecasílabo tan hermoso cuan rotundo («Este aire limpio sabe a muerte santa»):

Brota la luz, muere la noche, entera
mi espada, estos montes, los tomillos
me abren los ojos a más vida, brillos
arden, o pájaros, y mi alma espera.

¿Qué espera? ¿La verdura de la era
cuando avanza la edad? ¿Y yo qué espero?
¿En el aire, cuchillos? ¿Desespero
ante la muerte de Él, la verdadera,

o ante la mía sólo adivinada?
¿He vivido o acaso he soñado?
¡Tanto luchar por todo y para nada!
¿También mi batallar equivocado?

Siempre creí en amor, en la memoria
del que me dio la vida y la templanza,
pero el amor no siempre ama la Historia
y el que ama desprecia la venganza.

Vivir para morir, soñar la vida,
otra vida, más vida: la más alta.
Piafa ya el caballo sin la brida
que lo retiene, y mi osadía exalta.

Arranca la batalla, reverbera
el clarín, mas comprendo de repente
que esa música no es la verdadera,
que ya es tarde. ¿Y mi música silente?

Tiembla el álamo. Siento sed de duda.
Se alzó ya el sol sobre el otero, canta
la piedra, y se enciende, y se desnuda.
Este aire limpio sabe a muerte santa[4].


[1] Y, en este sentido, resulta imprescindible recordar también la magnífica biografía de Pedro Salinas, Jorge Manrique o tradición y originalidad, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1952 (con varias reediciones posteriores).

[2] En el contexto de las luchas entre los Reyes Católicos y los partidarios de Juana la Beltraneja, Manrique se situó en el bando de los primeros, y en la primavera de 1479 resultó herido de muerte en una escaramuza cercana al castillo de Garcimuñoz, en Cuenca, defendido por el marqués de Villena. Hay discrepancias entre los biógrafos sobre si el soldado-poeta murió en el mismo momento de la batalla o algunos días después.

[3] Recuérdense los famosos versos de las «Coplas que hizo don Jorge Manrique a la muerte del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique su padre», que desarrollan el tópico clásico del Ubi sunt?: «Las justas y los torneos, / paramentos, bordaduras / y cimeras / ¿fueron sino devaneos? / ¿Qué fueron sino verduras / de las heras?» (vv. 187-192). Cito por Jorge Manrique, Poesía, ed. de Vicente Beltrán, estudio preliminar de Pierre Le Gentil, Barcelona, Crítica, 2000, p. 159.

[4] Tomo el texto de Antonio Colinas, Obra poética completa (1967-2000), Madrid, Ediciones Siruela, 2011, pp. 812-813.