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Acerca de insulabaranaria

Soy Catedrático acreditado de Literatura española, investigador y Secretario del Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra (Pamplona), Secretario del Instituto de Estudios Auriseculares (IDEA, Madrid / Nueva York) y Secretario de la Asociación de Cervantistas. También correspondiente en España de la Academia Boliviana de la Lengua. Mis principales líneas de investigación se centran en la literatura española del Siglo de Oro: comedia burlesca, autos sacramentales de Calderón, Cervantes y las recreaciones quijotescas y cervantinas, piezas teatrales sobre la guerra de Arauco, etc. También me he interesado por la literatura virreinal (en especial la de ámbito chileno), la literatura española moderna y contemporánea (drama histórico y novela histórica del Romanticismo español, novela de la guerra civil, cuento español del siglo XX…) y la historia literaria de Navarra.

«Arauco domado» de Lope de Vega, un «drama de hechos históricos» (y 2)

Un tercer hito histórico reflejado por la comedia es la derrota que sufre Caupolicán en Millarapue, el 30 de noviembre de 1557, que corresponde a la batalla que se anuncia al final de la segunda jornada de la comedia (ver los vv. 2077-2086, parlamento de Caupolicán que se remata con los gritos: «¡Al arma, araucanos fuertes! / ¡Muera España! ¡Viva Chile!»)[1]. El ataque de los indios se produce el día de la festividad de san Andrés, lo que nos permite situar la acción, exactamente, en el 30 de noviembre.

Entrados ya en el año 1558, el 20 de enero tuvo lugar la batalla de Cayucupil, o de la Quebrada de Purén, en la que una fuerza de 110 españoles y 2.000 yanaconas, al mando de Alonso de Reynoso, fue emboscada en un desfiladero (aunque se saldó con la huida de los araucanos), y en febrero el sitio y batalla del cercano fuerte de Cañete. Tales son los sucesos que quedan reflejados en el tercer acto de la comedia. Así, dice el toqui Caupolicán:

Las quebradas de Purén
para hacer cualquier contrato
son secretas y seguras;
allí podemos juntarnos (vv. 2524-2527).

Fuerte de Cañete
Fuerte de Cañete.

Finalmente, Caupolicán sería hecho prisionero en Purén, cerca de Osorno, y, tiempo después, en abril, sería juzgado y ejecutado en el fuerte Tucapel. También la captura y la muerte del toqui de los araucanos ocupa, como sabemos, un lugar esencial en la pieza (ver los vv. 2772-3064, pasaje que se remata con el bello soneto de Caupolicán empalado «Señor, si yo era bárbaro, no tengo…»). Por último, en el tramo final de Arauco domado se produce la llegada de la noticia de que Felipe II ha sucedido a Carlos V en el trono, acontecimiento al que también se da relevancia en la comedia. Como escribe Usandizaga,

El ajusticiamiento de Caupolicán y la sujeción de Arauco coincide con la celebración propiamente dicha de la subida al trono de Felipe II, que cierra la obra […]. Don García ofrece el resultado de su campaña a la estatua del joven Felipe II, una solución escénica que no tiene paralelo en las fuentes del dramaturgo. Los soldados besan la mano de la imagen del rey, que campea en el escenario debajo de un arco «de hierba y flores», para confirmar los repartimientos de indios que ha establecido don Gonzalo [sic]. Gracias a la estatua, se materializa la autoridad real de un continente cuya lejanía suponía un reto para el poder monárquico. El texto termina con los españoles camino de la iglesia para celebrar el nuevo reinado de Felipe II, rey español y —gracias a hombres como don García— rey indiano[2].

Me interesa destacar además que, aparte de los sucesos históricos representados en la acción de la comedia, hay también un tiempo histórico recuperado. Así, en el diálogo inicial del soldado Rebolledo y el indio yanacona Tipalco (indio de paz) se evoca la muerte de Pedro de Valdivia[3] y se comenta que fueron las discordias entre Aguirre y Villagrán lo que ha causado la rebelión araucana; se menciona que «por solo lo que ha hecho en La Serena / de capitán merece la corona» (vv. 38-39) el nuevo y mozo gobernador. También en la primera jornada se refieren las hazañas europeas de don García (vv. 129-132, en boca de don Filipe). Igualmente, en la segunda jornada, la escena de la junta de caciques araucanos reunidos por Caupolicán para ver si interesa seguir la guerra o pactar la paz (vv. 1317-1554) sirve para resumir algunos de los hechos históricos anteriores a la llegada de don García a Chile (la rebelión de Lautaro, la muerte de Valdivia, la victoria de los indios sobre Villagra…: ver para estos detalles los vv. 1331-1338).

En fin, todavía hay otros datos históricos que refleja la comedia, como la fundación de las ciudades de Cañete, Osorno, etc. por parte de don García. Otros detalles que se dan son los datos relativos al número de combatientes por cada parte. Por ejemplo, en el asalto al fuerte de Penco, se indica que son 20.000 indios frente a 66 españoles (tocan a trescientos indios para cada español, se dice en los vv. 579-581); o, al comienzo del acto II, se afirma que son seiscientos españoles frente a 40.000 araucanos (vv. 912-913 y 1036-1038).

Queda solamente por decir que la fuente histórica fundamental que sigue Lope de Vega es la Crónica del reino de Chile del capitán Pedro Mariño de Lobera arreglada por el jesuita Bartolomé de Escobar[4] (la parte I del libro III es la que refiere el gobierno de don García), que fue encargada por el propio don García (y seguramente revisada por él). Con estas palabras valora Laplana Gil el componente histórico del Arauco domado lopesco:

En cuanto a la acción principal de la fábula, Lope hubo de condensar una larga campaña de varios años, plagada de acciones militares, fundaciones de ciudades y viajes de descubrimiento, en una única acción o hecho famoso protagonizado por don García: la victoria de los soldados españoles sobre los indómitos araucanos, que se desgrana en varias batallas representadas sobre el escenario con gran despliegue de movimientos, arcabucería y aparato escenográfico, como es norma en las comedias de hazañas militares, a las que se suma la relación verbal de otras acciones. La guerra se personifica en los caudillos de ambos ejércitos, don García y Caupolicán, y por eso la derrota, conversión y ejecución del héroe araucano, que se había identificado a sí mismo con «el dios de Arauco» (v. 215), se atribuye ahistóricamente a don García y supone el final de la acción principal, pese a la apoteosis final ante la figura de Felipe II, pues implica la doma de Arauco que da título a la comedia, aunque los hechos históricos siguieran otros derroteros. Por otra parte, la lucha entre don García y Caupolicán, acompañados cada uno de ellos por una cohorte de capitanes y guerreros indios caracterizados como personajes secundarios de la comedia, permite arrastrar a la comedia los combates singulares y la búsqueda orgullosa del renombre y la fama característicos de la épica[5].

Recordaré también la opinión de Contreras, para quien, con esta obra, «Lope demuestra haber tenido un agudo sentido histórico»[6]. A su juicio[7], «Dar forma a estas hazañas, en una obra destinada a ser representada, era cumplir con la necesidad de fortalecer la conciencia colectiva acerca de la magnitud de la conquista»[8].


[1] Para el tema de las guerras de Arauco en el teatro, ver Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996; y Mónica Escudero, De la crónica a la escena. Arauco en el teatro del Siglo de Oro, New York, Peter Lang, 1999. Sobre la cultura de la guerra y el teatro es fundamental el trabajo de David García Hernán, La cultura de la guerra y el teatro del Siglo de Oro, Madrid, Sílex Ediciones, 2006. Todas las citas de Arauco domado son por la reciente edición de Laplana Gil: Arauco domado por el Excelentísimo Señor don García Hurtado de Mendoza, ed. de José Enrique Laplana Gil, en Lope de Vega, Comedias. Parte XX, tomo I, ed. crítica de PROLOPE, Barcelona, Gredos, 2021, pp. 609-835, con algún ligero retoque en la puntuación, que no señalaré.

[2] Guillem Usandizaga, «Arauco domado… y Arauco indómito», en La representación de la historia contemporánea en el teatro de Lope de Vega, Madrid / Frankfurt am Main, TC/12 / Iberoamericana / Vervuert, 2014, p. 114.

[3] Ver Miguel Donoso, «Pedro de Valdivia tres veces muerto», Anales de Literatura Chilena, 7, 2006, pp. 17-31.

[4] Las fuentes literarias son, obviamente, la Araucana de Ercilla (1569, 1578 y 1589) y el Arauco domado de Oña (1596). Ver Juan M. Corominas, Juan M., «Las fuentes literarias de Arauco domado, de Lope de Vega», en Manuel Criado de Val (ed.), Lope de Vega y los orígenes del teatro español, Madrid, EDI-6, 1981, pp. 161-170; y para el personaje de don García, Fernando Campos Harriet, Don García Hurtado de Mendoza en la historia americana, Santiago, Andrés Bello, 1969; y Remedios Morán Martín, «García Hurtado de Mendoza ¿gobernador o héroe?», Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, Historia Moderna, 7, 1994, pp. 69-86.

[5] Laplana Gil, prólogo a su edición de Arauco domado, p. 620.

[6] Constantino, Contreras, «Arauco en el imaginario de Lope de Vega», Alpha. Revista de Artes, Letras y Filosofía, 19, 2003, pp. 11-32, p. 30.

[7] Contreras, «Arauco en el imaginario de Lope de Vega», p. 30. Ver también Stephen Gilman, «Lope dramaturgo de la historia», en Manuel Criado de Val (ed.), Lope de Vega y los orígenes del teatro español. Actas del I Congreso Internacional sobre Lope de Vega, Madrid, EDI-6, 1981, pp. 19-26; y Sergio Martínez Baeza, «La Araucana de Ercilla y el teatro español», Boletín de la Academia Chilena de la Historia, 61, 104, 1994, pp. 189-198.

[8] Para más detalles remito a mi reciente trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Toda la guerra en el ardid consiste”: armas, estrategias y combates en Arauco domado de Lope de Vega», en Juan Manuel Escudero Baztán (ed.), La cultura de defensa en la literatura española del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2024, pp. 99-115.

Sevilla literaria: «Tema de invierno», de José María Pemán

De José María Pemán (Cádiz, 1897-Cádiz, 1981) he traído al blog un par de poemas navideños, a saber, su «Villancico de las manos vacías» y su «Oración del Año Nuevo». Pero, para el tema de la presencia de Sevilla en la literatura, debemos recordar El barrio de Santa Cruz (Itinerario lírico), Jerez de la Frontera, Nueva Litografía Jerezana, 1931, que incluye 28 composiciones dedicadas a la evocación poética de ese barrio sevillano. Tiempo habrá de volver sobre este poemario. Pero hoy quiero recordar su soneto titulado «Tema de invierno», perteneciente a la sección «Otras poesías andaluzas»(1929-1937) de Obras completas, I. Poesía (1947). En esta composición el yo lírico, tras retratar en los cuartetos una Sevilla invernal, evoca en los tercetos un amor pasado del que solo quedan algunos recuerdos («los dejos de un amor y una aventura», v. 10), que van en consonancia con «la tarde gris y oscura» (v. 9).

Vista de la Catedral de Sevilla al atardecer
Vista de la Catedral de Sevilla al atardecer.

Flota, muerta, Sevilla sobre el río
y su alma, hecha de olores y cantares,
anda por los vecinos olivares
huyendo, errante, sobre el viento frío.

Se fueron ya los mágicos añiles
de las tardes de agosto y los calores,
ahora que la Maestranza tiene flores,
llorosas de humedad, en los toriles.

Quedan sólo en la tarde gris y oscura
los dejos de un amor y una aventura:
una copla de celos dolorida,

unas nubes sangrientamente rojas
y un clavel que, en el libro de mi vida,
pondré, como señal, entre dos hojas[1].


[1] Cito por Poetas del Novecientos. Entre el Modernismo y la Vanguardia [Antología]. Tomo I: De Fernando Fortún a Rafael Porlán, ed. de José Luis García Martín, Madrid Fundación BSCH, 2001, p. 252.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (6)

El poema 3 introduce más claramente el motivo de la maternidad: «Todo rejuvenece / en tu dulzor de madre»[1], aunque ese dulzor va a ir acompañado de «ensangrentadas risas» y de «la pena / de la vida». Hay un tú, que es el de la mujer, y un él, que corresponde aquí al hijo. Y de nuevo la sangre tiñendo por completo el poema: «sangre de dentro, luz / fuera, mito de vida / en los ocultos vanos»; «sepulto en sangre / y vida fertiliza / triste y melancólico»; «Tan sólo / es sangre que renueva / el anhelante deseo / de su vida nueva», etc.

Las mismas imágenes se reiteran en los dos poemas siguientes, «Al derramar su sangre…» y «De nuevo buscándote…». En el primero leemos: «la regata sombría, / vahosa, de la sangre», «llanto coloreado», «sus células se abren / sorda e incesantemente / en el repiqueteo / de su sangre»; ese él que «ya siente / que va a morir» se convierte así en un símbolo del género humano: «El hombre ya ha nacido, / junto con su esperanza», está dispuesto a recorrer un camino que salpica de llagas los besos. Similar en este sentido es el segundo, construido como un vocativo a la madre: también encontramos al «hombre fatigado de la vida que pesa», y se insiste obsesivamente en «labios / rojos», «sangre / reverberando», «sangre / en sus pupilas», «roja / ceniza en la tarde, alba / sangrante», «el sueño / de la sangre», «arrebol», «corazón / que se desangra en púrpura», «pudor / rosado de la carne»…

Amanecer rojo

En el poema 6, «Ha de brotar su sueño…», tenemos más de lo mismo: «el mensaje / de sangre de las guerras / broncas del alma»; el «deseo de abrazar / la sangre, la ya cálida / brasa que en todo grana»; «el hombre descarnado, / libertad en su sangre / que le abrasa», «La sangre en su vivir / manso le ha de brotar». Mientras que el séptimo nos muestra al «hombre / mordido por las fauces / del destino», pues la vida y el deseo topan con «la preparada muerte». El símbolo de la sangre es constante: «Fontana pura corre / la sangre retorcida / el obstáculo vida»; «su sangre abre y florece / un hijo»; «la sangre remansada / en su seno». Y al final del poema descubre el yo lírico que precisa «del Dios reconfortado / de resonante fuerza / en sus ingraves labios».

El ser humano como homo viator es el motivo que desarrolla el poema octavo, «Y viene peregrino…»; se trata del hombre que siente «el brillo / cortante de la vida», «el dolor real / de la vida» o, de otra manera, «su vida mezclada / con su sangre». Es este uno de los poemas en que más claramente se muestran hermanadas sangre y vida, que son, no lo olvidemos, los títulos del poemario entero y de esta su tercera sección[2].

Imágenes y motivos similares (la sangre y lo rojizo) se van a reiterar insistentemente hasta el final del libro: «llorando / perlada y frágil sangre», «nacían / fuentes rojas de sangre», «huye la tarde roja», «la vida unida rompe / el dique del tiempo, / para sembrar sus rojos / en el celeste viento», en el poema 9, en que se intensifica además la conciencia de la muerte («va a morir»). En el poema 10, «No nos traes fe, madre», construido a partir de ese vocativo: «sangre que tanta / falta hace al mundo»; «eres vieja y sabes, / pero menos que la sangre / y el mundo, sin quererlo, está brillando sangre»; «nadie / puede robar al hombre / la pena de vivir / ensangrentado, en una / sangre que él no ha cuajado». Esa apelación a la madre se repite en el poema 11, donde se habla de una «nueva / enfloración de vida» (enflorar es una creación verbal grata a Amadoz). La sangre, una vez más, es el motivo simbólico dominante: «Nacida flor / llevando sangre y amor / en los ojos»; «para pedirle amor, / sangre»; «livor / de ensangrentadas carnes»; «dejando / vida, sembrando sangre». Esa vida nueva que se abría, ese ilimitado deseo de ser, no llega a cuajar: «los hijos / nuevos que no llegan / a consumar su vida, porque tan sólo sangre, / celestes se fueron». El final es claro:

Soplo inerme, la vida
iluminada cae
a tus pies sedienta,
pardeada de tierra.
Sediento con su flor
de sangre, planta incólume
roca en ti, madre, y mora
con viento retorcido,
sin más luz que su sangre,
sin más don que su vida.

Cabe destacar en estos versos citados la aparición del símbolo viento con sentido negativo (ya supra se decía que este viento aparecía «cortando todo / con su sombra cristal / y sangre», expresión en la que encontramos dos sustantivos yuxtapuestos a otro, los dos últimos con valor adjetival).

Los mismos elementos (vocativo a la madre, imágenes de sangre[3] y viento cargado de connotaciones negativas[4]) se reiteran en el poema 12. Y en el 13 encontramos igualmente «arena sanguinaria», «todo sale sangrante», «limo rojo», «nacen / niños ensangrentados», «mañana / salpicada de sangre», para concluir que:

El hombre se siente
arrojado en un mar
de sangrantes heridas,
nido y melancolía,
y en su desconocido
rumbo, mientras camina,
va sembrando, vivaz
y seguro, mordida
sangre, quebrada vida[5].


[1] «La maternidad es canto en el poema sexto, en el séptimo, plenitud de ternura y fontana que presiente todo, hasta el final» (Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra-Departamento de Educación y Cultura, 2002, p. 67).

[2] Otras citas e imágenes: «senda y sangre vestida / de ágil vaho celeste»; «en sangre lleno irá / floreciendo»; «el topacio afilado / de su fuente»; «la sangre / gastada de su muerte».

[3] Por ejemplo: «un llanto / se mezcla con la sangre / de entrada en este mundo»; «el clamor todavía / sangrante del hervor / rojo de su fuego».

[4] Así, «este viento / que azota sus sangrantes / llagas».

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«La expósita» (1929), novela de Mariano Arrasate Jurico: narrador, personajes y estilo

Como vimos en la entrada anterior, La expósita[1] es un relato un tanto almibarado, con grandes dosis de candidez e ingenuidad en su desarrollo argumental, lo que se corresponde, en otro plano, con la sencillez de sus técnicas narrativas: el narrador es de lo más convencional, y realiza apelaciones continuas al lector, de forma que no se pierda cuando hay un salto temporal que rompe el orden lineal de la narración. Además, el hilo de la acción se ve interrumpido frecuentemente por comentarios moralizantes como estos:

¡Paz del espíritu: tú eres realmente la vida; y aunque no fuera más que por poseerte, que poseerte es vivir, deberíamos los hombres ser juiciosos y buenos! (p. 99).

Las personas que se olvidan de sus familias o que de algún modo demuestran que no les tienen cariño, no saben cuánto hacen sufrir a los suyos (p. 124).

Nada pone más de manifiesto la pequeñez del ser humano que ese egoísmo que todos llevamos como si lo arrancáramos del vientre materno antes de salir al mundo (p. 179).

Cubierta de La expósita. Tipos y costumbres de Navarra. Novela por Mariano Arrasate Jurico, Pamplona, Talleres tipográficos La Acción Social, 1929

Ese tono se extiende a algunas anécdotas relatadas: por ejemplo, cuando era niña, en el pueblo, un día Alejandra acompañó a unas muchachas a coger unas frutas de una huerta, y comentando este suceso, que no pasa de ser una travesura infantil, el narrador apostilla: «¡Cuidado con dar el primer paso en el mal camino, porque una vez dado puede hacerse difícil retroceder!» (p. 267). E incluso, varios años después, Alejandra decide que debe restituir el valor de aquellas frutas que robó siendo tan joven. Sigue una extensa digresión sobre el hurto y el robo (pp. 269-273), en la que el narrador-autor (aquí es difícil separar ambas entidades) aboga por la creación de instituciones en las que se pueda acoger a los jóvenes que se descarríen, reconociendo paladinamente a propósito del largo excurso:

Y por eso, finalmente, no me ha parecido muy fuera de tiesto ese parrafejo […] que en último término nos ha servido para llenar algunas páginas (p. 273).

En la misma línea, hay otras consideraciones sobre los padres abandonados por el egoísmo de los hijos (p. 259; puede relacionarse con el relato «En el pecado…», de Cuentos sin espinas) y sobre las personas expósitas, que merecen el mismo respeto que las demás (pp. 283-287).

En cuanto a los personajes, son tipos, como ya anuncia el subtítulo y es el propósito declarado del autor: Alejandra, la expósita, es niña traviesa, con cierto genio, pero que finalmente sacrifica la posibilidad de un matrimonio económicamente ventajoso para dedicarse a la caridad, de la misma forma que otras personas la han ejercido con ella; su carácter bondadoso se manifiesta, por ejemplo, al desear que la merienda que van a preparar los Areta para celebrar el reencuentro se haga en la Inclusa para que puedan disfrutar de ella sus compañeras. Marta, que lleva el peso en las intervenciones moralizantes, queda pintada desde el comienzo al decírsenos que es «la inocencia y la bondad, y un alma generosa y nobilísima» (p. 37). Casi todos los personajes aparecen retratados con simpatía, porque todos son bondadosos: Juana, la respetable nodriza de Antonio; la amable señora Bernarda; el bueno de don Ramón, el expendedor de billetes de la compañía naviera. Los únicos personajes vistos negativamente son las verduleras; pero, paradójicamente, son las escenas de la plaza del mercado, que ellas protagonizan, con sus continuas grescas, las más animadas de la novela, las que tienen más vida (cfr. las pp. 247 y ss.).

Como apunte estilístico, cabría destacar la presencia de vulgarismos y expresiones coloquiales (haiga paz, a buenas horas, mangas verdes), algunas de las cuales pueden pasar por navarrismos léxicos (mocete, mocé, chirrinta ‘deseo’, chilingarse ‘colgarse’, chandrío ‘estropicio’, borte ‘expósito’; aparecen explicados en nota al pie) o morfológicos (como los frecuentes diminutivos en -ico, -ica: hijica, carica)[2].


[1] La expósita. Tipos y costumbres de Navarra. Novela por Mariano Arrasate Jurico, Pamplona, Talleres tipográficos La Acción Social, 1929, 427 pp. Hay dos ejemplares en la Biblioteca General de Navarra, signaturas 6-3/172 y 6-3/246.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

Las «Poesías varias» (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano (2)

Mucho más interesante es el romance morisco «Abenzulema», que se inicia con la presentación del moro protagonista («El rayo de Andalucía, / el asombro de la guerra, / el honor de los Gazules, / el gallardo Abenzulema») galopando de Coín a Granada. No falta la consabida descripción de armas y vestiduras moriscas, ni la mención de una cifra o emblema, habitual en el género. Le espera la bella Zoraida, a la que su padre va a casar «con un moro mal nacido, / pero rico en gran manera». Abenzulema se topa con un escuadrón de cristianos, mandados por Fajardo de Murcia, que ha capturado en la Vega de Granada a Zoraida y a su padre Aliatar. Pese a la inferioridad numérica, pelea con ellos, y el capitán cristiano elogia el arrojo del moro: «Valiente eres, africano, / gallardamente peleas; / en tu empeño reconozco / tu virtud y tu nobleza» (nos recuerda las palabras del moro cautivo a «aquel capitán de Orán» en el famoso romance de Góngora «Entre los sueltos caballos / de los vencidos cenetes…»). Fajardo le deja en libertad y suelta también a los otros prisioneros. Ahora es el moro quien elogia la generosidad del capitán cristiano, en un combate de refinada cortesía, como sucede en la bella novelita morisca Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa. Una vez libres, Aliatar permite que Zoraida se case con Abenzulema.

Ilustración de novela morisca

«Mi amada. Cantinela» son 16 estrofillas de 4 versos pentasílabos con rima abbc´ (en todas el cuarto verso tiene rima asonante aguda en -ó); el sujeto lírico, que ama a una pastora, le pide que se mire en la fuente para que pueda ver el retrato de la mujer a la que adora. Sigue una «Letrilla satírica», al estilo de las de Góngora, cuyas estrofas se rematan con el estribillo «Andar», donde Rodríguez de Arellano satiriza a un «pobre estudiantón», al «politicón profundo» petardista y estafador, a una mujer liviana, a una buscona, al mercader ladrón, a un hipócrita de la religión y a una vieja celestina.

Esta primera parte se remata con varias piezas breves: el «Cuento» que comienza «De un rico dorado coche…» (se trata en realidad de una simple anécdota); un epigrama burlesco, «A la mi dulce señora», que sigue un esquema paródico habitual; otro que comienza «Doce calvos casualmente…» (burla de ese tipo cómico); y la fábula «El mono y las castañas», un romancillo de versos pentasílabos, con rima á-a, que refiere una industria del mono de Marica, el cual se vale de un gato para que le saque las castañas del fuego[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las Poesías varias (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano», Río Arga. Revista de poesía, 88, tercer y cuarto trimestre de 1998, pp. 46-51.

«Arauco domado» de Lope de Vega, un «drama de hechos históricos» (1)

Comenzaré recordando que el territorio de Chile al sur del río Biobío fue el «Flandes indiano», según la gráfica definición del padre Diego de Rosales[1]: una guerra larga y cruel, enquistada en aquel territorio no especialmente rico, que supuso a la Monarquía Hispánica una verdadera sangría de hombres y dineros[2]. De hecho, la pacificación de la Araucanía no llegaría hasta el siglo XIX, ya en tiempos de la vida de Chile como república independiente.

Mapa de Arauco

En el prólogo de su reciente edición (2021), José Enrique Laplana Gil ha destacado el carácter histórico de la obra, a la que cataloga genéricamente como «drama de hechos históricos»:

Dentro de la variada tipología de comedias genealógicas estudiadas y establecidas por Ferrer Valls [2001], el Arauco domado se integra dentro del grupo de dramas de hechos famosos, es decir, aquellas obras que dramatizan con tonos cercanos a la épica hazañas de carácter bélico y que además suelen estar imbuidas de un espíritu religioso militante. Este tipo de obras son fácilmente integrables en el ámbito del panegírico genealógico al ser protagonizadas por el héroe particular de un determinado linaje […]. Así pues, los hechos históricos en los que se basa la comedia, centrados en la campaña chilena dirigida por don García Hurtado de Mendoza entre 1557 y 1561, bien conocidos hoy en día gracias a la historiografía contemporánea y a las crónicas coetáneas de Jerónimo de Vivar, Góngora Marmolejo y Mariño de Lobera-Escobar, todas ellas inéditas cuando Lope escribió la comedia, se acomodan e incluso tergiversan, si es necesario, a mayor gloria del cuarto marqués de Cañete. Basta cotejar el carácter altivo, arbitrario e incluso cruel del joven gobernador que revelan los textos de Vivar y Góngora Marmolejo, aunque no dejen de reconocer sus hechos de armas, con el omnipresente encomio de sus virtudes morales, religiosas, políticas y militares que tanto españoles como araucanos realizan en la comedia, para constatar la distancia que separa la verdad desnuda de la historia de su posterior reelaboración en la fábula de la poesía dramática[3].

Sabemos que don García Hurtado de Mendoza fue gobernador de Chile entre los años 1557 y 1561. Pues bien, los acontecimientos que constituyen el telón de fondo de Arauco domado corresponden, exactamente, al periodo que va de abril de 1557 a abril de 1558 y pueden ser identificados con bastante precisión (en otras piezas del corpus, como ya adelanté, la ambientación histórica es mucho más vaga). Interesa destacar que toda la acción de la comedia se va construyendo alternando secuencias dramáticas que ocurren en el campo español y en el campo araucano (si bien, en determinadas ocasiones, los protagonistas de ambos bandos confluirán: por ejemplo, en los momentos de batallas y enfrentamientos). Pero ¿cuáles son los hechos históricos a los que Lope da entrada en su Arauco domado? La comedia refleja, en primer lugar, la expedición de don García a la bahía de Talcahuano y su llegada a la ciudad de Concepción. En efecto, el gobernador había desembarcado en La Serena el 23 de abril de 1557 y el 21 de junio salía rumbo al sur. Un hito militar importante fue el restablecimiento del fuerte de Penco, desde el que se rechazó un asalto indígena. En la pieza lopesca encontramos evocados estos sucesos en las palabras que dirige el Pillán ʻuna especie de divinidadʼ a Caupolicán, en la famosa escena del baño del toqui:

El español don García,
[…]
ya llegó a la Concepción,
tomó puerto en Talcaguano,
pasó a tierra firme; en vano
intento su perdición,
que en Penco ha formado un fuerte
donde defenderse piensa
de vuestra araucana ofensa,
a quien promete la muerte (vv. 432-443).

El Pillán le pedirá a Caupolicán que ataque el fuerte de Penco y mate a los españoles antes de que se dirijan al valle de Engol. Después, todavía en la primera jornada, vemos cómo el propio gobernador don García no tiene reparos en colaborar en el acarreo de tierra para levantar las defensas del fuerte de Penco (es decir, no tiene inconveniente en trabajar físicamente como el último de sus soldados), y enseguida asistimos al asalto de la fortificación por parte de los araucanos: «este fuerte / de Penco por tierra echemos», exhorta Caupolicán a los suyos (vv. 466-467).

El 7 de noviembre de ese mismo año de 1557, los españoles obtuvieron una victoria sobre los araucanos en Lagunillas, cruzado el río Biobío. En la comedia, es don Filipe quien le relata al capitán Alarcón lo sucedido: su hermano don García salió del fuerte de Penco y entró en la tierra rebelada, llegando hasta las orillas del Biobío. El paso de este río por don García para marchar hacia Andalicán se equipara con el cruce del Rubicón por Julio César. Este es el parlamento de don Filipe, que cito por extenso:

Resuelto ya don García
de acabar con gloria tanta
la empresa, el fuerte dejó
que fue su defensa y guarda;
y entrando la tierra adentro,
belicosa y rebelada,
al río de Bío-Bío
valerosamente marcha.
Pero apenas ve su margen
cuando mira en la otra banda
más indios que arenas y hojas
en sus aguas y en sus plantas.
Para ver si se podía
pasar sin peligro en balsas
dejó su gente el Mendoza
donde haciéndolas estaba
y intentó la más notable
y más prodigiosa hazaña
que de general se cuenta
(César perdone) en su barca,
que en otra de árboles verdes
con solos tres hombres pasa
(Cano, Ramón y Bastida)
a las riberas contrarias.
Viendo, pues, disposición,
vuelve a pasar sus escuadras,
que fuera cosa imposible,
pues apenas lo intentaran
cuando los indios con flechas
los dejaran en sus aguas
como el cazador las aves
que sobre sus ondas andan (vv. 1044-1075)[4].


[1] Por emplear el marbete que acuñó el jesuita en el título de su crónica: Historia general del reino de Chile, Flandes Indiano. La asimilación de Chile con Flandes, con distintos valores y significados, ya tenía precedentes de uso en otros autores; ver Álvaro Baraibar, «Chile como un “Flandes indiano” en las crónicas de los siglos XVI y XVII», Revista Chilena de Literatura, 85, 2013, pp. 157-177.

[2] Para el tema de las guerras de Arauco en el teatro, ver Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996; y Mónica Escudero, De la crónica a la escena. Arauco en el teatro del Siglo de Oro, New York, Peter Lang, 1999. Sobre la cultura de la guerra y el teatro es fundamental el trabajo de David García Hernán, La cultura de la guerra y el teatro del Siglo de Oro, Madrid, Sílex Ediciones, 2006. Todas las citas de Arauco domado son por la reciente edición de Laplana Gil: Arauco domado por el Excelentísimo Señor don García Hurtado de Mendoza, ed. de José Enrique Laplana Gil, en Lope de Vega, Comedias. Parte XX, tomo I, ed. crítica de PROLOPE, Barcelona, Gredos, 2021, pp. 609-835, con algún ligero retoque en la puntuación, que no señalaré.

[3] Laplana Gil, prólogo a su edición de Arauco domado, p. 618.

[4] Para más detalles remito a mi reciente trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Toda la guerra en el ardid consiste”: armas, estrategias y combates en Arauco domado de Lope de Vega», en Juan Manuel Escudero Baztán (ed.), La cultura de defensa en la literatura española del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2024, pp. 99-115.

Sevilla literaria: «Vinieron de Sanlúcar, / rompiendo el agua», de Lope de Vega

A este panorama de la presencia de Sevilla en la literatura hispánica ya incorporamos en una entrada anterior el nombre de Lope de Vega, quien ambientó varias de sus comedias en la ciudad hispalense (baste recordar, por ejemplo, El arenal de Sevilla). Y ya transcribimos ahí la cancioncilla «Río de Sevilla, / ¡quién te pasase…» que inserta al comienzo de la tercera jornada de Amar, servir y esperar. Pues bien, en la segunda jornada de la misma pieza, mientras se ven en sendas partes del vestuario dos barcos enramados, dos coros alternos cantan «Vinieron de Sanlúcar» (la acotación tras el v. 240 indica «Dentro música, guitarra, sonajas y bulla»):

Alonso Sánchez Coello (atrib.), Vista de la ciudad de Sevilla (finales del siglo XVI).
Alonso Sánchez Coello (atrib.), Vista de la ciudad de Sevilla (finales del siglo XVI).


Vienen de Sanlúcar,
rompiendo el agua,
a la Torre del Oro
barcos de plata.

Galericas de España,
sonad los remos,
que os espera en Sanlúcar
Guzmán el Bueno.

Barcos enramados
van a Triana;
el primero de todos
me lleva el alma.

A San Juan de Alfarache
va la morena
a trocar con la flota
plata por perlas[1].


[1] Lope de Vega, Amar, servir y esperar, Jornada II, vv. 241-256. Cito por la edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, a partir de Ventidós parte perfeta de las Comedias del Fénix de España frey Lope Félix de Vega Carpio…, en Madrid, por la viuda de Juan González, a costa de Domingo de Palacio y Villegas y Pedro Vergés, 1635.

La trayectoria poética de José Luis Amadoz: «Sangre y vida» (1955-1958) (5)

La tercera parte tiene el mismo título que el conjunto del poemario, «Sangre y vida», y se abre con una dedicatoria «Al hijo que dormita, muere, en su nido, en plena gravidez de su vida»[1]. Del interior recogido del poeta, a través de la mujer y el amor, pasamos a la frustrada prolongación de la vida en ese hijo nonato, que se convierte así en un símbolo del hombre en general, de su desnudez y fragilidad frente a un mundo muchas veces cruel y desapacible, un mundo en el que hace frío y en el que el hombre necesita algo de calor. En esta sección se repetirán obsesivamente imágenes relacionadas con la sangre y el color rojo, que simbolizan el deseo de vida, de nacer, de ser

Rojo

Otras imágenes positivas son madre, rosa y luz, mientras que el viento se carga aquí de connotaciones negativas. Aparece también la imagen del hombre-poeta como peregrino, que se reiterará con frecuencia en la poesía de Amadoz. Además de un al que se dirige, encontramos en estos versos un él, una tercera persona, que corresponde al hijo, o bien al propio poeta desdoblado en otra voz. Notemos que en este libro el poeta empezaba recogido (primera sección) para acabar en esta tercera con la interiorización de una amarga experiencia vivida. En todo caso, se anuncia que este hombre-poeta, instalado ahora en la tristeza, la melancolía y el dolor del hoy, espera un nuevo día más pleno y feliz. Desde el punto de vista formal, los veinte poemas de esta tercera parte están formados por versos de arte menor, mucho más breves que en las anteriores (predominan los heptasílabos, salvo en el último, lo que «confiere al conjunto un ritmo más liviano»[2]).

En el poema 1, «Encanto poderoso…», apreciamos ya ese paso a los versos más cortos y la acumulación de imágenes relacionadas con la sangre y lo rojo. En efecto, ese encanto del que habla el poeta es el de la sangre: «La vida roja empieza / a calar esta mar / turbia y alborotada / de su sangre»; «Ahíto / de amor y sangre, busca / alivio de la rosa, / de la fuente tranquila»; «labios sangrantes», etc. El siguiente poema, «Naturaleza sabia…»[3], presenta a una tercera persona, que es el hombre «más / achicado que nunca», con su dolor a cuestas. Junto con alguna imagen nueva («células / ardidas de miradas») y otra ya usada en este mismo poemario («enflorar nuevas / estrellas»), descubrimos de nuevo el símbolo de la sangre[4]: «sangre / en sus manos siente», «sangre íntima», y también:

Todo llama con sangre
y fiel desesperanza
a arrebatado fuego,
y ya los ojos, carne
y vida, comienzan
a sonar por detrás
de las sombras, con grito
en los labios[5].


[1] La dedicatoria se explica por una dolorosa circunstancia personal vivida en aquel momento, cuando la mujer del poeta, embarazada de seis meses, perdió al hijo que esperaban.

[2] Ángel-Raimundo Fernández González, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 67.

[3] Se repetirá más adelante en Elegías innominadas.

[4] También se introduce aquí un símil: «cual bravo tejedor / de volanderos sueños».

[5] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.

«La expósita» (1929), novela de Mariano Arrasate Jurico: argumento

Vimos en una entrada anterior que son dos las novelas escritas por Mariano Arrasate Jurico, La expósita y Macario. Ambas fueron publicadas en Pamplona, en 1929 y 1932, respectivamente, y ambas reflejan significativamente en sus subtítulos que son novelas de tipos y costumbres de Navarra. Las examinaremos brevemente, comenzando por La expósita[1].

Ya el mero título nos hace sospechar que esta novela, si no es de tono plenamente folletinesco, presentará cuando menos algunos tintes melodramáticos. En la cubierta, junto con los datos de edición, figura una nota que nos anuncia que los beneficios que produzca se destinarán a una iniciativa de caridad social: «El producto de la venta de esta edición será entregado a la Junta de Homenaje a la Vejez de Navarra para el fin de pensiones a los ancianos pobres».

La expósita. Tipos y costumbres de Navarra. Novela por Mariano Arrasate Jurico, Pamplona, Talleres tipográficos «La Acción Social», 1929

Sigue un prólogo del autor (pp. V-III), en el que presenta esta obra primeriza, ni «medianeja» ni «monumental», y aclara que su fin inicial no era escribir una novela: «El fin o la idea principal ha consistido en hacer un modesto trabajo descriptivo de tipos y de costumbres de Navarra; y la novela, el medio para efectuarlo». Estas palabras preliminares son, pues, interesantes para comprender las características de las obras de Arrasate. En efecto, a continuación explica que le interesan más las situaciones, las escenas, los tipos y las costumbres que las formas constructivas y las tramas: «Soy partidario entusiasta de los libros que versan sobre tipos ejemplares y costumbres sencillas», porque ese género se presta a que un buen autor cree libros «no sólo amenos, sino muy instructivos y altamente educadores». Esos autores, que no son muchos, hacen un gran bien «llevando o trayendo a la lectura popular un caudal cultural y educativo de valor y trascendencia inapreciables» (p. VII). Por esta razón se ha decidido a incluir ciertas alusiones a problemas sociales y morales ajenos al asunto, pero de interés, porque llevan al lector a meditar, si se consigue sacudir su espíritu: «El libro, pues, puede perder un poco de belleza, pero ganará, sin duda alguna, en valor educativo» (p. VIII). Las motivaciones del autor no pueden ser más claras, hasta el punto de reconocer expresamente que le importa más el contenido que la técnica y el estilo, el fondo más que la forma. Toda una declaración de intenciones extensible al resto de su producción narrativa.

Al iniciarse la novela, la acción se sitúa en Ezpelegui, un pueblo de la zona media de Navarra. Tras una descripción del mismo, el narrador presenta a los lectores la rica familia de los Areta, formada por Antonio, su esposa Marta, sus hijos Fermín y Pedro Miguel (hay también una hija religiosa) y el abuelo, a los que hay que añadir el personaje de Juana, criada de la casa. Se habla después de la familia Arbayún, «católica a machamartillo», de buena posición, pero venida a menos, a la que pertenece la esposa. Se cuenta la historia del noviazgo y matrimonio de Antonio y Marta, todo ello como antecedente de la historia, para que el lector pueda seguir adelante:

Y como con lo dicho tenemos todos los datos que por ahora necesitamos saber acerca de Ezpelegui, de la familia Arbayún y de Juana, pasaremos adelante, dando entrada en escena a un personaje que quizá en la sociedad pasaría por ínfimo, y que sin embargo es figura importante, según esta novela (p. 68).

En efecto, los Areta están pasando la Navidad en Pamplona y un día, cuando se encuentran todos reunidos, aparece por casa una muchacha de unos veinte años «vestida modestísimamente, pero con gran limpieza e irreprochable honestidad»; al principio no la reconocen, pero al final caen en la cuenta de que es Alejandra, a la que apodaban «la brujilla» (p. 77). En este punto, esta acción se interrumpe por completo y se deja paso a la historia de la joven:

Dejaremos por ahora tomando café a la muchacha de Areta en unión de Juana y de la joven a quien llamaban Alejandra […] para dar noticias de esta joven. El lector necesita esas noticias porque dicha joven es el personaje principal en esta novela: es «la Expósita», cuya condición da nombre a la novela y cuya vida constituye la narración (p. 82).

Así pues, según las indicaciones del narrador (que va guiando de la mano al lector, con el que entabla diálogo, al más puro estilo del siglo XIX), debemos retroceder hasta el día en que un maquinista vio un lío de ropas sobre la vía del ferrocarril; afortunadamente, pudo detener la máquina a tiempo, para descubrir con sorpresa que se trataba de una niña recién nacida; Francisca, una mujer que iba en ese tren, esposa de Manuel, la recoge y la cría con su hijo Rufinico en el pueblo navarro de Otearán. Tras hablar con don Vicente, «el Americano», los esposos deciden ir a América para mejorar su situación económica y, en efecto, marcha primero Manuel para buscar trabajo. Francisca conversa con don Evaristo, el secretario del Ayuntamiento del pueblo, quien le hace ver que es difícil que pueda llevar consigo a Alejandra, dada su condición de abandonada. No obstante, Francisca es mujer decidida y marcha a una localidad portuaria para embarcarse. Se aloja con una antigua amiga, la señora Bernarda, que tiene allí una casa de huéspedes. Pero le faltan los boletos o billetes para embarcarse. Mientras trata de conseguirlos, llega un día el sargento Vázquez de la Guardia Civil, porque reclaman desde Navarra a Francisca. La niña es llevada a la Inclusa de Pamplona, donde se cría con las Hermanas de la Caridad. Francisca es acusada de intentar robar a una niña y ha de presentarse ante el juez, pero pronto queda en libertad al demostrar que ella ha sido quien ha educado a la niña. Visita a la superiora de la Inclusa, pero le dicen que no puede retirar a la niña. En fin, marcha a América con su hijo Rufino, en tanto que Alejandra permanece en la Inclusa, donde crecerá y recibirá una esmerada educación.

Cuando la niña tiene doce años, Clemente y Carlota, unos labradores pobres que no tienen hijos, se la llevan a Ezpelegui. Para ayudar a la familia, Alejandra se dedica a vender los productos excedentes de la huerta en el mercado, donde escuchará algunos rumores sobre su misterioso origen: se siente inferior al desconocer a sus verdaderos padres. Un día que tiene una discusión con una verdulera, se interesa por ella Marta Arbayún, que la lleva a su casa, donde los Areta, nobles y caritativos, se ocupan de la joven expósita. Siguen las riñas con otras verduleras, que tratan de aprovecharse del carácter apocado de Alejandra para robarle la clientela, pero este momento de prueba hace despertar su carácter enérgico: un día acude armada con una navaja para enfrentarse con Gervasia, la vendedora de peor carácter, a la que pone en fuga. Llevada de nuevo a la casa de los Areta, Marta la reprende cariñosamente (pronuncia un verdadero «sermón» reprochándole su actitud, que debe mudar por una disposición de perdón y amor). Pese a todo, Alejandra desea vengarse, pero no puede poner en ejecución sus planes porque la reclaman de la Inclusa y debe regresar a Pamplona, donde pasará varios años más.

En este punto la acción vuelve a conectar con el inicio de la novela, es decir, con la visita de Alejandra a los Areta en su casa de Pamplona, por Navidad (p. 77). Y así lo destaca el narrador: «No estará de más que recordemos, querido lector…» (p. 347). Se cuenta, pues, lo ocurrido en esos años de separación: pese a su inicial carácter adusto, la joven se ha educado en la Inclusa, destacando en las labores; tanto es así que puede ganar algún dinero dando clases a unas señoritas. Marta comenta a la joven que Simona, una hija de Gervasia, es criada de la casa y Alejandra dice que pedirá perdón públicamente por su anterior conducta, a lo que sigue otra lección moral de la buena esposa de Areta. A todo esto, Francisca ha regresado de América. Allí la familia ha prosperado y propone a la muchacha que vuelva con ella y se case con su hijo Rufino, que todavía la recuerda con cariño. Alejandra responde que solo podría amarle como a un hermano; además, ha decidido consagrar su vida a Dios y al prójimo, en una decisión —se especifica— totalmente libre y espontánea. Francisca, buena cristiana, acepta y respeta esa decisión: «Tienes razón: tú debes ser monja, porque eres demasiado buena para nosotros» (p. 415).

En unas páginas finales, que funcionan a manera de epílogo, vemos a la joven profesar como monja de la Caridad, rodeada de las personas queridas, incluidos Francisca y Manuel. Años después, sor Alejandra muere suave y dulcemente, casi como una santa, en un hospital de incurables, a los que ha atendido con abnegación, en el «heroico ejercicio de la caridad» (p. 423). La novela acaba con un canto a la caridad (p. 426) y la afirmación de que Alejandra esperará a sus seres queridos en el Cielo[2].


[1] La expósita. Tipos y costumbres de Navarra. Novela por Mariano Arrasate Jurico, Pamplona, Talleres Tipográficos «La Acción Social», 1929, 427 pp. Hay dos ejemplares en la Biblioteca General de Navarra, signaturas 6-3/172 y 6-3/246. El primero lleva una dedicatoria escrita a la pluma: «A la «Tertulia de Amigos del Arte» de Portugalete, como expresión de viva simpatía. / Mariano Arrasate».

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «La producción narrativa de Mariano Arrasate», Príncipe de Viana, año LIX, núm. 214, mayo-agosto de 1998, pp. 549-570.

Las «Poesías varias» (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano (1)

El libro Poesías varias de don Vicente Rodríguez de Arellano (Madrid, por Repullés, 1806), va precedido por una cita preliminar: «Me quoque Parnasi per lubrica culmina raptat laudis amor…», de P. Jacob Vannier. Tras la dedicatoria «A la excelentísima señora doña Joaquina María del Pilar Téllez-Girón…», fechada en Madrid a 5 de diciembre de 1805 (el autor habla de «estas débiles flores de mi rústico ingenio»), sigue un «Prólogo» (pp. 7-11), donde explica:

Yo quiero ser uno de tantos como escriben poesías en estos tiempos»; y se refiere a la diversidad de temas y formas estróficas del libro con estas palabras: «He procurado que fuesen interpolados los asuntos y especies de versos; porque como a mí me cansa el ver doscientos o más sonetos, etc. seguidos, creo que lo mismo sucederá a los demás (p. 8).

Y más adelante insiste: «Como el gusto de las gentes es tan vario, por eso en mis poesías he buscado la variedad; pues de esta suerte todos hallarán algo que se acomode a su genio» (p. 10). Indica que ha sometido sus composiciones al examen de personas cultas, y afirma que aceptará las críticas que procedan de personas inteligentes, no de necios, de forma que, si su libro gusta, dará otro volumen a la estampa.

Cubierta del libro: Poesías varias de don Vicente Rodríguez de Arellano (Madrid, por Repullés, 1806)

El libro se divide en dos partes. La «Sección Primera» se abre con una «Oda al Altísimo», bajo el lema «A Jove principium»; son 10 estrofas de seis versos que riman 7a 11B 11B 7a 7c 11C (sexteto lira). En la primera se dirige a su musa para cantar «en tono elevado / al Hacedor de todo lo criado», en las siguientes ensalza su papel de Creador, así como su Bondad y Clemencia.

Viene después una composición más extensa (ocupa las pp. 19-68), que ya había publicado como libro exento en 1789: «El valor navarro. Canto épico en honor de los cinco caballeros que libertaron de la prisión a su rey Carlos II de Navarra». Como ha resumido Fernando Pérez Ollo, es un «poema en octavas reales que canta a los cinco caballeros navarros que liberaron (1357) a Carlos II de Navarra de las prisiones francesas, hazaña entreverada con lances amorosos» (Gran Enciclopedia Navarra, IX, p. 491). Las 92 octavas reales se completan con cinco notas aclaratorias. En la octava I el autor recuerda a su amada Celia; en la II invoca a Calíope para que le ayude a cantar «una acción por insigne y generosa / digna de lauro y de memoria honrosa»; la III resume el contenido, mientras que la IV y la V son una invocación al reino de Navarra para que escuche la hazaña, escrita en octavas y no en prosa «porque tiene más alma y providencia / en el metro la acción que no en la historia». Las restantes evocan la hazaña de Rodrigo de Uriz, Corbarán de Lehet, Fernando de Ayanz, Carlos de Artieda y el barón de Garro, quienes «el peligro y la vida despreciando, / la acción más arrestada previnieron / que las campañas militares vieron» (octava XII). A los detalles del hecho de armas (su estratagema de disfrazarse de carboneros, el asalto a la prisión, etc.), se suma la historia de amor de Corbarán y Elvira (las dos acciones se imbrican porque la dama es pretendida también por Enrique de Neuvil, uno de los guardianes del rey navarro).

La «Oda. El amanecer» es un romance endecha con rima é-e que describe los sonidos, los cambios de luz y el inicio de las actividades humanas en ese momento del día, y acaba: «¡Oh, deliciosas horas! / ¡Feliz una y mil veces / aquel que disfrutaros / en paz dichosa puede». Siguen dos sonetos: el titulado «Desdén provechoso» toma como motivo central el del preso que, una vez libre, ofrece como exvoto su cadena. Aquí el yo lírico, librado de los peligros del amor, da en ofrenda su alma:

Huye animoso mísero forzado
del cautiverio que le tuvo en pena,
y ante las aras cuelga la cadena
en que vivió, infeliz, aprisionado.

Así yo, del amor escarmentado,
el alma toda de alegría llena,
cuelgo en las aras de la paz serena
el hierro que me tuvo esclavizado.

¡Oh, desdén venturoso, que rompiste
prisión de tantos años en un día,
bendigo tus influjos celestiales!

Y para demostrar cuánto pudiste,
en vez de tabla ofrezco el alma mía,
y con ella la historia de mis males.

El segundo, «Prisión feliz», habla tópicamente de la felicidad del yo lírico atrapado en la esclavitud del amor. Vienen después dos anacreónticas: la primera, «A Celia», adopta la forma de romance endecha con rima é-o; el sujeto lírico pide un beso a la amada, por la que muere de amores. En la otra, dirigida «A la misma» (también romance endecha, ahora con rima í-o) le pide un suspiro «en pago de los míos». A continuación figura un poema «A la lindísima niña doña Manuela Téllez Girón, Alfonso Pimentel, hija de los excelentísimos señores duques de Osuna, dándola los días»; como explicita el título, este nuevo romance endecha es un mero poema de circunstancias, escrito para felicitar por su cumpleaños a la niña Manolita, a la que presenta jugando con «alados amorcitos»[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las Poesías varias (1806) de Vicente Rodríguez de Arellano», Río Arga. Revista de poesía, 88, tercer y cuarto trimestre de 1998, pp. 46-51.