Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (2)

La imagen de don García Hurtado de Mendoza que transmite la comedia es la de un militar intachable, fiel a su monarca y obediente a su padre, el virrey del Perú, que lo ha mandado a sujetar Chile[1]. El primer elogio estará en boca del soldado español Rebolledo. Se trata de la escena inicial, de los primeros versos de la comedia:

Salen Rebolledo, soldado, y Tipalco, indio yanacona.

TIPALCO.- ¿Que este soldado, amigo, es don García?

REBOLLEDO.- Este es aquel Hurtado de Mendoza
que a gobernar su padre a Chile envía.

TIPALCO.- La libertad que el rebelado goza
en el gobierno de la gente anciana
aumentarase con la gente moza (p. 753)[2].

Don García es todavía mozo y el indio Tipalco argumenta que, si los araucanos se rebelaron teniendo enfrente a dos capitanes maduros y experimentados como Aguirre y Villagrán, más lo harán «viendo que aqueste ejército acompaña / un mancebo tan tierno» (p. 753; este sustantivo mancebo se repetirá varias veces referido a él). A lo que responde Rebolledo:

REBOLLEDO.- Este mancebo
el César ha de ser de aquesta hazaña;
este Mendoza, este Alejandro nuevo,
este Hurtado que hurtó la excelsa llama
no solamente a Júpiter y a Febo,
sino a todos los nueve de la Fama,
viene a domar a Chile y a la gente
bárbara que en Arauco se derrama (p. 753).

Estos versos establecen las primeras identificaciones laudatorias con personajes de la mitología y la antigüedad greco-romana (César, Alejandro, los nueve de la Fama, Júpiter y Febo), así como el juego de palabras entre el apellido Hurtado y el verbo hurtar, aspectos ambos que se reiterarán con bastante frecuencia en la obra.

Los nueve de la Fama

Su valor —sigue exponiendo el soldado— se puede apreciar en su propia persona, y «por solo lo que ha hecho en La Serena, / de capitán merece la corona» (p. 754). Don García, en efecto, había desembarcado allí el 23 de abril de 1557 y mandado detener a Francisco de Aguirre y Francisco de Villagra, que litigaban por la gobernación de Chile. Las palabras del yanacona Tipalco ponderan lo bien que trata a los indios de paz e introducen el rico simbolismo de las palabras sangre y sol[3]:

TIPALCO.- Mucho me agrada el ver que en todo ordena
nuestra justicia y paz, pues nos alivia
a los indios de paz de tanta pena.
Allá, a los que mataron a Valdivia
y con Caupolicán y Tucapelo
están más fieros que áspides en Libia,
podrá mostrar la sangre de su abuelo;
que, pues su padre a tanto sol le envía,
ya habrá probado este águila al del cielo (p. 754).

Por su parte, en esta misma escena inicial, su hermano don Felipe pondera su valor, demostrado en sus hazañas anteriores en Europa («en Rentín, en Sena, en Flandes», p. 757). Don García da prueba de su prudencia ordenando embarcar a Aguirre y Villagrán para Perú, para que desde allí los manden a España; y manifiesta su intención de ir a la ciudad despoblada de Concepción, junto con su férreo deseo de sujetar la rebelión de Chile (véanse las pp. 757-758).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

[3] Tema que no puedo desarrollar aquí, pues daría materia para un exhaustivo análisis.

Don García Hurtado de Mendoza en «Arauco domado» de Lope de Vega (1)

Como es de suponer en una obra que nace con voluntad panegírica, en Arauco domado de Lope de Vega el elogio de don García Hurtado de Mendoza aparece puesto en boca de distintos personajes y se lleva a cabo desde distintas perspectivas[1]. Todos, incluidos sus propios enemigos, ponderarán su prudencia, valor, nobleza, etc. Y, por supuesto, sus propios hechos y sus palabras en escena servirán para trazar su idealizado retrato.

Don García Hurtado de Mendoza

Recordemos que el título completo de la comedia es Arauco domado por el Excelentísimo Señor don García Hurtado de Mendoza; y las palabras de la dedicatoria «A don [Juan Andrés] Hurtado de Mendoza, su hijo, marqués de Cañete»[2] nos aportan interesantes pistas interpretativas:

Siendo esta verdadera historia vencimientos y hazañas de aquel insigne capitán, padre de V. S., freno español y yugo católico de la más indómita nación que ha producido la tierra, en la parte cuyo descubrimiento dio tanta gloria a España, justamente vuelve al centro de su principio, como a su propia esfera y natural elemento, desde que dio sujeto a tantas plumas, cuantas en las alas de la fama volaron a la inmortalidad, resplandeciendo al sol de su esclarecido nombre. Materia dilatada en tantos versos y prosas, y por tantos y tan célebres ingenios, como en esta representación sucinta, y en este mapa breve, haciendo el mismo efecto en los oídos que la pintura en los ojos, grandes las primeras figuras, y las demás en lejos, porque sin reducirlas a perspectivas era imposible pintarlas. V. S. la reciba como prenda que restituyo a su dueño, y mi cuidado en estamparla, por censo del tiempo que la he tenido[3], si ya no se me tiene a grave culpa no haber comunicado al mundo cosas tan admirables, que, como sucedidas en el otro, parecen imposibles. Dios guarde a V. S. como deseo.

Su capellán,
Lope Félix de Vega Carpio

Moisés R. Castillo ha puesto de relieve el carácter panegírico de la mayoría de estas comedias de tema araucano, que son

epopeyas laudatorias, obras de encargo que, en el caso de Chile, los herederos del general Hurtado de Mendoza mandan escribir para que favorezcan sus intereses en los distintos litigios que los dichos herederos tienen abiertos contra los poderes públicos en lo relativo a la continuidad de los títulos y privilegios de sus antepasados[4].

Y añade poco después:

Arauco domado de Lope de Vega es claramente una obra escrita para alabar los logros y la figura histórica del gobernador Hurtado de Mendoza, como su misma dedicatoria muestra. […] Todos los críticos coinciden en decir que la obra de Lope fue, al igual que la mayoría de las comedias [de tema araucano], una obra de encargo, más aún después de conocer las relaciones familiares y laborales que unían al dramaturgo con los Hurtado de Mendoza. Al parecer, a Lope se le pagó en 1599 para que la escribiera cuando estaba al servicio del sobrino de Don García, el marqués de Sarriá y futuro conde de Lemos […], de cuya noble casa, en 1602, salió el padrino de bautismo del hijo de Lope[5].

En fin, Castillo, resumiendo las opiniones de Dixon, recuerda que

Arauco domado es la mejor obra encomiástica de una campaña publicitaria promovida por los familiares del marqués, que empezaría con la llegada del ilustre a la península en 1596 y terminaría mucho después de su muerte en 1609, una campaña de propaganda que inicia él mismo y su hijo Juan Andrés, para ensalzar su imagen de egregio gobernador y para reconocer y premiar unos meritos que Ercilla ensombrece. Durante más de treinta años, padre e hijo lucharán por recibir la recompensa y el favor que nunca encontrarían[6].

No lo lograron, pero como atestigua Dixon[7] quedó una amplia nómina de obras dedicadas a ensalzar la figura de don García en los géneros de la historia, la biografía, la ficción, el verso y el drama. Así, la crónica de Góngora y Marmolejo, la de Mariño de Lobera, la biografía de Suárez de Figueroa, el poema de Oña y las tres comedias de Vega, de Gaspar de Ávila y de los nueve ingenios.

En sucesivas entradas abordaré el análisis de la figura de don García en la comedia de Lope, en la que vamos a encontrar: 1) los elogios relacionados con su condición de general prudente y avisado, valiente, buen estratega, etc. (esto es, su faceta como militar); 2) su caracterización como persona piadosa (el elemento religioso es muy importante en la comedia); y 3) en un aspecto más amplio, los elogios de la nobleza familiar, del linaje de don García.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

[3] Estas palabras dejan entrever que ha pasado largo tiempo desde la fecha de composición de la obra hasta la de publicación, lo que refuerza la hipótesis de una redacción muy temprana, hacia 1599-1603. Recordemos que don García habría regresado a España en 1596.

[4] Moisés R. Castillo, Indios en escena. La representación del amerindio en el teatro del Siglo de Oro, Purdue, Purdue University Press, 2009, p. 73.

[5] Castillo, Indios en escena…, p. 75. Ver también EduardoToda Oliva, «Arauco en Lope de Vega», Nuestro Tiempo, 17, 1962, p. 50.

[6] Castillo, Indios en escena…, p. 76.

[7] Ver Victor Dixon, «Lope de Vega, Chile and a Propaganda Campaign», Bulletin of Hispanic Studies, 70:1, 1993, pp. 79-95.

La imagen de los españoles en «Arauco domado» de Lope de Vega

Guerra de AraucoComo es lógico, en la caracterización de los personajes españoles que intervienen en la comedia lopesca Arauco domado prevalecen los aspectos positivos, si bien también apuntan algunos detalles negativos, sobre todo en forma de acusaciones de codicia puestas en boca de los personajes indios[1]. Ya en el pasaje inicial el soldado español Rebolledo indica que las discordias entre los capitanes Aguirre y Villagrán habían sido las causantes de la rebelión araucana. Después, las acusaciones más repetidas serán las de codicia y explotación: en la famosa escena del baño de Caupolicán con Fresia, el toqui pone de relieve la ambición de plata y oro de los españoles (p. 760)[2]; la imagen de los españoles como ladrones aparece en la canción que entonan los indios en el asalto al fuerte de Penco (p. 771); los indios los acusan de nuevo de ladrones (p. 787), para Engol son ladrones que vienen a esclavizar a su pueblo (p. 825, Engol); se indica que cambian oro y plata por cuentas de vidrio (pp. 781-782), etc.

Por supuesto, la visión idealizada también está presente: aparte de todo lo referente a don García, que constituirá el núcleo de mi análisis, el elogio de los españoles en general lo encontramos, por ejemplo, en boca de Rengo (pp. 796-797); su cortesía y carácter para el amor aparece en el episodio de Gualeva, invitada más que cautiva, entre los españoles: «Todo español me desvela», llegará a decir la india a propósito de su nobleza, bizarría y apostura (p. 807).

En suma, en Arauco domado tenemos una imagen dual de los conquistadores españoles, si bien predominan —como no podía ser de otra manera— los aspectos positivos. Dicho sea de paso, es lo mismo que sucede con la imagen de los araucanos, en general idealizada (valientes, nobles, tenaces defensores de su libertad e independencia…), pero sin que falten en su retrato los rasgos de barbarie y crueldad (asan a los prisioneros para comerlos, beben su sangre en la copa hecha con la calavera de Valdivia, Fresia estrella a su propio hijo contra los peñascos, etc.).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Todas las citas (con algún ligero retoque en la puntuación) son por la edición de Jesús Gómez y Paloma Cuenca, en Lope de Vega, Comedias, IX, Madrid, Biblioteca Castro/Turner, 1994. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Linaje y teatro: Arauco domado de Lope de Vega como comedia de propaganda nobiliaria», en David García Hernán y Miguel F. Vozmediano (eds.), La cultura de la sangre en el Siglo de Oro. Entre Literatura e Historia, Madrid, Sílex, 2016, pp. 325-348.

«Arauco domado» de Lope de Vega, comedia de propaganda nobiliaria

Arauco domado, de Lope de VegaEn el teatro español del Siglo de Oro[1] existen varias piezas que tienen como tema la conquista de Chile y la prolongada guerra de Arauco[2]. Dentro de ese corpus, hay algunas comedias que fueron encargadas por la propia familia de los Mendoza (primero por el propio don García y luego por su hijo don Juan Andrés) con la finalidad de prestigiar la figura del cuarto marqués de Cañete, quien en su etapa como gobernador de Chile (1557-1561) había logrado notables avances en la pacificación del rebelde territorio de Arauco, pero cuyos méritos e importancia no quedaron reconocidos por Alonso de Ercilla en su famosa Araucana (cuyas tres partes se publicaron en 1569, 1578 y 1589). Para tratar de contrarrestar aquel voluntario olvido[3] se preparó un amplio programa de propaganda[4] que incluyó no solo varias obras de teatro, sino también crónicas, biografías, poemas épicos, etc. Las tres piezas teatrales que presentan ese carácter de «obras de encargo»[5] son Arauco domado de Lope de Vega, la más famosa y conocida, la que más bibliografía ha generado[6] (¡Lope es Lope!) y, asimismo, la que parece estar al comienzo de la serie (aunque su publicación se produce en 1625, su fecha de redacción es bastante más temprana, en torno a 1599-1603); Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, comedia escrita por nueve ingenios capitaneados por Luis de Belmonte Bermúdez, que se representó y publicó en Madrid en 1622[7]; y El gobernador prudente, de Gaspar de Ávila, la cual puede datarse en torno a 1624-1625, si bien no sería publicada hasta 1663.

Ya en entradas anteriores he estudiado Algunas hazañas… y El gobernador prudente. En las entregas siguientes focalizaré mi atención sobre la pieza lopesca, para ver cómo aparecen reflejados en ella los personajes españoles, y en particular su caudillo, don García Hurtado de Mendoza, cuarto marqués de Cañete. Como ya quedó indicado, en esta obra de encargo Lope realiza un panegírico del noble, que había quedado relegado a un plano de importancia muy secundario en La Araucana de Ercilla. No me centraré en el estudio de las fuentes de la comedia, ni en el grado de fidelidad de la versión literaria respecto a los hechos históricos[8], sino que me detendré en el tratamiento dramático-literario del personaje de don García.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Para el tema de las guerras de Arauco en el teatro, ver especialmente las monografías de Patricio C. Lerzundi, Arauco en el teatro del Siglo de Oro, Valencia, Albatros Hispanófila Ediciones, 1996; y Mónica Escudero, De la crónica a la escena. Arauco en el teatro del Siglo de Oro, New York, Peter Lang, 1999. Sobre la cultura de la guerra y el teatro del Siglo de Oro es fundamental la monografía de David García Hernán, La cultura de la guerra y el teatro del Siglo de Oro, Madrid, Sílex Ediciones, 2006.

[3] Sin duda, al momento de componer La Araucana, Alonso de Ercilla no habría olvidado todavía el grave incidente personal que tuvo lugar entre él y don García en la ciudad de La Imperial en 1558, y esta es la razón que explicaría el no haber dado el suficiente relieve a la figura de don García Hurtado de Mendoza. Recordaré que Pedro de Oña, en el exordio de su Arauco domado, dejó consignado que una de las razones que le movían al componer su poema era «ver que tan buen autor, apasionado, / os haya de propósito callado». He analizado esta cuestión en otros trabajos, a los que remito para más detalles.

[4] Ver especialmente Victor Dixon, «Lope de Vega, Chile and a Propaganda Campaign», Bulletin of Hispanic Studies, 70:1, 1993, pp. 79-95.

[5] Son obras que hay que estudiar en el contexto del mecenazgo teatral y literario, concretamente en la categoría de las comedias genealógicas de encargo (también denominadas comedias histórico-políticas). Ver Teresa Ferrer Valls, Nobleza y espectáculo teatral (1535-1622). Estudio y documentos, Sevilla / Valencia, UNED / Universidad de Sevilla / Universitat de València, 1993; Andrea Sommer-Mathis et al., El teatro descubre América. Fiestas y teatro en la Casa de Austria (1492-1700), versión española de Társila Reyes Sicilia, Madrid, Editorial MAPFRE, 1992; y Miguel Zugasti, «El encargo literario», en William R. Manson y George Peale (eds.), Las palabras a los reyes y gloria de los Pizarros by Luis Vélez de Guevara, Newark (Delaware), Juan de la Cuesta, 1996, pp. 49-86. Como es de suponer, estos encargos nobiliarios para escribir elogiosas piezas genealógicas de algún personaje de la familia dejaban pingües beneficios a los dramaturgos (o a los autores literarios, en general, pues también hay encargos en otros géneros distintos del teatro).

[6] Pueden verse, entre otros muchos estudios, los de Sturgis E. Leavitt, «Lope de Vega y el Nuevo Mundo», Mapocho, 1, 1963, pp. 32-42; Elena Martínez Chacón, «Una comedia chilena de Lope de Vega», Mapocho, 5, 1965, pp. 5-33; y José María Ruano de la Haza, «Las dudas de Caupolicán: El Arauco domado de Lope de Vega», Theatralia, 6, 2004, pp. 31-48.

[7] Para el análisis de esta pieza ver sobre todo Germán Vega García-Luengos, «Las hazañas araucanas de García Hurtado de Mendoza en una comedia de nueve ingenios. El molde dramático de un memorial», Edad de Oro, X, 1991, pp. 199-210; y Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, 85, 2013, pp. 203-227.

[8] Para las fuentes literarias de la comedia, ver Juan María Corominas, «Las fuentes literarias del Arauco domado, de Lope de Vega», en Manuel Criado de Val (ed.), Lope de Vega y los orígenes del teatro español, Madrid, Edi-6, 1981, pp. 161-170; para el personaje de don García, Fernando Campos Harriet, Don García Hurtado de Mendoza en la historia americana, Santiago, Andrés Bello, 1969; y Remedios Morán Martín, «García Hurtado de Mendoza ¿gobernador o héroe?», Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, Historia Moderna, 7, 1994, pp. 69-86. Sobre la familia Mendoza, remito a Antonio Casado Poyales, Francisco Javier Escudero Buendía y Fernando Llamazares Rodríguez (coords.), Los Mendoza y el mundo renacentista, Cuenca / Toledo, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Castilla-La Mancha / Asociación Profesional ANABAD Castilla-La Mancha, 2012.

«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: valoración final

El periodista viajero Delibes, que conoció el Chile del segundo gobierno de Carlos Ibáñez del Campo (1952-1958), supo captar en su estancia la idiosincrasia del país y la forma de ser de sus gentes, y así nos lo transmitió en una serie de notas redactadas en un estilo ágil y ameno. En mi opinión, buena parte de lo que escribió hace algo más de cincuenta años sobre el paisaje y el paisanaje, sigue siendo válido a día de hoy. Su objetivo declarado era, precisamente, quintaesenciar lo que veía: «En mis crónicas he intentado rehuir todo aquello que sea transitorio, mudable o impersonal. Descubrir un país es sacar a flote sus cualidades permanentes» (p. 162)[1]. Un novelista descubre América no es una guía de viaje de Chile; tampoco Delibes se detiene a resumirnos la historia del país ni es detallista en muchos aspectos, llenando sus crónicas de datos farragosos, pero sí nos ofrece unas notas, frescas y espontáneas, con sus impresiones de viaje.

Bandera de Chile

Pero, además de posar esa mirada atenta y certera sobre los aspectos más llamativos o esenciales del país, llevó a cabo un fino análisis de lo que vio; en mi opinión, uno de los aspectos más valiosos de este libro —muy poco conocido en Chile, dicho sea de paso— es que Delibes supo proyectarse hacia el futuro, intuyendo las posibilidades de crecimiento y desarrollo del país, algo que, en aquel momento, quizá no era fácil de adivinar. En efecto, nos habla de «un país joven y en formación» (p. 96); un país todavía subdesarrollado, consumido en aquel momento por la deuda externa y la inflación, pero con un prometedor futuro: «Chile brinda a los ojos del forastero un conjunto de conquistas todavía no organizadas ni jerarquizadas; es como una maleta hecha con prisas; parece que está llena, pero aún caben muchas cosas» (p. 97); y poco después añadía: «Chile será un país completo el día que rellene los huecos de la maleta. Hoy por hoy, el alma le queda un poco chica a su cuerpo joven y vigoroso» (p. 99). Y sobre esto abundaba en el último epígrafe, «Cuestión de rascar», del capítulo XVI, que son las palabras finales, a modo de conclusión, de su libro:

Al viajero que abandona Chile le asalta el presentimiento de que deja atrás un país llamado a ser rico. A uno le invade la convicción de que Chile no da más porque de momento no lo necesita. Hace años a Chile le bastaba con los nitratos, pero el mundo empezó a fabricarlos artificiales y entonces Chile hubo de rascar un poco su caparazón y extraer cobre. El cobre era mucho, aunque no todo, y el chileno rascó un poquito más y alumbró petróleo, carbón, hierro, y hasta oro.

Observando la topografía chilena, especialmente la andina, el viajero tiene la impresión de que el país sacará de allí lo que necesite; es decir, que Chile, en apariencia, constituye una fuente inagotable de recursos. Ocurre, sin embargo, que un desarrollo técnico precisa una técnica previa, y esta técnica previa, a su vez, otra técnica aún más rudimentaria. De aquí que Chile, de momento, haya de poner en manos ajenas la explotación de sus riquezas, con mayor razón si consideramos que no sólo el elemento industrial escasea, sino que también escasea el elemento humano. El día que Chile, repito, se capacite técnicamente y su población se adense, el país será rico; tal vez inusitadamente rico. La conciencia de pobre que hoy tiene el chileno carece de fundamento. Nadie puede decir que su país sea pobre mientras ignore lo que oculta cada metro de la tierra que pisa. Con mayor razón un país como Chile donde cada sondeo verificado ha rendido su fruto.

El porvenir de Chile está, pues, en rascar. Cuanto más hondo, mejor (p. 168).

A día de hoy, Chile ha alcanzado una notable estabilidad política en democracia y goza de una economía saneada que atrae abundante inversión extranjera; es decir, ha logrado labrarse ese próspero porvenir intuido por Delibes en 1955. Sus palabras de entonces, lejos de ser meramente descriptivas, resultaron casi proféticas[2].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: el habla de Chile

Habla chilenaA lo largo de estas crónicas que terminaría recopilando como libro en Un novelista descubre América, Delibes va recogiendo las palabras, modismos y formas de hablar peculiares que han llamado su atención. Dado que me resulta imposible consignarlas aquí todas, me limitaré a recordar que todas esas expresiones son las que irán tiñendo progresivamente el discurso de su personaje Lorenzo en la novela posterior Diario de un emigrante. Además de remitir a lo escrito por Hernando Cuadrado, Medina-Bocos y Portal[1], destacaré un par de detalles. Por un lado, sus indicaciones sobre el empleo del diminutivo: «La corrección chilena tiene su exteriorización en el uso y abuso del diminutivo. El diminutivo constituye el lubricante de la ejemplar convivencia chilena» (p. 84)[2]. Y luego añade:

El diminutivo imprime suavidad a la expresión que no es tanto indicio de cortesía como de afecto espontáneo. Para el chileno todo el mundo es prójimo, de acuerdo con el Evangelio. Esto no debe interpretarse en el sentido de que la inclinación al diminutivo sea una manifestación envidiable. El chileno llama a su esposa «mi hijita linda», «mi viejita», «mi perrita choca» —rabona. El chileno dice «ahorita» y «hasta lueguito». El chileno le dice al taxista que se detiene prematuramente: «Más allasito, pues». A mí me aconteció en una sala de té:

—¿Tesito?

—Sí.

—¿Solito o con lechesita, «cabayero»?

Incontestablemente, esto es demasiado (p. 85).

En segundo lugar, por lo que tiene de pequeño glosario, merecería la pena copiar íntegro (pero no puedo hacerlo) el epígrafe titulado «Un diccionario de goma», del capítulo final. Veamos un extracto:

El lenguaje chileno abunda en expresiones muy gráficas y características. Por ejemplo, el chileno rara vez dice «sí». El chileno dirá cualquier cosa antes de decir «sí» a secas, tal vez porque él es demasiado expresivo para contentarse con monosílabos. El chileno dirá «cómo no», «ya está», «al tiro» o «claro», pero nunca dirá que «sí». Después que cumpla o que no cumpla ya es harina de otro costal. Desde luego, incumplir una promesa no le cuesta demasiado. De ordinario, el criollo aborrece las ataduras y los compromisos. Pero volvamos a nuestro cuento. Otra expresión no obligada en Chile es la de «gracias» o «muchas gracias». El chileno prefiere decir «muy amable» o «muy gentil», con lo que no sólo agradece, sino que paga la fineza. El chileno inevitablemente da de más.

En otro orden de cosas me han llamado la atención expresiones populares como la de que «el tren anda como las huifas», para resaltar su impuntualidad; una fiesta de «pata y quincha», que equivale a nuestro «tirar la casa por la ventana»; «recién viene llegando» por «acaba de llegar»; «encontrar la Virgen en un trapito», para expresar un golpe de fortuna; «harto encachado» por «buen mozo», y «nos sacamos la cresta» por nuestro «nos rompimos la crisma». Junto a esto, me sorprendió el «dejémoslo no más», mágico talismán chileno para rehuir el trabajo, la discusión, la conversación, etc. El «dejémoslo no más» podemos considerarlo representativo del carácter inhibitorio, indolente, del criollo.

Al lado de estos giros típicos, existen vocablos chilenos sonoros y graciosos, como «guata» (barriga), «pololear» (flirtear), «pichanguita» (cosa insignificante) y «niña de mano» (sirvienta). Entre todos los más usados y, sin duda ninguna, los más gráficos son «tincar», «siútico» y «fome». Decir en Chile «me tinca» equivale a decir en España «me da en la nariz». Al chileno «le tinca» que mañana va a llover o que pasado le tocará la lotería. «Siútico» es más que «cursi». La palabra es muy ambiciosa y por demás expresiva. A mí me resulta una palabra eufónica y que no podía significar otra cosa que lo que significa. Acontece lo mismo que con «fome» (desgarbado, sin gracia, desangelado), que ya en sí porta una falta notable de vida, de sal, de vibración verdaderamente delatora. En suma, el chileno, como es de ley, habla el castellano y, como es de ley, no se resigna a vivir entre los estrechos límites señalados por el Diccionario de la lengua (pp. 164-166)[3].


[1] Ver Luis Alberto Hernando Cuadrado, «El español de América a través de Valle-Inclán, Cela y Delibes», Anales de Literatura Hispanoamericana, 15, 1986, pp. 11-21; Amparo Medina-Bocos, Estudio preliminar a Miguel Delibes, Diario de un emigrante, Barcelona, Destino, 1997, pp. I-LXV; Marta, «Diario de un emigrante, una lectura sobre falsilla», en Estudios sobre Miguel Delibes, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1983, pp. 203-213.

[2] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

La sociedad chilena en «Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: tipos y costumbres (y 2)

Muchos y variados son los aspectos de la sociedad chilena que, con mayor o menor extensión, son abordados por el periodista viajero: cuestiones económicas, como la inflación (pp. 80 y 162-163)[1], la producción de cobre (p. 78), la constatación de la existencia de una clase media (pp. 72-73, 79…) o el alto nivel de vida de Santiago (pp. 162 y ss.); la generosidad y el sentimiento de solidaridad, ejemplificado en la organización de los bomberos voluntarios (pp. 93-94); aspectos negativos del país como las elevadas tasas de analfabetismo y de mortalidad infantil (p. 97) o la indisciplina, que no se aprecia, sin embargo, en el ejército, la política y la enseñanza (pp. 95-96); las prácticas y creencias supersticiosas (como el culto a las animitas y las capillitas), que se dan sobre todo en las clases bajas; o las predicaciones y cantos de los canutos, que vio en Talagante (pp. 97-99). Su conclusión, en este terreno, es que la espiritualidad chilena pasa por un momento crítico: el catolicismo está adormecido y como falto de vibración, la moral relajada y la institución familiar en situación poco estable, de forma que el protestantismo y el agnosticismo han hecho allí su presa (pp. 98-99). Tampoco faltan algunos comentarios sobre la prensa chilena (p. 99).

En el capítulo X esboza la descripción de algunos tipos populares de Chile, en particular el roto[2] (rufián, persona ordinaria de baja extracción social) y el huaso[3] (el campesino). Del roto escribe:

El ‘roto’, con tener para un trago, para apostar unos pesos en las carreras y para un pedazo de pan, se da por satisfecho. Ni es ambicioso, ni la civilización se traduce para él en un aumento del número de necesidades. La sumisión le irrita; en general rechaza todo aquello que huela a disciplina (p. 94).

Monumento al Roto chileno

Y así caracteriza al huaso:

El «huaso» es el campesino chileno; una especie de «gaucho» de otras latitudes. Tipo apuesto, altanero, de indumenta pintoresca y ademanes de gran señor. Lo más convincente del «huaso» es que no se trata de un hombre disfrazado para asombro y satisfacción de turistas. […] El «huaso» es un tipo fresco, flamante, recién estrenado. Uno se asoma al campo y ve aproximarse un jinete arrogante que se descubrirá ante el forastero con un amplio ademán, muy versallesco, y le dará cortésmente el «buen día» o las buenas tardes. Este hombre, tiene, sin duda, un cierto aire de caballero andaluz. No obstante, su vestimenta es más abigarrada: sombrero alón negro o gris, camisa de colores llameantes, chaquetilla abotonada a un lado, faja ancha, polícroma; pantalón ceñido y zapato de alto tacón («taco lechero» para el criollo), rematado por una espuela del diámetro de una naranja. El «huaso» suele llevar, además, sobre los hombros un poncho o chamanto de tonos ardientes. En suma, el «huaso» es el más apropiado aditamento de la campiña chilena (pp. 110-111).

Huaso chileno

A Delibes le llamó la atención la pureza racial de Chile, cuyos habitantes mantienen características físicas incontaminadas. Al indio aborigen, el araucano, está dedicado el capítulo XIV, y la impresión es muy negativa, como ya anuncia el título: «El ocaso del indio araucano». El periodista visitó Maquehua, la reducción india de Temuco, donde pudo constatar que «el indio chileno no conserva ya otra ambición que la de dejarse morir» (p. 138), para concluir que su extinción es cuestión de años: «la raza languidece, oprimida por el collar asfixiante de la civilización» (p. 139).

Hay muchos otros detalles relacionados con la sociedad, las gentes y sus costumbres que no puedo sino mencionar. Así, en el capítulo XI aborda lo relacionado con la gastronomía, «tan compleja como contradictoria», como los platos típicos (los locos, las humitas, el caldillo de congrio, los erizos, el curanto, las cholgas…), la costumbre de las onces (meriendas) o la afición por las agüitas (infusiones); del capítulo XII, dedicado, también de forma monográfica, a la caza y la pesca, solo me interesa destacar ahora el recuerdo del personaje Lorenzo: «Si de algo me arrepiento es de haberme despedido de mi amigo Lorenzo, protagonista de mi último libro Diario de un cazador, sin haberle traído a darse una vueltecita por estas tierras» (p. 121). Pero la mirada de Delibes desciende en estas crónicas a detalles menores; habla de la abundancia de perros errabundos («en general, en Chile los perros no tienen dueño», p. 166, y ver también la p. 97); en el epígrafe «Los grandes estímulos del criollo» (pp. 85-89) se refiere al vino, el café y los juegos de azar; menciona el tono ceremonioso en los tratamientos entre padres e hijos (p. 166); alude a la situación de la mujer, que tiene abundante presencia en la administración (p. 167), etc.[4]


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] Quizá Delibes pudo conocer la novela mundonovista El roto (1920), de Joaquín Edwards Bello.

[3] Al hablar del huaso, añade una mención a la cueca, el baile nacional chileno. Otro personaje mencionado es el cogotero (asaltante, ladrón que emplea la violencia).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

La sociedad chilena en «Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: tipos y costumbres (1)

Pero pasemos ya, en nuestra breve glosa de Un novelista descubre América de Miguel Delibes, del paisaje al paisanaje. Una de las primeras notas que capta el viajero recién llegado es la descompensación en la distribución de la población chilena: habla, en efecto, Delibes de la «macrocefalia» de Chile (dos millones de habitantes concentrados en la capital, sobre un total de seis), y apunta que es un país que está pidiendo un premio a la natalidad, es decir, que precisa con urgencia un aumento demográfico:

Chile es un país que necesita importar hombres o fabricarles a marchas forzadas. La salud de Chile se robustecerá cuando su organismo acumule grasas. Seis millones de seres en un territorio de su extensión constituye un indicio incontestable de anemia (p. 160)[1].

Santiago de Chile

En otro lugar, en el capítulo XIII, señala algunas diferencias entre el norte y el sur del país, o entre el santiaguino y el provinciano, que no puedo detenerme a comentar ahora[2]. Copiaré tan sólo el arranque de ese capítulo:

Frente al santiaguino que, ganado por esa infantil vanagloria característica de los moradores de las grandes ciudades, considera que fuera de Santiago de Chile, Chile no merece dar un paso, el viajero tiene razones para afirmar lo contrario; es decir, que Chile, con su personalidad y su pujanza, su fisonomía y su esencia, se encuentra, precisamente, fuera de la capital. Santiago no cierra Chile. Al santiaguino le cuesta arrancar de Santiago como al madrileño le cuesta arrancar de Madrid. Está imantado por el viejo prejuicio antiprovinciano, tan infundado como vacuo; prejuicio más extendido en el nuevo que en el viejo mundo, tal vez porque las pequeñas poblaciones americanas, en lo que a confortabilidad se refiere, se hallan todavía a un nivel muy por bajo del de sus correspondientes capitales. Mas Santiago —como Buenos Aires o como Río— no puede darnos la síntesis del país cuya capitalidad ostenta; resulta insuficiente para definírnosle. Todas las grandes ciudades, tanto del mundo antiguo como del nuevo, exhalan un vaho cosmopolita que en fuerza de general deja de ser característico. Son urbes heterogéneas que alían factores de signo no sólo distinto sino dispar, fenómeno que se acentúa en estas ciudades sin tradiciones, crisoles donde se han fundido razas llegadas de todos los rincones del mundo (pp. 127-128).

Y aunque las referencias las encontramos diseminadas a lo largo de estas páginas, hay dos capítulos, el VIII y el IX, dedicados en su conjunto a retratar el carácter de los chilenos. La primera impresión, e impresión muy positiva, es «esa cordialidad efervescente, notoria en todos los sectores y rincones del país» (p. 17); el periodista afirma taxativamente que «Uno entra en Chile como en su propia casa» (p. 17); añade que «la cordialidad chilena constituye una virtud contagiosa» (p. 161); y, en suma, dictamina que el español no se siente extranjero en Chile, país en el que el sentimiento hispánico es muy vivo. Otra de las notas características del carácter chileno es la absoluta despreocupación, que apunta también aquí y allá. Por ejemplo:

El chileno, normalmente reacio a cualquier forma de previsión, gasta alegremente el dinero de hoy y el que espera conseguir mañana. Hay países que viven de su pasado y países que viven para el futuro apretándose el cinturón. Chile no aspira sino a vivir el presente; lo que pasó ayer no le interesa; lo que está por venir no le preocupa (p. 73).

Y, especialmente, en el epígrafe dedicado a «La maravillosa imprevisión chilena»:

En general podemos decir que el chileno se muestra refractario a cualquier forma de previsión. El chileno nace con la mano abierta. En la vida he visto un país donde el crédito cuente con tantos y tan apasionados partidarios. El dinero aquí no corre, vuela. El chileno gasta lo que tiene hoy y lo que espera conseguir mañana; su actitud, para un europeo consciente y forzosamente administrado, resulta de una prodigalidad irresponsable. Mas lo cierto es que el chileno rara vez se coge los dedos. El país responde; quien trabaja, gana dinero; se trata, en suma, de una naturaleza agradecida. Uno puede llegar hasta donde precisa y luego dejarlo. En todo caso, bien se puede asegurar que un billete chileno recorre mayor número de bolsillos en veinticuatro horas que cualquier billete europeo en una semana (pp. 79-80)[3].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] Los apartados de este capítulo, que va dedicado «A mi amigo Julio Beiner, que me guió por el sur de Chile», se titulan: «La zona del nitrato y el cobre», «Siempre hay más sur» y «Prusianos con poncho chileno».

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: el escenario físico (Santiago y otras ciudades)

Una de las primeras reflexiones del viajero Delibes es que Sudamérica constituye un continente aún por descubrir para el europeo (pp. 11-12)[1]. Lo era, sin duda, para él en el momento de emprender su viaje. Los cuatro primeros capítulos no me interesan ahora, en tanto en cuanto no se centran en Chile, sino que se refieren a las diversas escalas (el apeadero de la isla de la Sal, Natal, Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires y Mendoza), y se cierran con la descripción del impresionante paso de los Andes. Ya en Chile, Delibes comienza por constatar la importancia de la cordillera, que no es solo una mera referencia geográfica, sino algo que marca al país y tiene su reflejo en el carácter de sus gentes: «Los Andes articulan la geografía chilena; recorren el país de norte a sur imprimiéndole una peculiar fisonomía», escribe (p. 56); y luego: «los Andes imprimen carácter al país. […] La cordillera es una constante geográfica; la espina dorsal del país» (p. 58). Nada tiene de extraño que una de las primeras descripciones sea la de una excursión al pueblo de Farellones (pp. 58-60), en la región metropolitana, a más de 3.000 metros de altitud, precisamente para familiarizarse con la cordillera, bellamente presentada como «la sorpresa vertical de los Andes» (p. 51).

Farellones, Chile

En ese primer encuentro con la geografía chilena, tampoco podían faltar algunos comentarios sobre la alargada extensión del territorio. En el capítulo VI escribe, jugando con la frase hecha:

Chile es un país que, como corresponde a su ascendencia araucana, ha colocado sus provincias en fila india. Podría decirse de Chile que es un país tan estrecho, tan estrecho, que no tiene más que norte y sur. Nordistas y sureños convergen en Santiago y son dos temperamentos tallados por dos opuestas formas de vida: el desierto, la mina, arriba; la agricultura y la ganadería, al sur. Entre norte y sur existen, como es de ley, sus diferencias; entre este y oeste no caben diferencias; se caerían al mar (p. 61).

En otro lugar anota: «Chile es tan largo, que por mucho que uno baje siempre queda más sur» (p. 131); e insiste más adelante: «Chile es el país del mundo que tiene más sur; digamos, más o menos, dos mil kilómetros de sur» (138). Sur del país donde, por cierto, y así lo constata el periodista, abundó la colonización por parte de alemanes (pp. 133-135). Desde el primer momento queda patente el interés que despierta en él el territorio que recién está empezando a descubrir:

Para uno, modesto escritor y como tal de una ignorancia enciclopédica, Chile, en la perspectiva, era poco más que los nitratos, el bombardeo de Valparaíso y La Araucana, al alcance de los niños. Basta asomarse aquí para que uno advierta la injusticia de tan somero concepto. Chile es un país que humana y geográficamente encierra un enorme interés. De todo cuanto nos atraiga o sorprenda iremos hablando poco a poco. De momento, importa conocer que «Chilli», en idioma aymará, significa «donde acaba la Tierra», y no deja de ser emocionante esto de sentarse uno a la máquina en el extremo del mundo (pp. 62-63).

El epígrafe «Una inquieta geografía», que parece un guiño a la obra clásica de Benjamín Subercaseux Chile o una loca geografía, introduce el tema de los terremotos (deja constancia de que ha temblado la tierra tres veces en dos semanas), comentando con gracejo que la de Chile es una geografía única en el mundo… pero no inmutable. Ese tono humorístico continúa en el pasaje en el que Delibes afirma que en Chile los maestros lo tienen muy fácil a la hora de enseñar geografía a sus alumnos e inculcarles los conceptos de volcán, cordillera, lago, desierto…: les basta con asomarse a la ventana e ir señalando (pp. 63-64). Y es que Chile tiene de todo «para dar y tomar», y por supuesto también terremotos o sismos. Tras explicar las características de tres tipos diferentes, concluye en ese mismo tono desenfadado: «En suma, Chile puede jactarse, entre otras cosas, de poder despachar seísmos a gusto del consumidor» (p. 66). El capítulo VII está dedicado a la capital, Santiago:

A Santiago le ocurre un poco lo que a esas comedias mediocres bien presentadas; a la obra se la come el decorado. En la capital de Chile la decoración es tan importante que sería preciso haber edificado una ciudad excepcionalmente vistosa para evitar ser eclipsada. Y Santiago no es una ciudad vistosa, siquiera sea una ciudad alegre y grata de vivir (p. 69).

El escenario es, claro está, la cordillera de los Andes, «una escenografía deslumbrante» que resulta visible desde casi todos los puntos de la ciudad, y que se completa con los cerros de San Cristóbal y Santa Lucía. Delibes añade que «la ciudad, como complejo arquitectónico, no es hermosa y ofrece unos contrastes extremosos» (p. 70). Menciona las principales calles del centro, con edificaciones de dos pisos o uno solo (no se pueden construir más altas por los terremotos), lo que hace que sea una ciudad muy extensa, con perspectivas desahogadas y grandes arterias, en las que llama la atención la abundancia de transportes de superficie (trolebuses, colectivos, tranvías, expresos, micros, liebres, etc.), que imprimen a la capital un ritmo vertiginoso. Constata las diferencias entre los barrios residenciales, ubicados en la parte alta de la ciudad, y las poblaciones callampas llenas de guaguas y rotos. Santiago le parece una ciudad destartalada y sucia, en la que predomina el tono gris ahumado de los edificios y francamente mejorable con muy poca inversión (nota, por ejemplo, que las tareas municipales están desatendidas). Señala, de nuevo con humor: «Las obras son tantas, tan lentas y tan aparatosas, que uno duda si se estará construyendo la ciudad o se estará demoliendo» (p. 74). Es, por otra parte, una ciudad llena de vendedores ambulantes y rotos, en la que sorprende que el centro no esté ocupado por bancos, sino por fuentes de soda, salas de té, cines, agencias de viaje, notarios y pastelerías. En cualquier caso, la valoración de conjunto para el viajero es que Santiago resulta una ciudad de ambiente cordial y hospitalario, donde el español no se siente extranjero.

El capítulo XV se centra en la descripción de Valparaíso y Concepción, que son para Delibes los pilares provincianos de Chile (recordemos que fueron las otras dos ciudades, además de Santiago, donde Delibes dictó conferencias). Valparaíso —afirma— es una ciudad que en modo alguno defrauda al viajero: «Aquí reside el atractivo de Valparaíso: no en estar montada sobre una cadena de cerros, sino en estar montada en el aire, garbosamente, con una suerte de alacritud, de equilibrio de ‘mírame y no me toques’, realmente encantador» (p. 149). Para el periodista viajero todo el carácter de la ciudad deriva «de su pobreza ondulada, de sus cerros superpoblados, en un abigarramiento de chafarrinón» (p. 149), de la multitud de casas modestas pintadas de todos los colores, «en promiscuidad anárquica, unas encima de otras» (p. 150). En suma: «La estética de Valparaíso reside en su absoluta falta de estética; en su carencia de orden y concierto» (p. 150). A diferencia de Santiago, «la perla del Pacífico» no es una ciudad que se extiende, sino una ciudad que se eleva y que refleja su armonía en el mar. Delibes no escapa a «la gracia un tanto etérea de Valparaíso», y nos transmite su especial belleza a la caída del sol: «Valparaíso, en la noche, es una sucesión escalonada de minúsculas luces, una barahúnda de candelitas inmóviles, un altar de Jueves Santo, pero sin geografía; un prodigio, en suma, de fuegos fatuos verticales» (p. 151). Aunque alude brevemente a los alrededores (Viña del Mar, «San Sebastián chileno»), Delibes pretende sobre todo transmitir el espíritu de una ciudad, famosa por sus ascensores y ya no tanto por su puerto (que mantiene una actividad moderada), pero en cualquier caso volcada hacia el mar. Como sentencia acertadamente, «El océano constituye la razón y el destino de Valparaíso» (p. 153). Más breve es la descripción de Concepción que, ubicada en la desembocadura del Bío-Bío, es «una ciudad recoleta, introvertida, cultural y botánica» (p. 155). Reconstruida tras el terremoto de 1939, Delibes nos la muestra como cuna de la cultura chilena, especialmente por el impulso de su Universidad. Por supuesto, el periodista es consciente de que su conocimiento de un país tan extenso va a resultar muy limitado, y señala que hay muchas otras ciudades interesantes que no ha podido conocer en su viaje[2].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: estructura y contenido

NovelistaDescubre.jpgEl libro de Miguel Delibes Un novelista descubre América[1] consta de una dedicatoria, un prólogo y dieciséis capítulos numerados en romanos: «Volando hacia Río de Janeiro», «Interpretación de Buenos Aires, una ciudad en marcha», «Argentina sigue siendo el país de las oportunidades», «Un país que ha puesto puertas al campo», «El gigantesco espectáculo de los Andes», «La superficie de Chile es alargada… e inestable», «Santiago: el decorado se traga la obra», «El chileno es un andaluz al baño maría», «Los chilenos mueren del corazón», «Juan Verdejo ‘el Roto’», «La cocina criolla es tan compleja como contradictoria», «Un paraíso para cazadores y pescadores», «Norte y Sur: dos paisajes, dos tipos, dos formas de vida», «El ocaso del indio araucano», «Valparaíso y Concepción, pilares provincianos» y «Mesa revuelta y punto final». Tal vez convenga recordar algunas palabras del prólogo, en las que Delibes nos advierte acerca del carácter de «escritos a vuelapluma» que tienen estas crónicas, que nos transmiten una impresión de cercanía y sinceridad con respecto a «lo visto y lo vivido»:

Uno está al cabo de la calle de que elaborando pacientemente estos materiales de que dispone, reunidos con cierta constancia e indiscutible amor en reciente viaje a Sudamérica, hubiera conseguido un volumen macizo, de ardua digestión; uno de esos hermosos volúmenes que incitan al lector a pensar del autor que está amplia, profusa, penosamente documentado. Está bien. Uno pudo hacer eso y, sin embargo, no lo hizo, porque, de haberlo hecho, uno, con el corazón en la mano, no se hubiera quedado a gusto. Uno, honradamente, ha preferido no manipular estos materiales porque acontece, en ocasiones, que en fuerza de dar vueltas a las cosas, de inducir y deducir, de dejarse arrastrar por apariencias causales, el escritor termina escribiendo «blanco» donde quiso —y debió— escribir «negro». En estos negocios de los viajes, nada como la primera impresión; el destello inicial que viola la conciencia virgen es lo que vale. La reflexión posterior no consigue sino deformar las cosas. […] Vayan, pues, al lector mis leves impresiones sobre Sudamérica tal y como nacieron. Tal vez de este modo no resulten profundas, pero a trueque —y uno cree lealmente que jugamos con ventaja— pueden ser espontáneas y hasta sinceras (pp. 9-10).

Estoy plenamente de acuerdo con José Francisco Sánchez, quien ha sintetizado las características de estos escritos, poniendo de relieve su adscripción al género periodístico antes bien que al literario:

Estas primeras crónicas de viaje —sin duda influenciadas en alguna medida por las que Pla y otros escritores de Destino enviaban a esta revista— fijan casi todas las características que mantendrá, en adelante, para las crónicas de este tipo. Aunque Delibes recopilaría con el tiempo todas sus crónicas de viaje en diversos libros, éstos no son propiamente «libros de viaje», en el sentido que de modo habitual se otorga a tal género literario, sino lo dicho: un compendio de crónicas periodísticas. Delibes, ante todo, hacía periodismo. Es decir, pretendía informar antes que hacer literatura. Escribe para los lectores de periódicos, no para ese otro público, mucho más reducido, que compra o lee los libros de viajes. Pero tampoco son informes asépticos: normalmente sus crónicas carecen de datos estadísticos, de citas, de referencias a estudios y manuales. Delibes describe desde sí mismo, desde sus propias y personalísimas impresiones —no se documenta previamente sobre el país que pretende visitar—, pero pensando en cómo verían sus lectores eso mismo que él ve y describe. Y precisamente porque al hombre le interesa, primero que nada, el hombre. Nada parece interesarle —ni siquiera el paisaje— sino en conexión inmediata con la vida del hombre. Todo ello lleva consigo un alud de consecuencias prácticas en su estilo. Concebirá, por ejemplo, todas sus crónicas de viaje como una conversación con el lector[2].

El contenido esencial del libro es, por tanto, el hombre y su marco físico o, dicho con otras palabras, el paisaje y el paisanaje. Por otra parte, Sánchez destaca que Delibes no narró sus impresiones por orden cronológico, sino agrupándolas por temas. En las entradas que seguirán, trataré de sintetizar esas impresiones que despertó en Delibes su estancia en Chile en torno a dos grandes apartados: el escenario físico, por un lado, y la sociedad (tipos y costumbres), por otro, con una referencia final sobre el habla del país andino[3].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] José Francisco Sánchez, Miguel Delibes, periodista, Barcelona, Destino, 1989, p. 116.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.