El «Villancico de la falta de fe» de Luis Rosales

Para esta Noche de Reyes, siempre mágica y especial, cuando los tres Magos de Oriente que han seguido la estrella que les ha guiado están a punto de llegar ya a Belén para adorar al Niño-Dios, pongo en el blog este «Villancico de la falta de fe» de Luis Rosales, cuyos versos nos invitan a reflexionar. (Entre paréntesis, una pequeña nota léxica para que se entienda mejor la referencia del verso 12: el almez —Celtis australis— es un árbol ornamental que puede verse en parques y calles; su fruto, la almeza, toma el color negro cuando está ya totalmente maduro.)

La estrella de los Reyes Magos

La estrella es tan clara que
no todo el mundo la ve.

En el cielo hay una estrella
nueva y lentísima, es
la estrella de Dios que guía
hacia el portal de Belén.

Los Magos, como son magos,
vieron la estrella nacer;
los hombres, como son hombres,
la miran y no la ven.

Baltasar tiene la carne
morena como el almez;
es viejo, tan viejo
que ha muerto más de una vez,

y Melchor es tan creyente,
tan iluminado, que
siempre que sus ojos miran
se ven sus ojos arder.

Pasan ciudades, ciudades
con calentura en la sien,
donde la estrella, que es niña,
se apaga para no ver.

Pasan desiertos, desiertos
como los hombres también,
y bosques que acaso nunca
volverán a florecer.

Pasan años y los hombres
siguen padeciendo sed,
la estrella sigue en el cielo,
sólo muy pocos la ven[1].


[1] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 199-200.

La Navidad en las letras españolas: el siglo XX (y 3)

A la pluma conjunta de Antonio Murciano y Carlos Murciano se debe la «Canción de la primera madrugada», en la que el tema navideño no es explícito, aunque se adivina fácilmente (la voz lírica es la de la Virgen, y el Niño es flor y, sobre todo, Amor):

Anoche, con la nevada,
de mi tallo brotó la flor.
Anoche, con la nevada.

La nieve sobre el alcor
y el céfiro en la llanada.
Que hasta el ave en la enramada
tuvo cobijo mejor.

Que yo le di mi calor
y mi pecho por almohada,
anoche, con la nevada…
La primera madrugada
del Amor.

Árbol de Navidad de nieve

De Luis Rosales quiero traer a este panorama su «Villancico de las estrellas altas», romancillo (versos de seis sílabas) del que cabe destacar su estructura circular y su alegre musicalidad, ligereza y gracia:

La Virgen María
se siente cansada;
San José la acuesta;
la Virgen descansa.
La techumbre rota;
las estrellas altas;
leguas, muchas leguas
llevan caminadas.
La Virgen María
está soleada
por dentro, su sangre
se convierte en savia,
su cuerpo florece
igual que una vara
de nardos o un ramo
de celindas blancas.
El Niño ha nacido
como nace el alba:
los ojos con risa,
la boca con lágrimas.
En el aire nieve;
en la nieve alas
y el viento que bate
puertas y ventanas.
La Virgen no tiene
rebozo ni manta;
San José la mira,
se quema mirándola.
Entre la penumbra,
pidiendo posada,
la carne del Niño
desnuda se halla.
La nieve que cae,
pues del cielo baja,
va formando techo
para cobijarla.
La Virgen María
se siente cansada;
cuando mira al Niño
la Virgen descansa.

La lista de autores y textos podría ampliarse fácilmente; pero pongo aquí punto final a este somero recorrido por la Navidad en las letras españolas[1], para pasar —en próximas entradas— a los escritores navarros, que también han tratado con frecuencia este bello tema poético en sus obras literarias.


[1] Para más autores, cabe remitir a distintas antologías de poesía religiosa española, donde se hallarán textos antiguos y modernos; por ejemplo, Antología de poesía sacra española, selección y prólogo de Ángel Valbuena Prat, Barcelona, Apolo, 1940; Gerardo Diego, La Navidad en la poesía española, Madrid, Ateneo, 1952; La Navidad en la literatura nacional del siglo XII al XX, selección, prólogo y notas bio-críticas de José Sanz y Díaz, Barcelona, Ediciones Patria, 1941; Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999; Antonio Ortiz Muñoz, La Navidad en el mundo, Madrid, Siler, 1957; José María Pemán y Miguel Herrero (eds.), Suma poética: amplia colección de la poesía religiosa española, Madrid, Editorial Católica, 1944; Poesía religiosa española, selección, estudio y notas por Lázaro Montero, 3.ª ed., Zaragoza, Ebro, 1969; José Sanz y Díaz, La Navidad en España, 2.ª ed., Madrid, Publicaciones Españolas, 1956; Roque Esteban Scarpa, Voz celestial de España: poesía religiosa, Santiago de Chile, Zig-Zag, 1944, etc.

La Navidad en las letras españolas: el siglo XX (1)

Si pasamos ya al siglo XX, encontraremos que la poesía de Navidad va a conocer un gran rebrote, en ambas orillas del Atlántico. El argentino Francisco Luis Bernárdez —que después de su conversión llegó a ser el máximo representante de la literatura católica de su país— nos brinda un bello «Soneto de la Encarnación» sobre el maravilloso misterio de Dios hecho hombre:

Para que el alma viva en armonía
con la materia consuetudinaria
y, pagando la deuda originaria,
la noche humana se convierta en día;

para que a la pobreza tuya y mía
suceda una riqueza extraordinaria
y para que la muerte necesaria
se vuelva sempiterna lozanía,

lo que no tiene iniciación empieza,
lo que no tiene espacio se limita,
el día se transforma en noche oscura,

se convierte en pobreza la riqueza,
el modelo de todo nos imita,
el Creador se vuelve creatura.

Y volviendo la vista a España, ¿cómo no traer a estas páginas la «Canción al Niño Jesús» de Gerardo Diego? Dice así:

—Si la palmera pudiera
volverse tan niña, niña,
como cuando era una niña
con cintura de pulsera.
Para que el Niño la viera…

—Si la palmera tuviera
las patas del borriquillo,
las alas de Gabrielillo,
para cuando el Niño quiera
correr, volar a su vera…

—Que no, que correr no quiere
el Niño,
que lo que quiere es dormirse
y es, capullito, cerrarse
para soñar con su madre.
Y lo sabe la palmera…

—Si la palmera supiera
que sus palmas algún día…
Si la palmera supiera
por qué la Virgen María
la mira… Si ella tuviera…

Si la palmera pudiera…
… la palmera…

Nacimiento de Cristo

El poeta hace aquí un magistral uso de la reticencia. La expresividad del poema, en efecto, está más en lo que se calla que en lo que se dice: la palmera dará palmas, con las que Jesús será recibido triunfalmente en Jerusalén, pero eso será para padecer poco después su Pasión y Muerte en Cruz. De ahí la callada angustia con que la Virgen —que presiente el dolor futuro de su Hijo— mira a la palmera…

Otros poetas del 27 se acercaron también al tema navideño, como por ejemplo Jorge Guillén, quien tiene una composición titulada «Epifanía», que se centra en la Adoración de los Reyes Magos a un Dios que no es rey ni rico, sino «camino, verdad y vida», mientras el Portal de Belén supone una «invitación fraternal» a todos los hombres[1].

Entre el corpus poético de Luis Rosales figuran varios poemas dedicados al Nacimiento del Niño-Dios: «Nana», «Villancico y canción de la divina pobreza»…, pero aquí copiaremos otros dos textos. El primero, «Callar…», está formado por dos décimas que repiten el último verso en una suerte de estribillo:

Dicen que el Niño ha nacido,
y el corazón en la brisa
tiene una fiesta imprecisa
de campanario sin nido…;
siempre hay un niño dormido
junto al silencio…; vivir
sin despertarle ni herir
con la nieve su garganta…;
callar, es la noche santa,
no la debemos dormir.

Callar… ¿Si el Niño tuviera
siquiera luz por abrigo,
y el viento no helara el trigo
de su sonrisa primera…?
Callar… ¿Si el Niño quisiera
descansarnos de vivir,
y el mundo dejara oír
su alegre mensajería?
Callar… Habla todavía,
no la debemos dormir.

El segundo poema se presenta bajo el título «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», y se trata de un soneto:

¡Morena por el sol de la alegría,
mirada por la luz de la promesa,
jardín donde la sangre vuela y pesa,
inmaculada tú, Virgen María!

¿Qué arroyo te ha enseñado la armonía
de tu paso sencillo, qué sorpresa
de vuelo arrepentido y nieve ilesa
junta tus manos en el alba fría?

¿Qué viento turba el monte y le conmueve?
Canta tu gozo el alba desposada,
calma su angustia el mar antiguo y bueno.

La Virgen a mirarle no se atreve,
y el vuelo de su voz arrodillada
canta al Señor, que llora sobre el heno.


[1] Ver Torcuato Luca de Tena, La mejor poesía cristiana, Barcelona, Martínez Roca, 1999, p. 266.