La poesía de Rafael López de Ceráin: «Breviario de esperanza» (2001)

De este libro, publicado originariamente con un prólogo de Beatriz Hernanz, son dieciocho los poemas seleccionados para Cuaderno de versos. Antología 1985-2010, los cuales nos hablan de nuevo de amores y desamores, de recuerdos e ilusiones, de la muerte, junto con evocaciones familiares del padre y de la madre… Pero también hay lugar para nuevos registros poéticos. Así, «En busca de Dios» introduce el tema de la trascendencia: nos dice el yo lírico que es «eterno el nombre vulnerado» y que la presencia de la divinidad inunda «los jardines desiertos de mi alma». De nuevo con Machado como referencia última, el yo lírico se pregunta «cómo, Señor, buscarte entre la niebla siempre / sin invocar tu nombre», versos que remiten a los del poema machadiano «Era una tarde cenicienta y mustia»:

… así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático, poeta
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla.

Hombre caminando entre la niebla

El hablante del poema tiene deseo de «eternidad inefable», de ahí que clame a Dios, «porque eres siempre, todavía y hoy»; y tras haber repetido anafóricamente en las cuatro estancias del poema «Ahí donde no estás», concluye: «Señor, Dios mío, estás ahí donde no estás».

Del Padre-Dios, pasamos al padre-progenitor. El poema «La casa del padre» es, en forma de apóstrofe a él dirigido, una evocación del padre visto con los ojos del niño que fue el poeta, quien recuerda «tu dolor reconcentrado, tu ternura arisca», para acabar con un claro eco de Manrique y sus célebres «Coplas a la muerte de su padre»:

Padre y maestro mío,
para ti, como los ríos que van a dar en la mar,
vayan mis lágrimas vertidas
en soledades, ayeres, en el alma, los caminos…

En el mismo grupo de evocaciones familiares debemos incluir el poema «Madre», también concebido como un apóstrofe a ella, con repetición de la anáfora «No estaba…». El poeta rememora su amor y su dulzura, su saber hacer virtud del dolor, y la designa con los calificativos de roble y mujer fuerte (esta última imagen bíblica, aplicada a la madre, ya estaba presente en el poema dedicado al padre); y concluye bellamente: «hoy son míos tus ojos». Desde el punto de vista estilístico destaca en el poema el quiasmo «diste vida y esfuerzo / y no correspondieron esfuerzo y vida». También pertenece al mismo grupo temático el poema titulado «Tío Boni», que evoca a este familiar como «una filosofía parda y mesetaria» y, de forma más humorísticamente, como un «Errol Flyn a la soriana» (en alusión a sus varios matrimonios); pero, por encima del tono desenfadado, destaca la comunión de ambos personajes, el yo lírico y el tío, en el sentimiento de la soledad que les aúna.

En otro apartado podríamos englobar los tres poemas que son homenajes literarios a otros tantos escritores: a «J. M. Fonollosa», a «Neruda» y a «Ángel María Pascual» (en este último poema, la alusión a una «ciudad en primer orden» es evocación del título del poemario de Pascual Capital de tercer orden, dedicado a la parda y gris Pamplona de los años 40).

Dejando aparte alguna composición circunstancial (como la titulada «En el otoño», inspirada por la fuerza destructora de las riadas otoñales), el resto de poemas de Breviario de esperanza se centra en el análisis introspectivo del yo lírico, a partir de una dramática circunstancia de la vida del poeta que explicita el último de los poemas, «Deseo»:

Me has entregado la vida,
la que yo quise terminar
lanzándome al vacío
golpeando llanamente
una acera fría,
un término para mis dolores,
una ciega depresión
que atajó mi pensamiento
agotando mi razón.

Y luego se añade la consecuencia de todo ello: «soy un pasado inhóspito / una decadencia completa / un mañana sin ayer». En tal situación, el yo lírico no espera mucho del futuro: «tan solo espero vivir / lo que la muerte ha usurpado». A partir de lo explícitamente dicho en este poema se puede entender mejor la dolorosa problemática existencial reflejada por el yo lírico y varias de las alusiones que encierran estas composiciones y algunas más pertenecientes a otros poemarios. Así, «Duermevela» (que repite anafóricamente el deseo «Quiero dormir» e introduce evocaciones de los cantantes Leonard Cohen y Jannis Joplin y del poeta maldito Dylan Thomas) alude al «aciago insomnio de esta noche», a «mis piernas cansadas, / mi quebrado brazo», a «mi demorada noche oscura» (San Juan de la Cruz se hace presente también); en medio de su «absoluto vacío», en «este Madrid en que reposan cadáveres, / cuerpos fatigados de amor, hastiados de odio acaso», al yo lírico sólo le queda «tu imagen presente», la «sed de ti».

«Pasillos» se construye con metáforas y expresiones tomadas del mundo taurino: el yo lírico, que fue antes «airoso matador» se ve ahora convertido en «peón de brega», peón también de un peligroso juego de ajedrez cuyo final conduce sin remedio a la muerte; tras la evocación de varios recuerdos biográficos del poeta (su trabajo como funcionario, su paso por el Ayuntamiento en la «ciudad de mis mayores»), al final lo vemos «camino de enfermería / en el ruedo de esta vida».

«Reencuentro» evoca la reaparición, varios años después, de una mujer amada en el pasado. El poema se construye, una vez más, como un apóstrofe al tú de esa mujer fuerte, Diana cazadora, y está tejido con referencias machadianas, desde su comienzo: «Cómo recordar los días azules, / el sol de la infancia, tan machados» (eco de «Estos días azules y este sol de la infancia», último verso encontrado en el bolsillo del poeta sevillano el día de su muerte en Collioure); y luego al aludir a «la curva de ballesta en torno a Soria». Desde el punto de vista de los recursos retóricos, destaca la utilización de la anáfora (en este caso la expresión repetida es «Cómo…»), que es la figura de repetición más presente en la poesía de López de Ceráin.

«Divagación» constituye un nuevo apóstrofe a la mujer amada y se estructura como un paralelístico juego de contrarios (oscuridad / claridad, tarde / mañana, sombra / luz). De mayor intensidad poética es el poema titulado «Realidad (Una noche nuestros pasos se encontraron)», del que cabe destacar la imagen de la vida como «sucesión de fechas en bandada» y la aceptación de la dura realidad que conoce el hablante («Mis límites y yo»), siempre con la muerte agazapada a la espera:

Yo soy yo y la muerte aguarda,
desagradables posturas,
ahora que ya no sueño
no lejos me anda rondando
y no faltará a la cita.

Como sugiere el título, «Mr. Masoch» nos habla del dolor y el sufrimiento que puede llegar a causar el amor, sobre todo cuando se trata de un amor perdido; destaca la estructura circular de esta composición, que repite al principio y al final una doble idea: «Los días traen sus cosas / tú ya no estás conmigo».

En «Olvido en la materia» —poema que parece ser recuerdo de una noche de placer, más que de amor— la intertextualidad va desde las canciones modernastender is the night», de Blur, aunque también podría aludir a la novela de Scott Fitzgerald o a la película de Henry King, las dos con el mismo título) hasta San Juan de la Cruz (la expresión «cántico espiritual o llama de amor viva» y el símil «como ciervos de alborada»). Se trata de un nuevo apóstrofe a un tú, a una «mujer vista y no vista», frente a quien el yo lírico toma conciencia de su pequeñez: «la sombra de la sombra de tu perro, / ahí donde yo habito»; un yo lírico que siente la certeza de «las horas que inútilmente pasan», para concluir que «esta noche, querida, se la lleva el olvido».

«Ida y vuelta» es la evocación sentimental de un paseo que dieron los enamorados tomados de la mano en Sevilla; lo mejor, sin duda, es la fina captación sensorial de la ciudad andaluza con sus colores, olores y sonidos: «estaba alegre el aire y la calor completa», se dice. Por último, «Recuerdos» nos habla del invierno en el que el yo lírico se encuentra hoy, instalado en «un ahora sin tiempo / lanzado para siempre»[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Pero no olvides qué Ítaca eres tú”: los veinticinco años de creación poética de Rafael López de Ceráin (1985-2010)», en Rafael López de Ceráin, Cuaderno de versos. Antología 1985-2010, Madrid, Incipit Editores, 2010, pp. 13-39.

«Toda, reina de Navarra» (1991) / «El viaje de la reina» (1996) de Ángeles de Irisarri (1)

Esta novela histórica[1] describe el viaje que, al filo del primer milenio, realizó la reina Toda Aznar de Navarra a la corte cordobesa de su sobrino, el califa Abderramán III, con el objetivo de que uno de sus médicos, el famoso físico judío Hasday, curase de su obesidad a su nieto Sancho. En efecto, este Sancho, apodado por la historia el Craso o el Gordo, había sido desposeído del trono leonés por Ordoño IV el Malo precisamente por su descomunal gordura, que le impedía montar a caballo y llevar a cabo todas las actividades que implica el ejercicio de la realeza. Ángeles de Irisarri imagina cómo se realizó ese viaje, que fue real, si bien sobre ese fondo histórico —por cierto, muy bien documentado— construye una entretenida fábula de ficción, llena de humorísticas aventuras. «Con un tema histórico singular —ha resumido Carlos García Gual—, como un juego sutil y un guiño erudito, Irisarri ha elaborado un relato muy divertido, instructivo y atractivo». Como veremos en una próxima entrada, al hablar de los personajes, la novela se centra en la figura de doña Toda, quien, pese a ser una anciana que supera los ochenta años de edad, es la persona que más actividad desarrolla en el reino de Navarra; ella es quien lleva las riendas de la situación: no solo decide organizar la marcha a Córdoba para curar a su nieto (que se había refugiado en Pamplona), sino que se pone al frente de la expedición que va a emprender tan fatigoso viaje.

Cubierta del libro El viaje de la reina, de Ángeles de Irisarri

La novela consta de diecinueve capítulos. El primero, titulado «Pamplona, 23 de junio de 958 (año de la era 996)», nos ofrece el planteamiento de la acción. Se explican los motivos del viaje que están a punto de iniciar doña Toda, su hijo García (rey de Pamplona) y su nieto Sancho. Sin embargo, el primer problema se plantea antes de comenzar la marcha, pues el cuerpo del obeso don Sancho no cabe por la puerta del carro preparado para transportarlo. La situación es resuelta de inmediato por la anciana Toda, quien ordena que se le acomode en un almajaneque (una especie de torre de asalto con ruedas). Resuelto gracias al ingenio de la anciana el primer e inesperado contratiempo, la expedición sale por fin de Pamplona, y el narrador destaca al final de ese primer capítulo que se trataba de «Un extraño cortejo…» (p. 24).

A partir del segundo, «Camino de Córdoba», seguimos a los expedicionarios en su lento e incómodo viaje. Menciono los títulos de los capítulos porque la estructura de la novela va a coincidir con el recorrido geográfico que realizan: «El río Arga», «Lizarra» (que es el nombre vasco de la ciudad navarra de Estella), «Monasterio de San Esteban de Deyo», «El Ebro», «Najera», «Camino de Soria», «El paso del río Iregua», «Altos de Cameros», «Castillo de Soria», «Al-Ándalus», «Guadalajara», «El puente Largo del Jarama», «Toledo», «El castillo de Castro Julia», «La plana de Córdoba» y «Córdoba». El último capítulo, «Camino de Pamplona», condensa en unas pocas líneas el viaje de vuelta, limitándose el narrador a indicarnos que transcurrió sin mayores incidentes ni cosas dignas de contar[2].

El libro se cierra con un epílogo en el que se nos ofrecen diversas noticias sobre el destino de los principales personajes tras su regreso a Pamplona, incluyendo la muerte de la reina Toda. Se añade además, a modo de texto postliminar, un anexo de la autora, «Verdades y mentiras de El viaje de la reina», en el que se deslinda brevemente la parte realmente histórica y la parte ficcional de la novela. En principio, la estructura de la novela es muy sencilla y el orden cronológico es lineal, sin saltos temporales hacia adelante o hacia atrás. Ahora bien, es en el mencionado epílogo cuando descubrimos un detalle importante sobre la estructura narrativa de esta novela histórica: en cierto modo, Irisarri recupera la vieja técnica de los «papeles hallados», frecuente en la novela de caballerías, parodiada por Cervantes en el Quijote con la invención de su Cide Hamete Benengeli y retomada de nuevo por los novelistas históricos del Romanticismo español y posteriores. En efecto, es en ese epílogo donde leemos que la reina doña Toda dejó encargado en su testamento a doña Alhambra, una de sus damas de confianza, que escribiese la historia de su viaje a Córdoba; esa tal Alhambra no pudo redactar la memoria en cuestión, pero transmitió el encargo a sus descendientes y, varios siglos después, ya en el XVI, una de ellas, Gaudelia Téllez de Sisamón, condesa de Olite, lo lleva a efecto, por medio de un memorial que dirige al rey Fernando el Católico el 12 de julio de 1513, es decir, coincidiendo con el momento de la invasión del reino de Navarra por parte de los castellanos. Por tanto, el texto de la novela que hemos leído es ese memorial del viaje redactado por una de las descendientes de la viajera doña Lambra; dice haberlo hecho con respeto a noticias y cronicones (los documentos de la familia que se han conservado durante quinientos años en un arca del comedor del castillo de Olite), si bien advierte: «Y donde no llegó la memoria, ni el recuerdo, ni los diplomas, lo suplí yo» (p. 345). Estas palabras son, en el fondo, un guiño cómplice de la autora que nos pone sobreaviso de que no todo lo relatado en su novela histórica ha de ser tomado al pie de la letra.

Dejando aparte este recurso narrativo, la estructura de la novela es sencilla. Se sigue en el relato un orden cronológico lineal, que coincide con la descripción de la marcha. Esta se ve enriquecida por el añadido de diversas anécdotas que van surgiendo al hilo del avance de los expedicionarios: el enamoramiento del alférez don Lope de la dama Lambra; la rotura de las ruedas de la torre regia; el ataque de una manada de lobos, que logra ser repelido con dificultad; la muerte de don Lope de resultas de las heridas sufridas en ese ataque; la caída de la torre al río Jarama en el momento de cruzar un puente, suceso en el que mueren el preste don Abaniano y la priora doña Muñoz (el rey Sancho tiene que ser izado por medio de unas poleas, para proseguir después el viaje en angarillas); la pasión amorosa del moro Chaafar, que se declara a la castellana Andregoto, quien a su vez se ha prendado de Abd-ar-Rahmán, etc.[3]


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector.

[2] Nótese la estructura circular sugerida por los títulos de los capítulos segundo y decimonoveno: la novela se inicia «Camino de Córdoba» y acaba «Camino de Pamplona».

[3] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

La poesía de Rafael López de Ceráin: «Olvidos y presencias» (1999)

Se incluyen en Cuaderno de versos. Antología 1985-2010 cinco pasajes de prosa poética de este libro, que introducen un tono de melancolía reflexiva. Son, efectivamente, cinco reflexiones melancólicas sobre el paso del tiempo y la pérdida del amor, la constatación de la finitud del vivir humano, a lo que hay que sumar la presencia de paisajes rurales (disfrutados en alegres paseos dominicales) o urbanos (Madrid). En estos fragmentos en prosa el ritmo poético se consigue por medio de recursos como las repeticiones estilísticas, la cadencia sintáctica, la adjetivación o la presencia de imágenes y metáforas.

Rafael López de Ceráin

«Vagamundos» es la placentera evocación de un paseo campestre a la hora del ocaso, mientras que «Otoño» transmite sensaciones de decadencia y melancolía, pues lo contemplado en esta estación lleva al poeta a considerar «lo efímero de la existencia», «la hermosura de la muerte», «la inexcusable muerte, la fugacidad de las horas». «Soria» es un apóstrofe a la ciudad castellana «ajena de machados, de bécqueres, de diegos», a la «Soria de juventud húmeda». El Machado de Campos de Castilla, como no podía ser de otra manera, se hace presente en esta prosa con claras referencias intertextuales («la sombra de Caín», «de luz y de riqueza», «Campos de Soria»…), de la que se puede extractar algún bello endecasílabo como «un hábito de muerte prolongada».

«Nostalgia» es un nuevo ejemplo de esta práctica que une el paseo y la reflexión, como indica el propio texto: en efecto, «paso que doy, meditación que viene», se van sumando los recuerdos tanto madrileños (la Almudena) como navarros (la Valdorba, las Aézcoas, Salazar y Ochagavía). La prosa se desliza con un suave ritmo poético, del que puede ser buen ejemplo este pasaje: «Valdorba serenada, el aire de tus cerros, tus vides milenarias que cosechaba Roma, te siento apelmazada…». Nótese también la presencia de algunos heptasílabos combinados con el recurso del paralelismo: «olores que no atisbo, colores que he olvidado en la grisalla agreste…». En cuanto al tono, de nuevo el texto se tiñe de una profunda melancolía: «Dejadme […] cerrar los ojos y derrumbar la vida, ruina de mi nostalgia, lección fatalmente aprendida».

Pasajes con marcado ritmo poético los apreciamos también en «Blues de la lluvia», donde, además de la repetición constante de las palabras lluvia, llueve, podemos destacar algunas construcciones sintácticas de ritmo endecasílabo: así, «el agua fenecida en tus quereres», «tu pecho alzado en esta espera cierta» o «amor entreverado de amapolas» son endecasílabos que perfectamente podrían entresacarse de este pasaje en prosa para la construcción de un poema (como el «ebrio de trementina y largos besos», verso tomado en préstamo de Neruda). Nótese también esta combinación de frases de 7 + 11 sílabas: «porque la espera es larga y cortas son las horas del encuentro». Por lo demás, esta prosa poética es la evocación de una «primavera de lamentos», en la ciudad de Madrid, vertida en forma de apóstrofe a una «mujer inalcanzable, perdida», de la que se dice: «en tus hospitalarias noches afanadas, eras la boina azul, como el mar que yo te traigo en mis manos, amor, esta noche de lluvia e infinita ausencia»[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Pero no olvides qué Ítaca eres tú”: los veinticinco años de creación poética de Rafael López de Ceráin (1985-2010)», en Rafael López de Ceráin, Cuaderno de versos. Antología 1985-2010, Madrid, Incipit Editores, 2010, pp. 13-39.

Características de las novelas históricas de Ángeles de Irisarri

«Ángeles de Irisarri se ha consolidado como una de las actuales escritoras españolas que se desenvuelve con mayor firmeza en la narrativa histórica». Estas palabras corresponden a una reseña de Mariano García publicada en Heraldo de Aragón. Efectivamente, su nombre puede ya unirse al de otras destacadas escritoras españolas que, en las últimas décadas, se han acercado con notable acierto a ese peculiar subgénero de la narrativa histórica que tan de moda vuelve a estar en nuestros días (un vistazo a las mesas de novedades de cualquier librería bastará para comprobarlo). Pienso sobre todo en autoras como Paloma Díaz-Mas o Lourdes Ortiz, entre otras, que han destacado en el cultivo de este producto literario, la novela histórica, inventado —o re-inventado— en los tiempos modernos por el maestro escocés Walter Scott con obras tan famosas como Ivanhoe o sus Waverley Novels.

Cubierta del libro Toda, reina de Navarra (Pamplona, Mintzoa, 1991), de Ángeles de Irisarri

La novela histórica constituye un subgénero narrativo híbrido en el que el autor ha de saber combinar en dosis adecuadas los materiales históricos que acarrea para la construcción de su obra —esto es, el andamiaje en que se apoya, y que normalmente sirve como telón de fondo a la acción— y los elementos ficcionalizadores —los personajes y las peripecias de su propia invención—. Ángeles de Irisarri consigue en sus novelas un buen equilibrio entre ambos ingredientes, como someramente intentaré mostrar en sucesivas entradas. En este acercamiento a sus novelas históricas Toda, reina de Navarra, El estrellero de San Juan de la Peña y Ermessenda, condesa de Barcelona, voy a centrar mi análisis en la primera de ellas por ser, a mi juicio, la más interesante. Curiosamente, esta obra puede ser considerada igualmente la primera y la última novela histórica de Irisarri. Y explico la aparente paradoja: fue la primera que la autora dio a las prensas, con el título de Toda, reina de Navarra, en edición limitada de la pamplonesa editorial Mintzoa; sin embargo, es la más reciente en tanto en cuanto ha sido reeditada por Emecé en 1996 —y en varias ediciones posteriores—, bajo un nuevo epígrafe: El viaje de la reina[1](y luego también en Salamanca, Salamandra, 1997).


[1] Citaré por la reedición de Emecé de 1996, que es la más fácilmente localizable para el público lector. Durante la preparación de este trabajo he tenido la oportunidad de estar en contacto con la escritora, Ángeles de Irisarri, quien amablemente me ha facilitado distintos materiales y noticias que han enriquecido mi análisis. Quede, pues, constancia de mi agradecimiento por su gentil colaboración. Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

La poesía de Rafael López de Ceráin: «Trabajos de amor dispersos» (1996)

El primer poemario de López de Ceráin —cuyo título parece remitir a Shakespeare y a su temprana comedia Love’s Labours Lost (Trabajos de amor perdidos)— incluía ya un buen puñado de poemas maduros, de los cuales se recogen dieciséis en la antología Cuaderno de versos. Ese libro que constituía su salto a la arena literaria se publicó por primera vez, en 1996, con prólogo de Manuel Alcántara. Aquí vamos a encontrar ya la presencia de algunos temas que luego serán constantes en el resto de la obra de nuestro autor, en especial la sentida conciencia del tiempo, de la vida que pasa, con la amenazadora presencia de la muerte al fondo

Rafael López de Ceráin

El poema «La lluvia», el primero de la citada antología, constituye un magnífico pórtico para todo el volumen. Se abre con el bello endecasílabo «Tener que ser el mismo cada día», idea que se recupera en el final, lo que dota al poema de una estructura circular: «Sentir que el mismo, cada día, / hacia la vida o hacia la nada, / escribe estos mismos versos». Se entrelazan, entonces, en esta composición las ideas de la vida, del tiempo que pasa y de la escritura poética: «esta vida que —polvo y sombra— llueve / horas veloces, fugitivas palabras»; el yo lírico sabe que en el Paraíso no será Borges, «y que aquí soy —más bien— fracaso y tiempo, / esencia de versos incurables y lluvia». Cabe añadir que esta misma idea la encontraremos repetida en un poema posterior, el conciso «El mismo».

El poema titulado «Recordatorio» merece la pena transcribirlo entero, porque capta de forma esencial este tema del paso del tiempo, tan presente en la lírica de López de Ceráin:

Esos olvidos que no son tales son,
mientras el tiempo pasa,
los que roen tus días,
tus entrañas, felicidad perdida,
la soledad del reino de la infancia.
De recuerdos y olvidos estás hecho.
Mas no mires atrás.

«Inventario» constituye un recuento de todas aquellas cosas valiosas de la vida (ilusiones, viajes, sensaciones, paseos, «tantos libros que cuido como a hijos / porque también añaden su razón a la mía»…), en suma, todo aquello que hace al poeta ser lo que es. «Con eso me conformo», afirma, para añadir a continuación:

Todo ello soy, es mi tesoro,
las vueltas y revueltas de la vida
y ser el mismo niño
que, junto a la ventana, espera a su padre
una tarde lluviosa de invierno.

Si aquí apunta ya el recuerdo del padre (que se reiterará en composiciones de distintos poemarios), «Mis mayores» es una emotiva evocación de los antepasados familiares, a través de varias generaciones, hasta llegar a sus padres, que son «Mi ayer, mi hoy, lo que no pasa». La fuerte presencia de Antonio Machado, sin duda una de las más notables influencias en la obra de López de Ceráin, se aprecia ya en un detalle intertextual de este poema; en efecto, cuando escribe «Qué bien tu nombre suena, / Caserón de San Bernardo, / altos del Llano Amarillo…», inmediatamente se nos viene a la mente el recuerdo de unos célebres versos machadianos:

¡Madrid, Madrid, qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas…
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas!

Ciertamente, el tono y la intención son muy diferentes en cada poema, pero no cabe duda de que ese «Qué bien tu nombre suena» es una deuda textual y, sobre todo, un homenaje literario al poeta sevillano de nacimiento, pero enraizado —como también López de Ceráin— en tierras sorianas. Del mismo modo, en «Xauén» se hace asimismo presente Machado, si bien no de forma directa. Al hilo del recuerdo de una visita a esa ciudad, se evoca la sangre española derramada «en el sueño africano y altanero / de una España caduca e innombrable». No estamos en este caso ante una cita textual, pero sí se percibe aquí como telón de fondo un tono netamente machadiano.

Otras dos composiciones continúan con el tono reflexivo. Bellísimo y muy conciso es el titulado «Epitafio»: «Que el olvido me dé lo que me toca: / el reposo, el silencio y una rosa»; mientras que «Despedida» desarrolla la idea de que las vidas de las personas son (somos todos nosotros) como las obras inacabadas de un artista: «palabras amasadas en el tiempo», «el instante ejecutado, jamás la obra perfecta».

En fin, hay un último bloque de poemas que introduce la temática amorosa en este primer poemario. Varias de estas composiciones se construyen como un apóstrofe al tú de la mujer amada (estructura que será la habitual en casi todos los poemas amorosos de López de Ceráin) para evocar recuerdos del pasado, dirigirle preguntas, plantear la posibilidad de un reencuentro, etc. Así, por ejemplo, en «Ese cansancio tuyo» la apelación al tú amado es para lamentar la ausencia de esa persona que, aunque pertenece al territorio del pasado, ha dejado hondas huellas en el sentir del yo lírico:

Veloz pasa el tiempo,
el tiempo que me aleja,
pero tú ya has echado raíces
en el erial de mi alma,
eres mujer de fondo,
pensativa y distante
de piedra tú estás hecha,
enmudecida y quieta.
Pero arrojada a mí,
yo soy el pozo
que ha de albergar tus ondas.

Nótese que el recuerdo amoroso va unido (y esto será también algo usual en la obra de nuestro autor) a la constatación del inexorable paso del tiempo. Y el poema concluye con estos dos versos: «Tan lejos, tan cerca, siempre presente / te nombro en la claridad de una tarde». Resta por decir que este será también el tono habitual de los poemas amorosos de López de Ceráin: una melancólica y dolorida evocación, desde la pérdida, de un amor (o de unos amores) que han dejado en el alma una profunda huella.

Efectivamente, también en «Nothing more» se duele el yo lírico de lo que pudo ser y no fue («No ser ya más en ti, amor en la penumbra, / la herida de un beso que jamás te diera»). Sensaciones de llanto, cansancio y sufrimiento se acumulan en «Una declaración», poema en el que cabe destacar la bella imagen «el palio amarillo de tu cansancio». En «Urgencias» de nuevo el paso del tiempo (comienza: «Es gris y todo fluye, tempus fugit, / sobre la ancha paz de tu sonrisa») se une al recuerdo amoroso, para dar paso a un muy logrado final:

Por la 47 Street, quién lo diría,
como a tu encuentro voy por la Avenida,
sin pájaros, ni un cielo que ponerme
o un beso que llevarme a la mejilla.

«Por el que se pide un armisticio» es un poema amoroso trufado de referencias intertextuales (a Rodrigo Caro y su «Canción a las ruinas de Itálica» en el sintagma «mustio collado», a Antonio Machado en los versos «Voy soñando estaciones y eriales de mi alma, / caminos, tardes claras», y quizá también a Cernuda en el que sigue, «un crepúsculo, un río, un amor, un olvido»). Se mezcla en este texto la temática amorosa (según la imagen tradicional que considera al amor como guerra) con la práctica de la escritura poética («juntando versos, cadáveres después de una batalla», hermosa metáfora), pero lo que prevalece sobre todo es la sensación de «soledad infinita» que domina al hablante lírico, que acaba implorando al tú amado:

Dame un páramo, un cielo,
dame la soledad —así la muerte—
mientras te voy queriendo quedamente.
Dame la paz, el don de la palabra
y pon un fin a todas estas guerras.

En «Tarde lluviosa», donde se evoca nuevamente un amor que es al mismo tiempo ilusión y ausencia, el yo lírico hace profesión de fe amorosa: «No quiero ver a nadie / porque me bastas tú». Y en «Canción de olvido» sigue presente el tono de distancia, de adiós, de despedida, la conciencia de que «pasa el tiempo» unida a la evocación manriqueña («los ríos que dan al mar»). Se aprecia en este poema cierto tono erótico («desnudo tu cuerpo azul / y tus pezones de aire») que no va a ser frecuente en la poesía de nuestro autor. Tras la expresión de una paradoja («Corre el agua eternamente / detenida en su fluir»), la composición termina así:

Quedo solo, silencio
escuchad tan sólo un eco
un nombre levemente pronunciado
irrecuperable adiós, así hoy te invoco.

La importancia del nombre amado reaparece en «El nombre vulnerado», composición en la que se prolonga ese apóstrofe a un tú al que se quiso, pero ahora ya lejano (un tú que siente «cansancio de siglos»). Se evoca la alegría alborozada que producía el encuentro de los amantes («hoy amarro mi barca a tu costado», bello verso), pero al final lo que hoy queda es la soledad y el «silencio aciago». Otro hermoso verso, el bimembre «pronuncia tu nombre, anuda tu mano», viene a subrayar esa importancia del nombre amado, que tantas veces es la quintaesencia de la pasión amorosa: «la dicha que redime de un pasado / en pura luz de gozo y un ahora / tus ojos delicados pasados por mi rostro» (final que el poeta retomará en un poema posterior de Versos al aire, «Tus ojos, la distancia», que parece ser reescritura de este). Se reitera también la sugerente imagen, que ya antes aparecía, de la vida como «pinceladas de un lienzo inacabado, imperfecto»[1].


[1] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Pero no olvides qué Ítaca eres tú”: los veinticinco años de creación poética de Rafael López de Ceráin (1985-2010)», en Rafael López de Ceráin, Cuaderno de versos. Antología 1985-2010, Madrid, Incipit Editores, 2010, pp. 13-39.

Ángeles de Irisarri (Zaragoza, 1947- ) y su producción literaria

Puede afirmarse que el de Ángeles de Irisarri constituye un caso atípico dentro del panorama de la narrativa española actual. El acercamiento a la literatura por parte de esta escritora aragonesa (nacida en Zaragoza en 1947) es bastante tardío, y va unido de forma muy marcada a su interés por la historia, y en especial por la de la Edad Media (de hecho, ella es licenciada en Historia por la Universidad de Zaragoza). Es en su madurez, pasados los cuarenta años, cuando Ángeles de Irisarri empieza a publicar una serie de novelas y cuentos, en su mayoría de fondo histórico. Poco a poco su nombre ha ido alcanzando mayor prestigio y, así, su mérito literario viene avalado, en primer lugar, por los diversos premios cosechados en los últimos años; además, pasó de publicar en editoriales regionales (Mintzoa, de Pamplona, donde salió su primera novela; Mira, de Zaragoza, que acogió las dos siguientes) a las de ámbito nacional, como Lumen o Emecé, entre otras.

Ángeles de Irisarri

Ángeles de Irisarri es también colaboradora habitual de la prensa aragonesa (por ejemplo, de El Periódico y del Heraldo de Aragón de Zaragoza o del Diario del Alto Aragón de Huesca). Como narradora, ha resultado ganadora de varios premios de cuentos y de novela, y ha sido distinguida también con varios accésits: así, ha obtenido el «José Calderón» del Ayuntamiento de Reinosa, el «Juan de la Cuesta» 1990 de la Asociación Madrileña de Estudios Bibliotecarios y el «Hucha de Plata» de las Cajas de Ahorro Confederadas. Ha sido Premio «Isabel de Portugal» de narrativa breve en 1991 y 1993 por sus dos primeras colecciones de cuentos y Premio «Baltasar Gracián» 1996 del Gobierno de Aragón por Diez relatos de Goya y su tiempo. Con su primera obra, la novela Toda, reina de Navarra, quedó finalista del Herralde de novela en el año 1990 (ha sido finalista de ese premio cuatro años consecutivos). Con Ermessenda, condesa de Barcelona obtuvo el premio «Femenino Singular» 1994. Ha obtenido también el Premio Búho 1996 de la Asociación de Amigos del Libro, el Premio Sabina de Oro en 2002 y el Premio de Novela Histórica Alfonso X El Sabio 2005.

La producción narrativa de Ángeles de Irisarri está formada por los siguientes títulos: Toda, reina de Navarra (Pamplona, Mintzoa, 1991, novela histórica reeditada con distinto título, El viaje de la reina, Barcelona, Emecé Editores, 1996 y Salamanca, Salamandra, 1997); Lisa Gioconda y otros cuentos (Zaragoza, Diputación Provincial de Zaragoza, 1991); El estrellero de San Juan de la Peña (Zaragoza, Mira, 1992); El año de la inmortalidad (Zaragoza, Mira, 1993); Trece días de invierno y otros cuentos (1993), Ermessenda, condesa de Barcelona (Barcelona, Lumen, 1994); Siete cuentos históricos y siete que no lo son (Zaragoza, Zócalo, 1995). Otros títulos posteriores son Diez relatos de Goya y su tiempo (1996); Moras y cristianas (1998), una colección de relatos escrita en colaboración con Magdalena Lasala; La cajita de lágrimas (1999), Las damas del fin del mundo (2000), La reina Urraca (2000); la trilogía de Isabel, la reina: Las hijas de la luna roja (2001), El tiempo de la siembra (2001) y El sabor de las cerezas (2001); América. La aventura de cuatro mujeres en el Nuevo Mundo (2002), Romance de ciego (2005), Te lo digo por escrito (2006), La artillera (2008) y La estrella peregrina (2010). Con Toti Martínez de Lezea publicó Perlas para un collar. Judías, moras y cristianas en la España medieval (2010).

Ángeles de Irisarri también es autora varios relatos de brujas reunidos en Historias de brujas medievales y publicados entre 1999 y 2000: Dalanda, la santiguadora, La cacería maldita, Entre Dios y el diablo, La meiga, El aquelarre y El collar del dragón. Aparte, Irisarri ha publicado diversos cuentos en revistas literarias y en obras de varios autores[1]. Como podemos apreciar por los títulos y por los premios reseñados, poco a poco la escritora zaragozana ha ido formando una obra narrativa de cierta extensión y de una calidad muy considerable, desde los primeros años de la década de los 90 hasta nuestros días. La originalidad y el humor, junto con su perfecto dominio de la historia —elemento presente en la mayoría de sus novelas y cuentos—, son algunas de las características más destacadas de esta narradora con una obra abierta que, sin duda alguna, seguirá ofreciéndonos en el futuro nuevas aportaciones interesantes.

En una entrada anterior dediqué atención a su novela Las damas del fin del mundo. Ahora, en sucesivas entradas, me acercaré a otras tres novelas históricas de la autora: Toda, reina de Navarra (1991), que cambió de título en ediciones posteriores, El viaje de la reina (1996); El estrellero de San Juan de la Peña (1992) y Ermessenda, condesa de Barcelona (1994)[2].


[1] Por ejemplo, el titulado «Mari Bárbola», Turia, 17, junio de 1991, pp. 81-83.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Las novelas históricas de Ángeles de Irisarri», en Marina Villalba Álvarez, Mujeres novelistas en el panorama literario del siglo XX, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2000, pp. 361-374.

Rafael López de Ceráin (1964-2017), poeta

En tres entradas anteriores tuve ocasión de examinar la producción narrativa de Rafael López de Ceráin[1]: «La “prosa amable” de Rafael López de Ceráin», «Los libros en prosa de Rafael López de Ceráin (1)» y «Los libros en prosa de Rafael López de Ceráin (y 2)». Ahora, en sucesivas entradas, consideraré su producción como poeta.

En el año 2010 celebraba Rafael López de Ceráin sus Bodas de Plata con la poesía (1985-2010), y lo hacía con una nueva recopilación antológica de su creación, que recogía bajo el modesto epígrafe de Cuaderno de versos. Antología 1985-2010. Se trataba de una nueva entrega selecta de su obra poética, formada hasta ese momento por nueve poemarios publicados.

Cubierta de Cuaderno de versos. Antología 1985-2010, de Rafael López de Ceráin

En esta larga travesía lírica que sumaba ya veinticinco años, López de Ceráin había sabido forjar una voz poética personal y, a la hora de redactar estas palabras, muy bien podría suscribir todo lo dicho sobre ella por el también poeta Carlos Baos Galán en su prólogo a una recopilación anterior, Seguro es el pasado. Antología 1985-2005. Copio de esa presentación algunas ideas que me parecen esenciales:

Conciencia de escribir. Conciencia de comunicar el fluir de ese río de sus contemplaciones. Ese es el oficio ilusionado que, desde hace tiempo, Rafael López de Ceráin viene ejerciendo para ir construyendo un mundo literario —verso y prosa— personal y auténtico, de esforzado vuelo intelectual, de honda capacidad de observación y de emocionado testimonio; todo ello formando un microcosmos en el que su espíritu camina a través de una lírica transparencia. Un vivir íntimo, plenamente construido de celebración y elegía, de clara delicadeza, de un sentimiento muchas veces religioso y de una penetrante actitud existencial. Desde esta última, sobre todo, se afronta la búsqueda de las raíces espirituales en la materia elemental, apelando constantemente a la sensibilidad más diligentemente deseada.

Tal es, en efecto, la poesía de López de Ceráin: una poesía sencilla y directa, inteligible y clara, desnuda de artificiosidad retórica —en el mal sentido de la palabra—, una poesía que, con el suave fluir de los versos sueltos (el poeta se ha referido en alguna ocasión a «mi siempre adorado ritmo interior»), sin el corsé de las formas estróficas tradicionales ni las ataduras de las rimas consonantes —salvo escasas excepciones—, es el vehículo que le sirve para entrar en diálogo con sus experiencias biográficas y sus preocupaciones existenciales. Y es que muchos de sus poemas constituyen hondas reflexiones acerca de su vida y de la vida humana en general, con un tema que parece destacarse nítidamente sobre todos los demás: la serena constatación del paso del tiempo que conduce inexorablemente hacia la muerte, esto es, la plena conciencia de la finitud del ser humano. Pero, al mismo tiempo, hallaremos también la evocación de la infancia, verdadero paraíso perdido al que se vuelve en el recuerdo; las remembranzas de los amores y desamores, los encuentros y desencuentros con las mujeres amadas; las evocaciones familiares; los homenajes literarios a los escritores admirados, cuyos versos han dejado en los del poeta pamplonés una profunda huella intertextual. Sin ánimo alguno de ser exhaustivo, los poetas que configuran esa intertextualidad, en forma de lemas, de poemas a ellos dedicados o de citas textuales intercaladas en medio de sus versos, serían: san Juan de la Cruz, Lope de Vega, Quevedo, Antonio Machado, José Bergamín, Luis Cernuda, Agustín de Foxá, Pablo Neruda, Blas de Otero, Antonio Murciano, Antonio Prieto, Jaime Gil de Biedma, René Char, Eugenio Montale, etc.

Y si nos preguntamos cuáles son las teorías poéticas de López de Ceráin, la mejor respuesta para resumir su poética consiste en decir que hace suyos los versos de su admirado Antonio Machado: «Ni mármol duro y eterno, / ni música, ni pintura, / sino palabra en el tiempo». Y, sin duda alguna, palabra esencial en el tiempo es también la poesía de Rafael López de Ceráin. Pues bien, en las próximas entradas iré recorriendo uno por uno los nueve poemarios que conforman su producción poética publicada, ofreciendo algunas leves pinceladas de las principales preocupaciones temáticas y de los rasgos estilísticos presentes en el conjunto de su obra poética[2].


[1] Rafael López de Ceráin Salsamendi (Pamplona, 1964), licenciado en Derecho por la Universidad de Navarra, cursó además estudios de Ciencias Políticas en la UNED, y su formación continuó en Madrid (Master MBA), ciudad donde desempeñó sus primeros trabajos. De vuelta en su ciudad natal, ejerció algún tiempo como abogado. Más tarde fue concejal y teniente de alcalde en el Ayuntamiento de Pamplona. Su obra poética se halla también recogida en el volumen Seguro es el pasado. Antología 1985-2000 (2007), y ha sido incluida en otras antologías como por ejemplo Cierzo soriano. Poetas para el siglo XXI (2003). Su último poemario fue Camino negro, Camino verde (Sevilla, Renacimiento, 2015). Ha colaborado en revistas poéticas, como por ejemplo Río Arga (véase Ángel-Raimundo Fernández, “Río Arga” y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra-Departamento de Educación y Cultura, 2002, p. 440). En prosa es, además, autor de ensayos, recopilaciones de artículos, libros de ideas políticas o de tono autobiográfico como Las rutas de Antonio Machado (2002), El perplejo encadenado (2003), Páginas de un tiempo (2004), Cavilaciones (2006), 101 adagios (2006), Memoria sobre Navarra y su gobierno (2007), Recuerdos (2009), Un año más, un año menos. Divagaciones (2010), Apuntes de esto y aquello (2013), Cuestiones varias (2016), entre otros títulos. Falleció en Pamplona el 10 de agosto de 2017.

[2] Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «“Pero no olvides qué Ítaca eres tú”: los veinticinco años de creación poética de Rafael López de Ceráin (1985-2010)», en Rafael López de Ceráin, Cuaderno de versos. Antología 1985-2010, Madrid, Incipit Editores, 2010, pp. 13-39.

«Ángel en el País del Águila» (1954) de Ángel Martínez Baigorri: final

Sin ser, ciertamente, la mejor obra poética del padre Ángel Martínez Baigorri, Ángel en el País del Águila[1], poemario publicado de forma exenta en 1954 en España, es un volumen de gran interés, en el que —como ha señalado la crítica de forma unánime— se advierte una profunda unidad de conjunto. Partiendo de una experiencia biográfica precisa (su estancia de un año y unos meses en los Estados Unidos para operarse del estómago y para la lenta convalecencia posterior), el sacerdote-poeta o poeta-sacerdote —los dos aspectos de su persona y magisterio van indisolublemente unidos— nos presenta la denodada lucha del Ángel (el espíritu) por insuflar vida nueva en el Águila (la materia), en una expresión lírica ya de madurez que alcanza además una honda profundidad filosófico-teológica, como pusiera de relieve el pionero estudio (1958) del padre Ellacuría. Al igual que sucede en otros poemarios suyos, como por ejemplo Río hasta el fin y Contigo sacerdote, aquí poesía, filosofía y teología marchan de la mano.

En la primera sección del libro, «Ángel en el País del Águila», encontramos interesantes descripciones de algunas ciudades estadounidenses (en especial Nueva Orleans y Nueva York), junto con una serie de temas que van de la nostalgia de la infancia al recuerdo de España y Nicaragua, pasando por la evocación de la llegada a América de los primeros descubridores europeos. Todo ello reflejado en forma poética con la riqueza de metáforas, imágenes y símbolos habitual en la poesía de Martínez Baigorri (destacan, entre los símbolos, el Ángel y el Águila, el Río y el Mar, la Rosa, el Sol, etc.).

Águila calva con la bandera de los Estados Unidos de América

En la segunda parte, «Fin provisional y descansos», el yo lírico-Ángel, en su convalecencia en el Ranchito de San José —el Ranchito de las Nubes, como se le denomina— de Isleta College (seminario jesuita cercano a El Paso, Texas), la materia poética, expresada en un adelgazado estilo conceptista, se convierte en esperanzado canto del encuentro del ser humano con Dios, con un enfoque y una mirada plenamente trascendentes[2]: en el último poema —que no figura en la edición original de 1954, sino que es añadido en Poesías completas Iel Ángel se despide de la ciudad de «Nueva York en Gracia» y, saliendo ya de las coordenadas puramente temporales, queda convertido en «Ángel Sin Tiempo»[3].


[1] He citado por Ángel en el País del Águila, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1954, pero teniendo a la vista la edición de Emilio del Ríoen Poesías completas I, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1999, donde el poemario ocupa las pp. 589-649.

[2] «Es evidente que estamos ante una poesía transcendente en el más estricto y, a la vez, amplio sentido; nada de miniaturas ni pequeñeces, nada de frivolidades y distracciones, sino verdad sincera, honda y desnuda; profundización en lo que el hombre es; llamada y testimonio a la plenitud de vida» (Ignacio Ellacuría, «Ángel Martínez, poeta esencial», en Escritos filosóficos I, San Salvador, UCA Editores, 1996, p. 188).

[3] Remito para más detalles a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una aproximación al poemario Ángel en el País del Águila (1954) de Ángel Martínez Baigorri: génesis, estructura y temas», Príncipe de Viana, año 83, núm. 282, enero-abril de 2022, pp. 107-145.

«Ángel en el País del Águila» (1954) de Ángel Martínez Baigorri: temas (y 6)

El último tema que examino en el poemario de Ángel Martínez Baigorri es el de la eternidad y la trascendencia, es decir, el deseado y buscado encuentro con Dios. Mucho es lo que se podría escribir sobre esta cuestión, que permea todos los poemas de la segunda sección de Ángel en el País del Águila[1], «Fin provisional y descansos», pero que ya está claramente anunciado en el último poema, el 16, sin título, de la sección anterior, en el que se predica la necesidad de que no haya espacio ni tiempo «porque el Águila triunfe y viva el Ángel» (p. 61).

TRascendencia

Dice así, en efecto, con bellísima formulación en los versos finales:

Sin espacio ni tiempo.

La eternidad completa en mis pupilas
encierra lo distante en lo cercano
con un amor de fiera, águila y ángel,
que es todo en mí para que todo exista
         —como lo estoy diciendo—,
que es que yo sea.

No importa lo que digan.
                                             Esto es todo,
como el amor, la muerte,
                                       el sueño entero,
realidad vivida y nuevo canto.

Porque siempre seré en todo completo
y todo entre mis brazos, como un nido
caliente, como un pecho. Con el águila
dentro y con mis estrellas encendidas
en la llama invisible
del Sol ángel ardiendo que la informa.

Todo es porque yo sea,
porque mis brazos tienen la largura
de los dedos de Dios,
y tengo el corazón —Su Corazón— entre
         mis brazos[2].

Para la consideración de esta cuestión resulta esencial el trabajo de Ellacuría de 1958, que analiza profunda e impecablemente este tema abordado por el poeta-sacerdote: «En su última intención, la poesía del P. Ángel está enfocada hacia el enigma del hombre y su destino dentro de una visión filosófica —por lo rigurosa y profunda—, teológica —por lo definitiva y refulgente»[3]. Ahora no puedo detenerme más en este aspecto —que, por otra parte, ya nos ha ido apareciendo en las entradas anteriores—, así que me limitaré a recordar lo dicho por Paasche:

Seguimos el viaje por el País del Águila pero lo importante es ahora que este viaje, como el viaje por el río San Juan, ha cambiado de carácter, y aunque seguimos pasando por lugares, ríos, trenes, ciudades de los EE. UU., vamos ahora en el viaje hacia la eternidad. Todos los temas son el mismo tema, el de la relación el hombre con Dios[4].

Y terminaré citando estas reflexiones del padre Bertrán:

El enfoque que abarca toda su obra, su concepción, por tanto, […] son teocéntricos. Pero no con la aparente mutilación de humanidad que alguna mente limitada podría dar al adjetivo de referencia divina. El conocimiento y la vivencia, la vivencia sobre todo de la teología, le conceden esa jugosa y segura concepción que invade toso su pensar; «Sólo lo que hay en mí de Dios no es tiempo», nos dijo antes. De tan hondo, su sentido religioso no necesita —lo evita— moralizar ni predicar. Su inspiración brota de manantial divino, y al engrandecerla, la devuelve a su origen. Es éste, arte más radical, más esencialmente católico. Arte, en Ángel, de amplísimos registros, que van desde la súplica de la indigencia y de la angustia al goce de la esperanza y de la posesión: «No hay sino dar un grito con tu nombre / gozo lleno de saber que existes.» al deslumbramiento de la presencia divina que es palpitación de la inteligencia y en la fe del poeta, llama callada, pero ardiente, en su corazón. […] Gusta el poeta de vivir fuera de la órbita temporal y de firmar Ángel sin tiempo. Su poesía rebasa los límites de lo íntimo, de lo social y hasta de lo internacional humano por su dilatación que le inserta en inmensidades cósmicas[5].


[1] Citaré por Ángel en el País del Águila, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1954, pero teniendo a la vista la edición de Emilio del Ríoen Poesías completas I, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1999, donde el poemario ocupa las pp. 589-649.

[2] Estos dos versos con diferente distribución en Poesías completas I, repartidos en tres renglones.

[3] Ignacio Ellacuría, «Ángel Martínez, poeta esencial», en Escritos filosóficos I, San Salvador, UCA Editores, 1996, p. 142; ver también las pp. 184-185, donde habla de «la profunda unidad con que vive el P. Ángel su misión de hombre y de poeta con su misión de cristiano y de sacerdote».

[4] Rosamaría Paasche, Ángel Martínez Baigorri, místico conceptista, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 1991, p. 143.

[5] Juan Bautista Bertrán, «Intento de un camino», en Ángel Martínez Baigorri, Ángel poseído, Barcelona, Ediciones 29, 1978, pp. 22-24. Remito para más detalles a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una aproximación al poemario Ángel en el País del Águila (1954) de Ángel Martínez Baigorri: génesis, estructura y temas», Príncipe de Viana, año 83, núm. 282, enero-abril de 2022, pp. 107-145.

«Ángel en el País del Águila» (1954) de Ángel Martínez Baigorri: temas (5)

Otro tema presente en el poemario[1] es la nostalgia de España, de la infancia y de la madre, más el recuerdo de Nicaragua. Aparece en contadas ocasiones, pero las ocurrencias son significativas, alcanzando un alto valor emocional. Así en el poema 3, «Ya en ti resucitado / para aprender tu nombre» (pp. 23-24), cuando el Ángel pasea —vuela— por Nueva Orleans se refiere al Barrio Francés, apostillando que «en español [es] más mío» (p. 23). Es decir, ese Barrio Francés le trae al recuerdo más bien su añorada y lejana España:

Por el Barrio Francés, tan tuyo y mío,
viene a besarme España en tus recuerdos;
en tu gloria de ayer, resucitado,
sobre la noche en calma canta mi pensamiento
el canto de tus pájaros perdidos,
himno de otoño al cielo,
en el alba de aquella primavera
que en la nave de España llegó aquí sonriendo (p. 24).

Y los recuerdos de Madrid se cuelan en el poema 11, «II: Dondequiera te quiero». En esta composición evoca al poeta amigo Carlos Martínez Rivas, que se halla geográficamente lejos, en España, pero siempre cercano en el corazón («Carlos, ya te he mirado en todas partes», p. 50); y tanto es así que distintos espacios de la Nueva Orleans que recorre le traen a la memoria otros lugares “equivalentes” de la capital de España:

Toda Nueva Orleans sabe de tus miradas.
Las mías en Madrid vagan perdidas
del Prado[2] a la Moncloa,
de San Andrés al barrio de Vallecas.
Contigo, a pleno vuelo, por el aire,
voy al cielo en el Metropolitano.

Este tranvía suena a hierros rotos.
Pero esta ola de frío a pleno sol
         casi del Trópico,
con cielo todo azul, tan madrileño,
me sitúa contigo.

Y ya no voy al Stadium
del City Park; voy al Parque del Oeste (pp. 50-51).

Carlos Martínez Rivas
Carlos Martínez Rivas.

Una breve alusión a su madre la hallamos en el poema 7: «—retrato de mi madre, / mi nombre repetido / por los que sólo saben pronunciarlo—» (p. 36). La idea de la fuerza afectiva de la acción nominativa la encontramos reiterada en el poema «Descanso en el tren», cuando el yo lírico recuerda cuál es su nombre de pila —aquí, pues, encontramos plenamente identificados el yo lírico-Ángel en el País del Águila y el Ángel Martínez Baigorri, hombre, sacerdote y poeta de carne y hueso—:

Mi nombre es Ángel,
pero tampoco yo sé todavía,
o ya, mi nombre entero (p. 83).

Por otra parte, en el poema 12, la contemplación de la nieve suscita en el yo lírico el recuerdo de su «incurable infancia»:

¡Oh silenciosa nieve de mis sueños
de niño! Fría y triste de uniforme
virginidad de nieve
de mi incurable infancia (p. 52).

En fin, en el poema «Descanso en el tren» (pp. 80-83), encontramos unidas ambas nostalgias, la de la madre y la de la niñez. A partir de una circunstancia concreta —el Ángel lírico contempla a un niño jugando en un tren—, eleva el pensamiento jugando con la oposición niño / niño interior:

El niño que no sabe
y mi niño interior que no se acuerda
de que también fue niño.

Este niño incansable
que a todos ama y que con todos juega,
que pasa de uno a otro
para que todos le acaricien y le digan
cosas raras que él[3] no puede entender y le hacen
por lo mismo reír, reír con tanta gracia.

Este niño de ayer que soy yo mismo…

Que a todos ama y que por todos pasa
y que siempre en el término
de su correr encuentra,
para el reposo abiertos,
incansables, como él, los brazos de su madre (p. 82).

Por lo que toca a la evocación nostálgica de Nicaragua, está presente en el poema 1 de la primera sección poética, «Ángel en el País del Águila», donde encontramos estos versos (es el cierre de la composición):

Una mañana suave,
de sol fluorescente entre el verdor de las hojas
y aire acondicionado.
El principio del paso de estío,
anuncio de la vida que se duerme
—de mi vida que nace—:

libre de la mecánica, de la prisión de un fólder
gigante y con un índice de nombres
muertos, la vida vive y se abre a un cielo
lleno de alas y azul que no se oye.

Porque cuando bajamos,
¡oh tortura saber de dónde nace el viento!
Porque cuando subimos,
¡oh delicia del cielo libre para las alas,
con luz y sin anuncios de colores!

Desde el País del Águila,
allí mi vida espera
libre de automatismos de esta vida.

Y Nicaragua, quieta como el cielo,
con luz que es sólo anuncio de otras luces (pp. 16-17)[4].

La otra referencia destacada[5] a aquel país que cantaba en él —en Martínez Baigorri— se localiza en este pasaje del apartado «Tú no pasarás nunca», del poema «Bodas de Oro en el filosofado (Isleta College)», en el que se mencionan varios lugares ligados a su biografía:

Y así eres tú en el paso que no pasará nunca.
Porque de lo que pasa por El Paso
tomas siempre lo eterno[6].
                                           ¿Y lo que dejas?
¡Qué carrera inviolada!
¡Qué rastro de luz suave!
                                        Por tu paso, los nombres
de Alsacia, Francia, España, México, Norteamérica,
tienen una luz nueva…

                                ¿Y Nicaragua?
Yo le he oído a un lago decir allí tu nombre,
y he visto en una ceiba tu retrato
inflamado de aurora (p. 110).

Pasaje en el que el país centroamericano queda aludido por dos realidades frecuentemente evocadas en la poesía del padre Ángel: el Lago Cocibolca o Gran Lago de Nicaragua, a cuyas orillas, en la ciudad de Granada, está situado el colegio «Centroamérica», donde él enseñaba literatura; y el árbol de la ceiba, cantado por ejemplo en el soneto que comienza «Ceiba, dominadora del paisaje: / Primera luz que es vida de la aurora, / Primera voz del alma al sol sonora / Vibrando con el viento en tu ramaje»[7], o en el titulado «Clara forma»[8].


[1] Citaré por Ángel en el País del Águila, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1954, pero teniendo a la vista la edición de Emilio del Río en Poesías completas I, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1999, donde el poemario ocupa las pp. 589-649.

[2] En Poesías completas I «Prado». Tanto «Pardo» como «Prado» son topónimos madrileños y, por tanto, serían lecturas igualmente válidas.

[3] En Poesías completas I se lee «quél».

[4] Como menciona Rosamaría Paasche, en una cita aducida más por extenso anteriormente, el Ángel «resalta la inocencia de Nicaragua todavía no contaminada por el artificio» (Ángel Martínez Baigorri, místico conceptista, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1991, pp. 139-140).

[5] Una alusión más puntual a la capital de Nicaragua la encontramos en el poema «Walk», del apartado «Descansos (También provisionales)»: «¿Qué importa / —ya en Managua o hacia El Paso— / si el camino hacia abajo es hacia arriba / y es su término igual siempre distinto?» (p. 77).

[6] En todo el tramo final del poemario se reiteran estos juegos de derivación con paso, pasar, etc., unidos al topónimo texano de El Paso. El ejemplo extremo de este estilo ingenioso, verdadero alarde conceptista, es este pasaje de «Tú no pasarás nunca»: «Si existe El Paso —una ciudad: EL PASO—, / sólo es El Paso por lo que ha pasado, / sin pasar, por El Paso: / Lo que pasó hizo a El Paso en lo que queda, / y así es El Paso por lo que ha quedado / en el paso de todo por El Paso. // Y ése eres tú, que no pasarás nunca, / porque todo, al pasar por ti, ha dejado en ti / la eternidad de todo lo que pasa: / Todo en tu vida fue paso hacia el paso / que no ha de pasar nunca» (p. 108). Ese «Paso que no pasa» es, claro está, un paso trascendente, el del encuentro con Dios para la vida eterna. Con relación al estilo de esta parte del poemario, Ellacuría matiza certeramente: «Versos que encierran tan perfecto y claro sentido pueden ser difíciles por su penetración filosófica, por su densidad y exactitud, pero no son oscuros ni confusos» («Ángel Martínez, poeta esencial», en Escritos filosóficos I, San Salvador, UCA Editores, 1996, p. 173). Ver también las pp. 174-176 para su comentario de este «estilo intelectual y esencialista», completado con esta otra declaración: «Esto no quiere decir que todas sus páginas reciban un idéntico tratamiento intelectual, sin una flor ni una sonrisa. Su poesía tiene sentidos remansos de ternura, de suave emoción: cuenta con fulgurantes imágenes originalísimas y poderosas, con expresiones perfectamente acabadas y asequibles al gusto de todos» (p. 177).

[7] Sonetos irreparables, México, D. F., A. Finisterre Editor, 1964, p. 49.

[8] Sonetos irreparables, p. 80. Remito para más detalles a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Una aproximación al poemario Ángel en el País del Águila (1954) de Ángel Martínez Baigorri: génesis, estructura y temas», Príncipe de Viana, año 83, núm. 282, enero-abril de 2022, pp. 107-145.