Antonio Vicente Abad, murciano, es estudiante de 2.º Curso del Grado en Lengua y Literatura Españolas de la Universidad de Navarra. Aficionado a la escritura creativa, su reciente paso por Sevilla, en el viaje curricular que tuvimos en el marco de la asignatura «Literatura barroca», le ha inspirado estos versos, que creo que no desmerecen —para nada— de otros a los que he dado cabida en esta sección de los lunes dedicada a Sevilla en la literatura. Ustedes juzgarán…
Sevilla despierta con la calma de quien ya lo ha visto todo, con la sombra alargada de San Juan de la Cruz arrastrándose por los muros, con Quevedo afilando metáforas como cuchillos bajo la lengua.
En los patios, la luz dibuja endecasílabos sin esfuerzo, y la brisa, esa brisa que todo lo nombra, arrulla versos que no logro entender. Góngora descansa en los balcones donde la cal brilla como un soneto intacto, y en los espejos rotos de las tabernas Bécquer aún persigue reflejos que no responden.
Aquí las palabras pesan más que los cuerpos, se archivan en claustros, se graban en el bronce de las campanas, en los azulejos de frases perfectas, en los muros que no aceptan mi voz.
Mi lengua se vuelve torpe ante el paisaje. Cada plaza es una página escrita, cada esquina un epigrama que me ignora. Intento escribir, pero el río arrastra mis versos como un confesor implacable que borra toda huella.
Llamo a la Giralda, pero ella solo responde a los suyos. Golpeo la puerta de Lope y no me abre. Busco un rincón en la biblioteca de Cervantes, pero allí ya están sentados los inmortales.
Miro a Sevilla, pero ella no me ve. Aquí la eternidad ya ha elegido sus nombres, y yo solo soy brisa sin peso, ruido sin eco, palabra que muere antes de ser escrita. Una brizna residual de un aire que ya no existe.
Como balance de Límites de exilio[1], podríamos decir que sus nueve cantos forman un poema unitario en el que, a través de diversas reminiscencias bíblicas, se nos habla del hombre y de Dios, de la caída humana y su posterior redención, de su anhelo de vida eterna. El hombre —trasunto del poeta— sigue debatiéndose en una continua lucha entre el creyente y el increyente. Hay referencias aquí a Isaías, a Job, a Jeremías, es decir, a los profetas que apostaron por la fe; el yo lírico, en cambio, no está tan seguro, se nos aparece en un continuo vaivén, en un camino de ida y vuelta que no termina de alcanzar su meta, y no será hasta Callado retorno en que se nos muestre ya completamente rendido a la trascendencia. Las imágenes básicas son las del hombre peregrino, que recorre su camino desde las sombras a la luz, del hombre navegante que después de una procelosa travesía llega a su destino final, a la fe, a un espacio donde no hay ya más llanto, ni más dolor, ni más noche. El hijo va al encuentro del Padre (el «amado» de algunos poemas se transformará en el último en el «Amado», subrayando esos ecos místicos, apreciables también en alguna otra expresión como «ventalle suave»).
Los motivos manejados son, pues, los relacionados con el ascenso a una cima, con la navegación por el mar (con ecos del mito de Odiseo), los relativos a límites superados o los que hablan de frutos y cosechas (de eternidad). El sol y la luz son aquí símbolos positivos (el hombre sale de su noche de la no fe, de sus sombras) en tanto que el viento tiene una consideración muy negativa (peligros, amenazas). En la construcción estructural de este poema unitario se manejan parejas de opuestos como trascendencia / terrenalidad; ascenso / caída; noche / amanecer; travesía / meta, todo ello para tratar de reflejar con medios de expresividad poética ese prolongado debate entre la conciencia de la condición mortal del hombre y su ansia de eternidad (debate rematado al final de este libro con la idea de un ciclo que se culmina feliz, esperanzadamente).
Para terminar, diremos que este deseo de trascendencia que hemos visto manifestarse aquí acerca muy claramente la poesía cultivada por Amadoz en este momento a la órbita del existencialismo cristiano, especialmente a la obra del filósofo y dramaturgo francés Gabriel Marcel[2] (1899-1973), cuya filosofía arranca de un análisis existencial de la vida, que le lleva a la existencia de Dios como fundante. El hombre vive entre la angustia de su finitud y su deseo o esperanza de eternidad, siendo la fe el único puente entre ambos sentimientos: por la fe se manifiesta Dios, que es indemostrable. Tal es el trasfondo existencial de estos poemas de Límites de exilio y, en general, de la toda la poesía de Amadoz[3].
[1] José Luis Amadoz, Límites de exilio, Pamplona, Ediciones Morea, 1966.
[2] Podríamos ver también algunos ecos de Unamuno y de Rilke, no tanto de Kierkeegard (angustia sin resolverla), de Heidegger (ser para el tiempo) o de Sartre (náusea). También es perceptible cierto tono guilleniano (más adelante se apreciará el influjo de Salinas, especialmente de su poemario La voz a ti debida).
[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
La Giralda es, sin duda alguna, una de las estampas más emblemáticas de Sevilla. La singular torre de la Catedral, antiguo alminar (o minarete) de la mezquita almohade, desde el que el almuédano (almuecín o muecín) llamaba a la oración a los fieles musulmanes cinco veces al día, constituye un punto de referencia fundamental de la ciudad hispalense y, como no podía ser de otra manera, ha inspirado a distintos poetas. Ya hemos visto aquí el soneto «Giralda» de Gerardo Diego. Añado hoy otro soneto, titulado «A la Giralda», de Mercedes de Velilla.
Mercedes de Velilla y Rodríguez (Sevilla, 1852-Camas, Sevilla, 1918) es autora del poemario Ráfagas (Sevilla, Imprenta de Gironés y Orduna, 1873), que obtuvo un premio de honor en la Exposición Bético-Extremeña celebrada en Sevilla en 1874. Dos años después, en 1876, consiguió el primer premio en el Certamen Poético celebrado por la Academia de Buenas Letras de Sevilla con su oda «A Cervantes». Al género dramático pertenece su obra El vencedor de sí mismo: cuadro dramático en un acto y en verso (Sevilla / Madrid, Imprenta de Gironés y Orduna / Administración Lírica-Dramática, 1876). La autora murió en la indigencia en 1918. Ese mismo año se publicó el volumen Poesías de Mercedes de Velilla, con prólogo de Luis Montoto (Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla / Tipografía Española, 1918).
El soneto de Velilla se construye como un apóstrofe a esa «Giralda mía» (v. 1), a la que se le pide «Yérguete siempre en mi nativo suelo» (v. 9).
A tu sombra nací, Giralda mía, y con el aire que te besa aliento; de su arte soñador te hizo portento la árabe raza triunfadora un día.
De la reina gentil de Andalucía eres la maravilla y ornamento, y te elevas gallarda al firmamento, y esplendes a la luz que el sol te envía.
Yérguete siempre en mi nativo suelo, y, al mágico vibrar de tus campanas, olvide mi ciudad tristeza o duelo.
De alzarte entre los ángeles te ufanas; que a tu vértice tienes los del cielo, y al pie las hechiceras sevillanas[1].
La unidad conceptual, de símbolos e imágenes, de Límites de exilio[1] se mantiene en el poema siguiente, el VIII, articulado por la anáfora de «Ha visto». Nos habla, por un lado, de «redenciones solitarias», de «tanto Dios achicado», del «sombreado límite del ensueño»; vuelven los motivos de la navegación, amenazada por un viento que, una vez más, tiene connotaciones negativas: «viento lleno de ira», «populosa estirpe de navegantes en rumbo, / desnudos hijos azotados por los vientos de las cumbres más altas». Pero al final se vuelve a «una muerte llena de destinos» y se anuncia que «el eterno país se divisa» para el hombre. Y si el cierre del poema anterior lo constituía la idea de Dios al eterno servicio al hombre, en este encontramos la del hombre entregado por completo a Dios: «El hombre se rinde en su fatiga al Dios que le crea por gracia y sin esfuerzo, / desde su dolorida cima».
En fin, el poema IX y último nos coloca ante la realidad de la muerte, «la obscuridad de la noche»; después se introducen imágenes relativas al ascenso del hombre: «escalador más férvido», «águila más poderosa», «populosas cimas». Sigue luego una alusión de sabor bautismal: «¡Ningún agua salpica y lava como la tuya soberana, hacedor de fuentes cristalinas!». Y el canto y el poemario se rematan con el hombre arribando a «la ensenada del Dios de nuestros padres», con esperanza de «auténtica cosecha», de frutos maduros, de luz que ahuyenta las «mortecinas sombras» (resplandece ahora «la paz de las sombras rebasadas»), ya sin miedo y pleno de fe:
El ciclo se culmina, Dios se aclama en voz de todo lo nombrado, desde el pájaro hasta la fuente, desde el vástago a la arcilla filial y contraída, por todo se esclaviza en su faz mercenaria. Y en las aguas marinas y esmeraldas del Amado se verá reposar el pálido resto del hombre, como una achicada caracola.
«Se corona el canto con un final glorioso de apocalipsis», ha escrito Ángel-Raimundo Fernández González[2], quien ha destacado además el tono místico del poemario en su conjunto:
Este peregrinaje del hombre, cantado con un aliento poético vibrante sostenido, tejido con las imágenes y símbolos de todas las cosas sumadas a la potente melodía, es como una «noche oscura», como «una subida ascética» de purificación que desemboca en un final místico glorioso[3].
[1] José Luis Amadoz, Límites de exilio, Pamplona, Ediciones Morea, 1966.
[2] Ángel Raimundo Fernández, «Río Arga» y sus poetas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación y Cultura), 2002, p. 70.
[3] Fernández, «Río Arga» y sus poetas, p. 70. Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
Una vez trazada una breve semblanza de Julia Uceda (1925-2024), transcribiré hoy unos pocos poemas suyos. Así, de Mariposa en cenizas rescato este soneto de alejandrinos —no es muy frecuente el empleo de formas estróficas tradicionales en la obra poética de Uceda—, sin título específico (lo cito por Poesía completa, p. 64):
No les pido a los seres perdón por mi existencia. La levanto y la empuño como a un viento domado. Antes que ser un árbol, antes que inexistencia, este calor de establo de mi pecho pisado.
Existir sobre todo. Adoro la presencia de la luz que la sombra quisiera haber cegado, el rumor de mi sangre, la dulce incontinencia del labio que otra carne quisiera sepultado.
Yo no pido disculpas por mi ser sin medida, por mi ser oceánico, por mis ansias de vida, por la vida caliente que se quema en las horas.
Y seguiré viviendo aunque madres horrendas clamen sobre los montes, rasguen rostros y vendas y suelten sobre el mundo tijeras destructoras.
De Extraña juventud elijo «La caída» (pp. 15-16):
Hay que ir demoliendo poco a poco la sombra que vemos. Que nos dieron. Que nos dijeron: «eres». Hay que apretar las sienes entre los dedos. Hay que asentir a ese punto —comienzo, duda o hueco— que yace dentro. Y es preciso que en una noche todo arda —el «eres», el «seremos»— y el terror polvoriento nos muestre su estructura. Es urgente bajarse de los dioses. Tomar el fuego entre las manos. Destruir esos «yo» que nos presentan una hilera de sombras agotadas. Y dejarse caer sobre el principio de la vida. O del sueño. Ser solamente vida presente. Sin recuerdo de ayer ni de mañana.
Su visión crítica de la historia de España —que le inspiró poemas de mayor calado, como por ejemplo «España, eres un largo invierno»— se quintaesencia magníficamente en los cuatro versos de «Ouroboros» (recordemos que el uróboros es la serpiente que se muerde la cola, simbolizando el ciclo eterno de las cosas):
No me llames extranjero Van diciendo por los siglos Sucesivos españoles A españoles sucesivos.
Pero son muchos más los poemas de Julia Uceda perfectamente antologables que se nos quedan en el tintero: «Mariposa en cenizas» (sintagma que da título a su primer poemario y que es un eco gongorino), «El otro umbral», «Un seguro apellido», «Raíces», «El tiempo me recuerda», «Soneto del amor y de la muerte», «Soneto de la piedra», «Alguien que yo solía ser», «Orden del sueño»… y tantos otros que forman el corpus de su poesía, una poesía quizá en ocasiones un tanto hermética y difícil, pero que se concibe como vía superior de conocimiento, de iluminación del mundo, y que alcanza altas cotas de calidad. En fin, cierro esta antología mínima con su poema «Despedida» (Zona desconocida, p. 63), que reza sencillamente así:
Y la que fui salía de aquel tiempo donde quien fuiste ya no estaba[1].
[1] Ver para más detalles mi trabajo «Aproximación mínima a la poesía de Julia Uceda (1925-2024)», Río Arga. Revista de poesía, 154, 2024.
Tras esa cima alcanzada y ponderada en el punto climático del poemario Límites de exilio[1], el poema VI supone un pequeño retroceso, en tanto en cuanto va a ser un canto de alternativas: de nuevo la caída y al final un nuevo ascenso. En efecto, en la primera parte apreciamos un descenso, pues se repite anafóricamente «Una vez más está caído» o bien «De nuevo está caído», y el hombre siente lejanas las praderas de la esperanza. Está una vez más vacío, «caído frente a su voluntaria nada», y «los vientos anulan su jugoso perfil y le marchitan» (notemos de nuevo los matices negativos del símbolo viento). «Es triste para el hombre el haber perdido su sello filial / y sentirse poblado de espesas certidumbres humanas», afirma el poema, al que se siguen incorporando imágenes negativas: «caído en los límites más obscuros de su densidad humana», «sombras procelosas», «negro infinito», «rendido al fúnebre mensaje de la muerte sigilosa». Ahora ya no existen para él caminos soleados, como antes; están, tan solo, las piedras rotas y la fe olvidada, y se ha retornado al llanto… Pero luego vuelve a hacerse la luz, reaparecen la fe y la confianza en abandonar el exilio:
Por todas partes contempla el hombre en su fe resuelta, estirpe principesca, en todo se ofrece sobrepuesto a sus recogidos límites de exilio.
Por eso, en la parte última del canto se da entrada a imágenes positivas como faro, bautismales hilos de última estrella o amanecer:
El hombre siente su amanecer, lejana ya su noche, sabe que ha de vencer su arista terrena y en impulsado vuelo llenar de filtros nuevos sus nuevos campos, y sabe que su fe le crecerá ilusionado por encima de su especie.
Al final, llevados de nuevo al terreno de la trascendencia, el hombre «se alza triunfante por cima de sus asidos límites»:
Ya contemplado en la reflexión de su espejo, mirado en la fuente que le unge infinito por encima de la muerte, ahuyentada la vida vieja que le estrecha y ahoga, se hunde victorioso en los más vastos finales, donde el Hijo del hombre sobre su dicha se inclina.
El poema VII insiste en las mismas ideas de superación y en alusiones similares a la ruptura de los límites de su exilio: «Vencido el hombre se abre a los nuevos límites», «viene sorteando límites», «las presencias se pueblan de ensanchados límites». Tanta es ahora su fuerza que, se dice, «Está el Dios sorprendido ante su creación única». Reaparecen las imágenes marineras: radioso faro, mares, olas, mareas, la dormida paz de sus puertos, los navíos del hombre; y otras que nos hablan de la alcurnia real(entiéndase ‘divina’) del hombre: conquistador sin límites, hijo coronado, príncipe, cetro apetecido… Cada hombre es como un faro que «emite su luz imperiosa de noche», cada hombre «humedece su llanto en la épica lágrima del Dios conquistado», cada hombre es una criatura elevada[2], y todos juntos forman «la vasta y caminante grey de hombres en su dolor y dicha». Y se afirma una vez más la trascendencia, cuando se mencionan sus «límites resueltos»:
Todo es destino que impera prodigioso detrás de la muerte. […] En la nueva vida se está presente al acto más puro de su entraña desdoblada. Junto a su muerte se abre la forma exhausta de sus límites resueltos. Una vez más, amorosamente vencido, Dios se proclama en ardoroso abrazo al eterno servicio de su hombre[3].
[1] José Luis Amadoz, Límites de exilio, Pamplona, Ediciones Morea, 1966.
[2] Para aludir a la nueva vida trascendida se añade aquí el motivo de la madre generosa.
[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
El 21 de julio de 2024 fallecía en Ferrol, a los 98 años, Julia Uceda Valiente. Nacida en Sevilla en 1925, es la suya una voz poética de la generación del 50 cuya producción, al menos hasta fechas bastante recientes, no había recibido toda la atención que sin duda merece (debido en parte, quizá, a los periodos de tiempo que vivió alejada de España, como profesora en Estados Unidos y en Irlanda). Uceda se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad de Sevilla, y se doctoró también allí con una tesis sobre el poeta José Luis Hidalgo, investigación que se publicaría posteriormente: «Los muertos» y evolución del tema de la muerte en la poesía de José Luis Hidalgo (Ferrol, Sociedad de Cultura Valle-Inclán, 1999). Ejerció la docencia primero en la propia Universidad de Sevilla, y más tarde en la Michigan State University (entre 1965 y 1973) y en el Dublin College (hasta 1976). Tras su regreso a España, fue Catedrática de Literatura española de INEM y de Escuelas Universitarias. Dirigió la colección de poesía «Esquío» con Fernando Bores y coordinó «La barca de oro» con Sara Pujol.
Dejando de lado su producción narrativa (por ejemplo, su libro de relatos Luz sobre un friso, Palencia, Menoscuarto Ediciones, 2008) y ensayística, su corpus poético está formado por los volúmenes: Mariposa en cenizas (Arcos de la Frontera, Alcaraván, 1959), Extraña juventud (Madrid, Rialp, 1962), Sin mucha esperanza (Madrid, Ágora 1966), Poemas de Cherry Lane (Madrid, Ágora, 1968), Campanas en Sansueña (Madrid, Dulcinea, 1977), Viejas voces secretas de la noche (Ferrol, Sociedad de Cultura Valle-Inclán, 1982), Poesía (Ferrol, Sociedad de Cultura Valle-Inclán, 1991), Del camino de humo (Sevilla, Renacimiento, 1994), la antología En el viento, hacia el mar (1959-2002) (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2003), Zona desconocida (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2007), Hablando con un haya (Valencia, Pre-Textos, 2010) y Escrito en la corteza de los árboles (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2013). Recientemente se había publicado su Poesía completa, con prólogo de Jacobo Cortines (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2023). Entre los premios obtenidos por Julia Uceda se cuentan un Accésit del Premio Adonáis 1961, el Premio Nacional de Poesía 2003, el Premio Nacional de la Crítica 2006, el Premio Andaluz de la Letras «Luis de Góngora y Argote» 2016, Autora del Año en Andalucía 2017 y el Premio Federico García Lorca 2019, al conjunto de su trayectoria. Otros méritos y distinciones: Hija Predilecta de Andalucía en 2005, Hija Adoptiva de la ciudad de Ferrol en 2009, miembro correspondiente de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes 2021.
Con relación a su poética, podemos dejar la voz a la propia escritora, para quien «la poesía, que procede de lugares extraños, es un acto de la memoria que no siempre permite el acceso a sus rincones perdidos. Aceptando este hecho, el poema es, para mí, el resultado de diálogos que se interrumpen o reanudan inesperadamente más que de la mayor o menor habilidad de quien mueve la pluma» («Referencias», en Zona desconocida, p. 81). Y en otro lugar escribe:
Busca, el poeta, la palabra exacta, pero la poesía, tenga cuerpo de verso o no, es oficio más complejo: se trata de una memoria especial, Mnemósine, de algo conocido en otra forma de vida y recordado por el alma; en un sexto sentido que trasciende experiencias objetivas que le vienen al poeta de lugares remotos. Quien escriba versos suele transitar por una realidad ya nombrada; quien escriba poesía, o eso crea o intente, es una persona desamparada que no sabe por dónde va ni adónde, ni quién le empuja, ni qué busca, ni cómo encontrar la palabra adecuada para nombrar lo que permanece en el silencio, porque a veces no bastan las palabras conocidas sino que es precisa también la habilidad de organizarlas de modo que digan lo que nunca antes habían dicho. El que la poesía venga de extraños lugares es una idea que le he atribuido a Emilio Lledó, aunque no pueda asegurar dónde la leí. Esos espacios desconocidos me han preocupado siempre por la amplitud y la complejidad que proponen; por ellos me he perdido sin darme por vencida, y es que la escritura poética se apoya en algo tan elusivo como las emociones. De ahí que en mi poesía, como en la de otros muchos escritores y como algún crítico afirmó, abundaran las interrogaciones, las dudas, la inseguridad de no saber («¿Somos quienes quisimos ser?», en Escritos en la corteza de los árboles, p. 11)[1].
[1] Ver para más detalles mi trabajo «Aproximación mínima a la poesía de Julia Uceda (1925-2024)», Río Arga. Revista de poesía, 154, 2024.
Si consideramos la relación de Sevilla con la literatura, un hito importante lo constituye la obra de Miguel de Cervantes, que pasó una temporada en la Cárcel Real cuando era recaudador de impuestos. Inolvidable es su soneto al túmulo de Felipe II en la catedral de Sevilla, que el complutense tenía «por honra principal de mis escritos» y que transcribiré otro día. Hoy quiero recordar estas graciosas seguidillas que cantan en Rinconete y Cortadillo la Escalanta, la Ganaciosa, Monipodio y la Cariharta:
Por un sevillano, rufo a lo valón, tengo socarrado todo el corazón.
Por un morenito de color verde, ¿cuál es la fogosa que no se pierde?
Riñen dos amantes, hácese la paz: si el enojo es grande, es el gusto más.
Detente, enojado, no me azotes más; que si bien lo miras, a tus carnes das.
El poema IV de Límites de exilio[1], de notable extensión, es también muy importante, pues insiste reiteradamente en ese camino de redención recorrido por las «generaciones nómadas», coronadas ahora ya de fe y gracia; los «caminos de tu peregrinaje» se concretan aquí en imágenes marineras: barco no encallado, viejos navíos otoñales, oleaje mañanero, olas, rada… El yo lírico del hombre se dirige a un Tú, con mayúscula, que es Dios: «Tú, poderoso, / estás lindando en ellos con el principio de nuestra nada»; y se acumulan imágenes positivas que evocan la deseada trascendencia: «Ha empezado el destino de todos los tiempos», «ya se cumplen armonías y cantos llenos de vida», «atrevidos destinos que no mueren», «Ha empezado el destino que no acaba». La idea de redención se manifiesta en imágenes de escalada hacia lo alto y de abrazo final con la divinidad:
El hombre, vencido ya su llanto, posa su fe y escala ardiente la paz que en tu montaña domina. Dios con él, hundido en su fuente, la redención hiere su llanto. […] Ha empezado el destino de todos los tiempos […] Un dolor final edifica la oculta sombra, y el Dios, tan hijo, bello e iluminado se colma en las manos del amado. Una acabada mora que el polvo del camino en su jugo sazona, sincera se ofrece al caminante que en su fe y su llanto se mueve, se ofrece al hombre lanzado en la noche lleno de sombras. ha empezado el destino que nos une y resucita en este mar de aguas obscuras, vital concordia de hijos que se parten mortales en lluviosa sangre, y la amplitud que ciega y confunde nos abre nuestra impronta primera. Todo sumiso el hombre con su Dios se queda germinal y desnudo en obediente abrazo de hijo[2].
El hombre, que ha hecho «solemne promesa de filial retorno», se nos muestra ya como «enseñoreado príncipe» que «necesita del beso refrescante del amado, que en sus labios le hurte».
El poema V, el que ocupa el puesto central del poemario, sigue presentando al hombre en paz con todo («consonancias maritales del hombre con el mundo»): ya no hay llanto doloroso, sino canto pletórico y «ventalle suave» (eco de san Juan de la Cruz); dada «su genital altitud», este «príncipe heredero» del canto divino aparece como un «gran guerrero» conquistador del reino, con «designios de poderoso y gran príncipe que avanza seguro en la herencia o ducado paterno»:
¡Hermosa bandera que sujeta al hombre guerrero del señor de lábaro más seguro, que centuplica su dolor y esperanza en el fuego del amor más duradero, de la muerte menos perecedera!
El sentido trascendente resulta, por tanto, bastante claro. Reaparecen asimismo las imágenes marineras: peregrinos de remos no divididos, conquistadores de oros venturosos, copas de nuestras velas, circes luminosas (otras alusiones al mito de Ulises se reiterarán más adelante). En suma, tenemos al hombre como pequeño Dios, «heredero y señor de la fragua más esplendorosa», con el «señorío de la muerte ya vencida», triunfante en su paz, superados todos sus dolores, alcanzando cosechas de gran fruto: de ahí que se afirme que «el hombre se alza vigil y soberano, consciente sobre su cima»; de ahí, en suma, que el canto nos presente «el hombre y su ángel anudados en el sendero infinito de los enajenados mortales»[3].
[1] José Luis Amadoz, Límites de exilio, Pamplona, Ediciones Morea, 1966.
[2] En el poema VIII hablará de «el frutal rosa de esta gran colina donde los hijos de los hijos se moran no sazonados».
[3] Para más detalles remito a mi trabajo «José Luis Amadoz, poeta “aprendiz de brujo”: cincuenta años de coherencia poética (1955-2005)», introducción a José Luis Amadoz, Obra poética (1955-2005), Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución Príncipe de Viana, 2006.
En entradas anteriores he reproducido cuatro sonetos de Vicente Rodríguez de Arellano, los que comienzan comienzan «Huye animoso mísero forzado…», «Dispone, labra y siembra con fatiga…», «Larga carrera amar, la vida breve…» y «Del halago del vicio seducido…». Traigo hoy al blog otra composición, su «Oda al Altísimo», incluida por Leopoldo Augusto de Cueto en el tomo III de Poetas líricos del siglo XVIII. La oda está formada por diez sextetos lira; en el primero invoca a su musa para que cante «al Hacedor de todo lo criado» (v. 6); en el segundo glosa la creación del mundo, culminada con la creación del hombre, «mística copia de su esencia y nombre» (v. 12). Las seis estrofas siguientes comentan diversos beneficios concedidos por la divinidad al regir sabiamente la naturaleza, así como una serie de características y atributos suyos. La penúltima menciona los espíritus bienaventurados que rodean su trono aclamándolo «¡Oh, Santo, Santo, Santo!» (v. 54). En fin, en la última se dirige en apóstrofe al «Señor omnipotente» (v. 57) para expresar que resulta imposible al hombre cantar dignamente la grandeza de Dios, cosa que solo puede hacer Él siendo lengua de sí mismo.
Pues ves, ¡oh, musa mía!, el orden admirable de las cosas, y cuántas relaciones prodigiosas encierra su armonía, canta en tono elevado al Hacedor de todo lo criado.
A una voz hizo el cielo, la tierra, el sol, la luna y las estrellas, brutos, aves y peces, flores bellas, que ornan el verde suelo; y por fin hizo al hombre, mística copia de su esencia y nombre[1].
Crëador increado, fin y principio[2] de cuanto es, ha sido y de cuanto será, reconocido se ve y glorificado en cuantas criaturas pueblan la tierra y las esferas puras.
Por él, en la erizada fría estación, los montes eminentes se coronan de nieve, que en mil fuentes y arroyos desatada por el favonio[3] blando a los valles desciende murmurando.
Él hace que la aurora al campo vierta animador rocío; que espigas dore el abrasado estío, y que Pomona y Flora[4] canten sus atributos con flores bellas y sabrosos frutos[5].
Desde su rico asiento, arbitro de los bienes y los males, de los rápidos orbes celestiales regula el movimiento; y con frágil arena del Ponto[6] airado la soberbia enfrena.
De sus manos sagradas tiene en la diestra la clemente oliva[7], y en la siniestra el rayo, que derriba las torres elevadas y alcázares costosos que erigen los mortales orgullosos.
Magnífico, insondable, todo es fecundidad, todo clemencia, todo justicia, todo providencia, y en todo es inefable; pues su ser excelente cabe en sí mismo, y no en la humana mente.
De bienaventurados espíritus inmensa muchedumbre rodea el trono de su excelsa lumbre; y en su amor abrasados, con admirable canto le apellidan[8] «¡Oh, Santo, Santo, Santo!»[9].
¿Quién de tu fortaleza, de tu bondad y ciencia dignamente podrá cantar, Señor omnipotente? Nadie; que en la grandeza de tu insondable abismo, eres Tú solo lengua de Ti mismo[10].
[1]mística copia de su esencia y nombre: el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios.
[2]Crëador increado, / fin y principio de cuanto es, ha sido / y de cuanto será: apelativos tópicos aplicados a la divinidad.
[9]«¡Oh, Santo, Santo, Santo!»: cfr. Apocalipsis, 4, 8: «Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir».
[10]Poetas líricos del siglo XVIII, ed. de Leopoldo Augusto Cueto, tomo III, Madrid, Imprenta de los Sucesores de Hernando, 1922 (BAE, 67), p. 549a. Modifico ligeramente la puntuación. En el original todos los versos comienzan con mayúscula. En el último versos añado mayúscula a «Tú» y «Ti».